FB after-hours fall 26-07-2018 - Google FinanceLa presentación de resultados trimestrales de Facebook ayer miércoles mostraba claramente que el ritmo de crecimiento en la incorporación de usuarios a su red y los ingresos por publicidad estaba siendo menos de lo esperado, en el contexto de lo que seguramente podemos definir como un período horrible para una compañía que ha estado constantemente presente en las noticias debido a numerosos escándalos. La consecuencia ha sido una fuerte caída en el precio de la acción en el horario extendido del mercado, que ha llegado a suponer hasta 125,000 millones en su capitalización, una caída inédita que sigue a lo que era, justo antes de la presentación de resultados, su máximo histórico, y que muchos interpretan no solo como una señal de que la compañía no es intocable, sino incluso como una fuerte alerta para la totalidad del mercado.

Por supuesto, ninguna compañía es intocable, y la caída de las acciones de Facebook es, sin duda, importante. Sin embargo, creo que es importante poner las cosas en contexto. Indudablemente, Facebook está pasando por una importante serie de problemas de crecimiento: la red social más grande del mundo se ha dado cuenta, y además en muchos casos demasiado tarde, de que se había convertido en la mayor herramienta de del mundo para campañas políticas que, sin ser ilegales, sí permitían niveles de manipulación enormemente personalizados, escalables a segmentos significativos de la población, y nunca vistos hasta ahora. Se ha visto implicada en la difusión de noticias que han provocado efectos gravísimos, desde linchamientos hasta éxodos masivos, y convertida en uno de los mayores canales por los que circulan las llamadas fake news, noticias falsas creadas para manipular la opinión pública. Ha sido llamada a declarar ante comisiones parlamentarias en los Estados Unidos y en Europa, y en muchos sentidos, se ha cumplido lo que decía aquel profético artículo que afirmaba, cuando sabíamos tan solo la mitad de la mitad de lo que ahora sabemos,  que ni el mismísimo Mark Zuckerberg era capaz de entender en lo que Facebook se había convertido. Sin duda, este es el año en el que uno de los mayores fenómenos de difusión tecnológica de la historia del mundo, en el que participan ya de manera habitual 2,230 millones de personas y 1,470 millones de manera diaria, se ve confrontada con algunos de los efectos de esa difusión, como la pérdida de control sobre la privacidad de los usuarios, la circulación incontrolada de noticias falsas, e incluso una pérdida insostenible de la normalidad democrática.

Toda herramienta que pasa de ser utilizada únicamente en un campus a serlo por un porcentaje importantísimo de toda la población mundial es susceptible de experimentar procesos de este tipo. Que la compañía haya respondido a la aparición de esos efectos, que responden a procesos de ensayo y error llevados a cabo a lo largo del tiempo por numerosos actores que van desde simples delincuentes hasta gobiernos enteros pasando por todo tipo de organizaciones, compañías o agencias, con una mezcla de ingenuidad e irresponsabilidad, es algo que indudablemente queda en el pasivo de Mark Zuckerberg: estaba demasiado ocupado ganando dinero como para preocuparse de los lugares de los que venía o los efectos que tenía. Y esa irresponsabilidad fue continua durante mucho tiempo, hasta que finalmente, este año, la compañía ha afirmado que invertirá enormes esfuerzos en cambiar esa evolución. ¿Es Facebook creíble en ese sentido? No especialmente, pero una de las cosas que claramente dijo cuando se comprometió a ello es que esos esfuerzos tendrían un coste en el crecimiento de la compañía. Y efectivamente, así ha sido.

Pero volvamos al contexto: la caída en la valoración de las acciones de Facebook es impresionante, sí, y un auténtico escenario de pesadilla para cualquier inversor. Pero en el conjunto de la evolución del valor de la compañía desde su salida a bolsa en mayo de 2012, esa caída es un pequeño bache, menor incluso que varios que ha sufrido anteriormente. La compañía no ha perdido usuarios ni dinero: ha ganado nada menos que 22 millones de usuarios diarios, y ha ingresado 13,200 millones de dólares… lo que ocurre es que esos 22 millones de usuarios palidecen frente a los números que incorporaba anteriormente (el trimestre anterior, sin ir más lejos, incorporó 49 millones), y esos 13,200 millones están algo por debajo de los 13,400 que los analistas esperaban. ¿Malo? Sin duda. Pero por otro lado, ninguna compañía puede crecer de manera ilimitada y al mismo ritmo: hay 3,000 millones de personas en el mundo con acceso a internet, y Facebook llega a 2,230 millones de ellas, algo sencillamente impresionante. Por supuesto, eso no significa que la compañía no tenga problemas si, como parece estar ocurriendo, su base de usuarios envejece, pero adquisiciones con bases sociodemográficas de usuarios mucho más amplias, como WhatsApp o Instagram, parecen estar cubriendo esas bases notablemente bien.

¿Queremos que Facebook corrija los problemas que tiene, que no son exactamente problemas de Facebook sino, más bien, derivados de la naturaleza humana? Por supuesto, pero es que no es algo sencillo. Sus planes para controlar el uso de su red para la difusión de noticias falsas son sin duda ambiciosos, pero si pensamos que la compañía debería hacer más o tomar partido ante determinados temas o ideologías, es recomendable que, como mínimo, tengamos en cuenta las posibles consecuencias si efectivamente ocurre aquello que pedimos. Podemos – y debemos, además – pedir a Facebook que incorpore más controles sobre la privacidad de los usuarios y que permitan decidir el tipo de publicidad que queremos ver, pero servirá de poco si eso no se acompaña de educación a esos usuarios para que, de una manera responsable, hagan uso de esos controles. Los controles de privacidad de Facebook, de hecho, no eran pocos, y permitían a los usuarios tomar decisiones sobre una amplia cantidad de cuestiones relacionadas con sus datos, pero cuando llegas a 2,230 millones de usuarios, esperar que de verdad entiendan esos controles o se pongan a tomar decisiones mínimamente informadas sobre cada posible circunstancia relacionada con su privacidad es una expectativa bastante poco realista.

¿Va a caer Facebook? No. Podrá ralentizar algo su crecimiento, podrá ver cómo se satura el mercado disponible o podrá ver cómo sus esfuerzos por incorporar más niveles de control de una manera razonable y que no lo convierta en un juez universal, que han significado ya la incorporación de varios miles de personas a la plantilla, restan brillantez a sus resultados. Se trata de un proceso normal en compañías que universalizan su servicio: Google experimentó y sigue experimentando importantes problemas derivados del hecho de que su motor de búsqueda se haya convertido en una herramienta utilizada de manera prácticamente universal en casi todo el mundo, y Facebook los sufre por haberse convertido en la plataforma social que utilizan habitualmente el 75% de las personas conectadas en el mundo, que se dice pronto. ¿Futuro sombrío? No lo creo. Pero sí un escenario sensiblemente más complejo que el que creía tener hasta el momento, y sin duda, una llamada de atención para sus gestores. La paciencia de los usuarios y los inversores no es ilimitada, y las disculpas, como todo, tienen un límite.

 

IMAGE: Tech.eu (CC BY)El cofundador de WhatsApp, Jan Koum, anuncia su salida de Facebook, la compañía que le convirtió en multimillonario y en cuyo consejo de administración ocupaba un puesto desde febrero de 2014, por desavenencias con la gestión de los datos personales y la privacidad que lleva a cabo la compañía. Según algunos analistas, esto podría suponer la llegada de la publicidad a la app de mensajería instantánea, una decisión a la que el ucraniano se oponía de manera radical desde aquel mítico memorándum recibido de su cofundador, Brian Acton.

La salida de Koum sigue precisamente a la del otro cofundador de la aplicación, que tuvo lugar en septiembre del pasado 2017. Tras su despedida, Acton aportó fondos para la constitución de la Signal Foundation, a la que se incorporó. Además, se convirtió en un acérrimo crítico de la compañía que le había dado de comer los tres años anteriores y que le había convertido en multimillonario, y ha contribuido a difundir y promover el hashtag #deletefacebook como resultado del escándalo de Cambridge Analytica.

Aunque la razón oficial de la salida de Jan Koum, según su nota en Facebook, es la de “tomarse algún tiempo libre para hacer cosas que disfruta más allá de la tecnología“, fuentes de la compañía afirman que la razón real son las crecientes disputas con respecto a la gestión de la privacidad y la información de los usuarios. La dialéctica personal de Koum siempre ha sido afirmar que el hecho de crecer en la Unión Soviética en la década de los ’80, donde la vigilancia era un hecho normal de la vida cotidiana, le había hecho darse cuenta de la importancia de la privacidad: una “historia bonita”, pero que no coincide en absoluto con el hecho de que algo así le llevase a montar una aplicación de mensajería instantánea que era, antes de la adquisición por parte de Facebook, un auténtico desastre en términos de privacidad, una aplicación que obtuvo su popularidad y crecimiento precisamente del hecho de ignorar todas las prácticas habituales de seguridad en su industria.

Antes de la adquisición, los ingenieros de WhatsApp, que presumiblemente eran buenos gestionando su backend para mantener la aplicación funcionando, habían probado ser completamente incapaces de poner en marcha un sistema de cifrado con mínimas garantías y tenían un desastroso historial de prácticas de seguridad y privacidad: ese desastre era lo que ese Koum tan supuestamente concienciado sobre su importancia había construido. La llegada de una seguridad decente a WhatsApp no se produjo hasta bastante tiempo después, ya como parte del imperio Facebook y disfrutando de todas las comodidades y dispendios que ello posibilitaba, cuando la compañía, en noviembre de 2014, recibió la ayuda del mítico Moxie Marlinspike para incorporar a la aplicación el protocolo de Signal. Antes de eso, toda la supuesta seguridad de WhatsApp era, sencillamente, una basura, un desastre, por mucho que dijese Jan Koum y sus supuestos principios al respecto. 

Que alguien con un pasado tan poco edificante como Jan Koum, que durante años ofreció una aplicación desastrosa y completamente irresponsable en términos de seguridad, abandone Facebook en un supuesto ataque de dignidad por su preocupación sobre la gestión de la privacidad y los datos personales de sus usuarios tiene, en realidad, tanto valor como que el Capitán Renault se sorprenda de que haya juego en el café de Rick en Casablanca. Lo único que podemos decir de la historia personal de Koum es que fundó una compañía basada en la ausencia total de seguridad y privacidad, que jamás podría haber llegado a ningún sitio si no hubiese sido adquirida por un tercero porque carecía de perspectiva alguna de rentabilidad, y que ahora, convertido en multimillonario, se dedica a ir de digno afirmando que no le gustan las prácticas de la compañía que le permitió convertirse en lo que es y apareciendo como el gran adalid que, con su presencia, impedía la llegada de la publicidad a WhatsApp. No, no es una cuestión de principios: es un simple “toma el dinero y corre”.

Si alguien busca héroes o militantes para la causa de la seguridad y de la privacidad en la salida de Jan Koum de Facebook, mejor que los vaya buscando en otros sitios.

 

IMAGE: Joe the goat farmer (CC BY)La acción de Facebook muestra fuertes síntomas de recuperación tras las pérdidas marcadas por el escándalo de Cambridge Analytica: en este momento, se ha recuperado más de la mitad de la caída impulsada por una cifra de beneficios record, y todo parece indicar que hablamos de un episodio completamente coyuntural dentro del historial de valoración de la compañía, un mínimo susto que, en realidad, duró muy poco tiempo.

¿Qué lleva a que los beneficios de Facebook no se vean afectados en absoluto por sus escándalos y problemas? En cualquier otra compañía, la perspectiva de que un millón de usuarios abandonen supuestamente la compañía en su mercado principal o que, de manera general, utilicen menos Facebook para comunicarse con sus amigos debería condicionar un escenario razonablemente bajista, una pérdida de valor. En el caso de Facebook, sin embargo, esto no es así: el inversor medio reconoce que Facebook tiene problemas y genera numerosas inquietudes, pero sigue considerando la compañía como muy valiosa.

El hecho de que la comparecencia de su fundador ante el Comité del Senado de los Estados Unidos sobre Comercio, Ciencia y Transporte fuese un pase militar del que salió sin ningún tipo de daño podría haber afectado a esta ausencia de efectos: en la práctica, todo indica que los problemas de Facebook podrían haber tenido como efecto que los Estados Unidos, de una manera relativamente tranquila y reposada, se puedan llegar a plantear, sin plazo ni urgencia, desarrollar algún tipo de entorno legislativo que proteja la privacidad al estilo del reglamento general de protección de datos que entra próximamente en vigor en Europa, pero poco más. Que en el Reino Unido se planteen obligar a Zuckerberg a declarar ante el Parlamento si pone un pie en el país podría resultar un problema reputacional pensando en la particular idiosincrasia de la cámara británica, en la que seguramente tendría que responder a preguntas más complicadas que ante sus homólogos norteamericanos, pero de nuevo, no parece afectar gran cosa a la valoración de la compañía. 

¿#DeleteFacebook? Hazlo si quieres. Pero la compañía no parece estar teniendo demasiados problemas por ello, y todo indica que, como muchos anticipábamos, Facebook es, como suele decirse, too big to fail. Ha creado un ecosistema que tiene un indudable valor, y aunque tenga que corregir muchas cosas y enderezar muchas otras, mantiene su valor en alza, como un auténtico signo de los tiempos que vivimos. Si comparamos Facebook con otras compañías tecnológicas como Apple, Google o Amazon, muchos opinan que la red social sería la que primero abandonarían, y de hecho, tienden a expresar desconfianza ante la compañía. Pero esa desconfianza y esa aparente consideración de prescindible no hace que le otorguen una valoración más baja: en general, como expresa la cotización, siguen pensando que la compañía es viable y tiene un papel importante en el futuro. Es, simplemente, un ecosistema en permanente transformación, algo cuyos problemas hay que ir arreglando a medida que aparecen, un enorme experimento sociológico en el que muchos, por lo que se ve, quieren seguir tomando parte.

Cuando analices la compañía, plantéatelo: Facebook está de vuelta… si es que alguna vez se fue. Podría ser un efecto momentáneo, pero nada parece indicar que sea así. Los escándalos y los problemas producen en muchas ocasiones burbujas de percepción, impresiones negativas que muchos pretenden extrapolar al largo plazo. Pero al menos por el momento, nada indica que las cosas, en este caso, vayan a ser así.

 

IMAGE: Mohamed Hassan - CC0 Public Domain

Marcos Sierra, de VozPópuli, me llamó para hablar sobre una posibilidad insinuada por una serie de preguntas del senador demócrata de Florida Bill Nelson en la comparecencia de Mark Zuckerberg: la idea de que sus servicios puedan, en algún momento, llegar a plantearse como un modelo freemium, con algunos usuarios que paguen para asegurar un tratamiento más respetuoso de sus datos o para evitar la publicidad. Hoy publicó su artículo titulado “Facebook de pago” (pdf), en el que incluye algunos de mis comentarios.

Como comenté con Marcos, la idea de pagar por un servicio en la red no me resulta en absoluto ofensiva: pago por muchísimas más cosas de las que pensé en cualquier momento de mi vida que llegaría a pagar, y lo hago, en general con satisfacción.Los modelos freemium tienen una gran popularidad en la red, y aunque sus premisas no son sencillas y el factor de conversión se convierte en una permanente espada de Damocles que amenaza su viabilidad, también hay compañías que han llegado a obtener rentabilidades muy importantes gracias a ellos o incluso que han salido a bolsa con las perspectivas generadas por ellos, como en los recientes casos de Dropbox o Spotify.

¿Qué motivos existen para pagar por servicios que podrías obtener gratuitamente en la red? Muchos, de muy variados tipos, y en ocasiones, con servicios que integran o mezclan varios de los modelos. Sin ánimo de ser exhaustivo, destacaría los siguientes:

  • Privilegios: el tramo gratuito de un servicio posibilita un nivel de servicio determinado, mientras que si se opta por el tramo de pago, se reciben otros servicios exclusivos y con connotaciones superiores o más ventajosas. Casos como Dropbox, Feedly, StatCounter, iCloud, LinkedIn o Google Drive responden a modelos de este tipo: si pagas, tienes acceso a más espacio de almacenamiento, a servicios adicionales, a una licencia sin limitaciones, a un plazo ilimitado de uso, a un cierto nivel de soporte técnico, etc.
  • Sostenibilidad: aunque el pago no es necesario como tal, algunos usuarios deciden pagar en función de una consideración de hacer el servicio sostenible, de preservar su viabilidad, porque valoran el servicio, reconocen que les aporta valor, y se sienten satisfechos aportando su grano de arena para que pueda seguir funcionando. Un caso claro sería el modelo de donaciones de Wikipedia, pero existen muchísimos más, como Patreon.
  • Activismo: muy similar al anterior, pero añadiendo un componente de causa o militancia a la valoración del servicio. Todos podemos utilizar los servicios de la Electronic Frontier Foundation (EFF) o Fight for the Future (FFTF), por ejemplo, pero si además pagamos, apoyamos con esos pagos las causas que defienden.
  • Eliminar molestias: el tramo gratuito proporciona el servicio, pero acompañado de determinadas molestias diseñadas esencialmente para recordar al usuario que puede librarse de ellas si se pasa al tramo de pago. El caso más claro en este sentido serían servicios como Spotify, sobre la cual escribí recientemente, o YouTube Red, pero Facebook podría, en caso de optar por un modelo de pago, entrar posiblemente dentro de esta categoría. Algunas publicaciones, como Wired, también lo utilizan.
  • Prestigio o reconocimiento: el servicio puede ser utilizado de manera gratuita, pero pagar por él puede suponer, además, una connotación de prestigio, de élite, de reconocimiento o de consideración especial. El modelo de algunas plataformas de aprendizaje online, como Coursera u otras, en las que el pago permite el acceso a un diploma que justifica el seguimiento del curso, podría entrar en esta categoría.

Pueden existir otros modelos, y muchos de ellos entremezclan en sus fórmulas varios de estos elementos. En el caso de Facebook, el problema puede provenir de tratar de encuadrar una propuesta de valor como la de una red social dentro de una consideración de servicio importante, cuando desde sus inicios, su consideración ha tendido tradicionalmente a estar más bien dentro del ámbito de lo frívolo, de lo prescindible. Para Facebook, proponer un modelo de pago podría homologarse a un caso similar al de Spotify, pero con matices: la propuesta de acceder a sus servicios sin la molestia de la publicidad parece poco persuasiva considerando la apuesta de la compañía por un modelo de publicidad poco intrusivo, lo que podría llevarla o bien a optar por modelos de publicidad más molestos, o bien por incluir algún compromiso sobre el tratamiento de los datos del usuario, lo que, en cierto sentido, tendría una cierta connotación de chantaje. La idea de pagar a cambio de un tratamiento privilegiado de sus datos o de una exclusión de los sistemas tradicionales de publicidad o segmentación, a modo de lista Robinson podría, en cualquier caso, llegar a resultar interesante para aquellas personas interesadas en preservar su privacidad sin dejar de utilizar un servicio que les mantiene en contacto con su red social o con lo que estos comparten.

En cualquier caso, la respuesta de Zuckerberg a la pregunta del senador Nelson no parece sugerir ningún tipo de intención de ofrecer un servicio de pago:

“… we don’t offer an option today for people to pay to not show ads. We think offering an ad-supported service is the most aligned with our mission of trying to help connect everyone in the world, because we want to offer a free service that everyone can afford.”

“… a día de hoy no ofrecemos una opción en la que los usuarios paguen por no recibir anuncios. Creemos que ofrecer un servicio financiado con publicidad es lo que mejor se alinea con nuestra misión de tratar de ayudar a conectar a todo el mundo, porque queremos ofrecer un servicio gratuito al que cualquiera pueda acceder.”

Eso, obviamente, lleva a situar esta idea de un servicio de pago dentro de Facebook en la más absoluta especulación. Pero incluso dentro de este terreno… ¿sería posible que llegases a planteártelo? En mi caso, Facebook no es un servicio que considere fundamental en mi vida, pero eso se debe simplemente a que el tráfico que envía a mi página no es algo de lo que dependa en absoluto: no tengo publicidad, no me van mejor las cosas cuanto más tráfico tengo, y por tanto, no considero que lo necesite, aunque podría llegar a planteármelo. Pero ¿qué ocurre con todos aquellos negocios que sí necesitan a Facebook para llegar a su público, para proporcionar servicios de atención al cliente o para simplemente mantener abierto un canal de comunicación? Esos servicios, a día de hoy, pagan por hacer publicidad para mantener un alcance que una vez, hace tiempo, obtenían gratis. ¿Podría diseñarse un modelo en el que Facebook cobrase precisamente a ese tipo de usuarios que sí extraen una rentabilidad de Facebook, que sí precisan unas analíticas o que se plantean que, sin Facebook, les resultaría más difícil llegar a sus usuarios?

 

ACTUALIZACIÓN: TechCrunch publica, unas horas después de este, un interesante artículo sobre el mismo tema, The psychological impact of an $11 Facebook subscription

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Would you pay to use Facebook?” 

 

IMAGE SOURCE: United States Senate Committee on Commerce, Science, and Transportation

La primera jornada de la declaración de Mark Zuckerberg ante el Comité del Senado de los Estados Unidos sobre Comercio, Ciencia y Transporte nos ha dejado más de cinco horas y media de comparecencia, algunas conclusiones interesantes, algunos momentos extraños, la subida en bolsa más grande de las acciones de la compañía en los últimos dos años, y la evidencia de que los miembros del comité, además de haber recibido muchos de ellos importantes contribuciones económicas de Facebook para sus campañas, tienen por lo general un muy escaso conocimiento de lo que es Facebook y a qué se dedica.

La evidencia es clara: esto es lo que ocurre cuando alguien crea una plataforma potentísima para la interacción entre personas y se plantea financiar su actividad mediante la publicidad segmentada, en un país en el que la privacidad tiene un nivel de protección prácticamente inexistente. Si ni el mismísimo Mark Zuckerberg es aún capaz de entender qué es lo que ha creado y sus posibles efectos, esperar que un puñado de senadores norteamericanos lo hagan y sepan, además, cómo arreglar sus efectos es, obviamente, una esperanza vana. La comparecencia la podemos ver entera si tenemos humor para ello, leer su transcripción completa o incluso ver parte de las notas de su protagonista, pero las conclusiones, mucho me temo, van a ser las mismas: en un país en el que la privacidad no es objeto de una protección excesiva, pretender que sea el fundador de Facebook el que sea quien explique cómo funciona y como debería funcionar su compañía es patentemente absurdo: lo que habría que hacer es llegar primero a un consenso de lo que es la privacidad y cuál es el nivel de protección que queremos para ella, regularla adecuadamente y, posteriormente, definirle a Facebook de manera inequívoca y no interpretable el entorno en el que tiene que llevar a acabo su actividad.

Mark Zuckerberg se defendió de las acusaciones de monopolio, desmintió leyendas urbanas como aquella que afirmaba que su compañía escuchaba las conversaciones telefónicas de sus usuarios para poder servirles anuncios más ajustados a sus intereses, y no se opuso a cierto nivel de regulación de su actividad, aunque se mostró evasivo sobre el tema y mostró claramente que su idea a largo plazo es seguir desarrollando inteligencia artificial para corregir algunos de los problemas de su plataforma. Visto así, la idea de hacer que el fundador de Facebook comparezca ante un comité del Senado para preguntarle sobre esos temas parece más bien inútil: de nuevo, lo que habría que hacer es decidir sobre esa posible regulación y su conveniencia, marcar unas reglas de juego claras que definan lo que se puede y no se puede hacer, y simplemente obligar a Facebook y al resto de las compañías que se dediquen o se quieran dedicar a lo mismo a cumplirlas de manera escrupulosa, con la correspondiente supervisión y sanciones en caso de incumplimiento.

Ese podría ser, precisamente, el tema en el que Europa podría llevar la delantera a los Estados Unidos con el desarrollo del Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), una regulación que proviene de una clara demanda social, que es preciso gestionar como lo que es, una primera propuesta que hay que manejar con la adecuada flexibilidad y adaptarla a la luz de sus efectos, pero que al menos ofrece un marco claro en ese sentido. La posibilidad, como comentábamos hace pocos días, de que la propia Facebook se plantee ajustarse a ese nivel de protección de los datos personales no solo de cara a sus actividades en Europa sino de manera general en todo el mundo es, seguramente, la más interesante de todas las posibles consecuencias que haya podido tener el escándalo de Cambridge Analytica, y para los Estados Unidos y su claramente insuficiente entorno de protección de la privacidad, una posibilidad clara de plantearse un atajo en ese sentido. Otra cosa es que un país como ese, con esos políticos y con esa tradición cultural, sea capaz de plantearse o de poner en práctica un nivel de regulación mínimamente comparable al europeo: si algo demostró la comparecencia de ayer es que Facebook está más cerca de arreglar sus problemas con el recurso a la legislación europea o por su cuenta que dependiendo de las decisiones de los políticos del país en el que fue fundada.