IMAGE: Tech.eu (CC BY)El cofundador de WhatsApp, Jan Koum, anuncia su salida de Facebook, la compañía que le convirtió en multimillonario y en cuyo consejo de administración ocupaba un puesto desde febrero de 2014, por desavenencias con la gestión de los datos personales y la privacidad que lleva a cabo la compañía. Según algunos analistas, esto podría suponer la llegada de la publicidad a la app de mensajería instantánea, una decisión a la que el ucraniano se oponía de manera radical desde aquel mítico memorándum recibido de su cofundador, Brian Acton.

La salida de Koum sigue precisamente a la del otro cofundador de la aplicación, que tuvo lugar en septiembre del pasado 2017. Tras su despedida, Acton aportó fondos para la constitución de la Signal Foundation, a la que se incorporó. Además, se convirtió en un acérrimo crítico de la compañía que le había dado de comer los tres años anteriores y que le había convertido en multimillonario, y ha contribuido a difundir y promover el hashtag #deletefacebook como resultado del escándalo de Cambridge Analytica.

Aunque la razón oficial de la salida de Jan Koum, según su nota en Facebook, es la de “tomarse algún tiempo libre para hacer cosas que disfruta más allá de la tecnología“, fuentes de la compañía afirman que la razón real son las crecientes disputas con respecto a la gestión de la privacidad y la información de los usuarios. La dialéctica personal de Koum siempre ha sido afirmar que el hecho de crecer en la Unión Soviética en la década de los ’80, donde la vigilancia era un hecho normal de la vida cotidiana, le había hecho darse cuenta de la importancia de la privacidad: una “historia bonita”, pero que no coincide en absoluto con el hecho de que algo así le llevase a montar una aplicación de mensajería instantánea que era, antes de la adquisición por parte de Facebook, un auténtico desastre en términos de privacidad, una aplicación que obtuvo su popularidad y crecimiento precisamente del hecho de ignorar todas las prácticas habituales de seguridad en su industria.

Antes de la adquisición, los ingenieros de WhatsApp, que presumiblemente eran buenos gestionando su backend para mantener la aplicación funcionando, habían probado ser completamente incapaces de poner en marcha un sistema de cifrado con mínimas garantías y tenían un desastroso historial de prácticas de seguridad y privacidad: ese desastre era lo que ese Koum tan supuestamente concienciado sobre su importancia había construido. La llegada de una seguridad decente a WhatsApp no se produjo hasta bastante tiempo después, ya como parte del imperio Facebook y disfrutando de todas las comodidades y dispendios que ello posibilitaba, cuando la compañía, en noviembre de 2014, recibió la ayuda del mítico Moxie Marlinspike para incorporar a la aplicación el protocolo de Signal. Antes de eso, toda la supuesta seguridad de WhatsApp era, sencillamente, una basura, un desastre, por mucho que dijese Jan Koum y sus supuestos principios al respecto. 

Que alguien con un pasado tan poco edificante como Jan Koum, que durante años ofreció una aplicación desastrosa y completamente irresponsable en términos de seguridad, abandone Facebook en un supuesto ataque de dignidad por su preocupación sobre la gestión de la privacidad y los datos personales de sus usuarios tiene, en realidad, tanto valor como que el Capitán Renault se sorprenda de que haya juego en el café de Rick en Casablanca. Lo único que podemos decir de la historia personal de Koum es que fundó una compañía basada en la ausencia total de seguridad y privacidad, que jamás podría haber llegado a ningún sitio si no hubiese sido adquirida por un tercero porque carecía de perspectiva alguna de rentabilidad, y que ahora, convertido en multimillonario, se dedica a ir de digno afirmando que no le gustan las prácticas de la compañía que le permitió convertirse en lo que es y apareciendo como el gran adalid que, con su presencia, impedía la llegada de la publicidad a WhatsApp. No, no es una cuestión de principios: es un simple “toma el dinero y corre”.

Si alguien busca héroes o militantes para la causa de la seguridad y de la privacidad en la salida de Jan Koum de Facebook, mejor que los vaya buscando en otros sitios.

 

IMAGE: Joe the goat farmer (CC BY)La acción de Facebook muestra fuertes síntomas de recuperación tras las pérdidas marcadas por el escándalo de Cambridge Analytica: en este momento, se ha recuperado más de la mitad de la caída impulsada por una cifra de beneficios record, y todo parece indicar que hablamos de un episodio completamente coyuntural dentro del historial de valoración de la compañía, un mínimo susto que, en realidad, duró muy poco tiempo.

¿Qué lleva a que los beneficios de Facebook no se vean afectados en absoluto por sus escándalos y problemas? En cualquier otra compañía, la perspectiva de que un millón de usuarios abandonen supuestamente la compañía en su mercado principal o que, de manera general, utilicen menos Facebook para comunicarse con sus amigos debería condicionar un escenario razonablemente bajista, una pérdida de valor. En el caso de Facebook, sin embargo, esto no es así: el inversor medio reconoce que Facebook tiene problemas y genera numerosas inquietudes, pero sigue considerando la compañía como muy valiosa.

El hecho de que la comparecencia de su fundador ante el Comité del Senado de los Estados Unidos sobre Comercio, Ciencia y Transporte fuese un pase militar del que salió sin ningún tipo de daño podría haber afectado a esta ausencia de efectos: en la práctica, todo indica que los problemas de Facebook podrían haber tenido como efecto que los Estados Unidos, de una manera relativamente tranquila y reposada, se puedan llegar a plantear, sin plazo ni urgencia, desarrollar algún tipo de entorno legislativo que proteja la privacidad al estilo del reglamento general de protección de datos que entra próximamente en vigor en Europa, pero poco más. Que en el Reino Unido se planteen obligar a Zuckerberg a declarar ante el Parlamento si pone un pie en el país podría resultar un problema reputacional pensando en la particular idiosincrasia de la cámara británica, en la que seguramente tendría que responder a preguntas más complicadas que ante sus homólogos norteamericanos, pero de nuevo, no parece afectar gran cosa a la valoración de la compañía. 

¿#DeleteFacebook? Hazlo si quieres. Pero la compañía no parece estar teniendo demasiados problemas por ello, y todo indica que, como muchos anticipábamos, Facebook es, como suele decirse, too big to fail. Ha creado un ecosistema que tiene un indudable valor, y aunque tenga que corregir muchas cosas y enderezar muchas otras, mantiene su valor en alza, como un auténtico signo de los tiempos que vivimos. Si comparamos Facebook con otras compañías tecnológicas como Apple, Google o Amazon, muchos opinan que la red social sería la que primero abandonarían, y de hecho, tienden a expresar desconfianza ante la compañía. Pero esa desconfianza y esa aparente consideración de prescindible no hace que le otorguen una valoración más baja: en general, como expresa la cotización, siguen pensando que la compañía es viable y tiene un papel importante en el futuro. Es, simplemente, un ecosistema en permanente transformación, algo cuyos problemas hay que ir arreglando a medida que aparecen, un enorme experimento sociológico en el que muchos, por lo que se ve, quieren seguir tomando parte.

Cuando analices la compañía, plantéatelo: Facebook está de vuelta… si es que alguna vez se fue. Podría ser un efecto momentáneo, pero nada parece indicar que sea así. Los escándalos y los problemas producen en muchas ocasiones burbujas de percepción, impresiones negativas que muchos pretenden extrapolar al largo plazo. Pero al menos por el momento, nada indica que las cosas, en este caso, vayan a ser así.

 

IMAGE: Mohamed Hassan - CC0 Public Domain

Marcos Sierra, de VozPópuli, me llamó para hablar sobre una posibilidad insinuada por una serie de preguntas del senador demócrata de Florida Bill Nelson en la comparecencia de Mark Zuckerberg: la idea de que sus servicios puedan, en algún momento, llegar a plantearse como un modelo freemium, con algunos usuarios que paguen para asegurar un tratamiento más respetuoso de sus datos o para evitar la publicidad. Hoy publicó su artículo titulado “Facebook de pago” (pdf), en el que incluye algunos de mis comentarios.

Como comenté con Marcos, la idea de pagar por un servicio en la red no me resulta en absoluto ofensiva: pago por muchísimas más cosas de las que pensé en cualquier momento de mi vida que llegaría a pagar, y lo hago, en general con satisfacción.Los modelos freemium tienen una gran popularidad en la red, y aunque sus premisas no son sencillas y el factor de conversión se convierte en una permanente espada de Damocles que amenaza su viabilidad, también hay compañías que han llegado a obtener rentabilidades muy importantes gracias a ellos o incluso que han salido a bolsa con las perspectivas generadas por ellos, como en los recientes casos de Dropbox o Spotify.

¿Qué motivos existen para pagar por servicios que podrías obtener gratuitamente en la red? Muchos, de muy variados tipos, y en ocasiones, con servicios que integran o mezclan varios de los modelos. Sin ánimo de ser exhaustivo, destacaría los siguientes:

  • Privilegios: el tramo gratuito de un servicio posibilita un nivel de servicio determinado, mientras que si se opta por el tramo de pago, se reciben otros servicios exclusivos y con connotaciones superiores o más ventajosas. Casos como Dropbox, Feedly, StatCounter, iCloud, LinkedIn o Google Drive responden a modelos de este tipo: si pagas, tienes acceso a más espacio de almacenamiento, a servicios adicionales, a una licencia sin limitaciones, a un plazo ilimitado de uso, a un cierto nivel de soporte técnico, etc.
  • Sostenibilidad: aunque el pago no es necesario como tal, algunos usuarios deciden pagar en función de una consideración de hacer el servicio sostenible, de preservar su viabilidad, porque valoran el servicio, reconocen que les aporta valor, y se sienten satisfechos aportando su grano de arena para que pueda seguir funcionando. Un caso claro sería el modelo de donaciones de Wikipedia, pero existen muchísimos más, como Patreon.
  • Activismo: muy similar al anterior, pero añadiendo un componente de causa o militancia a la valoración del servicio. Todos podemos utilizar los servicios de la Electronic Frontier Foundation (EFF) o Fight for the Future (FFTF), por ejemplo, pero si además pagamos, apoyamos con esos pagos las causas que defienden.
  • Eliminar molestias: el tramo gratuito proporciona el servicio, pero acompañado de determinadas molestias diseñadas esencialmente para recordar al usuario que puede librarse de ellas si se pasa al tramo de pago. El caso más claro en este sentido serían servicios como Spotify, sobre la cual escribí recientemente, o YouTube Red, pero Facebook podría, en caso de optar por un modelo de pago, entrar posiblemente dentro de esta categoría. Algunas publicaciones, como Wired, también lo utilizan.
  • Prestigio o reconocimiento: el servicio puede ser utilizado de manera gratuita, pero pagar por él puede suponer, además, una connotación de prestigio, de élite, de reconocimiento o de consideración especial. El modelo de algunas plataformas de aprendizaje online, como Coursera u otras, en las que el pago permite el acceso a un diploma que justifica el seguimiento del curso, podría entrar en esta categoría.

Pueden existir otros modelos, y muchos de ellos entremezclan en sus fórmulas varios de estos elementos. En el caso de Facebook, el problema puede provenir de tratar de encuadrar una propuesta de valor como la de una red social dentro de una consideración de servicio importante, cuando desde sus inicios, su consideración ha tendido tradicionalmente a estar más bien dentro del ámbito de lo frívolo, de lo prescindible. Para Facebook, proponer un modelo de pago podría homologarse a un caso similar al de Spotify, pero con matices: la propuesta de acceder a sus servicios sin la molestia de la publicidad parece poco persuasiva considerando la apuesta de la compañía por un modelo de publicidad poco intrusivo, lo que podría llevarla o bien a optar por modelos de publicidad más molestos, o bien por incluir algún compromiso sobre el tratamiento de los datos del usuario, lo que, en cierto sentido, tendría una cierta connotación de chantaje. La idea de pagar a cambio de un tratamiento privilegiado de sus datos o de una exclusión de los sistemas tradicionales de publicidad o segmentación, a modo de lista Robinson podría, en cualquier caso, llegar a resultar interesante para aquellas personas interesadas en preservar su privacidad sin dejar de utilizar un servicio que les mantiene en contacto con su red social o con lo que estos comparten.

En cualquier caso, la respuesta de Zuckerberg a la pregunta del senador Nelson no parece sugerir ningún tipo de intención de ofrecer un servicio de pago:

“… we don’t offer an option today for people to pay to not show ads. We think offering an ad-supported service is the most aligned with our mission of trying to help connect everyone in the world, because we want to offer a free service that everyone can afford.”

“… a día de hoy no ofrecemos una opción en la que los usuarios paguen por no recibir anuncios. Creemos que ofrecer un servicio financiado con publicidad es lo que mejor se alinea con nuestra misión de tratar de ayudar a conectar a todo el mundo, porque queremos ofrecer un servicio gratuito al que cualquiera pueda acceder.”

Eso, obviamente, lleva a situar esta idea de un servicio de pago dentro de Facebook en la más absoluta especulación. Pero incluso dentro de este terreno… ¿sería posible que llegases a planteártelo? En mi caso, Facebook no es un servicio que considere fundamental en mi vida, pero eso se debe simplemente a que el tráfico que envía a mi página no es algo de lo que dependa en absoluto: no tengo publicidad, no me van mejor las cosas cuanto más tráfico tengo, y por tanto, no considero que lo necesite, aunque podría llegar a planteármelo. Pero ¿qué ocurre con todos aquellos negocios que sí necesitan a Facebook para llegar a su público, para proporcionar servicios de atención al cliente o para simplemente mantener abierto un canal de comunicación? Esos servicios, a día de hoy, pagan por hacer publicidad para mantener un alcance que una vez, hace tiempo, obtenían gratis. ¿Podría diseñarse un modelo en el que Facebook cobrase precisamente a ese tipo de usuarios que sí extraen una rentabilidad de Facebook, que sí precisan unas analíticas o que se plantean que, sin Facebook, les resultaría más difícil llegar a sus usuarios?

 

ACTUALIZACIÓN: TechCrunch publica, unas horas después de este, un interesante artículo sobre el mismo tema, The psychological impact of an $11 Facebook subscription

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Would you pay to use Facebook?” 

 

IMAGE SOURCE: United States Senate Committee on Commerce, Science, and Transportation

La primera jornada de la declaración de Mark Zuckerberg ante el Comité del Senado de los Estados Unidos sobre Comercio, Ciencia y Transporte nos ha dejado más de cinco horas y media de comparecencia, algunas conclusiones interesantes, algunos momentos extraños, la subida en bolsa más grande de las acciones de la compañía en los últimos dos años, y la evidencia de que los miembros del comité, además de haber recibido muchos de ellos importantes contribuciones económicas de Facebook para sus campañas, tienen por lo general un muy escaso conocimiento de lo que es Facebook y a qué se dedica.

La evidencia es clara: esto es lo que ocurre cuando alguien crea una plataforma potentísima para la interacción entre personas y se plantea financiar su actividad mediante la publicidad segmentada, en un país en el que la privacidad tiene un nivel de protección prácticamente inexistente. Si ni el mismísimo Mark Zuckerberg es aún capaz de entender qué es lo que ha creado y sus posibles efectos, esperar que un puñado de senadores norteamericanos lo hagan y sepan, además, cómo arreglar sus efectos es, obviamente, una esperanza vana. La comparecencia la podemos ver entera si tenemos humor para ello, leer su transcripción completa o incluso ver parte de las notas de su protagonista, pero las conclusiones, mucho me temo, van a ser las mismas: en un país en el que la privacidad no es objeto de una protección excesiva, pretender que sea el fundador de Facebook el que sea quien explique cómo funciona y como debería funcionar su compañía es patentemente absurdo: lo que habría que hacer es llegar primero a un consenso de lo que es la privacidad y cuál es el nivel de protección que queremos para ella, regularla adecuadamente y, posteriormente, definirle a Facebook de manera inequívoca y no interpretable el entorno en el que tiene que llevar a acabo su actividad.

Mark Zuckerberg se defendió de las acusaciones de monopolio, desmintió leyendas urbanas como aquella que afirmaba que su compañía escuchaba las conversaciones telefónicas de sus usuarios para poder servirles anuncios más ajustados a sus intereses, y no se opuso a cierto nivel de regulación de su actividad, aunque se mostró evasivo sobre el tema y mostró claramente que su idea a largo plazo es seguir desarrollando inteligencia artificial para corregir algunos de los problemas de su plataforma. Visto así, la idea de hacer que el fundador de Facebook comparezca ante un comité del Senado para preguntarle sobre esos temas parece más bien inútil: de nuevo, lo que habría que hacer es decidir sobre esa posible regulación y su conveniencia, marcar unas reglas de juego claras que definan lo que se puede y no se puede hacer, y simplemente obligar a Facebook y al resto de las compañías que se dediquen o se quieran dedicar a lo mismo a cumplirlas de manera escrupulosa, con la correspondiente supervisión y sanciones en caso de incumplimiento.

Ese podría ser, precisamente, el tema en el que Europa podría llevar la delantera a los Estados Unidos con el desarrollo del Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), una regulación que proviene de una clara demanda social, que es preciso gestionar como lo que es, una primera propuesta que hay que manejar con la adecuada flexibilidad y adaptarla a la luz de sus efectos, pero que al menos ofrece un marco claro en ese sentido. La posibilidad, como comentábamos hace pocos días, de que la propia Facebook se plantee ajustarse a ese nivel de protección de los datos personales no solo de cara a sus actividades en Europa sino de manera general en todo el mundo es, seguramente, la más interesante de todas las posibles consecuencias que haya podido tener el escándalo de Cambridge Analytica, y para los Estados Unidos y su claramente insuficiente entorno de protección de la privacidad, una posibilidad clara de plantearse un atajo en ese sentido. Otra cosa es que un país como ese, con esos políticos y con esa tradición cultural, sea capaz de plantearse o de poner en práctica un nivel de regulación mínimamente comparable al europeo: si algo demostró la comparecencia de ayer es que Facebook está más cerca de arreglar sus problemas con el recurso a la legislación europea o por su cuenta que dependiendo de las decisiones de los políticos del país en el que fue fundada.

 

IMAGE: Gilc - 123RFMuchos me habéis pedido mi opinión sobre el último gran escándalo que ha afectado a Facebook, con caída de los mercados, responsabilidades judiciales y portada de The Economist incluidas, así que aquí va. Y es que la cosa suena a auténtica trama de película de espionaje: un investigador de la Universidad de Cambridge que trabaja en temas relacionados con la manipulación social y psicológica de votantes, con algunos vínculos difusos con la Universidad de San Petersburgo, que es localizado por un millonario ultraconservador que financia a una oscura compañía que, con engaños y métodos como mínimo éticamente reprobables, se convierte en un arma fundamental para nada menos que llevar a la Casa Blanca a un candidato tan poco probable y disfuncional como Donald Trump.

¿Perdón? ¿De qué hablamos? ¿Se trata acaso de algún tipo de ataque sofisticadísimo, de una filtración de datos sin precedentes o de la explotación de alguna vulnerabilidad desconocida que permitió a esa compañía robar los datos personales y trazar complejos perfiles psicológicos de cincuenta millones de norteamericanos, con entre tres mil y cinco mil datos sobre cada uno de ellos? (sí, existen tantos datos sobre ti… y puedes comprobarlo bajándote e inspeccionando lo que Facebook ha recolectado en el tiempo que llevas usándolo) Pues no, me temo que no. Hablamos de algo completamente normal, que lleva pudiéndose hacer en Facebook sin demasiados problemas ni limitaciones desde prácticamente los inicios de su actividad publicitaria. Utilizar un aparentemente trivial quiz, de esos pasatiempos que millones de ignorantes contestan todos los días en la red social para supuestamente saber algo más de sí mismos y compartirlos con sus amigos, para conseguir acceso a tantos perfiles como amigos tienen esos incautos. En realidad, lleva haciéndose desde la época de las aplicaciones de juegos, desde los FarmVille, los MafiaWars o los PetSociety, si no antes. Algo que Facebook, por mucho que ahora pretenda redefinirlo como “platform abuse”, ha permitido de manera perfectamente consciente, como parte de una estrategia destinada a convertirse en el mejor francotirador del mundo, en el más acertado, en el que más sabe de sus usuarios. El problema no está en que Cambridge Analytica, Robert Mercer o Alexander Nix sean perversos genios del mal, sino en que la mismísima API de Facebook permite a terceras partes no solo acceder a tus datos con el simple permiso que otorgas para hacer un estúpido quiz, sino que, además, permite el acceso a los perfiles de todos tus amigos. Con simplemente 270,000 personas que rellenaron el quiz, muchos de ellos trabajadores pagados del Mechanical Turk de Amazon que ofrecieron acceso a sus perfiles personales incumpliendo las condiciones del servicio, la compañía obtuvo acceso, suponiendo una media muy conservadora de 185 amigos por usuario, a los perfiles de casi cincuenta millones de usuarios. Genial.

No, el problema no está en crear una plataforma gratuita para que los usuarios compartan información y detalles sobre su vida con sus amigos y conocidos. Esa función, si no la hubiese desarrollado Facebook, habría que inventarla: creo sinceramente que el mundo es mejor cuando puedo ver las fotos y vídeos que mis amigos ha subido de sus vacaciones en un par de clics, cuando mi madre es capaz de saber en qué ciudad del mundo estoy ese día y hasta qué o dónde he comido sin moverse de su casa en La Coruña, o cuando puedo no perder el contacto con aquel ex-compañero de Jesuitas al que apreciaba y del que, de otra manera, me costaría saber por dónde anda. El problema tampoco está en financiar esa actividad con la publicidad, particularmente si esa publicidad no resulta especialmente molesta, no canta, no se mueve y no recurre a tácticas estúpidas e insostenibles para llamar mi atención. El problema surge cuando la compañía que hace esto permite, sin aparente supervisión, que una serie de terceros cada vez más sofisticados perviertan el uso de su plataforma, obtengan datos de millones de personas, y la conviertan en una herramienta de manipulación para cualquier fin.

El problema surge cuando eres consciente de esos usos, pero aún así, no excluyes a quienes lo llevan a cabo hasta el día en que un fenomenal trabajo periodístico de The Guardian, The New York Times y Channel 4 consigue sacarlo a la luz. Facebook sabía perfectamente lo que Cambridge Analytica estaba haciendo desde hace más de tres años (posiblemente con la excepción del uso de datos académicos para fines lucrativos), pero se dedicó conscientemente a restarle importancia y a no hacer nada con el fin de no perjudicar su negocio publicitario. Tanto los procedimientos que supuestamente obligaban a Aleksandr Kogan o a Cambridge Analytica a destruir los datos obtenidos de manera abusiva y la interrupción de su acceso a la plataforma fallaron completamente, y no solo fallaron: se convirtieron en una patética prueba de la ingenuidad de toda una compañía y de sus responsables. 

No, investigar con datos generados por la actividad de los usuarios en Facebook no es malo. Nos permite aprender sobre nuestra sociedad y desarrollar todo tipo de herramientas interesantes, que nos lleven a conclusiones de todo tipo y nos permitan desde prevenir el suicidio hasta definir mejor el acoso o el abuso, o entender las formas en las que la información es difundida a través de la red. La solución al problema de Facebook no es ahora interrumpir todo acceso masivo a sus datos, sino más bien lo contrario: dar más acceso a los investigadores, pero con mejores controles y transparencia total sobre su actividad. El acceso a los datos de Facebook no es ni puede ser bajo ningún concepto una barra libre para el que paga, y aquí, claramente, lo han sido. Facebook no ha vendido los datos de nadie, pero ha dado acceso a un tercero con evidentes malas intenciones a una serie de perfiles con una información detalladísima sobre sus vidas, sus preferencias, sus actitudes…

El problema de verdad surge cuando la ingenuidad se convierte en estupidez, cuando no eres capaz de entender que esos accesos a datos de tu plataforma no son para un uso académico, sino con un propósito completamente diferente. Que de alguna manera, el hecho de que cualquier amigo nuestro haga un inocente quiz en Facebook conlleve que terminemos siendo objeto de publicidad electoral y de noticias falsas para intentar cambiar el sentido de nuestro voto, basadas en datos completamente privados sobre aquello que nos gusta o nuestras reacciones a todo tipo de cosas, es un salto conceptual impresentable, inconcebible y, sobre todo, gravísimo. Es una irresponsabilidad y una falta de transparencia de tal magnitud con el usuario, que merece sanciones sustantivas y que posiblemente justifique el que deba ser objeto de regulación. Si por el hecho de tener un amigo al que le gusta hacer quizes estúpidos puedo terminar así porque Facebook no solo lo permite, sino que no hace nada para evitarlo, te digo yo lo tranquilo que me voy a sentir compartiendo cualquier cosa, incluso la más trivial, en Facebook. Cuando unilateralmente se rompe la confianza, mantener esa confianza desde el otro lado puede llegar a resultar temerario o incluso estúpido, y eso afecta tanto a Facebook con compañías como Cambridge Analytica, como a Facebook con sus usuarios. La ingenuidad tiene límites para todos. 

Lo que Facebook ha cometido es una culpa in vigilandoal no haber vigilado de forma adecuada, otra persona o compañía ha producido un daño, daño cuya responsabilidad civil debe asumir aquel que faltó claramente a su deber de vigilancia. Si algo permite entender la cándida entrevista de Mark Zuckerberg con CNN y la entrada que ha escrito en su página es que su conclusión es tristemente correcta: hubo una ruptura de la confianza entre Cambridge Analytica y Aleksander Kogan con Facebook, pero hubo otra ruptura, posiblemente mucho más grave, de la confianza entre Facebook y sus usuarios. La primera, como ya he dicho, puede haber estado en algún punto entre la ingenuidad y la estupidez. Pero la segunda, si no se hacen enormes y visibles esfuerzos para corregirla desde lo más básico, podría llegar a significar el fin de la compañía. Y no habrá sido por falta de avisos.