Beam Dental InsuranceUna aseguradora dental norteamericana, Beam Dental, genera inquietud en algunos de sus clientes al decidir enviarles, como parte de un paquete de beneficios o perks incluidos en su póliza, un cepillo de dientes conectado que deben utilizar en combinación con una app en su smartphone, y que transmite los datos sobre sus hábitos de higiene bucodental a la compañía.

La aseguradora afirma que los datos de los usuarios no son vendidos o compartidos con ninguna otra compañía, y que son utilizados para promover mejores hábitos de higiene entre sus clientes y para, convenientemente agregados, poder proponer las mejores tarifas a cada grupo: muchas de estas pólizas en los Estados Unidos son financiadas por compañías que las ofrecen a sus empleados, lo que lleva al fundador y CEO de la compañía, Alex Frommeyer, a escribir artículos como este A CEO’s guide to group health 2.0, a tomar una aproximación proactiva e intensiva en datos de cara al cuidado de la salud de sus empleados.

¿Tiene sentido que la compañía que se hace responsable de los gastos derivados de la salud de tus dientes pretenda tener información detallada y exacta de tus hábitos de salud bucodental, o hablamos de una violación de la privacidad? Si lo pensamos, las aseguradoras de automóvil tienen información completa sobre nuestra accidentalidad, y en el caso de algunos países, es ya prácticamente imposible obtener un seguro para un conductor novel si no aceptamos que la compañía instale en su vehículo una caja negra que evalúa sus hábitos al volante. Las aseguradoras de salud o vida, por ejemplo, preguntan en sus cuestionarios las características y hábitos de sus asegurados y excluyen o incrementan el precio a aquellas personas con hábitos poco saludables, como el tabaco o el consumo excesivo de alcohol, o a aquellos que practican actividades o deportes que puedan suponer una elevación del riesgo.

La diferencia, a juzgar por la indignación de algunos consumidores, parece estar cuando se pasa de una información declarativa – el cliente declarando sobre sus hábitos, costumbres o factores que puedan afectar al riesgo – a una información retransmitida en tiempo real mediante un aparato conectado a internet y directamente a los ficheros de la compañía. Mientras en el primer caso, el usuario se siente dueño de sus datos y simplemente, salvo en el caso de que le demanden pruebas, análisis o diagnósticos, tiene cierta potestad para tomar la decisión de declarar o no una información determinada, en el segundo, esa información pasa sin prácticamente control por su parte de manera directa a la compañía, que puede tomar las decisiones oportunas en función de lo que esa información le revele acerca del posible riesgo implicado en la operación.

¿Debe la póliza dental de una persona con malos hábitos de higiene bucodental ser más cara que la de una persona con hábitos impolutos? Dado que los cálculos de una aseguradora se llevan a cabo sobre la totalidad de su cartera, cabe argumentar que si una aseguradora consigue tener en esa cartera a un número más elevado de clientes con buenos hábitos, podría obtener un beneficio superior y, por tanto, sería susceptible de ofrecer mejores precios – si tomase, lógicamente, la opción de trasladar esos ahorros al cliente final – que si se viese obligada a incurrir en muchos más gastos por tener muchos asegurados con malos hábitos. Desde el punto de vista del cliente, cuantos mejor sea la calidad media de la cartera, mejores precios podría aspirar a obtener, lo que permitiría a la aseguradora ser más competitiva si consigue mantener esa calidad. En una situación así, los clientes que decidiesen mantener unos hábitos de higiene malos, se verían obligados a incurrir en un gasto superior o a buscar aseguradoras que estuviesen dispuestas a aceptar un riesgo mayor.

En realidad, es exactamente lo que desde hace muchos años ocurre con otros ramos del seguro como el automóvil, y que en los últimos tiempos se procura evaluar de una manera cada vez más fehaciente recurriendo a esas cajas negras, sensores, apps, etc. En el caso de la salud, se está detectando un incremento cada vez mayor en el número de compañías que ofrecen a sus trabajadores el acceso a tests genéticos, algo que, según algunos, pone en manos del trabajador una información que no necesariamente está preparado para aceptar y es susceptible de generar incertidumbre, preocupación o incluso toma de decisiones no completamente racionales, como extirparse determinados órganos en función de una supuesta propensión a un carcinoma que no tendría necesariamente que expresarse y para cuyo riesgo, posiblemente, sería más que suficiente generar una rutina de monitorización periódica adecuada. Por otro lado, tener a un trabajador con riesgos sensiblemente incrementados podría, hipotéticamente, conllevar un aumento en el precio de la póliza colectiva de salud que las compañías ofrecen a sus empleados, lo que sería susceptible de provocar discriminación, en contra de lo que establece la Genetic Information Nondiscrimination Act (GINA) promulgada en 2008.

Resulta fácil imaginar otros tipos de usos: ¿podría beneficiarme de un seguro de hogar en mejores condiciones si decidiese compartir los datos generados por determinados dispositivos en mi hogar que son susceptibles de evitar, por ejemplo, una inundación o un incendio? ¿O si comparto los datos de mi alarma, que demuestran que soy muy riguroso en su uso y, por tanto, reducen sensiblemente la probabilidad de un robo? El uso de pulseras monitorizadoras de la actividad física en entornos corporativos, por ejemplo, sería un caso similar, pero con algunos detalles adicionales: toda compañía está, en principio, interesada en tener empleados más sanos y con hábitos de ejercicio más saludables. Pero cuando ese interés se traduce, además, en mejores precios en la póliza de salud corporativa, la cuestión podría, hipotéticamente, dar lugar a discriminación en aquellos empleados que no mantienen esos hábitos saludables, dado que supondrían un empeoramiento neto de la cartera y, por tanto, un riesgo superior.

El negocio asegurador siempre ha consistido en llevar a cabo la estimación de un riesgo y ofrecer un contrato que recoja la eventualidad de que ese riesgo se produzca, contrato tasado en función de la probabilidad que la compañía le asigna. Los baremos que tradicionalmente se aplican en la mayoría de los ramos del seguro son simples indicaciones en función de parámetros que no afectan demasiado a la privacidad, como la edad, el sexo o algunas circunstancias evaluadas en función de cuestionarios. En ese sentido, las aseguradoras llevan a cabo su trabajo en un entorno de incertidumbre, aseguran relativamente a ciegas, y confían en que esos parámetros les permitan aproximar esa probabilidad de riesgo. En plena era de la internet de las cosas, la lógica apunta a que las aseguradoras intenten cada vez tener la mayor información posible sobre los riesgos que aseguran. ¿Es esto compatible con la idea de privacidad que tienen sus clientes? ¿Debe serlo? ¿Quieren los clientes que lo sea o prefieren, supuestamente, acceder a beneficios – o a precios más elevados – en función de las circunstancias que revelen esos dispositivos? ¿Vamos hacia un entorno cada vez más controlado, en el que la mayoría de los riesgos puedan ser detectados de manera inmediata y eventualmente afecten a lo que pagamos por nuestros seguros o a otro tipo de elementos, potencialmente incluyendo el desarrollo de un modelo de salud cada vez más basada en la prevención? ¿Cuál es la sensibilidad del cliente medio a la hora de compartir información con su aseguradora?

 

Tecnologías que van a cambiar el mundo - Actualidad AseguradoraDavid Ramos me llamó para hacerme una entrevista telefónica larga sobre el impacto de la tecnología en la industria aseguradora, y ayer me envió el resultado, una página doble publicada bajo el título “Tecnologías que van a cambiar el mundo” (pdf) en la revista Actualidad Aseguradora.

Hablamos sobre las distintas tecnologías que v an a tener una influencia en el futuro del sector asegurador, comenzando por el machine learning como auténtica nueva frontera, como cambio dimensional que diferenciará que compañías siguen en el mercado y cuales serán incapaces de competir y, por tanto, cerrarán. En una industria tan profundamente estadística y tan vinculada al concepto de riesgo como la aseguradora, el machine learning es la auténtica definición del ser o no ser, y las compañías que no estén ya investigando y trabajando en el tema con la adecuada intensidad, pronto no serán capaces de ser competitivas (no, la frase destacada en el artículo y en algún tweet no es mía, es de Sundar Pichai, CEO de Google, como de hecho comento en el artículo… yo, obviamente, solo la citaba!)

Además del machine learning, hablar de la cadena de bloques y de su trascendencia para la industria aseguradora, con su elevado componente actuarial y de registro fidedigno de contratos, cláusulas y acontecimientos debería ser profundamente obvio a estas alturas: TODA transacción, póliza y circunstancia en la industria del seguro estará anclado en una cadena de bloques, del mismo modo que todos los contratos serán smart contracts, con una dirección en la que verificar todo su clausulado y supuestos de manera rápida y operativa, eliminando ese proceso de peritaje manual y en muchos casos subjetivo que determina si esa circunstancia se incluye o no. La innovación que trae la cadena de bloques a la industria aseguradora resultará fundamental, aunque por otro lado, menos vistosa como tal: la época en la que simplemente pronunciar la palabra “blockchain” aseguraba la atención tocará a su fin, y la cadena de bloques será simplemente una tecnología de base, con un interés meramente técnico, que daremos como supuesta.

Otros temas que salieron en la conversación merecen indudablemente atención: la internet de las cosas y la sensorización progresiva de todo que afectará a la industria en todas sus facetas, desde el seguro de propiedad o de responsabilidad civil, hasta el de salud, que pasará a jugar un papel progresivamente más vinculado a la salud preventiva gracias a los wearables y a otras herramientas sencillas de monitorización. O enernet, la internet de la energía, que revolucionará la manera en la que generamos la energía y se convertirá en la fuente de energía barata o gratuita para todos, afectando lógicamente toda la cadena de valor de todas las industrias. O cuestiones más regulatorias e inmediatas, como PSD2, que cambiarán la forma de entender la industria, facilitarán la competencia, y obligarán a una coexistencia entre las compañías tradicionales y las llamadas insurtech, en muchas ocasiones más ágiles y atentas a las oportunidades que la tecnología genera en la industria aseguradora. No, la industria no está inactiva ni pasiva ante todos estos cambios… pero en mi opinión, un poco de alegría y de curiosidad en los niveles directivos más altos que de verdad llevase a una genuina transformación digital y a sacudirse las metodologías de toda la vida no estaría nada de más.

Si con la entrevista consigo que algunos en la industria se planteen la importancia de estos temas, prueba superada! ;-)

 

IMAGE: Scanrail - 123RFApple imita el reciente movimiento de Amazon con JP Morgan y Berkshire Hathaway de crear servicios de salud para sus empleados, y anuncia el lanzamiento de clínicas propias en exclusiva para sus trabajadores, con el ánimo de proporcionarles “la mejor experiencia del mundo en el cuidado de la salud“.

El movimiento evidencia los enormes problemas de la sanidad norteamericana: si no trabajas para una compañía que pague tu seguro de salud, estás en un permanente riesgo de no poder afrontar los gastos que puede suponer cualquier enfermedad que suponga un tratamiento complejo o una hospitalización prolongada, una situación que genera una gran ansiedad a muchas personas. Conscientes de ello, los gigantes tecnológicos, obsesionados con la importancia de atraer y retener talento como forma de asegurar el éxito empresarial, han decidido tomar el toro por los cuernos y proponer sus propias soluciones, que convierten a sus trabajadores en una élite que vivirá al margen de ese tipo de problemas.

Más allá de no tener preocupaciones con respecto al cuidado de su salud, lo que Apple o Amazon parecen pretender puede tener más que ver, a poco que apliquen una filosofía coherente con sus principios, con el desarrollo de un genuino modelo de salud preventiva, con una manera de cambiar el enfoque que tenemos del cuidado de la salud. Las grandes compañías tecnológicas constituyen ya auténticos imperios, poseen espacio para decenas de miles de empleados en las mejores zonas de las ciudades, y ofrecen enormes ventajas, por ejemplo, a la hora de encontrar sitios donde vivir, con ofertas como adelantar el pago de alquileres para así tener mejores probabilidades con propietarios de viviendas. Cada día más, trabajar para una de estas compañías supone pertenecer a una élite, no solo en términos de sueldo, sino también en el de otros muchos detalles que hacen la vida del trabajador más sencilla.

Todos entendemos que el cuidado de la salud tiene mucho que mejorar: durante gran parte de la historia de la humanidad, la salud solo se ha protegido mediante intervenciones puntuales en el momento en que surgían los problemas. El planteamiento de una salud verdaderamente preventiva podría incluir muchos de los hábitos de monitorización que muchos de los trabajadores de estas compañías ya tienen, y coincidir con algunos de sus objetivos de futuro: Amazon es conocida por desarrollar servicios en función de sus necesidades que posteriormente abre a terceros para así lograr amortizarlos adecuadamente, y Apple lleva tiempo trabajando en dispositivos con un enfoque socio-sanitario, desde el mismísimo iPhone al Apple Watch, y otros aún no comercializados y presuntamente destinados a cuestiones como la medición no intrusiva de la glucemia. Ayer, aprovechando mi presencia en el MWC, aproveché pasa saludar a Ádám Csörghe, de WIWE, una compañía que fabrica un pequeño dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito que permite obtener un electrocardiograma completo de manera sencilla: cada día más, el cuidado de la salud se plantea como un trabajo de monitorización mediante dispositivos cada vez más baratos y sencillos, pero atender a esa monitorización y generación continua de datos es algo que, como ya comenté anteriormente en un artículo de Forbes, únicamente puede plantearse cuando el objetivo es de verdad cuidar de la salud de las personas, aunque ello implique ganar menos dinero o cambiar el perfil de los facultativos y profesionales de la salud.  Integrar este tipo de dispositivos en un sistema de monitorización de salud para sus empleados podría ser el embrión para ofrecer este tipo de servicios a aquellos interesados en pagar por ellos, mientras ofreces de paso a tus empleados formar parte de una élite que no necesita preocuparse de algo tan importante como el cuidado de su salud o el de sus familias.

Son muchas las compañías que deberían pensar en este tipo de cuestiones: que muchas empresas tecnológicas destaquen por su rentabilidad o por su capacidad de atraer y retener talento no es fruto de la casualidad, sino de una cuidada y trabajada mentalidad que pone a sus empleados en el centro y se preocupa de ellos incluso en las peores circunstancias. Una póliza de seguro de salud pagada por una compañía ya es de por sí un importante beneficio en cualquier país, pero si además, ese cuidado de la salud está gestionado por la propia compañía y se plantea como un servicio destinado a hacer más fácil la vida del empleado o a mejorar su salud, los beneficios son potencialmente mucho más elevados, y cuestiones como la privacidad pueden, presuntamente, pasar a un segundo plano. Por supuesto, este tipo de posibilidades podrían jugar un papel importantísimo a la hora de hacer que una persona mejore su productividad o se sienta más inclinada a preferir esa compañía frente a otras posibles ofertas.

Si quieres explorar el futuro de la salud, ya no tienes que mirar en planes gubernamentales o en aseguradoras que intentan maximizar su rentabilidad a base de escaquear coberturas para sus clientes, sino en compañías que de verdad pretenden cuidar de la salud de sus trabajadores como objetivo fundamental. Un realineamiento de objetivos que beneficia tanto a compañía como a trabajadores, y que nos lleva a todos a plantearnos cómo de privilegiados seríamos si nuestras compañías fuesen capaces de ofrecernos algo así.

 

IMAGE: Nito500 - 123RFUna nota de prensa publicada ayer encendía todas las alarmas en la industria de la salud norteamericana: tres grandes empresas, Amazon, JPMorgan Chase y Berkshire Hathaway, con un total de más de un millón de empleados, planteaban una iniciativa conjunta para mejorar el cuidado de la salud de sus empleados y familiares, incrementar su satisfacción y tranquilidad en este sentido, y reducir los costes implicados.

La noticia, que explica algunos movimientos anteriores de Amazon en este sentido, se plantea como la disrupción del cuidado de la salud, y provocaba una caída en bolsa inmediata de todas las compañías relacionadas con el ámbito de los seguros de salud: el principal cambio planteado por la iniciativa es el de intentar obtener costes más razonables actuando como una empresa sin ánimo de lucro, cuyo fin no es ganar dinero sino plantear un servicio mejor, que elimine la ansiedad y los problemas que genera la situación actual a los trabajadores. En este cambio se encuentra la principal diferencia: pasar de una situación en la que todo se supedita a mantener el margen operativo de las compañías, a una en la que la principal motivación es preservar la salud del trabajador y su capacidad para generar valor a la compañía. ¿Qué consecuencias podría tener algo así de cara a la privacidad o a la sostenibilidad de la relación entre un trabajador y una compañía dispuesta a intentar proporcionarle no solo servicios que cuiden de su salud, sino también de su tranquilidad? ¿Tiene sentido que sea la compañía para la que trabajas la que se preocupe del cuidado de tu salud y la de tu familia? ¿Aceptaríamos compartir nuestra información médica, habitualmente sometida a los máximos niveles de privacidad, con nuestra compañía si eso pudiese redundar en un cuidado de la salud más eficiente y mejor planteado?

Los costes relacionados con el cuidado de la salud son una de las principales preocupaciones de los trabajadores en los Estados Unidos. Una industria que genera un gasto equivalente al 17.9% del PIB, que eleva su gasto de manera continua (4.3% en 2016 hasta alcanzar los $3.3 billones, o $10,348 por persona), y que provoca una enorme ansiedad: ante cualquier enfermedad mínimamente grave que pueda requerir una hospitalización, un procedimiento quirúrgico o una medicación determinada, los norteamericanos entran en modo pánico, se dirigen a unas aseguradoras convertidas prácticamente en imprescindibles para todo aquel que puede plantearse pagarlas, y tratan de entender qué porcentaje del tratamiento va a ser cubierta por la compañía y hasta qué punto pueden hacer frente a lo que no está incluido. El intento de Donald Trump de eliminar la reforma planteada por Obama de cara a disminuir el coste de los seguros médicos e incrementar el porcentaje de la población asegurada no hace sino generar más incertidumbre al respecto. 

¿Qué pueden plantear estas compañías en este sentido? Las ideas que se apuntan en el anuncio tienen que ver con el uso de la tecnología para proveer un cuidado de la salud simplificado, de alta calidad, transparente y a un coste razonable, lo que parece sugerir un enfoque más hacia la monitorización y la prevención que podría abrir oportunidades para competidores en el segmento healthtech. Según algunos analistas, la solución planteada por las tres compañías, sin embargo, no es tan radical como podría parecer, y se dirige más a trabajar con las partes existentes de la cadena de valor de la industria que funcionan y reemplazar o mejorar las que no lo hacen. Las ideas son múltiples: ofrecer diagnósticos en casa a través de Amazon Echo, utilizar los recursos de Whole Foods para soporte nutricional, dietas personalizadas o cuidados primarios, dispensar medicinas y tratamientos a través de la logística de Amazon, o simplemente utilizar dispositivos posiblemente con menor nivel de precisión pero ampliamente disponibles (y tradicionalmente rechazados por los prestadores de salud tradicionales) como una forma de mejorar la prevención. Con un simple dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito puedo obtener un electrocardiograma completo y notablemente preciso tantas veces como quiera a lo largo del día, una prueba diagnóstica por la que una aseguradora pretendería facturarme un coste considerable, y lo mismo ocurre cada vez más con mediciones como la temperatura, la presión arterial, el nivel de azúcar en sangre o la medición de la actividad física. En todo lo que supone la creciente digitalización de la medicina en base a herramientas cada vez más simples y ampliamente disponibles, los competidores tradicionales han sido notablemente lentos e ineficientes. ¿Podría el enfoque de una compañía tecnológica plantear mejoras en ese sentido? 

¿Puede una iniciativa así suponer una mejora para los empleados de estas compañías y sus familiares? Sin duda, el simple hecho de plantear una situación en la que el objetivo no son los beneficios sino únicamente la sostenibilidad económica de la iniciativa – porque los beneficios se obtienen de una mayor tranquilidad y una mejor salud de los trabajadores – ya aporta un componente importante. En la situación actual, las compañías aseguradoras gestionan una cartera de recursos médicos a los que ofrecen un pago menor a cambio de mayor volumen, y cobran al asegurado un precio calculado en función de características como la edad, el sexo, los hábitos de vida, etc. La esencia del negocio, esa coordinación de recursos, podría ser sin duda llevada a cabo de una manera más eficiente si la finalidad es incrementar la satisfacción del trabajador frente a obtener un beneficio. Sin duda, esto incrementaría la capacidad de estas compañías para atraer y retener talento, y sería muy posiblemente una iniciativa a imitar por compañías similares. Desde un punto de vista económico, hablamos de una integración y desintermediación: en lugar de negociar un seguro de salud para tus empleados con una aseguradora, plantearte ser tú mismo la aseguradora, absorbiendo su margen y disminuyendo sus ineficiencias.

Al sector salud, sin duda, le hacen falta muchas reformas. Plantearlas de esta manera crearía un segmento de trabajadores privilegiados, con acceso al cuidado de la salud en unas condiciones indudablemente ventajosas, pero podría alinearse bien con la idea de tener trabajadores más productivos, más sanos y más comprometidos con unas compañías que perciben como importantes a la hora de gestionar algo tan delicado como su salud y la de sus familias. Según la ambición de este movimiento, podemos estar hablando simplemente de beneficios marginales para un colectivo privilegiado, o del inicio de la disrupción en el cuidado de la salud.

 

IMAGE: Maria Itina - 123RFUn buen artículo en Quartz, Gas cars are like horses—one day we’ll just own them for fun (like Elon Musk), incide en el interesante tema de la retirada de las tecnologías obsoletas aplicada específicamente al motor de explosión, que no solo no llegará a desaparecer, sino que muy posiblemente persista durante generaciones simplemente como algo que conduciremos por placer o por diversión.

¿Es el motor de explosión como tal una tecnología obsoleta? Sin duda, hablamos de un entorno en el que muchas marcas aún rivalizan por obtener mejores y mejores rendimientos en términos de eficiencia, y en el que la ingeniería ha llegado a un nivel de sofisticación elevadísimo. El motor de combustión interna ha cambiado el mundo completamente, y nos ha permitido cosas que de ninguna manera habríamos podido conseguir sin su desarrollo. Sin embargo, ha contribuido también a generar la crisis más importante que conocemos para la sostenibilidad de la actividad humana en este planeta, una crisis de la que ya se hablaba cuando yo era un niño, pero para cuya solución real se ha hecho verdaderamente muy poco en todo este tiempo. En este momento, la ciudad en la que vivo, Madrid, está incrementando las restricciones por contaminación un día detrás de otro, en una situación que únicamente la climatología parece poder evitar. Con suerte, lloverá algo la próxima semana y paliará algo la situación, pero cada día más me siento como los agricultores, levantándome por la mañana y mirando al cielo a ver si la naturaleza nos es propicia, y pensando que esas restricciones, aunque indudablemente incómodas y molestas, no son nada con las que realmente tendríamos que estar planteando dada la gravedad de la situación.

Que los vehículos eléctricos sigan representando porcentajes minúsculos de las ventas totales de vehículos, o que los de pila de hidrógeno sean todavía opciones completamente minoritarias a pesar de ser energéticamente mucho más eficientes y, sobre todo, mucho más limpios, nos demuestra que la cultura medioambiental de la población es aún escasísima, lo que afecta a la evaluación de la incidencia del problema. Las fechas propuestas para la prohibición de la fabricación y venta de vehículos con motor de combustión interna en países como China, India o Francia se establecen en torno al año 2030 ó 2040, mucho más lejos de lo que el sentido común parecería recomendar. Hablamos de países en los que la dimensión del problema es elevadísima, en los que hay personas que mueren todos los días por afecciones respiratorias, y en los que hay niños que han crecido en ciudades en las que jamás han llegado a ver un cielo de color azul… pero que aún se plantean que la situación pueda seguir empeorando durante veinte o treinta años más.

No, el enfoque de este tema es completa y brutalmente incorrecto. Si fuésemos mínimamente responsables, la prohibición de la fabricación y venta de vehículos con motor de combustión interna tendría que situarse en los próximos tres años, en 2020, aunque ello significase destrozar las expectativas de rentabilidad de algunas de las compañías más importantes y que más mano de obra generan en todo el mundo. Condicionar el futuro del planeta y la salud de sus habitantes a la expectativas de rentabilidad de una serie de compañías es un error enorme, una irresponsabilidad absoluta, que solo comprenderemos cuando la veamos con la suficiente perspectiva. Lo correcto sería obligar a esas compañías a ser competitivas con tecnologías limpias, lo que de verdad podría dar lugar a una potente escalada tecnológica que permitiría superar rápidamente las limitaciones que esas tecnologías aún tienen a día de hoy.

Nadie se plantea prohibir el uso del motor de explosión como tal. Sin embargo, varias señales apuntan a que, en el futuro, ese uso estará tan fuertemente desincentivado, que se convertirá en prácticamente anecdótico, en un uso puramente lúdico o excepcional: como el artículo comentado menciona, como tener un caballo, o como el ejemplo que suelo utilizar en mis clases, poseer una avioneta. Quien tiene un caballo, sabe perfectamente que no lo hace por tener un medio de transporte, ni porque sea eficiente tenerlo. El número de caballos, que decreció durante varias décadas a medida que su uso en el campo iba disminuyendo sustituidos por motores de explosión, lleva incrementándose desde la década de los ’90, pero con un planteamiento completamente diferente. Nadie nos va a prohibir que tengamos un caballo… pero nadie espera que lo utilicemos para ir a trabajar todos los días. Seguramente nunca nadie nos prohiba tener una avioneta privada, pero quien la tenga, no lo hará porque le resulte eficiente como medio de transporte, sino por otras razones.

¿Qué factores llevarán a ese cambio de papel del motor de combustión interna?

  • Las cada vez mayores restricciones a su uso. En ciudades como Madrid, esas restricciones se vinculan fundamentalmente a las circunstancias climatológicas, y se expresan en forma de prohibiciones como la de circular a más de 70Kmh, estacionar en la vía pública o incluso restringir la circulación de matrículas pares o impares. En otras, como Londres o Singapur, suponen importantes peajes a la entrada de determinadas zonas. De una u otra manera, los vehículos eléctricos o de pila de hidrógeno están al margen de esas restricciones, lo que los convierte cada vez más en opciones interesantes. En algunos países nórdicos, esos vehículos no pagan en los abundantísimos ferries, ni en los peajes de las autopistas, ni en aparcamientos, lo cual, además de las ventajas y subvenciones a su adquisición, son aspectos que contribuyen a incrementar su atractivo.
  • El incremento de la carga impositiva tanto a los combustibles fósiles, como a los propios vehículos. Aún siendo una opción impopular y considerada injusta, ya que grava a quienes posiblemente no pueden permitirse otro tipo de vehículos, seguramente se plantee de una manera cada vez más clara.
  • La progresiva disminución del precio y mejora de las prestaciones de las tecnologías alternativas, que llevará a que ese tipo de vehículos se conviertan en más baratos que sus equivalentes con motor de explosión en un plazo de unos cinco años.
  • La disponibilidad cada vez mayor de infraestructuras relacionadas, como estaciones de carga, de abastecimiento de hidrógeno, etc. que permitirán plantear usos que hoy resultan poco flexibles. Si bien el 87% de las necesidades de un usuario particular de un vehículo eléctrico pueden abastecerse perfectamente con una sola carga en su domicilio durante la noche, las de un vehículo que integre una flota de transporte precisan de infraestructuras de carga adicionales.
  • La popularización cada vez mayor de modelos no basados en la posesión de un vehículo, que pasará de ser un producto a configurarse como un servicio. Algunos autores, como Tony Seba, predicen que en 2030, el 95% de las personas no poseerán un automóvil, y recurrirán en su lugar a servicios de transporte de diversos tipos. Como dice Enrique Peñalosa, alcalde de Bogotá, “un país desarrollado no es uno en el que los pobres tienen coche, sino uno en el que los ricos utilizan el transporte público”.
  • El propio concepto de transporte público pasará de entenderse como autobuses, metro o tranvías, a incluir todo tipo de servicios de transporte: flotas de vehículos autónomos en los que podemos viajar solos, etc. que son necesarios para configurar las necesidades que muchos usuarios consideran imprescindibles y disuasorias con respecto a otras opciones.
  • La llegada del vehículo autónomo planteado, de nuevo, no como un bien que los usuarios poseen, sino como un servicio que utilizan.
  • Las tasas de accidentalidad dramáticamente inferiores de los vehículos autónomos con respecto a los convencionales llevarán, cada vez más, a un escenario en el que conducir nuestro propio vehículo será cada vez más caro en términos de asegurar dicha actividad. Las compañías de seguros y sus cálculos serán, sin duda, uno de los factores fundamentales en el hecho de convertir el hecho de conducir nuestro propio vehículo una actividad solo accesible para los que puedan permitirse la correspondiente póliza de seguros.

 

Lo que se configura, de manera aún excesivamente lenta, es un escenario en el que no solo dejaremos de ver vehículos de combustión interna excepto para usos ocasionales y posiblemente lúdicos, sino que incluso dejaremos de poseer vehículos, para utilizar servicios de transporte. No, nadie nos prohibirá tener el descapotable biplaza de gasolina que nos compramos cuando éramos jóvenes, pero poseerlo tendrá tanto sentido como el que tiene hoy para algunos poseer una avioneta privada, o un caballo, relegados a usos ocasionales y no guiados en ningún caso por criterios de eficiencia económica.

Ahora, solo falta que todos estemos de acuerdo en que, aunque sea doloroso y económicamente difícil de abordar, este proceso tendría que producirse mucho más rápido…