Portada revista Convives 22Javier García Barreiro, psicólogo y orientador escolar, me contactó el pasado marzo para pedirme un artículo para el nº 22 de la revista de Convivesuna organización de profesionales de la educación que ofrece materiales, recursos y formación para el fomento de la convivencia positiva en la escuela. 

Mi artículo, titulado “Educación y Transformación Digital” (pdf),  incide en muchos conceptos que ya he comentado en repetidas ocasiones anteriores: la necesidad de llevar a cabo una profunda transformación digital de la enseñanza, fundamental para mí a todos los niveles pero crucial en las etapas iniciales, que adapte el proceso educativo al escenario tecnológico actual. La idea puesta en práctica por países como Francia, que a partir del próximo octubre prohibirán el uso del smartphone en las escuelas y colegios, me parece triste y profundamente retrógrada, equivalente a intentar crear para la educación un espacio “libre de tecnología”, con el supuesto fin de evitar una serie de problemas – distracciones, acoso, bullying, etc. –  que, en realidad, se tendrían que solventar mediante el proceso educativo. No, el problema no está ni en el smartphone, ni en demonizar o restringir unas redes sociales que, nos pongamos como nos pongamos, van a seguir estando ahí, en su estado actual o en otros desarrollos con función equivalente, durante el resto de nuestras vidas, sino proponernos algo tan sencillo como educar en su uso.

¿Se distraen los niños con sus smartphones en clase? Por supuesto, también se distraen con un papel y un lápiz, o con una mosca… precisamente, el proceso educativo consiste en enseñarles a utilizar esa herramienta para que eviten esas distracciones, no eliminar la herramienta como tal. Llevamos casi dos décadas pidiendo presupuesto para dotar los colegios de ordenadores: ¿tiene sentido, ahora que cada niño lleva un potente ordenador en su bolsillo, obligarlos a prescindir de él? No, el camino debería ser el contrario: integrar los smartphones en el proceso educativo, y poner cargadores en los pupitres para facilitar un uso habitual.

Esa integración del smartphone tiene además otro propósito fundamental: sustituir el actual modelo de referencia única – libro de texto, profesor, etc. como fuentes únicas de conocimiento – por un modelo que promueva el desarrollo del pensamiento crítico. En el momento actual, y dados los problemas que como sociedad estamos sufriendo derivados de la gran caída de las barreras de entrada a la publicación, resulta importantísimo educar de una manera que necesariamente implique que el conocimiento no está en una única fuente, sino que se deriva de la comprobación, la comparación y la argumentación. Crear clases en las que cada alumno, refinando sus procesos de búsqueda y desarrollando las herramientas necesarias, propone distintas soluciones o argumentaciones para un tema, y esas son discutidas para obtener como resultado una información que se considere adecuada, dejando espacio para otras posibles argumentaciones. Un proceso así reduciría el impacto de cuestiones actualmente preocupantes, como el uso de las herramientas educativas para el adoctrinamiento o la manipulación, y daría lugar a una generación de ciudadanos más conscientes de la importancia del pensamiento crítico, menos susceptibles de ser manipulados mediante las llamadas fake news.

Por otro lado, debemos abandonar la idea de que aprender significa memorizar. Un concepto que proviene de una época en la que el acceso a la información era complejo y oneroso, que pierde su sentido en un escenario tecnológico en el que toda información está disponible a muy pocos clics de distancia – sin llevar, lógicamente, el razonamiento hasta su límite y pretender que no sepamos nada y lo busquemos todo cuando nos hace falta. La memoria humana responde a un algoritmo que privilegia lo más reciente, lo más frecuente o lo que percibe como de más valor (RFV; o Recency, Frequency, Value) y esto implica que los conceptos se fijan en nuestra memoria mediante su manejo habitual o la consciencia de su importancia. No, nadie pretende crear una generación de personas incapaces de memorizar, sino ser capaz de evaluar sin necesidad de convertir ese proceso de evaluación en una prueba circense de quien es capaz de memorizar más a corto plazo para olvidarlo posteriormente a los pocos días. El mejor juez o el mejor notario no son los que más y mejor memorizan tras un maratón de varios años leyendo y repitiendo textos, sino aquellos que entienden mejor su trabajo y aplican mejor, en su contexto, unas normas que han entendido y que, con el tiempo y la reiteración, puede que terminen memorizando.

La solución a la educación no es introducir tecnología. Es adaptar los flujos educativos a los nuevos tiempos, modificar la unidireccionalidad para promover el pensamiento crítico, utilizar metodologías basadas en la discusión, en la practicidad, en talleres y workshops que den lugar a una actitud activa en lugar de pasiva, y utilizar el tiempo de clase no para “dar apuntes” o para repetir ideas, sino para generar verdadero valor basado en la interacción. Un cambio que, lógicamente, supone una adaptación del profesorado como implica también un nuevo papel para los padres que no suponga una dejación de sus responsabilidades, pero que no necesariamente consiste en enseñarles tecnología, sino en un cambio mucho más profundo, en un nuevo modelo de enseñanza. Un cambio en el que, como sociedad, nos jugamos mucho.

 

IMAGE: RiksbankenSuecia se replantea la velocidad de su evolución para convertirse en la primera economía significativa del mundo sin dinero en metálico, en medio de una creciente oposición a la desaparición de billetes y monedas que, según algunos, pone al país en riesgo ante posibles ataques o problemas técnicos de cualquier tipo, y que tiende a aislar a personas mayores o con poca familiaridad con el uso de tarjetas o apps.

Actualmente, en torno al 80% de las transacciones tienen lugar mediante tarjetas o dispositivos electrónicos: incluso los niños para comprar golosinas utilizan tarjetas de débito, y los bares se niegan a aceptar dinero en metálico por los costes y las complicaciones que genera. Una aplicación de pago sueca, Swish, es tan popular que la palabra “swishing” se ha incorporado completamente al vocabulario como sinónimo de pagar. Medios como iZettle, recientemente adquirida por PayPal, permiten a las pequeños comerciantes y empresas recibir pagos electrónicos con total comodidad. El dinero en circulación en billetes y monedas se ha reducido desde los 97,000 millones en 2007, a los 57,700 millones actuales, una reducción que refleja claramente la popularidad de los medios de pago electrónicos pero que cuenta también con numerosos detractores.

Los que apoyan la eliminación del dinero en metálico plantean que el uso de medios electrónicos tiende a reducir el crimen y la economía sumergida. Los que se oponen argumentan que la transición pone en peligro la economía de personas mayores en zonas rurales, y afirman que trae consigo potenciales problemas de seguridad. Según algunas experiencias, las personas mayores tienden en muchos casos a tener problemas por su escasa familiaridad con el uso de tarjetas de crédito o smartphones, y a tener un control muy complicado de sus gastos al perder la referencia visual de la tangibilidad del dinero. El argumento de la privacidad o el control gubernamental, en cambio, es utilizado por muy pocos: tras casi cien años de gobiernos con una elevada tasa de popularidad, los ciudadanos del país tienden a confiar en su gobierno y en el uso que hace de la información. Sin embargo, la realidad es que el ejemplo de la transición de Suecia hacia una economía sin dinero en metálico se está convirtiendo, en el contexto del mundo, en un caso prácticamente aislado y sin comparables, en un verdadero experimento.

Ahora, el gobierno del país parece estar intentando dar una moderada marcha atrás en este movimiento: un comité legislativo pretende obligar a todos los bancos del país que ofrezcan cuenta corrientes y tengan más del equivalente de 8,000 millones de euros en efectivo a seguir aceptando dinero en metálico en sus oficinas, de manera que el 99% de los ciudadanos del país tengan una distancia máxima de 25 kilómetros hasta el punto más cercano en el que puedan obtener dinero en metálico, sea mediante cajeros automáticos, mostradores, o servicios de tipo cashback concertados con terceras partes asociadas. 

¿Debe la transición hacia una economía sin dinero en metálico ralentizarse por las supuestas dificultades de manejo de las herramientas de pago electrónicas de una minoría de personas, o por riesgos como un supuesto colapso del sistema de pagos que, en realidad, supondrían en cualquier caso un problema aunque se contase con dinero en metálico en circulación? ¿Hasta qué punto los beneficios de una reducción de la criminalidad o de una reducción de la economía sumergida compensan esas dificultades o esos riesgos? ¿Veremos en el futuro economías completamente libres de dinero en metálico? ¿Qué plazo podría resultar razonable para ello?

 

IMAGE: Evan-Amos (Public Domain)La adaptación a un mundo de comunicación ubicua y permanente tiene, como es lógico, sus problemas. Conciliar los hábitos, necesidades e intereses de las personas, establecidos durante siglos, con un nuevo escenario tecnológico en el que las herramientas convierten en sencillo e inmediato lo que antes suponía una limitación conlleva el desarrollo de nuevos hábitos de uso, de nuevos protocolos para cada situación. Cuando las herramientas de comunicación dependían de manera prácticamente exclusiva del ámbito del trabajo, localizar a alguien fuera de horas equivalía a hacer algo inusual, incómodo, que únicamente se justificaba en casos muy excepcionales. A partir del momento en que todos llevamos un ordenador en el bolsillo y nos permite no solo hablar por teléfono, sino también comunicarnos de maneras percibidas como menos intrusivas, como el correo electrónico o la mensajería instantánea, las cosas cambian completamente, y adaptarse a la nueva situación puede resultar complejo.

Así, Nueva York se plantea ahora emular a Francia y promulgar una ley que asegure el derecho de los trabajadores a desconectar, una prohibición a las compañías privadas que impida que soliciten a sus trabajadores que estén disponibles fuera de horas de trabajo. Un modelo legislativo proteccionista que parece estar poniéndose de moda últimamente, cuando, en realidad, el problema no es el correo electrónico, el mensaje o la llamada más allá de las siete de la tarde, sino la existencia, en muchísimas compañías, de una cultura de trabajo 24/7 o de estructuras jerárquicas piramidales y autoritarias que son las que realmente justificarían una prohibición como esa. En la práctica, se trata de una identificación incorrecta del problema, que no está en la tecnología, sino precisamente en ese tipo de estructuras, lo que lleva a que, en realidad, una legislación así termine por crear más problemas de los que realmente soluciona. 

Otro caso similar, igualmente con Francia como protagonista, está en la prohibición de que los niños lleven sus smartphones al colegio. ¿Puede hacerse? Por supuesto, la capacidad de los políticos para generar leyes absurdas y sin sentido es proverbialmente omnímoda. Pero ¿sirve para algo? ¿Tiene realmente sentido? La respuesta, mucho me temo, es que no. Por mucho apoyo populista y poco madurado que en un primer momento, durante la campaña electoral, haya podido tener la norma, la realidad es que no solo los propios niños se oponen, naturalmente, a la medida, sino que incluso los padres de esos niños e incluso muchos de sus profesores no están de acuerdo con ella. Convertir las escuelas en lugares en los que la tecnología no puede ser utilizada, en lugar de cambiar para integrar esos dispositivos en la educación, es una manera brutal de convertirse en retrógrado, de renunciar a una herramienta que, con los cambios adecuados en los procesos educativos, puede convertirse en un arma fantástica para acceder a información. Pretender fosilizar la educación para que se siga haciendo como siempre y permanezca refractaria al cambio tecnológico es, simplemente, una barbaridad.

En Europa, todo indica que Facebook, con el fin de adelantarse a los previsibles problemas derivados de la entrada en vigor de l Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), se dispone a introducir un cambio en sus términos de uso que prohibirá a los menores de dieciséis años hacer uso de la herramienta de comunicación. En este caso no hablamos de una ley, sino de un intento de adaptación de una compañía ante la inminente entrada en vigor de una. Pero ¿tiene algún tipo de sentido una prohibición así, más allá de simplemente cubrir el expediente? ¿De verdad alguien espera de manera realista que los miles de jóvenes que hoy utilizan WhatsApp dejen de utilizarlo en cuanto la prohibición entre en vigor? ¿Cómo pretenden controlar algo así? ¿Igual que en su momento controlaron lo de Tuenti, que supuso el mayor ejercicio de hipocresía desde que el mundo está conectado, y convirtió a la red social, gracias al atractivo de lo prohibido, en la estrella de los patios de colegio?

Líbrenos dios de los políticos de gatillo fácil, por favor. Legislar puede parece relativamente sencillo: convencer a un número suficiente de supuestos representantes de los ciudadanos – en muchas democracias, mucho más representantes del presidente de su partido que de los propios ciudadanos – de que apoyen una moción, típicamente usada como moneda de cambio para que, en reciprocidad, sus proponentes apoyen otra. En la práctica, esas leyes “de laboratorio” no solo tienen una utilidad entre escasa y nula, sino que además, en numerosas ocasiones, terminan por generar más problemas que los que supuestamente pretendían solucionar. Si en lugar de prohibir los correos electrónicos o mensajes del trabajo a partir de las siete de la tarde, nos dedicamos a intentar cambiar la cultura jerárquica y autoritaria de las compañías, que es el verdadero problema, seguramente contribuiríamos bastante más al cambio que intentado prohibir no el problema, sino simplemente una de sus muchas manifestaciones. Si en vez de prohibir que los niños llevasen sus smartphones al colegio, intentásemos integrarlos en el proceso educativo y pusiésemos una buena WiFi y cargadores en los pupitres para evitar que los niños se queden sin batería, mejoraríamos la educación, en lugar de relegarla al siglo pasado. Si en vez de absurdamente prohibir WhatsApp, tratásemos de incidir en la educación que los padres dan a sus hijos, un ámbito en el que actualmente muchos se inhiben completamente, la sociedad podría evolucionar de una manera mucho más adecuada a como lo está haciendo actualmente.

Pero no, lo fácil es legislar. Y la legislación, en muchos casos, se convierte en trampa. En una trampa absurda que, como sociedad, nos hacemos al solitario. En algo que no soluciona nada, que no sirve para nada más que para darnos golpes en el pecho y decir “lo hice”, pero que no soluciona en absoluto los problemas reales. Mientras, como sociedad, no nos acostumbremos a pensar en la inevitabilidad del progreso tecnológico y en las consecuencias que necesariamente tiene – y debe tener – sobre el escenario en el que vivimos, mientras sigamos intentando “parar el tiempo”, no llegaremos a ningún sitio. O sí llegaremos, porque lo que tiene la inevitabilidad es eso, que es inevitable… pero nos costará bastante más tiempo y más esfuerzo.

 

Despues del MWC - CapitalJordi Benitez, de Capital, me pidió un artículo con las impresiones que había extraído del MWC y sobre el estado ene l que se encuentra la industria, así que le escribí este titulado “Después del MWC” (pdf) en el que intento extraer algunas conclusiones.

Fundamentalmente, hablé sobre la situación de una feria que supone muchísimo para Barcelona y que sería una auténtica barbaridad no cuidar para que permaneciese en la ciudad cuanto más tiempo, mejor, y de cómo la evolución tecnológica la ha ido llevando desde su propósito original, hablar de unas tecnologías móviles – fundamentalmente el desarrollo y popularización del smartphone – consideradas en su momento como enormemente novedosas y disruptivas, hasta otro en el que la temática de la feria es más un all-things-tech, todo lo relacionado con la tecnología y la forma en que impacta nuestra vida en general. Así, los smartphones no son ya en absoluto los reyes del MWC, las compañías que aprovechan la cita para presentar sus nuevos modelos son cada vez menos, y más allá de la feria, dentro de la propia industria en general, se respira un cierto ambiente de madurez, de estancamiento, de “nada nuevo bajo el sol” por mucho que ahora los terminales vengan equipados con hasta dos o tres cámaras con resoluciones increíbles, tengan pantallas que se extiendan hasta el infinito y más allá, tengan o no un notch, o carezcan o no de botón frontal.

En este momento, la “necesidad” real de “estar a la última” llevando encima el último terminal de tal o cual marca se ha desvanecido, los terminales duran sensiblemente más que la periodicidad establecida para el lanzamiento de nuevos modelos por parte de las marcas, y el efecto lo nota hasta la mismísima Apple, con todo lo que ello conlleva para una compañía cuyos resultados dependen en gran medida de las ventas de su terminal estrella. Aquellas marcas que no cuenten con un portfolio amplio de oferta en varios ámbitos y que no vayan mucho más allá del mercado de consumo, de hecho, podrían llegar a manifestar problemas para sostener su crecimiento en un entorno en el que ese consumo, definitivamente, parece ralentizarse.

De nuevo, como el año pasado, la feria ha mostrado un enorme protagonismo del 5G: o se habla directamente de ello, de las circunstancias que rodearán su despliegue y de la inversión que supondrá para las operadoras, o se da por hecho prácticamente ya un entorno en el que la tecnología resultará la pieza clave para que una gran parte de lo presentado en el MWC se convierta en una realidad sostenible. La vieja idea de “los datos como nuevo petróleo” se hace mayor y evoluciona hacia la constatación de que 5G se ha convertido prácticamente en una jugada geopolítica, en una lucha entre gigantes por controlar una tecnología fundamental que permitirá el desarrollo de los países y su incorporación al futuro. Ya no hablamos del último terminal, sino de la posibilidad de conectarlo todo, absolutamente todo, para incorporarnos al futuro, para crear esa economía realmente conectada que caracterizará a loa países modernos. El bloqueo, ayer, de la adquisición de Qualcomm por parte de Broadcom refuerza esta idea, como lo hace en general la respuesta proteccionista de los Estados Unidos a las compañías chinas con más patentes en este ámbito: quien controle el despliegue y el uso de una 5G considerada estratégica, controlará muchas cosas, y estará en una situación presumiblemente muy ventajosa para considerarse como el líder mundial.

Si creías que ibas al MWC a ver lo último en móviles, te equivocaste: hace tiempo que el MWC ya no va de eso. Si vas a ver móviles o gadgets, te perderás lo realmente importante. Ahora vas al MWC, al menos si vas porque te interesa y no porque te mandan, a entender el mundo que viene. Y en ese contexto, la tecnología ya no es un aspecto más del futuro, sino el ámbito del desarrollo humano que tiene una mayor capacidad para definirlo.

 

Life killsVivimos tiempos exponenciales, y la mente humana es muy mala intentando proyectar o imaginar ese tipo de progresiones y sus consecuencias. Uno de los reflejos más claros de ese problema puede verse reflejado en la peligrosa corriente actual que imagina la tecnología como algo peligroso y nocivo, como un factor del que las personas tienen que protegerse sea como sea, para evitar sus potenciales efectos negativos.

La tecnología, algo cuyo desarrollo es inherente al género humano y que le permite definir en gran medida el entorno que le rodea, tratada de repente como si fuera algún tipo de sustancia nociva, como un alcaloide, como un problema, como algo a lo que debemos adherir rápidamente una etiqueta de advertencia, definir sus efectos secundarios, racionar su uso. Un grupo de accionistas de Apple escribe una carta abierta a la compañía, Think different about kids, en la que la conmina, desde la posición que otorgan dos mil millones de dólares en acciones, a rediseñar sus terminales para evitar los, según ellos, efectos perniciosos que provocan sobre los niños, y que van desde distracciones, hasta depresión o incluso un mayor riesgo de suicidio.

La compañía, como no puede ser de otra manera cuando las cosas surgen de esa manera, contesta proponiendo futuras mejoras en sus controles parentales, que permitan a los padres ejercer un nivel de granularidad superior sobre el uso que hacen sus hijos de sus smartphones. Otros, como Tristan Harris, comparan nuestros smartphones con máquinas tragaperras, afirman que ejercen sobre nosotros una atracción adictiva, y nos recomiendan poner su pantalla en modo escala de grises para, supuestamente, combatirlo, una solución cuyos efectos no parecen ser en absoluto concluyentes. Algunos llegan al punto de afirmar que herramientas como Facebook deberían regularse del mismo modo que se regula a la industria del tabaco. Otros estudios afirman que el tiempo de uso de internet se ha elevado desde las 3.3 horas semanales en el 2000, hasta las 17.6 actuales, y lo presentan como una evidencia de problemas que afectan a nuestra vida social y relaciones, o que los niños “adictos a sus smartphones” no son tan felices como los que practican deportes y se relacionan “en la vida real”. Vivimos, definitivamente, una época de resaca tecnológica, una de esas vueltas del péndulo que siguen habitualmente a las fases de adopción: un fenómeno que hemos vivido ya en otras ocasiones, pero del que no parece que nadie alcance a aprender nada.

Por favor, por favor, por favor… ¿podemos dejarnos de estupideces? Todo, absolutamente todo, es susceptible de provocar efectos negativos si se consume de manera excesiva. La frase es clara y de Shakespeare: “too much of a good thing”. El problema es que se aplica sin pensar, en base a estudios no concluyentes o no científicos, en función de percepciones individuales o de evidencias puramente anecdóticas. No, no es cierto que la tecnología actúe como una droga: a todos nos gusta recibir muchos “Likes” cuando publicamos algo, y sí, puede generarse algo similar a la dopamina en nuestro organismo, pero eso no es más adictivo que cuando te gusta llevar a cabo cualquier otra actividad, no tiene nada que ver con las alteraciones que provocan determinadas drogas, por mucho que el concepto pueda resonar razonablemente bien con nuestra experiencia. No, no hablamos de drogas, hablamos de factores que definen el entorno en que vivimos. Tratar factores que definen el entorno como si fueran drogas que precisan advertencias, pegatinas y precauciones es completamente absurdo, y supone una nueva exageración en la sobreprotección. Mi generación acabó harta de escuchar que veíamos demasiado la televisión y que eso nos convertiría en vete-tú-a-saber-qué… y aquí estamos. La tecnología no es el tabaco, y la adicción a la tecnología no ha sido aceptada, y con mucha razón, por ninguna asociación mínimamente seria de psicólogos. Dejemos de poner en la biología responsabilidades que nos corresponden a nosotros: si tu hijo se deprime, no será por culpa de que utilice mucho su smartphone: la culpa será mucho antes de unos padres que renunciaron a hablar con él, a educarlo o a interesarse por lo que hacía, y pensaron que era normal que el papel de los padres lo jugase un dispositivo o una tecnología.

El problema, nos pongamos como nos pongamos y seamos o no accionistas de Apple, no está en los dispositivos, ni en las redes sociales, ni en internet. Demonizar la tecnología es simplemente la última válvula de escape para quienes hacen las cosas mal. Por supuesto que el que un niño utilice su smartphone sin parar, sin hacer otra cosa y a todas horas, que no hable con sus padres durante la cena, que no llegue siquiera a mirar a la cara a sus abuelos cuando va de visita o que deje de salir a la calle o de hacer deporte para pasar más tiempo ante la pantalla es malo. ¿De verdad alguien necesitaba que se lo dijesen? ¿Cómo de imbécil hay que ser para no darse cuenta de ello? Pero el problema no está en el smartphone del niño, ni se soluciona poniéndolo en monocromo o creando más controles parentales: está en la educación. Los controles parentales solo sirven para que los padres abandonen su responsabilidad en favor de una casilla en un formulario. Repito lo que ya he comentado en muchísimas ocasiones: el smartphone tiene que ser administrado con sentido común, como cualquier otra cosa. Si nunca dejamos a nuestros hijos jugar a todas horas, comer dulces a todas horas o hacer muchísimas cosas sin control, ¿qué nos lleva a permitirles que utilicen el smartphone a todas horas sin ningún tipo de control? No, no son “nativos digitales”… si efectivamente saben más que sus padres sobre el uso de la tecnología, es simplemente porque sus padres no se han interesado lo suficiente en ella y han decidido comportarse como unos irresponsables, porque la tecnología como tal es extraordinariamente sencilla de utilizar.

Lo que los niños tienen que hacer no es pasar menos tiempo ante la pantalla, sino pasar más. Lo que ocurre es que el tiempo de pantalla no es unívoco, no todo el tiempo de pantalla es creado igual. No es lo mismo pasar tiempo ante la pantalla haciendo estupideces o jugando a juegos banales, que utilizarlo para cosas constructivas, para aprender o para desarrollar determinadas habilidades que pueden resultar clave en el futuro. Permitir que nuestros hijos utilicen redes sociales no es malo, pero no tener ni idea de lo que hacen en ellas, de con quién se relacionan o si de las usan como idiotas, sin control o en busca del “Like” a costa de lo que sea es una receta segura para terminar teniendo problemas de todo tipo. Por favor, ¿podemos actuar como adultos responsables, y no como imbéciles que necesitan etiquetas pegadas en todas partes previniéndolos de cuestiones obvias? El mayor peligro para los niños no es pasar mucho tiempo con un smartphone o en internet. El mayor peligro es no tener acceso a un smartphone o a internet, y no poder prepararse adecuadamente desde pequeños para el entorno en el que van a vivir.

Aún recuerdo la sensación que me produjo la primera vez que, en mi primer año de vida en los Estados Unidos, alguien vino a mi casa con una planta, una Flor de Pascua de brillantes hojas rojas, y en la maceta venía adherida una etiqueta de advertencia que decía “not for human consumption”. ¿De verdad alguien podía pensar que de alguna manera esa planta podía ser un alimento? ¿De verdad alguien había sido tan imbécil como para comérsela, había sufrido algún tipo de efecto secundario y había denunciado a la compañía que la vendía? ¿De verdad éramos tan idiotas como sociedad como para que esa etiqueta fuese necesaria? Estamos haciendo exactamente lo mismo: poner a Facebook, o a un smartphone, o a todo internet una etiqueta de precaución es, simplemente, evidenciar un fracaso como sociedad: somos demasiado idiotas como para entender lo obvio, como para controlar factores de nuestro entorno completamente ubicuos, omnipresentes y con muchas más ventajas potenciales que inconvenientes.

Pedir a Apple que, supuestamente por responsabilidad social corporativa, nos diga que sus smartphones son peligrosos y diseñe formas de que los niños los usen menos es una barbaridad. No, los smartphones no son peligrosos. Los que son peligrosos son los padres que carecen de sentido común, y sobre todo, los que pretenden que sean las empresas tecnológicas los que solucionen sus carencias, su ineptitud y su ausencia de responsabilidad a la hora de educar a sus hijos.

Vivir mata. Dentro de poco, alguien en su lecho de muerte denunciará a su gobierno, o a quien se le ponga en las narices, por no haber sido convenientemente advertido, y nos pegarán una etiqueta como esa en la frente para que lo tengamos presente. Y lo peor, alguien lo verá como un gran avance social y pensará que así estamos mejor. ¿Podemos, por favor, madurar como sociedad?