IMAGE: AppleCanalys publica estimaciones sobre las ventas del Apple Watch, un producto indudablemente exitoso – unos 3.5 millones de unidades vendidas tan solo en el segundo trimestre de 2018 – pero cuyas cifras reales de ventas han sido reportadas siempre por la compañía dentro de la categoría “Otros productos” junto con líneas como Apple TV, Beats, Airpods o HomePod, entre otros, lo que impide saber, más allá de estas estimaciones de mercado, el número real de unidades vendidas.

Las cifras de Canalys muestran una panorámica muy interesante, y habitual para los que seguimos regularmente a la compañía: la salida del producto en abril de 2015 marcó prácticamente el momento de la verdad para toda la categoría smartwatch, por supuesto no inventada por Apple, pero sí, como suele ser la metodología de la compañía, reinventada en torno a un cuidado diseño y unos casos de uso redefinidos.

En realidad, el concepto smartwatch llevaba dando vueltas en el mercado bastantes años sin ningún éxito hasta que una pequeña startup, Pebble, lo revolucionó lanzando un modelo en Kickstarter y demostrando que el mercado podía estar interesado en un concepto así. Antes de quedarse sin gasolina y terminar siendo adquirida por Fitbit, Pebble llegó a vender varios millones de smartwatches, y prácticamente dio origen a todo un segmento dentro de la electrónica de consumo. Sin embargo, el anuncio del Apple Watch en septiembre de 2014 detuvo prácticamente las ventas en ese segmento: el mercado en general decidió esperar al dispositivo de Apple, que no se puso a la venta hasta abril del año siguiente, y lo convirtió en líder absoluto de su mercado hasta alcanzar, en el año 2017, una cuota de más del 60% sobre las ventas del cuarto trimestre.

Mientras, Google repitió en ese segmento la estrategia que tan bien le había funcionado con Android: lanzó una plataforma, Android Wear, y la abrió a fabricantes para que la explotasen lanzando sus propios modelos, dando lugar a un vibrante ecosistema de relojes de todo tipo más o menos especializados. A lo largo del tiempo, distintas marcas han ido haciéndose hueco con posicionamientos variados, y a pesar de que, presumiblemente, el Apple Watch sigue representando una interesante categoría con un muy interesante margen para la marca de Cupertino, su cuota de mercado sobre ventas de dispositivos nuevos ha ido disminuyendo hasta situarse, en el segundo trimestre de 2018, en el 34%. La estrategia de Apple, en el caso de su último modelo, ha sido la de comercializarlo, en países como China o India, a través de operadoras, aprovechando su conectividad LTE, y de hecho, ha sido el modelo más vendido en el mercado asiático, con más de un cuarto de millón de unidades.

El patrón estratégico de Apple vuelve a ponerse de manifiesto: reinventar una categoría, marcar los estándares en ella, pero aceptar a partir de ahí su papel de marca que no es para todo el mundo, mientras otras compañías aprovechan el tirón de esa nueva categoría. El posicionamiento del Apple Watch es el que es: un modelo con nulas variaciones, únicamente en función de los materiales utilizados en su carcasa, y un precio que le permite mantener un margen muy interesante: en 2015, IHS calculaba que el Apple Watch más bajo de la gama, vendido por un precio de 350 dólares, tenía un coste de fabricación de alrededor de 84 dólares. Aún cuando algunas estimaciones posteriores consideraban ese estudio de IHS equivocado y situaban el coste en números más elevados, no cabe duda que la categoría brinda a Apple un importante margen de beneficio y, sobre todo, se convierte en un detalle más dentro del universo de integración que ofrece a sus usuarios, que no simplemente llevan el smartwatch en su muñeca, sino que además lo utilizan para cuestiones que van desde la estimación de su actividad física hasta el desbloqueo de sus ordenadores, tras desbloquear el propio reloj, en muchos casos, con sus iPhones.

La estrategia de mercado de Apple resulta, cuando mínimo, llamativa: mientras otras marcas se obsesionan con la cuota de mercado como indicador principal, Apple asume un papel en el que, claramente, una parte importante del mercado corresponderá a interesados en el concepto smartwatch que no accederán a sus productos, y que preferirán, por las razones que sean, productos de marcas que, en general, tienden a obtener márgenes muy inferiores, como es bien sabido que ocurre en otras categorías como los ordenadores o los smartphones. A partir de ahí, el futuro de la línea de productos depende de cuestiones como la integración  – la mayor parte de las ventas se producen a clientes que ya cuentan con otros dispositivos de la marca – y dependen fundamentalmente de la renovación de la línea con nuevos modelos. En el segundo trimestre de 2018 se estima que se han vendido unos 10 millones de smartwatches de los que Apple ha vendido 3.5, pero la marca, con esas cifras, está probablemente más que satisfecha, y de hecho probablemente anticipe una situación de equilibrio del mercado dentro de un tiempo en torno a una cuota de mercado aún más baja.

Por otro lado, pocos dudan ya que el smartwatch es el futuro del reloj: tras probarlo, la mayoría de los usuarios se acostumbran a funciones que van mucho más allá de simplemente ver la hora, funciones que echan sistemáticamente de menos cuando tratan de volver, por cuestiones que van desde lo estilístico hasta lo sentimental, a sus antiguos relojes, cuyas ventas siguen cayendo año tras año sin ninguna esperanza real de recuperación. Cuando te acostumbras a que el aparato que llevas en tu muñeca te avise de los correos electrónicos, monitorice tu actividad física, te permita pagar en una tienda o te proporcione recordatorios de todo tipo, no vuelves a mirar a los dumb watches de la misma manera, y lo normal es que estos pasen a vivir habitualmente dentro de un cajón. ¿Necesitamos un aparto más de electrónica de consumo adosado a nuestra muñeca? Posiblemente no, pero utilizarlo es muy cómodo para muchas cosas, y sin duda, tiende a convertirse rápidamente en un hábito, en una costumbre. Tan solo en el segundo trimestre de 2018, diez millones de personas han decidido poner un smartwatch en su muñeca, dando lugar a un mercado cada vez más consolidado, que muestra escasos síntomas de contracción, y en el que Apple, a pesar de su cuota de mercado descendente, se sigue manteniendo como la compañía que marca los estándares y las tendencias en él, con importantes picos de venta cada vez que lanza un nuevo modelo y con el resto de marcas mirando atentamente sus novedades. ¿Cuota de mercado? ¿Quién la necesita, cuando se puede tener un buen margen? Sin duda, un análisis estratégico interesante.

 

Signature credit cardLas cuatro compañías más importantes emisoras de tarjetas de crédito en los Estados Unidos, American Express, Discover, Mastercard y Visa, se unen para anunciar que dejarán de solicitar a los establecimientos de su red que recojan la firma de los clientes en el momento de la transacción. Un gesto, el de firmar, cada vez menos utilizado y con un valor prácticamente nulo como elemento de seguridad: las posibilidades de un empleado de una tienda de comprobar la integridad o veracidad de una firma con unas mínimas garantías han sido siempre mínimas, y abundan los ejemplos de personas que firman con cualquier tipo de garabato o incluso con dibujos absurdos, y no tienen ningún problema a la hora de procesar su pago. 

Con el tiempo y la evolución de los medios de pago, la necesidad de la firma se ha visto eclipsada por el uso de elementos algo más seguros, como el número de identificación personal o la inclusión de elementos de biometría, como la huella dactilar o la cara en el caso de pagos mediante smartphone. El uso de un elemento como un bolígrafo con el que se estampa un garabato sobre un papel es cada vez más anacrónico, y empieza a no ser utilizado ni siquiera en el momento de la firma de un contrato para, por ejemplo, abrir una cuenta bancaria, sustituido por otros elementos como un selfie o la captura con la cámara de un documento de identificación.

Junto con la firma, otro elemento de seguridad cada vez más claramente destinado a la extinción es el uso de la contraseña: el uso cada vez más extendido de gestores de contraseñas lleva a que los usuarios comiencen a abandonar malas prácticas como el utilizar contraseñas fáciles de recordar o la misma contraseña para todo, escogiendo en su lugar contraseñas imposibles y aleatorias que no conocen, pero que son recuperadas en el momento de acceder a cada servicio por servicios como LastPass1PasswordNoMorePass o similares. Pero más allá de mejorar los sistemas basados en el uso de una contraseña, estos también están siendo cada vez más sustituidos por elementos biométricos tomados en el momento en que son requeridos de cualquiera de los dispositivos que un usuario maneja. Por la mañana, me levanto, me pongo el smartwatch, y este se desbloquea sin necesidad de introducir su contraseña de acceso cuando tomo el smartphone y lo desbloqueo apuntando a mi cara. Cuando abro mi ordenador portátil, ocurre lo mismo: en una curiosa secuencia, se desbloquea mediante la presencia de mi smartwatch en mi muñeca y desbloqueado, aunque mantengo la posibilidad de desbloquearlo igualmente mediante mi huella dactilar en su sensor o mediante una contraseña, que obviamente he dejado de utilizar salvo cuando lo reinicio o para algunas escasas operaciones que aún la requieren. Cuando desde el ordenador compartido de alguna clase hago login en muchas de mis cuentas, ese login únicamente se completa cuando lo confirmo en alguno de los dispositivos que llevo conmigo, proporcionándome un nivel adicional de seguridad basada en factores múltiples. Pronto, un nuevo estándar de seguridad propuesto por W3C, WebAuthn y aceptado ya por Google, Microsoft y Mozilla, se encargará de coordinar las formas en las que las personas acceden a servicios en la web y se incorporará a prácticamente todos los navegadores significativos.

No más firmas, relegadas ya al más trasnochado de los absurdos, y a la espera de ser también pronto desacralizadas por servicios aún tan necesarios en la sociedad como los notarios, las firmas de contratos y actas, o por procesos tan habituales y absurdamente redundantes como el de hacer checkin en un hotel. Asimismo, no más contraseñas, convertidas en incómodas pruebas de memoria o en cada vez más momentos de inseguridad, incomodidad y de uso habitual del botón “olvidé mi contraseña”. Elementos de seguridad que hasta hace pocos años eran exclusivos de sistemas de elevada sofisticación, convertidos en habituales gracias a la incorporación de cada vez más elementos de sensorización y captura de huella dactilar o de otros parámetros biométricos en dispositivos cada vez más ubicuos. Si aún tienes que firmar con frecuencia o que introducir contraseñas de manera habitual, o si esos elementos están aún integrados en los procesos de negocio de tu compañía, plantéate que es posible que debas repensar esos procesos para darle un impulso a tus prácticas de seguridad.

 

Apple Watch Series 3La presentación del Apple Watch Series 3 el pasado día 12 de septiembre, con su Apple eSIM como novedad importantísima aunque no destacada por casi nadie, marca un momento muy interesante que sigue la estrategia habitual de la compañía: la de definir un “momento de la verdad” sin ser para nada el primero en hacerlo desde un punto de vista tecnológico.

Los smartwatches con tarjeta SIM propia están disponibles desde hace ya bastante tiempo: nadie recuerda especialmente cuál fue el primero, y sus ventas, en general, han sido más bien escasas en una categoría aún considerada relativamente secundaria, pero con un sano crecimiento anual y que Apple domina de manera aplastante. Ahora, con el lanzamiento de la tercera iteración de su smartwatch, la marca se adentra en un interesante territorio: el de la sustitución coyuntural del smartphone en determinadas situaciones.

En muy poco tiempo, el smartphone ha pasado de ser un simple terminal telefónico, a convertirse en un “aparato para todo” sin el que no podemos prácticamente salir a la calle. La semana pasada, salí de casa sin mi smartphone, algo que hacía muchísimo tiempo que no me pasaba: me di cuenta de que le faltaba un poco de carga, lo conecté a un cargador en una mesa supletoria, me lo dejé ahí, y no me di cuenta hasta llegar al despacho. La sensación de “desnudez”, de “me falta algo” durante toda la mañana fue profundamente desagradable, culminada con momentos como enviar un correo desde el ordenador pidiendo a alguien que te llame a un terminal que no tenías, intentar pagar algo con Apple Pay, darte cuenta de que no puedes llamar a un Uber, que no puedes acceder al área de embarque de la estación de tren porque tu billete estaba en el Wallet, o que te resulta muy difícil saber en qué diablos de las muchas puertas de la estación te está esperando tu mujer (que además de viajar conmigo ese día, era la encargada de volver a traer el añorado iPhone a mi bolsillo). Decididamente, una mañana incómoda y bastante surrealista, sobre todo cuando mi Apple Watch, reducido durante varias horas a dispositivo para darme la hora y la agenda, se conectó a mi iPhone aunque mi mujer estaba fuera de mi vista y me permitió acceder a mi billete y comunicarme con ella (y lo extraño, pero no especialmente incómodo, que resulta escribir en la pantalla del reloj!) De esos momentos en los que te das cuenta de la dependencia que puedes llegar a tener de un aparato electrónico.

Que el smartwatch se convierta en un sustituto parcial pero razonablemente eficiente del smartphone es algo cuya comodidad atestiguan decenas de miles de aficionados a salir a correr en todo el mundo: decididamente, salir a correr con cien o doscientos gramos en el bolsillo no es cómodo, no tanto por el peso en sí sino por su comportamiento cuando te mueves, lo que lleva a muchos a sujetárselo al brazo con fundas y correas de todo tipo. Salir a correr es más incómodo si tienes que renunciar a cosas que, en cualquier otro momento del día, tienes disponibles simplemente metiendo la mano en el bolso o bolsillo. El momento en que el smartwatch se convierte en un sustituto o recambio digno de tu smartphone, en un dispositivo en el que puedes hacer determinadas cosas, como comunicarte decentemente aunque estés haciendo paddle surf en medio de un lago y sin tener que parecer Dick Tracy, o utilizar determinadas aplicaciones de manera autónoma para pedir un Uber, pagar en una tienda o entrar en un tren, es algo con una dimensión que deja de ser anecdótica. Entre otras cosas porque nadie está a salvo de olvidarse el smartphone, pero es poco habitual olvidarte algo que llevas todo el día sujeto a la muñeca.

Nunca tuve especial interés en el primer Apple Watch, que terminó llegando a mi muñeca como un regalo. En verano, tiendo a prescindir de él: soy muy aficionado al mar y al buceo, y habitualmente lo dejo en casa y o bien me llevo otro reloj, o simplemente no llevo ninguno, sin que me parezca terriblemente incómodo. Sin embargo, no prescindo el smartphone, y aunque obviamente no me lo lleve al mar, es evidente que sí me encontraría incómodo sin él. Como la propia Apple dice,

Whether users are out for a run, at the pool, or just trying to be more active throughout their day, Apple Watch Series 3 with cellular allows them to stay connected, make calls, receive texts, and more, even without iPhone nearby.

(Si el usuario sale a correr, a la piscina, o simplemente trata de ser más activo durante el día, el Apple Watch Series 3 con conectividad celular le permite mantenerse conectado, realizar llamadas, recibir textos y mucho más, incluso cuando no tienen su iPhone cerca)

La sustitución de muchas funciones de un dispositivo de entre cien o doscientos gramos que llevamos en el bolsillo para pasarlas a otro mucho más ligero que llevamos en la muñeca puede parecer, de alguna manera, “un problema del primer mundo“, pero no deja de indicar algo, una tendencia interesante. No sé si es tanto una sustitución, o simplemente la ganancia de grados de libertad que supone poder planteársela en determinadas circunstancias, sea porque sales a correr, porque vas a la playa, porque te has olvidado el smartphone o porque, simplemente, no te apetece llevarlo. Los wearables son una forma de poner presión a los fabricantes de componentes: queremos aparatos cada vez más pequeños, con baterías con mayor duración, con conectividad y con más funciones, hasta el punto de que podamos llegar a emplearlos como sustitutos para otros dispositivos. Pronto, el visor en las gafas, el reloj en la muñeca… y el bolsillo, ¿vacío?

 

IMAGE: Sociologas - 123RFEl inicio de la era del smartwatch se suele fijar en el momento en que una minúscula startup, Pebble, consiguió levantar más de diez millones de dólares en preventas y se convirtió de largo en el récord absoluto de Kickstarter, hecho que señaló a otros fabricantes que la categoría podía estar ya en disposición de ser considerada interesante de cara al gran público.

La hazaña de la pequeña compañía, que todavía llegó a ser repetida casi tres años después duplicando su recaudación con un nuevo modelo y de nuevo en Kickstarter antes de constatar su falta de viabilidad económica y terminar siendo adquirida por Fitbit, dio paso inmediatamente a una pléyade de marcas de todo tipo compitiendo por lanzar todo tipo de modelos de smartwatch, hasta que Apple lanzó el suyo, como siempre con la idea de redefinir la categoría, y se convirtió en líder absoluto de la misma.

Resulta indudable que el éxito que supuso el Apple Watch, aún discutido por quienes se quedan únicamente en análisis superficiales, unido al ruido creado por otras muchas marcas en torno a las prestaciones de sus smartwatches, ha revolucionado completamente las preferencias del mercado y modificado enormemente las decisiones que tomamos en torno a lo que nos ponemos en la muñeca. Y consecuentemente, vienen las cifras: las exportaciones de relojes suizos encadenan su tercer año de descensos consecutivo, algo que solo había ocurrido a principios de la década de los ’30, en plena Gran Depresión, y la industria se contrae con ratios a todas luces alarmantes. Simplemente, el concepto de reloj ha cambiado, y ahora, una máquina complejísima, que se preciaba de su propia sofisticación, con una ingeniería que llegó a niveles asombrosos, pero que se limita a dar la hora y algunos pocos datos más ya no compite con la posibilidad de llevar en la muñeca un auténtico ordenador, con toda la versatilidad que le puede llegar a aportar un vastísimo escaparate de apps desarrolladas por competidores de todo tipo.

Cuando empezamos a hablar de smartwatches, muchas personas afirmaban que ese tipo de aparatos jamás podrían plantearse sustituir al reloj de pulsera tal y como lo conocíamos. Que el reloj era un elemento de estilo, que reflejaba otras cosas, que descansaba sobre una tradición de ingeniería avanzada y que representaba una parte importante de países como Suiza que nunca se dejarían arrebatar sin lucha. Ahora, tan solo cinco años después de la salida del primer Pebble y dos años después del inicio de las ventas de Apple Watch, estamos haciendo la crónica de una debacle, de cómo una industria importantísima y consolidada ve caer sus ventas por tercer año consecutivo, y sin demasiadas perspectivas que permitan atisbar ningún rayo de esperanza.

¿Puede hacer algo la industria suiza para enderezar su marcha y evitar convertirse en algo testimonial, en un referente del pasado que, aunque tenga sus adeptos, se verá restringido a un mercado prácticamente residual o simbólico? ¿Deberían las marcas lanzarse a un producto, el smartwatch, en el que carecen de ventaja competitiva alguna y donde se utilizan tecnologías completamente diferentes a las que les permitieron establecerse como generadores de tendencias? Resultaría difícil y arriesgado recomendar una estrategia así, y de hecho, parece muy poco probable salvo por marcas encuadradas dentro de lo que ya significó en su momento una tendencia renovadora, como Swatch, y que han generado un nivel de atención, por el momento, bastante relativo. No cabe duda: los relojeros suizos han perdido completamente el liderazgo del mercado de “cosas que nos ponemos en la muñeca”, y las tendencias apuntan a que aquella supuesta ventaja basada en intangibles como el estilo o la tradición tiene más bien poco que decir. Durante muchos años, todavía seguiremos refiriéndonos a algo que funciona muy bien diciendo que lo hace “como un reloj suizo”, seguirá posiblemente siendo sinónimo de fiabilidad, de estilo y de prestigio… pero sus ventas seguirán cayendo. Un día, posiblemente, se registrará un pequeño ascenso, como ocurrió en el caso de la música en vinilo, y muchos nostálgicos saldrán diciendo que no pasa nada, que ya viene la recuperación… pero será falso, una simple anécdota, sin más. Las tendencias son las que son, y es cada día más importante saber leerlas y entenderlas.

Las industrias, en general, tienden a la racionalidad. En ocasiones es debido a dinámicas competitivas y al hecho de que sean explotadas de manera desigual por los distintos participantes, en otras ocasiones es debido a la presión de nuevos entrantes, y en otras, simplemente, es porque sus usuarios toman decisiones basadas precisamente en eso, en lo racional, y no tanto en lo romántico o lo intangible. Una gran parte del mercado aún tiene muchísimas dudas sobre la necesidad de llevar un smartwatch en la muñeca, y esas dudas resultan completamente justificadas y justificables. Pero otra parte, y aparentemente cada vez más significativa del mercado, tiene cada vez menos dudas, y una vez que prueba, parece que se encuentra en dinámicas de repetición y de obtención de prestaciones cada vez más decisivas, que inclinan la balanza en favor del ordenador de muñeca. Para algunos son las notificaciones, para otros el control de la actividad física, para otros la moda… cada uno encuentra su propuesta de valor en una categoría que ni siquiera se encuentra aún completamente definida en sus fronteras, pero al final, el resultado es el que es: ventas crecientes de smartwatches, y tres años de caída consecutiva de las exportaciones de la industria relojera suiza. Una crisis sin precedentes.

Todo indica que esperar a que sea el peso de la tradición, el estilo y otros intangibles lo que salve la cuenta de resultados no es un consejo demasiado acertado. De una manera u otra, la racionalidad termina por imponerse. Para muchas otras industrias, y es posible que aún ni ellas mismas sepan siquiera cuáles son, la experiencia de los relojeros suizos debería convertirse en una buena y certera nota mental. Después, cuando llegue la caída de las ventas año tras año, que no digan que no fueron avisados…

 

Fitbit + Pebble + VectorLa evolución de Fitbit, una de las compañías decididamente pioneras en el entorno de la cuantificación personal, parece estar experimentando una reciente evolución interesante y decididamente ambiciosa: tras la adquisición de Pebble del pasado diciembre y la recientemente anunciada de Vector, en ambos casos operaciones que interrumpen completamente la actividad de las compañías y las integran completamente en el flujo de desarrollo de Fitbit, todo indica que la empresa está apuntando al posicionamiento dentro del complicado mercado smartwatch, más allá del espacio que ocupaba como simple dispositivo cuantificador con algunas funciones adicionales.

El quién es quién en toda esta operación es relativamente sencillo de trazar: Fitbit fue en su momento la compañía pionera en el espacio del quantified self, fundada en 2007, desarrolló un mercado muy interesante en torno a esta categoría con una amplia gama de dispositivos de distintos tipos – trackers para llevar colgados en el cinturón, como pulseras, pero también básculas, etc. – y salió finalmente a bolsa en junio de 2015. Alcanzó su cotización récord, casi $48 por acción, en torno a un mes después de su salida, y desde entonces, no ha parado de caer, hasta llegar actualmente a cotizar en el entorno de los $7.

La adquisición de Pebble estuvo posiblemente basada en la oportunidad. Una compañía elevada a los altares por las habilidades comunicativas de su fundador, Eric Migicovsky, y su impacto en un fenómeno, el crowdfunding, que entonces despegaba, la situaron como compañía líder en recaudación por proyecto en dos ocasiones, con unos diez y unos veinte millones de dólares para su primer modelo – en puridad el segundo, porque antes habían fabricado y vendido uno para BlackBerry – y su último, el Pebble Time. Muchos atribuyen a Pebble el despertar de la categoría smartwatch: al convertirse en el primer producto que alcanzó cierta popularidad en este segmento, inspiró a muchas compañías de electrónica de consumo a lanzar sus propios modelos, y a muchos usuarios a adquirirlos. Sin embargo, el mundo corporativo no es tan sencillo como tener un buen producto, fabricarlo y venderlo, y la compañía estaba, en el momento de la adquisición por Fitbit, al borde de la quiebra. Tras la adquisición, en torno a un 40% de sus trabajadores han recibido ofertas para permanecer en Fitbit.

Vector es un caso diferente. Con desarrollo en Rumanía, sede corporativa en Londres y ex-ejecutivos de la industria relojera (Citizen, Bulova y Timex) y de la electrónica de consumo, la compañía pasa por ser una de las más eficientes a la hora de plantear especificaciones: dispositivos con pantalla de tinta electrónica, con buen diseño, buenos componentes – acero inoxidable y cristal de calidad elevada – una resistencia al agua de 50m. y, sobre todo, una duración de batería estimada en torno a un mes, hablamos de un producto decididamente interesante, aunque como en el caso de Pebble, es posible que le faltase la escala suficiente como para competir a alto nivel. Aún así, había captado ya dos millones de dólares y preparaba una ronda adicional. De nuevo, la compañía ha anunciado que no continuará con sus líneas de producto, y que se integra en la estructura de Fitbit.

Con estos elementos, todo indica que Fitbit se prepara para el lanzamiento de un smartwatch basado en una pantalla de tinta electrónica para competir con el líder de la categoría, el Apple Watch, y así parece indicarlo la propia Fitbit. La idea seguramente sería ofrecer una duración de batería elevada – uno de los problemas que muchos achacan a los smartwatch – y una orientación muy fuerte al mercado de la cuantificación. Posiblemente, la idea sería poner en el mercado un smartwatch con una buena integración con el smartphone y alertas bien diseñadas, que no hubiese que dejar en la mesilla de noche cargando a diario para así poder entrar en el mercado de la cuantificación del sueño nocturno, y con un buen enfoque a la cuantificación de la actividad física, tema en el que Fitbit siempre ha destacado especialmente. La marca cierta tiene reputación de cerrada porque, cuando Apple la expulsó de sus tiendas, tomó la decisión de no permitir la compatibilidad de sus datos con la aplicación de salud del iPhone al considerar a Apple como un competidor, pero esa posición no parece una cuestión de principios, sino simplemente una reacción competitiva a una compañía en concreto.

¿El problema? Por un lado, Fitbit no tiene, en su situación de cotización actual, recursos precisamente ilimitados. Por otro, la categoría smartwatch aunque esté muy lejos de ser un fracaso, no está resultando tampoco particularmente efervescente: quienes querían un smartwatch se lo han comprado y lo han probado ya, y quienes no, se incorporan al mercado con bastante lentitud. El líder de la categoría, Apple, que llegó a tener una participación de mercado del 70% en el tercer trimestre de 2015, pero había descendido al 40% a finales de 2016. El otro competidor importante, Google con Android Wear, está pendiente de una actualización de su sistema, y también es susceptible de generar una cierta tracción derivada de su estrategia de colaboración con múltiples marcas.

Como mercado, el del smartwatch no resulta particularmente sencillo. ¿Puede una compañía como Fitbit, tras hacerse con unos activos de expertise indudablemente buenos, aspirar a competir con monstruos como Apple, Google y otros en esta categoría? ¿Puede plantearse alcanzar ese sweet spot de prestaciones en el que los usuarios llevamos nuestro reloj con despreocupación durante muchos días, simplemente poniéndolo a cargar cada bastante tiempo como hacemos con dispositivos como un Kindle y olvidándonos casi el resto del tiempo de que funcionan con electricidad, compatible con iOS y Android, y con una buena funcionalidad de alertas y de cuantificación de la actividad física y la salud? Si es capaz de conseguirlo, podría tener un hueco interesante en el mercado wearable, aunque ello implique competir con compañías como Apple que, debido a la elección de otras tecnologías en lo referente sobre todo a la pantalla, plantean modelos de uso completamente distintos, en los que no son capaces de plantearse salir de la rutina de la carga diaria. En cualquier caso, competir ahí no parece, decididamente, una tarea fácil.