IMAGE: CC BY-SA 3.0 Nick Youngson / Alpha Stock ImagesLos recientes escándalos de Facebook y la subsiguiente comparecencia de Mark Zuckerberg ante una comisión parlamentaria cuyos integrantes ignoraban incluso los aspectos más básicos de lo que es una red social y lo que su actividad supone, han vuelto a poner de actualidad la discusión sobre la evolución de la privacidad en la sociedad.

Que la compañía esté planteándose la posibilidad de aplicar los nuevos estándares de privacidad definidos por la Unión Europea, el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), a los usuarios de todo el mundo, unido a las reacciones negativas de usuarios norteamericanos afectados o alarmados por el escándalo de Cambridge Analytica, podría llevar al desarrollo de normativas más estrictas de protección de la privacidad en los Estados Unidos, y a una consideración mundial de este tipo de legislaciones más garantistas que tratan de otorgar más protecciones y control a los usuarios.

Sin embargo, otros países tienen, obviamente, otros planes. En India, por ejemplo, el despliegue de Aadhaar, la plataforma de identificación de la población basada en datos biométricos tales como la huella dactilar, la fotografía del iris o los rasgos de la cara progresa de manera constante a pesar de los problemas y los escándalos sufridos, parece estar convirtiendo el país en un escenario completamente orwelliano en el que es preciso identificarse para absolutamente todo, sea comprar comida, hacerse con un smartphone o hacer transacciones financieras. La deficiente respuesta del gobierno del país a las denuncias de falta de seguridad debidas bien a ataques o bien a simple corrupción han generado todo tipo de dudas sobre el funcionamiento de un sistema diseñado originalmente para asignar mejor las ayudas gubernamentales a los segmentos más pobres de su población, pero que a través de su funcionamiento como plataforma, ha terminado por impregnar toda la vida cotidiana de los ciudadanos, en un estado en el que todo lo que hagas pasa a ser conocido inmediatamente por quienes controlan el sistema.

En China, las cosas evolucionan de la misma manera: la construcción de una gigantesca base de datos gubernamental de rasgos faciales conectada con los ficheros de la policía, unida a un enorme despliegue de cámaras y a iniciativas privadas pero accesibles al gobierno como sistemas de rating crediticio empieza a entregar sus frutos: una persona, buscada por delitos económicos, es identificada y detenida cuando acudía a un concierto con sesenta mil asistentes, en una prueba que demuestra el estado del arte obtenido a partir de innumerables pruebas y despliegues en determinadas zonas consideradas conflictivas. Una auténtico sistema de pre-crimen capaz no solo de identificar a posibles delincuentes, sino también de aislar y prevenir cualquier comportamiento disidente. Las primeras reacciones de grupos de ciudadanos demandando más respeto a su privacidad e incluso denunciando a compañías por la recolección de sus datos personales pueden suponer el principio de algún tipo de reacción, pero la combinación entre control de la población y búsqueda de una mayor seguridad y estabilidad parece que abocan a China a convertirse igualmente en una sociedad regida por un Gran Hermano omnímodo y sin limitaciones de mandato.

En Rusia, un tribunal ordena el bloqueo de Telegram tras una vista de únicamente dieciocho minutos, tras negarse la compañía a facilitar al gobierno ruso una supuesta clave de cifrado universal que, además, no existe técnicamente como tal. En el núcleo de la cuestión, además de la privacidad y el interés del gobierno ruso por monitorizar todo tipo de comunicación, pueden estar también los lobbies del copyright, que afirman que en Telegram existen infinidad de canales en los que se lleva a cabo intercambio de materiales sujetos a derechos de autor.

Tres grandes países, India, China y Rusia, unidas a Irán con su halal internet, que persiguen un modelo de sociedad en donde la privacidad no es un derecho, sino un peligro, una amenaza a la estabilidad. Frente a ese modelo, una Europa – y posiblemente en el futuro, unos Estados Unidos – que intentan dotarse de mayores garantías, pero en donde el papel de los gobiernos y de la búsqueda de la seguridad tampoco están en absoluto claro, pudiendo caer en la más absoluta de las hipocresías: protejo teóricamente tu privacidad frente a iniciativas privadas que pretender segmentar la publicidad que recibes, pero como gobierno, te espío por si acaso eres un terrorista o por si puedo influenciar tu voto.

Un modelo en el que está todo claro, en el que los gobiernos no ocultan en absoluto sus intenciones y en el que las libertades individuales pasan completamente a un segundo plano, frente a otro supuestamente garantista pero en el que las cosas tampoco están en absoluto claras. Y no, la alternativa de renunciar a todo lo que huela a tecnología y retirarte a lo alto de una montaña tampoco es realista ni recomendableEntre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja.

 

 

 

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IMAGE: Tatiana Kalashnikova - 123RFLos recientes disturbios en Teherán, donde una creciente ola de insurgencia ha congregado a decenas de miles de manifestantes durante ya varios días demandando un cambio en la política del país y un abandono del régimen teocrático, están poniendo de manifiesto la importancia de las herramientas tecnológicas como forma de coordinación de movimientos políticos, como ya ocurrió durante la llamada Primavera Árabe entre 2010 y 2012.

Ante la evidencia de que la coordinación de las protestas se estaba llevando a cabo mayoritariamente en Telegram, que cuenta con más de cuarenta millones de usuarios en un país con ochenta millones de habitantes, el gobierno del país solicitó a Pavel Durov, fundador de la compañía, a través de Twitter, que cerrase un grupo en el que presuntamente se estaban llevando a cabo llamamientos a la violencia y al uso de artefactos incendiarios contra la policía, petición que la compañía atendió tras comprobar tal circunstancia citando su política de no permitir usos destinados a promover la violencia. Sin embargo, cuando los seguidores del canal se han coordinado para reunirse en otros grupos, el gobierno ha amenazado con el cierre de la aplicación, cierre que parece ser – la información es confusa en este punto – que se ha llevado a cabo, junto con cierres de otras redes sociales como Instagram y, posiblemente, cierres puntuales de toda la conectividad a la red.

La interfaz entre la política y las herramientas de comunicación en la red se está volviendo cada vez más sofisticada. Los cierres totales de conectividad como el reciente en Congo, en un mundo cada vez más conectado y donde internet juega cada vez un papel más importante en la vida de las personas, se convierten en impopulares y difíciles de mantener en el tiempo, mientras que las aplicaciones van siendo cada vez más conscientes de su posible papel y atendiendo determinadas peticiones, incluso en el caso de herramientas como Telegram con sistemas de cifrado fuertes que no permiten una posible monitorización gubernamental.

En el escenario político, las herramientas de comunicación y coordinación tienen ya un papel tan importante que sus decisiones pueden resultar enormemente complejas. Del mismo modo que Telegram decide, tras una inspección y una comprobación, cerrar un grupo en el que presuntamente había llamamientos a la violencia, nos encontramos con que Facebook decide cerrar la página del líder pro-ruso de ChecheniaRamzan Kadyrov, con cuatro millones de seguidores, debido supuestamente a requisitos legales tras su inclusión en la lista de sanciones de la Oficina del Tesoro norteamericano de control de activos en el extranjero. Independientemente de las simpatías o antipatías que el líder de Chechenia pueda generar, la decisión resulta llamativa por su incoherencia, dado que otros líderes, como el venezolano Nicolás Maduro y varios miembros de su gobierno se encuentran en la misma lista, pero mantienen su actividad dentro de Facebook con total normalidad.

La interfaz entre la red y la política se está volviendo más y más compleja, y dependiente de factores de control sensiblemente más complejo. En 2009, tras los disturbios de lo que se dio en llamar “la revolución verde“, el gobierno norteamericano pidió a Twitter, que entonces estaba siendo utilizado como herramienta de coordinación por los manifestantes, que pospusiese un cierre temporal por mantenimiento para no interferir en el uso por parte de los insurgentes. Desde esos tiempos a los actuales, las herramientas han cambiado, pero su control también, y la nueva interfaz entre gobiernos y compañías parece estar volviéndose sensiblemente más compleja. Por un lado, ninguna herramienta quiere ser vista como una forma de coordinar o promover usos abiertamente violentos o ilegales. Pero por otro, estamos dando forma a un cóctel en el que se entremezclan intereses económicos, políticos y de política internacional sumamente complejos, cada vez más difíciles de controlar. A medida que esas herramientas prueban una influencia cada vez mayor, las compañías que las mantienen se convierten en actores más importantes y con más potencial en el terreno político, con capacidad para jugar o dejar de jugar un papel potencialmente decisivo.

Creo que va a ser uno de los temas más discutidos en 2018: la toma de conciencia por parte de las empresas de la red de la verdadera influencia que pueden llegar a tener fuera de ella. Cuando una protesta política toma una dimensión determinada, es bastante posible que su entidad se vuelva independiente del tipo de herramienta utilizada, como posiblemente esté ocurriendo en Irán. Pero más allá de las simpatías o antipatías que nos genere un gobierno o régimen determinado, pensar que sus destinos pueden estar sujetos a las decisiones de determinadas herramientas tecnológicas y sus intereses o los de los gobiernos de sus países… tampoco resulta especialmente tranquilizador.

 

Por atentar supuestamente contra la estricta moral conservadora imperante en el país asiático, media docena de modelos han sido detenidas por la policía. El delito estaría en las activas cuentas que mantienen las maniquíes en Instagram, la red social más popular de Irán y que no está censurada. Al menos no de forma directa.

Los cargos de estas detenciones arbitrarias, no han sido dados a conocer con detalle, pero los medios internacionales apuntan a que están relacionadas con el endurecimiento de la represión que están ejerciendo las fuerzas conservadoras para intentar evitar el avance de las influencias de occidente sobre la cultura islámica.

Las modelos detenidas, cuyos nombres ha sido dados a conocer por la publicación digital IranWire, censurado dentro de Irán, son Melikaa Zamani, Niloofar Behboudi, Donya Moghadam, Dana Nik, Shabnam Molavi y Elnaz Golrokh.

En el caso de Golrokh, apresada junto a su esposo, Hamid Fadaei, también modelo; su liberación se produjo a los pocos días, tras lo cual han abandonado Irán, mientras desde las redes la maniquí agradecía el apoyo recibido y anunciaba su salida del país.

En esta República Islámica, las redes sociales gozan de tal popularidad que aunque las autoridades han intentado controlarlas, esto no ha sido posible y por ello son utilizadas por la población como medio de comunicación masivo e inmediato.

Precisamente los expertos consideran que éstas pueden ser una herramienta fundamental para acabar con la legislación represiva que impera en el país desde hace 37 años y es por ello que no es de extrañar que el régimen, mediante su policía cibernética, busque combatir contenidos considerados normales en gran parte del mundo, pero que allí se consideran inmorales y una amenaza para la cultura islámica, como pueden ser fotos de mujeres en los que se aprecia su pelo, el cuello o los hombros.

Por ahora, los perfiles de Zamani, Behboudi y Moghadam, han sido bloqueados temporalmente y sólo han quedado activas las webs de sus seguidores, en las que se pudieron confirmar las detenciones.

 

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