Apple invitation Sep. 12, 2017Mi columna en El Español de esta semana se titula “Apple y la agenda” (pdf), e intenta explorar las razones por las que una compañía, Apple, consigue marcar la agenda de toda una industria que teóricamente no lidera en función del número de unidades vendidas, pero en la que decididamente se convierte en la sancionadora de todas y cada una de las tendencias que van surgiendo.

Nadie duda, más de diez años después de su lanzamiento, que el iPhone dio lugar a un cambio dimensional en el ecosistema tecnológico. En su momento generó críticas: era caro, no era 3G, no era lo más cómodo para hacer llamadas, no tenía teclado… sí, pero de manera inmediata, todos los terminales lanzados aspiraban a parecerse lo más posible al iPhone y pretendían etiquetarse como supuestos iPhone-killers.

Más de diez años después, seguimos exactamente igual: el iPhone X no es el primer terminal con identificación facial, pero sí parece ser el primero en ponerla en práctica lo suficientemente bien como para que sea de verdad usable y segura. No es ni mucho menos el primer terminal bezel-less, pero sí el que marca que a partir de ahora, todos los que vayan saliendo lo sean, y el que parece haber adoptado una interfaz mejor diseñada para esa circunstancia. Como eso, mil cosas más: la compañía no pretende especialmente ser la primera en lanzar nada, pero sí consigue ser la que marca la agenda que de alguna manera “oficializa” cada función, cada prestación, y las convierte en parte obligada del itinerario para todos los demás. Ninguna marca, por más que lo intentan, consigue convertir los lanzamientos de sus productos en auténticos eventos de trascendencia mundial a los que ser invitado físicamente supone un privilegio, ni convertir todo el panorama mediático en una gigantesca crónica que dedica todas sus portadas en exclusiva al tema.

Con el precio, ha hecho exactamente lo mismo: si quien marca la agenda decide que ya es el momento de superar la barrera psicológica de los mil euros, como comentaba ayer con Jose Antonio Luna en El Diario, el mercado asumirá que esto es lo que hay: que un smartphone ya es mucho más que un simple teléfono, que lo utilizamos más tiempo y para más funciones a lo largo del día que un ordenador, y que por lo tanto, tiene sentido que tengan un precio comparable. Después de todo, resulta más complejo tecnológicamente y desde el punto de vista tanto de diseño como de fabricación empaquetar las funciones que posee un smartphone en una carcasa de ese tamaño que en el caso de un ordenador, y además, el smartphone posee componentes y sensores que un laptop o un desktop no suelen incorporar. Llevar la tecnología de las baterías hasta el límite, generar nuevos sistemas de autenticación, idear nuevas tecnologías para la cámara o incorporar sistemas de machine learning o incluso chips específicamente preparados para ello tiene un precio, y la compañía lo repercute en su precio: no es lo mismo “un teléfono móvil” que “un terminal que escanea tu cara para autenticarte, que incorpora varias cámaras que aplican algoritmos de machine learning para optimizar cada fotografía que toman, que se pueden cargar simplemente dejándolos sobre una base, o que incorporan u optimizan unas cuantas funciones más”. El precio de los smartphones como categoría lleva bastante tiempo descendiendo gracias al desarrollo de terminales cada vez más accesibles para países con economías débiles o en vías de desarrollo, pero Apple sabe que ese no es su juego, y por supuesto, no pretende jugarlo.

Por otro lado, parece claro que la compañía está dispuesta a plantear una apuesta clara por los servicios en su estrategia: si eres usuario de sus productos, es normal que puedas decidir, además, pagar por almacenamiento adicional en iCloud, por música en Apple Music, y dado el precio de sus terminales, por un seguro en AppleCare, que en consecuencia incrementa sus precios. ¿A cambio? Terminales que sus usuarios adoran y que evalúan con índices de satisfacción elevadísimos e inalcanzables para otras marcas, que deterioran sus prestaciones sensiblemente menos con el tiempo, y que si tienen algún problema, te llevan a una tienda monísima donde un tipo generalmente muy majo da servicio a tu producto exactamente como lo que es: un producto de lujo. El lujo está muy bien para quien lo quiere, pero se define por ese tipo de atributos, por ser bueno y por ser caro. Para quien no quiere lujo, hay otras marcas. Y mientras tanto, ahora, como hace diez años, con Jobs o sin él, Apple sigue marcando la agenda.

 

Apple iPhone familyEl evento de presentación de producto de Apple de ayer 12 de septiembre en el recién estrenado Steve Jobs Theater es un caso de libro de la llamada product family engineering, ingeniería de familia de productos o PFE, con matices verdaderamente complejos, casi maquiavélicos.

La compañía, como es ya habitual año tras año, anunció el lanzamiento de una amplia gama de productos: nuevos sistemas operativos, nuevo modelo de Apple Watch, otro de Apple TV y, finalmente, su producto estrella del que depende un porcentaje importantísimo de su facturación: el iPhone. Podríamos detenernos a analizar cualquiera de ellas o a comentar hasta qué punto un producto que muchos pretenden calificar como un supuesto fracaso, el Apple Watch, es ya el reloj más vendido en el mundo y con un impresionante 97% de satisfacción de sus usuarios, pero lo que realmente me llamó más la atención fue la parte final, la presentación de los diferentes modelos de iPhone.

Bajo la nueva configuración, la familia de productos de iPhone queda compuesta por nada menos que ocho modelos, con una gama de precios que va desde los $349 hasta los $999 en los Estados Unidos, entre los 419€ y los 1,159€ en España (más caro si quieres más almacenamiento, y aún más caro si quieres Apple Care, recomendable para un aparato de ese coste) pero, sobre todo, con una peculiaridad: la parte de la familia de productos que hasta ayer suponía el tope de la gama se ha convertido, en un solo movimiento, en lo que ahora es la gama media, y ha aparecido un modelo, el iPhone X – nótese que todos los directivos de la compañía se referían al modelo con el numeral romano, ten, en lugar de utilizando la letra X – que se convierte definitivamente en el modelo más alto, y que al seguir la tendencia bezel-less, sin bordes, consigue el mágico truco de tener una pantalla más grande en un terminal más pequeño. La maniobra de Apple es clara: justificar saltarse el número nueve por el hecho de que el nuevo producto, el diez, es el que conmemora el décimo aniversario del lanzamiento del iPhone original.

¿Qué connotaciones competitivas tiene un movimiento así? La nomenclatura de los modelos, por supuesto, es una cuestión absolutamente arbitraria y en manos de la marca. Cada compañía es dueña de cambiarla, de comenzar series nuevas o de alterar sus costumbres cuando le venga en gana. Sin embargo, en este caso, el movimiento parece claramente competitivo: de repente, el cliente potencial pasa a evaluar en comparación un Samsung 8, el modelo insignia del mayor fabricante de terminales del mundo, no contra el modelo correspondiente de Apple, sino contra lo que se ha convertido en la gama media de Apple, el iPhone 8, sabiendo que cuenta además con una opción adicional, el iPhone X, si quiere unas especificaciones o, simplemente, una percepción más “elevada”. Ese efecto psicológico de comparación, además, tiene lugar independientemente de lo que digan las comparativas, y en virtud de elementos que, de hecho, intentan salirse de esa comparación atributo a atributo. Es muy difícil competir con Apple cuando te planteas la competencia atributo por atributo, porque si algo hace bien la marca es plantearse el producto como un todo, como algo que vale la pena aunque tengas que renunciar expresamente a algunas cosas. Apple se sigue diferenciando porque mientras otros presentan el terminal de hoy, Apple pretende que psicológicamente entendamos que presenta el de hoy… y el de mañana.

¿Sutil? ¿Maniobra psicológica? Ya lo discutiremos cuando tengamos las primeras cifras de ventas. Con el iPhone X, la marca vuelve a situarse en apariencia como la que marca el camino, la que apuesta por opciones que otros aún no han intentado, la que afirma que ha conseguido que de verdad funcione la identificación facial (aunque fallase en la demo), o la que posiciona sus terminales como los más avanzados en todo lo relacionado con machine learning. La jugada puede ser arriesgada de cara a las cifras de ventas de un iPhone 8 o del iPhone 8 Plus convertido en una opción supuestamente “barata” (¡!!!!!), pero dudo mucho que lo sea con respecto al modelo más alto de la gama. La caída en el valor de las acciones de Apple de ayer, de hecho, se debe simplemente a una cuestión contable: las ventas del iPhone X, que no estará disponible hasta octubre y no será entregado hasta el 3 de noviembre, no serán contabilizadas en este año fiscal, sino en el siguiente.

¿Justifica el iPhone X el dinero que cuesta? Esa no es la pregunta. ¿Vale la pena pagar ese dinero por un smartphone? Cuando la decisión de adquirir un smartphone ya es digna de la misma atención que la que implicaba hace no muchos años adquirir un ordenador – son ya muchos los smartphones con precios más elevados que laptops con buenas prestaciones – y lo utilizamos durante mucho más tiempo, la idea de que adquirimos un “teléfono” se vuelve absurda: adquirimos un potente ordenador de bolsillo, una herramienta que vamos a utilizar durante uno o dos años y durante prácticamente todo el día, con la que llevaremos a cabo funciones de todo tipo. ¿Está el mercado dispuesto a pagar más de mil dólares por ello? No tengo ninguna duda. ¿Por las razones adecuadas? No lo sé. Tengo la total seguridad de que muchos adquirirán el nuevo Apple Watch no por sus funciones adicionales, sino porque tiene un punto rojo en el botón que lo diferencia de los modelos anteriores. No tengo ninguna duda de que muchísimas personas que creen sacar partido a su smartphone podrían hacer todo lo que hacen con terminales muchísimo más baratos. Pero de nuevo, esa no es la cuestión. Apple sigue siendo esa marca que vive de dar a sus incondicionales razones para pasarse por una tienda todos los años, para plantearse que quieren seguir sintiéndose parte de un club diferente, y que habitualmente, además, tienden a estar enormemente satisfechos con su elección. Contra eso, poco se puede decir. La marca que más rentabilidad es capaz de extraer a cada venta y a cada cliente, la que es capaz de posicionar sus productos no como simples productos sino como auténticos objetos de deseo, lo que la convierte desde hace tiempo en la compañía más valiosa del mercado. Y lo mejor que se puede decir de la presentación de ayer es precisamente eso: que fue coherente con esa filosofía.

 

IMAGE: IQoncept - 123RFEl CEO y fundador de Essential, Andy Rubin, acaba de dar una lección sobre qué hacer y cómo reaccionar cuando tu compañía comete un error. La compañía, empeñada en el diseño y lanzamiento de un smartphone que algunos han calificado como revolucionario en sus planteamientos mientras otros ven como “más de lo mismo“, pero que indudablemente atrae atención por tener detrás nada menos que al creador original de Android, cometió un error de bulto al enviar un correo electrónico solicitando datos personales a los usuarios pre-registrados para adquirir su terminal, y terminó redistribuyendo involuntariamente esos datos a toda esa lista de clientes.

El error es sencillo: lo que la compañía pretendía hacer era simplemente solicitar a los clientes que habían manifestado interés en adquirir su terminal una copia de su carnet de conducir mostrando su foto, firma, fecha de nacimiento y dirección física, con el fin de verificar su identidad, como se hace habitualmente en los Estados Unidos en las compras en establecimientos físicos a partir de un cierto importe. Para ello, tomaron las direcciones de esos usuarios, crearon una lista y enviaron el correo a esa lista mal configurado, sin darse cuenta de que, al contestar, cada respuesta iría dirigida a la totalidad de los integrantes de la lista. Como resultado, unos 70 clientes distribuyeron sin querer la copia de su licencia de conducir a una lista de desconocidos, con los problemas de seguridad y privacidad que ello potencialmente conlleva, y que podrían llegar al robo de identidad.

El error, que fue en un primer momento interpretado por algunos como un intento de phishing, fue inmediatamente reconocido por la compañía. Hoy, su CEO escribe una entrada en el blog corporativo en la que reconoce el error, pide todo tipo de disculpas, se atribuye de manera inequívoca toda la responsabilidad sobre un error que define como “humillante”, y anuncia que todos los clientes afectados recibirán un año de suscripción gratuita a LifeLock, un servicio de protección contra el robo de identidad, con un coste de entre 9 y 30 dólares al mes dependiendo de la cobertura proporcionada.

La rápida y modélica reacción de la compañía permite establecer algunas directrices sobre qué hacer y qué no hacer cuando las cosas salen mal en entornos tecnológicos, partiendo de la base de que todo el mundo, incluso los más preparados, puede cometer un error por acción u omisión:

  • La tecnología ya no es una caja negra que pueda utilizarse para confundir a nadie. Si tu compañía o tu error preocupa a alguien, el problema será investigado hasta la saciedad, las responsabilidades serán depuradas, y quedará perfectamente claro donde estuvo el problema original, y todo ese proceso tendrá lugar en público, a plena luz del día. Por tanto, nunca trates de eludir tu responsabilidad o de escurrir el bulto, porque quedarás mal.
  • Investiga muy rápidamente qué fue lo que realmente ocurrió, y publícalo asimismo a toda velocidad, con total transparencia. Esa transparencia es fundamental a la hora de demostrar que estás haciendo todo lo humanamente posible por entender el problema, y te ayudará muchísimo posteriormente cuando tengas que volver a inspirar confianza. En un entorno tecnológico, todos podemos cometer errores: los que inspiran confianza son los que ponen todo de su parte para solucionarlos rápida y eficazmente.
  • Nunca, jamás, culpes a un becario. Aunque realmente tenga la culpa. Primero, porque eso dificultará tu investigación interna y que la persona que realmente cometió el error dé un paso al frente y ayude a entender qué ocurrió. Segundo, porque culpar al eslabón débil genera una mala imagen. Y tercero, porque si el problema es grave, quien debe plantarse delante de los clientes y reconocerlo es aquel que los clientes conocen, el interlocutor, la cabeza visible, sea el fundador o el ministro de Justicia.
  • Nunca, jamás, mates al mensajero. Esto es mucho más cierto en el caso de los hackers. Lo normal es que un hacker, cuando descubre un problema o vulnerabilidad, notifique a la compañía afectada para que lo corrija. Solo cuando, tras un período prudencial, el problema sigue sin corregir, es cuando se suele recurrir a hacerlo público, para forzar a su corrección. Por tanto, estate muy atento a los correos que te comunican vulnerabilidades y problemas de seguridad, hazles caso, corrígelos siempre y no denuncies a quien te comunicó el problema. Solo empeorará las cosas.
  • Pon los medios adecuados para compensar a los afectados generosamente. Gástate dinero. Has cometido un error, por acción u omisión, y necesitas recuperar la confianza de tus clientes actuales y futuros. Por tanto, abre un capítulo de gastos, y haz que nadie pueda dudar de tu voluntad de compensar los problemas que has causado a los afectados. Sin pestañear, sin discutir, sin racanería.
  • Demuestra que haces todo lo posible para que no vuelva a ocurrir. Con los pasos anteriores puedes recuperar esa confianza, pero si te ves afectado por errores de ese tipo cada dos por tres, no es que existan las casualidades, es que eres un desastre.

Las perspectivas en este tipo de cuestiones han cambiado mucho en los últimos años. Lo de “echar la culpa al ordenador” o “a los hackers” ya no funciona. Lo que ahora funciona es la comunicación rápida, sincera, directa y sin paños calientes. Si no lo has entendido, estúdiatelo. Ante un error, confiésalo claramente, arréglalo y asume las consecuencias. No hay ya ninguna otra forma de hacer las cosas. O sí la hay, pero no funciona. Tenlo claro.

 

IMAGE: Tomislav Zivkovic - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Sonríe a la cámara” (pdf) y trata de hacer un paralelismo entre lo que supuso la incorporación de la cámara al teléfono móvil en el año 2000 (primero en Japón, dos años después en el resto del mundo) y el futuro que nos espera con la fortísima proliferación de cámaras en absolutamente todas partes que estamos experimentando.

Un estudio reciente calcula que en en el año 2022, en tan solo unos cinco años, el número de cámaras en el mundo alcanzará los 44 billones. El elemento central de esa fortísima proliferación es fundamentalmente el smartphone, que pasará de las dos o tres cámaras actuales a tener unas trece y ser capaz de mostrar vídeo en 360º y en formato tridimensional, pero también una tendencia a incorporar cámaras en prácticamente todas partes, incluso en una simple bombilla

Los grandes almacenes utilizarán cámaras desplegadas en toda la tienda para analizar nuestras expresiones faciales, procesarlas e intentar que compremos más cosas. Las ciudades instalarán más cámaras de monitorización a medida que su coste se abarata y su tamaño disminuye, siguiendo una tendencia que comenzó en el Reino Unido y que nos lleva a un momento en el que todo lo que hagamos en la vía pública sea recogido por alguna cámara. Nuestras casas se llenarán de cámaras capaces de identificar a sus ocupantes y actuar de maneras diferentes según se trate de personas o animales domésticos, convertidas en un electrodoméstico más.

Si el hecho de llevar una cámara encima en todo momento en el bolsillo cambió en muchos sentidos nuestros hábitos, ¿qué ocurrirá cuando nos acostumbremos a estar permanentemente rodeados de cámaras en todo momento, y cuando una tendencia como el lifecasting se haya convertido en algo prácticamente habitual para toda una generación? ¿Qué ocurrirá con la legislación de privacidad cuando la proliferación de cámaras en todas partes la convierta en algo inútil, obsoleto y de imposible cumplimiento? Buen momento para volver a ver aquel episodio de Black Mirror

 

La batería es un elemento fundamental en los smartphones. Recientemente Apple puso el tema en la mira, cuando ofreció a los usuarios que ya disponían de un iPhone 6S, cambiar las baterías de sus dispositivos si identifican que se cerraban de manera repentina.

Samsung, el principal proveedor de smartphones a nivel mundial, fue foco mundial y trata de superar la crisis que enfrentó por las fallas en la batería del Galaxy Note 7, que provocó el llamado de 2.5 millones de dispositivos y podría representar pérdidas por más de 5 mil millones de dólares.

Ni el smartphone más poderoso del mercado es inmune al poder de la batería. Por ello, cada vez hay más esfuerzos por crear una con mayor duración, tal es el caso de los científicos de la Universidad de California en Irvine (UCI).

Un equipo de estudiantes de doctorado, liderado por Mya Le Thai, creó simplemente una batería capaz de sustentar un teléfono por 400 años.

Good informó que la chica recubrió un conjunto de nanocables de oro con un gel electrolito de plexiglás y dióxido de manganeso para lograr que la batería creará ciclos de carga. Es decir, si la batería de una laptop dura entre 300 y 500 ciclos de carga, la nanobatería de la UCI funcionó durante 200 mil ciclos en tres meses, lo que lleva a los 400 años mencionados.

El proyecto aún tardará en llegar al mercado. Sin embargo, el próximo año sí se podrán ver baterías que duran el doble, de la mano de SolidEnergy.

Foto: Bigstock

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