IMAGE: Andrei Krauchuk - 123RFMe gustaría compartir una pequeña reflexión personal sobre la educación en España, y el posible impacto que puede tener en algunas de las características que tenemos como país. Hoy llegué a un evento en el que participaba como ponente, y me encontré una escena muy típica, que estoy seguro que habréis visto: un salón razonablemente lleno, en el que las filas de aproximadamente el primer tercio de la sala estaban casi vacías, la primera fila estaba reservada para los ponentes, y la gran mayoría de los asistentes se habían acomodado… en la parte de atrás. Lo comenté en Twitter, y a juzgar por el volumen de actividad, no es una percepción únicamente mía.

¿Qué problema hay en nuestro sistema educativo que nos lleva a huir de manera sistemática de las primeras filas? ¿Por qué en la mayoría de los eventos la sala empieza a llenarse siempre por la parte de atrás? ¿Qué hace que no nos sintamos cómodos llegando a una sala y ocupando esas filas de delante en las que generalmente se ve y se oye mejor? El fenómeno no es exclusivo de nuestro país, pero sí creo que se da en él de manera más habitual o más evidente, y que seguramente – intuyo, aunque no tengo evidencias sólidas al respecto – tiene que ver con la falta de esquemas participativos en una gran parte de nuestro sistema educativo. ¿Tenemos algún tipo de prevención psicológica a estar cerca del ponente? ¿Miedo de que nos llame o nos pregunte? ¿De vernos interpelados? ¿De no poder salir discretamente si queremos? Como ponente, la verdad es que la sensación es extraña: vas a un sitio porque se supone que vas a contar algo que interesa y que por eso te han pedido que vayas, pero los asistentes, aunque suficientemente interesados como para acudir, prefieren sentarse de la mitad de las sala hacia atrás…

Relacionado: hace veintisiete años que soy profesor. Llegué a la educación casi por accidente y después de haberme negado a seguir una de las rutas habituales para llegar a la enseñanza, hacer el Curso de Adaptación Pedagógica (CAP) que había que cursar tras graduarse en la universidad para poder ser profesor en enseñanza secundaria. Desde hace veintisiete años, todo aquel que me pregunta a qué me dedico recibe una respuesta invariable: soy profesor. Y además, encantado de serlo, porque considero que el mundo académico me proporciona unos grados de libertad que no me ofrecería prácticamente ninguna otra dedicación de las que conozco.

Ahora, desde hace aproximadamente un año, soy también Senior Advisor para Transformación Digital e Innovación en la misma institución para la que llevo trabajando todos esos años. Aunque la responsabilidad sea muy interesante y tenga sentido para mí, el título se las trae: es larguísimo, e incómodo de utilizar. Además, es a todas luces evidente que, como puesto staff que es, ocupa un porcentaje de mi tiempo muchísimo más pequeño que mi labor principal, la de profesor: dar clase, evaluar, investigar, escribir, publicar, etc. Por eso, aunque valore esa responsabilidad, no he publicitado ese título prácticamente nada: no lo he puesto en mi tarjeta de visita, en la que sigue poniendo que soy profesor, me sigo presentando siempre como profesor, y aunque he añadido el nuevo cargo a LinkedIn y lo comenté brevemente cuando felicité las navidades el pasado diciembre, no considero que sea algo que me defina en absoluto: soy profesor, y que ahora esté como Senior Advisor no implica nada más que el que mi compañía piense que puedo contribuir con ideas en ese ámbito, pero mi dedicación principal sigue siendo, claramente, la de profesor. Sin embargo, durante este año, me he encontrado con algo muy curioso: en casi todos los eventos a los que voy me presentan con ese cargo en lugar de hacerlo con el que realmente me identifico, el de profesor.

¿Qué pasa en España con los profesores? En Finlandia, ser profesor es un motivo de orgullo, una señal de prestigio, una profesión envidiada, cuidada y razonablemente bien pagada. Es altamente selectiva: solo el 7% de los que intentan llegar a profesores consiguen serlo, y se considera una opción altamente respetada a la que solo pueden optar los mejores perfiles. En España, en cambio, si pueden presentarte con alguna otra ocupación que no sea la de profesor, tienden a optar por ella, porque los profesores están… ¿qué? ¿Mal vistos? Lo único que suele comentarse con envidia en España respecto a los profesores es “que tienen muchas vacaciones”. Obviamente, no preparamos ni exigimos a la mayoría de nuestros profesores lo que les exigen en Finlandia, pero a algunos niveles, la profesión no solo es extremadamente gratificante, sino que además, otorga una gran libertad creativa, muchas posibilidades de desarrollo profesional, y está bastante bien pagada en el contexto de un entorno, además, sumamente competitivo. De acuerdo, los profesores a ese nivel podemos considerarnos privilegiados dentro de la norma general en la profesión, pero aún así, todo indica que la percepción del profesor en España no se acerca, ni de lejos, a los niveles de otros países. Que alguien para presentarme prefiera utilizar un título largo y de staff en lugar de decir simplemente que soy profesor no es algo que me moleste especialmente… pero sí me parece un curioso síntoma. Y si lo percibo yo, que soy un auténtico privilegiado en ese sentido, ¿que no ocurrirá con los profesores a otros niveles?

¿Qué habría que cambiar en el sistema educativo español para elevar el estatus percibido del profesor, para convertir la actividad en una profesión respetada? ¿Cómo de importante es esto? A algunos niveles educativos, el profesor está cuestionado, quemado y acosado, en gran medida debido precisamente a esa ausencia de una percepción positiva sobre la importancia de su papel y su responsabilidad en la sociedad. ¿Cómo podemos aspirar a cambiar las metodologías educativas, a evolucionar la educación para adaptarla a los tiempos que vivimos, si partimos de una profesión desprestigiada y con pocos estímulos más allá de la vocación? ¿Cuánto podría contribuir algo así – que obviamente, no se consigue de la noche a la mañana y conlleva no pocas decisiones y acciones para ponerlo en práctica de manera efectiva – a la mejora del sistema educativo? ¿Podríamos partir de una transformación digital de la actividad educativa, y de un trabajo serio de desarrollo profesional, de inversión en formación, para obtener una mayor cualificación en los docentes y mejorar la percepción de su profesión? ¿Es difícil, es complejo, o es directamente imposible? ¿Qué habría que hacer para que un profesor fuese considerado, en España, como un elemento fundamental en el funcionamiento y el desarrollo de la sociedad?

 

International covers 1-OEl pasado domingo 1 de octubre nos brindó todo un ejemplo en tiempo real de lo que supone saber gestionar adecuadamente eso que se ha dado en llamar la “post-verdad“: la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Desde el primer momento, el gobierno de Cataluña planteó una estrategia específicamente orientada a ese objetivo: el referendum era lo de menos. Que tuviese lugar con o sin garantías, que hubiese más o menos urnas, que los ciudadanos acudiesen en masa o no acudiesen, dentro de unos límites, no importaba en absoluto. El fracaso en ningún momento habría sido que la policía requisase las urnas, que entrase en los colegios a porrazos o que la metodología o el escrutinio planteasen alguna duda: el fracaso habría sido que no hubiese colas, que la policía no hiciese siquiera acto de presencia o que a la hora de contar, no hubiese nada que contar. Ese fracaso estaba cuidadosamente contenido: únicamente con los partidarios más radicales del independentismo convenientemente distribuidos se aseguraban las fotografías que el gobierno catalán quería difundir a la comunidad internacional. Lo demás, sencillamente no importaba.

En esta estrategia, planificada durante meses, el gobierno español ha sido una comparsa. Sus actuaciones fueron completamente anticipadas, evaluadas y encuadradas en un escenario en el que resultaron perfectamente convincentes de cara al objetivo final. El gobierno español y los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado crearon el contexto y la escenografía perfectas para que el gobierno catalán plantease su obra en pleno centro del escenario. A lo largo del día, desde primera hora de la mañana, las cosas quedaron completamente claras: la difusión a toda plana de las imágenes de violencia en todos los medios internacionales, las cifras de heridos, las colas de gente esperando para votar… a media mañana, el gobierno español también actuó como estaba previsto: ante la imagen que se estaba transmitiendo a nivel internacional, se pidió a la policía y a la Guardia Civil que dejasen de actuar. Todo funcionó según el guión planificado por el gobierno catalán, que hasta tuvo la posibilidad de hacer un “escrutinio” y escenificar en una plaza y con pantalla gigante la supuesta victoria de los partidarios de la independencia. Mientras, el gobierno español se dedicó a dar una imagen completamente patética, negándolo todo como si se tratase de un mantra, sin convicción alguna, y sin tener en cuenta lo que estaba saliendo en todos los medios.

En la política de hoy, con medios capaces de trasmitir a toda velocidad lo que ven, y siendo secundados por ciudadanos de toda condición armados con simples smartphones a través de redes sociales, la verdad es, tristemente, lo de menos. El dato de participación, los votos escrutados o la legitimidad del proceso no importan: lo que importa es la imagen de personas ensangrentadas que “prueban fehacientemente la represión salvaje”, la hubiese o no, el partido del Barça jugado a puerta cerrada aunque no hubiese necesidad alguna para ello, o las fotografías de las colas de centenares de metros de personas esperando para votar, votasen finalmente o no. Lo importante es contar una historia, planificar un cuidado story-telling, venderle al mundo lo que el mundo está completamente dispuesto a escuchar. La historia, en realidad, estaba contada desde mucho antes, lo que sucediese ayer, siempre que se asegurasen unos planos determinados que pudiesen ser utilizados para refrendar la versión oficial – la del hábil gobierno catalán, no la del torpe gobierno español – no importaba nada. Mediáticamente, el pescado estaba todo vendido. Y lo creamos o no, eso es ahora lo que importa.

Nadie, en ningún sitio, va a plantearse pedir actas de ninguna mesa, ni contar papeletas, ni interpretar los resultados, ni nada de nada. Todo el mundo, opine lo que opine sobre la legitimidad del proceso y lo que supone de vulneración de las normas, ha visto lo que ha visto, y ha interpretado lo que el gobierno catalán pretendía que interpretase, mientras al otro lado solo veía a unos torpes aprendices – que ya hace falta ser torpe para ser aprendiz después de tantos años en política – enviando policías con órdenes de reprimirlo todo, y negando insistente y tercamente lo que todos veían que estaba sucediendo. No hubo referendum, hubo una macro-manifestación, del mismo modo que el gobierno no mandó a la policía y a la Guardia Civil sino que lo hicieron los jueces, y de la misma forma que no hubo ninguna garantía para un supuesto proceso electoral… pero nada de eso importa ahora. Tras el 1-O, lo único que queda es la post-verdad: los ciudadanos de Cataluña salieron en masa a la calle – interprete usted lo que quiera por “en masa” – y se manifestaron inequívocamente en favor de la independencia – entienda usted lo que quiera por “inequívocamente”. Lo que venga a partir de ahora, con ese escenario ya convenientemente establecido, ya se verá.

Lo de ayer fue una lección que los estudiosos de la política deberán analizar durante mucho tiempo. Ayer solo se vio un ganador y un perdedor: un gobierno listo, capaz de entender el significado de los símbolos, y el poder de las redes sociales y de los medios en la era digital, y un gobierno tonto, torpe, no preparado y anticuado que solo sabe hacer declaraciones absurdas y carentes de credibilidad, negar obsesiva y tercamente lo que a nadie le importa, y que se ha limitado a leer, una por una, las líneas del papel que la Generalitat le había reservado. Pura torpeza política e incapacidad para entender el entorno actual. Lo demás, la supuesta legitimidad democrática de uno o de otro, el que te caigan mejor o peor, o lo que piensen los ciudadanos españoles o catalanes, sencillamente, no le importa a nadie.

 

International covers 1-OEl pasado domingo 1 de octubre nos brindó todo un ejemplo en tiempo real de lo que supone saber gestionar adecuadamente eso que se ha dado en llamar la “post-verdad“: la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Desde el primer momento, el gobierno de Cataluña planteó una estrategia específicamente orientada a ese objetivo: el referendum era lo de menos. Que tuviese lugar con o sin garantías, que hubiese más o menos urnas, que los ciudadanos acudiesen en masa o no acudiesen, dentro de unos límites, no importaba en absoluto. El fracaso en ningún momento habría sido que la policía requisase las urnas, que entrase en los colegios a porrazos o que la metodología o el escrutinio planteasen alguna duda: el fracaso habría sido que no hubiese colas, que la policía no hiciese siquiera acto de presencia o que a la hora de contar, no hubiese nada que contar. Ese fracaso estaba cuidadosamente contenido: únicamente con los partidarios más radicales del independentismo convenientemente distribuidos se aseguraban las fotografías que el gobierno catalán quería difundir a la comunidad internacional. Lo demás, sencillamente no importaba.

En esta estrategia, planificada durante meses, el gobierno español ha sido una comparsa. Sus actuaciones fueron completamente anticipadas, evaluadas y encuadradas en un escenario en el que resultaron perfectamente convincentes de cara al objetivo final. El gobierno español y los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado crearon el contexto y la escenografía perfectas para que el gobierno catalán plantease su obra en pleno centro del escenario. A lo largo del día, desde primera hora de la mañana, las cosas quedaron completamente claras: la difusión a toda plana de las imágenes de violencia en todos los medios internacionales, las cifras de heridos, las colas de gente esperando para votar… a media mañana, el gobierno español también actuó como estaba previsto: ante la imagen que se estaba transmitiendo a nivel internacional, se pidió a la policía y a la Guardia Civil que dejasen de actuar. Todo funcionó según el guión planificado por el gobierno catalán, que hasta tuvo la posibilidad de hacer un “escrutinio” y escenificar en una plaza y con pantalla gigante la supuesta victoria de los partidarios de la independencia. Mientras, el gobierno español se dedicó a dar una imagen completamente patética, negándolo todo como si se tratase de un mantra, sin convicción alguna, y sin tener en cuenta lo que estaba saliendo en todos los medios.

En la política de hoy, con medios capaces de trasmitir a toda velocidad lo que ven, y siendo secundados por ciudadanos de toda condición armados con simples smartphones a través de redes sociales, la verdad es, tristemente, lo de menos. El dato de participación, los votos escrutados o la legitimidad del proceso no importan: lo que importa es la imagen de personas ensangrentadas que “prueban fehacientemente la represión salvaje”, la hubiese o no, el partido del Barça jugado a puerta cerrada aunque no hubiese necesidad alguna para ello, o las fotografías de las colas de centenares de metros de personas esperando para votar, votasen finalmente o no. Lo importante es contar una historia, planificar un cuidado story-telling, venderle al mundo lo que el mundo está completamente dispuesto a escuchar. La historia, en realidad, estaba contada desde mucho antes, lo que sucediese ayer, siempre que se asegurasen unos planos determinados que pudiesen ser utilizados para refrendar la versión oficial – la del hábil gobierno catalán, no la del torpe gobierno español – no importaba nada. Mediáticamente, el pescado estaba todo vendido. Y lo creamos o no, eso es ahora lo que importa.

Nadie, en ningún sitio, va a plantearse pedir actas de ninguna mesa, ni contar papeletas, ni interpretar los resultados, ni nada de nada. Todo el mundo, opine lo que opine sobre la legitimidad del proceso y lo que supone de vulneración de las normas, ha visto lo que ha visto, y ha interpretado lo que el gobierno catalán pretendía que interpretase, mientras al otro lado solo veía a unos torpes aprendices – que ya hace falta ser torpe para ser aprendiz después de tantos años en política – enviando policías con órdenes de reprimirlo todo, y negando insistente y tercamente lo que todos veían que estaba sucediendo. No hubo referendum, hubo una macro-manifestación, del mismo modo que el gobierno no mandó a la policía y a la Guardia Civil sino que lo hicieron los jueces, y de la misma forma que no hubo ninguna garantía para un supuesto proceso electoral… pero nada de eso importa ahora. Tras el 1-O, lo único que queda es la post-verdad: los ciudadanos de Cataluña salieron en masa a la calle – interprete usted lo que quiera por “en masa” – y se manifestaron inequívocamente en favor de la independencia – entienda usted lo que quiera por “inequívocamente”. Lo que venga a partir de ahora, con ese escenario ya convenientemente establecido, ya se verá.

Lo de ayer fue una lección que los estudiosos de la política deberán analizar durante mucho tiempo. Ayer solo se vio un ganador y un perdedor: un gobierno listo, capaz de entender el significado de los símbolos, y el poder de las redes sociales y de los medios en la era digital, y un gobierno tonto, torpe, no preparado y anticuado que solo sabe hacer declaraciones absurdas y carentes de credibilidad, negar obsesiva y tercamente lo que a nadie le importa, y que se ha limitado a leer, una por una, las líneas del papel que la Generalitat le había reservado. Pura torpeza política e incapacidad para entender el entorno actual. Lo demás, la supuesta legitimidad democrática de uno o de otro, el que te caigan mejor o peor, o lo que piensen los ciudadanos españoles o catalanes, sencillamente, no le importa a nadie.

 

Tensión en el sector TIC ante una hipotética independencia de Cataluña - Computer World

Mario Moreno, de Computer World, me llamó para preguntarme mi opinión sobre el posible impacto que el proceso independentista de Cataluña podría tener sobre las inversiones y el desarrollo del sector tecnológico en el territorio, y hoy publica algunas de mis opiniones bajo el título “Tensión en el sector TIC ante una hipotética independencia de Cataluña” (pdf).

Sin ningún ánimo de pronunciarme sobre el proceso – mi pronunciamiento no aportaría ningún valor, no afectaría a nada de lo que está sucediendo y sería sin duda susceptible de ser instrumentalizado, – la pregunta de Mario tiene bastante sentido: Barcelona se ha comportado durante la última década y media como un indudable polo de atracción para la empresa tecnológica, y las perspectivas de inestabilidad actuales y futuras, unidas a la hipótesis de un futuro como país aislado de la Unión Europea, incapaz de obtener acuerdos con su entorno más cercano, con unas finanzas cuando menos complicadas y en una posición abiertamente desafiante solo pueden calificarse, en el mejor de los casos, como de elevada complejidad.

Lo que la industria tecnológica busca en Barcelona está muy claro: una ciudad moderna, con un clima agradable, una economía y una situación política estable, y un buen balance entre ocio y negocio. Sin duda, Barcelona ha sido tradicionalmente una ciudad con un gran atractivo, y así lo han reflejado gran cantidad de inversiones. La última, recientemente anunciada, el desarrollo de un centro de investigación en machine learning por parte de Amazon, que trataría de atraer a más de cien investigadores en ese entorno a partir de principios del año que viene. ¿Es la apuesta de Amazon un intento de poner sentido común y de racionalizar los posibles temores ante un futuro complejo? No, sencillamente es una inversión planificada desde hace tiempo, pactada con numerosos actores, y que estará condicionada a las posibilidades que tenga de fructificar y ofrecer unos resultados adecuados. Las compañías, por lo general, no son ni nacionalistas, ni independentistas, ni de derechas, ni de izquierdas: son pragmáticas y buscan optimizar sus resultados.

¿Cuál es la perspectiva de un investigador que se plantea vivir en una ciudad como Barcelona? Indudablemente, la inestabilidad siempre ha resultado un desincentivo para ese tipo de movimientos. La capacidad de atraer talento se complica, incluso para una compañía como Amazon, si el lugar elegido es una ciudad en la que el entorno político y económico aparece como poco claro, mal definido y, en muchos sentidos, contradictorio. El catalán puede ser muchas cosas, pero difícilmente puede llegar a representar para un extranjero la propuesta de valor que representa el español, uno de los idiomas más hablados en el mundo. Y el futuro, con una España enrocada en el bloqueo a una hipotética Cataluña independiente y unos socios comunitarios que no dejarán de apoyarla en sus decisiones, se presenta como mínimo muy complejo, por mucha impresión de modernidad y estabilidad que se pretenda transmitir. Independientemente de lo que se opine sobre la independencia de Cataluña como causa, no cabe ninguna duda que el método elegido para obtenerla ha sido cualquier cosa menos óptimo, y no parece encaminado a obtener ningún resultado positivo a corto o medio plazo.

¿Qué ocurre cuando las compañías, tecnológicas o no, se encuentran que su inversión en un territorio determinado está amenazada por la inestabilidad, se enfrenta a un futuro muy mal definido y con escasas perspectivas, que no parece definir el entorno más amigable – véanse iniciativas como la reciente turismofobia, las acciones de las juventudes independentistas y las actitudes hacia compañías como Uber o Airbnb – y les complica la posibilidad de atraer talento? Sencillamente, que se plantean establecerse en otro sitio donde la estabilidad sea mayor. Y eso, a todos los sentidos, puede ser un factor más en esa tormenta perfecta que se avecina en los próximos días, seguramente el conflicto peor manejado por todas las partes que hemos podido ver en nuestra historia reciente, y del que dudo muchísimo que nadie vaya a extraer ningún resultado positivo.

 

Manuel Bartual (principio del relato)El fenómeno mediático de los últimos días del verano lo ha protagonizado, sin duda, Manuel Bartual, editor, historietista y diseñador gráfico del grupo de los que abandonaron el semanario satírico El Jueves en 2014 tras la polémica con la retirada de la portada sobre la abdicación del rey Juan Carlos. Un relato de ficción circular desarrollado en un hilo de 388 actualizaciones en su cuenta de Twitter ha hecho elevarse su número de seguidores desde los algo más de 17,000 que tenía el pasado miércoles 23, hasta situarse, en el momento del fin del relato cuatro días después, por encima de los 429,000.

Durante los últimos días, desde la tarde del jueves 24 cuando el relato comenzó a convertirse en viral, hasta las primeras horas de la madrugada del domingo 27, se hizo relativamente normal ver a varias personas echando mano de sus smartphones a la vez para seguir las actualizaciones de la cuenta a medida que iban siendo publicadas, y el fenómeno fue ampliamente comentado en muchos medios de comunicación. Durante todo el sábado, poner varios de los tweets recientes escritos por Manuel en la pantalla y quedarse contemplando el crecimiento de sus números en tiempo real resultaba una experiencia casi hipnótica, con varios miles de interacciones por minuto.

El fenómeno de las twitternovelas o novelas de microblogging no es nuevo: ha habido autores interesados en llevar el formato de novela a todo tipo de soportes, con el caso del norteamericano Matt Stewart considerado habitualmente como pionero. Entre julio y octubre de 2009, tras no haber sido capaz de conseguir un buen contrato para la publicación de su novela “The French revolution”, decidió comenzar a publicarla en una serie de 3,700 tweets comenzando el día de la conmemoración de la toma de La Bastilla, que terminó congregando a un total de unos mil lectores. En este caso, se trataba de una novela de unos 480,000 caracteres escrita de forma convencional y simplemente adaptada por su autor para su publicación en pequeños fragmentos que pudiesen entrar en un tweet, que terminó siendo publicada en papel el 14 de julio de 2010 y considerada uno de los libros del año por el SFGate.

En el caso de Manuel Bartual, claramente, hablamos de otra cosa: su relato, aún sin título, está pensado y desarrollado originalmente para Twitter, contiene abundantes elementos multimedia como fotografías o vídeos cortos, y tiene en total 33,140 caracteres incluyendo espacios, unas quince páginas si se imprimen en un formato de lectura mínimamente agradable. En los pocos días que ha durado el fenómeno, tenemos ya desde recopilaciones de todos los tweets en documentos, hasta análisis sobre su contenido, traducciones al inglés y hasta un trailer cinematográfico, con personajes conocidos comentando la historia y los community manager de compañías como Netflix y HBO supuestamente terciando €n tono de humor por ver quien se hace con los derechos de la historia.

Un relato circular con un guión bien hilado, escrito de manera directa y cercana con el estilo y el lenguaje habitual de los tweets de su autor, y convertido en una historia entretenida y bien llevada, que divierte más cuanta más gente te imaginas pendiente de ella, en el mejor estilo de los procesos de viralidad social. El aprovechamiento de las características de Twitter, no solo en cuanto al uso de multimedia, sino también a la dosificación de los tiempos o a una tímida integración de las interacciones de los lectores en la historia, hicieron que seguir el resultado final a medida que discurría se convirtiese en una experiencia muy entretenida, no sé si para entrar en el Top 3 de Literatura, pero decididamente entretenida.

Manuel Bartual tiene cuenta activa en Twitter desde marzo de 2007, y la ha utilizado en varias ocasiones para dar visibilidad a algunas de sus iniciativas, aunque nunca con un éxito tan impresionante como el actual. Será interesante ver ahora la explotación posterior del fenómeno: ¿decidirán algunos de los entusiasmados con la novela suscribirse a su revista, “Orgullo y satisfacción“, que lleva meses intentando obtener la financiación suficiente para continuar funcionando y tiene su cierre anunciado el próximo diciembre? ¿Se planteará capitalizar la fugaz atención obtenida de alguna otra manera?