IMAGE: Bicubic - 123RFUn artículo largo de fin de semana en The Guardian, ‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia, habla de las preocupaciones acerca de un presente en el que nuestra capacidad de atención se encuentra completamente destruída por culpa de unos dispositivos conscientemente diseñados para atraerla de manera constante, de fenómenos que algunos insisten en describir como “adicciones” a pesar de que ni una sola asociación de psicólogos o psiquiatras en ningún lugar del mundo lo admiten, y de ex-trabajadores de compañías tecnológicas convertidos en fervientes luditas que preconizan que nos alejemos de nuestros dispositivos como si de la peste se tratase.

La adicción a internet o al smartphone no existe. Por mucho que nos hartemos de ver personas con la cabeza hundida en su pantalla a todas horas, con aspecto de zombies cuando supuestamente quedan para verse mientras cada uno revisa sus notificaciones sin hablarse, o caminando por la calle – o conduciendo – con riesgo de matarse por intentar mirar esa pantalla “solo un segundo más”, la adicción a internet o al smartphone no es un fenómeno real. Usamos mucho nuestros smartphones porque nos son útiles y nos gustan, punto. Eso no es una adicción: es la constatación de que algo es práctico y agradable.

El uso del smartphone no va a disminuir, sino a aumentar. Seamos racionales: como consecuencia del desarrollo de fenómenos como el “there’s an app for that” o el internet de las cosas, hemos pasado de usar un terminal para hablar por teléfono, a usarlo para todo, desde encender y apagar las luces de casa, hasta poner y quitar la alarma, abrir la puerta, consultar un mapa, hacer una foto o poner música. Las funciones sociales no solo nos entretienen, sino que nos entregan regularmente pinchazos de dopamina cada vez que alguien nos hace un follow o un like, y nos llevan a modificar nuestros hábitos de maneras que algunos encuentran irresistibles mientras otros se rascan la cabeza y consideran enfermizas. Y aún así, el uso de nuestros smartphones no va a reducirse: va a seguir aumentando.

¿Es todo bueno, de color de rosa y no hay ningún problema? Por supuesto que no. La transición a un modelo de hiperabundancia constante de información nos ha hecho distraídos, nos cuentas centrarnos para leer un artículo largo, no verificamos nada o incluso algunos comparten artículos que no han leído, simplemente en función de lo que dice un titular diseñado para atraer su atención a toda costa. Ese tipo de fenómenos nos ha pillado poco preparados, la ecuación que nos proporcionaron – y la que seguimos proporcionando – no nos enseñó cómo tratar con un entorno así, y somos tan malos haciéndolo, que algunos han conseguido incluso aprovecharlo para fines verdaderamente inauditos, como meter a un idiota en la Casa Blanca. Gestionar nuestros hábitos y nuestra capacidad de concentración en la edad moderna no es sencillo, y requiere de aprendizaje, de adiestramiento y de técnicas específicas. En un entorno nuevo, hay comportamientos que se generan de manera automática, y otros que deben ser probados y enseñados, convertidos en materias lectivas.

La generación que estamos viendo en este momento no está llena de enfermos ni de adictos: simplemente es la primera que se ha desarrollado en un entorno para el que no estaban completamente preparados, y para el que los sistemas educativos no supieron adaptarse. Y la solución a ese problema no es restringir el uso de los dispositivos, sino paradójicamente, utilizarlos más. Convertirlos en algo completamente normal, en lo que usamos para estudiar, para trabajar, para encontrar lo que necesitamos en cada momento, para entretenernos y para un montón de cosas más. Pero que también nos permiten priorizar otras cosas cuando llega el momento. Para eso, hace falta cierto entrenamiento. Lo he comentado en infinidad de ocasiones: los protocolos sociales y de uso se desarrollan después de la fase de adopción masiva, no antes ni durante, y como parte de un consenso social que se ejerce a través de múltiples herramientas: leyes (ahora no podemos manejar el smartphone cuando conducimos, por ejemplo), costumbres, enseñanza, etc. Aprenderemos a gestionar nuestra atención en un entorno de hiperabundancia no cuando nos intenten restringir su disponibilidad, sino cuando nos adiestren, como parte de nuestra educación, para extraerle partido y manejarlo ventajosamente.

¿Podemos abandonar la dinámica de histeria colectiva y centrarnos en aprender a utilizar una herramienta que va a formar parte del panorama durante muchas generaciones? Por mucho que nos empeñemos, los smartphones no van a desaparecer, no van a poder ser prohibidos con éxito en casi ningún entorno salvo en aquellos donde la atención única sea indispensable, y hacerlo, además, agravaría el problema. Los niños, por supuesto, tendrán que entender cómo esas dosis de dopamina afectan su forma de comportarse y como el obtenerlas no justifica todo: tendrán que aprender a poner sus pasiones bajo control, como antes los niños aprendían a que no se podía jugar todo el tiempo. Si no los educamos, si hacemos dejación de nuestras funciones, lógicamente, irán pasando de subir una foto y ver que obtiene cincuenta likes, a subir otra en la que muestran más piel o hacen algo más estúpido y obtiene quinientos, y por supuesto, esa dinámica les enganchará, no querrán parar, y tildarán a sus padres de “no entender nada”. No, no son adictos. No podemos usar la excusa de la adicción para echarle la culpa de todos los males: simplemente, no los hemos educado bien y nos les hemos explicado bien las cosas, tan sencillo como eso. Por tentador que sea echarle la culpa a una supuesta adicción o a la tecnología, seamos serios y pongamos las cosas en su sitio.

No restrinjamos cosas que resulta absurdo intentar restringir y que van en contra de los tiempos. Simplemente, introduzcámoslas como parte normal de nuestra vida, utilicémoslas sin complejos cuando nos sean útiles, y aprendamos a ponerlas a un lado cuando nos impidan disfrutar de otras cosas. Es así de sencillo, y obviamente, así de complicado. Pero sea de la manera que sea, no nos queda otra que analizarlo, entenderlo, y ponernos en ello.

 

International covers 1-OEl pasado domingo 1 de octubre nos brindó todo un ejemplo en tiempo real de lo que supone saber gestionar adecuadamente eso que se ha dado en llamar la “post-verdad“: la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Desde el primer momento, el gobierno de Cataluña planteó una estrategia específicamente orientada a ese objetivo: el referendum era lo de menos. Que tuviese lugar con o sin garantías, que hubiese más o menos urnas, que los ciudadanos acudiesen en masa o no acudiesen, dentro de unos límites, no importaba en absoluto. El fracaso en ningún momento habría sido que la policía requisase las urnas, que entrase en los colegios a porrazos o que la metodología o el escrutinio planteasen alguna duda: el fracaso habría sido que no hubiese colas, que la policía no hiciese siquiera acto de presencia o que a la hora de contar, no hubiese nada que contar. Ese fracaso estaba cuidadosamente contenido: únicamente con los partidarios más radicales del independentismo convenientemente distribuidos se aseguraban las fotografías que el gobierno catalán quería difundir a la comunidad internacional. Lo demás, sencillamente no importaba.

En esta estrategia, planificada durante meses, el gobierno español ha sido una comparsa. Sus actuaciones fueron completamente anticipadas, evaluadas y encuadradas en un escenario en el que resultaron perfectamente convincentes de cara al objetivo final. El gobierno español y los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado crearon el contexto y la escenografía perfectas para que el gobierno catalán plantease su obra en pleno centro del escenario. A lo largo del día, desde primera hora de la mañana, las cosas quedaron completamente claras: la difusión a toda plana de las imágenes de violencia en todos los medios internacionales, las cifras de heridos, las colas de gente esperando para votar… a media mañana, el gobierno español también actuó como estaba previsto: ante la imagen que se estaba transmitiendo a nivel internacional, se pidió a la policía y a la Guardia Civil que dejasen de actuar. Todo funcionó según el guión planificado por el gobierno catalán, que hasta tuvo la posibilidad de hacer un “escrutinio” y escenificar en una plaza y con pantalla gigante la supuesta victoria de los partidarios de la independencia. Mientras, el gobierno español se dedicó a dar una imagen completamente patética, negándolo todo como si se tratase de un mantra, sin convicción alguna, y sin tener en cuenta lo que estaba saliendo en todos los medios.

En la política de hoy, con medios capaces de trasmitir a toda velocidad lo que ven, y siendo secundados por ciudadanos de toda condición armados con simples smartphones a través de redes sociales, la verdad es, tristemente, lo de menos. El dato de participación, los votos escrutados o la legitimidad del proceso no importan: lo que importa es la imagen de personas ensangrentadas que “prueban fehacientemente la represión salvaje”, la hubiese o no, el partido del Barça jugado a puerta cerrada aunque no hubiese necesidad alguna para ello, o las fotografías de las colas de centenares de metros de personas esperando para votar, votasen finalmente o no. Lo importante es contar una historia, planificar un cuidado story-telling, venderle al mundo lo que el mundo está completamente dispuesto a escuchar. La historia, en realidad, estaba contada desde mucho antes, lo que sucediese ayer, siempre que se asegurasen unos planos determinados que pudiesen ser utilizados para refrendar la versión oficial – la del hábil gobierno catalán, no la del torpe gobierno español – no importaba nada. Mediáticamente, el pescado estaba todo vendido. Y lo creamos o no, eso es ahora lo que importa.

Nadie, en ningún sitio, va a plantearse pedir actas de ninguna mesa, ni contar papeletas, ni interpretar los resultados, ni nada de nada. Todo el mundo, opine lo que opine sobre la legitimidad del proceso y lo que supone de vulneración de las normas, ha visto lo que ha visto, y ha interpretado lo que el gobierno catalán pretendía que interpretase, mientras al otro lado solo veía a unos torpes aprendices – que ya hace falta ser torpe para ser aprendiz después de tantos años en política – enviando policías con órdenes de reprimirlo todo, y negando insistente y tercamente lo que todos veían que estaba sucediendo. No hubo referendum, hubo una macro-manifestación, del mismo modo que el gobierno no mandó a la policía y a la Guardia Civil sino que lo hicieron los jueces, y de la misma forma que no hubo ninguna garantía para un supuesto proceso electoral… pero nada de eso importa ahora. Tras el 1-O, lo único que queda es la post-verdad: los ciudadanos de Cataluña salieron en masa a la calle – interprete usted lo que quiera por “en masa” – y se manifestaron inequívocamente en favor de la independencia – entienda usted lo que quiera por “inequívocamente”. Lo que venga a partir de ahora, con ese escenario ya convenientemente establecido, ya se verá.

Lo de ayer fue una lección que los estudiosos de la política deberán analizar durante mucho tiempo. Ayer solo se vio un ganador y un perdedor: un gobierno listo, capaz de entender el significado de los símbolos, y el poder de las redes sociales y de los medios en la era digital, y un gobierno tonto, torpe, no preparado y anticuado que solo sabe hacer declaraciones absurdas y carentes de credibilidad, negar obsesiva y tercamente lo que a nadie le importa, y que se ha limitado a leer, una por una, las líneas del papel que la Generalitat le había reservado. Pura torpeza política e incapacidad para entender el entorno actual. Lo demás, la supuesta legitimidad democrática de uno o de otro, el que te caigan mejor o peor, o lo que piensen los ciudadanos españoles o catalanes, sencillamente, no le importa a nadie.

 

International covers 1-OEl pasado domingo 1 de octubre nos brindó todo un ejemplo en tiempo real de lo que supone saber gestionar adecuadamente eso que se ha dado en llamar la “post-verdad“: la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales.

Desde el primer momento, el gobierno de Cataluña planteó una estrategia específicamente orientada a ese objetivo: el referendum era lo de menos. Que tuviese lugar con o sin garantías, que hubiese más o menos urnas, que los ciudadanos acudiesen en masa o no acudiesen, dentro de unos límites, no importaba en absoluto. El fracaso en ningún momento habría sido que la policía requisase las urnas, que entrase en los colegios a porrazos o que la metodología o el escrutinio planteasen alguna duda: el fracaso habría sido que no hubiese colas, que la policía no hiciese siquiera acto de presencia o que a la hora de contar, no hubiese nada que contar. Ese fracaso estaba cuidadosamente contenido: únicamente con los partidarios más radicales del independentismo convenientemente distribuidos se aseguraban las fotografías que el gobierno catalán quería difundir a la comunidad internacional. Lo demás, sencillamente no importaba.

En esta estrategia, planificada durante meses, el gobierno español ha sido una comparsa. Sus actuaciones fueron completamente anticipadas, evaluadas y encuadradas en un escenario en el que resultaron perfectamente convincentes de cara al objetivo final. El gobierno español y los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado crearon el contexto y la escenografía perfectas para que el gobierno catalán plantease su obra en pleno centro del escenario. A lo largo del día, desde primera hora de la mañana, las cosas quedaron completamente claras: la difusión a toda plana de las imágenes de violencia en todos los medios internacionales, las cifras de heridos, las colas de gente esperando para votar… a media mañana, el gobierno español también actuó como estaba previsto: ante la imagen que se estaba transmitiendo a nivel internacional, se pidió a la policía y a la Guardia Civil que dejasen de actuar. Todo funcionó según el guión planificado por el gobierno catalán, que hasta tuvo la posibilidad de hacer un “escrutinio” y escenificar en una plaza y con pantalla gigante la supuesta victoria de los partidarios de la independencia. Mientras, el gobierno español se dedicó a dar una imagen completamente patética, negándolo todo como si se tratase de un mantra, sin convicción alguna, y sin tener en cuenta lo que estaba saliendo en todos los medios.

En la política de hoy, con medios capaces de trasmitir a toda velocidad lo que ven, y siendo secundados por ciudadanos de toda condición armados con simples smartphones a través de redes sociales, la verdad es, tristemente, lo de menos. El dato de participación, los votos escrutados o la legitimidad del proceso no importan: lo que importa es la imagen de personas ensangrentadas que “prueban fehacientemente la represión salvaje”, la hubiese o no, el partido del Barça jugado a puerta cerrada aunque no hubiese necesidad alguna para ello, o las fotografías de las colas de centenares de metros de personas esperando para votar, votasen finalmente o no. Lo importante es contar una historia, planificar un cuidado story-telling, venderle al mundo lo que el mundo está completamente dispuesto a escuchar. La historia, en realidad, estaba contada desde mucho antes, lo que sucediese ayer, siempre que se asegurasen unos planos determinados que pudiesen ser utilizados para refrendar la versión oficial – la del hábil gobierno catalán, no la del torpe gobierno español – no importaba nada. Mediáticamente, el pescado estaba todo vendido. Y lo creamos o no, eso es ahora lo que importa.

Nadie, en ningún sitio, va a plantearse pedir actas de ninguna mesa, ni contar papeletas, ni interpretar los resultados, ni nada de nada. Todo el mundo, opine lo que opine sobre la legitimidad del proceso y lo que supone de vulneración de las normas, ha visto lo que ha visto, y ha interpretado lo que el gobierno catalán pretendía que interpretase, mientras al otro lado solo veía a unos torpes aprendices – que ya hace falta ser torpe para ser aprendiz después de tantos años en política – enviando policías con órdenes de reprimirlo todo, y negando insistente y tercamente lo que todos veían que estaba sucediendo. No hubo referendum, hubo una macro-manifestación, del mismo modo que el gobierno no mandó a la policía y a la Guardia Civil sino que lo hicieron los jueces, y de la misma forma que no hubo ninguna garantía para un supuesto proceso electoral… pero nada de eso importa ahora. Tras el 1-O, lo único que queda es la post-verdad: los ciudadanos de Cataluña salieron en masa a la calle – interprete usted lo que quiera por “en masa” – y se manifestaron inequívocamente en favor de la independencia – entienda usted lo que quiera por “inequívocamente”. Lo que venga a partir de ahora, con ese escenario ya convenientemente establecido, ya se verá.

Lo de ayer fue una lección que los estudiosos de la política deberán analizar durante mucho tiempo. Ayer solo se vio un ganador y un perdedor: un gobierno listo, capaz de entender el significado de los símbolos, y el poder de las redes sociales y de los medios en la era digital, y un gobierno tonto, torpe, no preparado y anticuado que solo sabe hacer declaraciones absurdas y carentes de credibilidad, negar obsesiva y tercamente lo que a nadie le importa, y que se ha limitado a leer, una por una, las líneas del papel que la Generalitat le había reservado. Pura torpeza política e incapacidad para entender el entorno actual. Lo demás, la supuesta legitimidad democrática de uno o de otro, el que te caigan mejor o peor, o lo que piensen los ciudadanos españoles o catalanes, sencillamente, no le importa a nadie.

 

IMAGE: Khoon Lay Gan - 123RF

La “adicción a internet” es el nuevo miedo sin pruebas, el coco que se come a nuestros niños, la historia que a los medios tradicionales les gusta contar y amplificar. No existe ningún tipo de prueba de ninguna patología ni ha sido jamás tipificada como tal: hablamos simplemente de un conjunto de mala educación, de falta de control en la asignación de prioridades de padres y educadores, y de un dispositivo, el smartphone, tan multifuncional y tan intensamente versátil, que recoge infinidad de usos que antes llevábamos a cabo utilizando muchos otros.

¿Existen personas “adictas a internet”? No. Lo escuches las veces que lo escuches, la “adicción a internet” no existe, y no porque lo diga yo, sino porque lo dice la American Psychiatric Association, que se ha negado desde hace años a incluir esa absurda invención a pesar de las presiones de muchos que pretendían ganar dinero “curando” ese supuesto “desorden”. Lo sabe el Royal College of Psychiatrists, que nunca lo ha incluido en su International Classification of Diseases, y lo saben los expertos en patologías de adicciones a todos los niveles. No, la “adicción a internet” no existe, y siempre que escuches el término en las noticias o en boca de alguien, puedes descartar todo lo que venga después.

¿Existen personas que lo usan internet demasiado? Demasiado, ¿comparado con qué? Posiblemente haya casos de exceso de uso, como antes había personas que veían demasiado la televisión o que se pasaban el día dedicándose a una sola actividad. En el caso del smartphone, una persona “que lo consulta cada poco tiempo”, síntoma que parece asustar tanto a algunos, puede estar jugando, comunicándose, monitorizando el precio de una acción, viendo la predicción del tiempo, mirando un mapa, escribiendo, haciendo o retocando una fotografía, leyendo un periódico o un libro, escuchando música, aprendiendo con un chatbot sobre política francesa, viendo fotos de sus amigos, mirando la hora, adquiriendo una entrada de cine, pagando el aparcamiento, haciendo una reserva en un restaurante, consultando su billete de tren o avión, traduciendo un texto, pidiendo un taxi, y se me quedarían en el tintero varios miles de usos posibles más. ¿A qué dicen que es “adicto” esa persona exactamente? ¿A la vida?

Internet, en realidad, es un medio, no una actividad como tal, aunque a mucha gente que nació antes de internet le parezca que “todo es lo mismo”. Si pasas mucho tiempo apostando en internet, es posible que pierdas mucho dinero y que te provoques daño a ti mismo y a las personas que te rodean, pero lo que tendrás, como cualquier psiquiatra podrá certificar, es una adicción al juego, no una “adicción a internet”. Si pasas las horas comprando en internet, es posible que tengas una adicción a las compras, pero en modo alguno una “adicción a internet”. Hablar de “adicción a internet” es tan absurdo como hablar de “adicción a la calle”: internet es un vehículo, no un desorden de ningún tipo. Podemos hablar de adicciones a sustancias, de adicciones conductuales, e incluso de que algunos comportamientos susceptibles de generar adicción se desarrollen a través de internet como antes se podían desarrollar a través de otros medios. Pero no de “adicción a internet” como tal.

¿Qué problema tiene sacar el smartphone del bolsillo más de un número determinado de veces al día? ¿De verdad resulta de alguna manera “raro” que me encuentre incómodo cuando no tengo acceso a internet, cuando internet es una de las formas más adecuadas y convenientes de relacionarse con el mundo? ¿Por qué estúpida razón viene un medio de comunicación a definirme como “adicto” por ello? ¿Qué pavorosa cantidad de sinvergüenzas pretenden ganar dinero asustando a personas inventándose una supuesta enfermedad, para seguidamente ofrecer “curas” y terapias milagrosas para la misma? ¿Qué interés tiene una cadena de televisión en definir el uso del smartphone como una adicción, aparte de que empleemos más tiempo viendo sus contenidos y no otros?

¿Hay adictos? Por supuesto, los ha habido siempre. A todo. Pero afortunadamente, suponen un porcentaje generalmente muy pequeño de la población. ¿Hay ludópatas? Sí, los ha habido siempre, y posiblemente, el hecho de que ahora se pueda desarrollar esa actividad a través de la red, que elimina muchos de los frenos sociales y de la fricción que antes existía para ello, pueda llevar a un incremento en el número de casos. ¿Hay otakus que se obsesionen con un juego y abandonen otros hábitos sociales? Sí, pero no es un problema de la red como tal, mucho menos una “adicción a internet”, e incluso el término ha perdido la práctica totalidad del componente peyorativo que pudo tener.

Como padres, tendremos que preocuparnos, como lo hemos hecho siempre, de enseñar a nuestros hijos que existe una cosa para cada momento y un momento para cada cosa. Que hay que gestionar bien nuestros prioridades y valores. Que no pueden jugar todo el día, que no pueden pasarse todo el día pendientes de lo que hacen sus amigos, o que no pueden dejar de hacer ciertas obligaciones porque están haciendo otras actividades que les resultan más placenteras. Habrá que enseñarles educación, como se ha hecho toda la vida: de pequeños, por mucho que quisiéramos o nos gustase, no nos dejaban jugar todo el día, ni pasarnos toda la visita a casa de nuestros abuelos mirando por la ventana y sin dirigirles la palabra. Educación. Algunos han pensado que ya viene programada, que se puede hacer dejación de responsabilidad porque “eso de educar” es muy pesado. Es más cómodo, si el niño da el coñazo, darle el smartphone con un juego y “apagarlo”. Y después vienen y se quejan de que sus hijos son “adictos”: no, lo que son es unos maleducados. Esos padres hablan de “adicción a internet” porque eso les descarga muy convenientemente de una parte importante de la responsabilidad de no educar a sus hijos: “yo les educaría, pero no puedo, porque son adictos”. Ya, claro.

¿Adicción a internet? No existe. Es una total, absoluta y completa estupidez. Una idea simplista y reduccionista. Déjate de adicciones y de fantasmas, aprende a sacar partido de la tecnología, y enseña a tus hijos a que lo hagan también.

 

Facebook TVA lo largo de sus doce años de historia, la forma en la que Facebook se ha definido a sí misma siempre ha sido la misma: una compañía de tecnología. Esa definición ha condicionado claramente su estrategia, que se ha centrado en convertirse en una potencia en términos de desarrollo, una tarea en la que su propio fundador sigue implicándose habitualmente. La mayoría de las adquisiciones de Facebook, de hecho, reflejan ese patrón: equipos de buenos desarrolladores, a los que se busca retener a toda costa y potenciar con los recursos de su nuevo hogar, integrándolos en equipos potentes y dotándolos de más medios. La evolución post-adquisición, uno de los elementos más importantes en el éxito de una compañía que utiliza esa herramienta con notable frecuencia, parece reflejarlo así.

Esta idea, la de ser una compañía tecnológica, está fuertemente imbricada en el ADN de Facebook. Sin embargo, todo indica que cada día más, comienza a consolidarse otra forma de entender la compañía, en una visión no competitiva con la anterior, pero sí fuertemente complementaria: la de ser una compañía de medios. Diferente a las tradicionales, sí, pero dedicada a una labor de plataforma cuya finalidad sería la de fomentar la producción de contenido.

Entender la compañía como un canal implica, en primer lugar, tratar de resolver lo que muchos consideran su mayor reto actual: la proliferación y difusión de noticias falsas. Frente a la idea de “yo soy solo una plataforma, y lo que se mueva a través de ella no es mi problema”, parece extenderse otra visión que llevaría a la compañía a tomar responsabilidad, a educar a los periodistas, a abrir sus datos a investigadores, y a tratar de desarrollar sistemas de fact-checking que, dentro de unos límites, permitan a los usuarios saber a qué atenerse cuando acceden a contenidos en su red.

Esta idea podría tener su continuación en el intento de fomentar el desarrollo de otro tipo de contenidos en Facebook: en lugar de poner el foco en el vídeo en vivo, pagando a personajes y celebridades de diversos tipos para que hagan livestreaming desde los eventos a los que acuden, en lo que llegó a calificarse de auténtica obsesión para el fundador, la compañía parece ahora tender a eliminar estos incentivos económicos para tratar de fomentar, aparentemente, contenidos de otro tipo, generalmente más largos y de mayor calidad por los que la compañía sí tendría interés en pagar.

Un posicionamiento de este tipo acercaría a Facebook más a la idea de una productora, de un canal de televisión que podría financiar parcialmente el desarrollo de contenidos, y que se interesaría además por ofrecerles esquemas publicitarios adicionales, como los nuevos anuncios de vídeo en Instagram Stories o los llamados mid-roll, anuncios que interrumpirían vídeos que el usuario está viendo, siguiendo el estilo habitual en la televisión tradicional. En un esquema de ese tipo, un productor con una idea para un formato audiovisual podría plantearse Facebook como actualmente se plantea un canal de televisión estándar, con unos objetivos de audiencia determinados, y la posibilidad además de actuar de manera mucho más controlada sobre los posibles destinatarios: mientras en la televisión convencional solo se dispone de herramientas como el horario de emisión o la emisión de auto-promos para tratar de posicionarse ante unos usuarios con determinados patrones sociodemográficos, Facebook ofrecería una gama de herramientas de segmentación infinitamente más precisas y potentes, suplementadas además con mecanismos sociales.

Esto podría plantear un conflicto de intereses: ¿tendría el contenido producido o parcialmente financiado por Facebook, en el que la compañía mantiene un interés para incrementar su audiencia, unas condiciones distintas a las que obtendría, por ejemplo, el contenido generado por una televisión o un periódico, a la hora de acceder a mecanismos publicitarios? El dilema es muy similar al existente en Google, cuando comenzó a editorializar los resultados de búsqueda y a introducir elementos de desarrollo propio posicionados en lugares privilegiados de la página, que competían con otros actores que buscaban un posicionamiento similar, que veían limitada su visibilidad, y que generó todo un caso anti-monopolio en la Unión Europea.

¿Estamos dirigiéndonos a un escenario similar, con una Facebook centrada en fomentar el desarrollo de contenido y compitiendo con otros actores tradicionales en ese sentido? Hace ya tiempo que tiendo a hablar de Facebook como el mayor medio de comunicación del mundo, el que tiene llegada a un mayor número de personas y el que, de hecho, se ha convertido en más estratégico en estrategias comerciales o incluso políticas. Ahora, podría ser que fuese la propia Facebook la que se plantease que no tiene forma de escapar a ese papel, y que comenzase a desarrollarlo como tal, con todo lo que ello podría conllevar.