Cloudflare 1111

Cloudflare, una de las compañías más interesantes y relevantes en la provisión de servicios de resolución de DNS (la correspondencia entre los nombres de los dominios de las páginas, fáciles de recordar, y las direcciones numéricas que realmente designan los servidores en la red), utiliza la fecha del primero de abril, April Fools’ Day, 4/1, para llevar a cabo el lanzamiento de 1.1.1.1, un servicio gratuito de provisión de DNS para usuarios que pretende resolver algunos de los problemas más importantes de la internet actual, tales como la censura o la falta de privacidad. Lanzar el servicio en April Fools garantizaba un cierto nivel de exposición, como en su momento hicieron compañías como Google con el lanzamiento de Gmail, pero podía plantear problemas de credibilidad y de llegada a ciertos públicos, razón por la que he pensado que podía ser interesante comentarlo aquí.

Algunos usuarios tienen ya cierta familiaridad con la importancia de los servicios de resolución de DNS, a través de proyectos como Google Public DNS, un servicio lanzado en diciembre de 2009 por Google que proponía utilizar las direcciones 8.8.8.8 y 8.8.4.4 como sistema de gestión de DNS, que muchos adoptamos por su buen rendimiento y por su capacidad de independizarnos de los servidores de DNS ofrecidos por otros gestores de redes, como nuestros proveedores de conexión u otros. Las DNS públicas de Google alcanzaron una cierta popularidad y relevancia cuando el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdoğan, tomó la decisión, en mayo de 2014, de bloquear Twitter para evitar la difusión de noticias relacionadas con la trama de fraude y corrupción que presuntamente afectaba a su gobierno, y las direcciones en cuestión fueron diseminadas y compartidas por ciudadanos turcos a través de todo tipo de soportes, incluyendo pintadas en las calles. El servicio ha sido utilizado en muchas otras ocasiones para intentar combatir este tipo de censura gubernamental en otros países.

Cambiar los servidores de DNS de una conexión resultaba razonablemente sencillo de hacer, al alcance prácticamente de cualquier usuario, y los únicos problemas eran la ocasional molestia para conseguir entrar en algunas redes WiFi que pretendían utilizar las suyas. Se trata simplemente de editar las preferencias de red del equipo y situar la dirección deseada en lugar de los servidores de DNS que aparecen. La contrapartida, lógicamente, era que Google pasaba a tener la capacidad de saber por qué sitios habías navegado: la compañía, de manera completamente transparente, siempre ha dejado claro que la información que se guardaba en los servidores eran la dirección IP del usuario, que era eliminada pasadas las 24 horas, su ISP y la información de localización de las mismas, que se mantenía de manera permanentemente. 

El servicio propuesto por Cloudflare pretende, en primer lugar, mejorar la eficiencia y la velocidad frente al ofrecido por Google. Las direcciones que utiliza para ello son 1.1.1.1 y 1.0.0.1, insertadas, como ya hemos comentado, en las preferencias de red del equipo. Pero más allá de esa cierta ganancia en la velocidad de navegación, lo que realmente pretende es ofrecer privacidad, una de las demandas más importantes y crecientes del momento: la compañía se compromete a no escribir en disco en ningún momento las direcciones IP de los usuarios y a eliminar todos los ficheros log cada veinticuatro horas, y además, encarga a una auditora, KPMG, que dé fe de ello auditando sus prácticas y su código, y publicando un informe anual que confirme que la compañía mantiene ese compromiso. En el mundo corporativo actual, resulta difícil plantearse ofrecer más garantías que esas.

Utilizar como servidor DNS la dirección 1.1.1.1 no es una solución universal, pero sí ofrece una alternativa interesante y que conviene recordar para problemas como la censura y la privacidad, construida además con los mimbres adecuados. Cloudflare no vive de ofrecer este tipo de servicios: la resolución de DNS es ofrecida de manera complementaria y gratuita, pero los servicios fundamentales de los que la compañía extrae su rentabilidad y su reputación son cuestiones como las redes de distribución de contenidos (CDN, o Content Delivery Networks), o servicios de seguridad como la respuesta a ataques de denegación de servicio. Con el lanzamiento de un servicio gratuito y para usuario final, la compañía escala en visibilidad, y consigue además hacer una contribución a una red más rápida, segura, privada y resistente a la censura en un momento en que cada vez más usuarios comienzan, por fin, a tener cierta conciencia de la importancia de este tipo de cuestiones. Sin duda, una iniciativa interesante.

 

Facebook y Cambridge Analytica: sólo un síntoma de un problema más grande de Denken Über

Cuando The Guardian arrancó con las revelaciones sobre Cambridge Analytica usando datos de Facebook para influir en la campaña presidencial de Trump y comenzó todo el escándalo sobre la privacidad, preferí escuchar y ver cómo se iba desarrollando algo que tiene tantas aristas que gran parte de la cobertura es, cuando menos, parcial o desinformada.

Para arrancar me gustaría dejar en claro algunos puntos:

  • ¿Usó Cambridge Analytica tus datos privados? Hasta casi 2016 estos datos eran accesibles por la API de Facebook; luego de eso sinceramente no está claro si hubo acceso indebido.
  • ¿Qué hizo mal Cambridge Analytica con tus datos de Facebook, entonces? Venderlos a un tercero, en este caso la campaña de Trump que mostraba avisos perfilados.
  • ¿Cómo convirtieron los datos en un arma? Simplemente por volumen y aplicación de patrones psicológicos (esos que los programadores dicen que son irrelevantes), para luego convertidos en algoritmos para escalar.
  • Borraste Facebook. ¿Ya está? En realidad deberías dejar de usar Google, Android, Alexa y los permisos que les diste a todas esas apps antes de borrar todo.
  • Sin el uso de estos datos, la mitad de los servicios y apps que estás usando gratuitamente no existirían.

Esto no es nuevo, ya en 2009 escribí sobre el Gaydar Experiment, uno uno de los experimentos más provocativos, estúpidos y hasta discriminadores que conocí: definir tu sexualidad con sólo analizar tus contactos.  En 2011 se podía establecer una inclinación política en base a likes, y en 2015 se predecía el color de piel en base al mismo parámetro. Es decir que hace tres años con sólo tener acceso a los likes ya se podía perfilar tu sexualidad, el color de tu piel, tus preferencias políticas y tu posición frente a ciertos temas (armas, aborto, etc.) para mostrarte publicidad… incluso a tus amigos. Ninguna sorpresa acá, esto es el modelo de negocios de Facebook, Google y del ad-tech space.

Un detalle que quizás muchos no están viendo es que por ahora ninguno de esos datos compartidos dicen que una persona es X, Y, Z, sino que sirven sólo para saber que un usuario dio más de x cantidad de likes, y el resto son algoritmos. Ahora sumen a nuestros amigos de las empresas de retargeting que unen esos datos a tu historial de navegación; sumen que para usar Messenger en Android, Facebook también tiene acceso a tus SMS, contactos, prioridad de llamadas y son capaces (no Facebook sino una empresa de UK) de determinar hasta cuando tenés una amante (con su perfil también) al hacer un match de preferencias… simples inferencias determinadas por algoritmos que tienen apenas un 93% de probabilidad de acierto.

No hay bugs, sólo features que son explotadas… esto es el core del negocio

Facebook pide perdon de nuevo
Facebook pide perdón de nuevo, como hace desde 2010 pero ahora en diarios en papel

Por ahora todo esto que dije no rompe absolutamente ninguna regla. ¿Entonces donde está el problema? En que uno puede adquirir esa data y hacer lo que quiera, pero NO venderla a terceros y es ese punto exacto en el que Facebook espera que todos nos fijemos. De hecho nos viene pidiendo disculpas desde 2011 cuando comenzaron con su técnica de ir probando límites y pedir perdón ex post facto o sea, cuando el daño está hecho y tu privacidad va perdiendo una guerra de desgaste (en inglés “attrition warfare” suena mejor).

“La gente quiere compartir, en nuestro ánimo de ayudarlos fuimos un poco lejos…”. Facebook 2011.-

Tres años después Facebook adquiriría WhatsApp prometiendo que no iba a ser posible automáticamente perfilar usuarios sumando datos de ambas redes. Cuando se demostró que sí lo hacían, la UE le puso una multa inferior al 0.8% del valor de la compra. ¿Qué quiero decir con esto? WhatsApp es gratis porque le suma datos a Facebook, sino no podría escalar y sostener la infraestructura que lo sostiene. Como usuario tenés que entender que estás dando algo realmente valioso a cambio, con lo que los remito a los primeros 5 puntos que escribí.

Ahora: si las empresas de Internet sostenidas por publicidad tienen la necesidad de usar tus datos para escalar y convertirse en dominantes; si los organismos reguladores no se van a adaptan a los cambios y piensan en términos de monopolios en vez de regulación de sectores; si los anunciantes piden cada vez perfiles más exactos … ¿en serio esperan que esto cambie?

No quiero ser el pesimista del equipo pero en algún momento una nueva generación de usuarios dejó de darle paso a la Internet resiliente y distribuida para ir a una Internet centralizada en plataformas o jardines vallados que, con una promesa de “efecto de red para conectarte con más personas”, comenzaron a ser gravitantes de una forma tan veloz que muchos fallamos en entenderla.

Múltiples personalidades y el ridículo del monopolio

De hecho lo que muchos no entienden es que durante estos dos años en los que Mark Zuckerberg jugó a ser el nuevo emperador Facebook se enfrentó a un trastorno de identidad disociativo grave por su propia lógica de crecimiento y rentabilidad; por un lado le aseguró al mundo publicitario que nadie mejor que su plataforma para invertir los presupuestos de publicidad; y por otro lado le aseguró a los organismos gubernamentales que “no podemos influir en la conducta de la gente al votar”. Esto hoy termina con Mark Zuckerberg admitiendo que hace falta regulación:

“I actually am not sure we shouldn’t be regulated. I think in general, technology is an increasingly important trend in the world and I actually think the question is more, ‘what is the right regulation’, rather than ‘yes or no, should it be regulated?'”

Pero así como en un momento todos pidieron que haya regulación y enseguida se empezó a hablar de monopolio ¿qué es lo que realmente hay que regular? ¿La publicidad online? ¿El poder de Facebook? ¿El duopolio Facebook – Google? ¿El uso de los datos? Nadie entiende bien qué regular y todos los que opinan tienen algo en juego. De hecho una de las pocas voces sanas en este debate es la de Apple, que mantiene su lógica desde Jobs hasta las nuevas declaraciones de Tim Cook ( y no, no me digan que el iPhone te trackea porque tiene tantos opt-in que es un dolor de cabeza perseguirte!) porque quizás tiene menos en juego que el resto (ni las telcos son neutrales acá).

Move fast and break things… no funciona con tus derechos

El mantra de muchas empresas de Internet no funciona cuando los derechos personales quedan desprotegidos constantemente porque no existe un “deshacer y olvidar”: cuando tus datos son expuestos digitalmente ya quedan dando vueltas. Por eso el caso de Cambridge Analytica es clave.

A fines de 2015 Facebook entendió que se podían descargar, analizar y manipular cantidades monstruosas de datos y dos cosas sucedieron. Primero hicieron un cambio en su API para developers que nadie entendió por qué era tan repentino. Al mismo tiempo se reunieron con Cambridge Analytica y lograron que la empresa prometiera borrar los datos de los 50 millones de usuarios que habían descargado y analizado para la campaña del GOP (también financiado con Bannon), pero la realidad es que ninguna de las dos cosas funcionaron. Las apps encontraron de nuevo cómo retargetear y perfilar gente, y CA nunca borró los datos que fácilmente pueden estar en miles de copias y nunca se van a borrar.

datos de tus telefonos en facebook
Pequeña muesta de los datos tuyos que tiene Facebook Messenger en Android… fijense, desde el primer SMS hasta la última llamada.

Por esto mismo es que digo que el problema no es Facebook, sino la economía de los datos en su forma conceptual actual, ¿o se imaginan que borran Facebook y listo? ¿Entienden que con un Android en tu mano están en la misma, pero cambiando de empresa? ¿O que en realidad si borran $FB les quedan WhatsApp e Instagram que son lo mismo? ¿Y que aún así la cantidad de datos que se siguen comprando son absolutamente monstruosas?

¿Por qué es esto clave? Porque muestra que los datos son persistentes, que los datos privados tienen valor a largo plazo, y porque los diseños de estas plataformas no tienen en cuenta los usos de las mismas por cierta “amoralidad” que parece reinar en el mercado de Silicon Valley, en donde mantras como “la tecnología es neutral” o “los algoritmos son algoritmos y no discriminan” son repetidos con menos empatía que un nene de 5 años.

No. Los algoritmos no son neutrales y toda tecnología puede ser convertida en un arma. Y si no hay salvaguardas previas vamos a sufrir cada día más problemas. Especialmente cuando a la inteligencia artificial se le suma la codicia y la estupidez humana.

Plus codesUna iniciativa de Google es aplicada para solucionar un problema a la hora de intentar ubicar en un mapa lugares en la India rural que carecen de una dirección postal, y se convierte en un desarrollo a escala planetaria que la compañía propone como sistema abierto para todos aquellos que encuentren interesante utilizarlo. En la imagen, por ejemplo, el Plus code que define la dirección de mi despacho en IE Business School: cualquiera puede introducir ese código, indistintamente en letras mayúsculas o minúsculas, en Google Maps, e identificar la dirección de manera inequívoca.

Obviamente, en el caso de la dirección de mi despacho en pleno centro de Madrid, la idea de proporcionar a alguien ese código en lugar de simplemente un nombre de calle y un número resulta más bien poco operativa. Sin embargo, considerando que según una estimación del Banco Mundial, la mitad de las personas en el mundo viven en calles que no tienen nombre y carecen, por tanto, de una dirección postal propiamente dicha, los beneficios aparecen ya de una manera mucho más evidente. Carecer de una dirección postal implica, en muchos casos, la exclusión del acceso a servicios tan básicos o críticos como el correo postal, las entregas de mercancía a domicilio, los servicios de emergencia o el registro de votantes.

Además, Google ha diseñado el sistema en modo completamente abierto y gratuito, lo que permite que cualquiera que quiera utilizarlo e integrarlo en aplicaciones pueda hacerlo si lo desea. En realidad, Plus Codes está basado en los Open Location Codes u OLC, un sistema de geocodificación diseñado por varios ingenieros en las oficinas de Google en Zurich y publicado en Github en 2014 bajo licencia Apache 2.0, como una forma de codificar la ubicación en un formato más fácil de usar que mostrando las clásicas coordenadas de latitud y longitud. Los Plus Codes pueden ser utilizados dentro de Google Maps desde agosto de 2015 o ser visualizados en un navegador añadiendo el código tras una barra a la dirección de la página plus.codes, , y algunos argumentan que, aunque obligan a utilizar el smartphone – que por otro lado prácticamente siempre llevamos encima – para un proceso que hoy, si conoces razonablemente algunas calles, no lo hace necesario, también tiene sus ventajas cuando esas calles no resultan tan obvias o cuando los números no son fácilmente visibles, o como en muchos puntos de mi Galicia natal, cuando una dirección es especificada como la combinación de Lugar, Parroquia y Municipio: un lugar, como tal, puede contener múltiples viviendas, lo que convierte la tarea de localizar una dirección específica en ocasiones en algo no tan obvio. 

El sistema es una cuadrícula que divide la superficie geográfica de la Tierra en pequeñas áreas de mosaico progresivamente subdivididas en áreas cada vez menores, y atribuyendo un código único a cada una de ellas: este código se establece como un formato que cualquier persona puede generar, compartir y buscar utilizando simplemente Google Maps en cualquier dispositivo. Los primeros cuatro caracteres son el código de área, que describe una región de aproximadamente 100 x 100 kilómetros, mientras los últimos seis caracteres son el código local, que describe el vecindario y el edificio, un área de aproximadamente 14 x 14 metros, aproximadamente del tamaño de la mitad de una cancha de baloncesto. Lógicamente, si estás proporcionando una dirección en una ciudad determinada, los primeros cuatro caracteres no son necesarios. Además, se puede agregar otro carácter opcional para proporcionar más precisión hasta definir una región de 3 x 3 metros. Ese nivel de versatilidad permite que puedan ser utilizados, por ejemplo, para designar distintos accesos en un mismo edificio, para proporcionar una ubicación exacta en un camino o carretera rural larga, o para geolocalizar el lugar de un accidente por parte de los servicios de emergencia.

A lo largo de muchos años, el uso de sistemas de coordenadas geográficas especificados mediante longitud y latitud nunca ha llegado a ser utilizado de forma habitual y popular para designar lugares: en general, la mayor parte de los usuarios consideran estos sistemas con grados, minutos y segundos como farragosos y complejos. Lógicamente, se puede argumentar que el sistema de latitud y longitud no es utilizado de manera más habitual porque en muchos casos, con una simple dirección de nombre de calle y número, posiblemente imperfecto, pero decididamente más fácil de memorizar y que no precisa el uso del smartphone y de una aplicación en concreto, resulta razonablemente suficiente. Google, en realidad, encuadra este tipo de ideas y metodologías dentro de lo que considera formas de ofrecer valor a lo que muchos han dado en llamar “the next billion users”, los próximos mil millones de usuarios. ¿Podría llegar a popularizarse el uso de este tipo de códigos – o al menos, a llegar a ser más popular que la combinación de latitud y longitud que casi nadie utiliza – para designar direcciones o lugares geográficos? ¿O se limitará su uso, como propone el modelo original, a quienes de verdad lo necesiten por carecer de una dirección como tal?

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Plus codes: redefining postal addresses” 

 

IMAGE: Maxim Kazmin - 123RFLectura obligada de hoy es la carta que el creador de la web, Tim Berners-Lee, escribe con motivo del vigésimo noveno aniversario de su creación, titulada The web is under threat. Join us and fight for it, publicada simultáneamente en inglés, español, francés y portugués: un alegato que denuncia el asfixiante control de la web por parte de unas pocas compañías y que condiciona, tristemente, el que los próximos veinte años vayan a ser mucho menos innovadores que los veinte anteriores.

En este momento, innovar en la web se ha vuelto enormemente difícil: si no tienes sobre ti el paraguas de unas pocas compañías, tus posibilidades se limitan prácticamente a que te compre alguna de ellas: esas compañías controlan no solo los recursos disponibles y adquieren cualquier proyecto mínimamente innovador que consideren que pueden aprovechar, sino que, además, controlan la difusión de las ideas en la web, con consecuencias por todos conocidas.

Los problemas actuales de la web, el haber contribuido a la expansión de ideas radicales o haber manipulado la democracia condicionando el voto de muchas personas en función de falsos escenarios de confrontación, tienen que ver, además de con una ausencia de educación y de preparación para este tipo de situaciones en los usuarios, con los intereses económicos de estas compañías.

En este sentido, resulta interesantísimo leer, también hoy, a Zeynep Tufekci, profesora en la University of North Carolina y en Harvard, en su artículo en The New York Times titulado YouTube, the great radicalizer, en el que detalla un fenómeno que seguramente muchos hemos podido comprobar cuando entramos en el gran repositorio de vídeos y, tras terminar de ver aquello que acudimos a ver, nos encontramos con esas recomendaciones algorítmicas que pretenden que nos pasemos el resto del día en la plataforma, con recomendaciones que, aparentemente, no podemos dejar de ver. Según experimentos de la autora, esas recomendaciones, destinadas por supuesto a incrementar nuestro tiempo de consumo, tienden a ofrecernos contenido cada vez más radicalizado con respecto al que vimos anteriormente, lo que puede hacer que, durante las pasadas elecciones, si comenzabas viendo un vídeo de un discurso de Trump, terminases recibiendo recomendaciones de supremacistas blancos, de negacionistas del holocausto o de racismo exacerbado. Si por el contrario, comenzando desde una cuenta recién creada, entrabas para ver vídeos de Hillary Clinton o de Bernie Sanders, las recomendaciones de la plataforma te llevaban a ver vídeos conspiranoicos de agencias secretas del gobierno o de supuestas tramas gubernamentales tras el 11S. El fenómeno no se limitaba a la política: si entrabas a ver un vídeo sobre fitness, terminabas viendo contenido sobre ultramaratones. Si consumías vídeos sobre vegetarianismo, rápidamente pasabas al veganismo.

Presumiblemente, no se trata de intereses de Google o de YouTube, más allá del propio interés por que pases más tiempo con los ojos pegados a su plataforma. Si diseñas un algoritmo para incrementar a toda costa el tiempo que una persona pasa en YouTube, ¿cuál es el camino fácil para ese algoritmo? Escoger, de entre todo el contenido disponible, aquel que le ofrece contenidos similares a aquellos por los que demostró interés, pero cada vez más radicales, más exagerados, más extremos. El caso ilustra perfectamente el tema sobre el que Berners-Lee alerta en su carta: los intereses comerciales de unas pocas compañías están jugando un papel tan importante en la evolución y destino de la web, que se han convertido en un serio problema, dado que en muchas ocasiones, esas mismas compañías no entienden lo que tienen entre manos y sus posibles efectos secundarios. Con la excusa de hacer crecer los beneficios de unas pocas compañías, estamos llevando a cabo la radicalización de toda la sociedad, y generando problemas que la propia sociedad va a tener que solucionar.

Según Berners-Lee, la solución está en la regulación. Sinceramente, no lo tengo claro. La regulación, en este mundo compartimentado en el que cada país defiende sus propios intereses, se somete a la soberanía de cada territorio, y resulta completamente inútil en la mayoría de los casos, cuando no abiertamente perversa. La regulación de internet en determinados países persigue criterios abiertamente políticos como privar a sus ciudadanos de determinados contenidos o de la exposición a ciertas fuentes y perspectivas. Buena suerte intentando influir en la regulación de países como Irán, Turquía… o por supuesto China: que el papel de las Google, Apple, Facebook y Amazon en China lo jueguen Baidu, Alibaba y Tencent no es fruto de la mayor brillantez de estas compañías ni de su mejor conocimiento del entorno, sino de una regulación que sistemáticamente ha excluido a otras compañías extranjeras, del mismo modo que los Estados Unidos pretenden ahora hacer con compañías chinas como Huawei o con ZTE. La regulación, en un mundo en el que hemos superpuesto una red global a una regulación parcelada, tiene ahora pocas posibilidades de enderezar las cosas, me temo.

La web es un proyecto en construcción, y nadie dijo que fuese a ser sencillo. Es, seguramente, uno de los proyectos más ambiciosos que hemos visto en la historia, y como tal, está sometido a enormes intereses de cara a su control. En cualquier caso, lecturas muy interesantes, fundamentales, y de fuentes más que autorizadas para decir las cosas que dicen. Si nos lleva a pensar un poco sobre estos temas y a ser un poco más conscientes de determinados fenómenos, ya habremos conseguido un buen objetivo.

 

Google Images button announcementEn el contexto de un juicio por temas relacionados con la propiedad intelectual, sin duda una de las cuestiones más profunda y disfuncionalmente inadaptadas a la era digital que existen, Google tomó la decisión de llegar a un acuerdo extra-judicial con el denunciante, Getty Images, y eliminar ciertas funciones de su búsqueda de imágenes, Google Images, que eran utilizadas de manera habitual por muchísimos usuarios. Concretamente, Google eliminó un botón que permitía ver una imagen de manera inmediata como resultado de una búsqueda, y la posibilidad de buscar más copias de esa imagen con otros posibles tamaños, similares, etc. En menos de dos días, un desarrollador ha ideado la manera de volver a recrear esas funciones mediante una extensión en el navegador. Si quieres poder seguir utilizando Google Images tan cómodamente como lo hacías hasta ahora, ya sabes lo que tienes que hacer.

La eliminación de botón de Google Images constituye un caso claro de innovación negativa. Se debe, simplemente, a las protestas de Getty Images, uno de los comercializadores de galerías de imágenes en la web, que aducía que, en numerosas ocasiones, ese botón era utilizado para la descarga de esas imágenes y su reutilización sin licencia, lo que constituía una violación de la propiedad intelectual. Con la modificación, Google obliga ahora a visitar la página que contiene la imagen, lo que teóricamente permite a esa página exhibir las condiciones de uso de la misma. Google ya situaba en Google Images una advertencia de que las imágenes mostradas podían estar sujetas a derechos de propiedad intelectual, advertencia que ahora se ha situado, además, de manera más prominente.

¿Cuál es la función de un buscador de imágenes? Muy sencillo: buscar imágenes. Sin duda, Google Images es un gran producto: permite encontrar una imagen con facilidad de manera directa o inversa, y muchos usuarios lo utilizamos de manera habitual. Los cambios planteados simplemente convierten determinadas funciones en un proceso más incómodo, añaden pasos suplementarios o generan leves dificultades en el proceso. No van más allá de eso, pero el problema no está en el hecho, sino en su significado: teniendo algo que funciona de maravilla, Google decide estropearlo y convertirlo en más incómodo simplemente porque una compañía les está denunciando porque algunos usuarios pueden utilizar el producto para descargar imágenes sobre las que tienen derechos.

La cuestión es tan profundamente estúpida y disfuncional, que creo que merece una reflexión sobre el tipo de web que estamos creando. En la web, toda imagen que ves en tu navegador se ha descargado a tu ordenador, y toda imagen que veas en pantalla puede, además, ser capturada mediante un procedimiento simple, una combinación de teclas. Tanto Getty Images como Google, obviamente, saben esto perfectamente. Cuando toman conscientemente la decisión de estropear funciones de búsqueda de Google Images y convertir con ello Google Images en un buscador peor, con menor funcionalidad, lo hacen sabiendo perfectamente cuántos usuarios recurren a esa función todos los días. Y aún así, deciden llevarlo a cabo, simplemente porque “alguien puede hacer algo” y a Getty Images no le gusta que lo hagan. Se puede seguir haciendo porque en el fondo todos sabemos que la web funciona así, pero dado que no se puede impedir, pretenden al menos que sea más incómodo.

¿Quién gana qué con una decisión así? ¿En qué momento compensa a alguien  eliminar esa función, sabiendo además como sabemos que en un plazo breve, volverá a estar disponible para quien la necesite mediante algún tipo de procedimiento desarrollado por algún usuario? ¿Pretenden de verdad iniciar una carrera absurda persiguiendo ahora a quienes desarrollen ese tipo de extensiones, o demandando a Google que las elimine de su catálogo (lo cual no conseguiría nada, porque se podría instalar desde otra página)?¿Simplemente pretenden que descargar imágenes sea marginalmente más difícil, para así poder vender que han conseguido una reducción del número de usuarios que lo hacen? ¿Que únicamente puedan hacerlo aquellos que tienen la mínima cultura necesaria como para saber instalar una extensión en un navegador? ¿Qué extraña lógica poseen compañías como Getty Images? Si tu negocio consiste en impedir que otros accedan a una serie determinada de bits en internet, tu negocio en realidad no existe, es solamente una ficción inadaptada. La web no funciona así.

Si quieres impedir que otros utilicen tus imágenes poniéndoles una marca de agua, tienes un problema: los que adquieren los derechos de uso de esas imágenes tienen derecho a ponerlas en sus páginas – para eso han pagado por ellas – sin esa marca, y las imágenes podrán ser descargadas de esas páginas sin ningún tipo de problema (pocas cosas hay más patéticas que los intentos de evitarlo técnicamente). Seguramente, sabrán que al hacerlo están violando unos derechos de propiedad intelectual, pero dado que la propiedad intelectual es tan patéticamente absurda en los tiempos que vivimos, tan profundamente inadaptada a internet, y es muchísimo más una manera de proteger al intermediario que de proteger al creador, es más que posible que les dé lo mismo. La cuestión es muy sencilla: quien quiere descargarse una imagen en internet, puede hacerlo. Siempre. Tu única esperanza como explotador de derechos de propiedad intelectual es conseguir que, aunque pueda, no quiera hacerlo.

Utilizar una imagen en una presentación o en cualquier otro sitio con una marca de agua sobre ella, o torpemente disimulada mediante un programa de edición es algo habitualmente considerado impresentable. Quien quiere violar la ley – por estúpida que la ley sea – y utilizar esa imagen en cualquier caso, o buscarse las vueltas para encontrarla sin esa marca de agua, puede hacerlo. Y lo que resulta profundamente absurdo y disfuncional es rediseñar un servicio bueno en función de lo que algunos podrían hacer con él, perjudicando así al resto de usuarios que simplemente pretendían utilizar ese producto. Lo comentamos hace poco cuando hablamos de la nueva tienda de Amazon sin cajeros: es teóricamente posible que alguien vaya a esa tienda pretendiendo robar un producto, y es teóricamente posible que, a pesar de la existencia de cámaras y sensores, lo consiga. ¿Quiere eso decir que deberíamos rediseñar toda la tienda y ofrecer a los usuarios una experiencia peor, subóptima, para evitar que algunos puedan robar? No. Lo que hay que hacer es asumir que nuestros usuarios, por defecto, no son ladrones, sino personas normales. Si diseñas tu producto y tu experiencia de usuario para casos marginales, lo harás mal.

Por muy anecdótico que nos parezca el detalle, planteémonos si con acciones como la de Getty Images se consigue algo. Y si Google realmente hizo bien eliminando el botón en cuestión. Desarrollar y afinar el sentido común es posible que lleve algún tiempo. Pero tras más de veintiocho años de web, deberíamos ir adquiriéndolo…