Signature credit cardLas cuatro compañías más importantes emisoras de tarjetas de crédito en los Estados Unidos, American Express, Discover, Mastercard y Visa, se unen para anunciar que dejarán de solicitar a los establecimientos de su red que recojan la firma de los clientes en el momento de la transacción. Un gesto, el de firmar, cada vez menos utilizado y con un valor prácticamente nulo como elemento de seguridad: las posibilidades de un empleado de una tienda de comprobar la integridad o veracidad de una firma con unas mínimas garantías han sido siempre mínimas, y abundan los ejemplos de personas que firman con cualquier tipo de garabato o incluso con dibujos absurdos, y no tienen ningún problema a la hora de procesar su pago. 

Con el tiempo y la evolución de los medios de pago, la necesidad de la firma se ha visto eclipsada por el uso de elementos algo más seguros, como el número de identificación personal o la inclusión de elementos de biometría, como la huella dactilar o la cara en el caso de pagos mediante smartphone. El uso de un elemento como un bolígrafo con el que se estampa un garabato sobre un papel es cada vez más anacrónico, y empieza a no ser utilizado ni siquiera en el momento de la firma de un contrato para, por ejemplo, abrir una cuenta bancaria, sustituido por otros elementos como un selfie o la captura con la cámara de un documento de identificación.

Junto con la firma, otro elemento de seguridad cada vez más claramente destinado a la extinción es el uso de la contraseña: el uso cada vez más extendido de gestores de contraseñas lleva a que los usuarios comiencen a abandonar malas prácticas como el utilizar contraseñas fáciles de recordar o la misma contraseña para todo, escogiendo en su lugar contraseñas imposibles y aleatorias que no conocen, pero que son recuperadas en el momento de acceder a cada servicio por servicios como LastPass1PasswordNoMorePass o similares. Pero más allá de mejorar los sistemas basados en el uso de una contraseña, estos también están siendo cada vez más sustituidos por elementos biométricos tomados en el momento en que son requeridos de cualquiera de los dispositivos que un usuario maneja. Por la mañana, me levanto, me pongo el smartwatch, y este se desbloquea sin necesidad de introducir su contraseña de acceso cuando tomo el smartphone y lo desbloqueo apuntando a mi cara. Cuando abro mi ordenador portátil, ocurre lo mismo: en una curiosa secuencia, se desbloquea mediante la presencia de mi smartwatch en mi muñeca y desbloqueado, aunque mantengo la posibilidad de desbloquearlo igualmente mediante mi huella dactilar en su sensor o mediante una contraseña, que obviamente he dejado de utilizar salvo cuando lo reinicio o para algunas escasas operaciones que aún la requieren. Cuando desde el ordenador compartido de alguna clase hago login en muchas de mis cuentas, ese login únicamente se completa cuando lo confirmo en alguno de los dispositivos que llevo conmigo, proporcionándome un nivel adicional de seguridad basada en factores múltiples. Pronto, un nuevo estándar de seguridad propuesto por W3C, WebAuthn y aceptado ya por Google, Microsoft y Mozilla, se encargará de coordinar las formas en las que las personas acceden a servicios en la web y se incorporará a prácticamente todos los navegadores significativos.

No más firmas, relegadas ya al más trasnochado de los absurdos, y a la espera de ser también pronto desacralizadas por servicios aún tan necesarios en la sociedad como los notarios, las firmas de contratos y actas, o por procesos tan habituales y absurdamente redundantes como el de hacer checkin en un hotel. Asimismo, no más contraseñas, convertidas en incómodas pruebas de memoria o en cada vez más momentos de inseguridad, incomodidad y de uso habitual del botón “olvidé mi contraseña”. Elementos de seguridad que hasta hace pocos años eran exclusivos de sistemas de elevada sofisticación, convertidos en habituales gracias a la incorporación de cada vez más elementos de sensorización y captura de huella dactilar o de otros parámetros biométricos en dispositivos cada vez más ubicuos. Si aún tienes que firmar con frecuencia o que introducir contraseñas de manera habitual, o si esos elementos están aún integrados en los procesos de negocio de tu compañía, plantéate que es posible que debas repensar esos procesos para darle un impulso a tus prácticas de seguridad.

 

IMAGE: Believeinme33 - 123RFLa operadora telefónica norteamericana, AT&T anuncia su retirada de la firma de un acuerdo con Huawei que habría permitido la introducción de los dispositivos de la compañía china en el lucrativo mercado de los terminales vinculados a contratos, el segmento más importante del mercado a pesar del crecimiento de las ventas de terminales libres.

Según cifras de junio de 2017, el mercado de terminales libres en los Estados Unidos alcanzaba unos treinta millones de dispositivos, alrededor del 12.5% del mercado, y es fuertemente competitivo. La cifra resulta claramente insuficiente para las ambiciones de Huawei, el tercer competidor mundial en el segmento smartphone tras Samsung y Apple, que cuenta con una presencia significativa en numerosos países del mundo, pero que se mantiene en una posición completamente minoritaria en el mercado norteamericano precisamente debido a la falta de acuerdos con operadoras para lograr una introducción significativa de sus dispositivos.

La operadora norteamericana no ha dicho a qué se debe su decisión de cerrar la puerta a Huawei, pero la mayor parte de las fuentes lo achacan a posibles presiones procedentes de dos flancos: por un lado, el gobierno norteamericano, preocupado por un informe del Congreso fechado en el año 2012 que afirma que los dispositivos y equipos de Huawei y de otra empresa china, ZTE, suponen una amenaza para la seguridad nacional por la posibilidad de que sean utilizados en operaciones de espionaje. La marca china ha negado esa posibilidad, y ha afirmado que “han demostrado que son capaces de ofrecer dispositivos de alta calidad y con integridad tanto a nivel mundial como en el mercado de los Estados Unidos”. Huawei, además, es uno de los principales fabricantes del mundo de equipos de telecomunicaciones y tiene un posicionamiento especialmente sólido en redes 5G, en las que los operadores norteamericanos están invirtiendo fuertemente. Por otro lado, AT&T podría también haber recibido presiones de la industria tecnológica norteamericana, que ve en Huawei a un competidor formidable a todos los niveles y quieren mantenerla fuera del mercado, pero sin pasar por admitir su superioridad tecnológica. De hecho, en el segmento smartphone, hay numerosos análisis que comparan al Huawei Mate 10 Pro, el dispositivo de gama más alta de la marca china, con el iPhone X, y con resultados bastante divididos.

Precisamente ayer, en lo que iba a ser la presentación en sociedad en el CES del nuevo Mate 10 Pro, el CEO de la división de productos de consumo de Huawei, Richard Yu, mostró su desacuerdo con la decisión de AT&T y su malestar con las operadoras norteamericanas, y se tomó unos minutos sin guión ni teleprompter sobre una única imagen en la que se leía Something I Want to Share”, detallando cómo de malo para la compañía era que la privasen del acceso a ese canal, y cómo de negativo era para los consumidores no tener acceso a sus productos, hablando con total espontaneidad sobre sus veinticinco años de experiencia en la compañía y sobre cómo habían ido ganando la confianza de operadores, compañías y usuarios en todo el mundo. 

¿Responde la retirada de AT&T de las conversaciones con Huawei a una simple cuestión comercial, a un intento de proteger al mercado norteamericano de una industria china cada vez más competitiva? ¿O simplemente una manera de corresponder con reciprocidad a la manera habitual de hacer las cosas en China, país especialmente conocido por imponer restricciones y obligaciones a empresas extranjeras que las convierten en no competitivas en su territorio o las obligan a cumplir con requisitos que consideran inaceptables? Si el gobierno chino bloquea a toda aquella empresa extranjera que pretende acceder a su enorme mercado en todo tipo de ámbitos tecnológicos, sean motores de búsqueda, redes sociales, mensajerías instantáneas o cartografías digitales, ¿tiene sentido que otros países hagan lo mismo, bien de manera oficial o extraoficial, bien como política gubernamental establecida o como presiones a aquellas compañías que podrían funcionar como accesos al mercado? ¿Funcionará el ruido en torno a esta noticia como un incentivo para que los consumidores norteamericanos quieran hacerse con los dispositivos de una marca de la que sus operadoras pretenden privarles, o simplemente mantendrá su presencia relativamente marginal por no estar presente en los canales más utilizados por los usuarios? ¿Cuáles serán los efectos y las consecuencias para la industria tecnológica de unas políticas comerciales cada vez más proteccionistas? O mejor… ¿quién disparó primero?

 

IMAGE: Onston - 123RFEl tema saltó hace pocos días en un hilo de Reddit en el que un usuario comentó cómo su iPhone 6S había mejorado de forma apreciable su rendimiento tras haber reemplazado su batería, hilo que continuó en MacRumors con la acusación de que la compañía estaba, de manera intencionada, reduciendo el rendimiento de sus dispositivos más antiguos en función del estado de su batería, supuestamente para llevar a los usuarios a decidirse a cambiarlos por modelos nuevos.

La idea encajaba perfectamente en el discurso de la obsolescencia programada, y se extendió rápidamente por la web en forma de acusaciones a la compañía, que admitió la práctica pero negó que se debiese a un intento de hacer que los usuarios reemplazaran sus smartphones por nuevos modelos, y explicó que la práctica era, en realidad, una manera de evitar problemas de funcionamiento tales como resets involuntarios debidos a una falta de rendimiento de las baterías a medida que envejecían.

Que las baterías envejezcan es algo inevitable, un simple proceso químico derivado del movimiento de los iones de litio por el ánodo de óxido de níquel en el proceso de descarga, que genera pequeños cambios en el material que reducen su capacidad, al tiempo que en el cátodo se forma también una corteza eléctricamente aislante que provoca el mismo efecto. Con el paso del tiempo, o también en circunstancias de frío intenso o de niveles de carga bajos, esa degradación de la batería impide que suministre los niveles de corriente adecuados para determinados procesos, lo que podría provocar su interrupción y el reset del terminal. Para evitarlo, lo que la compañía hace es reducir el rendimiento del smartphone, con lo que evita el problema, a cambio de que el usuario, lógicamente, perciba que “su teléfono va más lento” y se plantee cambiarlo – cuando en realidad, si quisiese seguir usándolo, le bastaría con cambiar su batería. Por supuesto, que tu smartphone vaya más lento parece un problema menor frente a la posibilidad que se resetee de manera sistemática cuando alcanza un nivel de batería determinado, pero la falta de transparencia de Apple con el tema – o la falta de transparencia de Apple en general – ha generado un problema de desinformación que sintonizaba muy bien con una narrativa previa existente, la leyenda de que la compañía “te estropeaba” el iPhone antiguo para que te tuvieras que comprar el nuevo.

Por supuesto, a nadie con un mínimo conocimiento de negocios se le escapa que la idea de la obsolescencia programada aplicada de esa manera es absurda e insostenible: Apple gana muchísimo dinero, mucho más que ninguna otra compañía – más de 1,400 dólares… por segundo!! – y fundamentalmente gracias a sus smartphones, pero si tus dispositivos, de manera sistemática, se estropeasen o empezasen a ir más lentos cada vez que la compañía saca uno nuevo, muy posiblemente terminarías por comprarte uno de otra marca, o incluso promoverías una denuncia colectiva contra la compañía por prácticas perjudiciales contra el consumidor que tendría bastantes posibilidades de ganar en los tribunales. La estrategia, por más que pueda sonar bien en un primer análisis, no tiene sentido económico y no sería nunca sostenible.

Que la compañía gestione sus terminales de esta forma, lo haya hecho ya con dos modelos y afirme que va a seguir haciéndolo en modelos futuros puede ser razonable, pero para evitar problemas reputacionales, debería plantearse no solo explicarlo adecuadamente – aunque pueda parecer complejo – sino además, promover programas de reemplazo de batería a precios razonables para aquellos usuarios que prefieren seguir utilizando sus dispositivos antiguos porque les parece que funcionan razonablemente bien, y que podrían evitar esas caídas en su rendimiento diseñadas para evitar problemas simplemente sustituyendo su batería. En España, el cambio de batería de cualquier iPhone fuera del período de garantía tiene un precio de 89 euros, que muchos podrían considerar razonable para prolongar la vida de un dispositivo con el que están satisfechos, y puede además hacerse, con un mínimo de habilidad, por menos dinero adquiriendo una batería y cambiándola uno mismo con guías paso a paso perfectamente detalladas como las de iFixit, que implican perder una garantía que probablemente, a esas alturas de la vida del terminal, haya expirado en cualquier caso.

Hace ya mucho tiempo que un smartphone no es un simple teléfono: ahora hablamos de un potente ordenador de bolsillo del que dependemos para cada vez más cosas, y parece razonable pensar que sufra problemas de durabilidad. Cada vez más, lo normal será adquirir una cultura sobre nuestros dispositivos que nos permita entender fácilmente determinadas decisiones que, nada más escucharlas, podrían resultar casi escandalosas. ¿Degrada Apple las prestaciones de tu dispositivo cuando envejece? Sí. Lo hace para que te cambies y vender así más iPhones nuevos? No, lo hace para evitar que empiece a tener resets habituales – algo que me ha ocurrido con algunos dispositivos, y no todos ellos de Apple – y termine proporcionándote un desastre de experiencia de usuario. A partir de ahí, hagámonos la composición de lugar que queramos, sospechemos o dejemos de sospechar si esa caída en las prestaciones de la batería coincide o no de manera sospechosa con la salida de un nuevo modelo de terminal, y sobre todo, planteémonos alternativas al respecto.

La transparencia es una gran virtud. Posiblemente Apple debería practicarla un poco más.

 

IMAGE: Bicubic - 123RFUn artículo largo de fin de semana en The Guardian, ‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia, habla de las preocupaciones acerca de un presente en el que nuestra capacidad de atención se encuentra completamente destruída por culpa de unos dispositivos conscientemente diseñados para atraerla de manera constante, de fenómenos que algunos insisten en describir como “adicciones” a pesar de que ni una sola asociación de psicólogos o psiquiatras en ningún lugar del mundo lo admiten, y de ex-trabajadores de compañías tecnológicas convertidos en fervientes luditas que preconizan que nos alejemos de nuestros dispositivos como si de la peste se tratase.

La adicción a internet o al smartphone no existe. Por mucho que nos hartemos de ver personas con la cabeza hundida en su pantalla a todas horas, con aspecto de zombies cuando supuestamente quedan para verse mientras cada uno revisa sus notificaciones sin hablarse, o caminando por la calle – o conduciendo – con riesgo de matarse por intentar mirar esa pantalla “solo un segundo más”, la adicción a internet o al smartphone no es un fenómeno real. Usamos mucho nuestros smartphones porque nos son útiles y nos gustan, punto. Eso no es una adicción: es la constatación de que algo es práctico y agradable.

El uso del smartphone no va a disminuir, sino a aumentar. Seamos racionales: como consecuencia del desarrollo de fenómenos como el “there’s an app for that” o el internet de las cosas, hemos pasado de usar un terminal para hablar por teléfono, a usarlo para todo, desde encender y apagar las luces de casa, hasta poner y quitar la alarma, abrir la puerta, consultar un mapa, hacer una foto o poner música. Las funciones sociales no solo nos entretienen, sino que nos entregan regularmente pinchazos de dopamina cada vez que alguien nos hace un follow o un like, y nos llevan a modificar nuestros hábitos de maneras que algunos encuentran irresistibles mientras otros se rascan la cabeza y consideran enfermizas. Y aún así, el uso de nuestros smartphones no va a reducirse: va a seguir aumentando.

¿Es todo bueno, de color de rosa y no hay ningún problema? Por supuesto que no. La transición a un modelo de hiperabundancia constante de información nos ha hecho distraídos, nos cuentas centrarnos para leer un artículo largo, no verificamos nada o incluso algunos comparten artículos que no han leído, simplemente en función de lo que dice un titular diseñado para atraer su atención a toda costa. Ese tipo de fenómenos nos ha pillado poco preparados, la ecuación que nos proporcionaron – y la que seguimos proporcionando – no nos enseñó cómo tratar con un entorno así, y somos tan malos haciéndolo, que algunos han conseguido incluso aprovecharlo para fines verdaderamente inauditos, como meter a un idiota en la Casa Blanca. Gestionar nuestros hábitos y nuestra capacidad de concentración en la edad moderna no es sencillo, y requiere de aprendizaje, de adiestramiento y de técnicas específicas. En un entorno nuevo, hay comportamientos que se generan de manera automática, y otros que deben ser probados y enseñados, convertidos en materias lectivas.

La generación que estamos viendo en este momento no está llena de enfermos ni de adictos: simplemente es la primera que se ha desarrollado en un entorno para el que no estaban completamente preparados, y para el que los sistemas educativos no supieron adaptarse. Y la solución a ese problema no es restringir el uso de los dispositivos, sino paradójicamente, utilizarlos más. Convertirlos en algo completamente normal, en lo que usamos para estudiar, para trabajar, para encontrar lo que necesitamos en cada momento, para entretenernos y para un montón de cosas más. Pero que también nos permiten priorizar otras cosas cuando llega el momento. Para eso, hace falta cierto entrenamiento. Lo he comentado en infinidad de ocasiones: los protocolos sociales y de uso se desarrollan después de la fase de adopción masiva, no antes ni durante, y como parte de un consenso social que se ejerce a través de múltiples herramientas: leyes (ahora no podemos manejar el smartphone cuando conducimos, por ejemplo), costumbres, enseñanza, etc. Aprenderemos a gestionar nuestra atención en un entorno de hiperabundancia no cuando nos intenten restringir su disponibilidad, sino cuando nos adiestren, como parte de nuestra educación, para extraerle partido y manejarlo ventajosamente.

¿Podemos abandonar la dinámica de histeria colectiva y centrarnos en aprender a utilizar una herramienta que va a formar parte del panorama durante muchas generaciones? Por mucho que nos empeñemos, los smartphones no van a desaparecer, no van a poder ser prohibidos con éxito en casi ningún entorno salvo en aquellos donde la atención única sea indispensable, y hacerlo, además, agravaría el problema. Los niños, por supuesto, tendrán que entender cómo esas dosis de dopamina afectan su forma de comportarse y como el obtenerlas no justifica todo: tendrán que aprender a poner sus pasiones bajo control, como antes los niños aprendían a que no se podía jugar todo el tiempo. Si no los educamos, si hacemos dejación de nuestras funciones, lógicamente, irán pasando de subir una foto y ver que obtiene cincuenta likes, a subir otra en la que muestran más piel o hacen algo más estúpido y obtiene quinientos, y por supuesto, esa dinámica les enganchará, no querrán parar, y tildarán a sus padres de “no entender nada”. No, no son adictos. No podemos usar la excusa de la adicción para echarle la culpa de todos los males: simplemente, no los hemos educado bien y nos les hemos explicado bien las cosas, tan sencillo como eso. Por tentador que sea echarle la culpa a una supuesta adicción o a la tecnología, seamos serios y pongamos las cosas en su sitio.

No restrinjamos cosas que resulta absurdo intentar restringir y que van en contra de los tiempos. Simplemente, introduzcámoslas como parte normal de nuestra vida, utilicémoslas sin complejos cuando nos sean útiles, y aprendamos a ponerlas a un lado cuando nos impidan disfrutar de otras cosas. Es así de sencillo, y obviamente, así de complicado. Pero sea de la manera que sea, no nos queda otra que analizarlo, entenderlo, y ponernos en ello.

 

IMAGE: LinearTestPilot - 123RFUn número creciente de artículos alertan acerca del uso de la inteligencia artificial como puro buzzword, como simple etiqueta de marketing para presentar una imagen “moderna” de los productos de una compañía, un tema sobre el que ya hablé en esta entrevista en El País a raíz de mi participación en el foro de la OCDE dedicado al tema en París el pasado junio.

Sin duda, el desarrollo de la inteligencia artificial en general, y del machine learning en particular van a suponer uno de los cambios más importantes en el desarrollo de la tecnología: la capacidad de que un algoritmo aprenda de unos datos de manera no supervisada permitirá funciones que hoy posiblemente no podemos imaginar, en todos aquellos contextos que determinen problemas estables, altamente predecibles y en los que resulte razonablemente fácil recolectar gran cantidad de datos de entrenamiento. No, no hablamos de máquinas capaces de pensar como tales, pero sí de posibilidades muy reales de crear productos que marquen una diferencia competitiva, un factor diferencial en compañías cuyos directivos entiendan de qué estamos hablando. Quienes crean que la inteligencia artificial es algo que “se compra y se instala”, o peor, quienes la quieran ver como una simple etiqueta de marketing, un buzzword para que unos productos se vean más modernos, tropezarán con la tozuda realidad de que cualquier desarrollo de este tipo conlleva procesos largos, manuales y complejos de definición de objetivos, de recolección y transformación de datos, y ingeniería de procesos para comenzar a obtener resultados. No, usar una red neuronal o poner etiquetas no te convierte en una compañía de inteligencia artificial, y mucho menos, de la noche a la mañana. 

Un ejemplo interesante es el del desarrollo de las dinámicas competitivas en el segmento smartphone: obviamente, uno de los principales factores que definirán el liderazgo se encuentra en la naturaleza y prestaciones de los chips empleados. Que uno de los competidores más interesantes del momento y tercero por cuota de mercado, Huawei, anuncie la incorporación de un nuevo chip dedicado a funciones relacionadas con la inteligencia artificial tan solo unos días antes de que Apple ponga a toda pantalla en su evento de presentación su microprocesador A11 Bionic no es casualidad, como tampoco lo es que Google adquiera activos e incorpore personal de HTC con el fin de ser capaz de liderar el panorama tomando el control ella misma de la incorporación de funciones de inteligencia artificial a sus terminales. Toda una operación de 1,100 millones de dólares, llevada a cabo para poder incorporar inteligencia artificial a un smartphone, convertirlo en diferencial, y extraer dinero de ello.

¿Qué es un chip AI? Básicamente, una etiqueta de marketing. La palabra “Bionic” en el A11 presentado por Apple no es más que una forma de ponerle un nombre comercialmente atractivo a algo tan aburrido como un chip, pero indica algo muy importante: el desarrollo de chips más potentes y con algunas funciones especializadas para poder llevar a cabo determinadas tareas relacionadas con el machine learning. Básicamente, ser capaz de proporcionar la capacidad de procesamiento adecuada para, por ejemplo, procesar una matriz de puntos en tiempo real y que entienda que es tu cara, o gestionar un asistente de voz con prestaciones cada vez mejores y más avanzadas. La etiqueta “Bionic”, por tanto, puede ser simplemente marketing, pero las prestaciones del chip están muy lejos de serlo, y llevan a pensar en un ecosistema smartphone en el que la rivalidad se construirá, fundamentalmente, entre aquellos fabricantes capaces de desarrollar chips más competitivos.

Por un lado, claramente, todos los fabricantes que incorporan chips de Qualcomm, convertido en casi un estándar de facto del mundo Android, y sin duda con una importante trayectoria y experiencia. Pero por otro, Google, que además de pretender dominar la carrera de los asistentes de voz, se dispone a incorporar una nueva generación de chips de desarrollo propio específicamente diseñados para este tipo de tareas, que ubican a la compañía en disposición de presentar batalla a fabricantes de chips tradicionales. Apple, por su parte, pretende dar batalla con su A11 y con desarrollos algorítmicos centrados en Face ID, en Siri y en fotografía, productos en los que el usuario pueda percibir claramente el avance que supone la aplicación de inteligencia artificial, mientras Huawei se dispone a presentar sus nuevos chips y avances en su próximo modelo, el Mate 10. Fuera de ahí, no hay mucho más: una elevación de barreras de entrada por lo que supone la necesidad de tener acceso a un chip competitivo y potente para poder poner en práctica aplicaciones de inteligencia artificial desde un terminal de bolsillo, con todo lo que ello supone. Cada vez más, el atractivo de un terminal vendrá dado por las aplicaciones de inteligencia artificial a todo tipo de tareas que pueda tener: tomaremos nuestras fotos con el auxilio de un asistente basado en esta tecnología, hablaremos con otro asistente que nos entenderá cada vez mejor, otro nos reconocerá, y varios más se encargarán de cosas que aún no alcanzamos a imaginar. Una auténtica redefinición del espacio competitivo, en función del desarrollo de la inteligencia artificial. Eso sí es real, no las etiquetas.

Ahora, plantéate el caso del futuro del smartphone, y trata de derivar de él algunas enseñanzas y consecuencias de cara al futuro de tu negocio. Te puedo asegurar que las hay. Y si no eres capaz de encontrar o imaginar ninguna… preocúpate!