Privacy - AppleAyer fue el turno de Apple para comparecer ante una comisión parlamentaria del Congreso de los Estados Unidos encargada de llevar a cabo una investigación sobre las prácticas relacionadas con la privacidad de las compañías tecnológicas, concretamente con respecto a posibles prácticas destinadas a rastrear a los usuarios o sus interacciones con sus terminales sin su conocimiento o consentimiento.

A partir de la comparecencia de Mark Zuckerberg el pasado abril, la comisión ha ido citando a todas las grandes compañías tecnológicas para tratar de hacerse una idea de la situación de la privacidad en ese entorno. Alphabet no ha proporcionado información sobre su comparecencia, pero Apple sí lo ha hecho, con todo lujo de detalles incluyendo una transcripción completa, y lo ha hecho por una buena razón: no tiene nada que esconder. La comparecencia no ha dejado ninguna revelación preocupante sobre sus prácticas con respecto a la privacidad, y sí la sensación de que como dijo el compareciente, Timothy Powderly, Director de Asuntos relacionados con el Gobierno Federal, “la filosofía y el enfoque de Apple con respecto a los datos de los clientes difiere de muchas otras compañías en este importante tema”.

La filosofía de la compañía continúa con el espíritu delineado en su momento en la carta de Tim Cook al respecto, y mantiene la idea de la privacidad como derecho fundamental que aparece en la página de la compañía:

“We believe privacy is a fundamental human right and purposely design our products and services to minimize our collection of customer data. The customer is not our product, and our business model does not depend on collecting vast amounts of personally identifiable information to enrich targeted profiles marketed to advertisers.”

(“Creemos que la privacidad es un derecho humano fundamental, y diseñamos deliberadamente nuestros productos y servicios para minimizar los datos que recopilamos de nuestros clientes. El cliente no es nuestro producto, y nuestro modelo de negocio no depende de la recopilación de grandes cantidades de información personal para construir y enriquecer perfiles para los anunciantes.”)

Así de sencillo: vendemos productos, no información: llevamos tiempo haciéndolo, nos va bien así – somos la empresa más valiosa de todo el mercado – y no tenemos planes para cambiar de modelo. Si usas un iPhone, el terminal no graba el audio mientras escucha los comandos de activación de Siri, y Siri no comparte las palabras pronunciadas con ningún otro servicio ni tercera parte. La aplicación solo escucha cuando un mensaje en la pantalla indica que lo está haciendo, y solo si el usuario ha proporcionado específicamente acceso al micrófono para ello. Las respuestas a las preguntas de los usuarios se envían a Apple de forma anónima y encriptada, y esos datos anónimos no se utilizan en ningún caso para la segmentación publicitaria. A diferencia de lo que ocurre con otros servicios similares, que asocian y almacenan declaraciones históricas de voz de manera identificable, las emisiones de Siri se vinculan a un identificador de dispositivo generado aleatoriamente, no con el identificador de Apple del usuario, y ese identificador se puede restablecer en cualquier momento simplemente desactivando y activando Siri y Dictado, con lo que los datos asociados con él también desaparecen.

El posicionamiento radical de la compañía, que la ha llevado incluso a resistirse ante el FBI, puede dar lugar a algunas reflexiones interesantes. La primera, que Apple vende productos con un posicionamiento de precios elevado, y que por tanto, en la sociedad actual, la privacidad está disponible para aquellos que estén dispuestos a pagar por ella un precio determinado. La segunda, que la compañía presenta esa defensa de la privacidad, además de como un principio fundamental, como un elemento claramente diferencial con respecto a otras compañías, por el que espera obtener, supuestamente, una preferencia de los consumidores. Una preferencia que, de hecho, podría verse perjudicada si las posibilidades de personalización o de aplicación de algoritmos dependientes de los datos personales se limitan a su vez, como de hecho está ocurriendo con el progreso de Siri frente al de otros asistentes de voz. Incluso en estos casos, Apple parece opinar que el riesgo de ofrecer productos más limitados en ese sentido vale la pena frente al que supondría la posible violación de la privacidad de sus clientes. Para quien no esté dispuesto a pagar ese dinero extra o para quien quiera prestaciones más avanzadas y basadas en un mayor nivel de personalización, la privacidad se reduce en función de lo que otras compañías le puedan permitir dentro de modelos de negocio basados precisa y fundamentalmente en la explotación de esa privacidad.

La explotación de los datos se ha convertido en el gran negocio del siglo XXI. Pero todo indica que Apple ha decidido quedarse al margen de él.

 

IMAGE: Pixabay - CC0Tras la presentación de los resultados del segundo trimestre de 2018, con una facturación un 17% superior a la de hace un año, Apple consigue, como se esperaba, convertirse en la primera y única compañía norteamericana cotizada de la historia en superar el millón de millones de dólares de valoración, un billón según la escala numérica larga habitual en la Europa continental y la América hispanohablante, o un trillón según la escala numérica corta anglosajona. Un uno, seguido de doce ceros, tal que así: 1,000,000,000,000. Las acciones de la compañía subieron un 2.9% para terminar el día en los 207,39 dólares, lo que resulta en una capitalización bursátil de 1,002 miles de millones de dólares. A lo largo de la sesión, la valoración bursátil de Apple llegó a superar los 1,006 miles de millones.

Más allá de lo que sus críticos puedan decir, la estratosférica valoración revela el importante papel que la compañía ha tenido en la transformación del mundo que conocemos, desde sus orígenes como creación de Steve Jobs y Steve Wozniak en un garaje californiano, pasando por su casi bancarrota hace ahora 21 años, hasta conseguir convertirse en la empresa que ha revolucionado el mundo de la tecnología y la electrónica de consumo a través de una impresionantemente exitosa serie de productos. Intentar entender la relación entre las personas y la tecnología resultaría hoy imposible sin analizar, entre otros, productos como el Macintosh o el iPhone, que dieron origen a enormes revoluciones como la del ordenador personal, la del smartphone o la de las apps.

¿Qué elementos posibilitan el meteórico crecimiento de Apple? Sin duda, a pesar del indudablemente creciente papel del negocio de servicios, el protagonista principal sigue siendo el iPhone, que aportó 5,060 millones al total de 7,860 millones reportados por la compañía en el segundo trimestre de 2018. También juegan un papel fundamental los resultados del mercado chino, una quinta parte de sus ventas y un elemento fundamental en su estructura de costes, hasta el punto de que está forzando a otro gigante, Google, a replantearse su enfoque y a preparar un nuevo desembarco en ese mercado con un buscador que se pliegue a las condiciones de restricciones y censura impuestas por el gobierno del país.

Pero a estas alturas, es importante entender que Apple, en muchos sentidos, ha roto la baraja del mercado: la compañía tiene unos beneficios y genera una liquidez tan importante, que puede plantearse devolver directamente y de manera periódica una buena parte a sus inversores. El pasado abril, anunció planes para la recompra de cien mil millones en acciones, y en su última presentación de resultados demostró que esos planes no eran ninguna ficción: tan solo en ese segundo trimestre del año, devolvió 25,000 millones de dólares a sus accionistas, incluyendo 20,000 millones en recompra de acciones.

Recomprar tantas acciones permite mantener elevado el precio de la acción, lo que mantiene obviamente contentos a los accionistas y posibilita que la compañía pueda, además, manejar su cotización de manera prácticamente sintética. Obviamente, no es una fórmula infalible ni sin límites: la compañía podría ahora ser vulnerable a la guerra comercial con China planteada por Donald Trump, y sufrir un encarecimiento de sus productos que podría llevar a un recorte de sus márgenes. Pero por otro lado, juega a un juego diferente: perder el segundo puesto del mundo en número de terminales vendidos frente a Huawei, por ejemplo, no le resulta especialmente problemático, porque su batalla, de nuevo dentro de unos límites, no son las unidades vendidas, sino el margen que obtiene de ellas. Lo importante de llegar a tener una compañía con un millón de millones de dólares de capitalización es demostrar que eso no es lo importante, y que, como deja claro Tim Cook en su memorandum a los empleados de hoy, entiendes lo que es realmente importante. Además, el próximo mes de septiembre la compañía presentará seguramente nuevos modelos de iPhone y renovará otras líneas de producto, lo que se traducirá inmediatamente en un repunte de sus cifras de ventas como ha ocurrido de forma prácticamente matemática en todas las ocasiones anteriores.

Apple no es la única compañía tecnológica que se acerca a este escalón mítico del millón de millones de dólares: Amazon, Alphabet y Microsoft podrían alcanzarlo también pronto, revelando de nuevo el importantísimo papel que la tecnología juega en el mundo en que vivimos. Pero ha logrado ser la primera en llegar a esa mítica cifra y, con ello, reivindicarse como una de las compañías tecnológicas más importantes de la historia, la que de una manera más clara redefine el panorama gracias a una potente combinación de innovación y estrategia. Haters gonna hate, pero esto es lo que hay… repetido un millón de millones de veces!

 

IMAGE: Onston - 123RFEl tema saltó hace pocos días en un hilo de Reddit en el que un usuario comentó cómo su iPhone 6S había mejorado de forma apreciable su rendimiento tras haber reemplazado su batería, hilo que continuó en MacRumors con la acusación de que la compañía estaba, de manera intencionada, reduciendo el rendimiento de sus dispositivos más antiguos en función del estado de su batería, supuestamente para llevar a los usuarios a decidirse a cambiarlos por modelos nuevos.

La idea encajaba perfectamente en el discurso de la obsolescencia programada, y se extendió rápidamente por la web en forma de acusaciones a la compañía, que admitió la práctica pero negó que se debiese a un intento de hacer que los usuarios reemplazaran sus smartphones por nuevos modelos, y explicó que la práctica era, en realidad, una manera de evitar problemas de funcionamiento tales como resets involuntarios debidos a una falta de rendimiento de las baterías a medida que envejecían.

Que las baterías envejezcan es algo inevitable, un simple proceso químico derivado del movimiento de los iones de litio por el ánodo de óxido de níquel en el proceso de descarga, que genera pequeños cambios en el material que reducen su capacidad, al tiempo que en el cátodo se forma también una corteza eléctricamente aislante que provoca el mismo efecto. Con el paso del tiempo, o también en circunstancias de frío intenso o de niveles de carga bajos, esa degradación de la batería impide que suministre los niveles de corriente adecuados para determinados procesos, lo que podría provocar su interrupción y el reset del terminal. Para evitarlo, lo que la compañía hace es reducir el rendimiento del smartphone, con lo que evita el problema, a cambio de que el usuario, lógicamente, perciba que “su teléfono va más lento” y se plantee cambiarlo – cuando en realidad, si quisiese seguir usándolo, le bastaría con cambiar su batería. Por supuesto, que tu smartphone vaya más lento parece un problema menor frente a la posibilidad que se resetee de manera sistemática cuando alcanza un nivel de batería determinado, pero la falta de transparencia de Apple con el tema – o la falta de transparencia de Apple en general – ha generado un problema de desinformación que sintonizaba muy bien con una narrativa previa existente, la leyenda de que la compañía “te estropeaba” el iPhone antiguo para que te tuvieras que comprar el nuevo.

Por supuesto, a nadie con un mínimo conocimiento de negocios se le escapa que la idea de la obsolescencia programada aplicada de esa manera es absurda e insostenible: Apple gana muchísimo dinero, mucho más que ninguna otra compañía – más de 1,400 dólares… por segundo!! – y fundamentalmente gracias a sus smartphones, pero si tus dispositivos, de manera sistemática, se estropeasen o empezasen a ir más lentos cada vez que la compañía saca uno nuevo, muy posiblemente terminarías por comprarte uno de otra marca, o incluso promoverías una denuncia colectiva contra la compañía por prácticas perjudiciales contra el consumidor que tendría bastantes posibilidades de ganar en los tribunales. La estrategia, por más que pueda sonar bien en un primer análisis, no tiene sentido económico y no sería nunca sostenible.

Que la compañía gestione sus terminales de esta forma, lo haya hecho ya con dos modelos y afirme que va a seguir haciéndolo en modelos futuros puede ser razonable, pero para evitar problemas reputacionales, debería plantearse no solo explicarlo adecuadamente – aunque pueda parecer complejo – sino además, promover programas de reemplazo de batería a precios razonables para aquellos usuarios que prefieren seguir utilizando sus dispositivos antiguos porque les parece que funcionan razonablemente bien, y que podrían evitar esas caídas en su rendimiento diseñadas para evitar problemas simplemente sustituyendo su batería. En España, el cambio de batería de cualquier iPhone fuera del período de garantía tiene un precio de 89 euros, que muchos podrían considerar razonable para prolongar la vida de un dispositivo con el que están satisfechos, y puede además hacerse, con un mínimo de habilidad, por menos dinero adquiriendo una batería y cambiándola uno mismo con guías paso a paso perfectamente detalladas como las de iFixit, que implican perder una garantía que probablemente, a esas alturas de la vida del terminal, haya expirado en cualquier caso.

Hace ya mucho tiempo que un smartphone no es un simple teléfono: ahora hablamos de un potente ordenador de bolsillo del que dependemos para cada vez más cosas, y parece razonable pensar que sufra problemas de durabilidad. Cada vez más, lo normal será adquirir una cultura sobre nuestros dispositivos que nos permita entender fácilmente determinadas decisiones que, nada más escucharlas, podrían resultar casi escandalosas. ¿Degrada Apple las prestaciones de tu dispositivo cuando envejece? Sí. Lo hace para que te cambies y vender así más iPhones nuevos? No, lo hace para evitar que empiece a tener resets habituales – algo que me ha ocurrido con algunos dispositivos, y no todos ellos de Apple – y termine proporcionándote un desastre de experiencia de usuario. A partir de ahí, hagámonos la composición de lugar que queramos, sospechemos o dejemos de sospechar si esa caída en las prestaciones de la batería coincide o no de manera sospechosa con la salida de un nuevo modelo de terminal, y sobre todo, planteémonos alternativas al respecto.

La transparencia es una gran virtud. Posiblemente Apple debería practicarla un poco más.

 

iPhone XNo suelo escribir ya sobre dispositivos. Aunque antes lo hacía a menudo, porque parecía que cada nuevo dispositivo poco menos que nos deslumbraba y nos cambiaba aspectos de nuestra vida, hace tiempo que la profusión de nuevas versiones y dispositivos se convirtió en algo que podíamos clasificar más dentro de lo incremental que de lo verdaderamente disruptivo, y por tanto, reservo mis entradas de ese tipo solo para aquellas ocasiones en las que algo realmente me sorprende. No creo que el mundo necesite una review más del iPhone X y sin duda las hay mucho mejores y sobre todo, mucho más completas, pero sí quería dejar anotado lo que verdaderamente me ha sorprendido de él.

Con el iPhone X es uno de esos casos, y no tanto por la funcionalidad, como por algunos aspectos del desarrollo de interfaz que veo tan asombrosa y meticulosamente bien planteados que me han dejado impresionado. Hablar de interfaz en un aparato que llevamos en el bolso o bolsillo a todas horas, del que nos separamos en escasísimas ocasiones y que utilizamos cada pocos minutos durante todo el día es algo que tiene mucha más importancia de lo que parece. Y con el iPhone X, como muy acertadamente dice el gran Marco Arment, Apple ha tomado la forma más reconocible del producto más importante, más exitoso y más reconocible de la historia, y la ha transformado en algo diferente, en una prueba clara de coraje que además, a mi juicio, le ha salido fantásticamente bien.

La primera cuestión que sorprende positivamente es el reconocimiento facial. Sencillamente impecable. Inicialmente fui muy crítico con la idea de perder el desbloqueo mediante huella dactilar: acostumbrado a abrir mi iPhone directamente en el momento de extraerlo del bolsillo y que este llegase a su posición de uso ya desbloqueado, pensé que eliminar esa opción y sustituirla por tener que orientar la pantalla a mi cara supondría una pérdida de un tiempo que, aunque fuesen fracciones de segundo, resultaría incómodo. En absoluto. El reconocimiento facial no es tecnología, sino magia: funciona siempre, perfectamente, sin prácticamente fallos, con luz, en completa oscuridad, con barba de tres días, con gafas, con sombrero, parcialmente de lado o como lo que quieras. Simplemente, recordando aquel eslogan de la compañía que Steve Jobs repetía constantemente como un mantra en 2011, funciona: it just works. Me da exactamente igual que mediante un procedimiento rocambolesco y prácticamente implanteable para cualquier persona normal se pueda desbloquear: el mecanismo funciona fantásticamente bien, es muy seguro, y sobre todo, no es molesto, prácticamente te olvidas de él a los pocos usos. Un acierto enorme, y sin duda, un signo de lo que viene en muchos más dispositivos, algo que quiero incorporado en mi ordenador, en mi reloj y en todas partes. Se acabaron las contraseñas, las huellas dactilares y las tonterías: miro, y funciona.

La segunda es la cámara: no es que sea buena: es seguramente la mejor que he manejado, y estando lejos de ser un experto, me gusta mucho la fotografía. El truco está en pensar más allá: la cámara no es buena porque tenga más resolución, mejor óptica o mejores características técnicas, sino por lo que está ahí además de la cámara: la inteligencia artificial que permite que entienda lo que es el objeto que fotografiamos, si es o no un retrato, si está o no en el fondo y lo queremos desenfocar o eliminar… un conjunto de posibilidades que se añade a lo que la cámara tomó, y que permite de verdad, con un esfuerzo mínimo, expresar lo que buscábamos con la foto sin necesidad de falsearla o de disfrazarla con filtros. Es como las cámaras de todo tipo deberían funcionar, y eso que esa tecnología está aún a un 10% de lo que calculo que será capaz de hacer en breve.

La tercera, y posiblemente la más impresionante, es la ausencia del botón: me hicieron falta segundos para entender los nuevos gestos para volver a la pantalla inicial, para cambiar de aplicación o para cerrarla, y nunca, en ningún momento he vuelto a echar de menos el botón. Como si nunca hubiera existido. Recuerdo cómo me molestaba, cuando volví a iPhone tras un largo tiempo en Android, la ausencia de los botones inferiores… ahora, en ningún momento he sentido nada similar: es como si los gestos se hubiesen convertido en hábitos arraigados de manera inmediata, como si me los hubieran implantado artificialmente en el cerebro con alguna tecnología no invasiva. De nuevo, simplemente funciona, y mucho mejor que antes. El gesto de presión en el lateral, el del doble clic en el botón, o la simple existencia de ese botón parecen ahora cosas primitivas, torpes, innecesarias. Esto fluye en el contexto de mi uso diario infinitamente mejor. De nuevo, un acierto impresionante, y hecho sobre algo que representaba la forma habitual de interactuar de muchísima gente desde hace mucho tiempo. Un cambio más importante de lo que parece, hecho sin que dé ni un ruido.

El teléfono es caro, sí. Sin duda, tiene un precio disuasorio, y si se te cae y se rompe, no te llevas un disgusto, sino que te planteas cortarte las venas con los pedazos de cristal resultantes. Pero por otro lado, es consistente con el hecho de que ya no nos compramos un simple teléfono, sino un dispositivo importante en nuestra vida, sin el cual estamos perdidos, y en el que hacemos cada vez más cosas: invertir más en él se ve como algo que hasta tiene cierto sentido. Además es frágil: convertir el dorso en cristal implica que si se te cae, ya casi ni tienes esperanzas de que sobreviva sin alguna rotura, porque el cristal, por más que lo reforcemos, es más quebradizo que el metal que absorbía el impacto de las caídas anteriormente si tenías suerte. Ahora, o usas una buena funda, algo que desgraciadamente va contra mis principios, o cada caída te va a costar un disgusto serio. Pero el dispositivo, independientemente de sus problemas, es impresionante, se ve como un avance radical con respecto a los anteriores vengas de donde vengas, y es un verdadero acierto. Aunque todavía me duela el bolsillo, para mí, vale lo que cuesta, y no creo que sea un fruto de que haya vendido mi alma al culto de la iglesia jobsiana o a que esté bajo el influjo de ese campo de distorsión de la realidad: lo pienso tras un análisis lo más riguroso que puedo plantear.

Estoy seguro de que muchos estarán en desacuerdo con este análisis: no pretende ser universalmente aceptado. Son, simplemente, mis impresiones de un dispositivo importante en mi vida, que utilizo constantemente para cientos de cosas, que sustituye a otro con el que estaba amplísimamente satisfecho, y para el que, sin embargo, no he precisado de ninguna adaptación: tras migrar mis datos, empecé a usarlo inmediatamente y aquí sigo, sin haber echado de menos nada del anterior, y con una impresión verdaderamente positiva. Pocas veces pasa eso. Con el iPhone X, Apple ha vuelto a demostrar su verdadera dimensión.

 

Apple ServicesPara la mayor parte de los observadores, la compañía más valiosa del mundo, Apple, pasa por ser una empresa de hardware, fabricante de productos tan icónicos en la electrónica de consumo como el iPhone, el Mac o el Apple Watch. Y en efecto, es bien sabido que la compañía tiene una marcada dependencia de los ingresos de su producto estrella, el iPhone, y que los diez años que han pasado desde su lanzamiento original han marcado los mejores para las finanzas de la compañía. Sin embargo, cada día más, una nueva fuente de ingresos a la que muchos posiblemente no otorgaban la suficiente importancia está comenzando a destacar: los servicios.

En la práctica, Apple ha ido evolucionando hacia convertirse en una compañía de servicios. Si usas productos de la compañía, es más que posible, por ejemplo, que los protejas mediante AppleCare, un seguro que evita que tengas la tentación de utilizar los cristales rotos de la pantalla de tu iPhone para cortarte las venas si se te cae al suelo. Además, es muy posible que pagues una cantidad pequeña pero mensualmente recurrente por espacio de almacenamiento en la nube, iCloud, que hayas decidido pagar por Apple Music, que compres aplicaciones en la App Store, posiblemente contenidos en iTunes, o incluso que pagues utilizando Apple Pay.

Es precisamente ese servicio, Apple Pay, el que en su momento se diseñó como una auténtica revolución para la compañía. En el mercado norteamericano supone tres cuartas partes de los pagos realizados mediante esquemas contactless con un crecimiento muy elevado, mientras a nivel internacional está presente de manera destacada ya en veinte mercados en los que alcanza cuotas sobre ese mismo tipo de pagos cercanas al 90%. Cada vez que alguien lo utiliza, genera un 0.15% del importe del pago para Apple, lo que lleva a la compañía a convertirse cada vez más en un intermediario de transacciones financieras, prácticamente en un banco: del mismo modo que Apple generó una disrupción en el mundo de la música sin convertirse en una empresa discográfica, podría estar apuntando a hacer lo mismo en la industria financiera.

Tan solo el trimestre pasado, Apple generó 8,500 millones de dólares únicamente mediante servicios, lo que supone un 34% de incremento sobre el mismo trimestre del año anterior. Es más dinero que la suma de los ingresos de su división de iPad y la de “Otros productos” combinadas, que incluye líneas como AppleTV, los auriculares AirPods, los de Beats, el iPod Touch y el Apple Watch. ¿Y lo mejor del tema? Que, además, hablamos de una división con un notable crecimiento. Un movimiento estratégico interesante, que sin duda continuará, y que en muchos sentidos redefine la compañía, no hasta el punto de perder su identidad como fabricante de hardware, pero sí lo suficiente como para plantear una diversificación de sus ingresos.