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Marcos Sierra, de VozPópuli, me llamó para hablar sobre una posibilidad insinuada por una serie de preguntas del senador demócrata de Florida Bill Nelson en la comparecencia de Mark Zuckerberg: la idea de que sus servicios puedan, en algún momento, llegar a plantearse como un modelo freemium, con algunos usuarios que paguen para asegurar un tratamiento más respetuoso de sus datos o para evitar la publicidad. Hoy publicó su artículo titulado “Facebook de pago” (pdf), en el que incluye algunos de mis comentarios.

Como comenté con Marcos, la idea de pagar por un servicio en la red no me resulta en absoluto ofensiva: pago por muchísimas más cosas de las que pensé en cualquier momento de mi vida que llegaría a pagar, y lo hago, en general con satisfacción.Los modelos freemium tienen una gran popularidad en la red, y aunque sus premisas no son sencillas y el factor de conversión se convierte en una permanente espada de Damocles que amenaza su viabilidad, también hay compañías que han llegado a obtener rentabilidades muy importantes gracias a ellos o incluso que han salido a bolsa con las perspectivas generadas por ellos, como en los recientes casos de Dropbox o Spotify.

¿Qué motivos existen para pagar por servicios que podrías obtener gratuitamente en la red? Muchos, de muy variados tipos, y en ocasiones, con servicios que integran o mezclan varios de los modelos. Sin ánimo de ser exhaustivo, destacaría los siguientes:

  • Privilegios: el tramo gratuito de un servicio posibilita un nivel de servicio determinado, mientras que si se opta por el tramo de pago, se reciben otros servicios exclusivos y con connotaciones superiores o más ventajosas. Casos como Dropbox, Feedly, StatCounter, iCloud, LinkedIn o Google Drive responden a modelos de este tipo: si pagas, tienes acceso a más espacio de almacenamiento, a servicios adicionales, a una licencia sin limitaciones, a un plazo ilimitado de uso, a un cierto nivel de soporte técnico, etc.
  • Sostenibilidad: aunque el pago no es necesario como tal, algunos usuarios deciden pagar en función de una consideración de hacer el servicio sostenible, de preservar su viabilidad, porque valoran el servicio, reconocen que les aporta valor, y se sienten satisfechos aportando su grano de arena para que pueda seguir funcionando. Un caso claro sería el modelo de donaciones de Wikipedia, pero existen muchísimos más, como Patreon.
  • Activismo: muy similar al anterior, pero añadiendo un componente de causa o militancia a la valoración del servicio. Todos podemos utilizar los servicios de la Electronic Frontier Foundation (EFF) o Fight for the Future (FFTF), por ejemplo, pero si además pagamos, apoyamos con esos pagos las causas que defienden.
  • Eliminar molestias: el tramo gratuito proporciona el servicio, pero acompañado de determinadas molestias diseñadas esencialmente para recordar al usuario que puede librarse de ellas si se pasa al tramo de pago. El caso más claro en este sentido serían servicios como Spotify, sobre la cual escribí recientemente, o YouTube Red, pero Facebook podría, en caso de optar por un modelo de pago, entrar posiblemente dentro de esta categoría. Algunas publicaciones, como Wired, también lo utilizan.
  • Prestigio o reconocimiento: el servicio puede ser utilizado de manera gratuita, pero pagar por él puede suponer, además, una connotación de prestigio, de élite, de reconocimiento o de consideración especial. El modelo de algunas plataformas de aprendizaje online, como Coursera u otras, en las que el pago permite el acceso a un diploma que justifica el seguimiento del curso, podría entrar en esta categoría.

Pueden existir otros modelos, y muchos de ellos entremezclan en sus fórmulas varios de estos elementos. En el caso de Facebook, el problema puede provenir de tratar de encuadrar una propuesta de valor como la de una red social dentro de una consideración de servicio importante, cuando desde sus inicios, su consideración ha tendido tradicionalmente a estar más bien dentro del ámbito de lo frívolo, de lo prescindible. Para Facebook, proponer un modelo de pago podría homologarse a un caso similar al de Spotify, pero con matices: la propuesta de acceder a sus servicios sin la molestia de la publicidad parece poco persuasiva considerando la apuesta de la compañía por un modelo de publicidad poco intrusivo, lo que podría llevarla o bien a optar por modelos de publicidad más molestos, o bien por incluir algún compromiso sobre el tratamiento de los datos del usuario, lo que, en cierto sentido, tendría una cierta connotación de chantaje. La idea de pagar a cambio de un tratamiento privilegiado de sus datos o de una exclusión de los sistemas tradicionales de publicidad o segmentación, a modo de lista Robinson podría, en cualquier caso, llegar a resultar interesante para aquellas personas interesadas en preservar su privacidad sin dejar de utilizar un servicio que les mantiene en contacto con su red social o con lo que estos comparten.

En cualquier caso, la respuesta de Zuckerberg a la pregunta del senador Nelson no parece sugerir ningún tipo de intención de ofrecer un servicio de pago:

“… we don’t offer an option today for people to pay to not show ads. We think offering an ad-supported service is the most aligned with our mission of trying to help connect everyone in the world, because we want to offer a free service that everyone can afford.”

“… a día de hoy no ofrecemos una opción en la que los usuarios paguen por no recibir anuncios. Creemos que ofrecer un servicio financiado con publicidad es lo que mejor se alinea con nuestra misión de tratar de ayudar a conectar a todo el mundo, porque queremos ofrecer un servicio gratuito al que cualquiera pueda acceder.”

Eso, obviamente, lleva a situar esta idea de un servicio de pago dentro de Facebook en la más absoluta especulación. Pero incluso dentro de este terreno… ¿sería posible que llegases a planteártelo? En mi caso, Facebook no es un servicio que considere fundamental en mi vida, pero eso se debe simplemente a que el tráfico que envía a mi página no es algo de lo que dependa en absoluto: no tengo publicidad, no me van mejor las cosas cuanto más tráfico tengo, y por tanto, no considero que lo necesite, aunque podría llegar a planteármelo. Pero ¿qué ocurre con todos aquellos negocios que sí necesitan a Facebook para llegar a su público, para proporcionar servicios de atención al cliente o para simplemente mantener abierto un canal de comunicación? Esos servicios, a día de hoy, pagan por hacer publicidad para mantener un alcance que una vez, hace tiempo, obtenían gratis. ¿Podría diseñarse un modelo en el que Facebook cobrase precisamente a ese tipo de usuarios que sí extraen una rentabilidad de Facebook, que sí precisan unas analíticas o que se plantean que, sin Facebook, les resultaría más difícil llegar a sus usuarios?

 

ACTUALIZACIÓN: TechCrunch publica, unas horas después de este, un interesante artículo sobre el mismo tema, The psychological impact of an $11 Facebook subscription

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Would you pay to use Facebook?” 

 

WanaCryptAyer, los medios vivieron un episodio de esos en los que, claramente, el desconocimiento alimenta el pánico, y terminas hablando de supuestos ataques organizados y hasta de ciberguerra ante un simple virus que se esparce de manera completamente aleatoria y que no debería generar ningún problema si se tiene una mínima rutina de copias de seguridad.

El ransomware es un fenómeno ya muy antiguo: se infecta un equipo con un programa que cifra los contenidos del disco duro, y se reclama un rescate a través de algún medio de pago que permita cierto nivel de anonimato. La infección puede producirse a través de spam o por otros métodos, tratando de conseguir que el usuario abra un enlace que permita la descarga del programa, y buscando posteriormente otros equipos que infectar a partir de ese. Si esa infección se propaga en una red corporativa en la que los antivirus no estén a la última, bien por desidia o por plazos de verificación que a veces se imponen de manera rutinaria, lo único que hay que hacer, si se trata de un sitio serio, es desconectar los equipos infectados, eliminar la infección, recuperar el contenido de esos equipos del servidor de copias de seguridad, y a otra cosa. No hay más problema.

Que aparezca un virus de este tipo en una compañía no es nada infamante ni deshonroso: en cualquier sitio, por actualizadas que estén sus políticas de seguridad, puede ocurrir que una persona haga clic en un enlace o entre en una página que posibilite una infección. Hablando ayer sobre el tema con Marcos Sierra, de Voz Pópuli, que fue ayer el primero en reportar la infección de algunos ordenadores de la red de Telefonica, recurrí a la famosa frase de Gene Spafford, Spaf, que para mí sienta perfectamente bien las bases de lo que es la seguridad informática:

“The only truly secure system is one that is powered off, cast in a block of concrete and sealed in a lead-lined room with armed guards – and even then I have my doubts.”

(El único sistema verdaderamente seguro es uno que esté apagado, metido en un bloque de hormigón y sellado en una habitación aislada con plomo y con guardias de seguridad – y aún así, tengo mis dudas)

Hoy, Marcos me cita e incluye la frase en su noticia titulada “España no está preparada para una ciberguerra: hablan los expertos“, que no pretende ser un ataque a los protocolos de seguridad del estado español, sino una evidencia: nadie está realmente preparado para algo así. Si alguien tiene suficiente interés en atacar tus sistemas, será capaz de hacerlo. Lo peor que puede hacer es ponerte en la posición de ser un objetivo interesante: presumir ostentosamente de tu seguridad, desafiar a posibles atacantes o simplemente, ser un símbolo de algo puede convertirte en objetivo, y nadie puede superar un ataque específicamente diseñado para ello. Obviamente, esto no debe hacernos caer en el derrotismo y en el “para qué voy a protegerme”, sino todo lo contrario: debemos hacer todo lo que razonablemente esté en nuestra mano para evitarlo, pero sabiendo que el riesgo cero, sencillamente, no existe. Y si ocurre, lo que hay que hacer es ser transparente y arreglarlo lo antes posible, que fue ni más ni menos lo que ayer hizo Telefonica.

Pero lo importante, por supuesto, es entender las diferencias entre lo de ayer – una simple infección aleatoria que llegó a Telefonica y a otras empresas como pudo llegar al patio de mi casa, que es particular – y un ataque organizado, selectivo, o peor aún, una ciberguerra destinada a provocar daños concretos y a comprometer la disponibilidad de infraestructuras críticas. Nada de eso ocurrió ayer: no hubo “países afectados”, ni “empresas paralizadas”, sino una simple infección aleatoria que alcanzó a algunos equipos, y que solo provocó daños a quien careciese de rutinas de copia de seguridad, algo que desgraciadamente aún es habitual a algunos niveles, y que sí debería ser objeto de estudio. No debes tenerle miedo a los virus, a lo que debes tenerle miedo es a las compañías que no se protegen o que no hacen copias de seguridad. Ayer no hubo “ataque a tal o cual compañía”, ni información comprometida, ni peligro para los usuarios, ni nada por el estilo. Solo unos aprovechados intentando ganar dinero con la ignorancia ajena o a costa de quienes no tienen prácticas de seguridad mínimamente adecuadas. Mezclar términos de manera irresponsable al informar no es más que buscar el sensacionalismo y alimentar el pánico, algo nunca recomendable en ningún contexto. Y en seguridad, menos aún.

 

IMAGE: Theeravat Boonnuang - 123RFMarcos Sierra, de Voz Pópuli, me llamó ayer para hablar sobre la transformación de las operadoras al hilo de unas declaraciones del CEO de Orange en España, Laurent Paillassot, y hoy me cita en su artículo titulado “El 5G convertirá a los operadores en ‘compañías de software’” (pdf).

La transformación digital de las operadoras es una cuestión sumamente compleja, que en ningún caso se va a solucionar con un “vamos a convertirnos en empresas de software”. En el proceso de reconversión de la industria de las telecomunicaciones habrá operadoras que opten por una estrategia de liderazgo en costes, que se centren en la pura infraestructura, en el “más gigabytes por menos dinero” y en ser la “dumb pipe” más eficiente, y sin duda, habrá espacio en el mercado para ese posicionamiento. El otro extremo del proceso lo protagonizaran compañías que decidan afrontar la transformación digital en su totalidad, con sus tres etapas, y eso exige un planteamiento mucho más complejo y evolucionado que simplemente “convertirse en empresas de software”.

La transformación digital de las operadoras exige, en primer lugar, una reconversión radical de la capa de interacción con el cliente, algo que muy pocas operadoras están en disposición de acometer, en parte por la fuerte dependencia de sistemas legacy, y en parte – y no menos importante – por cuestiones relacionadas con la cultura corporativa, con la necesidad de acabar con eso que yo en su momento llamaba “mentalidad de operadora“. Después, es preciso acometer un fortísimo desarrollo interno para orientar la compañía a la generación de datos, lo que implica nuevos desarrollos, contratación de personas con habilidades muy diferentes a las que solían contratar, y una mentalidad completamente distinta. Y finalmente, pero radicalmente importante, implica abrazar una mentalidad de plataforma, lo que conlleva convertir toda la compañía en capas de APIs para construir soportes sobre los que todo se genere un ecosistema en el que otras empresas de todo tipo puedan desarrollar negocios. Todo ello teniendo en cuenta las nuevas reglas de la interacción: el respeto al cliente, la portabilidad de los datos y la transparencia en la gestión.

Todo esto supone mucho, muchísimo más que simplemente “convertirse en empresas de software”. Es más, si la frase “convertirnos en empresas de software” implica de alguna manera intentar competir con las empresas de software generando productos para el usuario, es una estrategia condenada al fracaso, porque en algún momento reflejará la triste mentalidad de vulneración de la neutralidad de la red, y caerá en el “privilegio mi app para que funcione mejor que otras”. No, el negocio no es el software. El software va a ser necesario, las compañías que decidan emprender estar ruta van a tener que contratar legiones de desarrolladores bien cualificados y generar una cultura de orientación al desarrollo que no es en absoluto sencilla, pero además, van a tener que entender que la idea no es crear productos finales, sino ser plataforma para los productos de otros. El negocio está en la inteligencia de plataforma, en el machine learning, en la inteligencia artificial y en la capacidad para dar lugar, a partir de sus servicios, a todo un ecosistema del que el cliente quiera formar parte. Y eso ni es sencillo, ni va a estar al alcance de todas las operadoras.

En telecomunicaciones, como en todo, hay empresas en muy distintos momentos de evolución en este sentido. Por el momento, y dicho con todas las reservas que conlleva evaluar un plan cuando está simplemente en sus inicios, lo que he podido ver que me haya resultado más convincente y que me parece que refleja mejor esos principios de transformación digital ha sido la Cuarta Plataforma de Telefonica, pero aunque mover una operadora no sea sencillo y requiera cierto tiempo y esfuerzo, esta industria es dinámica, y es importante tener en cuenta no solo las estrategias, sino la manera en la que se trasladan al mercado. No, redibujar las operadoras no va a resultar sencillo. Pero va a convertirse en la auténtica clave de su futuro.

Sobre este tema, aún nos queda mucho por ver. Y por escribir.

 

 

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