IMAGE: Freestocks - CC0 licenseVarios artículos inciden en la enorme inquietud que ha generado en los estudios de Hollywood, entre las productoras de cine y televisión y, en general, entre los actores tradicionales de la industria la reciente oleada de acuerdos multimillonarios de Netflix con estrellas como Shonda Rhymes, Ryan Murphy o el matrimonio Obama para la producción de contenidos y su explotación a través de la plataforma. Frente al dinamismo de Netflix, la industria tradicional de los contenidos se encuentra atrapada por un mecanismo de producción anquilosado, que depende enormemente de las secuelas, precuelas y remakes de producciones que anteriormente demostraron algo de éxito, y en la que los ingresos o la popularidad que genera cada producción depende aparentemente de factores casi aleatorios o desconocidos.

La gran realidad del momento es que Netflix, alimentado por una corriente incesante de éxitos mundiales y con una entrada constante de dinero fresco procedente de las cuotas de sus ciento veinticinco millones de suscriptores, puede comprar absolutamente cualquier cosa y atraer a quien buenamente considere interesante atraer. La valoración de la compañía ha crecido más de un 70% desde el pasado enero, y de hecho, ha superado a Disney como compañía de medios más valiosa del mercado. La valoración actual de Netflix, 164,000 millones de dólares, contrasta con los 152,000 de Disney, con algunas diferencias fundamentales: la primera tiene en plantilla algo menos de cinco mil empleados frente a los casi doscientos mil de la segunda, y además, parece haber encontrado el secreto del éxito permanente para la inmensa mayoría de sus producciones.

En octubre de 2015, justo antes de la entrada de Netflix en el mercado español, escribí un position paper con las expectativas que dicha entrada podía generar, y apunté a “un primer año de toma de posiciones moderado, seguido de una expansión intensa y de un crecimiento progresivo a medida que incrementa su oferta gracias a la recuperación de los contratos de sus series más conocidas y al desarrollo de su oferta de producción propia”. A la luz de los datos, mi optimismo inicial se ha visto incluso superado por los resultados, y ello se debe, fundamentalmente, al hecho de introducir en el análisis un factor fundamental: la supremacía de los modelos basados en la analítica de datos.

Para el viejo Hollywood y para las productoras de contenidos tradicionales, el éxito es una variable escurridiza y difícil de entender. El mix entre temática, estilo, argumento, estrellas, directores y demás factores que afectan a la aceptación del producto en el mercado ha sido analizado durante décadas sin resultados demasiado concluyentes, o que simplemente afirman que “a más, mejor”: fuera de la obviedad de que acumular talento y argumentos o temáticas probadas en una producción supone un éxito, poco más se sabe, y los éxitos ocasionales inesperados en producciones de bajo presupuesto o que generan sorpresa se tratan como eso, como excepciones derivadas de algún tipo de capricho de los mercados. A lo largo de muchas décadas de historia, la industria de los contenidos no ha sabido hacer mucho más que eso, y la predicción del éxito es cosa de algunos cotizados expertos trabajando con metodologías parecidas a la alquimia.

Frente a eso, llega Netflix y aplica algo mejor: la analítica. Cada usuario de Netflix deja en la compañía no solo sus sustanciosas cuotas mensuales, sino también algo mucho más valioso: una gran cantidad de información detallada sobre sus gustos, sus hábitos y sus intereses. Con todos esos datos, Netflix es capaz de elaborar un cuidadoso análisis que permite no solo elaborar un algoritmo de recomendación en el que los usuarios confían porque tiende a acertar de manera muy habitual, sino además, toda una maquinaria de predicción de la demanda. Cuando Netflix cierra un acuerdo con Shonda Rhymes, Ryan Murphy o el matrimonio Obama no lo hace siguiendo algún tipo de inspiración, sexto sentido o instinto: lo hace siguiendo un modelo de datos que le dice que esa combinación de talento junto con una serie de argumentos esperables en función de su trayectoria y sobre los que Netflix podría, además, influir, tiene un porcentaje determinado de probabilidad de éxito. De hecho, no solo sabe qué probabilidad de éxito tiene, sino prácticamente quienes de sus clientes van a ver esa producción, y hasta con qué cadencia. Una capacidad de análisis que la industria tradicional, a pesar de los avances que ha supuesto la actividad de compañías como Rentrak (desde 2016, parte de ComScore) que intentan aproximarse a esas metodologías, se limita habitualmente a trabajar con datos agregados de distintas plataformas y con un nivel de información sociodemográfica mucho más básico.

La industria de los contenidos está siendo sometida a un tratamiento que vamos a ver en todas las demás: para ser exitosos, los modelos de negocio en la actualidad deben ser capaces de apalancarse en una generación de datos lo más detallada posible – y además, como bien sabemos en pleno momento de la entrada en vigor de GDPR, percibidos como razonablemente respetuosos con la privacidad – que sean capaces de alimentar modelos de datos sofisticados, algoritmos de machine learning adecuadamente entrenados que permitan entender el negocio: predicciones, expectativas, excepciones y todo tipo de información que permita gestionar de una manera cada vez más cuantitativa, más exacta, más científica. Las series de Netflix no están ahí porque un productor haya tenido una inspiración divina o un momento de lucidez, sino porque un modelo de datos afirma que van a funcionar. Netflix, en ese sentido, es claramente un modelo analítico del siglo XXI frente a los modelos trasnochados y basados en la intuición de las productoras de contenidos del siglo XX. Y en consecuencia, llegan unos resultados sostenidos a lo largo del tiempo que, para quien entienda el poder de la analítica, de los algoritmos y del machine learning… tienen poco de sorprendentes.

 

IMAGE: Rebcenter Moscow - Pixabay (CC0 Creative Commons)Jaime Vicente Echagüe, de La Razón, me llamó para hablar sobre la adicción a las series de televisión, y a mí ya me pareció el exceso de los excesos: llamar adicción al hecho de que a alguien le guste ver muchos capítulos de series seguidos y que sienta una cierta sensación de vacío cuando la serie termina es, sencillamente, no tener ni maldita idea de lo que es una adicción, y banalizar el término hasta el límite. Ayer, Jaime citó mi opinión en su artículo titulado “La ciencia ya estudia la adicción a las series” (pdf).

La tontería de llamar adicción a lo que no lo es está llegando ya a límites completamente absurdos. Para la sociedad, parece que el hecho de calificar como adicción el que una persona vea muchas series, utilice su smartphone muy a menudo o lleve a cabo cualquier acción de manera repetitiva es algo que alivia la conciencia, una especie de “querríamos hacer algo, pero no podemos porque es un adicto”. No, no es así. Lo siento por aquellos que se sienten más a gusto utilizando el término, pero es sencillamente una soberana estupidez para la que no existen evidencias científicas de ningún tipo. Un niño que utiliza su smartphone a todas horas, que no lo suelta ni en la mesa, que no deja de utilizarlo ni un minuto cuando va de visita a casa de sus abuelos, y que reacciona violentamente cuando se lo intentamos arrebatar NO ES UN ADICTO, ES UN MALEDUCADO. Y la culpa, nos pongamos como nos pongamos, no es de la tecnología, es probablemente de sus padres, que no lo han sabido educar.

Pretender que los fabricantes de tecnología nos ayuden haciendo sus productos menos adictivos es algo tan soberanamente absurdo, que sobrepasa todos los límites del sentido común. Pedir a una marca que estropee sus productos, que los haga menos atractivos o que los llene de advertencias es una manera de intentar evadir la responsabilidad de educar: “yo los educaría, pero claro, es que la tecnología es tan adictiva y tan peligrosa, que no puedo hacer nada”. MENTIRA. Sí puedes hacer cosas: se llama educar, y si no sabes, tienes un problema, tanto tú, como tus hijos. La tecnología no es adictiva ni peligrosa: simplemente, hace cosas que nos gusta que haga, y como todo lo que nos gusta, si no nos enseñan a restringir su uso, la utilizamos todo el tiempo. Pero eso no es ser adicto, eso es, simplemente, que no te hayan enseñado a restringirte y a no hacer todo el rato lo que te gusta, o lo que te venga en gana. Aprender a vivir en sociedad implica ese tipo de cosas: no hacer siempre lo que te dé la gana. Si tus padres no te enseñan, es más difícil aprender. Pero no eres un adicto por ello: eres otra cosa.

Vamos a dejarnos de tonterías, por favor. Las adicciones son algo muy serio. Muy, muy serio. Son enfermedades, problemas que destruyen la vida de las personas, trastornos que modifican nuestro comportamiento de manera incontrolada e incontrolable, que requieren tratamiento. Cuando era poco más que un niño, viví la peor época de la adicción a las drogas en Galicia: algún compañero de colegio murió, algún otro sufrió muchísimo por ese tema. Lo pude ver directamente, los vi degradarse como personas, destruirse, destrozar sus vidas, recurrir a todo lo imaginable para satisfacer su necesidad. Pocos de los que se metían en eso salieron de aquel infierno. Comparar eso con el hecho de que un niño carente de educación no suelte su móvil ni a sol ni a sombra, o con que alguien se vea una temporada de una serie de un tirón es algo tan profundamente absurdo, irresponsable e insultante, que no merecería ningún tipo de consideración seria. Pero ahora resulta que, para demostrar la basura de sociedad que estamos construyendo, que los que piden a las marcas tecnológicas que rebajen el atractivo de sus productos son nada menos que asociaciones de inversores puritanos, que como son inversores, prácticamente obligan a algún tipo de respuesta absurda a las compañías, y que el país en el que vivo ha nombrado nada menos que a un delegado del Gobierno para la Estrategia Nacional de Adicciones que se dedica a hablar sin medida ni templanza de algo que define como “adicciones sin sustancia”, dándoles carta de realidad como si realmente existiesen. No, no existen, por mucho que a algunos parezca que les alivia pensarlo, que les guste tener algo a lo que echar la culpa de sus problemas. Pero no, no van a existir por el hecho de que las llamemos así: las cosas no se convierten en verdad por decirlas muchas veces. Las asociaciones de psicólogos de todo el mundo rechazan esa denominación, y el hecho de que un niño use mucho su smartphone no merece una cura de desintoxicación: merece, sencillamente, que lo eduquemos y nos dejemos de echar la culpa a supuestas “adicciones”.

No, no podemos dedicarnos a llamar “adicción” a cosas que se curarían simplemente con un poco de disciplina y educación. Cuanto antes paremos esta estupidez colectiva, mejor. Un poco de sentido común, por favor. 

 

Photos in media (Feb. 2018)

Esta semana he tenido una cierta presencia en medios por dos temas no relacionados entre sí y que, dado que esta página no solo la tengo para analizar la actualidad tecnológica, sino también un poco como “mi querido diario”, me gustaría comentar brevemente.

El primero de ellos fue la publicación de una lista en Business Insider, “Los 25 españoles del mundo de la tecnología que deberías seguir en Twitter“, amablemente convertida en lista de Twitter por Juan Andrés Muñoz para facilitar su seguimiento a quien lo desee. Un detalle de Business Insider que no esperaba, pero que no deja de tener su punto, porque mi uso de Twitter a lo largo de los años ha evolucionado sensiblemente, y desde hace bastante tiempo, lo utilizo únicamente para publicar mi entrada diaria en español y en inglés y para compartir alguna noticia publicada por terceros que considero interesante.

Si Business Insider considera que soy uno de los 25 españoles que deberías seguir, por mí encantado, porque el uso de Twitter que mantengo es precisamente eso, un intento de compartir información sobre lo que creo que es interesante en el mundo de la tecnología. Twitter supone para mí una fuente considerable de tráfico, en torno al 10% en mi página en español y bastante más en mi página en inglés, y que una publicación lo destaque, y mencione además que tengo “un tono muy didáctico y divulgativo”, considerando que me dedico a la enseñanza, quiere decir que no lo estoy haciendo del todo mal :-) Recuerdo a los posibles interesados que si alguien quiere una visión más completa de mi selección de noticias tecnológicas del día escogida con cierta regularidad, puede seguirme en este tablero de Pinterest o en mi revista de Flipboard, en las que no incluyo lo que escribo, sino únicamente lo que leo.

El segundo fue la noticia de la constitución del Consejo Asesor para la Innovación en la Justicia, una iniciativa del Ministerio de Justicia creado mediante orden ministerial como grupo de trabajo de los previstos en la ley 40.3 de la ley 6/1997. Sus funciones, según el documento oficial que detalla su creación, incluyen la identificación de necesidades, obstáculos, y oportunidades para la transformación de la Administración de Justicia, la generación de ideas para el desarrollo de políticas e iniciativas innovadoras en el sector legal, la promoción de la cultura de la innovación en el sector Justicia, la identificación de retos para las políticas de innovación en Justicia, la anticipación de tendencias emergentes y su uso en Justicia, la sugerencia de reformas legales necesarias para adaptar el ordenamiento jurídico a las nuevas exigencias planteadas por la sociedad, la propuesta de fórmulas de colaboración del sector público con el sector privado y la sociedad civil en el desarrollo de la digitalización de la Justicia, y la sugerencia de iniciativas que sirvan para impulsar la convivencia entre el Derecho y la tecnología. A petición del ministro, podría igualmente pronunciarse sobre medidas o planes que esté impulsando el Departamento, proyectos normativos, o directrices y decisiones relevantes.

La participación en el Consejo Asesor para la Innovación en la Justicia no conlleva ningún tipo de remuneración. Para mí, que el gobierno de mi país considere que puedo, a título estrictamente individual y no como representante de ninguna empresa, cargo o institución, tener algo que aportar supone toda una satisfacción: participaría en cualquier caso, independientemente del color político del gobierno que me lo pidiese. La primera reunión dejó discusiones interesantes y, sobre todo, un planteamiento operativo, abierto, poco burocrático, y con sensación de poder sacar cualquier tema o comentar cualquier idea con plena libertad. A medida que vaya avanzando la iniciativa, iré comentando mis impresiones al respecto.

 

IMAGE: Bicubic - 123RFUn artículo largo de fin de semana en The Guardian, ‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia, habla de las preocupaciones acerca de un presente en el que nuestra capacidad de atención se encuentra completamente destruída por culpa de unos dispositivos conscientemente diseñados para atraerla de manera constante, de fenómenos que algunos insisten en describir como “adicciones” a pesar de que ni una sola asociación de psicólogos o psiquiatras en ningún lugar del mundo lo admiten, y de ex-trabajadores de compañías tecnológicas convertidos en fervientes luditas que preconizan que nos alejemos de nuestros dispositivos como si de la peste se tratase.

La adicción a internet o al smartphone no existe. Por mucho que nos hartemos de ver personas con la cabeza hundida en su pantalla a todas horas, con aspecto de zombies cuando supuestamente quedan para verse mientras cada uno revisa sus notificaciones sin hablarse, o caminando por la calle – o conduciendo – con riesgo de matarse por intentar mirar esa pantalla “solo un segundo más”, la adicción a internet o al smartphone no es un fenómeno real. Usamos mucho nuestros smartphones porque nos son útiles y nos gustan, punto. Eso no es una adicción: es la constatación de que algo es práctico y agradable.

El uso del smartphone no va a disminuir, sino a aumentar. Seamos racionales: como consecuencia del desarrollo de fenómenos como el “there’s an app for that” o el internet de las cosas, hemos pasado de usar un terminal para hablar por teléfono, a usarlo para todo, desde encender y apagar las luces de casa, hasta poner y quitar la alarma, abrir la puerta, consultar un mapa, hacer una foto o poner música. Las funciones sociales no solo nos entretienen, sino que nos entregan regularmente pinchazos de dopamina cada vez que alguien nos hace un follow o un like, y nos llevan a modificar nuestros hábitos de maneras que algunos encuentran irresistibles mientras otros se rascan la cabeza y consideran enfermizas. Y aún así, el uso de nuestros smartphones no va a reducirse: va a seguir aumentando.

¿Es todo bueno, de color de rosa y no hay ningún problema? Por supuesto que no. La transición a un modelo de hiperabundancia constante de información nos ha hecho distraídos, nos cuentas centrarnos para leer un artículo largo, no verificamos nada o incluso algunos comparten artículos que no han leído, simplemente en función de lo que dice un titular diseñado para atraer su atención a toda costa. Ese tipo de fenómenos nos ha pillado poco preparados, la ecuación que nos proporcionaron – y la que seguimos proporcionando – no nos enseñó cómo tratar con un entorno así, y somos tan malos haciéndolo, que algunos han conseguido incluso aprovecharlo para fines verdaderamente inauditos, como meter a un idiota en la Casa Blanca. Gestionar nuestros hábitos y nuestra capacidad de concentración en la edad moderna no es sencillo, y requiere de aprendizaje, de adiestramiento y de técnicas específicas. En un entorno nuevo, hay comportamientos que se generan de manera automática, y otros que deben ser probados y enseñados, convertidos en materias lectivas.

La generación que estamos viendo en este momento no está llena de enfermos ni de adictos: simplemente es la primera que se ha desarrollado en un entorno para el que no estaban completamente preparados, y para el que los sistemas educativos no supieron adaptarse. Y la solución a ese problema no es restringir el uso de los dispositivos, sino paradójicamente, utilizarlos más. Convertirlos en algo completamente normal, en lo que usamos para estudiar, para trabajar, para encontrar lo que necesitamos en cada momento, para entretenernos y para un montón de cosas más. Pero que también nos permiten priorizar otras cosas cuando llega el momento. Para eso, hace falta cierto entrenamiento. Lo he comentado en infinidad de ocasiones: los protocolos sociales y de uso se desarrollan después de la fase de adopción masiva, no antes ni durante, y como parte de un consenso social que se ejerce a través de múltiples herramientas: leyes (ahora no podemos manejar el smartphone cuando conducimos, por ejemplo), costumbres, enseñanza, etc. Aprenderemos a gestionar nuestra atención en un entorno de hiperabundancia no cuando nos intenten restringir su disponibilidad, sino cuando nos adiestren, como parte de nuestra educación, para extraerle partido y manejarlo ventajosamente.

¿Podemos abandonar la dinámica de histeria colectiva y centrarnos en aprender a utilizar una herramienta que va a formar parte del panorama durante muchas generaciones? Por mucho que nos empeñemos, los smartphones no van a desaparecer, no van a poder ser prohibidos con éxito en casi ningún entorno salvo en aquellos donde la atención única sea indispensable, y hacerlo, además, agravaría el problema. Los niños, por supuesto, tendrán que entender cómo esas dosis de dopamina afectan su forma de comportarse y como el obtenerlas no justifica todo: tendrán que aprender a poner sus pasiones bajo control, como antes los niños aprendían a que no se podía jugar todo el tiempo. Si no los educamos, si hacemos dejación de nuestras funciones, lógicamente, irán pasando de subir una foto y ver que obtiene cincuenta likes, a subir otra en la que muestran más piel o hacen algo más estúpido y obtiene quinientos, y por supuesto, esa dinámica les enganchará, no querrán parar, y tildarán a sus padres de “no entender nada”. No, no son adictos. No podemos usar la excusa de la adicción para echarle la culpa de todos los males: simplemente, no los hemos educado bien y nos les hemos explicado bien las cosas, tan sencillo como eso. Por tentador que sea echarle la culpa a una supuesta adicción o a la tecnología, seamos serios y pongamos las cosas en su sitio.

No restrinjamos cosas que resulta absurdo intentar restringir y que van en contra de los tiempos. Simplemente, introduzcámoslas como parte normal de nuestra vida, utilicémoslas sin complejos cuando nos sean útiles, y aprendamos a ponerlas a un lado cuando nos impidan disfrutar de otras cosas. Es así de sencillo, y obviamente, así de complicado. Pero sea de la manera que sea, no nos queda otra que analizarlo, entenderlo, y ponernos en ello.

 

International covers 1-OEl pasado domingo 1 de octubre nos brindó todo un ejemplo en tiempo real de lo que supone saber gestionar adecuadamente eso que se ha dado en llamar la “post-verdad“: la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Desde el primer momento, el gobierno de Cataluña planteó una estrategia específicamente orientada a ese objetivo: el referendum era lo de menos. Que tuviese lugar con o sin garantías, que hubiese más o menos urnas, que los ciudadanos acudiesen en masa o no acudiesen, dentro de unos límites, no importaba en absoluto. El fracaso en ningún momento habría sido que la policía requisase las urnas, que entrase en los colegios a porrazos o que la metodología o el escrutinio planteasen alguna duda: el fracaso habría sido que no hubiese colas, que la policía no hiciese siquiera acto de presencia o que a la hora de contar, no hubiese nada que contar. Ese fracaso estaba cuidadosamente contenido: únicamente con los partidarios más radicales del independentismo convenientemente distribuidos se aseguraban las fotografías que el gobierno catalán quería difundir a la comunidad internacional. Lo demás, sencillamente no importaba.

En esta estrategia, planificada durante meses, el gobierno español ha sido una comparsa. Sus actuaciones fueron completamente anticipadas, evaluadas y encuadradas en un escenario en el que resultaron perfectamente convincentes de cara al objetivo final. El gobierno español y los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado crearon el contexto y la escenografía perfectas para que el gobierno catalán plantease su obra en pleno centro del escenario. A lo largo del día, desde primera hora de la mañana, las cosas quedaron completamente claras: la difusión a toda plana de las imágenes de violencia en todos los medios internacionales, las cifras de heridos, las colas de gente esperando para votar… a media mañana, el gobierno español también actuó como estaba previsto: ante la imagen que se estaba transmitiendo a nivel internacional, se pidió a la policía y a la Guardia Civil que dejasen de actuar. Todo funcionó según el guión planificado por el gobierno catalán, que hasta tuvo la posibilidad de hacer un “escrutinio” y escenificar en una plaza y con pantalla gigante la supuesta victoria de los partidarios de la independencia. Mientras, el gobierno español se dedicó a dar una imagen completamente patética, negándolo todo como si se tratase de un mantra, sin convicción alguna, y sin tener en cuenta lo que estaba saliendo en todos los medios.

En la política de hoy, con medios capaces de trasmitir a toda velocidad lo que ven, y siendo secundados por ciudadanos de toda condición armados con simples smartphones a través de redes sociales, la verdad es, tristemente, lo de menos. El dato de participación, los votos escrutados o la legitimidad del proceso no importan: lo que importa es la imagen de personas ensangrentadas que “prueban fehacientemente la represión salvaje”, la hubiese o no, el partido del Barça jugado a puerta cerrada aunque no hubiese necesidad alguna para ello, o las fotografías de las colas de centenares de metros de personas esperando para votar, votasen finalmente o no. Lo importante es contar una historia, planificar un cuidado story-telling, venderle al mundo lo que el mundo está completamente dispuesto a escuchar. La historia, en realidad, estaba contada desde mucho antes, lo que sucediese ayer, siempre que se asegurasen unos planos determinados que pudiesen ser utilizados para refrendar la versión oficial – la del hábil gobierno catalán, no la del torpe gobierno español – no importaba nada. Mediáticamente, el pescado estaba todo vendido. Y lo creamos o no, eso es ahora lo que importa.

Nadie, en ningún sitio, va a plantearse pedir actas de ninguna mesa, ni contar papeletas, ni interpretar los resultados, ni nada de nada. Todo el mundo, opine lo que opine sobre la legitimidad del proceso y lo que supone de vulneración de las normas, ha visto lo que ha visto, y ha interpretado lo que el gobierno catalán pretendía que interpretase, mientras al otro lado solo veía a unos torpes aprendices – que ya hace falta ser torpe para ser aprendiz después de tantos años en política – enviando policías con órdenes de reprimirlo todo, y negando insistente y tercamente lo que todos veían que estaba sucediendo. No hubo referendum, hubo una macro-manifestación, del mismo modo que el gobierno no mandó a la policía y a la Guardia Civil sino que lo hicieron los jueces, y de la misma forma que no hubo ninguna garantía para un supuesto proceso electoral… pero nada de eso importa ahora. Tras el 1-O, lo único que queda es la post-verdad: los ciudadanos de Cataluña salieron en masa a la calle – interprete usted lo que quiera por “en masa” – y se manifestaron inequívocamente en favor de la independencia – entienda usted lo que quiera por “inequívocamente”. Lo que venga a partir de ahora, con ese escenario ya convenientemente establecido, ya se verá.

Lo de ayer fue una lección que los estudiosos de la política deberán analizar durante mucho tiempo. Ayer solo se vio un ganador y un perdedor: un gobierno listo, capaz de entender el significado de los símbolos, y el poder de las redes sociales y de los medios en la era digital, y un gobierno tonto, torpe, no preparado y anticuado que solo sabe hacer declaraciones absurdas y carentes de credibilidad, negar obsesiva y tercamente lo que a nadie le importa, y que se ha limitado a leer, una por una, las líneas del papel que la Generalitat le había reservado. Pura torpeza política e incapacidad para entender el entorno actual. Lo demás, la supuesta legitimidad democrática de uno o de otro, el que te caigan mejor o peor, o lo que piensen los ciudadanos españoles o catalanes, sencillamente, no le importa a nadie.