Google Home

Ayer día 19 de junio, Google lanzó en España su familia de productos Google Home, que incluye su asistente de voz, su versión mini, y Google Wifi, un sistema de routers repetidores de señal que actúa como una red mesh inteligente. Generalmente, no suelo comentar noticias de lanzamientos de productos en mercados locales, pero en esta ocasión, me parece interesante, sobre todo por lo que conlleva con respecto a una variable cada vez más fundamental en tecnología e innovación: el time-to-market, el tiempo que transcurre entre que un producto es concebido y está finalmente disponible para la venta.

En el caso de las compañías tecnológicas, se da una curiosa paradoja: la lucha más importante por el time-to-market tiene lugar en el mercado doméstico de la mayoría de ellas, los Estados Unidos, pero posteriormente, se descuida completamente en otros mercados que, desde un punto de vista cuantitativo, pueden representar magnitudes mucho más importantes. El tiempo que transcurre entre los lanzamientos norteamericanos y los internacionales parece alargarse cada vez más, el desfase entre ls disponibilidad de tecnologías en manos del consumidor norteamericano y el de otros mercados se prolonga aparentemente más en el tiempo, y esos mercados que ahora parecen recibir la consideración de “secundarios”, a pesar en muchos casos de su indudable importancia cuantitativa, reciben una atención muy escasa, relegada al juicio de simples ejecutivos de ventas, de directores de equipos comerciales con un enfoque y una visión habitualmente mucho más táctica que estratégica.

Este tipo de consideraciones pueden ser las que han llevado a una compañía como Amazon, que originalmente se destacó de manera clara en el lanzamiento de la categoría de los asistentes domésticos, a ceder su inicial dominio en muchos mercados nada menos que a Google, que no es precisamente el mejor de los enemigos con los que competir. Los llamados smart speakers se han convertido en la categoría de mayor crecimiento en el segmento de la tecnología de consumo, con un crecimiento del 210% y unos nueve millones de unidades vendidas en el primer trimestre de 2018. Y lo interesante es que, según Canalys,  por primera vez desde la creación de este mercado, Google ha adelantado a Amazon como líder en ventas, con 3.2 millones de Google Home vendidos frente a los 2.5 millones de Amazon Echo. Una estrategia diseñada por una Google que no quería verse como segunda en un mercado que considera la nueva barra de búsqueda – con connotaciones, además, complejas y peligrosas, dado que solo ofrece un resultado en lugar de una lista de diez enlaces – y que ha conseguido remontar la partida para convertirse ya en el actor que más crece no solo en el mercado norteamericano, sino también en muchos mercados internacionales en los que está consiguiendo tomar la delantera.

¿Hasta qué punto le ha dado Google la vuelta a la tortilla? Si en el primer trimestre de 2017, Amazon dominaba las ventas de nuevos dispositivos con una cuota del 80%, un año después, Google vende un 32% frente al 28% de Amazon. El crecimiento en ventas de año a año de Amazon se queda en un 8%, frente al 483% de Google en esta categoría. Podemos obviamente argumentar que estamos comparando un competidor con un mercado ya considerado maduro – el lanzamiento de Amazon Echo se produjo en noviembre de 2014, dos años antes que el de Google Home – con uno mucho más reciente y en el que ese incremento tiene lugar sobre una base numérica mucho más pequeña: Amazon Echo sigue siendo el indudable dominador del mercado con gran diferencia, un 43.6% de la base instalada global frente a un 26.5% de Google Home, pero a pesar de una fuerte renovación del producto y de la introducción de muchos modelos en su línea, no logra contrarrestar el empuje de Google en la categoría, que además, en términos mundiales, está aún experimentando el fuerte despegue del mercado chino (1.8 millones de dispositivos frente a los 4.1 millones de los Estados Unidos), que está teniendo lugar con dispositivos fabricados en ese país que, posteriormente, llegarán sin duda a los mercados internacionales .

En este momento, Amazon Echo únicamente está disponible en los Estados Unidos, Reino Unido, Alemania e India, mientras que en países como España se encuentran aún en una interminable fase de pruebas y ultimando los ajustes del dispositivo al idioma. Google, gracias fundamentalmente al desarrollo de Google Assistant en el smartphone en la práctica totalidad de los mercados, puede llevar a cabo esa adaptación a mercados locales de una manera mucho más rápida, y está presente ya, además de en Estados Unidos, Canadá y Australia, en países como Alemania, India, Francia, Italia, Japón, y ahora España. En términos de machine learning, Google está cumpliendo lo que prometió: ganar en el mercado porque sus productos aprenden más rápido que los de sus competidores.

En muchos sentidos, Amazon ha cargado con la tarea de educar al mercado en el uso de una nueva categoría de dispositivos, ha tenido que lidiar con todos los problemas iniciales de desconfianza, de recelos hacia un aparato con nueve micrófonos que permanece en el salón de casa escuchando y esperando por la palabra mágica que lo activa, y se ha tenido que enfrentar con todo tipo de cuestiones, desde la policía demandando posibles grabaciones para ser utilizadas como pruebas, a errores que llevan a que alguien envíe una grabación de su actividad inadvertidamente a un tercero… mientras Google ha llegado prácticamente “a mesa puesta” con un producto similar que viene a ser una traslación de lo que ya tenía más que probado y experimentado en el smartphone, y que simplemente ha adaptado a un nuevo dispositivo más especializado.

Un interesantísimo caso de cómo utilizar estratégicamente el time-to-market en nuevas categorías de productos innovadores y de electrónica de consumo, en una categoría que podría terminar siendo muchísimo más importante de lo que algunos piensan. Y en la que, como ocurre en tantas ocasiones, no siempre gana necesariamente el que ríe primero.

 

IMAGE: Nick Youngson CC BY-SA 3.0 Alpha Stock ImagesUna compañía es un ente relativamente abstracto, formado por una amalgama de individuos diversos, y con un fin último que, en la mayoría de los casos, tiende a identificarse con un parámetro económico, con una frase del tipo “generar valor a los accionistas”. A lo largo de la historia, han sido muchas las compañías que, de una manera u otra, han demostrado supeditar claramente esa máxima de los beneficios a prácticamente cualquier otro concepto, desde IBM en la década de los ’30 y su colaboración con el régimen nazi para el holocausto, hasta, más recientemente, el envenenamiento sistemático e irresponsable del planeta por parte de Volkswagen. Si nos atenemos a los hechos, todo indica que lo más parecido a algo que podríamos calificar como “ética corporativa” es ese concepto denominado responsabilidad social corporativa, que en demasiados casos ha demostrado clara y tristemente ser poco más que una herramienta propagandística para justificar unas pocas frases grandilocuentes en una memoria anual.

Sin embargo, frente a la ética (o falta de ética) corporativa, está la ética de los empleados y su capacidad para organizarse. En la economía actual, los empleados, cada vez más, se convierten en una fuerza importante a la hora de corregir acciones emprendidas por sus empresas si, por la razón que sea, las juzgan inaceptables. Así, hemos podido ver recientemente el caso de Google frente al Proyecto Maven del Departamento de Defensa: un contrato indudablemente lucrativo para la compañía, en el que participan además muchas otras compañías tecnológicas – que en su gran mayoría no han dicho ni esta boca es mía – y que tiene como fin el desarrollo de algoritmos destinados a reconocer imágenes tomadas por drones en el campo de batalla, imágenes de personas cuyo destino es bien conocido por cualquiera con un mínimo de inteligencia y escrúpulos. La resistencia a la colaboración de la compañía en el proyecto comenzó con algunas dimisiones, continuó con una carta firmada por miles de empleados, y terminó con la no renovación del contrato con el Departamento de Defensa, así como con la publicación de unos principios éticos que pretenden marcar la actuación de la compañía con respecto al desarrollo de la inteligencia artificial. 

Ahora, el turno le toca a Microsoft: la compañía que el pasado enero se mostraba “orgullosa de colaborar con la Immigration and Customs Enforcement (ICE)“, se ha encontrado, tras la fortísima polémica desencadenada en torno a la demencial práctica de esta agencia, bajo la disfuncional administración Trump, de separar a las familias demandantes de asilo de sus hijos en la frontera e internar a esos niños, solos, en centros de custodia. Las protestas en torno a esta salvaje práctica no se han hecho esperar, y obviamente, han sido secundadas por algunas compañías tecnológicas y por empleados de Microsoft, que han comenzado protestas a través de Twitter y han puesto a la compañía en una situación obviamente complicada. Ante el alboroto y las protestas, la compañía intentó primero eliminar la entrada del blog corporativo en la que hablaba de su colaboración con ICE, y posteriormente ha decidido, ante las amenazas de dimisiones entre sus empleados y las llamadas al boicot, publicar una declaración en la que se manifiesta “consternada por la separación forzada de familias inmigrantes en la frontera“. En sucesivas aclaraciones, la compañía ha afirmado que

“… queremos ser claros: Microsoft no está trabajando con el Servicio de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos o Aduanas y Protección Fronteriza de EE. UU. en proyectos relacionados con la separación de niños de sus familias en la frontera, y contrariamente a algunas especulaciones, no somos conscientes de que los servicios de Azure estén siendo utilizados para este fin. Como compañía, Microsoft está consternada por la separación forzada de niños de sus familias en la frontera. La unificación familiar ha sido un principio fundamental de la política y la ley estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Como compañía, Microsoft ha trabajado durante más de veinte años para combinar la tecnología con el estado de derecho para garantizar que los niños refugiados e inmigrantes puedan permanecer con sus padres. Necesitamos continuar construyendo sobre esta noble tradición, en lugar de cambiar el rumbo ahora. Instamos a la Administración a cambiar su política, y al Congreso a aprobar legislación que garantice que los niños no estén separados de sus familias.”

Una declaración que deja en un vago “no somos conscientes de ello” el si las herramientas de la compañía son utilizadas o no por ICE, y que podría no ser suficiente para apaciguar las protestas, que podrían pedir la suspensión completa del contrato con la agencia hasta que la práctica sea eliminada.

En cualquier caso, dos casos que vienen a dejar una cosa cada vez más clara: si no estás de acuerdo con las prácticas de tu compañía, si te parecen éticamente reprobables, no estás obligado a colaborar con ellas, y deberías hacer caso a tu conciencia, oponerte y protestar. Pero una cosa es protestar, una acción que podría costarte el puesto de trabajo, en una empresa norteamericana, en un mercado de trabajo expansivo y con múltiples opciones, y en puestos en los que, en muchos casos, basta con ponerse en ese mercado para obtener otro puesto en otra compañía, y otra es hacerlo cuando no te consta que otros vayan a secundarte, cuando estás en un país con un mercado de trabajo complicado o con un índice de paro elevado, o cuando tu puesto no te garantiza un movimiento fácil a otra compañía. Los mercados de oferta y los de demanda, en este sentido, es previsible que no funcionen igual.

¿Tiene un precio la ética? ¿Solo puede comportarse éticamente aquel que puede permitírselo? Obviamente no debería ser así, y que empleados de algunas compañías norteamericanas empiecen a sentar precedente en este sentido es algo que podría llegar a tener un valor en el futuro. Al menos, si las compañías no hacen gala de un comportamiento ético por sí mismas, podremos contar con la ética de sus empleados para ponerlas en situaciones en las que, por las buenas o por las malas, tengan que cumplir con unos principios y con la sociedad en su conjunto. Que este tipo de comportamientos se generalizasen a otros países y otras compañías sería de lo más deseable, por el bien de todos. Pero sencillo, sin duda, no va ser.

 

Paywall (SOURCE: Unknown)Que corren tiempos complicados para el periodismo en la web es algo que resulta evidente para cualquiera que conozca mínimamente la industria. La publicidad sigue inmersa en una crisis de identidad derivada de planteamientos equivocados de la que no ha logrado salir desde que Tim Berners-Lee inventó la WWW y a alguien se le ocurrió poner el primer banner, y ofrece rendimientos claramente descendentes en un contexto en el que gigantes como Google o Facebook se llevan porcentajes cada vez mayores de la tarta de ingresos, mientras anunciantes, agencias y soportes siguen aparentemente obsesionados con la idea de que “si no molesta, no funciona”.

La reacción a esta absurda disfuncionalidad es evidente: mientras algunos se afanan por intentar “arreglar” la publicidad, por el momento de manera infructuosa, el ad blocking crece sin pausa hasta ser utilizado por alrededor de un tercio de todos los usuarios del mundoy se convierte, a todos los efectos, en el mayor boicot de la historia de la humanidad. Mientras, un número creciente de publicaciones optan por modelos cerrados, por los llamados paywalls o muros de pago, una forma de intentar convencer a los usuarios de que opten por pagar una suscripción con el fin de poder acceder a unos contenidos que, en caso de no hacerlo, permanecerán supuestamente inaccesibles para ellos.

Los paywalls son, en realidad, una solución muy poco imaginativa de la que llevamos hablando ya demasiado tiempo, y siempre, inequívocamente, con el mismo resultado, una frase que dije hace muchísimo tiempo: si tu modelo de negocio se basa en impedir el acceso de los usuarios a un contenido, es mejor que vayas pensando en cambiar de modelo de negocio, porque los bits son libres. Si la función de un muro de pago es impedir que alguien acceda a un contenido, la respuesta, como veremos más adelante, es clara: no funcionan. Otra cosa es si el muro de pago se utiliza simplemente como una manera relativamente suave de disuadir a los usuarios para que, con sus suscripciones, colaboren al desarrollo de una iniciativa periodística determinada, porque valoran algunas de sus características diferenciales, su independencia, su línea editorial, su estilo, etc.

En el panorama internacional, los muros de pago son ya habituales: publicaciones como The New York Times, The Washington Post, Bloomberg, The Times, The Wall Street Journal, Wired o Financial Times, entre muchos otros, han optado por variadas versiones y combinaciones del muro de pago, desde la más simple y radical, el llamado “hard paywall”, que directamente impide el acceso a todos los contenidos sin ningún tipo de alternativa más que pagar la suscripción, hasta diversas opciones del conocido como “soft paywall” o “metered paywall”, que da acceso a un número determinado de noticias antes de cerrarse y requerir un pago. En España, todo indica que la escena va a cambiar sensiblemente en los próximos meses: tras el anuncio de La Vanguardia de que optará por un muro de pago en menos de un año, se prevé que diarios como El País o El Mundo opten también por un modelo similar más pronto que tarde, en una competencia por lograr el mayor número de suscriptores y superar lo antes posible la caída de relevancia que este paso suele suponer.

Obviamente, la instalación de un muro de pago supone un problema: si no permites que actores como Google indexen la totalidad de tus noticias, no simplemente un snippet o fragmento de las mismas, tu relevancia en la web cae de manera inmediata. Además, un porcentaje muy elevado de tus lectores, ante el obstáculo, optan simplemente por irse a leer la noticia en otra publicación, y te quedas, por tanto, únicamente con aquellos que consideran que tu publicación aporta un muy importante valor diferencial. Por otro lado, todo muro de pago excepto los totales tiene agujeros que los usuarios pueden explotar cuando pretenden acceder a una de tus noticias: su uso se vuelve relativamente incómodo si pretendes leer una gran cantidad de noticias en ese medio o hacerlo de manera regular, pero es perfectamente razonable para un uso esporádico. A continuación, los procedimientos para acceder a día de hoy a algunos medios populares dotados de paywall, que obviamente evolucionarán o cambiarán con el tiempo:

  • The New York Times, The Washington Post o Bloomberg: tan sencillo como eliminar las cookies que estos medios sitúan en tu ordenador para llevar la cuenta del número de artículos que te permiten leer. Simplemente lee, y cuando alcances el máximo, vete a tu navegador y elimina las cookies colocadas por el medio, que además suelen tener un nombre inequívoco al que se accede buscando en la lista de cookies aquellas que contienen una porción de su nombre. Una vez eliminadas las cookies, el contador vuelve a cero.
  • Financial Times o The Wall Street Journal: el paywall del primero impide acceder a los artículos y simplemente permite ver el titular en la página de la sección, el del segundo permite ver la página de la noticia, pero solo el titular y unas pocas líneas de la misma. Simplemente copia el titular, búscalo en Google, y haz clic en el primer resultado, el mismo del que venías: al entrar a través del buscador, podrás acceder a la noticia completa.
  • Wired: en este caso, borrar las cookies o entrar a través de Google no te servirá de nada: tendrás que copiar la URL de la noticia, abrir una ventana de incógnito y pegarla ahí, pero esa es toda la complicación.
  • Adicionalmente, hay algunos métodos que pueden resultar más cómodos, o que en ocasiones funcionan cuando otros fallan:
    • Outline.com: inserta “outline.com/” inmediatamente detrás del fragmento “https://” de la URL original del artículo protegido por el muro de pago, y espera a que el servicio genere la página correspondiente, o copia la totalidad de la URL y pégala en la caja que aparece en la página de Outline.com
    • Browser add-ons: prueba a instalarte plugins o add-ons para el navegador que utilices, tales como Bypass Paywalls (para Firefox), Browse Unlimited (para Chrome) o cualquiera de los que aparecen cuando buscas “paywall” en el repositorio de add-ons, con las precauciones habituales en estos temas.

¿Es ético saltarse un muro de pago? Hacerlo plantea una disyuntiva muy similar a la de instalarse un bloqueador de publicidad: obviamente, sabes que al hacerlo, perjudicas la viabilidad del medio que estás leyendo, pero por otro lado, estás planteando a ese medio que por ese camino, no van a ningún sitio, o al menos, no contigo. ¿Debe ser todo gratis en internet? Por supuesto que no, pero los modelos de pago, para que funcionen, deben plantearse de la manera adecuada y con una propuesta de valor inequívoca. En este momento, lo más lógico es crear propuestas informativas que representen para el usuario un valor lo más único posible, para que sea ese usuario el que, interesado por la sostenibilidad de ese medio, opte por suscribirse o por aceptar sus anuncios.

Si tu medio es, en realidad, un copia y pega de noticias de agencia que el usuario puede encontrar sin demasiados problemas en otro sitio, o uno más en una pléyade de publicaciones similares, lo tendrás complicado para convencer a esos usuarios de que paguen por tu información. Si, por el contrario, estás siendo capaz de aportar un valor añadido único, la calidad de tu periodismo te lleva a encontrar antes que otros noticias importantes o que provocan cambios, o tienes lectores que, más que lectores pasivos, son “seguidores” o incluso fans dispuestos a apoyarte, lo tendrás mucho mejor. También depende, obviamente, de la proporción: si eres un medio con audiencia internacional, respetado, una referencia, es muy posible que la pérdida de lectores debida al paywall y la resultante disminución de ingresos debida al menor número de impresiones publicitarias compense merced a los ingresos que te proporcionarán los pagos por suscripción… pero hacer cuadrar esos números en publicaciones más pequeñas puede resultar bastante más complicado. Así que sobre todo, no lo olvides: independientemente de lo que tu muro de pago pretenda, salvo que decidas cerrarte radicalmente y perder tanto visitas como relevancia, ese muro de pago se podrá burlar, con todo lo que ello conlleva. No juegues a intentar impedir el acceso, juega a proponer algo diferente. Y sobre todo, sé educado y ten la paciencia de esperar a que tus usuarios lo entiendan.

 

IMAGE: Nick Youngson CC BY-SA 3.0 ImageCreatorGoogle ha publicado su declaración de principios con respecto a la inteligencia artificial, un texto cuidado, de propósito necesariamente amplio y que pretende cubrir todos los supuestos acerca de los posibles usos de su tecnología. La declaración constituye un documento breve y de lectura muy recomendable que, sobre todo, plantea muchas reflexiones sobre el mundo al que nos dirigimos y las reglas que, necesariamente, debemos plantearnos de cara a su evolución.

La compañía llevaba tiempo trabajando en una reflexión de este tipo, del mismo modo que se está trabajando mucho en este sentido en otros ámbitos: aquellos que afirman que la publicación del documento es una reacción a la reciente dimisión de una docena de trabajadores y la petición firmada por varios miles más en protesta por la participación de la compañía en el Proyecto Maven del Departamento de Defensa, destinado a reconocer imágenes tomadas por drones en el campo de batalla, o bien no conocen a la compañía, o confunden claramente los factores coyunturales con fundacionales, la forma con el fondo. La regulación de la inteligencia artificial no es un tema en absoluto nuevo, se está discutiendo en numerosos foros, en algunos de los cuales participo personalmente, y Google, como uno de los actores más relevantes y avanzados en este tema, no ha hecho más que poner en negro sobre blanco una declaración de principios que proviene de un proceso de reflexión largo y continuado en el tiempo.

Probablemente influenciados por la coincidencia en el tiempo de esas dos circunstancias, la mayor parte de los titulares que leerás en las noticias se refieren a la importancia de la declaración de Google describiéndola de manera simplista como “Google promete que su AI no será utilizada para el desarrollo de armas o violaciones de los derechos humanos“, cuando la realidad es que basta una lectura superficial del documento para entender que sus intenciones van mucho más allá. La mención a las armas, de hecho, ocupa un muy breve espacio en una sección de propósito aclaratorio titulada “AI applications we will not pursue”, y se limita a decir que la compañía no trabajará en “armas u otras tecnologías cuyo principal propósito o implementación es causar o facilitar directamente lesiones a las personas”, pero que “seguirán trabajando con gobiernos o con los militares en otras áreas que podrán incluir ciberseguridad, entrenamiento, reclutamiento militar, cuidado de salud para veteranos o búsqueda y rescate”.

¿Qué es lo importante, por tanto, en la declaración de principios de Google? En primer lugar, la importancia de llevar a cabo esta reflexión en todos los ámbitos, y de hacerlo de una manera no tremendista, bien informada, y con un adecuado nivel de realismo, sin imaginarse robots asesinos en escenarios apocalípticos que nos atacan en cada esquina, o supuestas inteligencias superiores que deciden librarse de los humanos porque les resultan molestos. No, cuando hablamos de inteligencia artificial no hablamos de inteligencia de propósito general, y no lo haremos durante mucho tiempo, porque inteligencia artificial, a día de hoy, no es eso. De manera realista, hablamos en realidad de aplicaciones que tienen más que ver con qué productos son ofrecidos a qué clientes potenciales, con políticas de pricing, con la prevención del abandono o churn, la detección de posibles patrones de actividad fraudulenta, las opciones en la determinación del marketing mix, y sin duda, cada vez más cosas. Menos morboso que los robots asesinos, sin duda, pero enormemente importante y con un potencial muy importante para hacer las cosas mal.

De ahí que uno de los puntos más relevantes declaración de principios, que incluye cuestiones como “ser socialmente beneficioso”, “evitar la creación o el refuerzo de sesgos”, “ser responsable ante las personas”, “incorporar principios de privacidad” o “ser puesto a disposición para usos acordes con estos principios” (lo que implica impedir su uso a quienes no los respeten), me han parecido puntos como el “mantener altos estándares de excelencia científica” o, sobre todo, “ser construido y probado con seguridad”: muchos de los problemas que la tecnología está planteando a medida que avanza provienen no del hecho de que se diseñe con objetivos potencialmente perjudiciales, sino al hecho de que se gestione de manera incorrecta, con una seguridad inadecuada, con errores graves en los procedimientos o sin tener en cuenta que en el mundo existen, obviamente, personas malintencionadas o con intereses oscuros. No, el “Oooops!”, la candidez o la ingenuidad sin límites no pueden seguir sirviendo como disculpas cuando hablamos de desarrollo de tecnologías con un potencial importante para usos perjudiciales o malintencionados, y Google reafirma su compromiso de cara a este tipo de problemas, un compromiso que que va mucho más allá del “no seremos malvados”. Esto, por supuesto, no exime a la compañía de la posibilidad de cometer errores, que pueden suceder en cualquier proceso, pero si reafirma una importante voluntad de no cometerlos, de someterse a procesos rigurosos y de tratar de evitarlos a toda costa. 

La reflexión sobre los principios éticos asociados al desarrollo de algoritmos de inteligencia artificial es importante, y va a producirse a todos los niveles. Tan importante como llevarla a cabo es conseguir que se produzca en el ámbito adecuado, alejada de ignorantes que desconocen completamente lo que es la inteligencia artificial y que, con mentalidad tremendista, creen que hablamos de HAL, de Skynet o de robots Terminator que vienen del futuro para asesinar a Sarah Connor. Permitir que personas no preparadas o que no entienden el desarrollo de machine learning e AI se impliquen en la redacción de los principios éticos que gobernarán su futuro es un absurdo conceptual que, sin duda, nos llevaría a visiones restrictivas y a intentos inútiles de detener el futuro. Esto incluye, sin duda, a la política: que el pueblo te elija para supuestamente representarle no implica que estés preparado para opinar – o peor, para legislar – sobre todos los temas. Si no se sabe de un tema, es mejor y más productivo para todos que se ejerza la responsabilidad necesaria para reconocerlo, abstenerse y solicitar la implicación de quienes sí lo dominan.

No es lo mismo, indudablemente, llevar a cabo una reflexión sobre los principios éticos que deben regir el desarrollo de la inteligencia artificial en Google, uno de los principales actores en el tema, que la está integrando en absolutamente todos sus productos y que se ha caracterizado precisamente por llevar a cabo una ambiciosísima iniciativa de formación de la práctica totalidad de sus empleados en esta disciplina, que tratar de desarrollarla en un gobierno, en un organismo supranacional o en cualquier otro entorno político en el que el conocimiento del tema está entre lo nulo, lo superficial y lo directamente alarmista. Reflexiones de ese tipo se van a intentar hacer en todo tipo de foros, y lo que más me interesa de ellas no son sus resultados, sino el proceso por el cual se lleven a cabo y las consecuencias que se pretenda que puedan tener.

Plantear interrogantes sobre el futuro y tratar de evitar consecuencias potencialmente negativas o no deseadas es una cosa, que si se hace con el rigor y la disciplina que Google ha puesto en ello, puede ser interesante y provechoso. Perseguir fantasmas y prohibir cosas por si acaso en alguna esquina aparece Terminator entre resplandores y nubes de humo es otra muy diferente, y nos puede llevar a verdaderas tonterías e intentos de detener el progreso y la evolución natural de la humanidad. Cuidado con los miedos irracionales, la desinformación, y con sus primos, la demagogia y el populismo. En el desarrollo de principios razonables y con sentido sobre el desarrollo de algoritmos de inteligencia artificial se juega una parte importante de nuestro futuro. La inteligencia artificial es cuestión de principios, sí. Pero de principios bien hechos.

 

IMAGE: BagoGames, CC BYLo comentamos hace tiempo: Microsoft volvía a ser una empresa interesante, y comenzaba a recuperar una buena parte del valor destruido a lo largo del tiempo por ese hooligan incompetente llamado Steve Ballmer. Ahora, tras la impresionante transformación llevada a cabo por Satya Nadella, Microsoft se ha convertido en la tercera compañía más valiosa del mundo tras Apple y Amazon, superando a Google. En el momento de escribir estas líneas, Microsoft está valorada en 760,250 millones de dólares, frente a los 745,630 millones de la compañía de Mountain View.

En los algo más de cuatro años que Nadella ha estado al frente de la compañía, la valoración se ha más que duplicado, tras una serie de reposicionamientos que han conseguido convertirla en un competidor relevante en áreas tan importantes como el cloud computing (tanto construyendo una oferta fuerte en ese ámbito para terceros, como llevando a cabo una transición a la nube de sus propios productos), las tecnologías multiplataforma, la realidad aumentada, el machine learning o la computación cuántica. Tan solo a lo largo del último año, la cotización ha crecido más de un 40%, eclipsando las también importantes ganancias obtenidas por Google: claramente, no es que Google lo haya hecho mal, sino que Microsoft lo ha hecho increíblemente bien. De hecho, los ingresos de Microsoft provienen de fuentes mucho más diversificadas que las de compañías como Apple, que depende en un 60% de las ventas del iPhone, o como Google, que obtiene cerca del 90% de la publicidad.

La valoración específica podría alterarse con los vaivenes del mercado en cualquier momento, pero la situación es la que es: Microsoft vuelve a ocupar un lugar muy relevante en el escenario de la tecnología, y algunos analistas como Morgan Stanley creen que su valor podría llegar a duplicarse en un año y a superar la barrera del billón de dólares.

Estamos muy acostumbrados a que el mapa de la industria tecnológica sea enormemente dinámico y se redibuje cada poco tiempo: las empresas relevantes en este escenario no son las mismas que lo eran hace dos o tres décadas. Pero la vuelta a la relevancia de Microsoft es fruto de una transformación brutal que sitúa a Nadella en el elenco de directivo míticos – una transformación muy bien narrada en su libro Hit refresh, convertido ya en un clásico del management – y es, sin duda, una buena noticia para todos.