Signature credit cardLas cuatro compañías más importantes emisoras de tarjetas de crédito en los Estados Unidos, American Express, Discover, Mastercard y Visa, se unen para anunciar que dejarán de solicitar a los establecimientos de su red que recojan la firma de los clientes en el momento de la transacción. Un gesto, el de firmar, cada vez menos utilizado y con un valor prácticamente nulo como elemento de seguridad: las posibilidades de un empleado de una tienda de comprobar la integridad o veracidad de una firma con unas mínimas garantías han sido siempre mínimas, y abundan los ejemplos de personas que firman con cualquier tipo de garabato o incluso con dibujos absurdos, y no tienen ningún problema a la hora de procesar su pago. 

Con el tiempo y la evolución de los medios de pago, la necesidad de la firma se ha visto eclipsada por el uso de elementos algo más seguros, como el número de identificación personal o la inclusión de elementos de biometría, como la huella dactilar o la cara en el caso de pagos mediante smartphone. El uso de un elemento como un bolígrafo con el que se estampa un garabato sobre un papel es cada vez más anacrónico, y empieza a no ser utilizado ni siquiera en el momento de la firma de un contrato para, por ejemplo, abrir una cuenta bancaria, sustituido por otros elementos como un selfie o la captura con la cámara de un documento de identificación.

Junto con la firma, otro elemento de seguridad cada vez más claramente destinado a la extinción es el uso de la contraseña: el uso cada vez más extendido de gestores de contraseñas lleva a que los usuarios comiencen a abandonar malas prácticas como el utilizar contraseñas fáciles de recordar o la misma contraseña para todo, escogiendo en su lugar contraseñas imposibles y aleatorias que no conocen, pero que son recuperadas en el momento de acceder a cada servicio por servicios como LastPass1PasswordNoMorePass o similares. Pero más allá de mejorar los sistemas basados en el uso de una contraseña, estos también están siendo cada vez más sustituidos por elementos biométricos tomados en el momento en que son requeridos de cualquiera de los dispositivos que un usuario maneja. Por la mañana, me levanto, me pongo el smartwatch, y este se desbloquea sin necesidad de introducir su contraseña de acceso cuando tomo el smartphone y lo desbloqueo apuntando a mi cara. Cuando abro mi ordenador portátil, ocurre lo mismo: en una curiosa secuencia, se desbloquea mediante la presencia de mi smartwatch en mi muñeca y desbloqueado, aunque mantengo la posibilidad de desbloquearlo igualmente mediante mi huella dactilar en su sensor o mediante una contraseña, que obviamente he dejado de utilizar salvo cuando lo reinicio o para algunas escasas operaciones que aún la requieren. Cuando desde el ordenador compartido de alguna clase hago login en muchas de mis cuentas, ese login únicamente se completa cuando lo confirmo en alguno de los dispositivos que llevo conmigo, proporcionándome un nivel adicional de seguridad basada en factores múltiples. Pronto, un nuevo estándar de seguridad propuesto por W3C, WebAuthn y aceptado ya por Google, Microsoft y Mozilla, se encargará de coordinar las formas en las que las personas acceden a servicios en la web y se incorporará a prácticamente todos los navegadores significativos.

No más firmas, relegadas ya al más trasnochado de los absurdos, y a la espera de ser también pronto desacralizadas por servicios aún tan necesarios en la sociedad como los notarios, las firmas de contratos y actas, o por procesos tan habituales y absurdamente redundantes como el de hacer checkin en un hotel. Asimismo, no más contraseñas, convertidas en incómodas pruebas de memoria o en cada vez más momentos de inseguridad, incomodidad y de uso habitual del botón “olvidé mi contraseña”. Elementos de seguridad que hasta hace pocos años eran exclusivos de sistemas de elevada sofisticación, convertidos en habituales gracias a la incorporación de cada vez más elementos de sensorización y captura de huella dactilar o de otros parámetros biométricos en dispositivos cada vez más ubicuos. Si aún tienes que firmar con frecuencia o que introducir contraseñas de manera habitual, o si esos elementos están aún integrados en los procesos de negocio de tu compañía, plantéate que es posible que debas repensar esos procesos para darle un impulso a tus prácticas de seguridad.

 

Apple Watch Series 3La presentación del Apple Watch Series 3 el pasado día 12 de septiembre, con su Apple eSIM como novedad importantísima aunque no destacada por casi nadie, marca un momento muy interesante que sigue la estrategia habitual de la compañía: la de definir un “momento de la verdad” sin ser para nada el primero en hacerlo desde un punto de vista tecnológico.

Los smartwatches con tarjeta SIM propia están disponibles desde hace ya bastante tiempo: nadie recuerda especialmente cuál fue el primero, y sus ventas, en general, han sido más bien escasas en una categoría aún considerada relativamente secundaria, pero con un sano crecimiento anual y que Apple domina de manera aplastante. Ahora, con el lanzamiento de la tercera iteración de su smartwatch, la marca se adentra en un interesante territorio: el de la sustitución coyuntural del smartphone en determinadas situaciones.

En muy poco tiempo, el smartphone ha pasado de ser un simple terminal telefónico, a convertirse en un “aparato para todo” sin el que no podemos prácticamente salir a la calle. La semana pasada, salí de casa sin mi smartphone, algo que hacía muchísimo tiempo que no me pasaba: me di cuenta de que le faltaba un poco de carga, lo conecté a un cargador en una mesa supletoria, me lo dejé ahí, y no me di cuenta hasta llegar al despacho. La sensación de “desnudez”, de “me falta algo” durante toda la mañana fue profundamente desagradable, culminada con momentos como enviar un correo desde el ordenador pidiendo a alguien que te llame a un terminal que no tenías, intentar pagar algo con Apple Pay, darte cuenta de que no puedes llamar a un Uber, que no puedes acceder al área de embarque de la estación de tren porque tu billete estaba en el Wallet, o que te resulta muy difícil saber en qué diablos de las muchas puertas de la estación te está esperando tu mujer (que además de viajar conmigo ese día, era la encargada de volver a traer el añorado iPhone a mi bolsillo). Decididamente, una mañana incómoda y bastante surrealista, sobre todo cuando mi Apple Watch, reducido durante varias horas a dispositivo para darme la hora y la agenda, se conectó a mi iPhone aunque mi mujer estaba fuera de mi vista y me permitió acceder a mi billete y comunicarme con ella (y lo extraño, pero no especialmente incómodo, que resulta escribir en la pantalla del reloj!) De esos momentos en los que te das cuenta de la dependencia que puedes llegar a tener de un aparato electrónico.

Que el smartwatch se convierta en un sustituto parcial pero razonablemente eficiente del smartphone es algo cuya comodidad atestiguan decenas de miles de aficionados a salir a correr en todo el mundo: decididamente, salir a correr con cien o doscientos gramos en el bolsillo no es cómodo, no tanto por el peso en sí sino por su comportamiento cuando te mueves, lo que lleva a muchos a sujetárselo al brazo con fundas y correas de todo tipo. Salir a correr es más incómodo si tienes que renunciar a cosas que, en cualquier otro momento del día, tienes disponibles simplemente metiendo la mano en el bolso o bolsillo. El momento en que el smartwatch se convierte en un sustituto o recambio digno de tu smartphone, en un dispositivo en el que puedes hacer determinadas cosas, como comunicarte decentemente aunque estés haciendo paddle surf en medio de un lago y sin tener que parecer Dick Tracy, o utilizar determinadas aplicaciones de manera autónoma para pedir un Uber, pagar en una tienda o entrar en un tren, es algo con una dimensión que deja de ser anecdótica. Entre otras cosas porque nadie está a salvo de olvidarse el smartphone, pero es poco habitual olvidarte algo que llevas todo el día sujeto a la muñeca.

Nunca tuve especial interés en el primer Apple Watch, que terminó llegando a mi muñeca como un regalo. En verano, tiendo a prescindir de él: soy muy aficionado al mar y al buceo, y habitualmente lo dejo en casa y o bien me llevo otro reloj, o simplemente no llevo ninguno, sin que me parezca terriblemente incómodo. Sin embargo, no prescindo el smartphone, y aunque obviamente no me lo lleve al mar, es evidente que sí me encontraría incómodo sin él. Como la propia Apple dice,

Whether users are out for a run, at the pool, or just trying to be more active throughout their day, Apple Watch Series 3 with cellular allows them to stay connected, make calls, receive texts, and more, even without iPhone nearby.

(Si el usuario sale a correr, a la piscina, o simplemente trata de ser más activo durante el día, el Apple Watch Series 3 con conectividad celular le permite mantenerse conectado, realizar llamadas, recibir textos y mucho más, incluso cuando no tienen su iPhone cerca)

La sustitución de muchas funciones de un dispositivo de entre cien o doscientos gramos que llevamos en el bolsillo para pasarlas a otro mucho más ligero que llevamos en la muñeca puede parecer, de alguna manera, “un problema del primer mundo“, pero no deja de indicar algo, una tendencia interesante. No sé si es tanto una sustitución, o simplemente la ganancia de grados de libertad que supone poder planteársela en determinadas circunstancias, sea porque sales a correr, porque vas a la playa, porque te has olvidado el smartphone o porque, simplemente, no te apetece llevarlo. Los wearables son una forma de poner presión a los fabricantes de componentes: queremos aparatos cada vez más pequeños, con baterías con mayor duración, con conectividad y con más funciones, hasta el punto de que podamos llegar a emplearlos como sustitutos para otros dispositivos. Pronto, el visor en las gafas, el reloj en la muñeca… y el bolsillo, ¿vacío?

 

IMAGE: Sociologas - 123RFEl inicio de la era del smartwatch se suele fijar en el momento en que una minúscula startup, Pebble, consiguió levantar más de diez millones de dólares en preventas y se convirtió de largo en el récord absoluto de Kickstarter, hecho que señaló a otros fabricantes que la categoría podía estar ya en disposición de ser considerada interesante de cara al gran público.

La hazaña de la pequeña compañía, que todavía llegó a ser repetida casi tres años después duplicando su recaudación con un nuevo modelo y de nuevo en Kickstarter antes de constatar su falta de viabilidad económica y terminar siendo adquirida por Fitbit, dio paso inmediatamente a una pléyade de marcas de todo tipo compitiendo por lanzar todo tipo de modelos de smartwatch, hasta que Apple lanzó el suyo, como siempre con la idea de redefinir la categoría, y se convirtió en líder absoluto de la misma.

Resulta indudable que el éxito que supuso el Apple Watch, aún discutido por quienes se quedan únicamente en análisis superficiales, unido al ruido creado por otras muchas marcas en torno a las prestaciones de sus smartwatches, ha revolucionado completamente las preferencias del mercado y modificado enormemente las decisiones que tomamos en torno a lo que nos ponemos en la muñeca. Y consecuentemente, vienen las cifras: las exportaciones de relojes suizos encadenan su tercer año de descensos consecutivo, algo que solo había ocurrido a principios de la década de los ’30, en plena Gran Depresión, y la industria se contrae con ratios a todas luces alarmantes. Simplemente, el concepto de reloj ha cambiado, y ahora, una máquina complejísima, que se preciaba de su propia sofisticación, con una ingeniería que llegó a niveles asombrosos, pero que se limita a dar la hora y algunos pocos datos más ya no compite con la posibilidad de llevar en la muñeca un auténtico ordenador, con toda la versatilidad que le puede llegar a aportar un vastísimo escaparate de apps desarrolladas por competidores de todo tipo.

Cuando empezamos a hablar de smartwatches, muchas personas afirmaban que ese tipo de aparatos jamás podrían plantearse sustituir al reloj de pulsera tal y como lo conocíamos. Que el reloj era un elemento de estilo, que reflejaba otras cosas, que descansaba sobre una tradición de ingeniería avanzada y que representaba una parte importante de países como Suiza que nunca se dejarían arrebatar sin lucha. Ahora, tan solo cinco años después de la salida del primer Pebble y dos años después del inicio de las ventas de Apple Watch, estamos haciendo la crónica de una debacle, de cómo una industria importantísima y consolidada ve caer sus ventas por tercer año consecutivo, y sin demasiadas perspectivas que permitan atisbar ningún rayo de esperanza.

¿Puede hacer algo la industria suiza para enderezar su marcha y evitar convertirse en algo testimonial, en un referente del pasado que, aunque tenga sus adeptos, se verá restringido a un mercado prácticamente residual o simbólico? ¿Deberían las marcas lanzarse a un producto, el smartwatch, en el que carecen de ventaja competitiva alguna y donde se utilizan tecnologías completamente diferentes a las que les permitieron establecerse como generadores de tendencias? Resultaría difícil y arriesgado recomendar una estrategia así, y de hecho, parece muy poco probable salvo por marcas encuadradas dentro de lo que ya significó en su momento una tendencia renovadora, como Swatch, y que han generado un nivel de atención, por el momento, bastante relativo. No cabe duda: los relojeros suizos han perdido completamente el liderazgo del mercado de “cosas que nos ponemos en la muñeca”, y las tendencias apuntan a que aquella supuesta ventaja basada en intangibles como el estilo o la tradición tiene más bien poco que decir. Durante muchos años, todavía seguiremos refiriéndonos a algo que funciona muy bien diciendo que lo hace “como un reloj suizo”, seguirá posiblemente siendo sinónimo de fiabilidad, de estilo y de prestigio… pero sus ventas seguirán cayendo. Un día, posiblemente, se registrará un pequeño ascenso, como ocurrió en el caso de la música en vinilo, y muchos nostálgicos saldrán diciendo que no pasa nada, que ya viene la recuperación… pero será falso, una simple anécdota, sin más. Las tendencias son las que son, y es cada día más importante saber leerlas y entenderlas.

Las industrias, en general, tienden a la racionalidad. En ocasiones es debido a dinámicas competitivas y al hecho de que sean explotadas de manera desigual por los distintos participantes, en otras ocasiones es debido a la presión de nuevos entrantes, y en otras, simplemente, es porque sus usuarios toman decisiones basadas precisamente en eso, en lo racional, y no tanto en lo romántico o lo intangible. Una gran parte del mercado aún tiene muchísimas dudas sobre la necesidad de llevar un smartwatch en la muñeca, y esas dudas resultan completamente justificadas y justificables. Pero otra parte, y aparentemente cada vez más significativa del mercado, tiene cada vez menos dudas, y una vez que prueba, parece que se encuentra en dinámicas de repetición y de obtención de prestaciones cada vez más decisivas, que inclinan la balanza en favor del ordenador de muñeca. Para algunos son las notificaciones, para otros el control de la actividad física, para otros la moda… cada uno encuentra su propuesta de valor en una categoría que ni siquiera se encuentra aún completamente definida en sus fronteras, pero al final, el resultado es el que es: ventas crecientes de smartwatches, y tres años de caída consecutiva de las exportaciones de la industria relojera suiza. Una crisis sin precedentes.

Todo indica que esperar a que sea el peso de la tradición, el estilo y otros intangibles lo que salve la cuenta de resultados no es un consejo demasiado acertado. De una manera u otra, la racionalidad termina por imponerse. Para muchas otras industrias, y es posible que aún ni ellas mismas sepan siquiera cuáles son, la experiencia de los relojeros suizos debería convertirse en una buena y certera nota mental. Después, cuando llegue la caída de las ventas año tras año, que no digan que no fueron avisados…

 

Fitbit + Pebble + VectorLa evolución de Fitbit, una de las compañías decididamente pioneras en el entorno de la cuantificación personal, parece estar experimentando una reciente evolución interesante y decididamente ambiciosa: tras la adquisición de Pebble del pasado diciembre y la recientemente anunciada de Vector, en ambos casos operaciones que interrumpen completamente la actividad de las compañías y las integran completamente en el flujo de desarrollo de Fitbit, todo indica que la empresa está apuntando al posicionamiento dentro del complicado mercado smartwatch, más allá del espacio que ocupaba como simple dispositivo cuantificador con algunas funciones adicionales.

El quién es quién en toda esta operación es relativamente sencillo de trazar: Fitbit fue en su momento la compañía pionera en el espacio del quantified self, fundada en 2007, desarrolló un mercado muy interesante en torno a esta categoría con una amplia gama de dispositivos de distintos tipos – trackers para llevar colgados en el cinturón, como pulseras, pero también básculas, etc. – y salió finalmente a bolsa en junio de 2015. Alcanzó su cotización récord, casi $48 por acción, en torno a un mes después de su salida, y desde entonces, no ha parado de caer, hasta llegar actualmente a cotizar en el entorno de los $7.

La adquisición de Pebble estuvo posiblemente basada en la oportunidad. Una compañía elevada a los altares por las habilidades comunicativas de su fundador, Eric Migicovsky, y su impacto en un fenómeno, el crowdfunding, que entonces despegaba, la situaron como compañía líder en recaudación por proyecto en dos ocasiones, con unos diez y unos veinte millones de dólares para su primer modelo – en puridad el segundo, porque antes habían fabricado y vendido uno para BlackBerry – y su último, el Pebble Time. Muchos atribuyen a Pebble el despertar de la categoría smartwatch: al convertirse en el primer producto que alcanzó cierta popularidad en este segmento, inspiró a muchas compañías de electrónica de consumo a lanzar sus propios modelos, y a muchos usuarios a adquirirlos. Sin embargo, el mundo corporativo no es tan sencillo como tener un buen producto, fabricarlo y venderlo, y la compañía estaba, en el momento de la adquisición por Fitbit, al borde de la quiebra. Tras la adquisición, en torno a un 40% de sus trabajadores han recibido ofertas para permanecer en Fitbit.

Vector es un caso diferente. Con desarrollo en Rumanía, sede corporativa en Londres y ex-ejecutivos de la industria relojera (Citizen, Bulova y Timex) y de la electrónica de consumo, la compañía pasa por ser una de las más eficientes a la hora de plantear especificaciones: dispositivos con pantalla de tinta electrónica, con buen diseño, buenos componentes – acero inoxidable y cristal de calidad elevada – una resistencia al agua de 50m. y, sobre todo, una duración de batería estimada en torno a un mes, hablamos de un producto decididamente interesante, aunque como en el caso de Pebble, es posible que le faltase la escala suficiente como para competir a alto nivel. Aún así, había captado ya dos millones de dólares y preparaba una ronda adicional. De nuevo, la compañía ha anunciado que no continuará con sus líneas de producto, y que se integra en la estructura de Fitbit.

Con estos elementos, todo indica que Fitbit se prepara para el lanzamiento de un smartwatch basado en una pantalla de tinta electrónica para competir con el líder de la categoría, el Apple Watch, y así parece indicarlo la propia Fitbit. La idea seguramente sería ofrecer una duración de batería elevada – uno de los problemas que muchos achacan a los smartwatch – y una orientación muy fuerte al mercado de la cuantificación. Posiblemente, la idea sería poner en el mercado un smartwatch con una buena integración con el smartphone y alertas bien diseñadas, que no hubiese que dejar en la mesilla de noche cargando a diario para así poder entrar en el mercado de la cuantificación del sueño nocturno, y con un buen enfoque a la cuantificación de la actividad física, tema en el que Fitbit siempre ha destacado especialmente. La marca cierta tiene reputación de cerrada porque, cuando Apple la expulsó de sus tiendas, tomó la decisión de no permitir la compatibilidad de sus datos con la aplicación de salud del iPhone al considerar a Apple como un competidor, pero esa posición no parece una cuestión de principios, sino simplemente una reacción competitiva a una compañía en concreto.

¿El problema? Por un lado, Fitbit no tiene, en su situación de cotización actual, recursos precisamente ilimitados. Por otro, la categoría smartwatch aunque esté muy lejos de ser un fracaso, no está resultando tampoco particularmente efervescente: quienes querían un smartwatch se lo han comprado y lo han probado ya, y quienes no, se incorporan al mercado con bastante lentitud. El líder de la categoría, Apple, que llegó a tener una participación de mercado del 70% en el tercer trimestre de 2015, pero había descendido al 40% a finales de 2016. El otro competidor importante, Google con Android Wear, está pendiente de una actualización de su sistema, y también es susceptible de generar una cierta tracción derivada de su estrategia de colaboración con múltiples marcas.

Como mercado, el del smartwatch no resulta particularmente sencillo. ¿Puede una compañía como Fitbit, tras hacerse con unos activos de expertise indudablemente buenos, aspirar a competir con monstruos como Apple, Google y otros en esta categoría? ¿Puede plantearse alcanzar ese sweet spot de prestaciones en el que los usuarios llevamos nuestro reloj con despreocupación durante muchos días, simplemente poniéndolo a cargar cada bastante tiempo como hacemos con dispositivos como un Kindle y olvidándonos casi el resto del tiempo de que funcionan con electricidad, compatible con iOS y Android, y con una buena funcionalidad de alertas y de cuantificación de la actividad física y la salud? Si es capaz de conseguirlo, podría tener un hueco interesante en el mercado wearable, aunque ello implique competir con compañías como Apple que, debido a la elección de otras tecnologías en lo referente sobre todo a la pantalla, plantean modelos de uso completamente distintos, en los que no son capaces de plantearse salir de la rutina de la carga diaria. En cualquier caso, competir ahí no parece, decididamente, una tarea fácil.

 

Apple Watch and iPhoneSegún la mayoría de los analistas, el desarrollo del Apple Watch 2.0 parece encontrarse con una serie de limitaciones importantes relacionadas con la supuesta necesidad de independizar al smartwatch del smartphone que, por el momento, le proporciona conectividad y algunas otras funciones.

Situar la conectividad celular en un aparato con un tamaño razonable para llevarlo en la muñeca, con las limitaciones que ello conlleva sobre todo en términos de espacio para la batería, es un reto importante y complejo desde el punto de vista de la ingeniería: los chipset actuales de conectividad celular consumen demasiada energía, lo que llevaría a relojes con una autonomía muy escasa que reduciría, lógicamente, su atractivo comercial. Esto ha hecho que Apple se centre en el desarrollo de chipset celulares con un consumo más bajo, una ruta de investigación en cualquier caso interesante, además de en situar el GPS en el propio reloj, algo técnicamente más factible. La idea parece ser, según Apple, ser capaces de eliminar la necesidad de conectar los dos dispositivos, que puedan tener una existencia independiente.

Dejemos al margen la discusión sobre si un smartwatch aporta mucho o poco: si estás convencido de que el smartwatch no es un dispositivo útil, no pretendo discutirlo, allá cada uno con sus ideas de conectividad personal y de acceso a la información. Yo no lo tenía claro hasta que probé uno: lo hice convencido de que sería un reloj que usaría tan solo en algunas ocasiones, y que rotaría con otros relojes de mi colección en función de las preferencias de cada momento, y desde hace tiempo me encuentro con que estoy tan incómodo sin él, que todo el resto de relojes languidecen en un cajón… Recibir alertas de correos electrónicos o mensajes y verlas con un simple giro de muñeca, decidir si saco el smartphone o no cuando me llaman, ver alertas de noticias y algunas funciones más me han convertido en un usuario fiel. Pero allá cada uno con sus ideas y preferencias.

Lo que no tengo claro es si realmente un smartwatch independiente del smartphone es algo que me aporte demasiado. Mi principal problema con el Apple Watch no es que dependa del iPhone, porque pase lo que pase, mi iPhone está conmigo en todo momento, como mucho separado unos pocos metros. En general, la resistencia a que el Apple Watch dependa del iPhone proviene de quienes practican deportes, que querrían poder salir a correr tan solo con el reloj, sin cargar con el smartphone: como no soy un corredor, mi ejercicio se limita a caminar rápido, no tengo esa necesidad. Mi momento de aislamiento, el único momento en el que prescindo no solo de mi Apple Watch sino también de mi iPhone, es cuando buceo. Y eso me lleva a plantear qué queremos en cada momento: ¿realmente son las necesidades de un corredor o de un buceador coherentes con la idea de separar un dispositivo del otro?

Cuando buceo, aparte de la obvia cuestión de la resistencia al agua, lo que quiero es ver una serie de parámetros muy claros y de un solo vistazo, y para ello utilizo un dispositivo especializado. Cuando salgo a caminar, lo que realmente me ayuda no es la conectividad celular, sino la posibilidad, por ejemplo, de ver mi frecuencia cardíaca en tiempo real de un solo vistazo. ¿Quiero esas funciones en el reloj que uso habitualmente? La verdad es que me aportarían entre poco y nada. Mi idea es que situaciones especiales demandan dispositivos especiales, y que tratar de crear el “uberdispositivo” que funciona en todas las situaciones es una idea destinada al fracaso. Preferiría un smartwatch con mucha más duración de batería, que me permitiese llevarlo durante la noche y se cargase rápidamente, por ejemplo, mientras me ducho o estoy en el baño, que uno que tenga conectividad celular: las veces que he contestado una llamada desde el smartwatch en plan Dick Tracy me ha parecido ridículo y profundamente incómodo.

Apple es una empresa convencida de que el usuario no sabe en realidad lo que quiere, y que es su obligación enseñárselo mediante los diseños adecuados. ¿Tiene en este caso razón, y terminaremos utilizando un smartwatch en todo momento y situación? ¿O más bien optaremos, como anticipo, por dispositivos especializados para corredores, para buceadores o para practicantes de otras actividades, y dejando el reloj normal en casa cuando las practiquemos? ¿Vale realmente la pena embarcarse en una cruzada por separar smartwatch de smartphone, cuando lo habitual es que los usuarios lleven el smartphone consigo prácticamente en todo momento?