Paywall (SOURCE: Unknown)Que corren tiempos complicados para el periodismo en la web es algo que resulta evidente para cualquiera que conozca mínimamente la industria. La publicidad sigue inmersa en una crisis de identidad derivada de planteamientos equivocados de la que no ha logrado salir desde que Tim Berners-Lee inventó la WWW y a alguien se le ocurrió poner el primer banner, y ofrece rendimientos claramente descendentes en un contexto en el que gigantes como Google o Facebook se llevan porcentajes cada vez mayores de la tarta de ingresos, mientras anunciantes, agencias y soportes siguen aparentemente obsesionados con la idea de que “si no molesta, no funciona”.

La reacción a esta absurda disfuncionalidad es evidente: mientras algunos se afanan por intentar “arreglar” la publicidad, por el momento de manera infructuosa, el ad blocking crece sin pausa hasta ser utilizado por alrededor de un tercio de todos los usuarios del mundoy se convierte, a todos los efectos, en el mayor boicot de la historia de la humanidad. Mientras, un número creciente de publicaciones optan por modelos cerrados, por los llamados paywalls o muros de pago, una forma de intentar convencer a los usuarios de que opten por pagar una suscripción con el fin de poder acceder a unos contenidos que, en caso de no hacerlo, permanecerán supuestamente inaccesibles para ellos.

Los paywalls son, en realidad, una solución muy poco imaginativa de la que llevamos hablando ya demasiado tiempo, y siempre, inequívocamente, con el mismo resultado, una frase que dije hace muchísimo tiempo: si tu modelo de negocio se basa en impedir el acceso de los usuarios a un contenido, es mejor que vayas pensando en cambiar de modelo de negocio, porque los bits son libres. Si la función de un muro de pago es impedir que alguien acceda a un contenido, la respuesta, como veremos más adelante, es clara: no funcionan. Otra cosa es si el muro de pago se utiliza simplemente como una manera relativamente suave de disuadir a los usuarios para que, con sus suscripciones, colaboren al desarrollo de una iniciativa periodística determinada, porque valoran algunas de sus características diferenciales, su independencia, su línea editorial, su estilo, etc.

En el panorama internacional, los muros de pago son ya habituales: publicaciones como The New York Times, The Washington Post, Bloomberg, The Times, The Wall Street Journal, Wired o Financial Times, entre muchos otros, han optado por variadas versiones y combinaciones del muro de pago, desde la más simple y radical, el llamado “hard paywall”, que directamente impide el acceso a todos los contenidos sin ningún tipo de alternativa más que pagar la suscripción, hasta diversas opciones del conocido como “soft paywall” o “metered paywall”, que da acceso a un número determinado de noticias antes de cerrarse y requerir un pago. En España, todo indica que la escena va a cambiar sensiblemente en los próximos meses: tras el anuncio de La Vanguardia de que optará por un muro de pago en menos de un año, se prevé que diarios como El País o El Mundo opten también por un modelo similar más pronto que tarde, en una competencia por lograr el mayor número de suscriptores y superar lo antes posible la caída de relevancia que este paso suele suponer.

Obviamente, la instalación de un muro de pago supone un problema: si no permites que actores como Google indexen la totalidad de tus noticias, no simplemente un snippet o fragmento de las mismas, tu relevancia en la web cae de manera inmediata. Además, un porcentaje muy elevado de tus lectores, ante el obstáculo, optan simplemente por irse a leer la noticia en otra publicación, y te quedas, por tanto, únicamente con aquellos que consideran que tu publicación aporta un muy importante valor diferencial. Por otro lado, todo muro de pago excepto los totales tiene agujeros que los usuarios pueden explotar cuando pretenden acceder a una de tus noticias: su uso se vuelve relativamente incómodo si pretendes leer una gran cantidad de noticias en ese medio o hacerlo de manera regular, pero es perfectamente razonable para un uso esporádico. A continuación, los procedimientos para acceder a día de hoy a algunos medios populares dotados de paywall, que obviamente evolucionarán o cambiarán con el tiempo:

  • The New York Times, The Washington Post o Bloomberg: tan sencillo como eliminar las cookies que estos medios sitúan en tu ordenador para llevar la cuenta del número de artículos que te permiten leer. Simplemente lee, y cuando alcances el máximo, vete a tu navegador y elimina las cookies colocadas por el medio, que además suelen tener un nombre inequívoco al que se accede buscando en la lista de cookies aquellas que contienen una porción de su nombre. Una vez eliminadas las cookies, el contador vuelve a cero.
  • Financial Times o The Wall Street Journal: el paywall del primero impide acceder a los artículos y simplemente permite ver el titular en la página de la sección, el del segundo permite ver la página de la noticia, pero solo el titular y unas pocas líneas de la misma. Simplemente copia el titular, búscalo en Google, y haz clic en el primer resultado, el mismo del que venías: al entrar a través del buscador, podrás acceder a la noticia completa.
  • Wired: en este caso, borrar las cookies o entrar a través de Google no te servirá de nada: tendrás que copiar la URL de la noticia, abrir una ventana de incógnito y pegarla ahí, pero esa es toda la complicación.
  • Adicionalmente, hay algunos métodos que pueden resultar más cómodos, o que en ocasiones funcionan cuando otros fallan:
    • Outline.com: inserta “outline.com/” inmediatamente detrás del fragmento “https://” de la URL original del artículo protegido por el muro de pago, y espera a que el servicio genere la página correspondiente, o copia la totalidad de la URL y pégala en la caja que aparece en la página de Outline.com
    • Browser add-ons: prueba a instalarte plugins o add-ons para el navegador que utilices, tales como Bypass Paywalls (para Firefox), Browse Unlimited (para Chrome) o cualquiera de los que aparecen cuando buscas “paywall” en el repositorio de add-ons, con las precauciones habituales en estos temas.

¿Es ético saltarse un muro de pago? Hacerlo plantea una disyuntiva muy similar a la de instalarse un bloqueador de publicidad: obviamente, sabes que al hacerlo, perjudicas la viabilidad del medio que estás leyendo, pero por otro lado, estás planteando a ese medio que por ese camino, no van a ningún sitio, o al menos, no contigo. ¿Debe ser todo gratis en internet? Por supuesto que no, pero los modelos de pago, para que funcionen, deben plantearse de la manera adecuada y con una propuesta de valor inequívoca. En este momento, lo más lógico es crear propuestas informativas que representen para el usuario un valor lo más único posible, para que sea ese usuario el que, interesado por la sostenibilidad de ese medio, opte por suscribirse o por aceptar sus anuncios.

Si tu medio es, en realidad, un copia y pega de noticias de agencia que el usuario puede encontrar sin demasiados problemas en otro sitio, o uno más en una pléyade de publicaciones similares, lo tendrás complicado para convencer a esos usuarios de que paguen por tu información. Si, por el contrario, estás siendo capaz de aportar un valor añadido único, la calidad de tu periodismo te lleva a encontrar antes que otros noticias importantes o que provocan cambios, o tienes lectores que, más que lectores pasivos, son “seguidores” o incluso fans dispuestos a apoyarte, lo tendrás mucho mejor. También depende, obviamente, de la proporción: si eres un medio con audiencia internacional, respetado, una referencia, es muy posible que la pérdida de lectores debida al paywall y la resultante disminución de ingresos debida al menor número de impresiones publicitarias compense merced a los ingresos que te proporcionarán los pagos por suscripción… pero hacer cuadrar esos números en publicaciones más pequeñas puede resultar bastante más complicado. Así que sobre todo, no lo olvides: independientemente de lo que tu muro de pago pretenda, salvo que decidas cerrarte radicalmente y perder tanto visitas como relevancia, ese muro de pago se podrá burlar, con todo lo que ello conlleva. No juegues a intentar impedir el acceso, juega a proponer algo diferente. Y sobre todo, sé educado y ten la paciencia de esperar a que tus usuarios lo entiendan.

 

IMAGE: Scyther5 - 123RFMuchos pensarán que todo empezó con esta entrada de Mark Zuckerberg en su página personal, definiendo su desafío personal para el año 2018 como “arreglar los problemas de Facebook“, definidos por él mismo como “defender a la comunidad contra el abuso y el odio”, “defendernos contra la interferencia de naciones y estados”, o “asegurarnos que el tiempo que pasamos en Facebook es tiempo bien invertido”.

Esta entrada desencadenó rápidamente todo tipo de reacciones: desde John Battelle sentenciando sencillamente que “Facebook no tiene arreglo“, hasta Roger McNamee, que apunta “medidas para arreglar Facebook antes de que sea Facebook quien nos arregle a nosotros“, pero la gran realidad es que la cuestión no empezó con la resolución de año nuevo de Mark, sino mucho, mucho antes.

A lo largo de los últimos tiempos, Facebook no solo se ha demostrado como una compañía enormemente rentable, con una capitalización bursátil por encima de los quinientos mil millones de dólares y con una acción en continuo crecimiento, sino también como una herramienta para influenciar procesos electorales y atacar la misma esencia de la democracia, para promover el genocidio hasta el punto de que algunos se planteen juzgar a la compañía por crímenes de guerra, para promover la exclusión en función de criterios de todo tipo, o para promover el discurso del odio, el acoso y la exclusión, sin que las medidas tomadas por la compañía para evitarlo hayan servido para evitarlo.

A lo largo de su fastuoso crecimiento hasta superar los dos mil millones de personas en todo el mundo, Facebook se ha construido sobre un mecanismo fundamental: un algoritmo que muchos aceptan como completamente normal, pero que desde mi punto de vista debería ser considerado completamente inaceptable. La cuestión es tan sencilla y fácil de entender como efectivamente lo parece: cuando creas contenido en una página de Facebook, ese contenido tiene un alcance orgánico determinado. Alcanza la atención de que manera natural debe alcanzar, en función de sus características y de las personas que deciden compartirlo. Desde ese punto de vista, la red social se convierte en una plataforma, en un entorno en el que la información circula libremente, y cada uno encuentra los contenidos que aquello que ha definido como su entorno de interés, sus amigos, las páginas que decide seguir, etc. le aportan. Sin embargo, a partir de un momento dado, el algoritmo empieza a actuar, restringiendo de manera artificial el alcance orgánico de los contenidos creados, pretendiendo que el creador del contenido, para obtener una audiencia similar a la que tenía antes, se vea obligado a adquirir publicidad. La gran mayoría del negocio de Facebook proviene ni más ni menos que de ahí, de forzar a los creadores de contenidos a pagar por un alcance que podrían estar obteniendo de manera natural, pero del que el algoritmo de Facebook les priva artificialmente. En ese sentido, Facebook es como un vendedor de droga: si quieres mantener tu relevancia, tendrás que pagarme cada vez más.

Ese, y no otro, es el responsable de la inmensa mayoría de los problemas de Facebook. No se puede establecer un imperio que alcanza e implica a más de dos mil millones de personas sobre un algoritmo así, más calificable como de sucio truco que como un verdadero modelo de negocio, por mucho que le haya ido bien con él. A partir del momento en que, de manera artificial, restringes el alcance que un contenido debería haber tenido para pasar a vender ese alcance a su creador, sabes perfectamente que no estás inventándote hábilmente un modelo de negocio, sino cometiendo un fraude. Estás creando un engaño, un sistema perverso que puede ser explotado para lo que se quiera. El problema de Facebook es haberse desarrollado con un enorme éxito gracias a ese algoritmo, haber creado un sistema que permite comercializar la atención sin ningún tipo de límite – ni siquiera los que legalmente debería tener, como filtrar por determinados criterios – y sin prácticamente ningún tipo de control, salvo los que se han intentado ir creando a golpe de crisis. El problema es que lo que le ocurre a Facebook es lo que pasa cuando superpones la naturaleza humana a un algoritmo absurdo, que debería ser completamente inaceptable, pero que por alguna razón, hemos convenido en calificar como normal. No, no lo es. Nadie debería ganar dinero haciendo algo así, manipulando los procesos de atención de esa manera. El problema de Facebook es un problema de mentalidad, y se ha hecho más evidente a medida que ha ido creciendo. Ahora, en plena madurez, la magnitud del cambio que Facebook necesita es prácticamente fundacional.

A partir de aquí, veremos. La primera medida, modificar el News Feed para reducir el alcance de las noticias y los vídeos, y reforzar la presencia de los contenidos creados por tus amigos, es una solución temporal: si te conviertes en el mayor medio de comunicación del mundo, en el sitio donde más personas leen la prensa, te aseguras convertirte también en el objetivo de todos los que han generado los grandes problemas a los que Mark se refiere: de estados que intentan manipular procesos electorales, de quienes intentan distribuir el discurso del odio, de quienes pretenden manipular todo lo manipulable. Pero solucionar tus problemas a base de reducir tu relevancia no es una solución: es una retirada. Lo normal, lo esperable, es que una red social como Facebook termine siendo un lugar donde acceder a noticias, donde verlas tamizadas por los intereses de tus amigos, donde comentarlas, como en la barra de un bar.

Este primer cambio de Facebook es eso, solo el primero de muchos que están por venir. Mark Zuckerberg es una persona con una brillantez excepcional, y aunque sea una tarea difícil y compleja, sabe que tiene que llevarla a cabo. A corto plazo, veremos muchos sustos: todos aquellos medios que hayan confiado su audiencia a la compra de tráfico en Facebook se verán afectados, se encontrarán con caídas, y se resentirán en su alcance, con todo lo que ello conlleva. Pero por otro lado, veremos un panorama más lógico, más razonable y, a medio plazo, más real, menos distorsionado. Porque lo que hacía Facebook no era ni más ni menos que eso: distorsionar la relevancia y el alcance de las cosas. Y sobre algo así, no puede construirse nada bueno.

 

IMAGE: Jrg Schiemann - 123RFLa regulación es, sin duda, uno de los aspectos más interesantes y complejos cuando consideramos los procesos de innovación. El conjunto de leyes, normas, prácticas, directrices, restricciones y conductas que definen el marco en el que se desarrolla una actividad determinada se convierte, en muchas ocasiones, en oportunidades que el innovador explota por considerar que, en el nuevo entorno definido por una tecnología determinada, pierde todo o parte de su sentido. Pretender mantener la regulación a toda costa, incluso cuando las evidencias demuestran que ha perdido su sentido, suele identificarse con intentos de proteger al incumbente o al competidor tradicional frente a los nuevos entrantes, y con la generación de ecosistemas que coartan la innovación.

Los ejemplos son multitud: la regulación del transporte urbano en automóvil mediante un sistema de licencias tuvo sentido en su momento para evitar la llamada “tragedia de los comunes” (ciudades en las que cualquiera, sin normas ni control alguno, podía dedicarse a transportar pasajeros, con lo que ello conllevó de descontrol en cuanto a tarifas, negociaciones individuales o presencia de malos actores que se aprovechaban para su propio beneficio), pero pierde completamente su sentido cuando las normas de actuación son dictadas por plataformas en las que los conductores son evaluados de manera continua y las condiciones son fijadas de manera centralizada. Del mismo modo, parece evidente, por ejemplo, que si bien es necesario exigir a los establecimientos turísticos una normativa en cuanto a extintores, salidas de emergencia y procedimientos de evacuación, hacer lo mismo con apartamentos individuales que se alquilan a corto plazo no tiene ningún sentido, y tratar de convertir el requisito en exigible generaría una situación absurda y de imposible cumplimiento. Así, compañías como Cabify, Uber o Airbnb, tras poner en evidencia el escaso sentido que tenía mantener algunas de las regulaciones existentes en sus respectivas actividades, se convierten en compañías millonarias que aprovechan esa nueva situación y llegan, incluso, a generar procesos de adaptación de la regulación al nuevo panorama.

Sin embargo, la regulación no es, por principio, absurda o innecesaria. La regulación es el proceso por el que las sociedades humanas se otorgan reglas que facilitan el desarrollo de actividades en las condiciones en las que esas sociedades estiman oportunas. Y si bien están, como todo, sujetas a los cambios del entorno, pensar que son completamente innecesarias implica ser tan ingenuo como para pretender que los aspectos de la naturaleza humana que había que prevenir y que les dieron origen han desaparecido, algo que no suele ocurrir.

Así, los ejemplos que demuestran que la regulación era en efecto necesaria también comienzan a ser multitud: en YouTube, el ecosistema que en muchos sentidos ha sustituido a la televisión tradicional y ha generado una caída de las barreras de entrada que permite que prácticamente cualquiera pueda crear y difundir contenidos audiovisuales, nos encontramos ahora con un problema que resultaba perfectamente esperable: al retirar de facto las protecciones sobre la producción de contenidos que implican la participación de niños, surgen padres dispuestos a cometer auténticas barbaridades con sus hijos con el fin de obtener el éxito y la viralidad en YouTube, y que, como consecuencia, someten a los niños a auténticas torturas, a sesiones maratonianas delante de la cámara o a auténtico acoso en busca del plano, el tono y el gesto adecuado a cada situación. En este caso, la regulación tal y como estaba planteada se convierte en imposible a nivel de control, y requiere la aparición de procesos regulatorios nuevos, como podría ser el excluir todos los vídeos que contengan niños del sistema de publicidad del canal, algo a lo que YouTube, de momento, ha mostrado escasa sensibilidad.

Del mismo modo, hoy tenemos un reportaje en profundidad de The Outline titulado Bribes for blogs: how bands secretly buy their way into Forbes, Fast Company and HuffPost stories, un auténtico secreto a voces que todos los que participamos en medios conocemos desde hace muchísimo tiempo, y que parece intensificarse con el paso del tiempo. En este caso, no hablamos tanto de una regulación como tal, sino de un conjunto de normas y buenas prácticas: se supone que todo artículo esponsorizado o producto de un pago debe ir identificado como tal, y aunque las infracciones a ese principio han sido habituales a lo largo de los tiempos y muy anteriores a la llegada del canal digital, lo que tendía a ocurrir en muchos casos era, simplemente, que incumplir ese principio tendía a llevar aparejada una pérdida de prestigio y de valor referencial de la publicación. Ahora, el problema va mucho más allá. Cada semana, recibo una media entre tres y cuatro propuestas para escribir artículos esponsorizados, y eso que hablamos de una publicación relativamente minoritaria que ni del lejos tiene los números y la relevancia de otras muchas. Cada vez que escribo un artículo en Forbes o en otras revistas, el número de peticiones es aún mayor, y llega a resultar, en ocasiones, agotador. En esas condiciones, poder afirmar que jamás he escrito un artículo esponsorizado se convierte en una marca de prestigio que, por otro lado, tiene un valor relativo cuando existen personas dispuestas a asegurar – sin prueba alguna, pero a asegurar igualmente – que me han pagado por escribir tal o cual cosa.

En el caso de publicaciones profesionales, la situación es aún más compleja: en publicaciones en las que tengo implicación directa he llegado a ver en varias ocasiones como se prescindía de manera disciplinaria e inmediata de redactores que habían recibido pagos o prebendas a cambio de escribir de manera elogiosa de los productos de una marca, pero obviamente, la práctica es habitual y de difícil control. En principio, cada vez que un colaborador de una publicación inserta en ella un artículo esponsorizado sin declararlo como tal, estamos ante un fallo a dos niveles: por un lado, del proceso de publicación. Toda publicación debería contar con sistemas de control que, ante un artículo con “aspecto” de ser esponsorizado, desencadenase un proceso de inspección y de cuestionamiento del mismo. Por otro, un problema de ética: el colaborador que cobra a la marca al tiempo que percibe un pago por publicar está, en realidad, robando a la publicación, que en otras condiciones podría obtener un pago de la marca por la inserción de publicidad o de un formato de branded content, además de fallar a su audiencia ocultándoles información fundamental para juzgar la veracidad del artículo. Los casos, sin embargo, parecen acumularse, y los correos que se reciben con ofertas similares parecen asumir, cada vez más, que ese tipo de procesos, desgraciadamente, se han normalizado.

No, las regulaciones no estaban ahí por casualidad. Suponer que por el hecho de que un canal o un entorno esté recién definido y sea diferente, esas regulaciones ya no van a ser necesarias es de una ingenuidad terrible. Cuando Susan Wojcicki, de YouTube, afirma que ha visto cómo “algunos malos actores explotan nuestra apertura para engañar, manipular, hostigar o incluso dañar”, eso no resulta en absoluto sorprendente: lo sorprendente es, de hecho, que alguien sea tan absurda y estúpidamente ingenuo como para suponer que eso no iba a pasar. Si en el ecosistema anterior había una serie de protecciones para impedirlo, no era por casualidad, ni porque alguien tuviese ganas de fastidiar o de coartar libertades: estaban ahí porque eran necesarias, y crear una plataforma que no las posee es, sencillamente, fomentar ese tipo de comportamientos. Cuando una serie de publicaciones de nuevo cuño – o de toda la vida, pero que han decidido levantar determinadas restricciones – se encuentran con que hay colaboradores que se montan un auténtico negocio a base de colocarles verdaderos publirreportajes por los que han cobrado como si fuesen contenido genuino, deberían plantearse que los códigos de buenas prácticas estaban ahí por algo, expulsar a esos colaboradores con todo tipo de escarnio público y hacer un verdadero propósito de enmienda, restaurando todas las protecciones que estaban ahí previamente para evitarlo.

Replantearse la regulación en función de la innovación es algo perfectamente válido, y en ocasiones, demuestra que, efectivamente, parte de esa regulación puede haber dejado de tener sentido. Las cosas nunca son blancas o negras: pretender mantener la regulación a toda costa coarta la innovación, y muchas veces, no solo no tiene sentido, sino que se convierte en una defensa a ultranza de los jugadores tradicionales. Pero renunciar a la experiencia y al consenso social que dio lugar a determinadas regulaciones en virtud de una supuesta “innovación que lo cambia todo” es, simplemente, condenarse a repetir los mismos errores que se cometieron anteriormente, y a veces en edición corregida y aumentada. Pensar que, por sistema, la regulación ya no es necesaria, es en el mejor de los casos, ingenuidad, y en el peor, un intento de crear atajos para ganar dinero hasta que la situación se convierta en insostenible. Un comportamiento calificable de muchas maneras, pero no precisamente como ético. Algunos deberían plantearse hasta qué punto, con la excusa de la innovación, han creado auténticos monstruos. Monstruos que, además, cualquiera con dos dedos de frente sabía perfectamente que iban a surgir.

 

La ultima frontera de las redes sociales - Cambio16Gonzalo Toca, de Cambio16, me llamó para hablar sobre el fenómeno de las fake news y la necesidad de las redes sociales de controlar la información que difunden, incluso derivada de requerimientos legales para ello, y hoy publica “La última frontera de las redes sociales“, en donde cita algunos de mis comentarios al respecto.

Mi posición en este tema intenta dejar claro que hablamos de un problema enormemente complejo: no se trata simplemente de pasar de manera ingenua una ley con importantes sanciones económicas que conmina a las redes sociales a eliminar actualizaciones utilizadas para diseminar el discurso del odio en cuanto lo vean, porque en modo alguno resulta así de sencillo. Los gobiernos que aspiran a solucionar el problema con semejantes medidas pecan ya no de ingenuidad, sino de auténtica estupidez.

Estamos ante situaciones completamente nuevas, sin precedentes, ante las que las propias redes sociales no saben qué hacer: por un lado, no pueden – ni mucho menos deberían – arrogarse un supuesto “monopolio de la verdad” y dedicarse a censurar información en función de sus propios criterios, porque eso, sin duda, terminaría por generar problemas mayores aún. Tampoco pueden plegarse a los deseos de un gobierno en concreto o de una legislación que prohiba determinadas cosas, porque hablamos de herramientas de difusión universal sujetas no solo a fueros jurídicos muy variados, sino incluso a problemáticas muy locales: lo que es delito flagrante y muy castigado en Alemania, no lo es en otros países, del mismo modo que informaciones consideradas perfectamente dentro de la libertad de expresión en ese país son causa inmediata de cárcel en Thailandia o en Turquía. El entorno es complejo, porque superponemos a la clásica división de fronteras una serie de herramientas que, de manera natural, no las tienen.

Pero además, luchamos contra otro problema de índole superior: la naturaleza humana. El sensacionalismo y el amarillismo siempre han tenido numerosos adeptos, hasta el punto que en países como el Reino Unido o la propia Alemania, algunas de las publicaciones más vendidas, como The Sun o Bild son probablemente los más claros exponentes de ese tipo de “periodismo” (y sí, las comillas están ahí para remarcar que respeto el periodismo y desprecio ese tipo de publicaciones). La naturaleza humana es la que lleva a una persona a difundir noticias que favorecen su punto de vista, aunque este sea sectario, histriónico o exagerado hasta lo grotesco. O que, ante la llamada de atención de una red social que advierte que esa noticia podría ser falsa en función de su contraste con otras o con la opinión de fact-checkers considerados fiables, reacciona con redoblados esfuerzos para difundirla y lo hace, además, con un texto en mayúsculas y con signos de admiración que dice “comparte esta noticia que la red social quiere censurar”.

El problema no solo no es sencillo, sino que requiere de soluciones my complejas. Algunos creen de manera ingenua que “los algoritmos” pueden diferenciar una noticia verdadera de una falsa, como si las inteligencias artificiales fuesen capaces, de la noche a la mañana, de superar a las naturales empleadas en tal propósito. No es así. Los algoritmos pueden llegar a reconocer determinados patrones de difusión, probablemente a crear señales y etiquetas de alarma si detectan una difusión exageradamente rápida o entre personas con perfiles muy afines. Pueden posiblemente pero no de manera sencilla, reconocer cuentas falsas o con una actividad sospechosa, o comparar versiones de una misma noticia y relacionarlas, como hace Google en Google News constantemente. Pero de ahí a etiquetar con decisión lo que es verdad y lo que no lo es, va un tramo, y dado que no todas las verdades son hechos comprobables y en estos temas hablamos muy a menudo de opinión, la frontera se muestra enormemente escurridiza. ¿De verdad querríamos redes sociales que de manera algorítmica censurasen determinadas opiniones? ¿Qué diría la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, por poner solo un fuero en el que este tipo de actitudes tendrían problemas?

Las redes sociales deberán, por tanto, comenzar a estudiar un problema de naturaleza compleja, en el que tendrán que emplear no simplemente algoritmos que cuesta mucho desarrollar y entrenar (y un campo en el que veremos infinitos errores y falsos positivos), sino también con editores humanos, con sistemas de alerta y etiquetado por pares, con fact-checkers, con recurso al periodismo considerado fiable o de fuentes comprobables, y con mucha, mucha paciencia. No es tan sencillo como decir “múltese a quien contribuya a difundir noticias falsas”, porque lo mismo estaremos hablando de usuarios desinformados o muy polarizados, que de enormes estrategias puestas en marcha con recursos cuasi-ilimitados de agencias gubernamentales dispuestas a desestabilizar o a sesgar situaciones en función de sus intereses. No, la injerencia rusa sobre las elecciones norteamericanas que está investigando el fiscal especial Mueller no es cosa de fantasía, como no lo son situaciones similares en muchos otros entornos que Rusia también ha llevado a cabo. Vivimos épocas en las que este tipo de actitudes han pasado a considerarse nuevas y muy potentes fuerzas en el contexto geopolítico internacional, con todo lo que ello conlleva.

Antes de compartir sin leer, de hacer algo tan humano como intentar reforzar tus puntos de vista con otros presuntamente afines, o de perder la razón exagerando o polarizando sin límites, deberíamos pensar eso, que estamos ante situaciones sin precedentes, que las redes sociales han rebajado muchísimo las barreras de entrada a la manipulación, y que se trata de un problema complejo que requiere soluciones que, sencillamente, no tenemos, que hay que trabajar con colaboración de todas las partes implicadas. No se trata de amenazar con multas, ni de sancionar sin más, sino de ser creativos y tratar de investigar con todos los medios disponibles. No es un problema irresoluble. Pero sin duda, no va a ser nada fácil dar con él.

 

Paradise Papers

Un nuevo lote de archivos obtenido por el diario alemán Süddeutsche Zeitung a partir de filtraciones de dos despachos de abogados especializados en la gestión de patrimonios en paraísos fiscales y parte integrante del llamado Offshore Magic CircleAppleby y Asiaciti Trust, es procesado durante un año por 382 periodistas de todo el mundo coordinados por el International Consortium of Investigative Journalism (ICIJ), y divulgado a partir del día de ayer por una serie de medios de comunicación que aportaron recursos para la investigación, en España El Confidencial y LaSexta. Hablamos de 13.4 millones de documentos que abarcan todo tipo de transacciones, constituciones y gestiones en diecinueve paraísos fiscales de todo el mundo a lo largo de sesenta y seis años (entre 1950 y 2016), nada menos que 1.4TB de información. 

Poner en manos de periodistas de todo el mundo esa ingente cantidad de información de una manera que garantice su uso confidencial y permita a los medios rentabilizar los recursos invertidos supone un desafío tecnológico enorme, como ya comentamos en su momento con motivo de una filtración anterior, la de los papeles de Panamá. En esta ocasión hablamos de un contingente de documentos aún mayor, que deben ser individualizados, limpiados, catalogados y puestos a disposición de los periodistas que deseen investigar sobre ellos, en lo que supone un proyecto de sistemas de información extraordinariamente ambicioso sobre una base enorme de material. Por el proyecto anterior, el de los Panama Papers, el ICIJ recibió en 2017 el prestigioso premio Pulitzer .

¿Cuál es la importancia de este leak, y de todo el trabajo anterior – los Offshore Leaks, los Luxembourg Leaks, los Swiss Leaks o los Panama Papers, de magnitudes inferiores a este último – con los que la ICIJ ha logrado convertirse en referencia en el ámbito de la evasión de impuestos y los paraísos fiscales? No deberíamos caer en la tentación de analizar estos leaks en función de la importancia de las personas cuyas prácticas se ven denunciadas, que en este caso y particularizando a nuestro país son muy escasas, sino proyectarlo un poco más allá. Básicamente, lo importante de este tema es la creación de una conciencia colectiva con respecto al uso de este tipo de herramientas. Los paraísos fiscales son territorios que basan una parte importante de su economía en la provisión de herramientas de evasión fiscal a ciudadanos de todo el mundo que pretenden, como eufemísticamente se dice, “optimizar” su factura con el fisco, interpretando “optimizar” como “pagar lo menos posible”. Durante generaciones, esta idea de pagar menos impuestos o de no pagarlos en absoluto ha formado parte de un imaginario colectivo en el que los más ricos, los más poderosos o en general, “los más listos”, tenían acceso a una serie de herramientas que los ciudadanos normales no podían aspirar a utilizar, y que les permitía el privilegio de contribuir mucho menos a las haciendas públicas de sus países.

Cuando yo era un niño, recuerdo a amigos de mis padres que presumían de cómo se ahorraban dinero en sus impuestos, y cómo eso era poco menos que “jaleado”, o considerado incluso un símbolo de inteligencia o, en cierto sentido, de prestigio social: si utilizabas esos esquemas, era porque eras “lo suficientemente rico” como para que valiese la pena, y comentarlo en privado era como hacer cierta ostentación de esa riqueza. Ahora, en España, si alguien te confiesa que no paga determinados impuestos, solo te falta insultarlo: hemos pasado, gracias a un uso de casos de perfil y visibilidad elevados y a un trabajo de concienciación, a tener cada vez más claro que quien no paga impuestos, nos está robando a todos. 

Los sistemas basados en la asimetría informativa proporcionada por los paraísos fiscales son cada vez más caducos, están cada vez más cuestionados y puestos en evidencia y, sobre todo, están adquiriendo una connotación cada vez más negativa: a medida que se producen más y más leaks y son explotados con más profesionalidad y seriedad, la idea de que el que es encontrado utilizando sistemas de ese tipo es “el más listo” va siendo sustituida por otro tipo de adjetivos, independientemente de que la persona incurra o no en delito. Se puede figurar en algunas de esas bases de datos y tener la situación perfectamente regularizada con el fisco de tu país declarando esas sociedades o instrumentos de manera transparente, pero ni es la circunstancia más común en esos casos, ni te exime de un cada vez más elevado coste en términos reputacionales, lo que cada vez más, conlleva que, ante el riesgo que suponen, esos esquemas puedan ir pasando a ser parte del pasado. El riesgo existe aunque seas la mismísima reina de Inglaterra, y el ejercicio democrático que supone que la televisión pública de un país dedique artículos a la corrupción de su reina no debe ser minimizado. 

¿Un mundo sin paraísos fiscales? No, desgraciadamente estamos aún muy lejos de algo así. Pero la tecnología debería proveernos cada vez más de mejores armas a la hora de trazar las transacciones, al tiempo que disminuye los riesgos e incrementa los incentivos para todo aquel que quiera llevar a cabo un leak. Protegerse de todo posible ex-empleado o empleado desleal, de todo eslabón débil que pueda tener la tentación de guardar unos archivos y enviarlos a un medio es una tarea muy compleja, y los sucesivos leaks y su correspondiente explotación profesionalizada y eficiente demuestran que estamos en el buen camino. El verdadero valor de los Paradise Papers y del trabajo de ICIJ en general es el de que sirvan como herramienta de concienciación, como prueba de que incurrir en determinados comportamientos no es, no debería ser, lo esperable cuando alguien logra tener muchos ingresos. Apreciar el trabajo de ICIJ, ponerlo en valor y otorgarle la importancia que verdaderamente tiene es un paso fundamental para cambiar las cosas en el futuro.