IMAGE: Ian Carroll on Flickr (CC BY)Era una noche lluviosa de viernes de un mes de mayo inusualmente lluvioso en Madrid. Salí de una clase a última hora, pasadas las diez de la noche. Pasé por el garaje, me subí en el coche, y salí conduciendo a María de Molina con intención de doblar la esquina de la calle Serrano como hago todos los días. También como todos los días, pasé por delante de los restaurantes que hay en esa acera, Goiko Grill y Tierra

… y entonces, los vi. Eran unos siete u ocho repartidores de Glovo, Deliveroo y Uber Eats, con sus motos o bicicletas, todos esperando fuera de los restaurantes, bajo la lluvia. Cuando llegan para recoger el pedido, no les dejan entrar porque no tienen ninguna zona dentro del restaurante diseñada para que puedan esperar, así es que no les dejan entrar. Esos dos locales tampoco tienen ningún tipo de soportal o cornisa que les proteja de la lluvia, y la imagen me pareció penosa, como auténticos perros mojados esperando fuera bajo la lluvia. Una visión que cambió muchas de las percepciones que tenía sobre el tema. Por bien pertrechado que vayas, esperar así fuera de un restaurante y conducir una moto o una bicicleta bajo la lluvia tiene que ser cualquier cosa menos agradable, y me pareció prácticamente una afrenta a la dignidad. Si además lo haces sin ningún tipo de contrato, sin asegurar, sin derecho a vacaciones, a descansos regulados, a bajas por enfermedad o a beneficios sociales, la situación deja llamarse sharing economy, deja de tener la bonita imagen emprendedora y la pátina de los negocios disruptivos, y pasa a ser otra cosa: pura y dura explotación.

Se ha escrito mucho sobre las duras condiciones de trabajo de los repartidores de este tipo de compañías, pero no hay como verlo en una ocasión así, siete repartidores empapados esperando bajo la lluvia, para entenderlo. Puedes utilizar estos servicios para pedir comida o para otras cosas, pero si hablas con el repartidor cuando llega a tu casa y le preguntas cuántas horas lleva trabajando y cuánto va a ganar, te das cuenta de que estás ante la distopía de un trabajo que supone, en realidad, un retroceso inaceptable en lo que deberían ser las condiciones de trabajo de un ser humano, una auténtica afrenta a la dignidad.

A finales del año pasado, Glovo levantó una segunda ronda de financiación de $30 millones tras la primera de $5 millones. Deliveroo, por su parte, captó $385 millones para una valoración total que supera ya los $2,000 millones y, en un derroche de generosidad, repartió $13,5 millones en acciones entre todos sus empleados… excepto sus repartidores, porque no son empleados como tales. Para los repartidores, los que de verdad ejecutan el trabajo que constituye el valor añadido de la compañía… nada, cero, niente, zilch, rien de rien. El el caso de Uber Eats, el servicio de reparto de comida que más crece en los Estados Unidos por delante de competidores como Grubhub, Postmates, DoorDash o Caviar, las condiciones son prácticamente las mismas, aunque con una diferencia: al menos, la compañía ofrece a sus repartidores en Europa un seguro gratuito que los protege en caso de enfermedad o accidentes.

¿Qué tipo de economía estamos generando? ¿Tiene sentido crear compañías que aprovechan un agujero legal, la consideración del trabajo freelance, para construir imperios económicos basados en una distorsión, en personas que llevan a cabo un trabajo en muchas ocasiones a tiempo completo, pero sin ninguno de los beneficios que un trabajo a tiempo completo debería conllevar? Contratos laborales encubiertos, personas que dedican jornadas completas a trabajar para la misma compañía, pero en unas condiciones en las que cualquier accidente, cualquier enfermedad o cualquier problema los deja completamente desprotegidos, sin ingresos, sin beneficio alguno. Obviamente, lo que comenzaron siendo trabajos entendidos para que alguien los desempeñase en sus ratos libres, como fuente adicional de ingresos o con condiciones en las que la flexibilidad suponía un beneficio interesante, han rizado el rizo y se han sublimado para convertirse en una explotación que tiene lugar al margen de lo que la sociedad entendía ya superado en cuanto a protección de los trabajadores.

En el Reino Unido, Pimplico Plumbers, la compañía de fontanería independiente más grande del Reino Unido con ingresos de más de veinte millones de libras, fue llevada a juicio por Gary Smith, un fontanero que trabajó para ella supuestamente como contratado independiente entre agosto de 2005 y abril de 2011. El resultado del juicio, como corresponde al hecho de ser un fallo del estamento judicial más alto del Reino Unido, podría tener importantes consecuencias: tras varias rondas de apelaciones, el Tribunal Supremo ha dictaminado que la compañía debería haber tratado a Smith como trabajador con derecho a vacaciones, y ha estimado su decisión de demandar a la compañía bajo las leyes de protección a la discriminación, en una decisión que podría tener numerosas ramificaciones para otras compañías. Según el fallo del máximo tribunal británico, Smith no trabajaba por cuenta propia ni como contratado independiente de la compañía, sino que era un fontanero con un trabajo de fontanero como tal, con todos sus ingresos procedentes de la misma compañía, y con una jornada de trabajo estándar.

En algún momento, deberíamos detenernos y analizar la evolución de las cosas. Si alguien trabaja para una compañía, lleva a cabo algo que se parece a una jornada de trabajo normal y recibe unos ingresos razonablemente constantes procedentes regularmente de esa misma compañía, esa persona, por mucho que a la compañía no le venga bien interpretarlo así, es un trabajador, y debe recibir el tratamiento que corresponde a su condición de trabajador. Otra cosa podría ser cuando una persona trabaja un número de horas más bajo, no de manera regular, o simplemente utiliza ese tipo de trabajos para obtener algunos ingresos extras, pero incluso en esos casos, deberíamos asegurarnos que, al menos, goza de unas protecciones razonables para el desempeño de ese trabajo, al menos en cuanto a lo que corresponde a una cobertura razonable en caso de accidente o daños, que trabaja un número de horas razonable como para estar en condiciones de seguir haciéndolo. Soluciones basadas en blockchain, por ejemplo, son susceptibles de aportar a la gig economy el nivel de control adicional que obviamente necesita.

La flexibilidad es un valor muy interesante y, en muchos casos, una buena propuesta de valor en la economía. Pero construir esa flexibilidad en torno a la desprotección, a la explotación o a la consolidación de situaciones irregulares es algo que no debería permitirse en economías modernas. Algo que, además, se soluciona simplemente aplicando leyes que ya existen desde hace mucho tiempo y sancionando especialmente a aquellos que traten de retorcer esas leyes en su beneficio. El progreso debe ser progreso para todos los implicados, encaje o no encaje esto en la cuenta de resultados. Entre la llamada gig economy y la pura y dura explotación hay una linea, y no es tan fina como algunos quieren hacer ver.

 

Photo by Imaginechina/REX/Shutterstock (8881907b)

Las recientes imágenes de solares con miles de bicicletas abandonadas, apiladas y oxidándose a la intemperie, ciudades llenas de bicicletas tiradas por todas las esquinas, robadas o arrojadas a canales y vertederos han sido interpretadas por muchos como un signo del aparente fracaso de un modelo de negocio arrogante, de una planificación empresarial mal dimensionada, un ejemplo claro de los excesos del modelo de esa llamada sharing economy que ataca negocios consolidados, atenta contra las normas de negocios tradicionales, y que tantos adoran criticar.

La realidad, sin embargo, es tozuda, y parece mostrar que, por muy visualmente impresionantes que sean esas imágenes, la preocupación entre los participantes en el negocio del bike-sharing parece más bien escasa, y todo apunta a que este tipo de bicicletas están destinadas a jugar un papel importante en el futuro de la movilidad urbana. Por supuesto, ha habido fracasos y quiebras, pero también adquisiciones, expansiones y muchas, muchas rondas de inversión.

Uno de los gigantes de esta naciente industria, Mobike, anuncia su expansión a India, un gigantesco subcontinente con una escasa tradición en el uso de este tipo de vehículos pero en el que ya ha habido otros movimientos anteriores, y aclara un concepto de manera contundente: las agencias gubernamentales o municipales con las que ha hablado hasta el momento no se muestran especialmente preocupadas por el enorme diluvio de bicicletas y la cantidad de ellas que han tenido que retirar por estar abandonadas o incorrectamente aparcadas en la vía pública, lo ven como un hecho coyuntural, y las conversaciones se han centrado más bien en el potencial práctico de estos vehículos para aliviar la congestión y permitir desplazamientos cortos.

¿Hay problemas con el robo, el abandono o el vandalismo? Obviamente, este tipo de fenómenos existen, y conllevan la necesidad de hacer frente a las pérdidas que ocasionan a las compañías. Sin embargo, los inversores de estas compañías tampoco parecen especialmente preocupados por esta circunstancia, y todo indica que el pensamiento predominante es que se trata de un problema destinado a solucionarse con el tiempo, que existe un momento en que ese problema desaparece: los ladrones se cansan de llevarse bicicletas a sus casas, el mercado de bicicletas reconvertidas o repintadas se agota, y los vándalos dejan de ver gracioso destrozar una bicicleta o tirarla a un río. Asimismo, se espera que se desarrolle una cultura de uso más respetuoso, que lleve a dejar las bicicletas en lugares en los que no vulneren la normativa y de maneras que no molesten a terceros. Una cuestión de educación de los usuarios y de la población en general que se combate pasando de una visión de economía de la escasez a una de economía de la abundancia, persistiendo en la inversión el tiempo que sea necesario para ello.

¿Hablamos de negocios imposibles o de modelos en los que la rentabilidad no importa, de algún tipo de vulneración de las reglas del capitalismo? Obviamente no: los accionistas de estas compañías son como cualquier accionista de cualquier compañía, y esperan una rentabilidad asociada con su inversión. La diferencia está en que hablamos de planteamientos de negocio con una estimación de plazos completamente diferente: compañías dispuestas a invertir y financiar su crecimiento durante mucho tiempo, muchos más años de lo que considerábamos habitual, con la intención evidente de terminar generando flujos de caja positivos, pero varios años más tarde de lo que antes consideraríamos viable. Una visión a mucho más largo plazo, que tiene en cuenta escenarios que solo son posibles si la compañía alcanza una posición privilegiada de mercado y se convierte prácticamente en un estándar. No son compañías que practiquen el altruismo: esperan ganar dinero, pero no espera ganarlo mañana ni pasado mañana, y si esos ingresos no llegan hasta dentro de cinco de cinco años o más, simplemente se busca más inversión para sostener esa dinámica de crecimiento. Mientras existan inversores que compartan esa visión a largo plazo y no pierdan la paciencia, el modelo puede funcionar y seguir buscando generar esos cambios en el mercado que lo conviertan no solo en viable, sino también en exitoso y rentable. 

Cuidado con descartar demasiado pronto modelos en función de fotografías escandalosas o presuntas catástrofes: las sucesivas rondas de inversión, los planes de expansión y las actitudes de algunas de las compañías implicadas parecen implicar que los muertos que algunos matan gozan, en realidad, de buena salud.

 

Airbnb cada día más cerca del mercado regulado de Denken Über

Finalmente Airbnb parece entender que necesita a los ciudadanos y a los reguladores de su lado o su negocio va a enfrentar serios problemas, ya había hablado de como hasta Uber era más amigable que Airbnb con las autoridades y asi evitaron problemas en mercados clave… mientras Airbnb sigue con problemas en dos de sus mercado más importantes: San Francisco y New York

Sin embargo que Chris Lehane publique un editorial en NY Daily News sobre cambios que se quieren proponer para mejorar las relaciones con la comunidad es interesante porque muestra que Airbnb entendió finalmente necesita la bendición de los reguladores para operar si quiere seguir su camino a ser una alternativa real a los hoteles.

Entendamos que no podés manejar una empresa de hotelería (ok, un intermediario llamémoslo) y tratar de tener servicios para empresas, tratar de estar en la base de datos de Amadeus (que en si mismo es un gran paso) y estar prohibido en las grandes ciudades del mundo; con lo que hay dos puntos que son claves en la propuesta de Airbnb:

  • One host, one home es básicamente prohibir que tengas más de una propiedad en Airbnb a tu nombre porque asi “no se sacan hogares del mercado de alquileres”
  • Require registration quieren que se cree un registro de “anfitriones” autorizados para mejorar “la aplicación de regulaciones” y de paso cobrar los impuestos en nombre del estado

Si uno mira estas dos propuestas (de hecho la 2 es una suma de 2 y 5) va a ver que Airbnb está cada día más a favor de una regulación completa de la “economía colaborativa” que tanto promueven y convirtiéndose en un operador de servicios turísticos más…

¿Que es un sinceramiento de su actividad? claro que si pero siendo honesto, este tipo de propuestas se trabajan con los reguladores y no por medio de acciones de prensa antes de hacerlo oficial; Airbnb tiene una de las peores estrategias de negociación y les está costando entenderlo aunque ahora hayan mejorado.

La “economía colaborativa”, o lo que queda de ella, necesita en un punto entender que hay regulaciones y trabajar sobre ellas con los dos actores que están en su arco: comunidad y gobierno y mientras se imaginen que pueden esquivar golpes de ambos lados van a fracasar.

Lufthansa listing on Airbnb

Lufthansa comienza a anunciar sus vuelos dentro de la plataforma de Airbnb, en un movimiento destinado a generar mayor ocupación en unos vuelos que en toda la industria han experimentado un notable descenso. Las aerolíneas en general llean un cierto tiempo disfrutando de precios bajos en el elemento que genera su coste principal, el combustible, lo que ha llevado a muchas de ellas a incrementar su oferta en un momento en el que el temor a atentados terroristas y el clima de incertidumbre económica ha dado como resultado un descenso de la ocupación. Según algunos analistas, el precio de los vuelos nunca ha estado tan barato.

El movimiento de Lufthansa marca un cambio en la percepción de las plataformas de la llamada sharing economy o economía del compartir: de ser vista como un sitio donde los usuarios buscaban fundamentalmente precios bajos y oportunidades, a presentarse cada vez más como una alternativa de búsqueda de alternativas interesantes y, posiblemente, muy difíciles de encontrar en otras plataformas.

Para Lufthansa, que ha pasado simbólicamente por el trámite de describir el asiento de sus aviones en Airbnb como si fuera una habitación en la que pasar una noche, el movimiento es poco menos que anecdótico: al someterse a la misma estructura de comisiones que Airbnb aplica a toda la plataforma, el coste final de sus vuelos está sujeto a un sobreprecio que hará que en escasas ocasiones pueda ser competitivo, lo que posiblemente llevará a muchos usuarios a localizar el vuelo a través de Airbnb, pero terminar reservándolo en un canal con menores comisiones, pero sin duda marca un cambio de actitud frente a una plataforma que era vista por muchos como una forma de atacar el negocio de los hoteles.

Alternativas como Airbnb no solo están mostrando un fortísimo crecimiento que sobrepasa con mucho el de las cadenas hoteleras, sino que además, están atacando con cada vez más éxito el segmento que más codicia genera en las aerolíneas: el de los viajes de negocios. Cada vez se ve como más habitual que un directivo de una compañía se hospede en un apartamento céntrico y lujoso en una ciudad determinada, posiblemente próximo a sus oficinas o al lugar donde tiene fijadas sus reuniones, en lugar de hacerlo en un hotel convencional. En algunos de los programas de IE Business School que conllevan estancias en Madrid de una o dos semanas, resulta ya muy habitual ver cómo los alumnos, muy alejados en general del tradicional estereotipo del turismo de mochila, optan por apartamentos cercanos a la escuela, situada en el barrio de Salamanca, en pleno centro de Madrid, en lugar de reservar en los hoteles habituales.

Para cada vez más personas, entrar en Airbnb supone el acto de planificar un viaje con unas características determinadas, en el que el alojamiento posiblemente suponga una parte importante de la decisión. Tratar de plantear, unido a esa reserva, alternativas que completen el viaje con desplazamientos u otro tipo de servicios es algo que cabe dentro de lo razonable, y el hecho de que la venta termine realizándose o no a través de ese mismo canal resultaría, en el caso de la aerolínea, prácticamente anecdótico: el componente de visibilidad, de plantearse como alternativa en el momento y el canal adecuados, le otorga un valor casi más de posicionamiento publicitario que de canal de venta como tal.

Pero a pesar del fuerte crecimiento de la economía del compartir, los estudios muestran que aún está muy lejos del que podría ser su potencial: en el mercado de los Estados Unidos, menos del 11% de la población ha utilizado alguna vez una plataforma para compartir alojamiento, y tan solo un 15% ha probado sistemas para desplazarse en vehículos de terceros. El movimiento de Lufthansa parece indicar un mayor interés de las compañías tradicionales por acercarse a este segmento, lo que supondría en ultimo término un cierto nivel de validación de su operativa. Todo indica que en el futuro, ese componente de nicho que acompaña a la economía del compartir podría ir generalizándose a medida que la experiencia de más usuarios resulta conforme a sus expectativas – o incluso las excede – y lo comentan con sus amigos y familiares, pero sin duda, pequeños gestos de este tipo son también parte de un proceso de normalización del hábito de buscar alojamiento en una plataforma de este tipo.

 

Airbnb barbed wireEl Senado del Estado de Nueva York presentó el pasado viernes una ley que prohibe el alquiler de apartamentos en régimen de corta duración, y obligaría a los alquileres a tener una duración mínima de treinta días. La redacción, que está concebida directamente como una auténtica “ley anti-Airbnb“, se encamina ahora a la mesa del gobernador Andrew Cuomo, a quien corresponde la decisión de aprobarla o de vetarla, e impondría multas de mil dólares a los infractores, que se elevarían a $5,000 y a ¢7,500 en caso de reincidencia.

Nueva York es una de las ciudades más turísticas del mundo, la número 6 del ranking mundial con 12.27 millones de visitantes, y hasta hace poco, el mercado más importante del mundo para Airbnb (en febrero de 2015 fue superada por París). Una ley así, en una ciudad con una oferta hotelera habitualmente calificada como muy cara, complicaría sensiblemente los planes de viaje para muchos turistas, pero también generaría problemas a propietarios de apartamentos que pretenden rentabilizarlos mediante una plataforma que, cada día más, intenta trabajar con sus usuarios para mejorar la rentabilidad de sus propiedades.

Detrás de la iniciativa legislativa está la poderosa Hotel Trades Council, el sindicato mayoritario en los hoteles de la ciudad, que afirma que “Airbnb es una amenaza para los sueldos y los puestos de trabajo en los hoteles de Nueva York y de todo el país”. La representante que propone la ley, Linda Rosenthal, afirma que Airbnb es poco menos que una amenaza terrible para la vida en la ciudad:

“You should know who your neighbor is and what happens when people rent out their apartments on Airbnb is you get strangers. Every night there could be different person sleeping in the next apartment and it shatters that sense of community in the building. It also can be dangerous.”

(“Usted debería saber quién es su vecino, y lo que sucede cuando la gente alquila sus apartamentos en Airbnb es que esos vecinos pasan a ser completos extraños. Cada noche podría haber una persona completamente diferente durmiendo en el apartamento de al lado, y eso rompe el sentido de comunidad en el edificio y, además, puede ser peligroso.”)

Según las encuestas de la propia Airbnb, un número elevado de vecinos de Nueva York utilizan Airbnb como una manera de obtener ingresos extras a partir del alquiler de corta duración de sus propiedades o de algunas habitaciones en ellas, lo que les permite, en una ciudad con unos costes sensiblemente elevados, llegar a fin de mes. Los impulsores de la ley afirman que es una manera de luchar contra los propietarios de bloques enteros de apartamentos que son alquilados en Airbnb y operan como hoteles ilegales, y que en caso de impedirse, esos apartamentos podrían ser ofrecidos a neoyorquinos en busca de alquileres más largos, contribuyendo supuestamente así a abaratar el (demencial) coste del alquiler en la ciudad.

Los impuestos municipales recaudados por los hoteles de la ciudad han evolucionado a la baja, con descensos de un 4% entre octubre y marzo y de un 1.3% en los tres primeros meses de 2016, un descenso que algunos atribuyen, entre otros factores, a la actividad de Airbnb. La compañía intenta desde hace tiempo pagar impuestos por su actividad como una manera de legitimar su actividad, pero hasta el momento, únicamente algunas ciudades ( San Francisco, Portland, Ontario, Alabama y Brevard County) han llegado a acuerdos para hacerlos efectivos. Mientras la sharing economy intenta oficializarse y pagar debidamente sus impuestos, la economía de toda la vida se resiste, trata de legislar lo que los propietarios de un inmueble pueden o no pueden hacer con él, y pretenden que el negocio del alquiler turístico siga donde siempre ha estado, en los hoteles de toda la vida.

La ley se encuentra, en este momento, sometida al sistema de legislación abierta del Estado de Nueva York, en el que los residentes pueden votarla y dejar sus comentarios al respecto. Esto genera una interesante situación, al contraponer, por un lado, los intereses de la industria hotelera y sus sindicatos de trabajadores, unidos a los de algunos vecinos de determinadas zonas que protestan por la elevada rotación de los apartamentos alquilados mediante Airbnb, frente a los propietarios de inmuebles y la industria tecnológica en general. Las reacciones en la plataforma participativa constituyen únicamente uno de los factores que el gobernador tiene en cuenta a la hora de tomar su decisión, pero sin duda, un posicionamiento abiertamente en contra de Airbnb situaría a Nueva York como una de las ciudades con una legislación más estricta del mundo en este sentido. Sea cual sea la decisión, todo indica que va a haber en todo el mundo muchos ojos atentos…