IMAGE: Nick Youngson CC BY-SA 3.0 Alpha Stock ImagesUna compañía es un ente relativamente abstracto, formado por una amalgama de individuos diversos, y con un fin último que, en la mayoría de los casos, tiende a identificarse con un parámetro económico, con una frase del tipo “generar valor a los accionistas”. A lo largo de la historia, han sido muchas las compañías que, de una manera u otra, han demostrado supeditar claramente esa máxima de los beneficios a prácticamente cualquier otro concepto, desde IBM en la década de los ’30 y su colaboración con el régimen nazi para el holocausto, hasta, más recientemente, el envenenamiento sistemático e irresponsable del planeta por parte de Volkswagen. Si nos atenemos a los hechos, todo indica que lo más parecido a algo que podríamos calificar como “ética corporativa” es ese concepto denominado responsabilidad social corporativa, que en demasiados casos ha demostrado clara y tristemente ser poco más que una herramienta propagandística para justificar unas pocas frases grandilocuentes en una memoria anual.

Sin embargo, frente a la ética (o falta de ética) corporativa, está la ética de los empleados y su capacidad para organizarse. En la economía actual, los empleados, cada vez más, se convierten en una fuerza importante a la hora de corregir acciones emprendidas por sus empresas si, por la razón que sea, las juzgan inaceptables. Así, hemos podido ver recientemente el caso de Google frente al Proyecto Maven del Departamento de Defensa: un contrato indudablemente lucrativo para la compañía, en el que participan además muchas otras compañías tecnológicas – que en su gran mayoría no han dicho ni esta boca es mía – y que tiene como fin el desarrollo de algoritmos destinados a reconocer imágenes tomadas por drones en el campo de batalla, imágenes de personas cuyo destino es bien conocido por cualquiera con un mínimo de inteligencia y escrúpulos. La resistencia a la colaboración de la compañía en el proyecto comenzó con algunas dimisiones, continuó con una carta firmada por miles de empleados, y terminó con la no renovación del contrato con el Departamento de Defensa, así como con la publicación de unos principios éticos que pretenden marcar la actuación de la compañía con respecto al desarrollo de la inteligencia artificial. 

Ahora, el turno le toca a Microsoft: la compañía que el pasado enero se mostraba “orgullosa de colaborar con la Immigration and Customs Enforcement (ICE)“, se ha encontrado, tras la fortísima polémica desencadenada en torno a la demencial práctica de esta agencia, bajo la disfuncional administración Trump, de separar a las familias demandantes de asilo de sus hijos en la frontera e internar a esos niños, solos, en centros de custodia. Las protestas en torno a esta salvaje práctica no se han hecho esperar, y obviamente, han sido secundadas por algunas compañías tecnológicas y por empleados de Microsoft, que han comenzado protestas a través de Twitter y han puesto a la compañía en una situación obviamente complicada. Ante el alboroto y las protestas, la compañía intentó primero eliminar la entrada del blog corporativo en la que hablaba de su colaboración con ICE, y posteriormente ha decidido, ante las amenazas de dimisiones entre sus empleados y las llamadas al boicot, publicar una declaración en la que se manifiesta “consternada por la separación forzada de familias inmigrantes en la frontera“. En sucesivas aclaraciones, la compañía ha afirmado que

“… queremos ser claros: Microsoft no está trabajando con el Servicio de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos o Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. en proyectos relacionados con la separación de niños de sus familias en la frontera, y contrariamente a algunas especulaciones, no somos conscientes de que los servicios de Azure estén siendo utilizados para este fin. Como compañía, Microsoft está consternada por la separación forzada de niños de sus familias en la frontera. La unificación familiar ha sido un principio fundamental de la política y la ley estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Como compañía, Microsoft ha trabajado durante más de veinte años para combinar la tecnología con el estado de derecho para garantizar que los niños refugiados e inmigrantes puedan permanecer con sus padres. Necesitamos continuar construyendo sobre esta noble tradición, en lugar de cambiar el rumbo ahora. Instamos a la Administración a cambiar su política, y al Congreso a aprobar legislación que garantice que los niños no estén separados de sus familias.”

Una declaración que deja en un vago “no somos conscientes de ello” el si las herramientas de la compañía son utilizadas o no por ICE, y que podría no ser suficiente para apaciguar las protestas, que podrían pedir la suspensión completa del contrato con la agencia hasta que la práctica sea eliminada.

En cualquier caso, dos casos que vienen a dejar una cosa cada vez más clara: si no estás de acuerdo con las prácticas de tu compañía, si te parecen éticamente reprobables, no estás obligado a colaborar con ellas, y deberías hacer caso a tu conciencia, oponerte y protestar. Pero una cosa es protestar, una acción que podría costarte el puesto de trabajo, en una empresa norteamericana, en un mercado de trabajo expansivo y con múltiples opciones, y en puestos en los que, en muchos casos, basta con ponerse en ese mercado para obtener otro puesto en otra compañía, y otra es hacerlo cuando no te consta que otros vayan a secundarte, cuando estás en un país con un mercado de trabajo complicado o con un índice de paro elevado, o cuando tu puesto no te garantiza un movimiento fácil a otra compañía. Los mercados de oferta y los de demanda, en este sentido, es previsible que no funcionen igual.

¿Tiene un precio la ética? ¿Solo puede comportarse éticamente aquel que puede permitírselo? Obviamente no debería ser así, y que empleados de algunas compañías norteamericanas empiecen a sentar precedente en este sentido es algo que podría llegar a tener un valor en el futuro. Al menos, si las compañías no hacen gala de un comportamiento ético por sí mismas, podremos contar con la ética de sus empleados para ponerlas en situaciones en las que, por las buenas o por las malas, tengan que cumplir con unos principios y con la sociedad en su conjunto. Que este tipo de comportamientos se generalizasen a otros países y otras compañías sería de lo más deseable, por el bien de todos. Pero sencillo, sin duda, no va ser.

 

GitHub OctocatEl pasado viernes 1 de mayo, Business Insider reveló detalles de una serie de conversaciones entre Microsoft y GitHub, el mayor repositorio de código abierto del mundo, anticipando que podrían culminar en la adquisición de la compañía, que lleva bastantes meses en una prolongada búsqueda de un CEO que la ha dejado sin una dirección estratégica clara. Ayer domingo 3, Bloomberg confirmó que las conversaciones habían fructificado y que el acuerdo de adquisición se anunciaría, previsiblemente, hoy lunes.

GitHub es un repositorio de proyectos de código abierto que permite, mediante herramientas como páginas de proyecto, control de versiones, seguimiento de bugs, y de colaboración en forma de red social como wikis, que los desarrolladores colaboren en aquellos proyectos que les resulten interesantes o expongan los suyos buscando colaboradores, y puedan visibilizar estos proyectos ante la comunidad. Concentra a unos veintisiete millones de desarrolladores y unos ochenta millones de proyectos, que lo consideran un elemento esencial en su forma de trabajar y de visibilizar sus proyectos. En 2015, el sitio fue valorado en unos dos mil millones de dólares tras levantar $250 millones en una ronda liderada por Sequoia Capital, pero se desconoce aún en cuanto se ha podido cerrar la adquisición de Microsoft.

El interés de Microsoft por hacerse con GitHub revela hasta qué punto la compañía se ha transformado en su relación con el software de código abierto: desde aquel Steve Ballmer desatado que en 2001 calificaba a las licencias utilizadas en el software libre como “un cáncer”, hemos pasado a un escenario entonces imaginable por muy pocos en el que Microsoft se ha convertido en la organización que más código contribuye a GitHub, por encima de sospechosos habituales como Google, Facebook, Apache u otros. La compañía ha publicado en GitHub una amplísima variedad de herramientas, utiliza activamente el sistema de control de versiones del sitio para trabajar sus propios desarrollos en Windows y otros productos, y una de sus herramientas, Visual Studio Code, que permite a los desarrolladores trabajar en aplicaciones web y en la nube, convertida en abierta y publicada en el repositorio, ha adquirido una gran popularidad dentro de la comunidad. 

La adquisición, por otro lado, podría tener relación con otra propiedad de Microsoft adquirida en 2016: LinkedIn. La combinación de ambos servicios podría servir para revolucionar la manera en que se llevan a cabo los procesos de selección de desarrolladores por parte de las compañías, les permitiría hacer visibles sus contribuciones al repositorio dentro de la red social profesional, e incluso aplicar, como ya hacen compañías como Source{d},  algoritmos de machine learning para asegurar un buen encaje entre las características de un desarrollador y las demandadas por las compañías para un perfil determinado. Otros observadores, más críticos, afirman que una combinación así podría llevar a poner un foco excesivo en el uso del repositorio y del software de código abierto como un expositor o escaparate de las habilidades de un desarrollador, lo que podría reducir el interés en los desarrollos que no se hacen con esa finalidad más utilitarista.

En tan solo quince años, pero sobre todo tras la llegada de Satya Nadella, la compañía ha pasado de ser el objeto habitual de los odios y obsesiones de toda la comunidad de software libre, a ser un contribuyente activo de código, herramientas y recursos, y a utilizarlo internamente y en sus productos de una manera cada vez más generalizada, un auténtico cambio cultural a todos los niveles. Con la adquisición de GitHub, Microsoft asegura la viabilidad del servicio y adquiere un papel de liderazgo en su gestión, con todo lo que ello conlleva de cara a la percepción de la compañía. A finales de 2017, el entonces CEO de GitHub, Chris Wanstrath, afirmó que su compañía estaba totalmente comprometida con una gestión independiente e incluso barajó la posibilidad de salir a bolsa para obtener los recursos que podrían convertirla en sostenible. Posteriormente, sin embargo, anunció su intención de abandonar la compañía, que desde entonces ha estado en aparentemente eterna búsqueda de un sucesor y que, en ausencia de un criterio claro, parece haber optado por no complicarse la vida con una salida a bolsa como mínimo complicada, y terminar viendo una adquisición como una solución más que razonable. Si además, esa adquisición proviene de una compañía usuaria del repositorio, ampliamente significada y comprometida con el software de código abierto e interesada en garantizar el mantenimiento  del servicio, mejor que mejor, a pesar de que en este momento haya un cierto segmento de desarrolladores pidiendo que la operación no se lleve a cabo, escribiendo obituarios y anunciando que si es anunciada, se cambiarán a otros servicios similares. Y para Microsoft, la culminación de un cambio y de un mantra, “abierto mejor que cerrado” que, indudablemente, tiene cada vez más sentido. 

 

IMAGE: BagoGames, CC BYLo comentamos hace tiempo: Microsoft volvía a ser una empresa interesante, y comenzaba a recuperar una buena parte del valor destruido a lo largo del tiempo por ese hooligan incompetente llamado Steve Ballmer. Ahora, tras la impresionante transformación llevada a cabo por Satya Nadella, Microsoft se ha convertido en la tercera compañía más valiosa del mundo tras Apple y Amazon, superando a Google. En el momento de escribir estas líneas, Microsoft está valorada en 760,250 millones de dólares, frente a los 745,630 millones de la compañía de Mountain View.

En los algo más de cuatro años que Nadella ha estado al frente de la compañía, la valoración se ha más que duplicado, tras una serie de reposicionamientos que han conseguido convertirla en un competidor relevante en áreas tan importantes como el cloud computing (tanto construyendo una oferta fuerte en ese ámbito para terceros, como llevando a cabo una transición a la nube de sus propios productos), las tecnologías multiplataforma, la realidad aumentada, el machine learning o la computación cuántica. Tan solo a lo largo del último año, la cotización ha crecido más de un 40%, eclipsando las también importantes ganancias obtenidas por Google: claramente, no es que Google lo haya hecho mal, sino que Microsoft lo ha hecho increíblemente bien. De hecho, los ingresos de Microsoft provienen de fuentes mucho más diversificadas que las de compañías como Apple, que depende en un 60% de las ventas del iPhone, o como Google, que obtiene cerca del 90% de la publicidad.

La valoración específica podría alterarse con los vaivenes del mercado en cualquier momento, pero la situación es la que es: Microsoft vuelve a ocupar un lugar muy relevante en el escenario de la tecnología, y algunos analistas como Morgan Stanley creen que su valor podría llegar a duplicarse en un año y a superar la barrera del billón de dólares.

Estamos muy acostumbrados a que el mapa de la industria tecnológica sea enormemente dinámico y se redibuje cada poco tiempo: las empresas relevantes en este escenario no son las mismas que lo eran hace dos o tres décadas. Pero la vuelta a la relevancia de Microsoft es fruto de una transformación brutal que sitúa a Nadella en el elenco de directivo míticos – una transformación muy bien narrada en su libro Hit refresh, convertido ya en un clásico del management – y es, sin duda, una buena noticia para todos.

 

Transformación radical y dinamismo - SagMi tercera colaboración (aquí la primera y la segunda) en el blog corporativo de Sage se titula “Transformación radical y dinamismo” (pdf), y habla de los procesos de transformación de las compañías, de la continua reinvención de algunas compañías para adaptarse a los cambios del entorno, utilizando como ejemplos casos muy conocidos como Nokia, Microsoft, Sage, IBM o Amazon.

El paso de la transformación digital a la transformación radical, a la necesidad de entender los cambios en el entorno e interpretarlos como señales que marcan la necesidad de transformarse, incluso cuando el negocio que tienes funciona perfectamente y es susceptible de continuar haciéndolo durante algún tiempo. Entre casos de simple búsqueda de oportunidades y otros de adaptación y migración del negocio en función de cambios en el mercado existe una gran diferencia: la capacidad de análisis de la cadena de valor, la comprensión de la necesidad de examinar de manera crítica todos sus elementos y plantearse hackearlos desde dentro antes de que otros lo hagan desde fuera y sin control alguno por nuestra parte. La capacidad de no solo entender la disrupción, sino además, de reaccionar a ella de la manera adecuada, sin minimizar sus efectos, sin pensar que vas a ser capaz de luchar contra ella y de cambiar el entorno mediante el recurso  a las non-market strategies, al lobbying o a la presión sobre el regulador.

Desde hace muchos años, la estructura y planteamiento de mis cursos de innovación es precisamente ese: presentar los cambios en el entorno, y obligar a los directivos a plantearse que, ante un entorno que cambia de esa manera, resulta prácticamente imposible o absurdo pensar que su negocio no ha cambiado o no va a cambiar, por muy exitoso que sea o haya sido anteriormente. En un entorno tan rápidamente cambiante como el actual, todas las compañías están obligadas a replantearse constantemente su actividad, a analizar todos los cambios en el mercado y a entender las tendencias de fondo que representan o que pueden llegar a representar. La capacidad para plantearse ya no la transformación digital, sino la transformación radical es lo que separa a las compañías exitosas de las que simplemente son capaces de aprovechar una coyuntura y un modelo determinados, pero no se plantean salir de ahí.

 

IMAGE: Dirk Ercken - 123RFUn memorandum del CEO de Microsoft, Satya Nadella a todos los empleados de la compañía anuncia una fuerte reestructuración con mucho sentido aparente que apunta a poner todo el peso estratégico de cara al futuro en dos elementos fundamentales: la inteligencia artificial y la nube. Un movimiento completamente acorde con la evolución tecnológica y con los tiempos que vivimos, que trata de poner en valor a una compañía que ya no es la propietaria del sistema operativo más utilizado, pero a la que le queda muchísimo potencial de contribución al futuro de la tecnología. De hecho, así lo refleja una valoración que, según Morgan Stanley, podría llegar a alcanzar los mil millones de dólares a lo largo de este año 2018, irrumpiendo en una carrera en la que la mayoría tendían a mirar más bien hacia Apple y Google.

Para alcanzar ese objetivo de redefinirse en un mundo en el que la importancia del sistema operativo ha quedado sensiblemente reducida, la compañía degrada la posición estratégica de Windows, el sistema operativo que le permitió convertirse en lo que es hoy: el responsable de Windows, Terry Myerson, abandona la compañía, y su puesto en el primer nivel directivo de la compañía no es sustituido por ninguna otra persona con la palabra “Windows” en su tarjeta. El hasta ahora responsable de Office, Rajesh Jha, entra en ese primer nivel como responsable de una nueva división llamada ahora “Experiences & Devices”, dentro de la que se encuentra Windows.

Entre las prioridades, entender el nuevo papel del sistema operativo en un mundo en el que las experiencias de computación tienen lugar a través de múltiples dispositivos muchos de los cuales no tienen Windows, y por tanto, crear una arquitectura muy abierta y orientada a la nube en la que la compatibilidad con iOS y Android sea un elemento fundamental: da lo mismo qué dispositivo estés utilizando y con qué sistema operativo, pero podrás conectar de manera sencilla con la nube de Microsoft y trabajar con sus algoritmos. Como ya sabemos y hemos comentado desde hace muchísimo tiempo: abierto mejor que cerrado

Como armas fundamentales, una penetración privilegiada en el mundo corporativo, y una muy respetable segunda posición, por detrás Amazon pero por delante de Google, en el mercado del cloud computing, además de una cultura reforzada bajo la batuta de un Satya Nadella que está llevando a cabo la que puede ser, posiblemente, una de las operaciones de reorganización y transformación más ambiciosas e importantes de la historia de la tecnología, tras el desastre y la total pérdida de oportunidades que supuso su nefasto predecesor. Como resultado de la dirección marcada por Ballmer, Microsoft se quedó fuera de revoluciones tan importantes como la búsqueda, los smartphones, el código abierto o las redes sociales, una posición que, lógicamente, dejaba sus posibilidades de futuro sensiblemente reducidas.

Desde aquel panorama, en el que con Ballmer aún en la compañía, una portada de The Economist en 2012 dejó fuera a Microsoft de ese liderazgo tecnológico por el que, según ellos, luchaban Google, Apple, Facebook y Amazon, hasta tener hoy una compañía con brillantes perspectivas financieras, que ha sabido descontar agresiva y rápidamente sus anteriores errores, que está llevando a cabo una muy razonable transformación desde la simple venta de licencias (y anteriormente, cajas de discos envueltas en celofán), y que se transforma para adaptarse y participar de las tendencias más importantes del futuro tecnológico. No soy yo especialmente dado a las entradas laudatorias, pero la lectura del memorandum viene a reafirmar las razones por las que, desde hace ya algún tiempo, muchos hemos vuelto a considerar a Microsoft no solo una compañía muy interesante, sino además, a creer firmemente que cuanto mejor le vaya a la compañía, mejor nos irá a los usuarios y a la evolución del ecosistema tecnológico en general.