Instagram StoriesUn artículo en The Atlantic, titulado Why ‘Stories’ took over your smartphone, incide en unas palabras de Chris Cox, Chief Product Officer de Facebook, en las que afirma que el formato de Stories de Instagram o Facebook “está ya en camino para superar en algún momento del próximo año al feed como la forma preponderante utilizada por las personas para compartir cosas con sus amigos”.

Lanzadas en agosto de 2016 como enésimo intento, tras varios infructuosos, de combatir el empuje de Snapchat, las Stories de Instagram tardaron menos de un año en superar a su competidor, y han tenido además un mérito interesante: el de extender un formato que Snapchat había conseguido implantar como de uso natural entre los jóvenes, y extenderlo a otras capas demográficas. La gran mayoría del crecimiento de las Stories de Instagram se produce a costa de la incorporación de nuevos segmentos de usuarios, y posibilita un efecto de generalización de lo que algunos consideran el formato nativo para los smartphones, en los que el uso de la cámara estaría más centrado en la captación y edición de vídeos cortos que en el de fotografías.

Que a la hora de compartir algo en una red social, un número cada vez mayor de personas se inclinen cada vez más por mantener pulsado el botón de su cámara durante unos segundos, y en muchos casos se pasen después un rato editando el resultado para resaltar determinados aspectos o introducir efectos de diversos tipos nos lleva a un fenómeno curioso: primero, lógicamente, a un mayor consumo de ancho de banda, considerado ya en muchos mercados como escasamente limitante´. Segundo, a un predominio de formatos cada vez más puramente visuales, en los que, en muchos casos, podrías entenderte con alguien aunque no hablase el mismo idioma que tú, simplemente con que compartieses algunos elementos culturales que, por otro lado, se internacionalizan también de una manera cada vez más acusada.

El fenómeno es relativamente parecido al que sucedió primero con el ascenso en el uso de los emojis, que configuran un auténtico lenguaje universal en el que poder, lógicamente de manera limitada, mantener una conversación prácticamente universal, independientemente del idioma que estés utilizando. Un conjunto de ideogramas que son entendidos de manera inmediata que pueden utilizarse para expresar sentimientos, ideas o conceptos a través de otras posibles barreras comunicativas, y cuyo uso tiende a ser aún bastante más habitual entre usuarios jóvenes.

Un caso similar ocurre con los GIFs animados: su incorporación en forma de enormes colecciones indexadas a las grandes plataformas sociales posibilitó una fuerte popularización de su uso como forma de expresar una idea, muchas veces complementando un texto, pero en otras ocasiones, simplemente como parte de una conversación, y también sujetos, en general, a un fuerte componente transcultural. De hecho, los GIFs animados suelen provenir de entornos culturales diversos, y es perfectamente normal que aunque puedan provenir originalmente de un contexto como una serie emitida únicamente en un país, terminen siendo adoptados internacionalmente en países que no tuvieron una exposición inicial a ellos. De nuevo, una forma de expresar ideas habitualmente simples, que admite un uso que en muchos casos trasciende al idioma que se está utilizando.

Generaciones que cada vez se suponen más globales y conectadas, que adoptan también globalmente códigos de comunicación prácticamente cross-plataforma (hay colecciones de emojis o de GIFs animados en prácticamente todas las herramientas sociales, con escasas diferencias entre sí, y el formato de vídeo corto está también presente en varias de ellas) en los que el texto y idioma pasa a tener una importancia secundaria, basados en lo visual, en la animación o en el vídeo. Formatos que, una vez adoptados, se desplazan de manera más o menos rápida y van popularizándose entre el resto de las generaciones, y que comportan un mayor uso de un género de comunicación efímero, al que rara vez se vuelve, o que incluso se borra a las pocas horas de haber sido enviado.

¿Intrascendencia? ¿O algo más?

 

Buy Instagram followersAl hilo del último escándalo de Facebook y de las medidas de la compañía para intentar mejorar su reputación, me parece muy interesante esta editorial en The New York Times, titulada Facebook is not the problem. Lax privacy rules are, en la que se plantea que el problema no está tanto en las redes sociales como tales, sino en el uso que hacemos de ellas, y en concreto, en la falta de un consenso claro y bien definido sobre el concepto de privacidad.

El concepto de laxitud me provoca una reflexión que he hecho ya en otras ocasiones, a medida que vamos presenciando el ciclo de vida de más y más redes o aplicaciones sociales a lo largo del tiempo: que el problema no está en las redes como tales, sino en el tipo de uso que se hace de ellas, particularmente a partir de su fase de popularización. En muchos sentidos, parece que es imposible para una red o aplicación social crecer en número de usuarios sin perder de manera drástica su esencia, sin convertirse en un enorme montón de basura utilitarista, mayormente falsa y artificial.

El caso de Instagram, durante mucho tiempo considerada “la niña bonita de las aplicaciones sociales”, la que había sido capaz de desarrollar un modelo de publicidad más sano y menos intrusivo, o a la que algunos veían incluso capaz de solucionar muchos de los defectos que se achacaban a la propia Facebook. En sus orígenes, Instagram responde a un modelo clarísimo: una app creada por entusiastas de la fotografía, que diseñan unos filtros muy buenos (nada parecido a lo que había antes, que consistían básicamente en burdas formas de elevar todos los parámetros hasta límites absurdos que generaban resultados en muchos casos casi grotescos), que el usuario aplicaba, veía mejorar su foto y, de manera natural, quería compartir el resultado. La transición del modelo de uso y, sobre todo, la adopción por parte de un público más joven generó algunos cambios: la fotografía, en muchos casos, se convirtió en un pretexto para la interacción: un joven, en muchos casos, podía hacer una fotografía a una simple pared o un simple selfie sin ningún interés particular, porque el interés estaba no tanto en la imagen, sino en el hilo de comentarios que surgía posteriormente.

El problema surge cuando, a raíz de su fuerte crecimiento, Instagram pasa a una fase de fortísima instrumentalización. No he tenido todavía oportunidad de conocer a Kevin Systrom, co-fundador de Instagram, pero dudo que se encuentre cómodo con el resultado de esa fase. En un espacio de tiempo relativamente corto, Instagram se mercantilizó hasta el límite, y sobre todo, perdió todo atisbo de autenticidad. Las herramientas parasitarias excedían de manera burda lo que la propia Instagram ofrecía como business tools, como si un uso corporativo no pudiese ser compatible con un entorno socialmente genuino. La compra de followers se convirtió en moneda común, del mismo modo que lo hicieron los esquemas de follow/unfollow o el uso de bots y herramientas abiertamente parasitarias como Instagress o Archie para obtener más seguidores. Instagram se convirtió en un entorno tóxico en el que todo estaba justificado con tal de llegar a la página inicial: collective accounts, comment pods, círculos de supuestos influencers que no eran, en realidad, más que simples mercenarios… cuando Instagram quiso reaccionar a semejante instrumentalización, a tanta basura absurda, se había convertido en una caricatura de sí misma, en un ecosistema completamente viciado e irrespirable que generaba auténticos monstruos, una parodia de lo que debería ser un entorno social sano. Los cierres de Instagress o de Archie, forzados por la propia Instagram a partir de escándalo iniciado por la “salida del armario social” de la instagrammer  Essena O’Neill, no arreglaron la cuestión: simplemente, aparecieron otras herramientas similares, que determinaron que el trabajo de Instagram de localizar esos bots se convirtiese en casi detectivesco, en un contexto en el que la función de la red social ya se había pervertido, y muchos ya no concebían la idea de estar en ella sin inflacionar sus desmesurados egos a base de bots y herramientas similares.

La caída de Instagram en este proceso, que muy posiblemente haya reportado a la compañía cuantiosos beneficios gracias a su crecimiento, pero ha tenido un coste incalculable en términos de credibilidad, ha tenido muchos elementos comunes con casos anteriores como el de Twitter, en el que la compañía se mostró incapaz de contener determinados fenómenos que terminaron por convertirse en fundamentales en su percepción y propuesta de valor. Entre tener una red interesantísima para mantenerse informado, y un entorno completamente tóxico y falseado a base de bots y parásitos similares va una distancia, en en mundo de lo social, muy pequeña. Es tan sencillo como lo que permites que se desarrolle o no sobre tu plataforma. La frontera entre permitir un uso razonable que fomente la creación de contenidos, y convertirse en un “vale todo” donde todo es falso y podrido es muy fina, y no ha habido, por el momento, redes sociales que la hayan sabido manejar bien. En el caso de Instagram, sin una acción clara y contundente que elimine todos los fake followers, castigue a quienes los usen y elimine a los reincidentes, o penalice todo intento por subvertir el correcto funcionamiento de la plataforma, no habrá ninguna posibilidad de salir de la dinámica actual, de un proceso que yo denomino “corrupción social”, equivalente a un cáncer, a una podredumbre. Y el problema, una vez más, no vendrá de las acciones de Instagram, sino de su inacción: de su incapacidad por prevenir y entender el funcionamiento de la naturaleza humana. Una fuerza que, sin límites ni restricciones, es capaz de destruir y convertir en completamente insostenible cualquier propuesta de valor.

 

IMAGE: Rawpixel - 123RFUn estudio llevado a cabo en el MIT y publicado ayer en Science viene a demostrar de manera fehaciente una gran verdad que resultaba más que evidente y cuyas consecuencias llevamos mucho tiempo sufriendo: las noticias falsas se difunden hasta unas veinte veces más rápido en Twitter que las verdaderas, y los culpables de ello no son los bots, sino las personas.

El estudio analiza noticias compartidas a lo largo prácticamente toda la vida de Twitter desde sus inicios gracias a datos facilitados por la propia compañía, unas 126,000 piezas de información compartidas por unos tres millones de usuarios a lo largo de más de diez años, y concluye que de manera consistente, lo falso domina sobre lo verdadero en la red social: las noticias falsas y los rumores alcanzan a más personas, penetran de manera más profunda y se difunden mucho más rápido que las reales. 

El estudio se centra en Twitter, pero no resulta demasiado aventurado suponer que el resultado pueda extenderse a la mayoría de las redes sociales que utilizamos de manera habitual: la conclusión, de hecho, no señala un problema derivado de las redes sociales, sino un problema propio de las personas. A lo largo de un tiempo no excesivamente largo en términos de desarrollo de mecanismos y protocolos sociales, hemos creado un sistema que disminuye hasta el límite las barreras de entrada a la difusión de información, lo hemos dotado de mecanismos que incentivan la compartición y la popularidad por encima de todo, y hemos renunciado a educar a las personas en su uso. ¿Qué podría salir mal?

La educación es, en efecto, el elemento fundamental en esta cuestión: algunos posiblemente podrían pensar que es normal que un profesor apunte a su actividad como solución a todos los problemas, siguiendo el clásico de “como tengo un martillo, para mí todos los problemas son un clavo”, pero realmente creo que este problema lleva apuntándose desde hace mucho tiempo. La educación, en general, ha evolucionado poquísimo desde hace décadas. Básicamente, seguimos educándonos, a casi todos los niveles, con los mismos mecanismos que se educaron nuestros padres y nuestros abuelos: libros de texto que tenemos que estudiar, memorizar y posteriormente, repetir en un examen, en diversos formatos.

Seguimos partiendo de la base de que la información está en un repositorio de algún tipo, generalmente un libro o unos apuntes de un profesor, y asumiendo que esa es la información correcta, la que tenemos que aprendernos, la que vale. Esa dependencia del libro de texto y de la información que va “desde la página tal a la página cual”, esos mecanismos de “esto es lo que entra en el examen” nos ha llevado a perversiones importantes, como la utilización de esos libros de texto como herramientas de adoctrinamiento puestas al servicio de los más variados fines. Pero, sobre todo, nos convierten en dependientes de una fuente de información determinada, y evitan que desarrollemos mecanismos adecuados de búsqueda y cualificación de información. Esos mecanismos de verificación de fuentes, tradicionalmente, solo se enseñan – y no necesariamente de la mejor manera – en las facultades de Ciencias de la Información y Periodismo, no en el ámbito de otros tipos de enseñanza ni de manera general. Sin embargo, cada día más, resultan una habilidad fundamental en una sociedad caracterizada por la hiperabundancia y la saturación de información.

Así, vivimos ahora en una sociedad en la que muchísimas personas aceptan como verdad absoluta cualquier cosa que vean escrita en una pantalla, que toman como norma de fe el primer resultado de un buscador, o que creen a pies juntillas lo que ven compartido en una red social o en un trending topic. Y no solo que lo creen, sino que, además, lo difunden, intentando obtener así más Likes, más popularidad, ocupar un nivel de centralidad mayor o una mejor consideración en su círculo. Si vemos algo en una red que nos llama la atención o que coincide con nuestra visión del mundo, lo compartimos sin ningún tipo de mecanismo de verificación previo. Si lo vemos compartido por muchas personas, pasa a tener la característica de verdad absoluta. Esa vulnerabilidad, ese fallo del sistema, ha sido explotado de manera evidente y exitosa por quienes han aprendido a simular un amplio seguimiento, a generar una gran polarización, pero en realidad, los verdaderos culpables no son esos bots y esas cuentas falsas destinadas gestionadas desde otro sitio, sino nuestra propia ingenuidad y estupidez como sociedad, la ausencia de comportamientos que, reforzados mediante la educación, nos lleven a desarrollar mecanismos de verificación.

El recurso a las páginas de un libro de texto como vehículo transmisor de la verdad es un error terrible que tenemos que subsanar lo antes posible. La educación, desde los niveles más elementales, debería apoyarse no en libros de texto, sino en el desarrollo de la capacidad de búsqueda y cualificación de información en la red. Los alumnos tendrían que entender que la verdad no está entre las páginas de un libro ni de ninguna otra fuente designada: en realidad, la verdad está ahí fuera, y solo mediante los adecuados mecanismos activos y conscientes de contraste y verificación aprendemos a capturarla. Esto lo he escrito en numerosas ocasiones, he llamado a matar al libro de texto o a no proceder a su simple digitalización para ponerlo en un soporte más atractivo.

Aprender hoy consiste en entender que el conocimiento no está encerrado en ningún libro. Aprender es aprender a buscar. Supone manejarse entre cantidades ilimitadas y crecientes de información, y ser capaz de identificarla, cualificarla, verificarla, descartarla cuando es mala, compartirla cuando es buena… supone aprender a consultar múltiples fuentes, y guiarse por sistemas en los que el profesor se convierte en un criterio más, en un nodo más de conocimiento, en alguien que, aunque quisiese transmitir algo erróneo, no podría hacerlo sin quedar cuestionado. El conocimiento no debe provenir de un libro que todos, desde instituciones de todo tipo hasta un gobierno, tienen interés por manipular o por convertir en negocio. Pero tampoco puede ser dejado al solo criterio de un profesor que puede tener sus propios sesgos, su propia agenda o incluso sus propios monstruos. Ni al de los padres. La enseñanza debe asegurar que los niños entienden que un libro, un profesor, un periódico, un gobierno o unos padres no pueden nunca constituirse en fuente única del conocimiento, porque el conocimiento está ahí fuera, evoluciona, y hay que ir a buscarlo en cada momento. La enseñanza, cada día más, tiene que dejar de consistir en dar peces, y convertirse en enseñar a pescar. 

El actual problema que indudablemente tenemos de sociedad ingenua, estúpida, fácilmente manipulable, que comparten cualquier basura que leen en la red sin pararse a verificarla, no se soluciona con tecnología. Se soluciona cambiando, y de manera urgente, la educación. La tecnología podrá ayudar y contribuir a algunas cosas, podrá enfocarse en la detección de determinados patrones de difusión que permitan una supervisión humana, en la verificación de fuentes, o podrá servir para ayudar en esa tarea importante denominada fact-checking, pero no debería ser utilizada para tratar de crear “algoritmos de la verdad”, so pena de volver a incidir en los mismos errores. La verdadera solución, insisto, está en la educación. En cambiar la educación para adaptarla al tiempo y al entorno tecnológico que nos ha tocado vivir. Y en hacerlo, además, lo antes posible.

 

IMAGE: Alexlmx - 123RF

China continúa avanzando, sin el más mínimo complejo, en el desarrollo de la mayor herramienta tecnológica de control social jamás desarrollada por el hombre. Desde la llegada al poder de Xi Jinping en marzo de 2013, el gobernante ha mostrado una fortísima obsesión por el control: ha reforzado los conceptos de unidad interna y disciplina en todo el partido, ha puesto en marcha una enorme campaña contra la corrupción, y sobre todo, ha reforzado la vigilancia de la sociedad civil y el discurso ideológico hasta el límite, lo que incluye la censura en internet como herramienta fundamental.

Bajo Xi Jinping, la censura en China no es ya una cuestión coyuntural o un elemento para controlar la velocidad del cambio: se ha convertido en un rasgo fundamental que caracteriza al país, en un elemento de identidad, en un derecho supuestamente inalienable de mantener su soberanía nacional sobre la red. Xi Jinping afirma el derecho de China a ser diferente, a escoger independientemente su propio camino hacia el desarrollo, su modelo de regulación y su participación en la gobernanza del ciberespacio internacional en igualdad de condiciones. La democracia y la libertad de información no son, para China, una obligación o un objetivo hacia el que hay que evolucionar necesariamente: la libre circulación de los contenidos en la red supone una amenaza a su forma de vida, al régimen que gobierna el país, y a la estabilidad en general. 

Tras el XIX Congreso del Partido Comunista chino, la voluntad de reforzar el control social en el país utilizando todos los medios, más allá de internet, ha quedado claramente reafirmada y sancionada como elemento fundamental en su estrategia y planes de futuro. La inversión en tecnología ha llevado a la construcción de la mayor base de datos biométricos del mundo, que ahora, además de desplegarse en las más de 176 millones de cámaras que controlan el territorio – que pretenden llegar hasta los 626 millones en los próximos tres años y que cubren ya, por ejemplo, el 100% del área urbana de Beijing – se extiende incluso a las gafas que llevan sus policías, capaces de simplemente enfocar a una persona y obtener sus datos. La vigilancia se extiende también a la red telefónica, con la mayor base de datos de huellas de voz para identificar a sus ciudadanos en una simple conversación, y a cualquier otro ámbito mediante otra base de datos de registros de ADN.

A esas iniciativas gubernamentales se unen, además, otras iniciativas privadas que colaboran con el estado: todos los ciudadanos reciben una puntuación en función de factores que van desde su consideración crediticia hasta sus actitudes con respecto al gobierno, puntuación que, además, es objeto de esquemas de gamificación: la puntuación de una persona puede verse afectada no solo por sus acciones, sino también por las de aquellos que le rodean, familiares o amigos, lo que de hecho convierte cualquier actitud crítica o disidente en un problema no solo para la persona sino también para su círculo de influencia, llevando rápidamente al aislamiento social de quienes la manifiesten. Además, el uso de herramientas tecnológicas para desplazarse, pagar, relacionarse o llevar a cabo todo tipo de acciones se ha convertido en tan ubicuo, que nadie puede plantearse no utilizarlos, por una cuestión de conveniencia y comodidad, de no convertirse en “un raro” o, directamente, en un sospechoso.

La privacidad, en China, no es un derecho, sino una amenaza. Los ciudadanos viven bajo una vigilancia permanente destinada a mantener la estabilidad. Por mucho que algunas de esas iniciativas privadas generen tímidas reacciones en contra  (las gubernamentales ni se plantean), el país tiene claro que su sistema no es un error o un problema, sino una característica que está dispuesto a defender como parte de su idiosincrasia, como un elemento fundamental en su estrategia. Las generaciones más jóvenes, a la vista del éxito económico que el país está obteniendo y tras haber nacido y crecido en un entorno de rígido control de la información crítica, ya no dudan, y se han convertido en entusiastas defensores de su gobierno, que patrullan las redes e intentan aislar y convencer a los que manifiestan actitudes mínimamente críticas.

Es, sencillamente, un planteamiento diferente de sociedad, en el que cuestiones que en Occidente consideramos derechos fundamentales desaparecen en aras de un beneficio supuestamente mayor, en donde el control social se convierte en la auténtica herramienta política. Pero un planteamiento, además, enormemente exitoso y eficiente, que el país pretende además extender en el futuro al resto del mundo. Durante mucho tiempo, la mayor parte de los países del mundo han evolucionado para considerar la democracia como un valor fundamental en sus sociedades y en su forma de gobierno, como un requisito indispensable: el éxito y la ambición de China y su defensa de estrategias de control social como una vía alternativa suponen, ahora, el replanteamiento más importante de esa idea de cara al futuro.

 

@edans followers plotted over time on Twitter (IMAGE: Jose María Mateos)Interesante trabajo de Jose María Mateos a partir del fenomenal artículo del New York Times que comentábamos hace unos días, titulado “The follower factory, en el que se detallaban las prácticas de compañías como Devumi y muchas otras dedicadas a simular la popularidad de usuarios creando followers falsos, campañas de retweets, etc.: en su artículo, Jose María investiga este tipo de fenómenos y recrea, utilizando Python y R, la metodología utilizada por The New York Times para crear sus gráficas.

Con esa herramienta, analiza algunas cuentas españolas – entre otras la mía – en busca de patrones interesantes. Sus conclusiones son completamente pragmáticas y prudentes: la herramienta sirve para lo que sirve (es decir, aunque pueda revelar patrones sospechosos de compra de seguidores, no permite detectar, por ejemplo, que un número de usuarios artificialmente haga retweet de algo para incrementar su visibilidad o viralizarlo, por ejemplo), la presencia de esos patrones no implica que alguien haya recurrido a servicios de compra de seguidores (alguien podría haberlos comprado para él, por ejemplo) y, por tanto, los cambios y alteraciones en la gráfica únicamente indican que “alguien, en alguna parte, hizo algo”. 

Visto así, los resultados no parecen tan “morbosos” como alguno podría esperar: una herramienta que permite crear un gráfico sencillo con el tiempo en ordenadas y el número de seguidores en abscisas, y en la que si aparecen líneas horizontales, indica que una cuenta experimentó una subida muy rápida de seguidores, tanto más inmediata cuanto más horizontal sea la línea. ¿Qué me resulta interesante? El poder ver el análisis de mi cuenta, no tanto por mirarme el ombligo, sino por poder contrastarla con lo que yo sí sé que hice a lo largo del tiempo, porque además, siendo como soy, me parecía más que probable que lo hubiese documentado. Mi cuenta, desde hace bastante tiempo, es “muy normal“: publico relativamente poco además de referenciar la entrada que escribo cada día en español y en inglés, y ocasionalmente, comparto alguna noticia o respondo a alguna cuestión. No es en absoluto una actividad que intente “optimizar” desde un punto de vista social, ni maximizar en términos de popularidad, ni nada por el estilo. Agradezco la relevancia que parece que tengo considerando que soy un simple profesor y no “un famoso”, y punto.

Una cosa sí sé seguro: jamás he recurrido a ninguna herramienta de compra de seguidores, ni siquiera para explorar el fenómeno. ¿Puedo garantizar que nadie haya pagado por hacer subir artificialmente mi cuenta de seguidores? Obviamente no, pero me parecería harto improbable en mi caso, dado que tampoco he participado nunca en ningún esquema de pago por tweet ni en patrocinios de ningún tipo. Este tipo de esquemas sí podrían ser relativamente habituales en perfiles de otro tipo: influencers, por ejemplo, que quieran construirse un perfil que simule relevancia y paguen por esos seguidores ellos mismos, o que decidan participar en una campaña de tweets patrocinados para una marca y esa marca o su agencia decidan pagar para incrementar sus seguidores y así intentar obtener un mejor retorno de su inversión.

Viendo mi gráfica, que como el propio Jose María Mateos comenta, “parece bastante normal“, la ausencia de “maniobras” de este tipo parece clara: no hay líneas horizontales bruscas, y sí hay algunos períodos, dos concretamente, en los que la incorporación de seguidores es más rápida de lo habitual, concretamente entre 2009 y 2010 y, en mucha menor medida, entre mediados de 2014 y de 2015. En el primer caso, en efecto, es algo que en su momento documenté: coincidiendo con el lanzamiento de Twitter en español, mi cuenta fue incluida como uno de los usuarios recomendados, lo que llevó a que muchas cuentas de reciente creación – hablamos de un momento en el que Twitter tenía un crecimiento fuerte – aceptasen esa sugerencia y me siguiesen. Las entradas en las que lo comento son esta, cuando detecto el patrón y lo relaciono con ese efecto, y esta otra, en la que hablo de la decisión de Twitter de eliminar las listas de usuarios recomendados. El otro cambio de inclinación, más reciente, no tengo ni idea de a qué puede deberse, aunque tampoco le he dedicado mucho tiempo de análisis.

¿A dónde voy con esto? A partir de mi entrada del pasado día 1 de febrero, recibí un correo de la directora de comunicación de Twitter en España, Elena Bule, en el que, con respecto a mis reproches hacia la compañía de no hacer lo suficiente para evitar esas prácticas, me detallaba extensamente el trabajo que desde Twitter estaban llevando a cabo sobre esos temas. La verdad es que el correo de Elena me llegó en uno de esos días en los que no tiene tiempo de nada, y probablemente debido a lo rápido que iba y a la confianza que tengo con ella, le respondí de manera bastante abrupta diciéndole que, en realidad, todas esas medidas no significaban prácticamente nada, porque comprar followers era enormemente sencillo a día de hoy, y la compañía, aunque afirmase que era una práctica estrictamente prohibida, no hacía en realidad nada para evitarlo. Amabilísima (mucho más de lo que mi respuesta habría merecido), Elena me respondió invitándome a una próxima cita con el equipo de seguridad de la compañía y con su country manager para hablar del tema, que aún no hemos mantenido, pero en la que intentaré clarificar este tipo de cuestiones. 

¿Mi punto? Que si incluso en mi caso, que sé perfectamente lo que he hecho o dejado de hacer, me puede resultar complicado adscribir algunos cambios en la inclinación de mi gráfica – otros no tanto, como hemos visto, – a la propia Twitter no. Es decir: que si Twitter quisiese de verdad aislar esos patrones de compra de seguidores, podría hacerlo con la ayuda de los algoritmos adecuados. ¿Puede separarse, por ejemplo, un patrón de compra de seguidores de un momento de popularidad súbita, como el que puede seguir a una noticia impactante? Si una persona, por ejemplo, recibe de repente una popularidad elevada por el motivo que sea y aparece en numerosos medios de comunicación, podría, en efecto, ser seguida por muchas cuentas en pocos días, lo que podría parecer una operación de compra de seguidores. Sin embargo, tiendo a pensar que no es así, que un análisis más fino podría detectar esos patrones, e incluso que podría emplearse análisis de eventos y correlaciones con menciones en Google News, por ejemplo, para analizar ese fenómeno, y que podrían utilizarse otros métodos para discernir cuando una evolución responde a parámetros de crecimiento natural y cuando no. Desde fuera, posiblemente no sea tan sencillo, pero desde dentro de la compañía y con todos los datos en la mano, creo firmemente que sí. Mi trabajo con análisis de series temporales me lleva a ser optimista en ese aspecto, y mi conversación con Twitter espero que vaya por ese tipo de derroteros: creo que Twitter tendría, si quiere recuperar su relevancia, que actuar de una manera decidida eliminando todo aquello que sea un fraude: tanto esquemas de compra de seguidores, como aquellas cuentas que recurrieron a ella, aunque ello pudiese significar un fuerte impacto en su número de usuarios. ¿Puede plantearse algo así? ¿Qué efectos podría llegar a tener?

Más, próximamente.