IMAGE: Evan-Amos (Public Domain)La adaptación a un mundo de comunicación ubicua y permanente tiene, como es lógico, sus problemas. Conciliar los hábitos, necesidades e intereses de las personas, establecidos durante siglos, con un nuevo escenario tecnológico en el que las herramientas convierten en sencillo e inmediato lo que antes suponía una limitación conlleva el desarrollo de nuevos hábitos de uso, de nuevos protocolos para cada situación. Cuando las herramientas de comunicación dependían de manera prácticamente exclusiva del ámbito del trabajo, localizar a alguien fuera de horas equivalía a hacer algo inusual, incómodo, que únicamente se justificaba en casos muy excepcionales. A partir del momento en que todos llevamos un ordenador en el bolsillo y nos permite no solo hablar por teléfono, sino también comunicarnos de maneras percibidas como menos intrusivas, como el correo electrónico o la mensajería instantánea, las cosas cambian completamente, y adaptarse a la nueva situación puede resultar complejo.

Así, Nueva York se plantea ahora emular a Francia y promulgar una ley que asegure el derecho de los trabajadores a desconectar, una prohibición a las compañías privadas que impida que soliciten a sus trabajadores que estén disponibles fuera de horas de trabajo. Un modelo legislativo proteccionista que parece estar poniéndose de moda últimamente, cuando, en realidad, el problema no es el correo electrónico, el mensaje o la llamada más allá de las siete de la tarde, sino la existencia, en muchísimas compañías, de una cultura de trabajo 24/7 o de estructuras jerárquicas piramidales y autoritarias que son las que realmente justificarían una prohibición como esa. En la práctica, se trata de una identificación incorrecta del problema, que no está en la tecnología, sino precisamente en ese tipo de estructuras, lo que lleva a que, en realidad, una legislación así termine por crear más problemas de los que realmente soluciona. 

Otro caso similar, igualmente con Francia como protagonista, está en la prohibición de que los niños lleven sus smartphones al colegio. ¿Puede hacerse? Por supuesto, la capacidad de los políticos para generar leyes absurdas y sin sentido es proverbialmente omnímoda. Pero ¿sirve para algo? ¿Tiene realmente sentido? La respuesta, mucho me temo, es que no. Por mucho apoyo populista y poco madurado que en un primer momento, durante la campaña electoral, haya podido tener la norma, la realidad es que no solo los propios niños se oponen, naturalmente, a la medida, sino que incluso los padres de esos niños e incluso muchos de sus profesores no están de acuerdo con ella. Convertir las escuelas en lugares en los que la tecnología no puede ser utilizada, en lugar de cambiar para integrar esos dispositivos en la educación, es una manera brutal de convertirse en retrógrado, de renunciar a una herramienta que, con los cambios adecuados en los procesos educativos, puede convertirse en un arma fantástica para acceder a información. Pretender fosilizar la educación para que se siga haciendo como siempre y permanezca refractaria al cambio tecnológico es, simplemente, una barbaridad.

En Europa, todo indica que Facebook, con el fin de adelantarse a los previsibles problemas derivados de la entrada en vigor de l Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), se dispone a introducir un cambio en sus términos de uso que prohibirá a los menores de dieciséis años hacer uso de la herramienta de comunicación. En este caso no hablamos de una ley, sino de un intento de adaptación de una compañía ante la inminente entrada en vigor de una. Pero ¿tiene algún tipo de sentido una prohibición así, más allá de simplemente cubrir el expediente? ¿De verdad alguien espera de manera realista que los miles de jóvenes que hoy utilizan WhatsApp dejen de utilizarlo en cuanto la prohibición entre en vigor? ¿Cómo pretenden controlar algo así? ¿Igual que en su momento controlaron lo de Tuenti, que supuso el mayor ejercicio de hipocresía desde que el mundo está conectado, y convirtió a la red social, gracias al atractivo de lo prohibido, en la estrella de los patios de colegio?

Líbrenos dios de los políticos de gatillo fácil, por favor. Legislar puede parece relativamente sencillo: convencer a un número suficiente de supuestos representantes de los ciudadanos – en muchas democracias, mucho más representantes del presidente de su partido que de los propios ciudadanos – de que apoyen una moción, típicamente usada como moneda de cambio para que, en reciprocidad, sus proponentes apoyen otra. En la práctica, esas leyes “de laboratorio” no solo tienen una utilidad entre escasa y nula, sino que además, en numerosas ocasiones, terminan por generar más problemas que los que supuestamente pretendían solucionar. Si en lugar de prohibir los correos electrónicos o mensajes del trabajo a partir de las siete de la tarde, nos dedicamos a intentar cambiar la cultura jerárquica y autoritaria de las compañías, que es el verdadero problema, seguramente contribuiríamos bastante más al cambio que intentado prohibir no el problema, sino simplemente una de sus muchas manifestaciones. Si en vez de prohibir que los niños llevasen sus smartphones al colegio, intentásemos integrarlos en el proceso educativo y pusiésemos una buena WiFi y cargadores en los pupitres para evitar que los niños se queden sin batería, mejoraríamos la educación, en lugar de relegarla al siglo pasado. Si en vez de absurdamente prohibir WhatsApp, tratásemos de incidir en la educación que los padres dan a sus hijos, un ámbito en el que actualmente muchos se inhiben completamente, la sociedad podría evolucionar de una manera mucho más adecuada a como lo está haciendo actualmente.

Pero no, lo fácil es legislar. Y la legislación, en muchos casos, se convierte en trampa. En una trampa absurda que, como sociedad, nos hacemos al solitario. En algo que no soluciona nada, que no sirve para nada más que para darnos golpes en el pecho y decir “lo hice”, pero que no soluciona en absoluto los problemas reales. Mientras, como sociedad, no nos acostumbremos a pensar en la inevitabilidad del progreso tecnológico y en las consecuencias que necesariamente tiene – y debe tener – sobre el escenario en el que vivimos, mientras sigamos intentando “parar el tiempo”, no llegaremos a ningún sitio. O sí llegaremos, porque lo que tiene la inevitabilidad es eso, que es inevitable… pero nos costará bastante más tiempo y más esfuerzo.

 

IMAGE: Mipan - 123RFUn falso ataque de phishing con un correo sobre contraseñas expiradas realizado como parte de una auditoría de seguridad entre los usuarios de la red de ordenadores del gobierno estatal de Michigan entrega un resultado alarmante: uno de cada tres empleados abrieron el correo, una cuarta parte hizo además clic en el enlace suministrado, y casi una quinta parte introdujo usuario y contraseña en la página resultante. Las cifras no resultan extrañas, y seguramente lo sabes: es perfectamente posible que si un ataque similar fuese llevado a cabo en tu organización, obtuviese resultados similares o incluso más elevados. De hecho, una métrica así podría ser un indicador muy razonable del nivel de cultura digital en una compañía. En la mía, una persona del departamento de Seguridad se encarga, metódicamente, de mantenernos actualizados compartiendo constantemente a través de la red corporativa ejemplos de phishing y posibles problemas de seguridad, en un intento de mantener una presencia permanente, crear un repositorio de referencia y generar una conciencia sobre la importancia de la seguridad.

El phishing es una técnica para obtener información sensible de usuarios simulando ser una entidad confiable en una comunicación electrónica. Sus orígenes se remontan a los años ’80, aunque el término como tal no se acuñó hasta mediados de los ’90 cuando comenzaron este tipo de actividades, fundamentalmente dentro de AOL. El primer ataque contra un sistema de pagos como tal tuvo lugar en junio de 2001: a lo largo del tiempo, el sistema se ha sofisticado notablemente y en muchas ocasiones llega a técnicas de ingeniería social y de personalización verdaderamente brillantes, y se estima que en la actualidad, los ataques de tipo spear phishing, esquemas personalizados diseñados contra individuos o compañías concretas son responsables de alrededor de un 91% de los ataques en la red. El ataque utilizado como prueba en la auditoría de Michigan, sin embargo, como la gran mayoría de los que suelen llevarse a cabo en este tipo de operaciones, era completamente trivial, similar en su operativa a los que se llevaban a cabo hace más de dos décadas.

¿Qué lleva a que un ataque de phishing relativamente trivial y conocido por cualquiera que utilice habitualmente internet o el correo electrónico, siga teniendo el nivel de éxito que tiene? La respuesta es muy sencilla: por más esfuerzos que hacen los departamentos de sistemas en las compañías, una gran parte de sus trabajadores y, por extensión, un porcentaje importante de la sociedad sigue estando compuesta por auténticos analfabetos digitales, por personas incapaces de reconocer un ataque de phishing aunque siga los patrones más obvios. En el caso de las compañías puede ser incluso peor: personas que, aunque puedan sospechar de un posible ataque, deciden hacer clic porque piensan que, al tratarse de su compañía, la seguridad es “cosa de otros”. O ya rizando el rizo de la irresponsabilidad… que simplemente “les da igual”, “no es su problema”.

El phishing y la seguridad, en realidad, son simplemente síntomas de un problema mucho más grave: la carencia de alfabetización digital. En muchos casos, estamos hablando de transformar digitalmente compañías cuando la dura realidad es que muchos de sus directivos y trabajadores están aún en la más dura Edad de Piedra en lo que a cultura digital se refiere. Y no solo lo están, sino que además, les trae completamente sin cuidado: desprecian lo digital, les parece “cosa de frikis” o justifican sin despeinarse su ignorancia con una simple frase del tipo “yo es que de esto de las nuevas tecnologías sé poco”. ¡¡Pero vamos a ver, alma cándida: si de “las nuevas tecnologías” (que provienen en muchos casos de hace más de dos o tres décadas) sabes poco, es muy posible que simplemente, a día de hoy, no estés a la altura para trabajar en una empresa seria!! Por alguna razón, muchos consideran que “las nuevas tecnologías” no son parte de su trabajo, son algo que aparece ahí mágicamente para que puedan llevarlo a cabo, pero que no son cosa suya, que son responsabilidades que recaen en un tercero. En general, al que hace clic en aquel correo que no debería haber abierto jamás y, para más gracia, entra en una página y facilita su usuario y contraseña como si fuese lo más normal, tendemos a mirarlo con comprensión, con cierta sensación de “le podría pasar a cualquiera”. Pues no, lo siento… no debería pasarle a cualquiera. O al menos, no a cualquiera con un mínimo de cultura digital y dos dedos de frente. No estoy diciendo que si todo el mundo tuviese ese mínimo de cultura digital, este tipo de ataques no existirían: como ya he dicho anteriormente, los hay muy sofisticados, muy personalizados y muy bien calculados, en ocasiones con diseños que, desde el punto de vista técnico o social, resultan auténticos derroches de ingenio. Cualquiera podría caer fácilmente en uno de esos: la seguridad total no existe, ni para los más formados y actualizados. Pero obviamente, ese tipo de ataques no son lo más habitual.

Para plantearse un proceso de transformación digital en una compañía, la cultura digital de sus trabajadores y directivos tiene que alcanzar un mínimo determinado, o estarás intentando construir rascacielos sin tener la cimentación adecuada. Tendrás que esforzarte por atraer y retener talento con el nivel de cultura digital necesario. Tendrás que poner las cosas muy claras: que quien diga (o sienta) eso de “yo es que de las nuevas tecnologías no sé nada”, no tiene sitio en tu compañía, en una compañía que pretende digitalizarse de arriba a abajo. Y no, no es esa persona sea necesariamente idiota: no tiene por qué ser un torpe, es posible que haya cosas de su trabajo que haga fenomenalmente bien, puede incluso que tenga un gran valor para la organización… pero no se ha preocupado de estar mínimamente actualizado, de prepararse para el entorno que le rodea. Y con esa actitud, cuando el entorno se mueve a la velocidad que se mueve, ya no se va a ninguna parte. En un mundo digital, la alfabetización digital ya ha alcanzado el nivel de cualificación necesario e imprescindible para llevar a cabo la mayoría de las tareas con un mínimo de responsabilidad: que un trabajador carezca de esa cultura no solo revela un problema en su compañía, sino que revela un problema de actitud, de concienciación en el trabajador. Cuando esa carencia tiene lugar en un directivo, cuanto más alto sea su nivel, más grave y patético resulta. La política es ya el extremo: para poder encargarse de algo tan importante como la toma de decisiones y la gestión de información que nos afecta a todos, tener un mínimo de cultura y formación digital debería ser un requisito imprescindible, que o bien tienes ya razonablemente desarrollado cuando recibes la confianza de los votantes, o tendrías que recibir obligatoriamente como formación cuando accedes al cargo, antes de comenzar a desempeñar tus responsabilidades. Tener políticos digitalmente alfabetizados eliminaría una parte de los absurdos problemas que tenemos actualmente cuando los vemos tomar decisiones en temas en los que evidencian una absoluta ignorancia.

¿Podemos dejar de considerar la falta de cultura y alfabetización digital como algo disculpable, como un detalle anecdótico, en lugar de calificarlo y considerarlo como lo que es, como un auténtico must-have de cara a la transformación digital?

 

IMAGE: Andrei Marincas - 123RFSin duda, el artículo que más ha alborotado esta semana en el entorno tecnológico ha sido el escrito por Mike Moritz, uno de los directivos de referencia de Sequoia Capital, en el Financial Times, titulado Silicon Valley would be wise to follow China’s lead: un inversor billonario, aconsejando a los trabajadores de las empresas de Silicon Valley que se dejen de discutir sobre la longitud de la baja de paternidad, las vacaciones sin límite, la calidad de los masajes gratuitos o la imperiosa necesidad de disponer de una sala de ensayos para tocar instrumentos musicales en el trabajo, y se pongan a trabajar como se trabaja en las empresas tecnológicas chinas.

¿Cómo se trabaja en las empresas tecnológicas chinas? Muy sencillo: muchos días, se entra a las diez de la mañana y no se va uno a casa hasta pasadas las doce de la noche, y así seis o incluso siete días a la semana, cenando en una sala de reuniones con tus compañeros y aún poniéndote tres reuniones después de la cena, con algunas pausas ocasionales para descansar simplemente apoyando la cabeza en la mesa con los brazos como almohada. Si hace frío en tu puesto de trabajo, no pidas mas calefacción, que cuesta dinero: ponte el abrigo, o la bufanda si hace falta. Y a tus hijos, ya sabes: si quieres una carrera profesional exitosa, que los críen tus padres o una nanny, porque como mucho, los verás unos pocos minutos al día.

Las observaciones de Moritz tras una temporada en China van completamente en contra de las tendencias del management occidental expresado en las compañías de Silicon Valley, centrado desde hace años en intentar proporcionar condiciones competitivas que retengan determinados tipos de talento de difícil acceso, al menos en aquellos centros de trabajo donde ese talento se considera fundamental. Desde hace muchos años, los Glassdoor y similares se centran en analizar no solo el dinero que pagan las compañías, sino los beneficios de todo tipo que ponen encima de la mesa para fidelizar a sus trabajadores, en una tendencia que, al menos en Silicon Valley, se ha ido generalizando para dar lugar a una cultura que cada vez los considera más importantes, más decisivos a la hora de plantearse una carrera profesional. Hace algunos años, esto era típico en empresas consolidadas con márgenes saneados: ahora, no es extraño verlas incluso en startups que aún no han lanzado su primera ronda de financiación. En Silicon Valley, las empresas que alcanzan una alta consideración son las que miman a sus trabajadores con todo tipo de privilegios. En China, las empresas bien consideradas son las que triunfan y se expanden por el mundo, y el verdadero privilegio es matarse a trabajar en ellas, no que te den masajes o te dejen jugar al futbolín en horas de trabajo.

Esa tendencia a acomodarse en unas condiciones de ensueño, que muchos discuten porque ven como una manera de que se trabaje más o que otros consideran una dinámica normal – o una conquista – en un mundo en el que muchos de los planteamientos que nos hacíamos sobre el trabajo están cambiando, convierten a las compañías occidentales en muy poco competitivas con respecto a sus homólogas chinas. La interpretación de Mike Moritz es sencillamente esa: nos parezca mejor o peor, veamos la alternativa de trabajar como los chinos como una pesadilla o como una necesidad, la realidad pragmática es que China se dispone a dominar el mundo y a conquistar todas las industrias, a marcar la agenda internacional gracias a una fuerza de trabajo con una ética y unos valores diferentes que el mundo occidental parece considerar completamente inaceptables, fuera del marco de su contrato social.

Más allá de la experiencia de Moritz, no hay más que leer las conclusiones del XIX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, que no solo tiene  89 millones de miembros, sino además, unas generaciones jóvenes entusiasmadas con el papel de China en el mundo, con lo que perciben una fortísima e imparable superioridad del modelo chino frente a las débiles y enfermas democracias occidentales, y dispuestos a emplear varias horas al día completamente gratis defendiendo los argumentos de sus dirigentes frente a idiotas equivocados en internet.  En los artículos de conclusiones publicados por Xi Jinping, se hace un hincapié especial en cómo el mundo necesita a China para dibujar su futuro, y cómo, en el ocaso de la era de dominación de los Estados Unidos y su pérdida de influencia en el mundo bajo el liderazgo de un perfecto imbécil, las ambiciones globales chinas dibujan una nueva era en la que el país se ve en el centro del escenario y haciendo mayores contribuciones a la humanidad, desde ambiciosísimos planes de infraestructuras de transporte que reconstruyen la ruta de la seda y exceden en dimensiones al Plan Marshall, hasta, como no, una nueva ética del trabajo centrada en la expansión internacional y una nueva definición de las relaciones sociales en torno a la ausencia total de privacidad.

Podremos ver tímidas reacciones en contra, o predicciones que afirman que la naturaleza del hombre es única y que la sociedad china, a partir de un determinado nivel de bienestar, se reconducirá hacia los mismos estímulos que caracterizan a unas sociedades occidentales que muchos aún insisten en ver como más avanzadas, más evolucionadas. Pero otros, viendo cómo exitosas compañías y empresarios chinos empiezan a hacerse con los edificios más emblemáticos, los clubes y estadios de fútbol o los servicios básicos como el transporte en cada vez más países occidentales, empiezan a dudar esa línea temporal: el pragmatismo chino, que renuncia a la democracia y a las decisiones tomadas libremente por el pueblo en beneficio de las de una élite creada y diseñada para regir esos destinos, parece simplemente más eficiente, en un giro que asusta a todos los que nos consideramos demócratas o consideramos la democracia una característica fundamental y básica de la sociedad en la que queremos vivir.

Las tecnologías más importantes de la historia de la humanidad se están desarrollando en China. Los inmigrantes chinos a los Estados Unidos abandonan Silicon Valley para ser ricos de vuelta en su país, convertido en tierra de oportunidad. El camino de China hacia el liderazgo del mundo es tan sencillo como el pragmatismo: mientras Occidente discute cómo hacer las cosas “a su manera”, China cuestiona directamente la democracia, no considera algunos de los más elementales derechos humanos, retuerce las reglas y acuerdos del comercio internacional y exige respeto a su liderazgo y a su visión como una vía alternativa, la suya. La única resistencia es la que los Estados Unidos esgrime ya de manera desesperada, argumentando amenazas invisibles. A medida que, cada año, pasan por mis clases en una de las mejores escuelas de negocio del mundo cada vez más alumnos brillantes procedentes de China, me doy cuenta de que en China no se habla de política: no hace falta. El éxito de su sistema y su visión del futuro del mundo anula todo cuestionamiento y toda consideración de necesidad para esa conversación.

 

IMAGE: Tatiana Kalashnikova - 123RFLos recientes disturbios en Teherán, donde una creciente ola de insurgencia ha congregado a decenas de miles de manifestantes durante ya varios días demandando un cambio en la política del país y un abandono del régimen teocrático, están poniendo de manifiesto la importancia de las herramientas tecnológicas como forma de coordinación de movimientos políticos, como ya ocurrió durante la llamada Primavera Árabe entre 2010 y 2012.

Ante la evidencia de que la coordinación de las protestas se estaba llevando a cabo mayoritariamente en Telegram, que cuenta con más de cuarenta millones de usuarios en un país con ochenta millones de habitantes, el gobierno del país solicitó a Pavel Durov, fundador de la compañía, a través de Twitter, que cerrase un grupo en el que presuntamente se estaban llevando a cabo llamamientos a la violencia y al uso de artefactos incendiarios contra la policía, petición que la compañía atendió tras comprobar tal circunstancia citando su política de no permitir usos destinados a promover la violencia. Sin embargo, cuando los seguidores del canal se han coordinado para reunirse en otros grupos, el gobierno ha amenazado con el cierre de la aplicación, cierre que parece ser – la información es confusa en este punto – que se ha llevado a cabo, junto con cierres de otras redes sociales como Instagram y, posiblemente, cierres puntuales de toda la conectividad a la red.

La interfaz entre la política y las herramientas de comunicación en la red se está volviendo cada vez más sofisticada. Los cierres totales de conectividad como el reciente en Congo, en un mundo cada vez más conectado y donde internet juega cada vez un papel más importante en la vida de las personas, se convierten en impopulares y difíciles de mantener en el tiempo, mientras que las aplicaciones van siendo cada vez más conscientes de su posible papel y atendiendo determinadas peticiones, incluso en el caso de herramientas como Telegram con sistemas de cifrado fuertes que no permiten una posible monitorización gubernamental.

En el escenario político, las herramientas de comunicación y coordinación tienen ya un papel tan importante que sus decisiones pueden resultar enormemente complejas. Del mismo modo que Telegram decide, tras una inspección y una comprobación, cerrar un grupo en el que presuntamente había llamamientos a la violencia, nos encontramos con que Facebook decide cerrar la página del líder pro-ruso de ChecheniaRamzan Kadyrov, con cuatro millones de seguidores, debido supuestamente a requisitos legales tras su inclusión en la lista de sanciones de la Oficina del Tesoro norteamericano de control de activos en el extranjero. Independientemente de las simpatías o antipatías que el líder de Chechenia pueda generar, la decisión resulta llamativa por su incoherencia, dado que otros líderes, como el venezolano Nicolás Maduro y varios miembros de su gobierno se encuentran en la misma lista, pero mantienen su actividad dentro de Facebook con total normalidad.

La interfaz entre la red y la política se está volviendo más y más compleja, y dependiente de factores de control sensiblemente más complejo. En 2009, tras los disturbios de lo que se dio en llamar “la revolución verde“, el gobierno norteamericano pidió a Twitter, que entonces estaba siendo utilizado como herramienta de coordinación por los manifestantes, que pospusiese un cierre temporal por mantenimiento para no interferir en el uso por parte de los insurgentes. Desde esos tiempos a los actuales, las herramientas han cambiado, pero su control también, y la nueva interfaz entre gobiernos y compañías parece estar volviéndose sensiblemente más compleja. Por un lado, ninguna herramienta quiere ser vista como una forma de coordinar o promover usos abiertamente violentos o ilegales. Pero por otro, estamos dando forma a un cóctel en el que se entremezclan intereses económicos, políticos y de política internacional sumamente complejos, cada vez más difíciles de controlar. A medida que esas herramientas prueban una influencia cada vez mayor, las compañías que las mantienen se convierten en actores más importantes y con más potencial en el terreno político, con capacidad para jugar o dejar de jugar un papel potencialmente decisivo.

Creo que va a ser uno de los temas más discutidos en 2018: la toma de conciencia por parte de las empresas de la red de la verdadera influencia que pueden llegar a tener fuera de ella. Cuando una protesta política toma una dimensión determinada, es bastante posible que su entidad se vuelva independiente del tipo de herramienta utilizada, como posiblemente esté ocurriendo en Irán. Pero más allá de las simpatías o antipatías que nos genere un gobierno o régimen determinado, pensar que sus destinos pueden estar sujetos a las decisiones de determinadas herramientas tecnológicas y sus intereses o los de los gobiernos de sus países… tampoco resulta especialmente tranquilizador.

 

IMAGE: The Light Writer - 123RFWired publica un interesantísimo artículo, Net states rule the world; we need to recognize their power, muy al hilo de algunos de los temas de los que hablaba Rebecca MacKinnon en su muy recomendable libro “No sin nuestro consentimiento“, para cuya edición en español tuve el honor de escribir un epílogo: la alteración que supone en la geopolítica y la economía tradicional la superposición de una red de información global en la que las fronteras tienden progresivamente a perder su sentido, en la que los costes de transacción se reducen al mínimo, y en el que grandes corporaciones como Google, Facebook o Amazon pasan a jugar, con sus decisiones, un papel más importante que el de muchos gobiernos.

Facebook tiene más de dos mil millones de usuarios, y aunque algunos sean falsos, siguen siendo muchos más que los habitantes de China, y todos ellos son afectados por cualquier cambio en las políticas de la compañía. Los usuarios de Google son muy difíciles de calcular, pero simplemente su correo electrónico, Gmail, tiene más de mil millones, y Android, más de dos mil. Se estima que Amazon tenía más de trescientos millones de usuarios activos a principios de 2016, y a finales de 2017 tiene 541,900 empleados, el tamaño de un país pequeño. Cualquiera de estas compañías pueden tomar decisiones, por ejemplo, a nivel fiscal, capaces de generar desequilibrios en las balanzas comerciales de algunas economías. 

¿Qué futuro tiene la geopolítica tradicional, cuando se empieza a apuntar la posibilidad de que las compañías del futuro sean intangibles que tengan una estructura de DAOs, Decentralized Autonomous Organizations, que podrán escoger de manera prácticamente libre en qué régimen fiscal anclarse y cómo contratar con empleados de todo el mundo mediante modelos de gobernanza completamente distribuidossmart contracts? Si quieres, y por relativamente poco dinero, puedes convertirte en un ciudadano e-residente de Estonia, independientemente de tu localización y de tu pasaporte, y tener desde un documento nacional de identidad, hasta la posibilidad de constituir sociedades en la república báltica, que presume de ser la sociedad digital más avanzada del mundo.

Ciudadanías virtuales y, por supuesto, monedas virtuales: en 2015, en medio de los momentos más duros de la crisis griega, el país barajó la posibilidad de adoptar el bitcoin como moneda nacional. ¿Qué habría ocurrido si hubiesen sido capaces de llevarlo a cabo, teniendo en cuenta que el precio de la criptodivisa estaba en torno a los $230 entonces pero supera hoy los $7,500, y es tan líquido como para poder tener una tarjeta de débito y dedicarte, si quieres, a pagar en bitcoins en cualquier lugar del mundo? ¿Puede organizarse la economía de un país entero en torno a un concepto que la mayoría de habitantes del mundo aún no entienden y que algunos consideran una estafa piramidal?

Las fronteras, los países y las ciudadanías, convertidos en un concepto ya no solo revisado y revisable, sino cada vez más irrelevante. Trabajadores que escogen su pasaporte y su residencia en función de criterios de todo tipo, y que entregan su trabajo a través de redes globales mediante contratos inteligentes inviolables, y cobrando en criptomonedas. Compañías que se financian emitiendo sus propios tokens y que declaran allá donde escogen declarar mediante procesos de optimización fiscal que se aprovechan de la todavía vigente y obviamente obsoleta legislación existente. Las mayores potencias económicas del mundo tomando un cuerpo de naturaleza completamente diferente, definido no por el lugar donde has nacido, sino por otros factores. Lo que sabíamos de geopolítica y de economía global, convertido en papel mojado.

¿Estamos preparados para iniciar, o simplemente para pensar en iniciar, esta conversación? ¿O se va a desarrollar sin nosotros?