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China continúa avanzando, sin el más mínimo complejo, en el desarrollo de la mayor herramienta tecnológica de control social jamás desarrollada por el hombre. Desde la llegada al poder de Xi Jinping en marzo de 2013, el gobernante ha mostrado una fortísima obsesión por el control: ha reforzado los conceptos de unidad interna y disciplina en todo el partido, ha puesto en marcha una enorme campaña contra la corrupción, y sobre todo, ha reforzado la vigilancia de la sociedad civil y el discurso ideológico hasta el límite, lo que incluye la censura en internet como herramienta fundamental.

Bajo Xi Jinping, la censura en China no es ya una cuestión coyuntural o un elemento para controlar la velocidad del cambio: se ha convertido en un rasgo fundamental que caracteriza al país, en un elemento de identidad, en un derecho supuestamente inalienable de mantener su soberanía nacional sobre la red. Xi Jinping afirma el derecho de China a ser diferente, a escoger independientemente su propio camino hacia el desarrollo, su modelo de regulación y su participación en la gobernanza del ciberespacio internacional en igualdad de condiciones. La democracia y la libertad de información no son, para China, una obligación o un objetivo hacia el que hay que evolucionar necesariamente: la libre circulación de los contenidos en la red supone una amenaza a su forma de vida, al régimen que gobierna el país, y a la estabilidad en general. 

Tras el XIX Congreso del Partido Comunista chino, la voluntad de reforzar el control social en el país utilizando todos los medios, más allá de internet, ha quedado claramente reafirmada y sancionada como elemento fundamental en su estrategia y planes de futuro. La inversión en tecnología ha llevado a la construcción de la mayor base de datos biométricos del mundo, que ahora, además de desplegarse en las más de 176 millones de cámaras que controlan el territorio – que pretenden llegar hasta los 626 millones en los próximos tres años y que cubren ya, por ejemplo, el 100% del área urbana de Beijing – se extiende incluso a las gafas que llevan sus policías, capaces de simplemente enfocar a una persona y obtener sus datos. La vigilancia se extiende también a la red telefónica, con la mayor base de datos de huellas de voz para identificar a sus ciudadanos en una simple conversación, y a cualquier otro ámbito mediante otra base de datos de registros de ADN.

A esas iniciativas gubernamentales se unen, además, otras iniciativas privadas que colaboran con el estado: todos los ciudadanos reciben una puntuación en función de factores que van desde su consideración crediticia hasta sus actitudes con respecto al gobierno, puntuación que, además, es objeto de esquemas de gamificación: la puntuación de una persona puede verse afectada no solo por sus acciones, sino también por las de aquellos que le rodean, familiares o amigos, lo que de hecho convierte cualquier actitud crítica o disidente en un problema no solo para la persona sino también para su círculo de influencia, llevando rápidamente al aislamiento social de quienes la manifiesten. Además, el uso de herramientas tecnológicas para desplazarse, pagar, relacionarse o llevar a cabo todo tipo de acciones se ha convertido en tan ubicuo, que nadie puede plantearse no utilizarlos, por una cuestión de conveniencia y comodidad, de no convertirse en “un raro” o, directamente, en un sospechoso.

La privacidad, en China, no es un derecho, sino una amenaza. Los ciudadanos viven bajo una vigilancia permanente destinada a mantener la estabilidad. Por mucho que algunas de esas iniciativas privadas generen tímidas reacciones en contra  (las gubernamentales ni se plantean), el país tiene claro que su sistema no es un error o un problema, sino una característica que está dispuesto a defender como parte de su idiosincrasia, como un elemento fundamental en su estrategia. Las generaciones más jóvenes, a la vista del éxito económico que el país está obteniendo y tras haber nacido y crecido en un entorno de rígido control de la información crítica, ya no dudan, y se han convertido en entusiastas defensores de su gobierno, que patrullan las redes e intentan aislar y convencer a los que manifiestan actitudes mínimamente críticas.

Es, sencillamente, un planteamiento diferente de sociedad, en el que cuestiones que en Occidente consideramos derechos fundamentales desaparecen en aras de un beneficio supuestamente mayor, en donde el control social se convierte en la auténtica herramienta política. Pero un planteamiento, además, enormemente exitoso y eficiente, que el país pretende además extender en el futuro al resto del mundo. Durante mucho tiempo, la mayor parte de los países del mundo han evolucionado para considerar la democracia como un valor fundamental en sus sociedades y en su forma de gobierno, como un requisito indispensable: el éxito y la ambición de China y su defensa de estrategias de control social como una vía alternativa suponen, ahora, el replanteamiento más importante de esa idea de cara al futuro.

 

IMAGE: Oleg Kozhan - 123RFEl próximo 25 de mayo entrará en vigor la General Data Protection Regulation (GDPR), la normativa mediante la cual las autoridades europeas pretenden armonizar, unificar y reforzar la protección de los datos de los ciudadanos de los estados miembros. Para muchos, una normativa con el potencial de cambiar la web tal y como la conocemos, dado que sus efectos no se limitan en absoluto a Europa, sino que afectan a toda compañía que pretenda comercializar productos o servicios a ciudadanos europeos o cuya actividad conlleve el procesamiento de sus datos. La normativa es completamente incompatible con la inmensa mayoría de las prácticas que hoy llevan a cabo la mayoría de las compañías implicadas en la publicidad online, y eso, dados los constantes abusos cometidos por esa industria que han logrado convertir la web en un inmenso estercolero de malas prácticas y desprecio por los usuarios, es sin ninguna duda una maravillosa noticia

Lo mejor de GDPR es que, al menos en su redacción, pretende equilibrar el actualmente desequilibrado balance entre los derechos de los usuarios y las acciones de las compañías que pretenden explotar sus datos. La definición de dato personal se hace más amplia y pasa a abarcar desde datos genéticos hasta mentales, culturales, económicos, de identidad social o de patrones de conducta. La obtención del consentimiento para recopilar esos datos deberá ser clara, unívoca y granular, con el derecho a ser eliminado de esos archivos en cualquier momento, con consentimiento parental explícito para menores de 16 años, y con la posibilidad de solicitar en cualquier momento una copia de esos datos en un formato adecuadamente exportable. Las compañías tendrán que, a partir de un volumen determinado de datos pero considerado como de buena práctica en todos los casos, nombrar a un responsable o Data Protection Officer (DPO), y responder a cualquier violación o acceso irregular a sus bases de datos dando aviso a sus clientes en menos de 72 horas, y las sanciones aplicables podrán llegar hasta los veinte millones de euros o el 4% del total de ingresos globales, escogiéndose siempre lo que suponga una cantidad más elevada.

@Rosmadoiro status update #591925818319855616 - TwitterPara los usuarios, en principio, GDPR es una buena noticia: su desarrollo proviene de una demanda social real, de una preocupación genuina, de una situación que las malas prácticas de toda una industria habían convertido en insostenible. Fenómenos como el ad blocking, a todos los efectos el mayor boicot de la historia de la humanidad que amenaza con llegar ya a ser utilizado por alrededor de un tercio de todos los usuarios del mundo, son una buena prueba de ello. Sin embargo, no debemos olvidar que los efectos de las leyes, en todos los casos, no se deben a la redacción de la ley como tal, sino a los detalles de su aplicación. Leyes que en principio podían tener sentido, como el control del uso de las cookies, se convirtieron en manos de las autoridades europeas en una soberana estupidez, completamente inútil, que únicamente sirvió para molestar tanto a los propietarios de páginas como a sus usuarios, sin ningún tipo de efecto tangible más allá de un absurdo e intrascendente mensaje.

¿De qué va a depender que la promesa de una web mejor y con derechos más equilibrados se materialice o se convierta, una vez más, en una molestia inútil que no sirve para nada? Básicamente, en los detalles de su aplicación. El compromiso no es sencillo: si los usuarios tenemos, página por página, que rellenar un complejo formulario con multitud de opciones en el que nos preguntan, paso por paso, todas nuestras preferencias de privacidad, todo lo que permitimos o no permitimos hacer a la página con nuestros datos, el trámite puede llegar a ser un infierno en términos de usabilidad.

Por otro lado, la privacidad es una variable multidimensional y compleja, que depende enormemente del contexto: circunstancias que consideramos inaceptables para algunos servicios pueden ser perfectamente aceptables y redundar en un claro beneficio para el usuario en otros, de manera que el uso de una plantilla común tampoco funciona. ¿Cómo vamos a ejercitar nuestros derechos en un entorno no solo infinito – ¿cuántas páginas visitas a lo largo de un día, de manera habitual o eventual? ¿Qué ocurre si tienes que rellenar tus preferencias de privacidad en todas ellas? – sino además completamente heterogéneo?

El reto de una regulación que de verdad sirva a los usuarios es sumamente complejo, una cuadratura del círculo difícil de llevar a cabo. Eso, lógicamente, no quiere decir que no deba intentarse. Pero como en tantas otras cosas, el diablo va a estar en los detalles, y va a haber que estar muy atento a todo, a cada compañía, a cada caso, a cada abuso: la ley no solo debe cumplirse, sea lo importante que sea el lobby que esté detrás de quien pretenda no hacerlo, sino que debe contribuir a generar una situación mejor que la original, y si no es así, seguir revisándose hasta que así sea. En muchos sentidos, la GDPR va a separar los modelos de negocio que tienen sentido de los que no lo tienen: recopilar datos y procesarlos no va a ser ilegal, lo que será ilegal será utilizarlos mal, para propósitos que los usuarios no aceptamos, sin la adecuada transparencia o de formas que generen situaciones insostenibles o desequilibradas, como ocurría en muchos casos hasta ahora. Que la GDPR sea una bendición o termina convertida en una estupidez inútil y molesta como ocurrió con las cookies va a depender de todos. Algunas agencias, soportes y anunciantes, los mismos que contribuyeron a destruir la web “normalizando” la situación actual de persecución y explotación abusiva de nuestros datos, ya están diciendo que una ley como esta va a destruir toda una industria: si es así, por favor, que la destruyan cuanto antes.

 

IMAGE: Oleg Kozhan - 123RFEl próximo 25 de mayo entrará en vigor la General Data Protection Regulation (GDPR), la normativa mediante la cual las autoridades europeas pretenden armonizar, unificar y reforzar la protección de los datos de los ciudadanos de los estados miembros. Para muchos, una normativa con el potencial de cambiar la web tal y como la conocemos, dado que sus efectos no se limitan en absoluto a Europa, sino que afectan a toda compañía que pretenda comercializar productos o servicios a ciudadanos europeos o cuya actividad conlleve el procesamiento de sus datos. La normativa es completamente incompatible con la inmensa mayoría de las prácticas que hoy llevan a cabo la mayoría de las compañías implicadas en la publicidad online, y eso, dados los constantes abusos cometidos por esa industria que han logrado convertir la web en un inmenso estercolero de malas prácticas y desprecio por los usuarios, es sin ninguna duda una maravillosa noticia

Lo mejor de GDPR es que, al menos en su redacción, pretende equilibrar el actualmente desequilibrado balance entre los derechos de los usuarios y las acciones de las compañías que pretenden explotar sus datos. La definición de dato personal se hace más amplia y pasa a abarcar desde datos genéticos hasta mentales, culturales, económicos, de identidad social o de patrones de conducta. La obtención del consentimiento para recopilar esos datos deberá ser clara, unívoca y granular, con el derecho a ser eliminado de esos archivos en cualquier momento, con consentimiento parental explícito para menores de 16 años, y con la posibilidad de solicitar en cualquier momento una copia de esos datos en un formato adecuadamente exportable. Las compañías tendrán que, a partir de un volumen determinado de datos pero considerado como de buena práctica en todos los casos, nombrar a un responsable o Data Protection Officer (DPO), y responder a cualquier violación o acceso irregular a sus bases de datos dando aviso a sus clientes en menos de 72 horas, y las sanciones aplicables podrán llegar hasta los veinte millones de euros o el 4% del total de ingresos globales, escogiéndose siempre lo que suponga una cantidad más elevada.

@Rosmadoiro status update #591925818319855616 - TwitterPara los usuarios, en principio, GDPR es una buena noticia: su desarrollo proviene de una demanda social real, de una preocupación genuina, de una situación que las malas prácticas de toda una industria habían convertido en insostenible. Fenómenos como el ad blocking, a todos los efectos el mayor boicot de la historia de la humanidad que amenaza con llegar ya a ser utilizado por alrededor de un tercio de todos los usuarios del mundo, son una buena prueba de ello. Sin embargo, no debemos olvidar que los efectos de las leyes, en todos los casos, no se deben a la redacción de la ley como tal, sino a los detalles de su aplicación. Leyes que en principio podían tener sentido, como el control del uso de las cookies, se convirtieron en manos de las autoridades europeas en una soberana estupidez, completamente inútil, que únicamente sirvió para molestar tanto a los propietarios de páginas como a sus usuarios, sin ningún tipo de efecto tangible más allá de un absurdo e intrascendente mensaje.

¿De qué va a depender que la promesa de una web mejor y con derechos más equilibrados se materialice o se convierta, una vez más, en una molestia inútil que no sirve para nada? Básicamente, en los detalles de su aplicación. El compromiso no es sencillo: si los usuarios tenemos, página por página, que rellenar un complejo formulario con multitud de opciones en el que nos preguntan, paso por paso, todas nuestras preferencias de privacidad, todo lo que permitimos o no permitimos hacer a la página con nuestros datos, el trámite puede llegar a ser un infierno en términos de usabilidad.

Por otro lado, la privacidad es una variable multidimensional y compleja, que depende enormemente del contexto: circunstancias que consideramos inaceptables para algunos servicios pueden ser perfectamente aceptables y redundar en un claro beneficio para el usuario en otros, de manera que el uso de una plantilla común tampoco funciona. ¿Cómo vamos a ejercitar nuestros derechos en un entorno no solo infinito – ¿cuántas páginas visitas a lo largo de un día, de manera habitual o eventual? ¿Qué ocurre si tienes que rellenar tus preferencias de privacidad en todas ellas? – sino además completamente heterogéneo?

El reto de una regulación que de verdad sirva a los usuarios es sumamente complejo, una cuadratura del círculo difícil de llevar a cabo. Eso, lógicamente, no quiere decir que no deba intentarse. Pero como en tantas otras cosas, el diablo va a estar en los detalles, y va a haber que estar muy atento a todo, a cada compañía, a cada caso, a cada abuso: la ley no solo debe cumplirse, sea lo importante que sea el lobby que esté detrás de quien pretenda no hacerlo, sino que debe contribuir a generar una situación mejor que la original, y si no es así, seguir revisándose hasta que así sea. En muchos sentidos, la GDPR va a separar los modelos de negocio que tienen sentido de los que no lo tienen: recopilar datos y procesarlos no va a ser ilegal, lo que será ilegal será utilizarlos mal, para propósitos que los usuarios no aceptamos, sin la adecuada transparencia o de formas que generen situaciones insostenibles o desequilibradas, como ocurría en muchos casos hasta ahora. Que la GDPR sea una bendición o termina convertida en una estupidez inútil y molesta como ocurrió con las cookies va a depender de todos. Algunas agencias, soportes y anunciantes, los mismos que contribuyeron a destruir la web “normalizando” la situación actual de persecución y explotación abusiva de nuestros datos, ya están diciendo que una ley como esta va a destruir toda una industria: si es así, por favor, que la destruyan cuanto antes.

 

IMAGE: Nito500 - 123RFUna nota de prensa publicada ayer encendía todas las alarmas en la industria de la salud norteamericana: tres grandes empresas, Amazon, JPMorgan Chase y Berkshire Hathaway, con un total de más de un millón de empleados, planteaban una iniciativa conjunta para mejorar el cuidado de la salud de sus empleados y familiares, incrementar su satisfacción y tranquilidad en este sentido, y reducir los costes implicados.

La noticia, que explica algunos movimientos anteriores de Amazon en este sentido, se plantea como la disrupción del cuidado de la salud, y provocaba una caída en bolsa inmediata de todas las compañías relacionadas con el ámbito de los seguros de salud: el principal cambio planteado por la iniciativa es el de intentar obtener costes más razonables actuando como una empresa sin ánimo de lucro, cuyo fin no es ganar dinero sino plantear un servicio mejor, que elimine la ansiedad y los problemas que genera la situación actual a los trabajadores. En este cambio se encuentra la principal diferencia: pasar de una situación en la que todo se supedita a mantener el margen operativo de las compañías, a una en la que la principal motivación es preservar la salud del trabajador y su capacidad para generar valor a la compañía. ¿Qué consecuencias podría tener algo así de cara a la privacidad o a la sostenibilidad de la relación entre un trabajador y una compañía dispuesta a intentar proporcionarle no solo servicios que cuiden de su salud, sino también de su tranquilidad? ¿Tiene sentido que sea la compañía para la que trabajas la que se preocupe del cuidado de tu salud y la de tu familia? ¿Aceptaríamos compartir nuestra información médica, habitualmente sometida a los máximos niveles de privacidad, con nuestra compañía si eso pudiese redundar en un cuidado de la salud más eficiente y mejor planteado?

Los costes relacionados con el cuidado de la salud son una de las principales preocupaciones de los trabajadores en los Estados Unidos. Una industria que genera un gasto equivalente al 17.9% del PIB, que eleva su gasto de manera continua (4.3% en 2016 hasta alcanzar los $3.3 billones, o $10,348 por persona), y que provoca una enorme ansiedad: ante cualquier enfermedad mínimamente grave que pueda requerir una hospitalización, un procedimiento quirúrgico o una medicación determinada, los norteamericanos entran en modo pánico, se dirigen a unas aseguradoras convertidas prácticamente en imprescindibles para todo aquel que puede plantearse pagarlas, y tratan de entender qué porcentaje del tratamiento va a ser cubierta por la compañía y hasta qué punto pueden hacer frente a lo que no está incluido. El intento de Donald Trump de eliminar la reforma planteada por Obama de cara a disminuir el coste de los seguros médicos e incrementar el porcentaje de la población asegurada no hace sino generar más incertidumbre al respecto. 

¿Qué pueden plantear estas compañías en este sentido? Las ideas que se apuntan en el anuncio tienen que ver con el uso de la tecnología para proveer un cuidado de la salud simplificado, de alta calidad, transparente y a un coste razonable, lo que parece sugerir un enfoque más hacia la monitorización y la prevención que podría abrir oportunidades para competidores en el segmento healthtech. Según algunos analistas, la solución planteada por las tres compañías, sin embargo, no es tan radical como podría parecer, y se dirige más a trabajar con las partes existentes de la cadena de valor de la industria que funcionan y reemplazar o mejorar las que no lo hacen. Las ideas son múltiples: ofrecer diagnósticos en casa a través de Amazon Echo, utilizar los recursos de Whole Foods para soporte nutricional, dietas personalizadas o cuidados primarios, dispensar medicinas y tratamientos a través de la logística de Amazon, o simplemente utilizar dispositivos posiblemente con menor nivel de precisión pero ampliamente disponibles (y tradicionalmente rechazados por los prestadores de salud tradicionales) como una forma de mejorar la prevención. Con un simple dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito puedo obtener un electrocardiograma completo y notablemente preciso tantas veces como quiera a lo largo del día, una prueba diagnóstica por la que una aseguradora pretendería facturarme un coste considerable, y lo mismo ocurre cada vez más con mediciones como la temperatura, la presión arterial, el nivel de azúcar en sangre o la medición de la actividad física. En todo lo que supone la creciente digitalización de la medicina en base a herramientas cada vez más simples y ampliamente disponibles, los competidores tradicionales han sido notablemente lentos e ineficientes. ¿Podría el enfoque de una compañía tecnológica plantear mejoras en ese sentido? 

¿Puede una iniciativa así suponer una mejora para los empleados de estas compañías y sus familiares? Sin duda, el simple hecho de plantear una situación en la que el objetivo no son los beneficios sino únicamente la sostenibilidad económica de la iniciativa – porque los beneficios se obtienen de una mayor tranquilidad y una mejor salud de los trabajadores – ya aporta un componente importante. En la situación actual, las compañías aseguradoras gestionan una cartera de recursos médicos a los que ofrecen un pago menor a cambio de mayor volumen, y cobran al asegurado un precio calculado en función de características como la edad, el sexo, los hábitos de vida, etc. La esencia del negocio, esa coordinación de recursos, podría ser sin duda llevada a cabo de una manera más eficiente si la finalidad es incrementar la satisfacción del trabajador frente a obtener un beneficio. Sin duda, esto incrementaría la capacidad de estas compañías para atraer y retener talento, y sería muy posiblemente una iniciativa a imitar por compañías similares. Desde un punto de vista económico, hablamos de una integración y desintermediación: en lugar de negociar un seguro de salud para tus empleados con una aseguradora, plantearte ser tú mismo la aseguradora, absorbiendo su margen y disminuyendo sus ineficiencias.

Al sector salud, sin duda, le hacen falta muchas reformas. Plantearlas de esta manera crearía un segmento de trabajadores privilegiados, con acceso al cuidado de la salud en unas condiciones indudablemente ventajosas, pero podría alinearse bien con la idea de tener trabajadores más productivos, más sanos y más comprometidos con unas compañías que perciben como importantes a la hora de gestionar algo tan delicado como su salud y la de sus familias. Según la ambición de este movimiento, podemos estar hablando simplemente de beneficios marginales para un colectivo privilegiado, o del inicio de la disrupción en el cuidado de la salud.

 

Nos hemos quedado con tu cara - El País

Joseba Elola, de El País, me llamó para hablar sobre los nuevos desarrollos en reconocimiento facial y las consecuencias que podrían llegar a tener en el futuro, y anteayer citó algunos de mis comentarios en su reportaje titulado “Nos hemos quedado con tu cara“.

Cuando hablamos de reconocimiento facial, hablamos en realidad de una tecnología con la que llevamos conviviendo ya mucho tiempo. Podemos construir un sistema de reconocimiento facial con cierto nivel de precisión con una simple Raspberry Pi de 29 euros y unos pocos componentes más. En los últimos tiempos, sin embargo, los avances en la capacidad de procesamiento, en la resolución de las imágenes y en los algoritmos de reconocimiento ya permiten que utilicemos esa tecnología con toda normalidad y prácticamente sin errores para desbloquear nuestro smartphone muchas veces al día, con un nivel de seguridad que impida la gran mayoría de los trucos habituales o razonables, y que esa identificación pueda, además, ser compartida con otras aplicaciones con el fin de proporcionar un adecuado balance entre comodidad y seguridad.

Al tiempo, las aplicaciones de la tecnología han ido incrementándose, y supuestamente en aras de una seguridad cada vez mayor hemos ido pasando de sistemas destinados a localizar a personas que habían cometido delitos y que, en función de los mismos, pasaban a estar incluidos en determinadas bases de datos, a la recolección de esas mismas bases de datos incluyendo los datos de ciudadanos completamente inocentes, no implicados en la comisión de delito alguno. En países como los Estados Unidos, China, India y muchos más la recolección de datos biométricos se está convirtiendo en cada vez más habitual, con todo lo que ello conlleva, incluyendo problemas de seguridad. Con que simplemente tengas una identificación en los Estados Unidos o hayas entrado por sus fronteras, los parámetros de tu cara ya están registrados en bases de datos gubernamentales que pueden permitir tu identificación bajo determinadas circunstancias. En China, el experimento de Xinjiang, en donde se han desplegado este tipo de tecnologías para luchar contra la supuesta amenaza del secesionismo uygur, la posibilidad de identificar a una persona a partir de un simple paso de pocos segundos por delante de cualquier cámara en la calle es ya una realidad.

La misma tecnología es utilizada en entornos como Facebook para reconocer tu imagen incluso en fotografías en las que no hayas sido etiquetado, aunque esta tecnología no es utilizada en Europa o en Canadá debido a restricciones legales. En Rusia, como comentamos hace algún tiempo, hay apps que trabajan con las fotografías de la ubicua red social VK para reconocer a personas con las que puedes simplemente haberte cruzado por la calle: la combinación del reconocimiento facial con el hecho de que todos llevemos una potente cámara en el bolsillo: el auténtico “Shazam para personas”.

Estamos en una compleja transición entre una sociedad que valora la comodidad y otra dispuesta a buscar la seguridad a costa de la privacidad. En poco tiempo, será perfectamente normal ya no solo que nuestro smartphone o nuestro ordenador se desbloqueen con nuestra cara, sino también que la cerradura de nuestra puerta de casa se abra simplemente cuando llegamos a ella, que nuestro coche solo arranque cuando seamos nosotros o quienes hayamos autorizado los que estén sentados al volante, o que el cajero del banco nos dispense dinero cuando nos identifique positivamente. Pero al tiempo, se convertirá en completamente normal que existan registros de nuestro paso por cámaras situadas en todas partes, que se niegue a determinadas personas el paso a según qué sitios o cientos de situaciones más que hoy a muchos todavía les parecen de ciencia-ficción. La progresiva ubicuidad del reconocimiento facial trae consigo un cambio definitivo del modelo de sociedad que conocemos, y no tengo claro que el consenso social necesario para ese cambio haya sido objeto de consulta en ningún sitio. Una sociedad diferente, en la que nuestra identificación instantánea no dependerá de la exhibición voluntaria o consciente de un documento, sino que formará parte de algo de lo que difícilmente nos podemos desprender. Con todo lo que ello conlleva.