Google ChinaMás de 1,400 empleados de Google han firmado una carta que circula a través de las herramientas internas de comunicación de la compañía demandando más transparencia con respecto al llamado Project Dragonfly, un plan para el relanzamiento de su motor de búsqueda en China cumpliendo con los requisitos de censura de su gobierno. Según el texto de la carta, el proyecto implicaría una decisión de la compañía que plantea cuestiones morales y éticas urgentes para los empleados de la compañía, que consecuentemente reclaman tener acceso a toda la información necesaria para tomar decisiones éticamente informadas sobre su trabajo, sus proyectos y su empleo.

La relación de Google con China tiene ya una importante historia. Tras el lanzamiento de Google China en el año 2006, el motor de búsqueda llegó a alcanzar un 36.2% de la cuota de mercado hasta que, en enero de 2010, a raíz de un incidente con hackers gubernamentales intentando extraer información de Gmail sobre las actividades de supuestos activistas, la compañía tomó la decisión de retirarse del país. Desde entonces, la cuota de mercado del buscador de Google, gestionado desde Hong Kong, se ha reducido a porcentajes meramente testimoniales. En varias ocasiones han surgido rumores sobre la posible vuelta de Google a ese mercado, que, por otro lado, ha seguido reclamando la atención de la compañía en aspectos como el acceso de las universidades y el talento chino a herramientas como Tensor Flow o la inversión en jugadores importantes en el escenario de la internet china, pero hasta el pasado 1 de agosto, cuando un artículo en The Intercept reveló los posibles planes de la compañía.

La carta de los empleados de Google responde, básicamente, al problema que supone enterarse por los medios de una decisión corporativa polémica que, en muchos casos, genera problemas éticos o morales a quienes pueden, de hecho, estar colaborando con su trabajo a que esa decisión pueda materializarse. El pasado mayo, la compañía experimentó otro momento similar por las protestas de muchos de sus empleados ante la participación en el llamado Project Maven del Departamento de Defensa, en el que se hacía uso de tecnologías de reconocimiento de imágenes para fines militares. Los problemas de Google se saldaron con el anuncio de la compañía de que no renovaría su acuerdo para la participación en el proyecto del DoD y con la publicación de una declaración corporativa de principios éticos sobre el uso de la inteligencia artificial, pero otras compañías tecnológicas han experimentado protestas similares, como Microsoft a cuenta de las relaciones de la compañía con la Immigration and Customs Enforcement (ICE) o con Amazon por el uso de su tecnología de reconocimiento facial por parte de la policía.

Sin duda, el activismo interno, los conflictos entre la muchas veces difusa ética corporativa y la ética de sus empleados, se está convirtiendo en un importante elemento a tener en cuenta en la estrategia empresarial. En muchos sentidos, estamos pasando de una idea inicial, propia de la revolución industrial, de trabajador obligado a hacer todo aquello que su compañía le ordena que haga, a una más madura en la que el trabajador posee unas convicciones éticas propias y puede negarse a llevar a cabo determinadas tareas si cree que esas acciones o sus consecuencias infringen de alguna manera esas convicciones. Este tipo de actitudes plantean un problema a las compañías, que ven complicado reducir su decisión al simple despido del trabajador sin que ello pueda llegar a suponer un problema de imagen o pueda conllevar acciones de protesta colectivas en solidaridad con la persona despedida llevadas a cabo por otros trabajadores.

Las compañías tecnológicas son especialmente propensas a este tipo de movimientos, porque sus empleados forman parte, en muchos casos, de un grupo relativamente privilegiado que se mueve en un mercado de trabajo susceptible de ofrecerles oportunidades rápidamente si deciden salir de su compañía. Esa situación de menor riesgo percibido, unido a procesos de reflexión constantes sobre los elementos que rodean el avance tecnológico, está llevando a que ese tipo de procesos de activismo interno se estén convirtiendo en cada vez más habituales. Y a medida que este tipo de acciones, cartas o protestas de los trabajadores de las compañías se van popularizando, se genera una situación en la que sus directivos tienen que ser necesariamente conscientes de que no todo está permitido en su estrategia, dado que si esta llega en algún momento a plantear problemas de naturaleza ética o moral a sus trabajadores, podría llegar a suponer un importante problema no solo de imagen, sino incluso de retención o captación de talento.

Cada vez más, dirigir una compañía implica ser consciente de las implicaciones éticas o morales de nuestras decisiones y de los posibles conflictos que puedan generar en sus trabajadores. Pretender restringir los dilemas éticos al ámbito de unos departamentos de responsabilidad social corporativa (RSC) convertidos prácticamente en herramientas capaces de justificar cualquier cosa o de cerrar los ojos ante determinadas prácticas va a resultar cada vez más insostenible. Las compañías no se dirigen de manera asamblearia, pero las empresas o directivos que no sean capaces de desarrollar la sensibilidad necesaria para entender ese tipo de cuestiones se enfrentarán a una previsible escalada de ese tipo de protestas, y a procesos que pueden interferir en muchos casos de manera definitiva con los grados de libertad de la compañía ante determinadas opciones estratégicas. La visión de una compañía como un ejército en el que sus soldados se mueven en función de una férrea disciplina resulta cada día más insostenible y trasnochada.

La decisión de Google de volver al mercado chino es sin duda compleja, está rodeada de innumerables matices, y es fundamental, dado el volumen de ese mercado, para el futuro de la compañía, pero podría plantear un serio problema si el proceso de reflexión sobre ella no se hace de manera que pueda aspirar a hacerla compatible con los principios morales y éticos de muchos de sus empleados. Que surjan protestas similares en otras compañías, aunque por el momento tiendan a restringirse a la industria tecnológica debido a sus especiales circunstancias, es algo que debería hacernos reflexionar. Y que, por otro lado, no creo que sea en absoluto una mala cosa.

 

IMAGE: Stuart Hampton - Pixabay (CC0)Según una reciente encuesta de Gallup y la Knight Foundation, el 85% de los norteamericanos piensan que las plataformas sociales no hacen suficiente para combatir la difusión de las noticias falsas, y la mayoría adscriben a estas plataformas la responsabilidad sobre la veracidad del contenido.

Como ya he comentado en numerosas ocasiones, el problema de las noticias falsas no está en las plataformas sociales, sino en los usuarios, y concretamente, en su ausencia de pensamiento crítico. La falta de pensamiento crítico es lo que lleva a una persona a creerse una noticia simplemente “porque la ha visto en Facebook”, porque “le ha llegado por WhatsApp” o porque “es el primer resultado en Google”, del mismo modo que el deseo de obtener notoriedad o apreciación social es lo que le lleva no solo a creérsela, sino además, a compartirla con sus amigos. En la práctica, lo que un porcentaje elevadísimo de norteamericanos están diciendo con esta encuesta no es ni más ni menos que “somos demasiado estúpidos para usar internet, y demandamos a las plataformas sociales que nos protejan”.

No, el problema no son las noticias falsas, y las plataformas sociales no pueden proteger a los usuarios de sí mismos. Proteger a alguien que es demasiado estúpido para protegerse a sí mismo es un problema, porque impide que Darwin actúe como debería. Durante toda la historia de la humanidad, hemos tenido herramientas que permitían que una persona accediese a información: hace años que disponemos de bibliotecas, pero como requerían de un cierto esfuerzo para informarse en ellas, mantenían suficientemente alejados de manera natural a los que eran demasiado estúpidos como para utilizarlas. Internet, sin embargo, pone toda la información a un clic de distancia de cualquier persona, y con ello, permite que cualquiera, incluso aquel que es demasiado estúpido como para racionalizar mínimamente lo que está leyendo, acceda a ella. En ese sentido, las redes sociales deberían evitar ser utilizadas como herramientas de manipulación masiva, deberían intentar identificar estrategias destinadas a promover la viralización de determinados mensajes y deberían, como ya están intentando hacer, tratar de eliminar mensajes que inciten a la violencia o al odio, pero no pueden – ni deben – convertirse en jueces de lo que circula por ellas. Son, simplemente, un canal, con algunas reglas que deberían ser lo más transparentes que sea posible. En gran medida, el papel de protegerse contra la desinformación, las noticias falsas o las estafas tiene que recaer, nos pongamos como nos pongamos, en los usuarios.

Una estafa es una estafa, y quien la lleva a cabo es un estafador. Y la ley cuenta con mecanismos para proteger a las personas de los estafadores, aunque pueda ser que la universalidad de internet convierta esa posible persecución en ocasiones en un verdadero reto. Pero ¿qué debemos hacer con el enésimo estúpido que responde a un correo electrónico de un supuesto dictador nigeriano que le pide sus datos bancarios porque le asegura que le va a transferir muchos miles de millones de dólares? ¿De verdad puede alguien pensar que la responsabilidad sobre eso corresponde a una herramienta de correo electrónico, a la compañía que la gestiona, o a la red social a través de la cual le llega ese mensaje? ¿No sería más correcto y factual asumir que esa persona era, sencillamente, demasiado estúpida como para utilizar internet? Lo que deberíamos hacer no es bramar contra internet y sus actores, sino, sin renunciar a perseguir, lógicamente, a quien lo haya estafado, intentar que ese usuario adquiera educación para que no vuelva a cometer errores de ese tipo, y entienda de una vez por todas que las cosas que son demasiado bonitas para ser verdad es, sencillamente… porque no son verdad.

La solución, lógicamente, no es intentar construir “una internet a prueba de estúpidos”, sino educar a los usuarios para que aprendan que no todo lo que leen en Facebook, lo que aparece como resultado en una búsqueda de Google o lo que les llega por WhatsApp es necesariamente cierto. El problema, por supuesto, es que para muchos, las mentiras más falaces y evidentes son ni más ni menos que lo que quieren creer, aquello de lo que han decidido convencerse a sí mismos o incluso, en muchos casos, de lo que aspiran a convencer a los demás: lo hemos visto en numerosas ocasiones, cuando una red social etiqueta una noticia como falsa, y miles de estúpidos corren a difundirla más aún, retroalimentada con eso de “lo que Facebook no quiere que leas”. Y las noticias falsas ni siquiera son patrimonio de internet o de las redes sociales: muchos medios tradicionales, como periódicos o televisiones, participan también en su difusión, en busca de la noticia fácil, de la generación de atención a toda costa, o, por qué no, intentando crear estados de opinión en el público que consideren coherentes con su línea editorial. Lo único que internet y las redes sociales han hecho es disminuir las barreras de entrada a la publicación: ahora, cualquiera puede convertirse en un medio de comunicación, del mismo modo que cualquiera con suficientes medios puede simular una audiencia de cierto tamaño que se escandaliza con un tema determinado o que aparenta un fuerte apoyo a unas ciertas tesis.

Pedir a las redes sociales que sean transparentes con respecto a sus procedimientos, que intenten impedir procesos de manipulación o que intenten limitar la difusión de mensajes que inciten al odio puede ser adecuado. Pero centrar el problema de las noticias falsas en el canal es un grave error, porque la gran verdad es que la verdadera responsabilidad está en los usuarios. Podremos, a lo largo de una generación y si nos ponemos seriamente a ello, construir sistemas educativos que se centren en reforzar el pensamiento crítico, que no tomen como verdad nada por el simple hecho de que esté escrito en un libro, en una pantalla o que lo hayamos visto en un vídeo. Pero negar la responsabilidad del usuario es como obligarnos a etiquetar un microondas con una pegatina de “no lo utilice para secar a su mascota” por si a algún imbécil se le ocurre meter a su gato dentro y después, además, va y nos denuncia: un recordatorio permanente de que algunas personas son demasiado estúpidas ya no para usar un microondas, sino para vivir en sociedad. Y por supuesto, para usar internet.

 

IMAGE: AppleCanalys publica estimaciones sobre las ventas del Apple Watch, un producto indudablemente exitoso – unos 3.5 millones de unidades vendidas tan solo en el segundo trimestre de 2018 – pero cuyas cifras reales de ventas han sido reportadas siempre por la compañía dentro de la categoría “Otros productos” junto con líneas como Apple TV, Beats, Airpods o HomePod, entre otros, lo que impide saber, más allá de estas estimaciones de mercado, el número real de unidades vendidas.

Las cifras de Canalys muestran una panorámica muy interesante, y habitual para los que seguimos regularmente a la compañía: la salida del producto en abril de 2015 marcó prácticamente el momento de la verdad para toda la categoría smartwatch, por supuesto no inventada por Apple, pero sí, como suele ser la metodología de la compañía, reinventada en torno a un cuidado diseño y unos casos de uso redefinidos.

En realidad, el concepto smartwatch llevaba dando vueltas en el mercado bastantes años sin ningún éxito hasta que una pequeña startup, Pebble, lo revolucionó lanzando un modelo en Kickstarter y demostrando que el mercado podía estar interesado en un concepto así. Antes de quedarse sin gasolina y terminar siendo adquirida por Fitbit, Pebble llegó a vender varios millones de smartwatches, y prácticamente dio origen a todo un segmento dentro de la electrónica de consumo. Sin embargo, el anuncio del Apple Watch en septiembre de 2014 detuvo prácticamente las ventas en ese segmento: el mercado en general decidió esperar al dispositivo de Apple, que no se puso a la venta hasta abril del año siguiente, y lo convirtió en líder absoluto de su mercado hasta alcanzar, en el año 2017, una cuota de más del 60% sobre las ventas del cuarto trimestre.

Mientras, Google repitió en ese segmento la estrategia que tan bien le había funcionado con Android: lanzó una plataforma, Android Wear, y la abrió a fabricantes para que la explotasen lanzando sus propios modelos, dando lugar a un vibrante ecosistema de relojes de todo tipo más o menos especializados. A lo largo del tiempo, distintas marcas han ido haciéndose hueco con posicionamientos variados, y a pesar de que, presumiblemente, el Apple Watch sigue representando una interesante categoría con un muy interesante margen para la marca de Cupertino, su cuota de mercado sobre ventas de dispositivos nuevos ha ido disminuyendo hasta situarse, en el segundo trimestre de 2018, en el 34%. La estrategia de Apple, en el caso de su último modelo, ha sido la de comercializarlo, en países como China o India, a través de operadoras, aprovechando su conectividad LTE, y de hecho, ha sido el modelo más vendido en el mercado asiático, con más de un cuarto de millón de unidades.

El patrón estratégico de Apple vuelve a ponerse de manifiesto: reinventar una categoría, marcar los estándares en ella, pero aceptar a partir de ahí su papel de marca que no es para todo el mundo, mientras otras compañías aprovechan el tirón de esa nueva categoría. El posicionamiento del Apple Watch es el que es: un modelo con nulas variaciones, únicamente en función de los materiales utilizados en su carcasa, y un precio que le permite mantener un margen muy interesante: en 2015, IHS calculaba que el Apple Watch más bajo de la gama, vendido por un precio de 350 dólares, tenía un coste de fabricación de alrededor de 84 dólares. Aún cuando algunas estimaciones posteriores consideraban ese estudio de IHS equivocado y situaban el coste en números más elevados, no cabe duda que la categoría brinda a Apple un importante margen de beneficio y, sobre todo, se convierte en un detalle más dentro del universo de integración que ofrece a sus usuarios, que no simplemente llevan el smartwatch en su muñeca, sino que además lo utilizan para cuestiones que van desde la estimación de su actividad física hasta el desbloqueo de sus ordenadores, tras desbloquear el propio reloj, en muchos casos, con sus iPhones.

La estrategia de mercado de Apple resulta, cuando mínimo, llamativa: mientras otras marcas se obsesionan con la cuota de mercado como indicador principal, Apple asume un papel en el que, claramente, una parte importante del mercado corresponderá a interesados en el concepto smartwatch que no accederán a sus productos, y que preferirán, por las razones que sean, productos de marcas que, en general, tienden a obtener márgenes muy inferiores, como es bien sabido que ocurre en otras categorías como los ordenadores o los smartphones. A partir de ahí, el futuro de la línea de productos depende de cuestiones como la integración  – la mayor parte de las ventas se producen a clientes que ya cuentan con otros dispositivos de la marca – y dependen fundamentalmente de la renovación de la línea con nuevos modelos. En el segundo trimestre de 2018 se estima que se han vendido unos 10 millones de smartwatches de los que Apple ha vendido 3.5, pero la marca, con esas cifras, está probablemente más que satisfecha, y de hecho probablemente anticipe una situación de equilibrio del mercado dentro de un tiempo en torno a una cuota de mercado aún más baja.

Por otro lado, pocos dudan ya que el smartwatch es el futuro del reloj: tras probarlo, la mayoría de los usuarios se acostumbran a funciones que van mucho más allá de simplemente ver la hora, funciones que echan sistemáticamente de menos cuando tratan de volver, por cuestiones que van desde lo estilístico hasta lo sentimental, a sus antiguos relojes, cuyas ventas siguen cayendo año tras año sin ninguna esperanza real de recuperación. Cuando te acostumbras a que el aparato que llevas en tu muñeca te avise de los correos electrónicos, monitorice tu actividad física, te permita pagar en una tienda o te proporcione recordatorios de todo tipo, no vuelves a mirar a los dumb watches de la misma manera, y lo normal es que estos pasen a vivir habitualmente dentro de un cajón. ¿Necesitamos un aparto más de electrónica de consumo adosado a nuestra muñeca? Posiblemente no, pero utilizarlo es muy cómodo para muchas cosas, y sin duda, tiende a convertirse rápidamente en un hábito, en una costumbre. Tan solo en el segundo trimestre de 2018, diez millones de personas han decidido poner un smartwatch en su muñeca, dando lugar a un mercado cada vez más consolidado, que muestra escasos síntomas de contracción, y en el que Apple, a pesar de su cuota de mercado descendente, se sigue manteniendo como la compañía que marca los estándares y las tendencias en él, con importantes picos de venta cada vez que lanza un nuevo modelo y con el resto de marcas mirando atentamente sus novedades. ¿Cuota de mercado? ¿Quién la necesita, cuando se puede tener un buen margen? Sin duda, un análisis estratégico interesante.

 

Data Transfer ProjectTechCrunch publicó ayer una noticia, Facebook, Google and more unite to let you transfer data between apps,  sobre el Data Transfer Project (DTP), una iniciativa que en su creación agrupa nada menos que a Google, Facebook, Microsoft y Twitter, y que se define como una plataforma de código abierto para la portabilidad de datos entre aplicaciones a la que cualquier servicio puede unirse.

La noticia levantó automáticamente suspicacias entre una buena parte de lectores: en un momento en que el uso de los datos personales de los usuarios por parte de las plataformas digitales se han convertido en una fuente de preocupación creciente, la idea de tener a cuatro gigantes de la industria aparentemente compartiendo los datos que poseen de sus usuarios podría ofrecer una imagen casi orwelliana y distópica, del tipo “hagas lo que hagas, lo vamos a saber todo de ti”. La idea, sin embargo, funciona de otra manera, y no apunta de hecho a la compartición de datos para su explotación por parte de esas compañías, sino más bien a ofrecer al usuario un control mayor de esos datos personales que le permita plantearse determinadas situaciones, como la transferencia de preferencias o hábitos construidos en un servicio a otro, la transferencia efectiva de los datos de servicios que cierran, etc.

Tomando como referencia el desarrollo de GDPR en Europa, algunos servicios han comenzado a tomarse necesariamente en serio la idea de otorgar al usuario control sobre sus datos. Compañías como Facebook, por ejemplo, incorporaron recientemente opciones que permiten que un usuario se descargue todos los datos que la compañía tiene sobre él, típicamente un archivo enorme que recoge muchísimos datos de muy diversos tipos. Sin embargo, este tipo de opciones, más allá de satisfacer la curiosidad o hacer algunos cambios en el perfil, no ofrecen, de hecho, demasiadas posibilidades prácticas. En realidad, lo que deberíamos poder hacer con esos datos es, si así lo deseamos, utilizarlos en otros servicios, como por ejemplo intentar localizar a nuestros amigos en otra red social, transferir fácilmente nuestras imágenes sin tener que descargarlas todas y volverlas a subir, etc.

La idea, expresada en este white paper, es permitir rutas de intercambio de datos que únicamente se utilizarían a petición de los usuarios, en una plataforma abierta a cualquier servicio que quiera darse de alta en ella y cumplir los estándares de sus APIs. Menos siniestro de lo que inicialmente podía sonar, aunque obviamente, no exento de peligros, precisamente por el hecho de pretender abrirse a cualquiera que así lo solicite. ¿Hasta qué punto puede ser un usuario completamente consciente de las posibles consecuencias de intercambiar datos entre plataformas digitales? ¿Podría ser posible una explotación de esta plataforma que permitiese, por ejemplo, engañar a un usuario para que transfiera sus datos a un servicio que pretenda explotarlos maliciosamente? ¿Podríamos llegar a encontrarnos, por ejemplo, con esquemas de phishing que suplanten a un servicio legítimo y que ofrezcan algún procesamiento potencialmente interesante o atractivo de los datos para algunas personas – recordemos aquellas siniestras aplicaciones del tipo “averigua quién te tiene bloqueado”, por ejemplo, ya con una larga historia – y que permitan generar bases de datos para su explotación al mejor estilo de Cambridge Analytica?

Algunas aplicaciones, como por ejemplo Flickr, ofrecen la posibilidad de descargarnos todas nuestras fotografías, algo que muchos nos planteamos en algún momento reciente al hilo de las noticias en torno a la venta de Yahoo!. Ese archivo, sin embargo, no resultaba demasiado operativo. ¿Puede una plataforma de este tipo ofrecernos una salida fácil de nuestras fotografías, incluyendo por ejemplo sus comentarios u otras funciones sociales, a un servicio alternativo, ante el cierre o el cambio de condiciones del original? Sin duda, eso reduciría los costes de cambio y sería positivo, siempre que se produjese con las adecuadas garantías.

Las iniciativas que ofrezcan al usuario un mayor control de sus datos parecen, en principio, una buena idea, y de hecho, desarrollan servicios que más tarde o más temprano serán muy posiblemente convertidos en una obligación. Sin embargo, debemos tener en cuenta algunas precauciones al respecto:

  • Los datos en propiedad de algunas plataformas exceden con mucho lo que muchos usuarios son capaces de imaginar, y ofrecen posibilidades analíticas que muchos usuarios no alcanzan a plantearse ni a imaginar.
  • La cultura media de los usuarios en lo referente a la gestión de sus datos personales está muy lejos de ser elevada. Posiblemente mejore a medida que la educación incorpore este tipo de cuestiones a todos los niveles, pero ahora mismo, es sin duda muy baja, como puede comprobar cualquiera que se dedique a hablar o escribir en público sobre estos temas.
  • Siguiendo la mítica frase del tío de un superhéroe de Marvel, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”: una plataforma de este tipo debería tener esto en cuenta y, sin abandonar una vocación por la apertura, ser capaz de controlar la aparición de posibles malos actores interesados en una explotación potencialmente perniciosa para el usuario.
  • Cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad, es inequívocamente porque es demasiado bueno para ser verdad. Deberemos desconfiar automáticamente de toda oferta de uso de los servicios de este tipo de plataformas que no haya sido iniciada por nosotros de manera inequívoca, y plantearnos qué puede haber realmente detrás de ella.

¿Siniestro? En absoluto, y de hecho, no solo no parece una mala iniciativa, sino que es un paso en la dirección correcta. Sin embargo, habrá que estar atentos a su evolución y a los posibles usos maliciosos que pueda llegar a generar.

 

La UE multó a Google con $5000 millones por practicas ilegales de Denken Über

Finalmente la Unión Europea le aplicó a Google la multa que se esperaba hace tiempo por prácticas monopólicas ilegales, las 3 mismas razones que resumí en 2015 son las que la UE usa para aplicar esta multa.

¿Cuales son estas tres conductas ilegales? exigir la pre-instalación de Google Search y Google Chrome como prerequisito de acceso al Play Store (y por consiguiente al mercado de apps); pagos a operadoras móviles y fabricantes para que pre-instalen Google Search como app por defecto y ninguna otra; prohibir a fabricantes móviles que quieran instalar Play Store o Play Services vender “ni un solo equipo usando Android no aprobado por Google”

Y remontemonos a 14 años atrás, las razones por las que se culpó a Microsoft son conceptualmente las mismas que se usan hoy para multar a Google, reemplacen “Google Search” por “Windows Media Player” o “Google Chrome” por “Internet Explorer” o el pago a los OEM… conceptualmente es exactamente lo mismo.

Y sinceramente no puedo creer que en todos estos años el ecosistema tecnológico no haya aprendido nada y el mensaje de Sundar Pichai sea simplemente una forma de desviar la atención:

No. Dejenme decontruir este mensaje: la “wide choice” a la que se hace referencia es simplemente a modelos de teléfonos y eso no es elección… elección es poder elegir un S9+ con diferentes configuraciones de fábrica (sea en OS o en navegador) y poder desinstalarlo no simplemnte “desactivarlo” en segundo lugar la caída de precios no se da por “una competencia robusta” se da por una competencia en componentes de hardware y en gamas medias y es desigual en los ultimos 4 años… finalmente la innovación se da por la pelea de plataformas y una revolución de acceso, conectividad y cosas que tienen poco que ver con Android.

Ahora empezará la discusión sobre si Android es cerrado, si Apple es peor o si Clippy revivirá pero la realidad es que esto no se aplica a Apple porque al ser un ecosistema integrado no puede torcerle el brazo a fabricantes o terceros y porque si miran bien: Google le paga a Apple 3.000 millones de dólares al año para que Google Search sea el buscador preinstalado en iOS cerrando de esta manera su control sobre el duopolio que maneja el 98% del mercado de smartphones mundiales.

Volvemos a lo de siempre, podés ser un monopolio pero en cuando utilizar tácticas anticompetitivas se convierte en ilegal.