Canal 24h OT - YouTubeDesde La Razón me llamaron para hablar sobre el papel de las redes sociales en el contexto de la popularidad de Operación Triunfo, un talent show que, en su novena edición que marcaba su vuelta a la primera cadena de TVE tras su paso por Telecinco, ha sido líder de audiencia en muchas de las semanas en las que se ha emitido, y ha supuesto niveles de popularidad nunca vistos desde su primera edición en el año 2001. Hoy, incluyen algunos de mis comentarios en la noticia titulada “Operación Triunfo: La nueva carta de ajuste” (pdf).

¿Qué lleva a que una fórmula aparentemente agotada, tras siete ediciones decreciendo en aceptación en Telecinco, y con un último intento de emisión en 2011 cancelado antes de tiempo por su escasa audiencia, vuelva a alcanzar niveles de popularidad comparables a los de aquella primera temporada en 2001? La respuesta, en gran medida, hay que buscarla en la gestión de las redes sociales, que dentro de un contexto “irregular” de concursantes a los que se priva, durante buena parte de los tres meses que dura el concurso, de la exposición a las noticias del exterior, ha sido capaz de generar un canal de YouTube que ofrecía una amplísima panorámica de lo que sucedía dentro de la Academia, pero sin buscar el detalle morboso o poco elegante que habría sido más característico de un programa tipo Gran Hermano. El canal ha llegado a tener más de 380,000 seguidores, y ha conseguido prolongar el contenido televisivo mucho más allá de lo que es el propio programa, que se emitía en la franja nocturna de los lunes.

Un gran número de personas se han “enganchado” literalmente al canal de YouTube, y permanecían atentos a los momentos clave de la vida en la Academia: los pases de micros, los ensayos, o simplemente, momentos divertidos o curiosos de la convivencia, que eran capturados y compartidos sin cesar a través de las redes sociales. Multitud de hashtags, de hecho, se convirtieron en trending topics en momentos en los que el programa no se estaba emitiendo, construyendo una comunidad en torno a esos contenidos que trascendía lo que es un simple programa de televisión. La ventana de chat en el canal de YouTube tenía momentos en los que se movía a tal velocidad, que reflejaba una actividad brutal, imposible de seguir, de fans queriendo crear y compartir contenido sobre los protagonistas. Muchos usuarios, de hecho, mantenían el canal de YouTube abierto a todas horas, bien en un ordenador, bien en una smart TV o en un Chromecast, hasta el punto de que varios días después de terminadas las emisiones, aún contaba con varios centenares de usuarios activos supuestamente viendo una imagen estática.

Terminado el paso por la Academia, los participantes, conscientes de la importancia de las redes sociales, han trasladado una buena parte de su actividad a cuentas de Twitter, Instagram o Facebook, en las que mantienen un diálogo razonablemente activo con sus fans y seguidores. Lo importante del programa, después de todo, es que ha sido capaz de atraer a Televisión Española y a la televisión lineal en general a un colectivo que hacia mucho tiempo que ya no estaba ahí, y que ha vuelto a engancharse, a crear contenido y a compartirlo en torno a algo calificable ya como de fenómeno de popularidad. En un momento dado, lo que generaba interés real era la emisión 24 horas de YouTube, mientras que la gala de los lunes, aunque era supuestamente el momento culminante, jugaba casi un papel secundario. En muchos momentos, de hecho, vimos estrategias publicitarias de marcas dirigidas concretamente a la explotación de las audiencias del canal de YouTube, dada la dificultad para explotar esa publicidad en una cadena pública en la que, salvo la ya explotada y a veces retorcida fórmula del patrocinio, existe una limitación legal para hacerlo.

Muy posiblemente, esas audiencias desaparezcan ahora, puesto que nada parece indicar que la cadena pública vaya a tener la sensibilidad de buscar vehículos para dinamizarlas, pero han demostrado que otra televisión es posible, que se puede construir en la pantalla teniendo en cuenta lo que ocurre alrededor de ella, y que se puede implicar al espectador de una manera sostenible y atractiva para que haga algo más que simplemente permanecer atento a la pantalla. Como experimento, independientemente de la calidad o el atractivo del contenido como tal, me ha parecido muy interesante.

 

@edans followers plotted over time on Twitter (IMAGE: Jose María Mateos)Interesante trabajo de Jose María Mateos a partir del fenomenal artículo del New York Times que comentábamos hace unos días, titulado “The follower factory, en el que se detallaban las prácticas de compañías como Devumi y muchas otras dedicadas a simular la popularidad de usuarios creando followers falsos, campañas de retweets, etc.: en su artículo, Jose María investiga este tipo de fenómenos y recrea, utilizando Python y R, la metodología utilizada por The New York Times para crear sus gráficas.

Con esa herramienta, analiza algunas cuentas españolas – entre otras la mía – en busca de patrones interesantes. Sus conclusiones son completamente pragmáticas y prudentes: la herramienta sirve para lo que sirve (es decir, aunque pueda revelar patrones sospechosos de compra de seguidores, no permite detectar, por ejemplo, que un número de usuarios artificialmente haga retweet de algo para incrementar su visibilidad o viralizarlo, por ejemplo), la presencia de esos patrones no implica que alguien haya recurrido a servicios de compra de seguidores (alguien podría haberlos comprado para él, por ejemplo) y, por tanto, los cambios y alteraciones en la gráfica únicamente indican que “alguien, en alguna parte, hizo algo”. 

Visto así, los resultados no parecen tan “morbosos” como alguno podría esperar: una herramienta que permite crear un gráfico sencillo con el tiempo en ordenadas y el número de seguidores en abscisas, y en la que si aparecen líneas horizontales, indica que una cuenta experimentó una subida muy rápida de seguidores, tanto más inmediata cuanto más horizontal sea la línea. ¿Qué me resulta interesante? El poder ver el análisis de mi cuenta, no tanto por mirarme el ombligo, sino por poder contrastarla con lo que yo sí sé que hice a lo largo del tiempo, porque además, siendo como soy, me parecía más que probable que lo hubiese documentado. Mi cuenta, desde hace bastante tiempo, es “muy normal“: publico relativamente poco además de referenciar la entrada que escribo cada día en español y en inglés, y ocasionalmente, comparto alguna noticia o respondo a alguna cuestión. No es en absoluto una actividad que intente “optimizar” desde un punto de vista social, ni maximizar en términos de popularidad, ni nada por el estilo. Agradezco la relevancia que parece que tengo considerando que soy un simple profesor y no “un famoso”, y punto.

Una cosa sí sé seguro: jamás he recurrido a ninguna herramienta de compra de seguidores, ni siquiera para explorar el fenómeno. ¿Puedo garantizar que nadie haya pagado por hacer subir artificialmente mi cuenta de seguidores? Obviamente no, pero me parecería harto improbable en mi caso, dado que tampoco he participado nunca en ningún esquema de pago por tweet ni en patrocinios de ningún tipo. Este tipo de esquemas sí podrían ser relativamente habituales en perfiles de otro tipo: influencers, por ejemplo, que quieran construirse un perfil que simule relevancia y paguen por esos seguidores ellos mismos, o que decidan participar en una campaña de tweets patrocinados para una marca y esa marca o su agencia decidan pagar para incrementar sus seguidores y así intentar obtener un mejor retorno de su inversión.

Viendo mi gráfica, que como el propio Jose María Mateos comenta, “parece bastante normal“, la ausencia de “maniobras” de este tipo parece clara: no hay líneas horizontales bruscas, y sí hay algunos períodos, dos concretamente, en los que la incorporación de seguidores es más rápida de lo habitual, concretamente entre 2009 y 2010 y, en mucha menor medida, entre mediados de 2014 y de 2015. En el primer caso, en efecto, es algo que en su momento documenté: coincidiendo con el lanzamiento de Twitter en español, mi cuenta fue incluida como uno de los usuarios recomendados, lo que llevó a que muchas cuentas de reciente creación – hablamos de un momento en el que Twitter tenía un crecimiento fuerte – aceptasen esa sugerencia y me siguiesen. Las entradas en las que lo comento son esta, cuando detecto el patrón y lo relaciono con ese efecto, y esta otra, en la que hablo de la decisión de Twitter de eliminar las listas de usuarios recomendados. El otro cambio de inclinación, más reciente, no tengo ni idea de a qué puede deberse, aunque tampoco le he dedicado mucho tiempo de análisis.

¿A dónde voy con esto? A partir de mi entrada del pasado día 1 de febrero, recibí un correo de la directora de comunicación de Twitter en España, Elena Bule, en el que, con respecto a mis reproches hacia la compañía de no hacer lo suficiente para evitar esas prácticas, me detallaba extensamente el trabajo que desde Twitter estaban llevando a cabo sobre esos temas. La verdad es que el correo de Elena me llegó en uno de esos días en los que no tiene tiempo de nada, y probablemente debido a lo rápido que iba y a la confianza que tengo con ella, le respondí de manera bastante abrupta diciéndole que, en realidad, todas esas medidas no significaban prácticamente nada, porque comprar followers era enormemente sencillo a día de hoy, y la compañía, aunque afirmase que era una práctica estrictamente prohibida, no hacía en realidad nada para evitarlo. Amabilísima (mucho más de lo que mi respuesta habría merecido), Elena me respondió invitándome a una próxima cita con el equipo de seguridad de la compañía y con su country manager para hablar del tema, que aún no hemos mantenido, pero en la que intentaré clarificar este tipo de cuestiones. 

¿Mi punto? Que si incluso en mi caso, que sé perfectamente lo que he hecho o dejado de hacer, me puede resultar complicado adscribir algunos cambios en la inclinación de mi gráfica – otros no tanto, como hemos visto, – a la propia Twitter no. Es decir: que si Twitter quisiese de verdad aislar esos patrones de compra de seguidores, podría hacerlo con la ayuda de los algoritmos adecuados. ¿Puede separarse, por ejemplo, un patrón de compra de seguidores de un momento de popularidad súbita, como el que puede seguir a una noticia impactante? Si una persona, por ejemplo, recibe de repente una popularidad elevada por el motivo que sea y aparece en numerosos medios de comunicación, podría, en efecto, ser seguida por muchas cuentas en pocos días, lo que podría parecer una operación de compra de seguidores. Sin embargo, tiendo a pensar que no es así, que un análisis más fino podría detectar esos patrones, e incluso que podría emplearse análisis de eventos y correlaciones con menciones en Google News, por ejemplo, para analizar ese fenómeno, y que podrían utilizarse otros métodos para discernir cuando una evolución responde a parámetros de crecimiento natural y cuando no. Desde fuera, posiblemente no sea tan sencillo, pero desde dentro de la compañía y con todos los datos en la mano, creo firmemente que sí. Mi trabajo con análisis de series temporales me lleva a ser optimista en ese aspecto, y mi conversación con Twitter espero que vaya por ese tipo de derroteros: creo que Twitter tendría, si quiere recuperar su relevancia, que actuar de una manera decidida eliminando todo aquello que sea un fraude: tanto esquemas de compra de seguidores, como aquellas cuentas que recurrieron a ella, aunque ello pudiese significar un fuerte impacto en su número de usuarios. ¿Puede plantearse algo así? ¿Qué efectos podría llegar a tener?

Más, próximamente.

 

IMAGE: Higyou - 123RFEl fiscal general de Nueva York abre investigación sobre las compañías dedicadas a la venta de followers falsos y otras métricas de popularidad en redes sociales siguiendo el caso de Devumi, a partir de un fantástico artículo de investigación publicado el pasado día 27 por The New York Times titulado The follower factory en el que se detallaban las prácticas de esta compañía.

Devumi y otras compañías de actividades similares son un caso clarísimo de actividad parasitaria: para los entornos sociales, son como una enfermedad. A partir de la popularización de cualquier red social, este tipo de compañías acuden buscando generar un beneficio a costa de ellas, y su efecto puede llegar a resultar profundamente dañino. El caso de Twitter es completamente paradigmático: su inacción y falta de actividad a la hora de tratar con este fenómeno ha generado no solo muchos problemas a los usuarios – la demanda que origina la acción judicial se debe a los daños generados a personas cuyos nombres o fotografías eran utilizados para simular cuentas falsas – sino también un profundo descrédito de la red social en su conjunto. Que la ley actúe resulta completamente razonable: como afirma el fiscal general Eric Schneiderman, “la suplantación y el engaño son ilegales según la ley de Nueva York”, pero tristemente ineficiente, porque nada evita que estas compañías puedan perfectamente actuar, y de hecho actúen, radicándose en países en los que este tipo de delitos o su actividad no son perseguidas, y en los que además pueden encontrar acceso a costes laborales más reducidos y poner a decenas de personas, mediante procesos puramente manuales e intensivos, a crear o alimentar esas cuentas falsas. Lo que tiene que ocurrir es que sean las propias redes sociales las que actúen con decisión e inmediatez ante ellas.

¿Por qué Twitter no actúa, o no de una manera pública y notoria, contra las compañías que venden followers a diestro y siniestro? Simplemente, porque erróneamente cree que eso puede funcionar como atracción para determinados perfiles, que pueden así aparentar una popularidad de la que carecen o que precisaba de ese tipo de ayudas artificiales para ponerse al nivel que estimaban adecuado. Al no poner en práctica medidas que disuadan contra este tipo de usos, las redes sociales alimentan patrones de insostenibilidad, un auténtico laberinto en el que nada es verdad ni es mentira, en el que procesos tan alucinantes como el de pagar por robots que sigan a una persona resultan tristemente normalizados, y en el que todas las métricas que permitirían evaluar la relevancia de las acciones se distorsionan de manera grotesca. No sé si, como insinúa Fast Company, ese clima puede acabar llevándonos a una guerra nuclear, pero sí sé que es profundamente negativo y preocupante, y que ya ha contribuido de manera relevante a algo tan importante como permitir que un idiota entrase en la Casa Blanca. Para las compañías de redes sociales, perseguir este tipo de actividades debería constituir una auténtica obsesión, una necesidad imperiosa, algo determinante de cara a su futuro. Y en su lugar, solemos encontrar tibieza, ambivalencia o incluso, en ocasiones, una laxa colaboración. Si para cualquiera es posible encontrar, mediante una simple búsqueda en la web, una compañía que venda followers falsos, ¿qué hace que las redes sociales en las que se desarrolla esa actividad no actúen de manera inmediata?

¿Puede una compañía poner en práctica medidas que resulten de verdad disuasorias en este sentido? Por supuesto. No resulta sencillo si cualquiera puede crear una cuenta y, si resulta eliminada, crear automáticamente otra, pero pueden hacerse muchas cosas, y la tecnología funciona a ambos lados de la conexión. Determinar que es una misma persona, o un mismo equipo el que crea una cuenta no es sencillo y no completamente fiable, pero puede llevarse a cabo de manera mucho más fehaciente a como actualmente se hace. Los indicadores de ese tipo de actividades pueden ser procesados mediante machine learning, y determinados de una manera mucho más precisa que como se hace actualmente. Por otro lado, es preciso poner en práctica medidas que avergüencen públicamente a quienes recurran a ese tipo de prácticas, sean quienes sean, de manera que se eleven las barreras de entrada por miedo a ser descubiertos. En eso consiste la disuasión, en un incremento de las barreras de entrada sea por complicación técnica o por miedo a los posibles efectos posteriores. Y en un ámbito como el social, resulta absolutamente fundamental si no se quiere desvirtuar completamente su valor como ecosistema.

Que el buen periodismo y la ley actúen contra personajes asquerosos e impresentables como German Calas es bueno para todos. Pero sobre todo, que actúe Twitter, que es la principal perjudicada por su parasitaria actividad, y que ha mostrado una preocupante inacción en este sentido.

 

IMAGE: Ioulia Bolchakova - 123RFEn un nuevo capítulo de su serie Hard Questions titulado Is spending time on social media bad for us?, Facebook admite que bajo determinadas circunstancias, el uso de las redes sociales puede provocar efectos negativos sobre las personas.

Desde mi punto de vista, es la mayor tontería que he visto escrita en mucho tiempo: una de esas afirmaciones que son, en realidad, verdades universales, y que requieren una lectura e interpretación completa antes de que, como tantos hacen hoy en día, nos lancemos a compartir sin medida tras simplemente leer el titular.

¿Puede el uso de redes sociales ser malo? ¡Por supuesto! TODO, absolutamente TODO, puede ser malo para la salud. Los americanos lo dicen claramente en una frase hecha, “too much of a good thing can kill you”. Hasta las cosas más buenas son potencialmente malas y te pueden matar, desde ejemplos tan obvios como el alcohol, que sienta fenomenal en determinadas ocasiones pero puede llegar a mataros a ti o a tu hígado cuando te excedes en su consumo, hasta cualquier otra cuestión, sea el ejercicio, el café, el azúcar, el queso o el dulce de leche. Da igual de qué hablemos: un consumo excesivo o mal entendido puede matarte. Es tan obvio y tan estúpido que resulta profundamente sorprendente que se comente. ¡Dios mío, que hasta la propia Facebook lo reconoce!! ¿Claro, no hace más que reconocer una obviedad tan grande como que el mal uso de cualquier cosa puede ser perjudicial, no veo nada sorprendente en ello! A las tabaqueras, de hecho, les costó mucho más hacerlo…

¿Pueden ser negativas las redes sociales? Pues eso, como todo. Un uso adecuado de las redes sociales te permite mantenerte más en contacto con tus amigos y conocidos, puede generarte incluso más ocasiones para la socialización y el contacto casual periódico, mantenerte más informado de lo que hacen o a qué se dedican, de sus circunstancias personales, de sus viajes o de su vida en general. ¿Es superficial? Por supuesto… ¿es que de verdad esperábamos una profundidad rayana en lo filosófico de una red social? ¿Lo esperamos de una conversación cuando te encuentras en una acera, o de un café en un bar? “Vaya, me felicita el cumpleaños por Facebook, qué poco personal!” Ya, por supuesto, porque cuando te ve y te da dos besos es un momentazo místico de profunda contemplación… ¡venga ya! Las relaciones sociales, en gran medida, están compuestas de momentos completamente superficiales, de comentarios vanos, de chistes que no reflejan más que las ganas de echar unas risas, y de tonterías que no van a ningún sitio ni tendrán lugar jamás en ningún tratado de nada. Lo único que hacen las redes sociales es reflejar eso: si solo las utilizásemos para reflejar sentimientos genuinos, profundos y con un valor testimonial similar al de una promesa de amor eterno, serían un maldito tostón y no las utilizaría nadie con regularidad! No, la vida no son las redes sociales, pero tampoco es una sucesión de momentos necesariamente trascendentales y profundos. La vida es otra cosa.

¿Pueden las redes sociales volverte un psicópata, un acosador, un voyeurista, o generarte una depresión? Pues por supuesto que pueden. Como todo. Mal utilizadas, las redes sociales pueden convertirte en todo eso o en un asesino en serie, según sean los procesos que tienen lugar en los recovecos de tu maldito cerebro. Vamos a dejarnos de tonterías, por favor: si pretendemos dedicarle tiempo a pensar si las redes sociales son malas o no, tendremos que dedicárselo también a los terribles efectos secundarios del exceso de dulce de leche, o del queso. Y no, por el queso si que ya no estoy dispuesto a pasar!

¿Quiere eso decir que no tenemos que hacer nada? No, tampoco. Si una parte del mal uso de las redes sociales son personas que las utilizan para hacer sufrir a otras mediante acoso, insultos, amenazas o actitudes negativas, deberemos intentar poner freno a ese tipo de comportamientos. Si hay personas que se deprimen, o que llegan a plantearse el suicidio debido en parte a su uso de las redes sociales, deberemos intentar detectarlo y ponerle freno, porque intentar ayudar en esas situaciones siempre es potencialmente positivo, de pura humanidad y de sentido común. ¿Resulta posible que un adolescente, obsesionado por la inyección de dopamina que le supone cada Like en una foto de Instagram, termine compartiendo lo que no debe? Por supuesto, y si no lo educamos en condiciones, es muy posible que ocurra. ¿Quiere decir eso que Instagram es malo? No, coño, ¡quiere decir que no se puede renunciar a educar a los niños, y que quien lo hace es un irresponsable!

Si hay pautas de uso de Facebook destinadas a generar un uso compulsivo o a que compartamos incluso lo que no debe ser compartido, deberemos protestar contra ellas e intentar acabar con ellas. ¿Qué sentido tiene que Facebook me recuerde en cada una de mis publicaciones que puedo gastarme dinero en promocionarla para que llegue a más personas, y que por más que oculte ese “amistoso consejo”, Facebook se empeñe en volvérmelo a mostrar? ¿Serías tan amable, Facebook, de dejar de hacer esa estupidez? Que sí, que ya sé que tienes que vivir de algo, pero no va a ser de que un profesor se dedique a gastarse el dinero de su sueldo en llegar a más personas… si se supone que me conoces tan bien, a estas alturas deberías ya de saberlo, y no tratar a todos los usuarios con el mismo patrón cansino y repetitivo, ¿no te parece? ¿O es que la inteligencia artificial solo se usa en un sentido? Si Facebook va a modificar progresivamente sus algoritmos para que mis publicaciones lleguen cada vez a menos gente y sienta que la única manera de llegar a los mismos que llegaba antes es gastarme dinero en publicidad, pues vale, qué le vamos a hacer, es su algoritmo y lo utiliza como quiere, pero posiblemente acabe cansándome de la condena artificial a una forzada irrelevancia y me vaya con mis contenidos a otro sitio.

Pretender que las redes sociales son como el tabaco es, sencillamente, una soberana estupidez. Si no tienes madurez como para gestionar tus redes sociales sin generarte una depresión o un cabreo diario, abandónalas, pero no vayas por el mundo protestando por unos efectos que solo tú te causas a ti mismo y pidiendo medidas cautelares de protección, porque es lo que hay: todo en exceso o mal utilizado puede matarte. La vida mata. Vamos a dejarnos de sobreprotecciones y de tonterías, por favor, que a base de intentar protegernos de todo van a conseguir que no sepamos protegernos de nada.

 

IMAGE: Sangoiri - 123RFChamath Palihapitiya, ex-directivo de Facebook, expresó en un evento público en Stanford su arrepentimiento y sentimiento de culpa por haber contribuido a crear Facebook, una herramienta que, según él, “está desgarrando el tejido social y el funcionamiento de la sociedad“, y recomendó a los asistentes que interrumpiesen su uso. 

Este tipo de conclusiones tremendistas sobre los efectos de la popularización de las redes sociales sobre el funcionamiento de la sociedad en su conjunto me resultan siempre muy llamativos, fundamentalmente por lo que tienen de evaluación de algo completamente inacabado, que se está desarrollando y evolucionando ante nuestros ojos. Por supuesto, ver cómo un adolescente empieza a compartir contenido en redes sociales, cómo empieza a sufrir los síndromes ya definidos como una especie de patologías, ese Fear of Missing Out, esas inyecciones de dopamina con cada Like o esa ansiedad cuando se esperan las reacciones a algún contenido que se acaba de compartir son elementos posiblemente preocupantes o perturbadores, pero que tienden a reflejar únicamente una cosa: una ausencia de criterio que proviene de una falta de educación. Estamos ante las primeras generaciones que crecen en un entorno caracterizado por la presencia ubicua del social media, de herramientas ubicuas que llevamos en el bolsillo y que nos permiten mantenernos en contacto, saber qué hace cada uno, compartir contenidos, textos, fotografías y vídeos de todo tipo, acceder a las noticias con juicios de valor de aquellos a los que vimos compartirlas… y todo ello, en un entorno en el que las figuras que tradicionalmente preparaban y educaban a los jóvenes para su desempeño en el mundo adulto han llevado a cabo una total inhibición de su responsabilidad, y han dicho simplemente aquello de “qué les voy a contar yo, si ya nacieron sabiendo”.

No, no nacieron sabiendo. Si crees que saben más que tú y que no les puedes contar nada ni educar es simplemente porque no has sabido interesarte por el tema, porque lo has ignorado conscientemente, porque has renunciado a formarte en una tecnología que ahora caracteriza el intercambio de información en las sociedades de la misma manera que en generaciones anteriores lo hicieron los mass media, y que, sobre todo, no va a dar vuelta atrás, por mucho que digan ex-ejecutivos de Facebook. El problema no está en los jóvenes, sino en los padres que renunciaron a entender una tecnología con unas barreras de entrada prácticamente nulas – no hacía falta gran esfuerzo, ni tus hijos eran superdotados… no, es simplemente que era muy, muy sencillo – y que soltaron a sus hijos sin ningún tipo de preparación en un entorno social, algo que en generaciones anteriores nunca sucedía.

¿Te parece preocupante que tus hijos publiquen fotografías cada vez más subidas de tono, más transgresoras o más estúpidas para conseguir con ello la inyección de dopamina que suponen los Likes que reciben? A lo mejor es que, simplemente, deberías haberte preocupado de educarlos, de entender lo que hacían, de explorarlo y de proporcionarles criterio, como se hacía cuando se enseñaba a los niños a comportarse en la calle o en casas ajenas. Juzgar las redes sociales por su estado actual, cuando ni ha transcurrido una generación desde su adopción masiva, es sencillamente banal, absurdo y estúpido. ¿Cuál es la alternativa? ¿Volver a las inyecciones de dopamina controladas y administradas por los medios de comunicación de masas, a los tiempos en los que solo eras importante si salías en el periódico, en la radio o en la televisión? ¿Volver atrás y “desinventar” las redes sociales? ¿Prohibirlas? No, la idea es sencillamente absurda. Las redes sociales están aquí para quedarse y para formar parte del tejido social, aunque para que ello tenga lugar de manera adecuada sea necesario educarnos como sociedad. La alternativa, precisamente, es educarnos como sociedad, no despotricar estúpidamente contra la herramienta.

Por supuesto que las redes sociales generan problemas. A estas alturas, ni Mark Zuckerberg es consciente de lo que ha creado y de sus posibles efectos. Pero que haya jóvenes compartiendo lo que no deben o no tan jóvenes dejándose influir en su decisión de voto por noticias falsas que han visto compartidas en Facebook no quiere decir que las redes sociales sean malas, sino que como sociedad, no nos hemos dado ni el tiempo ni la disciplina como para aprender a utilizarlas. De nuevo, los protocolos de uso tardan más en desarrollarse que las herramientas como tales, y juzgar la creación antes de su consolidación y desarrollo de protocolos, sencillamente, no tiene sentido. Y el problema es como tirar al niño con el agua de bañarlo: habrá padres que crean a ex-directivos iluminados como este, y que se dediquen a restringir las redes sociales a sus hijos como si fueran la peste, con la lógica consecuencia de terminar generando adultos, si cabe, aún peor preparados e ignorantes.

Las apocalipsis y las epifanías de los neoconversos nunca fueron buenas consejeras. “Oh, dios mío, abandonad al maligno y renunciad a las redes sociales, tomaos un hard break…” Chamath, sin ánimo de ofender… vete al carajo. El tremendismo con respecto a la innovación es un viejo conocido, nos lo sabemos de memoria: toda mi generación iba a ser disfuncional porque estábamos educados por la televisión y nuestros padres, cuando querían que estuviésemos tranquilos, nos dejaban horas delante del aparato… pues francamente, no ha sido para tanto. Ni lo fue, ni lo será con las redes sociales. ¿Pasan cosas malas, se crean fenómenos sociales poco recomendables y se definen nuevos síndromes y patologías malignos? Pues claro, como con cualquier herramienta potente que se use sin preparación alguna. Adecuemos las estructuras educativas, formemos en el uso, prevengamos el abuso, dejémonos de decir tonterías y generemos criterio que nos permita aprovechar unas herramientas que están aquí para quedarse y para formar parte integrante y activa de la sociedad.