Un tercio de los niños gallegos menores de 11 años tienen WhatsApp - La Voz de Galicia¿Puede un padre espiar el WhatsApp de su hija menor de edad? Pues sí, por supuesto que puede: ejerce su patria potestad, el dispositivo es suyo, la conexión también lo es, y se trata de una simple cuestión de autoridad. ¿Es recomendable que lo haga? Pues si pretende mantener una relación de confianza con ella, que es la base de cualquier proceso educativo bien desarrollado, es seguramente mejor que no lo haga. En una cuestión así, francamente, me parece bastante absurdo meter a un juez.

Sara Carreira, de La Voz de Galicia, me llamó para hablar sobre la última sentencia de un juez pontevedrés que absuelve a un padre por espiar el WhatsApp de su hija, que sirve como pretexto para volver a plantear, por enésima vez, el uso de dispositivos o herramientas de comunicación por parte de los menores de edad. Ayer, Sara incluyó algunas partes de nuestra conversación en su artículo titulado “Un tercio de los niños gallegos menores de 11 años tienen WhatsApp“. ¿Tiene sentido que un niño de menos de once años utilice un smartphone y WhatsApp? Pues por supuesto que lo tiene. Los protocolos de uso tardan más en implantarse que el uso como tal, y si podemos conseguir que un niño aprenda antes a comunicarse y haga tonterías cuando está razonablemente autorizado a hacerlas, es decir, cuando es un niño, eso que hemos ganado. No hay ninguna razón para impedir el uso de una herramienta de comunicación a un niño, salvo que sea intrínsecamente peligrosa (que no lo es) o de alguna manera inadecuada (que tampoco). Simplemente, tendremos que ser responsables y monitorizar adecuadamente su uso, creando para ello el clima de confianza adecuado para ello.

Por más que lo volvamos a plantear, la cuestión está, para mí, extremadamente clara: en la mismísima definición de educar se incluye el desarrollo de una serie de habilidades de adaptación al entorno. Del mismo  modo que no tendría sentido educar a los jóvenes para que aprendiesen a relacionarse en la sociedad del siglo XVIII e insistir en hacerlo así resultaría un problema de cara a su convivencia y adaptación futura, tampoco lo tiene renunciar a algunos de los elementos que caracterizan la sociedad que les ha tocado vivir. A estas alturas, discutir que los smartphones o la mensajería instantánea forma una parte inseparable del entorno sería absurdo. Por tanto, tenemos que dejar de tratar a estos dispositivos y a la tecnología que conllevan como una supuesta fuente de enfermedades, adicciones y temores, y empezar a considerarlos como lo que son: parte del entorno, herramientas que hay que aprender a utilizar.

Aprender a utilizar. Por favor, procesemos esa frase: por mucho que nos parezca que los niños traen la tecnología puesta, no es así. La tecnología es cada vez más sencilla de utilizar, lo que implica que los niños, que además no tienen que desaprender de ninguna otra tecnología anterior, la aprendan con suma facilidad. Si nosotros queremos aprender a usarla como ellos o mejor, solo tenemos que poner un mínimo de interés, y ese interés pasa a ser una cuestión fundamental si queremos educar a nuestros hijos en condiciones. Si “no te enteras de la tecnología”, crees que “los smartphones te pillaron muy mayor” o piensas que “todas estas cosas son chorradas”, no serás más que un ignorante, un inadaptado a los tiempos, y si intentas educar a cualquier niño con esa base te saldrá, lógicamente, fatal. Educar es una responsabilidad, y hay que trabajarla, ponerse al nivel adecuado como para que tus hijos te consideren una referencia válida. Si no eres capaz de estar a la altura, cuando intentes poner algún tipo de normas, las despreciarán como procedentes de alguien sin ningún valor ejemplificador.

Los smartphones y las herramientas de comunicación, como todo, precisa de normas. Se llaman educación. Desarrollar la educación implica dar tiempo a los niños a que se adapten a esas herramientas, a que no las vean como algo excepcional, como algo que “me dejan dos horas al día”. Por eso sigo creyendo que la mejor edad para dar a un niño un dispositivo es en cuanto sea capaz de no llevárselo a la boca, para que lo vea como algo habitual, algo ubicuo, que sirve para todo y que, como todo, hay que utilizar respetando unas normas de educación determinadas. Es así de sencillo, y por supuesto… así de complicado.

Educar no es sencillo, los niños son todos distintos, y las cosas que pueden funcionar con un niño pueden ser un desastre con otro. Pero la idea es la que es: educar en el uso, evitar – lógicamente – el abuso, y dejar claro que bajo ningún concepto esas herramientas pueden ser utilizadas para ignorar a nadie, para convertirse en un maleducado, para salir de casa de los abuelos sin haberles siquiera mirado a la cara, o para comunicarse con desconocidos de manera irresponsable, por comentar algunas de las cuestiones citadas en el artículo. Es tan sencillo y tan complicado como ha sido siempre: ¿permitíamos que nuestros hijos hablasen con cualquiera? ¿Les dejábamos jugar a todas horas, o hablar por teléfono sin parar? ¿Nos desinteresábamos completamente por lo que hacían cuando salían a la calle, iban a casa de sus amigos o se metían en su habitación a jugar? Las normas son las de siempre, y las herramientas, también: consistencia, coherencia, confianza, disciplina… cada una en su adecuada dosis. Con smartphones y WhatsApps, o sin ellos. Es, sencillamente, adaptar la educación, una de las variables sociales más importantes y con más influencia en el futuro, a los tiempos y al entorno.

 

IMAGE: Dolgachov - 123RFUn estudio de las universidades de Oxford y Cardiff afirma que las directrices con las que la mayoría de los padres controlan el tiempo de uso de dispositivos de sus hijos son demasiado estrictas. Para la mayoría de adultos, seguramente, una idea contraintuitiva: lo más habitual es escuchar quejas acerca de la total inmersión de los niños en sus dispositivos a todas horas, sea durante la cena con la familia o cuando visitan a sus abuelos y practican ese ubicuo deporte que se ha dado en llamar phubbing.

La realidad es que el tiempo de uso de los dispositivos de los jóvenes no es ni mucho, ni poco: simplemente es el que es, y es lógico que sea. Hablamos de personas nacidas y crecidas en un entorno en el que estos dispositivos tienen una presencia ubicua: en todas partes, en todos los bolsillos, utilizados para todo constantemente. Pedirles que se mantengan al margen de ellos es, sencillamente, una estupidez y una imprudencia absurda y sin sentido, como lo es el pretender que no los utilicen cuando están en determinados entornos. La propuesta francesa en ese sentido es completamente antinatural, y estoy seguro de que en no mucho tiempo se revelará como un fracaso total. Dentro de poco, consultar subrepticiamente el móvil ocultando el gesto a los que tienes alrededor se denominará “mirar a la francesa”.

¿Hay que controlar el tiempo que los niños utilizan sus dispositivos? Por supuesto. Todos los factores que afectan a algo tan importante como la educación de los niños deben ser objeto de control, como lo han sido siempre. ¿Tenía lógica antes dejar que un niño jugase a todas horas? ¿O viese la televisión sin parar? ¿O comiese compulsivamente? Todas las actividades de un niño deben ser objeto de un cierto nivel de control, y la educación consiste precisamente en eso: en controlar sin asfixiar, en hacer ver a alguien que no quiere ser controlado que ese control es razonable, por su bien, y destinado a generar unos hábitos adecuados. Convertirse en el policía de turno que vigila al niño por todos los medios posibles, le instala programas espía o le agobia de manera constante puede ser tan malo como dejar hacer sin límite alguno.

¿Cuánto es un uso razonable? Pues depende del niño y de las circunstancias. Hablamos de dispositivos multifuncionales, con un atractivo brutal y con unas posibilidades que podrían, sin ningún tipo de dudas, llevar situaciones de consumo excesivo o poco recomendable. La diferencia con un adulto está en la ausencia de autocontrol en ese sentido – como ocurre con tantas otras cosas… un niño comería golosinas sin parar hasta que le doliese el estómago, jugaría sin parar hasta caer rendido o vería su película favorita en bucle como si fuera una obsesión – y es precisamente ese autocontrol lo que hay que aspirar a desarrollar, de lo que se trata en gran medida ese proceso que denominamos educación.

Para llevar ese proceso a cabo, es preciso entender que los dispositivos son para muchas cosas, y por tanto, tendremos que entender qué diablos está haciendo el niño, desarrollar una relación de confianza que nos permita saberlo sin fiscalizarlo de manera persecutoria, e interesarnos por sus actividades en la red como nos interesamos por las que desarrollan fuera de ella. ¿Debe existir un tiempo fijo de consumo que no se puede exceder? Para mí, no tiene sentido, y es además contraproducente, porque lleva a que su relación con el dispositivo se convierta en algo artificial y absurdo. Ante la tesitura de “ventana de dos horas de uso”, los niños intentan maximizar el rendimiento de esas horas para la actividad que quieran, y posponen otros usos que podrían ser interesantes o desarrollar determinadas capacidades. El uso natural de un dispositivo es recurrir a él cuando lo necesitamos para alguna cosa, sea consultar algo, mirar un mapa, hacer una foto o jugar, usos que surgen cuando surgen y que no necesariamente se corresponden con una ventana de horas determinada. Pero eso, lógicamente, tampoco quiere decir “barra libre” sino, más bien, promover un uso responsable. Aplicar las normas de educación como se han aplicado siempre parece una buena idea: no permitir que el dispositivo se convierta en un inhibidor de la comunicación, no usarlo en determinados momentos destinados al contacto familiar, no permitir que interfiera con la cortesía, no acudir a él compulsivamente cada pocos minutos para ver si alguien ha comentado algo, etc. parecen reglas con bastante más sentido que un reduccionista “te dejo el móvil durante dos horas”.

Si crees que tus hijos manejan los dispositivos mejor que tú y, por tanto, no puedes enseñarles ni aconsejarles nada es que hay algo que estás haciendo muy mal. La única razón que hace que un niño maneje un dispositivo mejor que sus padres es que estos no se han interesado por el tema, con todo lo que conlleva no interesarse por algo que va a formar parte inseparable de la vida de su hijo – y sin duda, de la suya – durante toda la vida. Entender lo que hacen, evitar planteamientos simplistas o negarse a entender sus hábitos o costumbres es contraproducente, aunque haya hábitos y costumbres que nos pueda costar entender: se llama brecha generacional y ha existido en todas las generaciones de la historia. ¿Quieres perder el respeto de tus hijos, sea en el manejo de dispositivos o en cualquier otra cosa? Muestra una ignorancia supina provocada por la falta de interés o de entendimiento. Y desde una posición de pérdida de respeto, resulta muy difícil educar a nadie. Si quieres educar en condiciones, interésate por lo que hacen hasta la extenuación, pide explicaciones de lo que necesites y no pares hasta que lo entiendas, esfuérzate por mantenerte actualizado de las tendencias de uso, y balancea la importancia del otro entorno que condiciona a tus hijos además del familiar: el social. La idea de “castigar sin móvil” con total ligereza como si el uso no fuese importante para el niño es, en la mayoría de los casos, contraproducente, y refuerza la idea de “mis padres no me entienden” o “no se enteran de nada”. Que tus hijos no tengan las mismas escalas de valores que tú no debería ser sorprendente, sino todo lo contrario, y eso es algo que hay que entender.

Limitar el tiempo de pantalla de tus hijos a una o dos horas al día de manera arbitraria como hasta ahora recomendaba la Academia Americana de Pediatría no influye en absoluto en su bienestar ni garantiza una educación o unos hábitos adecuados. Es, simplemente, una tontería sin sentido, una forma absurda de tratar como un hábito nocivo algo que no tendría por qué serlo. Lo que influye en tus hijos es que uses los dispositivos como si fueran un baby-sitter, que los utilices persistentemente como “apaga-niños”, que no te preocupes ni lo más mínimo de lo que hacen con ellos, que adoptes una actitud de policía desquiciado, o que les dejes hacer todo lo que pidan sin límite alguno. Esas cosas sí generan problemas. Los niños no vienen con manual de instrucciones, pero pretender tomarlas de normas categóricas tampoco ayuda. Contra las normas arbitrarias y rígidas, por favor… sentido común.

 

Identidade DixitalEste pasado verano tuve la oportunidad de participar en el proyecto Identidade Dixital, una iniciativa de la Xunta de Galicia dentro del marco de la Estratexia Galega de Convivencia 2015-2020 para reforzar aspectos como la educación o el desarrollo de los jóvenes dentro de un contexto tan complejo como la red, en el que tantas cosas, sea por acción o por omisión, parecen hacerse de manera equivocada.

Mi principal intento fue el de desdramatizar la red: un entorno con peligros como cualquier otro, pero en donde el mayor peligro es precisamente la exclusión, quedarse fuera. Quien, ante los peligros de la red, opta por reducir la presencia de sus hijos o esperar a una cierta edad para iniciar la educación específica sobre su uso, está perdiendo un tiempo fundamental para conseguir que esa educación tenga lugar de manera natural. Obsesionarse con que “los niños no leen” cuando se puede conseguir que lean mucho y bien en la red, con que “son adictos” cuando se trata simplemente de un problema de educación, o con que “son nativos digitales y saben más que yo” cuando si no eres capaz de entenderlo es simplemente porque no te has interesado lo suficiente es una fuente potencial de problemas futuros, que deben ser tratados dentro del más elemental sentido común y naturalidad. La tecnología es una fuente permanente de oportunidades para el aprendizaje y la preparación de cara al futuro, y debemos tratarla precisamente así, como una oportunidad y no como un problema.

El proyecto contiene píldoras de vídeo y una guía descargable con comentarios de diecisiete expertos o referentes en ámbitos como la ciencia, la educación o la red en general. Mi pequeña frustración personal ha sido que, tras veintisiete años fuera de Galicia y volviendo únicamente para algunos eventos, vacaciones y fiestas, es la primera vez que no me encuentro suficientemente cómodo grabando los vídeos en gallego, de manera que tuve que hacerlo en castellano con subtítulos. Posiblemente porque fue al principio del verano y no al final, pero habiendo hecho entrevistas en radio y sin demasiados problemas en gallego de manera regular, la verdad es que no me gustó constatar que uno de los idiomas que aprendí completamente por mi cuenta – soy de la última generación que no aprendió gallego en el colegio – pero que hablaba con un nivel razonable y con relativa comodidad, se me había oxidado hasta el punto de no encontrarme suficientemente cómodo hablándolo delante de una cámara…

 

SimpleFunsEl artículo que posiblemente leas y veas comentado hoy si tus listas de suscripciones están mínimamente completas es este de James Bridle titulado  Something is wrong on the internet, un texto largo y detallado en el que el autor se preocupa por la proliferación de determinados vídeos en YouTube Kids, un producto diseñado por la compañía para proporcionar vídeos adecuados a los niños y que muchos padres tienden a emplear como auténtico “dispositivo apaganiños”, con contenidos completamente inadecuados desde múltiples puntos de vista, y apoyándose en los algoritmos de recomendación de la plataforma para encabezar las listas de popularidad y obtener ingresos publicitarios.

La presencia de este tipo de vídeos inapropiados ha sido puesta de manifiesto en otras ocasiones: contenidos que aprovechan personajes muy conocidos por los niños y los hacen protagonizar escenas violentas o de otros tipos, habitualmente con grafismos extremadamente simples, confeccionados con muy poco esfuerzo. El análisis de Bridle incide no solo en los vídeos como tales, sino más bien en el mecanismo de una plataforma que no solo posibilita este tipo de comportamientos, sino que los recompensa mediante sus algoritmos y el sistema económico de premiar la atención al que da lugar. Un análisis interesante, que pone el peso en la plataforma, en una YouTube que no parece hacer mucho de cara a la eliminación de este tipo de contenidos más allá de ofrecer sistemas que permiten que sean denunciados o marcados como inapropiados, y que no ha tenido ningún éxito por el momento de cara a su erradicación.

Sin embargo, el verdadero análisis, para mí, es todavía más desasosegante: indudablemente, internet tiene un problema. La combinación de factores como el desarrollo sin límites de la economía de la atención, los algoritmos que premian el sensacionalismo o el contenido más impactante, las posibilidades de anonimato o de trazabilidad compleja y otra serie de características de la red han dado lugar a un sistema en el que constantemente nos sorprendemos encontrando cosas que, si hacemos caso a la gran mayoría de observadores, no deberían estar ahí. Pero en realidad, el verdadero problema no está en internet: está en la naturaleza humana.

Me explico: todo sistema es susceptible de ser utilizado de diversas maneras. La ausencia de regulación para evitar comportamientos definidos o considerados nocivos, o los sistemas de regulación ineficientes, generan abusos de numerosos tipos. Podemos constatarlos en todas partes: a la popularización del correo electrónico sigue la proliferación del spam. ¿Es el spam un problema de diseño, algo de lo que debamos hacer responsables a los inventores del protocolo del correo electrónico o a los que comercializan herramientas para que los consumidores lo usen? No, es un problema de que una serie de actores descubren que pueden utilizar los protocolos del correo electrónico para enviar con un coste bajísimo mensajes comerciales a una gran cantidad de usuarios incautos, inexpertos o directamente idiotas, y aprovechar para separarlos de su dinero. Ese comportamiento es constante: cada servicio que surge cuenta con su caterva de aprovechados dispuestos a utilizarlo para engañar, robar, manipular o retorcer su propósito original. Las redes sociales son plataformas para compartir contenidos, pero convenientemente retorcidas, se convierten en herramientas para manipular un proceso electoral. YouTube sirve para ver vídeos, pero si la retorcemos adecuadamente, podemos conseguir que sirva para engañar a niños con contenidos inadecuados y ganar dinero a costa de exponerlos a contenidos a los que no deberían ser expuestos. Da igual el ejemplo que propongas: todos cuentan con usos inadecuados, inmorales o directamente delictivos que algunos pretenden utilizar para su beneficio. ¿Surgen los ICOs? Rápidamente proliferan personajes nocivos dispuestos a confundir a potenciales inversores y robarles su dinero.

¿Estamos hablando de un problema de internet? No, hablamos de un problema de la naturaleza humana. En ausencia de una regulación efectiva debido a la velocidad con la que se desarrollan y popularizan las nuevas herramientas, los delincuentes evolucionan y se convierten en los primeros colonizadores de cada nuevo nicho ecológico que surge en el planeta red. Para cuando se defina como delito subir vídeos a YouTube y aprovechar sus algoritmos para incrementar su popularidad, los delincuentes estarán haciendo otras cosas completamente diferentes. Probablemente un buen abogado encuentre siempre suficiente indefinición en esos comportamientos como para conseguir que salgan absueltos, y el simple principio de “no sé como definirlo pero lo reconozco cuando lo veo”, el I know it when I see it que podría contribuir con algo tan inherentemente humano como el sentido común a aliviar el problema, no se utiliza lo suficiente. No parecen existir tribunales ni jueces suficientes como para solventar los problemas que detectamos en internet todos los días, y si existiesen, se verían confrontados con una realidad compleja de fueros y sistemas judiciales nacionales tratando de mala manera de operar en un entorno global y sin fronteras. Lo que un estado intenta definir como un comportamiento execrable y encuadrar en un tipo penal evidente que sin duda ya existía, en otro estado está completamente sin legislar, o se sitúa en un limbo en el que las leyes resultan de imposible aplicación. Los mecanismos sociales de control, elementos como la reputación o la censura social que a otra escala y en otros períodos históricos se han convertido en elementos que ponían relativo coto a determinados comportamientos, tampoco funcionan, porque no se desarrollan con la necesaria velocidad. Cuando un individuo malintencionado encuentra una manera de aprovecharse de una plataforma determinada, la mayor parte de la sociedad ni siquiera es capaz aún de entender qué es lo que está haciendo.

Hemos construido una herramienta que no sabemos controlar, y que muchos consiguen retorcer para su beneficio incurriendo en comportamientos que cualquiera con un mínimo sentido común encontraría castigables, pero que en rarísimas ocasiones son castigados. Y de nuevo: el problema no está en la red, sino en la naturaleza humana, en las más profundas miserias de nuestra condición. ¿Cómo definir a un tipo que convierte en medio de vida el exponer a niños a contenidos completamente inadecuados y censurables? ¿Qué castigo debería encontrar si la justicia funcionase? ¿Cómo plantearse desincentivar un comportamiento semejante? ¿Cómo adaptar la legislación y los sistemas que tratan de poner bajo control lo peor de la naturaleza humana en un marco que evoluciona tan rápidamente?

 

IMAGE: Atomicbhb - 123RF

Adrián Cordellat me entrevistó por teléfono para Madresfera sobre el mito de los nativos digitales y los problemas derivados del mismo en la educación, tanto en las familias como en los colegios, al hilo de la publicación del libro “Los nativos digitales no existen“, para el que escribí el prólogo. La publicó ayer bajo el título “Enrique Dans y los nativos digitales“.

Hablamos, sobre todo, del tremendo error de partida que supone pensar que nuestros hijos están de alguna manera mejor preparados para la tecnología por el hecho de haber nacido en una época en la que esa tecnología forma parte habitual de su entorno. Esa omnipresencia consigue que no les parezca un elemento extraño, pero en modo alguno los prepara para su uso: creer que van a ser más hábiles y tener más facilidad por el simple hecho de haber nacido en un año determinado implica no entender nada bien los mecanismos de la evolución de las especies.

No, nuestro hijos no tienen ningún tipo de modificación genética que los prepare mejor para el uso de la tecnología. Ninguno. Si te parece que son muy hábiles, eso se debe fundamentalmente a tres cuestiones: una, que no ven los dispositivos como un elemento extraño porque viven rodeados de ellos. Dos, que esos dispositivos están muy bien fabricados y programados, y su uso resulta cada día más intuitivo para cualquiera, sobre todo si no tienes que “desaprender” con respecto a tecnologías anteriores. Y tres, que muy posiblemente, tú mismo te ves tan torpe en su manejo, que cualquier cosa que tus hijos hagan con un dispositivo te parece que los cualifica poco menos que para ser seleccionados por la NASA.

Por mucho que nos satisfaga en nuestro ego pensar que nuestros hijos son unos superdotados tecnológicos y podrían casi graduarse ya como ingenieros de cohetes, no es así. El problema del mito de los nativos digitales es que nos resulta enormemente cómodo: por un lado nos hace sentir bien porque a cualquier padre o madre le encanta sentir que sus hijos son maravillosos y listísimos, y por otro, nos hace pensar que finalmente, tras muchas generaciones buscándolo, hemos conseguido encontrar el “botón apaganiños”: basta con darle al niño un dispositivo con una app determinada cuando está dando la lata en un restaurante, para que automáticamente se quede sentadito en su silla o en un rincón y no lo volvamos a oír. No, perdona: si tus hijos son completamente incompatibles con la vida civilizada en cuanto los sacas de casa y los llevas a un restaurante, lo que tienes que hacer no es intentar apagarlos con un dispositivo, sino lisa y llanamente, educarlos. La tecnología nunca debe ser un sustitutivo de la educación.

¿Hay riesgos en la tecnología? Sí, por supuesto. Como en todo. Como en salir a la calle, como en hablar con desconocidos o como en ver la televisión. ¿Hay un pederasta colgado en cada poste, acechando a nuestros hijos? No, pero hay que explicarles que existen pederastas, y que en cuanto tengan la más mínima sospecha, tienen que contárselo inmediatamente a sus padres. ¿Existe el cyberbullying? Por supuesto, como existía el bullying antes de que hubiese internet, aunque le diésemos un nombre diferente… pero cuando veo problemas con adolescentes sometidos a cyberbullying, no puedo evitar pensar siempre lo mismo: ¿dónde diablos estaban esos padres que ni fueron capaces ni de estar ahí disponibles para comentar los problemas de sus hijos, y que ni siquiera se dieron cuenta por las señales externas de que los estaban sufriendo? No, educar a un hijo no es darle un ordenador y dejarlo que aprenda a usarlo sin supervisión “porque es un nativo digital”. Educar a un hijo es otra cosa, y tiene poco que ver con la tecnología o con instalar un maldito filtro parental. Es una actitud.

Utilizar los dispositivos como apaganiños o como baby-sitter es una completa irresponsabilidad. Pero peor aún es considerar que “la tecnología es peligrosa” y tratar de mantenerlos lejos de ella. Eso sí resulta profundamente irresponsable y absurdo. Nuestra comprensión de la tecnología tiene que comenzar por pensar que es un elemento permanente de nuestra sociedad actual y futura, y que lo que tenemos que hacer con ella es aceptarla y preparar a nuestros hijos para ella. La primera regla básica es entender que el mayor riesgo de la tecnología para nuestros hijos es que se mantengan alejados de ella.

A partir de ahí, planteémonos que la tecnología, como cualquier otro entorno, precisa de un acompañamiento responsable, de una dedicación de tiempo y recursos, de una didáctica y de una serie de reglas. Si alguna de esas cosas no te parece importante, lo que deberías revisar no es la tecnología, sino tu carnet de progenitor, que desafortunadamente es expedido sin ningún tipo de requerimiento previo. En octubre de 2015, antes de que el libro estuviese siquiera en fase de idea, escribí un pequeño decálogo sobre niños y tecnología al hilo de una conferencia que estaba preparando, en el que avanzaba muchas de las ideas que comento en el prólogo del libro, y que anteriormente había reflejado también en una entrevista con Marcos López, de Adolescentes y más, titulada “Los nativos digitales no existen, son puro mito y su educación no es más sólida“.

Las ideas son las mismas: no existe ninguna “codificación genética” en nuestros hijos que los prepare especialmente para la tecnología, y hacer dejación de nuestras funciones de supervisión y educación en este aspecto es irresponsable y absurdo como padres, como profesores y como país. Según mi experiencia en universidades españolas, en muchos casos el daño ya está hecho: muchos jóvenes son tan ignorantes y están tan poco preparados para desarrollarse en entornos tecnológicos como lo están sus padres, con un agravante: ahora, además, se creen “expertos” porque saben hacer cuatro tonterías en WhatsApp y en Snapchat. Jóvenes que desprecian las redes sociales, que desconocen o ningunean el potencial de determinadas herramientas, y que pretenden “estar de vuelta de todo” cuando ni saben hacer la O con un canuto. De querer tener “la generación mejor preparada de la historia”, a criar, salvo excepciones, una panda de ignorantes que encima se creen ingenieros de cohetes, y que resultan si cabe más fáciles de manipular que sus padres porque no son capaces de diferenciar una noticia falsa o una esponsorizada, desconocen la importancia del fact-checking o de la validación de fuentes, y se creen a pies juntillas el primer resultado de cualquier búsqueda.

Es el momento de concienciar a quien pueda ser concienciado: padres, educadores, profesores a todos los niveles, legisladores buscando la enésima modificación de las políticas educativas… no, los nativos digitales no existen. La tecnología, como la física o las matemáticas, hay que explicarla, hay que entrenarla y hay que convertirla en materia fundamental, troncal y evaluada, porque vivimos en un mundo gobernado en gran medida por nuestra interacción con ella, y porque son muchas las claves de futuro que dependen de ella. No es simplemente “poner dispositivos y ya está”. Veremos si hay alguien con altura de miras al otro lado…