IMAGE: Mathawee Songpracone - 123RF

No se puede negar que la idea resulta, como mínimo, intrigante: que el futuro esté no en trabajar más, sino menos. Mientras algunas investigaciones recientes nos recuerdan los peores tiempos de la Revolución Industrial y afirman que algunos trabajadores de logística de Amazon en el Reino Unido se ven obligados a trabajar jornadas de más de once horas para cumplir sus objetivos y terminan el día completamente exhaustos, un reportaje de la BBC, The compelling case for working a lot less, desarrolla la idea de la productividad en función de las horas de trabajo, llega a la conclusión de que la jornada de ocho horas de trabajo resulta absurda, y que el ideal sería trabajar bastante menos, o incluso hacer que el trabajo – y el sueldo – fuese independiente del número de horas o de la hora de entrada y salida, calculado en función de la productividad y el cumplimiento de objetivos.

Todo indica que nos dirigimos a un un escenario en el que las máquinas tomarán una buena parte de los trabajos que hoy desempeñan las personas. El desarrollo del vehículo autónomo, en marcha ya en ciudades como Phoenix (con Waymo), en Boston (gestionado por Lyft y con vehículos de NuTonomy), y hasta en 45 ciudades más en todo el mundo, amenazan con dejar sin trabajo a todo aquel que viva de conducir un vehículo, aunque posiblemente podamos plantearnos que generen también otros puestos de trabajo relacionados. Si “te gusta conducir”, vete planteándote que si quieres acceder a precios más económicos en tu seguro, tendrás que resignarte a dejar conducir a tu vehículo el mayor tiempo posible, sencillamente porque lo hace mucho mejor que tú. Y esto es solo el principio: en el futuro, conducir manualmente tu propio vehículo será caro, muy caro. Posiblemente ningún gobierno te lo vaya a prohibir como tal, pero tendrá entre poco y ningún sentido.

Si en lugar de vivir de conducir, vives de hacer hamburguesas o pizzas en un local de comida rápida, tampoco las tienes todas contigo: cada vez más, los robots van haciéndose cargo de más tareas de ese tipo, y aunque puedan generarse algunos trabajos nuevos relacionados, eliminarán la gran mayoría de los que resultaban repetitivos, aquellos en los que la interacción humana no aportaba un especial valor. En todas las industrias y a todos los niveles vemos puestos de trabajo que amenazan con perder su sentido, y sobre todo, de convertirse en poco competitivos frente a su alternativa robótica.

La tendencia parece clara: incluso en aquellas compañías que siguen generando empleo de manera consistente, como Amazon, parece claro que la totalidad de la industria sí pierde puestos de trabajo, avanzando hacia un futuro en el que la idea de un trabajo para cada persona parece alejarse, al menos si seguimos entendiendo el trabajo como lo hemos entendido toda la vida. Pero… ¿y si entendiésemos trabajo de otra manera? ¿Y si la idea de un trabajo de ocho horas y con una definición determinada diese paso a otro tipo de trabajo, en el que una persona aporta cosas que un robot no es capaz de aportar – al menos, por el momento – o no resulta interesante que aporte por la razón que sea? ¿Y si esa idea de productividad vinculada a horas, que de hecho siempre ha estado en cuestión, diese paso a otro tipo de aportación cuantificada en función de otros criterios, y eso llevase a que el trabajo se definiese de otra manera? Por un lado, podríamos repartir los puestos de trabajo de manera más equitativa entre un número mayor de personas. Y, por otro, generar situaciones y circunstancias indudablemente más saludables, en los que muchos de los elementos del balance entre vida profesional y vida personal podrían a su vez redefinirse bajo parámetros más flexibles. Después de todo… ¿por qué ocho horas? ¿Quién – y hace cuánto – definió que esa era la métrica adecuada, y para qué? En realidad, la jornada de ocho horas fue una conquista de los trabajadores para protegerse de las largas jornadas anteriores, un compromiso negociado a la baja sobre una situación que involucraba a trabajos por lo general de tipo físico, no intelectual. En un mundo en el que los trabajos más físicos tienden a ser cada vez más llevados a cabo por máquinas, ¿no tendría sentido plantearse una revisión de estos principios generales? En ningún caso hablamos de verdades absolutas o universales: experimentos en Suecia con jornadas de trabajo de seis horas parecen apuntar a productividades mayores y a un mejor estado de salud general.

En mi vida profesional he tenido épocas de trabajar muchas horas, pero realmente, jamás las he medido como tales. Simplemente, trabajo lo que necesito trabajar, y nunca nadie me ha pedido cuentas sobre mi hora de entrada o de salida. Tiendo a trabajar muchas horas porque me gusta lo que hago, pero no porque nadie me obligue a ello: mientras los resultados de mi trabajo sean adecuados, mi compañía no tiene problemas con el número de horas que trabajo o desde dónde las trabajo, una circunstancia que no deja de ser percibida como un lujo, y una derivada de la ecuación de horas que tengo que dedicar a la preparación de una clase frente a las horas que paso frente al alumno, pero que creo que seguramente podría aplicarse a muchos más trabajos que se me ocurren.

¿Qué ocurriría si comenzásemos a pensar menos en las horas trabajadas y más en la productividad obtenida? ¿Podrían generarse nuevos modelos de productividad más flexibles, mas equitativos y más saludables? ¿Cuál sería la reacción de patronal, sindicatos o administración ante un hipotético escenario de este tipo? ¿Por qué nos aferramos a la jornada de ocho horas como elemento fundamental de la ecuación, si parece claro que no responde ya a ningún elemento que no sea la mera tradición?

 

IMAGE: lkeskinen - 123RFGoogle, acosada por las marcas que planteaban retirar su publicidad de YouTube debido a los escándalos que rodeaban los vídeos de contenido supuestamente infantil, anuncia que se dispone a llevar a cabo un nivel de moderación mucho más agresivo para evitar que malos actores se aprovechen de la apertura de su plataforma, y que contratará hasta diez mil personas durante 2018 para llevar a cabo procesos de inspección manual de contenidos.

En las pasadas semanas, YouTube ha suspendido 270 cuentas y ha eliminado unos 150,000 vídeos considerados ofensivos o desaconsejables para niños, en un esfuerzo por normalizar y reconducir la situación. Además, la compañía planea seguir utilizando machine learning para ayudar a esos supervisores a eliminar casi cinco veces más videos de los que serían capaces de revisar de manera puramente manual. Según los datos manejados por YouTube, los contenidos revisados e identificados de manera algorítmica habrían requerido la supervisión de 180,000 personas trabajando 40 horas a la semana. Además de llevar a cabo la citada supervisión, la compañía difundirá un reporte regular sobre los avances en la ejecución de este plan, y adoptará un nuevo enfoque en publicidad con criterios más estrictos y más procesos de curación manual. 

Los esfuerzos de YouTube evocan los de otra compañía de su misma industria, Facebook, que el pasado mayo anunció la contratación de tres mil personas más para unirlas a las 4,500 que ya tiene en todo el mundo trabajando en supervisión de contenidos, y que en octubre, coincidiendo con la revelación de las inversiones de capital ruso en campañas publicitarias destinadas a sesgar la campaña electoral de las pasadas elecciones presidenciales, anunció la contratación de mil personas más para la supervisión de esos anuncios.

¿Cuántas personas en el mundo trabajarán en un futuro en la supervisión de contenidos? ¿Estamos hablando de una de esas “nuevas profesiones” que podrían definir las sociedades del futuro, o de un trabajo de los de la llamada gig economy, desempeñado a tiempo parcial y que termina por generar empleo de baja calidad que lleva a los que lo desempeñan a no sentirse humanos? Según algunos estudios, la carga psicológica que supone pasarse horas inspeccionando contenidos entre los que aparecen todo lo peor del ser humano puede generar problemas psicológicos de diversos tipos y síndrome de estrés post-traumático, lo que lleva a que la necesidad de adiestrar algoritmos para una supervisión precisa y adecuada que libre a los trabajadores humanos de los contenidos de naturaleza más gruesa sea todavía más acuciante.

¿De qué estamos hablando? Las compañías que ahora anuncian importantes contrataciones de miles de personas para esta función parecen asumir que, en el futuro, esos trabajos serán desempeñados por algoritmos, no por personas, y que esas contrataciones, por tanto, tendrán únicamente una naturaleza temporal. Esas personas están siendo contratadas porque las máquinas no llevan aún a cabo ese trabajo con el nivel adecuado, pero a su vez, sus acciones están siendo empleadas para adiestrarlas y que lo hagan mejor en el futuro, eliminando la necesidad de esos empleos humanos. La paradoja persiste: por mucho que Amazon contrate a muchísimas personas, se convierta en uno de los generadores de empleo más importantes de los Estados Unidos, y sus trabajadores se reciclen en otras funciones a medida que su trabajo es llevado a cabo por robots, la realidad es que a medida que el ejército de robots crece, el empleo total generado por la industria disminuye, y que en el futuro, hay muchos trabajos que nos resultará raro imaginar desempeñados por personas.

¿Se limita la sustitución a los trabajos de las denominadas 4D, Dull (aburridos), Demeaning (degradantes), Dirty (sucios) o Dangerous (peligrosos), o hablamos de un proceso sensiblemente más complicado y con más matices? ¿Veremos en el futuro a miles de personas contratadas como “content inspectors”, supervisores de contenido y sometidos a enfermedades laborales derivadas de ello, o hablamos de empleos temporales hasta que un algoritmo sea capaz de llevar a cabo esa tarea al nivel adecuado? ¿Tiene sentido tener a un ser humano corriendo en un almacén mientras recibe órdenes por un pinganillo, sentado en una línea de cajas moviendo y escaneando artículos, conduciendo en medio del infernal tráfico de una gran ciudad o enfrentándose a horas de contenidos que reflejan lo peor del ser humano? Y tenga o no sentido, ¿qué pasa con las personas que hoy viven de llevar a cabo esos trabajos?

Cada día que pasa, surgen nuevos trabajos temporales de escasa calidad en logística, conduciendo, en tareas repetitivas o en otras que escasamente podrían considerarse enriquecedoras o esencialmente adecuadas para las habilidades de un ser humano… ¿hablamos de un fenómeno de ajuste, o de una perversión de un capitalismo que va eliminando los controles y los logros que llevó muchos años conseguir? ¿Cuál es el futuro de la relación del reparto de tareas entre máquinas y hombres?

 

¿Deben pagar impuestos los robots? - La Voz de GaliciaMaría Cedrón, de La Voz de Galicia, me llamó para hablar sobre la posibilidad de aplicar impuestos a los robots como supuesta forma de paliar el problema que supone un futuro en el que un número cada vez mayor de trabajos son sustituidos por máquinas, y ayer lo publicó en un reportaje titulado “¿Deben pagar impuestos los robots?

La aplicación de impuestos al trabajo realizado por robots es un tema que se ha comentado en numerosas ocasiones, la más reciente al hilo de unas declaraciones de Bill Gates al respecto el pasado febrero. Mi opinión sobre el tema es que se trata de un intento de aplicación simplista de un modelo conocido, pero que posee problemas fundamentales de diversos tipos.

El primero y fundamental es definir qué es un robot. El problema no es sencillo en absoluto: la primaria identificación de un robot con la imagen de un artefacto antropomórfico con brazos y piernas que supuestamente sustituye a un ser humano es directamente absurda, y no responde a la realidad de que, desde hace mucho tiempo, ya empleamos todo tipo de robots para sustituir muchos trabajos anteriormente realizados por personas. Y más allá de su pretendida “similitud” con el hombre, ¿debemos considerar como robots a los programas de software, y no solo al hardware? ¿Vamos a empezar, de manera retroactiva, a aplicar impuestos a las cadenas de montaje que desde hace décadas emplean muchísimas industrias? ¿A la ofimática? ¿A las aplicaciones de control numérico? ¿Cómo buscamos una equivalencia con el número de puestos de trabajo sustituidos? ¿A cuántos obreros sustituye la imprenta, altamente mecanizada, que imprime el periódico en el que se publica esta noticia? ¿Cómo debemos empezar la base de comparación? ¿Con obreros que supuestamente tuviesen que pintar las letras a mano? ¿O consideramos eso absurdo y parte del pasado, y comenzamos la comparación con los obreros encargados de confeccionar a mano las planchas con los caracteres de plomo de la linotipia, como se hacía a principios del siglo pasado? No existe una equivalencia robot-hombre, un ratio establecido, y si se pretendiese establecer, carecería de sentido en cuanto el robot experimentase una mejora e incrementase su eficiencia. Basta con este problema para darnos cuenta de que, en realidad, estamos hablando de un fenómeno mucho más complejo de lo que parece.

Pero existe un segundo problema, y es, si cabe, aún más básico: la racionalidad de la cuestión. ¿Tiene realmente lógica gravar con impuestos una actividad que, de por sí, ya lo estaba? Si una compañía emplea robots y obtiene con ello una competitividad superior y, en último término, más ingresos y beneficios, ese plus de beneficios estará lógicamente gravado con los correspondientes impuestos. ¿Debemos, además, volverlo a gravar porque esos beneficios se obtuvieron gracias al trabajo de robots? ¿Tiene sentido penalizar a quien emplea la tecnología para mejorar los procesos productivos? ¿A dónde nos llevaría una práctica así? ¿A poner, como decía el famoso anuncio de IBM de los años ’80, a obreros con cucharillas de café a cavar zanjas para así incrementar el número de puestos de trabajo ocupados por humanos, aunque esos trabajo no tengan ningún sentido?

A medida que añadimos un poco de sentido común a la ecuación robots + impuestos, nos vamos dando cada vez más cuenta de que no tiene ningún sentido, y es simplemente un intento de buscar correspondencias con un entorno tan desigual, que simplemente ya no las resiste. A medida que más robots se dedican a tareas que antes llevaban a cabo seres humanos, habrá que plantearnos que esto, en realidad, es lo que ha ocurrido siempre, y a nadie se le ocurrió la peregrina idea de desincentivarlo o castigarlo – aunque hubiese damnificados por ello y tuviesen menos red de protección social que la que tienen ahora. Lo que habrá que hacer es preocuparse de generar un entorno que posibilite que esos seres humanos encuentren otras cosas que hacer, protegerlos de la consecuencia inmediata de la pérdida del empleo, y tratar de proporcionarles opciones para que se desarrollen como personas.

A medida que progresa la tecnología y más trabajos de los que conocemos pierden sentido, más necesario es diseñar elementos que desacoplen la generación de riqueza del trabajo. En la sociedad del futuro, las personas trabajarán, pero lo harán de otra manera, en cuestiones que hoy seguramente no consideraríamos trabajo, y mantendrán con esos trabajos una relación completamente distinta a la que tenemos hoy: no se verán forzados a trabajar en cosas que no les gusten, sino que escogerán sus trabajos en función de otros criterios. La renta básica, sobre la que hemos escrito y discutido en múltiples ocasiones, se configura como una opción de administración de nuestras sociedades que ya no viene únicamente de la izquierda y del lógico intento de redistribución de la riqueza, sino también desde las ideologías liberales y la simplificación de los sistemas de ayuda y cobertura social.

Buscar ese tipo de soluciones y trabajar en las complejas soluciones que precisamos para su aplicación – problemas como la motivación, los flujos migratorios o la esencia e identidad de la persona – resulta mucho más productivo que pensar en “soluciones mágicas” esencialmente continuistas, cuando no directamente simplistas, como la de aplicar impuestos a la actividad de los robots. Ante una disrupción total de los elementos que consideramos durante generaciones fundamentales en la sociedad – la educación, el trabajo, los impuestos, la riqueza, etc. – las soluciones continuistas que pretendan consolidar los mismos elementos de siempre no van a servir. Habrá que buscar necesariamente replanteamientos mucho más radicales.

 

IBM "mechanical excavators vs. teaspoons" ad (Saatchi & Saatchi, early '80s)El pasado día 15, un tweet me recordó este anuncio de IBM que aparece en la ilustración, creado por Saatchi & Saatchi a principios de los años ’80: dos personas viendo trabajar una excavadora, el primero lamentándose por las doce personas con palas que podrían estar trabajando ahí, y el segundo recordándole que si se trata de dar trabajo a más personas, ese mismo trabajo podrían hacerlo doscientas personas equipadas con cucharillas de té.

La investigación de la cita nos remite primero al economista norteamericano Milton Friedman en los ’60 y, anteriormente, al político canadiense William Aberhart, que la utilizaron para hacer ver el absurdo de priorizar la generación de puestos de trabajo a la eficiencia. Por supuesto que podemos emplear más personas si lo que les proporcionamos son herramientas inadecuadas, pero en realidad, la finalidad de emplear personas es hacer un trabajo, y todo lo que contribuya a que ese trabajo se haga de manera menos eficiente es, como tal, negativo.

Vivimos tiempos en los que la discusión sobre las máquinas, los algoritmos, los robots o cualquier otra tecnología desplazando a los humanos de sus puestos de trabajo se generaliza cada vez más. ¿Qué van a hacer los pobres taxistas y camioneros cuando los vehículos conduzcan solos? ¿Y los operadores de bolsa cuando sean algoritmos los que compren y vendan acciones? ¡Oh, dios mío, los planificadores de publicidad, ahora que la gran mayoría de la misma es negociada por máquinas en tiempo real! ¡Por no hablar de los operadores de call-center, de servicio al cliente o de las líneas de caja de los supermercados!

Si lo que queremos es mantener puestos de trabajo por encima de todo, demos a estas personas herramientas ineficientes, protejamos su trabajo prohibiendo la entrada de tecnologías, y sigamos trabajando de manera ineficiente. Si alguno se pregunta por qué tiene que pasarse tantas horas haciendo algo que una máquina podría hacer mucho mejor y con menos errores, no nos preocupemos: con una sola pregunta, “¿prefieres estar aquí haciendo un trabajo absurdo, o prefieres estar muerto de hambre en tu casa?” ya le desarmaremos completamente.

Priorizar la generación o el mantenimiento de puestos de trabajo es absurdo una vez que se demuestra que un trabajo puede ser hecho por una máquina con mayor calidad y eficiencia. Simplemente, no tiene ningún sentido. Durante mucho tiempo, hemos ido viendo desaparecer infinidad de puestos de trabajo, simplemente porque una tecnología los convertía en redundantes, en innecesarios, o les hacía perder su sentido. Ahora, el paso de la tecnología se ha acelerado, el número de tareas que una máquina es capaz de hacer mejor que un hombre crece rápidamente, y todos tenemos miedo de ser los siguientes.

Sí, es un problema. Pero su solución nunca estará en impedir el uso de la tecnología o en tasarla con impuestos que la hagan menos competitiva. La solución estará en mejorar la flexibilidad de la preparación de las personas para que puedan hacer otras cosas, en mejorar la educación para que permita que sean más versátiles o se readapten a otras tareas, para que se reinventen profesionalmente, para que busquen otras tareas que sean susceptibles de generar un valor, o, en último término, que tengan una red de seguridad social que les permita no caer bajo el umbral de la pobreza. Soluciones sociales, políticas o educacionales que tienden hacia una redefinición del concepto de trabajo, hacia un trabajo convertido en algo que alguien quiere hacer porque le encuentra sentido y genera un valor para alguien, y que en todo caso resultarán mucho más interesantes que la alternativa absurda de tratar de impedir que la tecnología lo haga. Entre otras cosas, porque en la estructura económica actual, impedir el uso de una tecnología que aporta eficiencia es completamente imposible: siempre habrá una compañía en un país que tenga interés y posibilidad de utilizarla, que adquiera con ello una ventaja competitiva, y que desplace a otras en el mercado.

Sí, los chatbots eliminan puestos de trabajo. Pero también crean otros, y mientras los primeros eran profundamente alienantes, desesperantes, mal pagados y de elevada rotación, los segundos ofrecen posibilidades mucho más interesantes. Y como los chatbots, cualquier otra tecnología que genere eficiencia. Cada vez que nos enfrentemos a una tecnología con el potencial de eliminar puestos de trabajo, preguntémonos cuáles son nuestros grados de libertad ante ello, y sobre todo, de qué lado queremos estar. Solo uno de los dos lados será sostenible.

 

La tecnología jubilará primero a los menos cualificados - El Pais

Miguel Ángel Criado me envió algunas preguntas por correo electrónico para documentar su artículo en El País sobre el futuro del trabajo, encuadrado en el Proyecto REIsearch sobre el impacto de la nueva generación de internet sobre diversas facetas de la vida, y que fue publicado ayer con el título “La tecnología jubilará primero a los menos cualificados” (versión en papel en pdf). 

El tema, como sabréis los que os pasáis por aquí a menudo, me apasiona completamente, y lo revisito de manera bastante habitual. Mis respuestas intentan sintetizar algunas de las cuestiones más candentes cuando se habla del futuro del trabajo como base fundamental de la sociedad que conocemos o incluso de la identidad de la persona, hasta el punto de que cuando hablamos de alguien, es muy habitual definirlo haciendo referencia a su profesión. Ideas como la destrucción neta de puestos de trabajo, el concepto de a qué llamamos empleo, la posibilidad de que trabajar en el futuro se entienda de una manera completamente diferente a como la entendemos hoy (o incluso a que existan muchas tareas que nos parezcan cualquier cosa menos un trabajo y que se desarrollen en regímenes no vinculados a ningún tipo de horario o de presencia en un lugar determinado), la evolución hacia sistemas basados en la renta básica incondicional, o las posibles variables geopolíticas implicadas en esa evolución.

A continuación, el texto completo de las preguntas y respuestas que intercambié con Miguel Ángel (como entenderéis, sabía perfectamente que era imposible que publicase todo y que tendría que limitarse a uno o dos entrecomillados, pero me lancé a escribir como si no hubiese un mañana porque, como ya he comentado, el tema me parece fascinante y escribir siempre ayuda a ordenar las ideas :-)

 

P. En el proceso de destrucción/creación en el que andamos inmersos por obra y gracia de las nuevas tecnologías, ¿cuál será el balance neto? ¿habrá más, menos o el mismo empleo?

R. Depende de lo que entiendas por empleo. A medida que las máquinas van no solo aprendiendo a hacer más cosas, sino que además las van haciendo cada vez mejor, mucho mejor que las personas (conducir un vehículo, manejar una herramienta, ensamblar cosas en una cadena de montaje, procesar lenguaje, etc.) y a un coste más bajo, pensar que va a haber más empleo del tipo que hoy conocemos como empleo es simplemente absurdo. Si restringimos empleo a lo que hoy conocemos como empleo, olvídalo: habrá mucho menos. Sin embargo, lo que tenemos que pensar es que vamos hacia un mundo en el que muchas personas harán cosas que hoy no consideraríamos empleo, pero lo serán.

Esto, en realidad, lo hemos visto antes: yo tenía verdaderas dificultades para explicarle al abuelo de mi mujer, con sus noventa y tantos años, que esos días que yo me quedaba en casa delante de mi ordenador estaba en realidad trabajando. Me miraba con desconfianza y, al cabo de un rato me volvía a preguntar, “ya, pero… ¿no vas a ir a trabajar?” Para él, el trabajo era inseparable del hecho de desplazarse a un lugar determinado y “hacer” físicamente algo, y como eso de sentarme delante de una pantalla “no podía ser trabajo”, se preocupaba porque pensaba que su nieta se había casado con un tipo aparentemente muy vago que no salía de casa para ir a trabajar y que se pasaba el día delante de una pantalla… seguramente “jugando a algo”. ¿Cuántas cosas de las que vivirán nuestros hijos serán para nosotros inclasificables dentro del concepto de “trabajo” o “empleo”?

Para acomodar ese tipo de empleo que una persona hace “cuando quiere y le apetece”, porque si no es algo que le apetece habrá una máquina que lo haga, hay que cambiar el modelo social. Sin ese cambio de modelo, la distribución de la riqueza entraría en un absurdo conceptual, con un porcentaje cada vez mayor de excluidos y una concentración cada vez más elevada de riqueza en manos de unos pocos, algo social y políticamente insostenible. Cuando cambia el concepto que tenemos de empleo o trabajo como elemento central de la identidad de las personas, cambia todo el modelo social. Por más que pienso en modelos futuros de sociedad, no paro de llegar a la misma conclusión: será indispensable un modelo de renta básica incondicional que dote a las personas de una independencia para hacer lo que quieran hacer, que les permita pasar temporadas de su vida centrándose en adquirir determinadas habilidades – y liberados completamente de la presión de obtener un salario como lo conocemos hoy en día – mientras otras temporadas prefieren centrarse en hacer algo que les permita obtener unos ingresos adicionales (recordemos que la renta que percibían será incondicional, no la perderán ni les desincentivará de hacer otras cosas) que les permitan diferenciarse, elevar su nivel de vida o darse unos caprichos.

Cuando desacoplamos el trabajo de la necesidad de obtener ingresos por encima de todo, y cuando eliminamos la espantosa cultura del subsidio (te doy esto porque lo necesitas, pero te lo quitaré si obtienes un ingreso), obtenemos un modelo social completamente diferente y que, para mí, tiene mucho más sentido. Cada vez veo más pruebas de que nos dirigimos hacia un modelo en el que la renta básica incondicional será un elemento central, y lo veo venir tanto desde ideologías que buscan una redistribución de la riqueza más justa, como desde los más liberales que buscan simplificar los actuales sistemas de ayudas y subsidios. La renta básica hace ya tiempo que no mira a la derecha ni a la izquierda, mira hacia delante.

P. De la misma forma que el agua corriente dejó sin trabajo a los aguadores o el coche a los herreros; ¿quiénes serán los perdedores en los próximos años? ¿y los ganadores?

R. Yo suelo decir que los perdedores serán los que “trabajan para vivir”, aquellos que simplemente van a trabajar todos los días para llevar a cabo tareas que no les satisfacen en absoluto, pero que necesitan hacer para obtener un dinero que les resulta imprescindible. Esos trabajos, en su inmensa mayoría, desaparecerán y serán sustituidos por máquinas siempre que haya un interés económico por hacerlos más eficientes y competitivos. Todos los trabajos administrativos, por ejemplo, desaparecerán. La arqueología, en cambio, no lo hará, porque aunque es una disciplina interesantísima, tardaremos mucho en encontrar un modelo económico que justifique que la arqueología no la hagan personas, por mucho que podamos construir máquinas capaces de explorar el suelo y excavar para extraer un fósil. Y lo que tengo claro es que la mayoría de los que “vivimos para trabajar”, en el sentido de que nuestro trabajo nos gusta, nos divierte o le vemos un sentido que nos llevaría incluso a seguir haciéndolo aunque no nos pagasen por ello, encontraremos nuevas formas de hacer ese trabajo que nos apasiona, utilizaremos máquinas y algoritmos que nos permitirán mejorarlo, pero será difícil que lo perdamos.

P. La primera oleada de innovaciones tecnológicas fue eminentemente made in USA. ¿Crees que Europa aún tiene oportunidad de protagonizar esta segunda oleada (IoT, IA, robótica, IoE…) que viene?

R. No tengo claro que Europa tenga posibilidad de liderar nada, porque sencillamente no lo está buscando ni intentando de ninguna manera. Tengo claro que los Estados Unidos estaban en ello, pero que llegó un idiota a la Casa Blanca incapaz de entender la tecnología y con un nivel de incultura tan grande que le lleva incluso a ser negacionista del cambio climático, y que se dedicó a sabotear el país obsesionándose con volver a poner obreros en las cadenas de montaje (cuando en realidad funcionarían infinitamente mejor con máquinas en lugar de personas), con poner obreros en las minas, y con ideas tan disfuncionales y alucinantes como volver al carbón. Ningún país es capaz de superar tanta estupidez, y los Estados Unidos perderán su liderazgo mundial antes de que Trump abandone la Casa Blanca. También tengo claro que China tiene un enorme incentivo para convertirse en el mayor impulsor de la automatización inteligente, del machine learning y de la robótica, porque es la única manera de hacer su modelo económico sostenible, veo que trabaja en ese tema con una clarísima consideración estratégica desde hace años, y que además, como prescinde de algo como la democracia, lleva a cabo esas transformaciones de una manera infinitamente más eficiente. No digo que el modelo sea bueno, yo nunca querría vivir en un país en el que la democracia no existiese, pero indudablemente, les permite acometer cambios ambiciosos sin encontrarse a nadie enfrente intentando impedirlos, porque domina un pensamiento único marcado por un régimen autoritario. ¿Y Europa? Europa está tan preocupada por el mantenimiento del statu quo y de los modelos conocidos, que simplemente se niega a explorar los nuevos, a plantearse siquiera salir de su zona de confort. Dudo seriamente que Europa tenga hoy una cultura que le permita liderar nada.