IMAGE: Rebcenter Moscow - Pixabay (CC0 Creative Commons)Jaime Vicente Echagüe, de La Razón, me llamó para hablar sobre la adicción a las series de televisión, y a mí ya me pareció el exceso de los excesos: llamar adicción al hecho de que a alguien le guste ver muchos capítulos de series seguidos y que sienta una cierta sensación de vacío cuando la serie termina es, sencillamente, no tener ni maldita idea de lo que es una adicción, y banalizar el término hasta el límite. Ayer, Jaime citó mi opinión en su artículo titulado “La ciencia ya estudia la adicción a las series” (pdf).

La tontería de llamar adicción a lo que no lo es está llegando ya a límites completamente absurdos. Para la sociedad, parece que el hecho de calificar como adicción el que una persona vea muchas series, utilice su smartphone muy a menudo o lleve a cabo cualquier acción de manera repetitiva es algo que alivia la conciencia, una especie de “querríamos hacer algo, pero no podemos porque es un adicto”. No, no es así. Lo siento por aquellos que se sienten más a gusto utilizando el término, pero es sencillamente una soberana estupidez para la que no existen evidencias científicas de ningún tipo. Un niño que utiliza su smartphone a todas horas, que no lo suelta ni en la mesa, que no deja de utilizarlo ni un minuto cuando va de visita a casa de sus abuelos, y que reacciona violentamente cuando se lo intentamos arrebatar NO ES UN ADICTO, ES UN MALEDUCADO. Y la culpa, nos pongamos como nos pongamos, no es de la tecnología, es probablemente de sus padres, que no lo han sabido educar.

Pretender que los fabricantes de tecnología nos ayuden haciendo sus productos menos adictivos es algo tan soberanamente absurdo, que sobrepasa todos los límites del sentido común. Pedir a una marca que estropee sus productos, que los haga menos atractivos o que los llene de advertencias es una manera de intentar evadir la responsabilidad de educar: “yo los educaría, pero claro, es que la tecnología es tan adictiva y tan peligrosa, que no puedo hacer nada”. MENTIRA. Sí puedes hacer cosas: se llama educar, y si no sabes, tienes un problema, tanto tú, como tus hijos. La tecnología no es adictiva ni peligrosa: simplemente, hace cosas que nos gusta que haga, y como todo lo que nos gusta, si no nos enseñan a restringir su uso, la utilizamos todo el tiempo. Pero eso no es ser adicto, eso es, simplemente, que no te hayan enseñado a restringirte y a no hacer todo el rato lo que te gusta, o lo que te venga en gana. Aprender a vivir en sociedad implica ese tipo de cosas: no hacer siempre lo que te dé la gana. Si tus padres no te enseñan, es más difícil aprender. Pero no eres un adicto por ello: eres otra cosa.

Vamos a dejarnos de tonterías, por favor. Las adicciones son algo muy serio. Muy, muy serio. Son enfermedades, problemas que destruyen la vida de las personas, trastornos que modifican nuestro comportamiento de manera incontrolada e incontrolable, que requieren tratamiento. Cuando era poco más que un niño, viví la peor época de la adicción a las drogas en Galicia: algún compañero de colegio murió, algún otro sufrió muchísimo por ese tema. Lo pude ver directamente, los vi degradarse como personas, destruirse, destrozar sus vidas, recurrir a todo lo imaginable para satisfacer su necesidad. Pocos de los que se metían en eso salieron de aquel infierno. Comparar eso con el hecho de que un niño carente de educación no suelte su móvil ni a sol ni a sombra, o con que alguien se vea una temporada de una serie de un tirón es algo tan profundamente absurdo, irresponsable e insultante, que no merecería ningún tipo de consideración seria. Pero ahora resulta que, para demostrar la basura de sociedad que estamos construyendo, que los que piden a las marcas tecnológicas que rebajen el atractivo de sus productos son nada menos que asociaciones de inversores puritanos, que como son inversores, prácticamente obligan a algún tipo de respuesta absurda a las compañías, y que el país en el que vivo ha nombrado nada menos que a un delegado del Gobierno para la Estrategia Nacional de Adicciones que se dedica a hablar sin medida ni templanza de algo que define como “adicciones sin sustancia”, dándoles carta de realidad como si realmente existiesen. No, no existen, por mucho que a algunos parezca que les alivia pensarlo, que les guste tener algo a lo que echar la culpa de sus problemas. Pero no, no van a existir por el hecho de que las llamemos así: las cosas no se convierten en verdad por decirlas muchas veces. Las asociaciones de psicólogos de todo el mundo rechazan esa denominación, y el hecho de que un niño use mucho su smartphone no merece una cura de desintoxicación: merece, sencillamente, que lo eduquemos y nos dejemos de echar la culpa a supuestas “adicciones”.

No, no podemos dedicarnos a llamar “adicción” a cosas que se curarían simplemente con un poco de disciplina y educación. Cuanto antes paremos esta estupidez colectiva, mejor. Un poco de sentido común, por favor. 

 

Life killsVivimos tiempos exponenciales, y la mente humana es muy mala intentando proyectar o imaginar ese tipo de progresiones y sus consecuencias. Uno de los reflejos más claros de ese problema puede verse reflejado en la peligrosa corriente actual que imagina la tecnología como algo peligroso y nocivo, como un factor del que las personas tienen que protegerse sea como sea, para evitar sus potenciales efectos negativos.

La tecnología, algo cuyo desarrollo es inherente al género humano y que le permite definir en gran medida el entorno que le rodea, tratada de repente como si fuera algún tipo de sustancia nociva, como un alcaloide, como un problema, como algo a lo que debemos adherir rápidamente una etiqueta de advertencia, definir sus efectos secundarios, racionar su uso. Un grupo de accionistas de Apple escribe una carta abierta a la compañía, Think different about kids, en la que la conmina, desde la posición que otorgan dos mil millones de dólares en acciones, a rediseñar sus terminales para evitar los, según ellos, efectos perniciosos que provocan sobre los niños, y que van desde distracciones, hasta depresión o incluso un mayor riesgo de suicidio.

La compañía, como no puede ser de otra manera cuando las cosas surgen de esa manera, contesta proponiendo futuras mejoras en sus controles parentales, que permitan a los padres ejercer un nivel de granularidad superior sobre el uso que hacen sus hijos de sus smartphones. Otros, como Tristan Harris, comparan nuestros smartphones con máquinas tragaperras, afirman que ejercen sobre nosotros una atracción adictiva, y nos recomiendan poner su pantalla en modo escala de grises para, supuestamente, combatirlo, una solución cuyos efectos no parecen ser en absoluto concluyentes. Algunos llegan al punto de afirmar que herramientas como Facebook deberían regularse del mismo modo que se regula a la industria del tabaco. Otros estudios afirman que el tiempo de uso de internet se ha elevado desde las 3.3 horas semanales en el 2000, hasta las 17.6 actuales, y lo presentan como una evidencia de problemas que afectan a nuestra vida social y relaciones, o que los niños “adictos a sus smartphones” no son tan felices como los que practican deportes y se relacionan “en la vida real”. Vivimos, definitivamente, una época de resaca tecnológica, una de esas vueltas del péndulo que siguen habitualmente a las fases de adopción: un fenómeno que hemos vivido ya en otras ocasiones, pero del que no parece que nadie alcance a aprender nada.

Por favor, por favor, por favor… ¿podemos dejarnos de estupideces? Todo, absolutamente todo, es susceptible de provocar efectos negativos si se consume de manera excesiva. La frase es clara y de Shakespeare: “too much of a good thing”. El problema es que se aplica sin pensar, en base a estudios no concluyentes o no científicos, en función de percepciones individuales o de evidencias puramente anecdóticas. No, no es cierto que la tecnología actúe como una droga: a todos nos gusta recibir muchos “Likes” cuando publicamos algo, y sí, puede generarse algo similar a la dopamina en nuestro organismo, pero eso no es más adictivo que cuando te gusta llevar a cabo cualquier otra actividad, no tiene nada que ver con las alteraciones que provocan determinadas drogas, por mucho que el concepto pueda resonar razonablemente bien con nuestra experiencia. No, no hablamos de drogas, hablamos de factores que definen el entorno en que vivimos. Tratar factores que definen el entorno como si fueran drogas que precisan advertencias, pegatinas y precauciones es completamente absurdo, y supone una nueva exageración en la sobreprotección. Mi generación acabó harta de escuchar que veíamos demasiado la televisión y que eso nos convertiría en vete-tú-a-saber-qué… y aquí estamos. La tecnología no es el tabaco, y la adicción a la tecnología no ha sido aceptada, y con mucha razón, por ninguna asociación mínimamente seria de psicólogos. Dejemos de poner en la biología responsabilidades que nos corresponden a nosotros: si tu hijo se deprime, no será por culpa de que utilice mucho su smartphone: la culpa será mucho antes de unos padres que renunciaron a hablar con él, a educarlo o a interesarse por lo que hacía, y pensaron que era normal que el papel de los padres lo jugase un dispositivo o una tecnología.

El problema, nos pongamos como nos pongamos y seamos o no accionistas de Apple, no está en los dispositivos, ni en las redes sociales, ni en internet. Demonizar la tecnología es simplemente la última válvula de escape para quienes hacen las cosas mal. Por supuesto que el que un niño utilice su smartphone sin parar, sin hacer otra cosa y a todas horas, que no hable con sus padres durante la cena, que no llegue siquiera a mirar a la cara a sus abuelos cuando va de visita o que deje de salir a la calle o de hacer deporte para pasar más tiempo ante la pantalla es malo. ¿De verdad alguien necesitaba que se lo dijesen? ¿Cómo de imbécil hay que ser para no darse cuenta de ello? Pero el problema no está en el smartphone del niño, ni se soluciona poniéndolo en monocromo o creando más controles parentales: está en la educación. Los controles parentales solo sirven para que los padres abandonen su responsabilidad en favor de una casilla en un formulario. Repito lo que ya he comentado en muchísimas ocasiones: el smartphone tiene que ser administrado con sentido común, como cualquier otra cosa. Si nunca dejamos a nuestros hijos jugar a todas horas, comer dulces a todas horas o hacer muchísimas cosas sin control, ¿qué nos lleva a permitirles que utilicen el smartphone a todas horas sin ningún tipo de control? No, no son “nativos digitales”… si efectivamente saben más que sus padres sobre el uso de la tecnología, es simplemente porque sus padres no se han interesado lo suficiente en ella y han decidido comportarse como unos irresponsables, porque la tecnología como tal es extraordinariamente sencilla de utilizar.

Lo que los niños tienen que hacer no es pasar menos tiempo ante la pantalla, sino pasar más. Lo que ocurre es que el tiempo de pantalla no es unívoco, no todo el tiempo de pantalla es creado igual. No es lo mismo pasar tiempo ante la pantalla haciendo estupideces o jugando a juegos banales, que utilizarlo para cosas constructivas, para aprender o para desarrollar determinadas habilidades que pueden resultar clave en el futuro. Permitir que nuestros hijos utilicen redes sociales no es malo, pero no tener ni idea de lo que hacen en ellas, de con quién se relacionan o si de las usan como idiotas, sin control o en busca del “Like” a costa de lo que sea es una receta segura para terminar teniendo problemas de todo tipo. Por favor, ¿podemos actuar como adultos responsables, y no como imbéciles que necesitan etiquetas pegadas en todas partes previniéndolos de cuestiones obvias? El mayor peligro para los niños no es pasar mucho tiempo con un smartphone o en internet. El mayor peligro es no tener acceso a un smartphone o a internet, y no poder prepararse adecuadamente desde pequeños para el entorno en el que van a vivir.

Aún recuerdo la sensación que me produjo la primera vez que, en mi primer año de vida en los Estados Unidos, alguien vino a mi casa con una planta, una Flor de Pascua de brillantes hojas rojas, y en la maceta venía adherida una etiqueta de advertencia que decía “not for human consumption”. ¿De verdad alguien podía pensar que de alguna manera esa planta podía ser un alimento? ¿De verdad alguien había sido tan imbécil como para comérsela, había sufrido algún tipo de efecto secundario y había denunciado a la compañía que la vendía? ¿De verdad éramos tan idiotas como sociedad como para que esa etiqueta fuese necesaria? Estamos haciendo exactamente lo mismo: poner a Facebook, o a un smartphone, o a todo internet una etiqueta de precaución es, simplemente, evidenciar un fracaso como sociedad: somos demasiado idiotas como para entender lo obvio, como para controlar factores de nuestro entorno completamente ubicuos, omnipresentes y con muchas más ventajas potenciales que inconvenientes.

Pedir a Apple que, supuestamente por responsabilidad social corporativa, nos diga que sus smartphones son peligrosos y diseñe formas de que los niños los usen menos es una barbaridad. No, los smartphones no son peligrosos. Los que son peligrosos son los padres que carecen de sentido común, y sobre todo, los que pretenden que sean las empresas tecnológicas los que solucionen sus carencias, su ineptitud y su ausencia de responsabilidad a la hora de educar a sus hijos.

Vivir mata. Dentro de poco, alguien en su lecho de muerte denunciará a su gobierno, o a quien se le ponga en las narices, por no haber sido convenientemente advertido, y nos pegarán una etiqueta como esa en la frente para que lo tengamos presente. Y lo peor, alguien lo verá como un gran avance social y pensará que así estamos mejor. ¿Podemos, por favor, madurar como sociedad?

 

IMAGE: Bicubic - 123RFUn artículo largo de fin de semana en The Guardian, ‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia, habla de las preocupaciones acerca de un presente en el que nuestra capacidad de atención se encuentra completamente destruída por culpa de unos dispositivos conscientemente diseñados para atraerla de manera constante, de fenómenos que algunos insisten en describir como “adicciones” a pesar de que ni una sola asociación de psicólogos o psiquiatras en ningún lugar del mundo lo admiten, y de ex-trabajadores de compañías tecnológicas convertidos en fervientes luditas que preconizan que nos alejemos de nuestros dispositivos como si de la peste se tratase.

La adicción a internet o al smartphone no existe. Por mucho que nos hartemos de ver personas con la cabeza hundida en su pantalla a todas horas, con aspecto de zombies cuando supuestamente quedan para verse mientras cada uno revisa sus notificaciones sin hablarse, o caminando por la calle – o conduciendo – con riesgo de matarse por intentar mirar esa pantalla “solo un segundo más”, la adicción a internet o al smartphone no es un fenómeno real. Usamos mucho nuestros smartphones porque nos son útiles y nos gustan, punto. Eso no es una adicción: es la constatación de que algo es práctico y agradable.

El uso del smartphone no va a disminuir, sino a aumentar. Seamos racionales: como consecuencia del desarrollo de fenómenos como el “there’s an app for that” o el internet de las cosas, hemos pasado de usar un terminal para hablar por teléfono, a usarlo para todo, desde encender y apagar las luces de casa, hasta poner y quitar la alarma, abrir la puerta, consultar un mapa, hacer una foto o poner música. Las funciones sociales no solo nos entretienen, sino que nos entregan regularmente pinchazos de dopamina cada vez que alguien nos hace un follow o un like, y nos llevan a modificar nuestros hábitos de maneras que algunos encuentran irresistibles mientras otros se rascan la cabeza y consideran enfermizas. Y aún así, el uso de nuestros smartphones no va a reducirse: va a seguir aumentando.

¿Es todo bueno, de color de rosa y no hay ningún problema? Por supuesto que no. La transición a un modelo de hiperabundancia constante de información nos ha hecho distraídos, nos cuentas centrarnos para leer un artículo largo, no verificamos nada o incluso algunos comparten artículos que no han leído, simplemente en función de lo que dice un titular diseñado para atraer su atención a toda costa. Ese tipo de fenómenos nos ha pillado poco preparados, la ecuación que nos proporcionaron – y la que seguimos proporcionando – no nos enseñó cómo tratar con un entorno así, y somos tan malos haciéndolo, que algunos han conseguido incluso aprovecharlo para fines verdaderamente inauditos, como meter a un idiota en la Casa Blanca. Gestionar nuestros hábitos y nuestra capacidad de concentración en la edad moderna no es sencillo, y requiere de aprendizaje, de adiestramiento y de técnicas específicas. En un entorno nuevo, hay comportamientos que se generan de manera automática, y otros que deben ser probados y enseñados, convertidos en materias lectivas.

La generación que estamos viendo en este momento no está llena de enfermos ni de adictos: simplemente es la primera que se ha desarrollado en un entorno para el que no estaban completamente preparados, y para el que los sistemas educativos no supieron adaptarse. Y la solución a ese problema no es restringir el uso de los dispositivos, sino paradójicamente, utilizarlos más. Convertirlos en algo completamente normal, en lo que usamos para estudiar, para trabajar, para encontrar lo que necesitamos en cada momento, para entretenernos y para un montón de cosas más. Pero que también nos permiten priorizar otras cosas cuando llega el momento. Para eso, hace falta cierto entrenamiento. Lo he comentado en infinidad de ocasiones: los protocolos sociales y de uso se desarrollan después de la fase de adopción masiva, no antes ni durante, y como parte de un consenso social que se ejerce a través de múltiples herramientas: leyes (ahora no podemos manejar el smartphone cuando conducimos, por ejemplo), costumbres, enseñanza, etc. Aprenderemos a gestionar nuestra atención en un entorno de hiperabundancia no cuando nos intenten restringir su disponibilidad, sino cuando nos adiestren, como parte de nuestra educación, para extraerle partido y manejarlo ventajosamente.

¿Podemos abandonar la dinámica de histeria colectiva y centrarnos en aprender a utilizar una herramienta que va a formar parte del panorama durante muchas generaciones? Por mucho que nos empeñemos, los smartphones no van a desaparecer, no van a poder ser prohibidos con éxito en casi ningún entorno salvo en aquellos donde la atención única sea indispensable, y hacerlo, además, agravaría el problema. Los niños, por supuesto, tendrán que entender cómo esas dosis de dopamina afectan su forma de comportarse y como el obtenerlas no justifica todo: tendrán que aprender a poner sus pasiones bajo control, como antes los niños aprendían a que no se podía jugar todo el tiempo. Si no los educamos, si hacemos dejación de nuestras funciones, lógicamente, irán pasando de subir una foto y ver que obtiene cincuenta likes, a subir otra en la que muestran más piel o hacen algo más estúpido y obtiene quinientos, y por supuesto, esa dinámica les enganchará, no querrán parar, y tildarán a sus padres de “no entender nada”. No, no son adictos. No podemos usar la excusa de la adicción para echarle la culpa de todos los males: simplemente, no los hemos educado bien y nos les hemos explicado bien las cosas, tan sencillo como eso. Por tentador que sea echarle la culpa a una supuesta adicción o a la tecnología, seamos serios y pongamos las cosas en su sitio.

No restrinjamos cosas que resulta absurdo intentar restringir y que van en contra de los tiempos. Simplemente, introduzcámoslas como parte normal de nuestra vida, utilicémoslas sin complejos cuando nos sean útiles, y aprendamos a ponerlas a un lado cuando nos impidan disfrutar de otras cosas. Es así de sencillo, y obviamente, así de complicado. Pero sea de la manera que sea, no nos queda otra que analizarlo, entenderlo, y ponernos en ello.

 

IMAGE: Khoon Lay Gan - 123RF

La “adicción a internet” es el nuevo miedo sin pruebas, el coco que se come a nuestros niños, la historia que a los medios tradicionales les gusta contar y amplificar. No existe ningún tipo de prueba de ninguna patología ni ha sido jamás tipificada como tal: hablamos simplemente de un conjunto de mala educación, de falta de control en la asignación de prioridades de padres y educadores, y de un dispositivo, el smartphone, tan multifuncional y tan intensamente versátil, que recoge infinidad de usos que antes llevábamos a cabo utilizando muchos otros.

¿Existen personas “adictas a internet”? No. Lo escuches las veces que lo escuches, la “adicción a internet” no existe, y no porque lo diga yo, sino porque lo dice la American Psychiatric Association, que se ha negado desde hace años a incluir esa absurda invención a pesar de las presiones de muchos que pretendían ganar dinero “curando” ese supuesto “desorden”. Lo sabe el Royal College of Psychiatrists, que nunca lo ha incluido en su International Classification of Diseases, y lo saben los expertos en patologías de adicciones a todos los niveles. No, la “adicción a internet” no existe, y siempre que escuches el término en las noticias o en boca de alguien, puedes descartar todo lo que venga después.

¿Existen personas que lo usan internet demasiado? Demasiado, ¿comparado con qué? Posiblemente haya casos de exceso de uso, como antes había personas que veían demasiado la televisión o que se pasaban el día dedicándose a una sola actividad. En el caso del smartphone, una persona “que lo consulta cada poco tiempo”, síntoma que parece asustar tanto a algunos, puede estar jugando, comunicándose, monitorizando el precio de una acción, viendo la predicción del tiempo, mirando un mapa, escribiendo, haciendo o retocando una fotografía, leyendo un periódico o un libro, escuchando música, aprendiendo con un chatbot sobre política francesa, viendo fotos de sus amigos, mirando la hora, adquiriendo una entrada de cine, pagando el aparcamiento, haciendo una reserva en un restaurante, consultando su billete de tren o avión, traduciendo un texto, pidiendo un taxi, y se me quedarían en el tintero varios miles de usos posibles más. ¿A qué dicen que es “adicto” esa persona exactamente? ¿A la vida?

Internet, en realidad, es un medio, no una actividad como tal, aunque a mucha gente que nació antes de internet le parezca que “todo es lo mismo”. Si pasas mucho tiempo apostando en internet, es posible que pierdas mucho dinero y que te provoques daño a ti mismo y a las personas que te rodean, pero lo que tendrás, como cualquier psiquiatra podrá certificar, es una adicción al juego, no una “adicción a internet”. Si pasas las horas comprando en internet, es posible que tengas una adicción a las compras, pero en modo alguno una “adicción a internet”. Hablar de “adicción a internet” es tan absurdo como hablar de “adicción a la calle”: internet es un vehículo, no un desorden de ningún tipo. Podemos hablar de adicciones a sustancias, de adicciones conductuales, e incluso de que algunos comportamientos susceptibles de generar adicción se desarrollen a través de internet como antes se podían desarrollar a través de otros medios. Pero no de “adicción a internet” como tal.

¿Qué problema tiene sacar el smartphone del bolsillo más de un número determinado de veces al día? ¿De verdad resulta de alguna manera “raro” que me encuentre incómodo cuando no tengo acceso a internet, cuando internet es una de las formas más adecuadas y convenientes de relacionarse con el mundo? ¿Por qué estúpida razón viene un medio de comunicación a definirme como “adicto” por ello? ¿Qué pavorosa cantidad de sinvergüenzas pretenden ganar dinero asustando a personas inventándose una supuesta enfermedad, para seguidamente ofrecer “curas” y terapias milagrosas para la misma? ¿Qué interés tiene una cadena de televisión en definir el uso del smartphone como una adicción, aparte de que empleemos más tiempo viendo sus contenidos y no otros?

¿Hay adictos? Por supuesto, los ha habido siempre. A todo. Pero afortunadamente, suponen un porcentaje generalmente muy pequeño de la población. ¿Hay ludópatas? Sí, los ha habido siempre, y posiblemente, el hecho de que ahora se pueda desarrollar esa actividad a través de la red, que elimina muchos de los frenos sociales y de la fricción que antes existía para ello, pueda llevar a un incremento en el número de casos. ¿Hay otakus que se obsesionen con un juego y abandonen otros hábitos sociales? Sí, pero no es un problema de la red como tal, mucho menos una “adicción a internet”, e incluso el término ha perdido la práctica totalidad del componente peyorativo que pudo tener.

Como padres, tendremos que preocuparnos, como lo hemos hecho siempre, de enseñar a nuestros hijos que existe una cosa para cada momento y un momento para cada cosa. Que hay que gestionar bien nuestros prioridades y valores. Que no pueden jugar todo el día, que no pueden pasarse todo el día pendientes de lo que hacen sus amigos, o que no pueden dejar de hacer ciertas obligaciones porque están haciendo otras actividades que les resultan más placenteras. Habrá que enseñarles educación, como se ha hecho toda la vida: de pequeños, por mucho que quisiéramos o nos gustase, no nos dejaban jugar todo el día, ni pasarnos toda la visita a casa de nuestros abuelos mirando por la ventana y sin dirigirles la palabra. Educación. Algunos han pensado que ya viene programada, que se puede hacer dejación de responsabilidad porque “eso de educar” es muy pesado. Es más cómodo, si el niño da el coñazo, darle el smartphone con un juego y “apagarlo”. Y después vienen y se quejan de que sus hijos son “adictos”: no, lo que son es unos maleducados. Esos padres hablan de “adicción a internet” porque eso les descarga muy convenientemente de una parte importante de la responsabilidad de no educar a sus hijos: “yo les educaría, pero no puedo, porque son adictos”. Ya, claro.

¿Adicción a internet? No existe. Es una total, absoluta y completa estupidez. Una idea simplista y reduccionista. Déjate de adicciones y de fantasmas, aprende a sacar partido de la tecnología, y enseña a tus hijos a que lo hagan también.