Without net neutrality (IMAGE: ?)Así de simple: pon a un corrupto ex-lobbista de las compañías de telecomunicaciones a cargo de la FCC, propón eliminar las protecciones a la neutralidad de la red, sáltate el proceso de revisión de comentarios enviados por los ciudadanos, crea una maquinaria para enviar comentarios falsos de supuestos ciudadanos todos a favor de tus ideas… y se acabó. Te has cargado la verdadera esencia, lo fundamental que convirtió internet en lo que es.

Es un mal día para los que creemos en valores importantes: la administración más corrupta de los últimos tiempos en los Estados Unidos ha dado un puñetazo encima de la mesa, ha desoído las voces del 83% de norteamericanos y de todos los que son alguien en la red, incluido su creador, y ha decidido que los beneficios a corto plazo de las compañías de telecomunicaciones eran más importantes. No está todo perdido aún: existe la posibilidad de que el activismo ciudadano, muy activo, sea capaz de torcer la disciplina parlamentaria y que el trámite no pase la aprobación de la cámara. Después de todo, Pai ha hecho caso omiso a varios de los parlamentarios que reclamaban una investigación en el turbio asunto de los comentarios remitidos por personas inexistentes o incluso muertas a favor de acabar con la neutralidad de la red, presumiblemente enviados por compañías operando al dictado de las empresas de telecomunicaciones, y algunos de esos parlamentarios podrían decidir votar en contra si se desencadena una Congressional Review Act (CRA), en la que el escaso margen de mayoría que los republicanos tienen en la cámara podría llevar a que la reforma fuese rechazada.

En cualquier caso, eso es agarrarse a clavos ardiendo: nos pongamos como nos pongamos, estamos mucho peor que ayer. Desde fuera de los Estados Unidos, la sensación es la de ser testigos mudos de una batalla en la que no podemos intervenir, en la que sabemos que se juegan cosas importantes para nosotros, y en la que hemos sido durante demasiados años demasiado imbéciles y limitados como para intervenir.

¿Qué va a ocurrir si la reforma triunfa y es finalmente aprobada por congreso y senado? En principio, poca cosa. Las empresas de telecomunicaciones saben que no les interesa ningún escándalo más de los que ya han protagonizado. Durante un tiempo, simplemente se dejará de hablar del tema. Después, cuando el escándalo politico se dé por amortizado, empezaremos a ver ofertas, cada vez más agresivas, que incluirán aquellos servicios que los usuarios utilizan de manera más habitual. Una parte de esto ya lo estamos viendo, porque de hecho, era legal incluso en Europa: ofertas que excluyen el tráfico de WhatsApp, o el de Facebook, o el de otros servicios de la cuenta de ancho de banda disponible. Cada vez más, veremos tarifas “para la gente normal” que incluyen servicios populares, consecuencias de acuerdos de esas compañías con unas compañías de telecomunicaciones que ahora pueden “escoger ganadores” y marginar a los que no lo sean. Pocos se darán cuenta, pero la innovación en la red habrá oficialmente desaparecido como tal, porque las posibilidades de crear algo de manera independiente y de que crezca por su valía habrán desaparecido: sin un acuerdo con una operadora, no se podrá llegar a los usuarios, y se convertirá en normal que esas operadoras, si no quieren llegar a ningún acuerdo, se dediquen a crear sus propios servicios y a ofrecerlos gratuitamente para ahogar las posibilidades de las compañías que no estén bajo su control o incluidas en sus acuerdos.

Los grandes perjudicados no serán Netflix, ni Google, ni Facebook, ni Amazon… esos gigantes pueden, a día de hoy, pagar cualquier impuesto revolucionario que las operadoras les demanden. ¿Decidirá Verizon permitir a sus usuarios utilizar únicamente Yahoo!, cuyos restos mortales son ahora parte de su imperio? Parece poco probable, y sería bastante absurdo y contraproducente para sus propios intereses. Los verdaderos perjudicados seremos los usuarios y todo aquel que, por su tamaño o por principios, no pueda plantearse pagar porque su tráfico sea priorizado o incluido en las ofertas de las operadoras. Con el tiempo, veremos paquetes cada vez más específicos, más segmentados, pero en los que faltarán cosas. Cosas que cada vez serán más difíciles de encontrar, porque sencillamente, o no se podrá acceder, o tendrán una prioridad tan baja, que simplemente nos olvidaremos de que existían. Un futuro triste para lo que fue internet. Posiblemente encontraremos iniciativas interesantes para “reinventar” internet, pero serán eso, intentos de volver a lo que internet un día fue. Intentos de deshacer un error tremendo que nunca debió de producirse, que se produjo por culpa de la corrupción, de la incapacidad de la democracia para ser de verdad democracia.

Es aún demasiado pronto para saber si las cosas quedarán así, o si podrán arreglarse a corto o medio plazo. Pero una cosa es segura: con la caída de la neutralidad de la red se constata que la corrupción lo puede todo, que nunca podemos garantizar nada, que nada está a salvo de la voracidad de un político corrupto. Se constata que todo es mucho más triste de lo que podían pensar incluso los más pesimistas. Internet era un sueño de libertad, y los sueños de libertad duran lo que la triste y asquerosa condición humana se lo permite. Fue bonito mientras duró.

 

Comcast on Twitter (November 2017)El plan presentado por Ajit Pai, anteriormente abogado de Verizon y ahora director de la Federal Communications Commission (FCC) norteamericana, para acabar con la neutralidad de la red y con internet tal y como lo conocemos ha despejado todas las dudas que en algún momento pudimos tener sobre las intenciones del personaje: no era malo, era infinitamente peor. El director de la FCC sabe claramente a quién sirve, y está dispuesto a hacerlo por encima de quien sea y de lo que sea.

Marimar Jiménez escribe un artículo en Cinco Días titulado “La Administración Trump presenta su plan para acabar con la neutralidad de la red” y me cita hablando de un tema que considero brutalmente importante, sobre el que he escrito decenas de artículos y que incluso me llevó en ocasiones a la actualidad política: la neutralidad de la red define internet como lo que es, supone la principal característica que lo hace posible, y resulta fundamental a la hora de definir su futuro. Lo fundamental que define a internet es que ha sido desde sus inicios un lugar en el que las buenas ideas podían prosperar, con independencia de quien estuviese detrás de ellas,  en el que un clic es igual a otro clic, un bit es igual a otro bit, y llega siempre a su destino a la velocidad que un usuario tenga contratada, sin que nadie pueda interponerse negociando acuerdos preferentes que privilegien a unos o penalicen a otros. Sí, existen posibilidades técnicas para mejorar las transmisiones, se puede trabajar la latencia, se pueden hacer acuerdos de peering, pero están disponibles para todo aquel que los quiera hacer, no son parte de una negociación que elige ganadores y perdedores. 

¿Qué cambiará en internet si las leyes que protegen la neutralidad de la red son eliminadas? El tweet de ayer de Comcast con el que ilustro la entrada, en el que afirman que nunca bloquearán o restringirán el tráfico de nadie, asume que todos somos completamente idiotas: es precisamente esa y no otra la razón por la que pretenden eliminar la neutralidad de la red, para ser capaces de generar más ingresos vendiendo accesos privilegiados y canales más rápidos a quienes los puedan pagar, como de hecho ya hacen con sus acuerdos de zero-rating. La credibilidad de una empresa de telecomunicaciones hoy en día es absolutamente nula en ese sentido. Nunca, bajo ningún concepto, debemos confiar en alguien que nos dice que “será bueno y se portará bien”. La pretensión de que la protección de la neutralidad de la red es de alguna manera “artificial”, “catastrofista” o “contra las leyes de mercado” no es más que una excusa para, una vez que internet se ha convertido en algo tan importante como lo que es hoy, ponerlo bajo control y convertirlo en un canal similar a la televisión por cable, en donde alguien reparte los canales y las licencias de emisión. De hecho, no es casual que sea precisamente la administración Trump la que se obsesione con poner internet bajo control.

Proteger la neutralidad de la red es un elemento fundamental para proteger la innovación, la capacidad de internet para generar y desarrollar nuevas ideas ideas en función de su genuino valor, y no de los acuerdos comerciales que sean capaces de cerrar para llevar su tráfico a los usuarios. Sin neutralidad de la red, veremos de todo: internet en paquetes tasados en función de su uso, operadoras capaces de decidir qué competidores triunfan y cuáles no lo hacen, o con la posibilidad de crear sus propios servicios y privilegiarlos frente a los de terceros.

No lo olvidemos: los usuarios tenemos derecho a que el tráfico de datos recibido o generado no sea manipulado, modificado, bloqueado, desviado, priorizado o retrasado, en función del tipo de contenido, del protocolo, la aplicación utilizada, del origen o del destino de la comunicación, ni de cualquiera otra consideración ajena a su propia voluntad. Ese tráfico debe tratarse como privado y por lo tanto, secreto y solamente deberá poder ser secuestrado, espiado, trazado, archivado, o analizado en su contenido ni trayectoria, bajo mandato y tutela judicial, no pudiendo en ningún caso ser sometido a la censura previa o al secuestro administrativo de los contenidos, al igual que ocurre con cualquier otra correspondencia o comunicación privada. Negar este principio es negar internet.

Pero lo peor de este intento de acabar con la neutralidad de la red no es siquiera el intento en sí, sino la burda manera de hacerlo, el enorme desprecio a los miles de mensajes enviados por ciudadanos argumentando su importancia, o la manipulación de las leyes en función de intereses empresariales o políticos. El mayor problema de la neutralidad de la red es que además de su enorme importancia de cara al futuro, retrata una situación en la que se convierte en un síntoma, en el indicador de hasta qué punto la democracia está enferma. Los países más poderosos del mundo son o directamente no democráticos como China, o tienen democracias de juguete completamente manipuladas como Rusia, o están en manos de gobiernos populistas capaces de plantear cualquier cosa y de pasar por encima de lo que sea, como ahora demuestran los Estados Unidos de Donald Trump. Si la neutralidad de la red cae, caerá con ella una gran parte de las posibilidades de que internet sea un vehículo de cambio, una fuerza capaz de renovar la sociedad.

 

SimpleFunsEl artículo que posiblemente leas y veas comentado hoy si tus listas de suscripciones están mínimamente completas es este de James Bridle titulado  Something is wrong on the internet, un texto largo y detallado en el que el autor se preocupa por la proliferación de determinados vídeos en YouTube Kids, un producto diseñado por la compañía para proporcionar vídeos adecuados a los niños y que muchos padres tienden a emplear como auténtico “dispositivo apaganiños”, con contenidos completamente inadecuados desde múltiples puntos de vista, y apoyándose en los algoritmos de recomendación de la plataforma para encabezar las listas de popularidad y obtener ingresos publicitarios.

La presencia de este tipo de vídeos inapropiados ha sido puesta de manifiesto en otras ocasiones: contenidos que aprovechan personajes muy conocidos por los niños y los hacen protagonizar escenas violentas o de otros tipos, habitualmente con grafismos extremadamente simples, confeccionados con muy poco esfuerzo. El análisis de Bridle incide no solo en los vídeos como tales, sino más bien en el mecanismo de una plataforma que no solo posibilita este tipo de comportamientos, sino que los recompensa mediante sus algoritmos y el sistema económico de premiar la atención al que da lugar. Un análisis interesante, que pone el peso en la plataforma, en una YouTube que no parece hacer mucho de cara a la eliminación de este tipo de contenidos más allá de ofrecer sistemas que permiten que sean denunciados o marcados como inapropiados, y que no ha tenido ningún éxito por el momento de cara a su erradicación.

Sin embargo, el verdadero análisis, para mí, es todavía más desasosegante: indudablemente, internet tiene un problema. La combinación de factores como el desarrollo sin límites de la economía de la atención, los algoritmos que premian el sensacionalismo o el contenido más impactante, las posibilidades de anonimato o de trazabilidad compleja y otra serie de características de la red han dado lugar a un sistema en el que constantemente nos sorprendemos encontrando cosas que, si hacemos caso a la gran mayoría de observadores, no deberían estar ahí. Pero en realidad, el verdadero problema no está en internet: está en la naturaleza humana.

Me explico: todo sistema es susceptible de ser utilizado de diversas maneras. La ausencia de regulación para evitar comportamientos definidos o considerados nocivos, o los sistemas de regulación ineficientes, generan abusos de numerosos tipos. Podemos constatarlos en todas partes: a la popularización del correo electrónico sigue la proliferación del spam. ¿Es el spam un problema de diseño, algo de lo que debamos hacer responsables a los inventores del protocolo del correo electrónico o a los que comercializan herramientas para que los consumidores lo usen? No, es un problema de que una serie de actores descubren que pueden utilizar los protocolos del correo electrónico para enviar con un coste bajísimo mensajes comerciales a una gran cantidad de usuarios incautos, inexpertos o directamente idiotas, y aprovechar para separarlos de su dinero. Ese comportamiento es constante: cada servicio que surge cuenta con su caterva de aprovechados dispuestos a utilizarlo para engañar, robar, manipular o retorcer su propósito original. Las redes sociales son plataformas para compartir contenidos, pero convenientemente retorcidas, se convierten en herramientas para manipular un proceso electoral. YouTube sirve para ver vídeos, pero si la retorcemos adecuadamente, podemos conseguir que sirva para engañar a niños con contenidos inadecuados y ganar dinero a costa de exponerlos a contenidos a los que no deberían ser expuestos. Da igual el ejemplo que propongas: todos cuentan con usos inadecuados, inmorales o directamente delictivos que algunos pretenden utilizar para su beneficio. ¿Surgen los ICOs? Rápidamente proliferan personajes nocivos dispuestos a confundir a potenciales inversores y robarles su dinero.

¿Estamos hablando de un problema de internet? No, hablamos de un problema de la naturaleza humana. En ausencia de una regulación efectiva debido a la velocidad con la que se desarrollan y popularizan las nuevas herramientas, los delincuentes evolucionan y se convierten en los primeros colonizadores de cada nuevo nicho ecológico que surge en el planeta red. Para cuando se defina como delito subir vídeos a YouTube y aprovechar sus algoritmos para incrementar su popularidad, los delincuentes estarán haciendo otras cosas completamente diferentes. Probablemente un buen abogado encuentre siempre suficiente indefinición en esos comportamientos como para conseguir que salgan absueltos, y el simple principio de “no sé como definirlo pero lo reconozco cuando lo veo”, el I know it when I see it que podría contribuir con algo tan inherentemente humano como el sentido común a aliviar el problema, no se utiliza lo suficiente. No parecen existir tribunales ni jueces suficientes como para solventar los problemas que detectamos en internet todos los días, y si existiesen, se verían confrontados con una realidad compleja de fueros y sistemas judiciales nacionales tratando de mala manera de operar en un entorno global y sin fronteras. Lo que un estado intenta definir como un comportamiento execrable y encuadrar en un tipo penal evidente que sin duda ya existía, en otro estado está completamente sin legislar, o se sitúa en un limbo en el que las leyes resultan de imposible aplicación. Los mecanismos sociales de control, elementos como la reputación o la censura social que a otra escala y en otros períodos históricos se han convertido en elementos que ponían relativo coto a determinados comportamientos, tampoco funcionan, porque no se desarrollan con la necesaria velocidad. Cuando un individuo malintencionado encuentra una manera de aprovecharse de una plataforma determinada, la mayor parte de la sociedad ni siquiera es capaz aún de entender qué es lo que está haciendo.

Hemos construido una herramienta que no sabemos controlar, y que muchos consiguen retorcer para su beneficio incurriendo en comportamientos que cualquiera con un mínimo sentido común encontraría castigables, pero que en rarísimas ocasiones son castigados. Y de nuevo: el problema no está en la red, sino en la naturaleza humana, en las más profundas miserias de nuestra condición. ¿Cómo definir a un tipo que convierte en medio de vida el exponer a niños a contenidos completamente inadecuados y censurables? ¿Qué castigo debería encontrar si la justicia funcionase? ¿Cómo plantearse desincentivar un comportamiento semejante? ¿Cómo adaptar la legislación y los sistemas que tratan de poner bajo control lo peor de la naturaleza humana en un marco que evoluciona tan rápidamente?

 

IMAGE: Bicubic - 123RFUn artículo largo de fin de semana en The Guardian, ‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia, habla de las preocupaciones acerca de un presente en el que nuestra capacidad de atención se encuentra completamente destruída por culpa de unos dispositivos conscientemente diseñados para atraerla de manera constante, de fenómenos que algunos insisten en describir como “adicciones” a pesar de que ni una sola asociación de psicólogos o psiquiatras en ningún lugar del mundo lo admiten, y de ex-trabajadores de compañías tecnológicas convertidos en fervientes luditas que preconizan que nos alejemos de nuestros dispositivos como si de la peste se tratase.

La adicción a internet o al smartphone no existe. Por mucho que nos hartemos de ver personas con la cabeza hundida en su pantalla a todas horas, con aspecto de zombies cuando supuestamente quedan para verse mientras cada uno revisa sus notificaciones sin hablarse, o caminando por la calle – o conduciendo – con riesgo de matarse por intentar mirar esa pantalla “solo un segundo más”, la adicción a internet o al smartphone no es un fenómeno real. Usamos mucho nuestros smartphones porque nos son útiles y nos gustan, punto. Eso no es una adicción: es la constatación de que algo es práctico y agradable.

El uso del smartphone no va a disminuir, sino a aumentar. Seamos racionales: como consecuencia del desarrollo de fenómenos como el “there’s an app for that” o el internet de las cosas, hemos pasado de usar un terminal para hablar por teléfono, a usarlo para todo, desde encender y apagar las luces de casa, hasta poner y quitar la alarma, abrir la puerta, consultar un mapa, hacer una foto o poner música. Las funciones sociales no solo nos entretienen, sino que nos entregan regularmente pinchazos de dopamina cada vez que alguien nos hace un follow o un like, y nos llevan a modificar nuestros hábitos de maneras que algunos encuentran irresistibles mientras otros se rascan la cabeza y consideran enfermizas. Y aún así, el uso de nuestros smartphones no va a reducirse: va a seguir aumentando.

¿Es todo bueno, de color de rosa y no hay ningún problema? Por supuesto que no. La transición a un modelo de hiperabundancia constante de información nos ha hecho distraídos, nos cuentas centrarnos para leer un artículo largo, no verificamos nada o incluso algunos comparten artículos que no han leído, simplemente en función de lo que dice un titular diseñado para atraer su atención a toda costa. Ese tipo de fenómenos nos ha pillado poco preparados, la ecuación que nos proporcionaron – y la que seguimos proporcionando – no nos enseñó cómo tratar con un entorno así, y somos tan malos haciéndolo, que algunos han conseguido incluso aprovecharlo para fines verdaderamente inauditos, como meter a un idiota en la Casa Blanca. Gestionar nuestros hábitos y nuestra capacidad de concentración en la edad moderna no es sencillo, y requiere de aprendizaje, de adiestramiento y de técnicas específicas. En un entorno nuevo, hay comportamientos que se generan de manera automática, y otros que deben ser probados y enseñados, convertidos en materias lectivas.

La generación que estamos viendo en este momento no está llena de enfermos ni de adictos: simplemente es la primera que se ha desarrollado en un entorno para el que no estaban completamente preparados, y para el que los sistemas educativos no supieron adaptarse. Y la solución a ese problema no es restringir el uso de los dispositivos, sino paradójicamente, utilizarlos más. Convertirlos en algo completamente normal, en lo que usamos para estudiar, para trabajar, para encontrar lo que necesitamos en cada momento, para entretenernos y para un montón de cosas más. Pero que también nos permiten priorizar otras cosas cuando llega el momento. Para eso, hace falta cierto entrenamiento. Lo he comentado en infinidad de ocasiones: los protocolos sociales y de uso se desarrollan después de la fase de adopción masiva, no antes ni durante, y como parte de un consenso social que se ejerce a través de múltiples herramientas: leyes (ahora no podemos manejar el smartphone cuando conducimos, por ejemplo), costumbres, enseñanza, etc. Aprenderemos a gestionar nuestra atención en un entorno de hiperabundancia no cuando nos intenten restringir su disponibilidad, sino cuando nos adiestren, como parte de nuestra educación, para extraerle partido y manejarlo ventajosamente.

¿Podemos abandonar la dinámica de histeria colectiva y centrarnos en aprender a utilizar una herramienta que va a formar parte del panorama durante muchas generaciones? Por mucho que nos empeñemos, los smartphones no van a desaparecer, no van a poder ser prohibidos con éxito en casi ningún entorno salvo en aquellos donde la atención única sea indispensable, y hacerlo, además, agravaría el problema. Los niños, por supuesto, tendrán que entender cómo esas dosis de dopamina afectan su forma de comportarse y como el obtenerlas no justifica todo: tendrán que aprender a poner sus pasiones bajo control, como antes los niños aprendían a que no se podía jugar todo el tiempo. Si no los educamos, si hacemos dejación de nuestras funciones, lógicamente, irán pasando de subir una foto y ver que obtiene cincuenta likes, a subir otra en la que muestran más piel o hacen algo más estúpido y obtiene quinientos, y por supuesto, esa dinámica les enganchará, no querrán parar, y tildarán a sus padres de “no entender nada”. No, no son adictos. No podemos usar la excusa de la adicción para echarle la culpa de todos los males: simplemente, no los hemos educado bien y nos les hemos explicado bien las cosas, tan sencillo como eso. Por tentador que sea echarle la culpa a una supuesta adicción o a la tecnología, seamos serios y pongamos las cosas en su sitio.

No restrinjamos cosas que resulta absurdo intentar restringir y que van en contra de los tiempos. Simplemente, introduzcámoslas como parte normal de nuestra vida, utilicémoslas sin complejos cuando nos sean útiles, y aprendamos a ponerlas a un lado cuando nos impidan disfrutar de otras cosas. Es así de sencillo, y obviamente, así de complicado. Pero sea de la manera que sea, no nos queda otra que analizarlo, entenderlo, y ponernos en ello.

 

IMAGE: Alexander Kharchenko - 123RFEsto puede marcar un precedente legal muy interesante: la Director of Public Prosecutions del Reino Unido, Alison Saunders,  anuncia en una pieza de opinión en The Guardian titulada Hate is hate. Online abusers must be dealt with harshly que los delitos de incitación al odio, acoso, racismo, abuso, odio religioso y otros similares serán perseguidos exactamente igual cuando ocurran a través de la red que cuando tengan lugar fuera de ella.

Un paso hacia la normalización del mundo online como una parte ya significativa del contexto en el que discurre nuestra vida, y una cuestión de lógica palmaria: que te insulten o te acosen a través de una red social no es menos grave que el que lo hagan mediante pintadas en la puerta de tu casa o en plena calle, y en muchos casos, tiene el mismo o incluso peores efectos.

La idea de que es necesario legislar de nuevo para incluir las situaciones derivadas de la llegada de internet se tambalea: los problemas son los mismos de siempre, y las leyes que aplican deben ser, con escasísimas excepciones, las mismas que aplicaban antes de que internet existiese, si es que alguien todavía recuerda cómo era el mundo antes de internet. Las leyes provienen del consenso social obtenido durante mucho tiempo, y tratar de crear nueva legislación para internet es algo que solo se asienta en la ignorancia del contexto online y que en la práctica totalidad de casos supone hiperlegislar, algo que nunca conduce a buen puerto. Los delitos son igual de delitos online que offline, con todo lo que ello debe conllevar: si te roban en la red, es un delito de robo, con el único atenuante de no incluir violencia, pero un robo al fin y al cabo, y ese debe ser el caso para todos los delitos. Las excepciones, en un contexto cada día más normalizado, tienen cada vez menos sentido.

En el caso de Alemania, este tipo de situaciones se dan desde hace ya bastante tiempo: muchas de las cuestiones que son delitos de odio fuera de la red, como la exhibición de simbología nazi, la exaltación de sus posturas ideológicas, la negación del holocausto o la incitación al odio o la violencia por razones raciales o religiosas ya son castigadas del mismo modo tengan lugar en la calle o en la red. Sin embargo, las leyes alemanas parecen excederse en la consideración de la responsabilidad al pretender imponer multas multimillonarias de más de cincuenta millones de euros a las plataformas sociales si no eliminan rápidamente este tipo de contenidos, algo que no sucede fuera de la red (no se multa a un ayuntamiento o al propietario de un edificio por no borrar una pintada rápidamente, por ejemplo) y que marcaría un tratamiento diferencial contra el mundo online que no parece tener demasiado sentido y confunde la responsabilidad de los usuarios, que son los que realmente cometen el delito y los que deben sufrir las consecuencias del mismo, con la de la plataforma, que no es más que el contexto en el que tienen lugar las acciones punibles.

Considerar la red como un entorno diferente ha traído numerosos problemas. La consideración del trolling como “travesuras” ha traído como consecuencia una falsa y peligrosa normalización del discurso del odio, del insulto y del acoso en la red, algo que nunca debería haber ocurrido y que es preciso corregir. Poner una barbaridad en Twitter como reacción a algo es ni más ni menos que eso, poner una barbaridad, y debe conllevar las mismas consecuencias que gritárselo a alguien a la cara en la vía pública o que pintarlo en su portal: si supone acoso, incitación al odio, difamación, abuso, etc. debe tener esa consideración a todos los efectos independientemente de que se haya hecho en la red o fuera de ella, y los usuarios tendrán que tener la madurez suficiente como para entenderlo así, o afrontar las consecuencias.

A medida que el pasar tiempo en la red se convierte en cada vez más normal, tenemos que empezar a considerar el contexto de la red como una parte más de nuestro contexto diario, sujeto a las mismas reglas y leyes, y los jueces tienen que acostumbrarse a pensar en el entorno online como una parte más en la que la justicia se imparte de la misma manera y con las mismas leyes que en un entorno offline con el que tienen, posiblemente, todavía más familiaridad. Con una internet que cuenta su edad ya en décadas y con más de la mitad de la población mundial conectada a la red, ideas como esta representan la única manera lógica de proceder y de avanzar.