IMAGE: Dolgachov - 123RFUn estudio de las universidades de Oxford y Cardiff afirma que las directrices con las que la mayoría de los padres controlan el tiempo de uso de dispositivos de sus hijos son demasiado estrictas. Para la mayoría de adultos, seguramente, una idea contraintuitiva: lo más habitual es escuchar quejas acerca de la total inmersión de los niños en sus dispositivos a todas horas, sea durante la cena con la familia o cuando visitan a sus abuelos y practican ese ubicuo deporte que se ha dado en llamar phubbing.

La realidad es que el tiempo de uso de los dispositivos de los jóvenes no es ni mucho, ni poco: simplemente es el que es, y es lógico que sea. Hablamos de personas nacidas y crecidas en un entorno en el que estos dispositivos tienen una presencia ubicua: en todas partes, en todos los bolsillos, utilizados para todo constantemente. Pedirles que se mantengan al margen de ellos es, sencillamente, una estupidez y una imprudencia absurda y sin sentido, como lo es el pretender que no los utilicen cuando están en determinados entornos. La propuesta francesa en ese sentido es completamente antinatural, y estoy seguro de que en no mucho tiempo se revelará como un fracaso total. Dentro de poco, consultar subrepticiamente el móvil ocultando el gesto a los que tienes alrededor se denominará “mirar a la francesa”.

¿Hay que controlar el tiempo que los niños utilizan sus dispositivos? Por supuesto. Todos los factores que afectan a algo tan importante como la educación de los niños deben ser objeto de control, como lo han sido siempre. ¿Tenía lógica antes dejar que un niño jugase a todas horas? ¿O viese la televisión sin parar? ¿O comiese compulsivamente? Todas las actividades de un niño deben ser objeto de un cierto nivel de control, y la educación consiste precisamente en eso: en controlar sin asfixiar, en hacer ver a alguien que no quiere ser controlado que ese control es razonable, por su bien, y destinado a generar unos hábitos adecuados. Convertirse en el policía de turno que vigila al niño por todos los medios posibles, le instala programas espía o le agobia de manera constante puede ser tan malo como dejar hacer sin límite alguno.

¿Cuánto es un uso razonable? Pues depende del niño y de las circunstancias. Hablamos de dispositivos multifuncionales, con un atractivo brutal y con unas posibilidades que podrían, sin ningún tipo de dudas, llevar situaciones de consumo excesivo o poco recomendable. La diferencia con un adulto está en la ausencia de autocontrol en ese sentido – como ocurre con tantas otras cosas… un niño comería golosinas sin parar hasta que le doliese el estómago, jugaría sin parar hasta caer rendido o vería su película favorita en bucle como si fuera una obsesión – y es precisamente ese autocontrol lo que hay que aspirar a desarrollar, de lo que se trata en gran medida ese proceso que denominamos educación.

Para llevar ese proceso a cabo, es preciso entender que los dispositivos son para muchas cosas, y por tanto, tendremos que entender qué diablos está haciendo el niño, desarrollar una relación de confianza que nos permita saberlo sin fiscalizarlo de manera persecutoria, e interesarnos por sus actividades en la red como nos interesamos por las que desarrollan fuera de ella. ¿Debe existir un tiempo fijo de consumo que no se puede exceder? Para mí, no tiene sentido, y es además contraproducente, porque lleva a que su relación con el dispositivo se convierta en algo artificial y absurdo. Ante la tesitura de “ventana de dos horas de uso”, los niños intentan maximizar el rendimiento de esas horas para la actividad que quieran, y posponen otros usos que podrían ser interesantes o desarrollar determinadas capacidades. El uso natural de un dispositivo es recurrir a él cuando lo necesitamos para alguna cosa, sea consultar algo, mirar un mapa, hacer una foto o jugar, usos que surgen cuando surgen y que no necesariamente se corresponden con una ventana de horas determinada. Pero eso, lógicamente, tampoco quiere decir “barra libre” sino, más bien, promover un uso responsable. Aplicar las normas de educación como se han aplicado siempre parece una buena idea: no permitir que el dispositivo se convierta en un inhibidor de la comunicación, no usarlo en determinados momentos destinados al contacto familiar, no permitir que interfiera con la cortesía, no acudir a él compulsivamente cada pocos minutos para ver si alguien ha comentado algo, etc. parecen reglas con bastante más sentido que un reduccionista “te dejo el móvil durante dos horas”.

Si crees que tus hijos manejan los dispositivos mejor que tú y, por tanto, no puedes enseñarles ni aconsejarles nada es que hay algo que estás haciendo muy mal. La única razón que hace que un niño maneje un dispositivo mejor que sus padres es que estos no se han interesado por el tema, con todo lo que conlleva no interesarse por algo que va a formar parte inseparable de la vida de su hijo – y sin duda, de la suya – durante toda la vida. Entender lo que hacen, evitar planteamientos simplistas o negarse a entender sus hábitos o costumbres es contraproducente, aunque haya hábitos y costumbres que nos pueda costar entender: se llama brecha generacional y ha existido en todas las generaciones de la historia. ¿Quieres perder el respeto de tus hijos, sea en el manejo de dispositivos o en cualquier otra cosa? Muestra una ignorancia supina provocada por la falta de interés o de entendimiento. Y desde una posición de pérdida de respeto, resulta muy difícil educar a nadie. Si quieres educar en condiciones, interésate por lo que hacen hasta la extenuación, pide explicaciones de lo que necesites y no pares hasta que lo entiendas, esfuérzate por mantenerte actualizado de las tendencias de uso, y balancea la importancia del otro entorno que condiciona a tus hijos además del familiar: el social. La idea de “castigar sin móvil” con total ligereza como si el uso no fuese importante para el niño es, en la mayoría de los casos, contraproducente, y refuerza la idea de “mis padres no me entienden” o “no se enteran de nada”. Que tus hijos no tengan las mismas escalas de valores que tú no debería ser sorprendente, sino todo lo contrario, y eso es algo que hay que entender.

Limitar el tiempo de pantalla de tus hijos a una o dos horas al día de manera arbitraria como hasta ahora recomendaba la Academia Americana de Pediatría no influye en absoluto en su bienestar ni garantiza una educación o unos hábitos adecuados. Es, simplemente, una tontería sin sentido, una forma absurda de tratar como un hábito nocivo algo que no tendría por qué serlo. Lo que influye en tus hijos es que uses los dispositivos como si fueran un baby-sitter, que los utilices persistentemente como “apaga-niños”, que no te preocupes ni lo más mínimo de lo que hacen con ellos, que adoptes una actitud de policía desquiciado, o que les dejes hacer todo lo que pidan sin límite alguno. Esas cosas sí generan problemas. Los niños no vienen con manual de instrucciones, pero pretender tomarlas de normas categóricas tampoco ayuda. Contra las normas arbitrarias y rígidas, por favor… sentido común.

 

ReplyASAP - Android Play MarketLa adolescencia es esa compleja etapa de la vida en la que las referencias cambian, y pasamos de ver a nuestros padres como autoridad prácticamente absoluta, a verlos como una molestia descontextualizada. En la evolución del proceso que supone promover y apoyar el desarrollo físico, emocional, social e intelectual de un niño desde la infancia hasta la edad adulta, pocas cosas han generado tantos cambios como la evolución del contexto tecnológico.

En muy pocos años, muchos han pasado de ver a sus hijos como frágiles criaturas necesitadas de protección, a verlos falsamente como supuestos ingenieros de cohetes capaces de entender y manejar sus dispositivos mejor que ellos, en lo que supuso la falsa creencia de que, por alguna razón misteriosa, había alguna razón biológica que les hacía estar mejor preparados. No, nuestro hijos no son genios, aunque a todo el mundo le guste creerlo: simplemente, la tecnología se ha hecho tan sencilla y ha reducido tanto sus barreras de entrada, que cualquiera – incluso nosotros, si le dedicásemos una atención similar, podríamos entenderla bien.

En esa supuestamente desigual lucha por el control entre padres y adolescentes, existen todo tipo de escenarios, caracterizados habitualmente por unos padres que intentan utilizar la tecnología para elevar el nivel de control sobre las actividades de sus hijos y unos hijos que procuran utilizar la tecnología para fines que nada tienen que ver con ese control. Que tus hijos lleven encima un dispositivo es, en principio, una fuente de tranquilidad si puedes en cualquier momento comunicarte con ellos para saber qué hacen, dónde están o qué planes tienen. Pero para los hijos, es una situación de control que, en muchos casos, desean evadir. A casi veinte años de adopción de la telefonía móvil, ya sabemos que la situación más habitual en las relaciones entre padres e hijos es esa: llamadas o mensajes unidireccionales de los padres a los hijos preguntándoles dónde están y qué hacen, y hijos ignorándolos o apagando el terminal y alegando todo tipo de excusas, desde que no lo oyeron, hasta que se quedaron sin batería.

Un padre británico, harto de ese tipo de excusas, ha desarrollado una aplicación para Android, ReplyASAP, que permite que unos padres, cuando sus hijos no responden sus mensajes, hagan que en el dispositivo del adolescente comience a sonar una alarma incesante que no se detiene e impide además cualquier otro uso del terminal hasta que el joven finalmente conteste. Es un punto más en una escalada armamentística en la que ya hemos visto otras batallas, como el uso de la función de compartir ubicación de Google Maps o la de Find My iPhone. La discusión sobre si el uso de ese tipo de aplicaciones para monitorizar la actividad de un adolescente es o no lícita, en los tiempos de la inseguridad, los atentados y la preocupación constante, parece saldada en favor de los padres: proliferan todo tipo de decálogos, contratos y reglas en los que se afirma que los padres pagan por el dispositivo y por su plan de datos, y por tanto, tienen derecho a exigir que el uso tenga lugar respetando unas ciertas reglas, y un artículo de hoy en The Guardian titula, sin ningún tipo de miramientos, Of course parents have a right to spy on their kids, y mientras, los adolescentes siguen buscando maneras de reclamar su independencia desinstalando aplicaciones, afirmando que la tecnología falla o apagando el terminal.

La realidad es la que ha sido siempre: ninguna tecnología, por sofisticada que sea, puede sustituir el desarrollo de una relación adecuada con unos hijos. En toda relación habrá fases de todo tipo, de mayor y menor tensión, de más o menos encuentros y desencuentros, pero es algo que poco tiene que ver con la tecnología, y mucho con el sentido común. Es parte del proceso que supone crecer y desarrollarse como adultos. El uso de aplicaciones de monitorización debe partir del hecho de que la persona monitorizada sepa que lo está siendo, en primer lugar porque pueden desconectarse voluntariamente o generarse errores (y más aún en una era en la que el número de dispositivos en uso se incrementa cada vez más), y en segundo, porque es una cuestión de respeto. Una app que pretende obligar incondicionalmente a un adolescente a contestar un mensaje de sus padres so pena de ver su smartphone convertido en una molesta alarma y deshabilitado para cualquier otro uso puede sonar muy interesante para algunos padres de hijos que habitualmente ignoran sus mensajes, pero no es precisamente un bálsamo para mejorar sus relaciones mutuas si no se utiliza con el adecuado nivel de respeto.

Como ha ocurrido siempre, la tecnología no va a arreglar lo que una educación mal planteada pueda haber estropeado. Convertirse en padres controladores que utilizan la tecnología para espiar todo lo que sus hijos hacen es un disparate: nadie puede vivir normalmente pensando que está en todo momento bajo control, y desencadenar una carrera de armamentos es algo que nunca termina bien. Pero toda relación está compuesta por dos partes, cada una con sus deberes y responsabilidades, e ignorar esto es otra receta más para el desastre. Antes de pensar que la tecnología va a ser la solución a un problema de relación, es mejor agotar antes otra vía: diálogo, diálogo y más diálogo.

 

IMAGE: Atomicbhb - 123RF

Adrián Cordellat me entrevistó por teléfono para Madresfera sobre el mito de los nativos digitales y los problemas derivados del mismo en la educación, tanto en las familias como en los colegios, al hilo de la publicación del libro “Los nativos digitales no existen“, para el que escribí el prólogo. La publicó ayer bajo el título “Enrique Dans y los nativos digitales“.

Hablamos, sobre todo, del tremendo error de partida que supone pensar que nuestros hijos están de alguna manera mejor preparados para la tecnología por el hecho de haber nacido en una época en la que esa tecnología forma parte habitual de su entorno. Esa omnipresencia consigue que no les parezca un elemento extraño, pero en modo alguno los prepara para su uso: creer que van a ser más hábiles y tener más facilidad por el simple hecho de haber nacido en un año determinado implica no entender nada bien los mecanismos de la evolución de las especies.

No, nuestro hijos no tienen ningún tipo de modificación genética que los prepare mejor para el uso de la tecnología. Ninguno. Si te parece que son muy hábiles, eso se debe fundamentalmente a tres cuestiones: una, que no ven los dispositivos como un elemento extraño porque viven rodeados de ellos. Dos, que esos dispositivos están muy bien fabricados y programados, y su uso resulta cada día más intuitivo para cualquiera, sobre todo si no tienes que “desaprender” con respecto a tecnologías anteriores. Y tres, que muy posiblemente, tú mismo te ves tan torpe en su manejo, que cualquier cosa que tus hijos hagan con un dispositivo te parece que los cualifica poco menos que para ser seleccionados por la NASA.

Por mucho que nos satisfaga en nuestro ego pensar que nuestros hijos son unos superdotados tecnológicos y podrían casi graduarse ya como ingenieros de cohetes, no es así. El problema del mito de los nativos digitales es que nos resulta enormemente cómodo: por un lado nos hace sentir bien porque a cualquier padre o madre le encanta sentir que sus hijos son maravillosos y listísimos, y por otro, nos hace pensar que finalmente, tras muchas generaciones buscándolo, hemos conseguido encontrar el “botón apaganiños”: basta con darle al niño un dispositivo con una app determinada cuando está dando la lata en un restaurante, para que automáticamente se quede sentadito en su silla o en un rincón y no lo volvamos a oír. No, perdona: si tus hijos son completamente incompatibles con la vida civilizada en cuanto los sacas de casa y los llevas a un restaurante, lo que tienes que hacer no es intentar apagarlos con un dispositivo, sino lisa y llanamente, educarlos. La tecnología nunca debe ser un sustitutivo de la educación.

¿Hay riesgos en la tecnología? Sí, por supuesto. Como en todo. Como en salir a la calle, como en hablar con desconocidos o como en ver la televisión. ¿Hay un pederasta colgado en cada poste, acechando a nuestros hijos? No, pero hay que explicarles que existen pederastas, y que en cuanto tengan la más mínima sospecha, tienen que contárselo inmediatamente a sus padres. ¿Existe el cyberbullying? Por supuesto, como existía el bullying antes de que hubiese internet, aunque le diésemos un nombre diferente… pero cuando veo problemas con adolescentes sometidos a cyberbullying, no puedo evitar pensar siempre lo mismo: ¿dónde diablos estaban esos padres que ni fueron capaces ni de estar ahí disponibles para comentar los problemas de sus hijos, y que ni siquiera se dieron cuenta por las señales externas de que los estaban sufriendo? No, educar a un hijo no es darle un ordenador y dejarlo que aprenda a usarlo sin supervisión “porque es un nativo digital”. Educar a un hijo es otra cosa, y tiene poco que ver con la tecnología o con instalar un maldito filtro parental. Es una actitud.

Utilizar los dispositivos como apaganiños o como baby-sitter es una completa irresponsabilidad. Pero peor aún es considerar que “la tecnología es peligrosa” y tratar de mantenerlos lejos de ella. Eso sí resulta profundamente irresponsable y absurdo. Nuestra comprensión de la tecnología tiene que comenzar por pensar que es un elemento permanente de nuestra sociedad actual y futura, y que lo que tenemos que hacer con ella es aceptarla y preparar a nuestros hijos para ella. La primera regla básica es entender que el mayor riesgo de la tecnología para nuestros hijos es que se mantengan alejados de ella.

A partir de ahí, planteémonos que la tecnología, como cualquier otro entorno, precisa de un acompañamiento responsable, de una dedicación de tiempo y recursos, de una didáctica y de una serie de reglas. Si alguna de esas cosas no te parece importante, lo que deberías revisar no es la tecnología, sino tu carnet de progenitor, que desafortunadamente es expedido sin ningún tipo de requerimiento previo. En octubre de 2015, antes de que el libro estuviese siquiera en fase de idea, escribí un pequeño decálogo sobre niños y tecnología al hilo de una conferencia que estaba preparando, en el que avanzaba muchas de las ideas que comento en el prólogo del libro, y que anteriormente había reflejado también en una entrevista con Marcos López, de Adolescentes y más, titulada “Los nativos digitales no existen, son puro mito y su educación no es más sólida“.

Las ideas son las mismas: no existe ninguna “codificación genética” en nuestros hijos que los prepare especialmente para la tecnología, y hacer dejación de nuestras funciones de supervisión y educación en este aspecto es irresponsable y absurdo como padres, como profesores y como país. Según mi experiencia en universidades españolas, en muchos casos el daño ya está hecho: muchos jóvenes son tan ignorantes y están tan poco preparados para desarrollarse en entornos tecnológicos como lo están sus padres, con un agravante: ahora, además, se creen “expertos” porque saben hacer cuatro tonterías en WhatsApp y en Snapchat. Jóvenes que desprecian las redes sociales, que desconocen o ningunean el potencial de determinadas herramientas, y que pretenden “estar de vuelta de todo” cuando ni saben hacer la O con un canuto. De querer tener “la generación mejor preparada de la historia”, a criar, salvo excepciones, una panda de ignorantes que encima se creen ingenieros de cohetes, y que resultan si cabe más fáciles de manipular que sus padres porque no son capaces de diferenciar una noticia falsa o una esponsorizada, desconocen la importancia del fact-checking o de la validación de fuentes, y se creen a pies juntillas el primer resultado de cualquier búsqueda.

Es el momento de concienciar a quien pueda ser concienciado: padres, educadores, profesores a todos los niveles, legisladores buscando la enésima modificación de las políticas educativas… no, los nativos digitales no existen. La tecnología, como la física o las matemáticas, hay que explicarla, hay que entrenarla y hay que convertirla en materia fundamental, troncal y evaluada, porque vivimos en un mundo gobernado en gran medida por nuestra interacción con ella, y porque son muchas las claves de futuro que dependen de ella. No es simplemente “poner dispositivos y ya está”. Veremos si hay alguien con altura de miras al otro lado…

 

Ab-crack example on InstagramHace algunos días, me pidieron desde Informativos Telecinco (mi participación es un breve en el min. 24:30) que comentase brevemente acerca de los casos de supuestas obsesiones estéticas, como el ab crack, el thigh gap, el collar bone, el desafío A4, el belly button challenge o el diastema, cuya popularidad crece debido a su circulación a través de las redes sociales, y que marcan cánones estéticos que suelen coincidir con prácticas poco saludables – cuando no abiertamente aberrantes.

Mi intención, como prácticamente siempre en estos casos, fue la de tratar de situar la responsabilidad en el lugar adecuado y evitar demonizaciones gratuitas: las redes sociales no son buenas ni malas, obviamente. Los fenómenos de imitación y gregarismo en torno a cánones estéticos han sucedido siempre a lo largo de la historia de la humanidad por todos los medios posibles en menor o mayor escala, y por mucho que el uso de las redes sociales pueda intensificar su circulación, hablamos de un problema vinculado a la naturaleza humana. Entre otras variables, debido a cuestiones relacionadas con la comunicación y la educación.

Tratar de borrar las redes sociales de la ecuación no es una solución. Ni es ni realista, ni lógico, ni recomendable, ni siquiera posible, y seguramente, intentarlo provocaría efectos aún más peligrosos. Las redes sociales son solo un ámbito más de las complejas relaciones entre los adolescentes y sus padres, y la paternidad no funciona como “estar ahí salvo cuando se meten en la red”. Pensar en las redes sociales o en internet como en un lugar donde resulta imposible plantearse estar con nuestros hijos es sencillamente absurdo, una dejación de responsabilidad.

Por supuesto, esto no es sencillo. Si intentamos convertirnos en controladores de la actividad de nuestros hijos, nuestra actitud generará rechazo, y terminará convirtiéndose en una invitación a mantener algún tipo de doble vida, de perfiles “para mis padres” y “para mis amigos”. Si pretendemos “ser colegas” y estar presentes haciendo Likes y comentando, puede llegar a ser aún peor. Como todo, es una cuestión de equilibrio: estar por genuino interés, como parte lógica de una relación, dejando el debido espacio, pero no estando ausentes. Estar porque realmente es algo que nos interesa entender, sin convertirnos en una presencia agobiante, pero sí intentando educar en el sentido común. No es fácil obtener frente a nuestros hijos una postura de autoridad moral en este ámbito basada en el conocimiento, pero sin duda se convierte en imposible si desde el primer momento renunciamos a ello y nos reconocemos como completos ignorantes. Desde una posición de conocimiento e interés en el fenómeno podemos aspirar a convencer a nuestros hijos de que “ser youtuber o instagrammer” no es un plan de vida muy razonable o muy realista, o inculcarles qué cosas corresponden al ámbito de lo público y cuáles al de lo privado. Pero si tener esa conversación y ser convincente resulta complicado desde una base de entendimiento, intentar tenerla desde posiciones de ridiculización y tremendismo resulta imposible, y solo desencadena un patético “mis padres no se enteran de nada”. No, no es fácil, pero pocas cosas en este ámbito lo son.

Hoy mismo, un estudio de ANAR trataba de perfilar el ciberacoso, un problema en el que de nuevo, en muchos casos, sorprende una actitud ausente de los padres, una dejación de responsabilidad, un “¿cómo íbamos a suponer…” No, ni el acoso es algo nuevo, ni las redes sociales no son distintas de otros ámbitos: del mismo modo que intentamos – o deberíamos – saber con quién y por dónde andan nuestros hijos cuando salen, deberíamos igualmente saber qué hacen en la red, qué fenómenos les llaman la atención, a quiénes siguen o idolatran, y cómo les influye. Si unos padres no intuyen que su hijo o hija tiene un problema de acoso, los que tienen un problema – de relación – son ellos. No hay ninguna ley escrita que impida la comunicación en torno a estos temas, y de hecho, una relación natural entre padres e hijos debe contener una dosis lógica y razonable de información bidireccional sobre las cosas que se hacen en la red, las aplicaciones y redes que se usan, las personas con las que se comunican o los temas que se tratan. Entre planteárselo, intentarlo y conseguirlo, por supuesto, hay un trecho. Y se recorre con paciencia, conocimientos y comunicación.