IMAGE: Sergiy Tryapitsyn - 123RFLos rumores que venían sonando desde hace algunas semanas se confirman, y Google anuncia un acuerdo con el fabricante taiwanés HTC en virtud del cual incorpora a su estructura a unos dos mil empleados de la compañía y cierra un acuerdo no exclusivo de uso de sus patentes, por un total de 1,100 millones de dólares.

El acuerdo no es, como tal, una adquisición, aunque afecta aproximadamente a la mitad de los trabajadores de la compañía: HTC, que suspendió ayer su cotización debido a la inestabilidad que estaban generando los rumores, mantiene su independencia como compañía, pero aligera notablemente una estructura plagada de problemas económicos, y dota a Google de una capacidad de investigación, desarrollo y fabricación de hardware muy importante al incorporar toda una división de un fabricante con el que ya tenía un importante historial de colaboración. De hecho, una buena parte de los empleados que ahora pasan a depender de Google ya trabajaban para desarrollos de la compañía, fundamentalmente smartphones o tablets de la línea Pixel que eran fabricados por HTC, pero vendidos con el logotipo de Google.

¿Qué lleva a Google a hacerse con una compañía de hardware, cuando no hace tanto, en 2011, invirtió nada menos que 12,500 millones de dólares para hacerse con Motorola Mobility, y la vendió rápidamente a Lenovo por 2,900 (sin el portfolio de patentes, que se quedaron en Google) para evitar tener problemas con otros fabricantes de terminales Android? Las razones parecen claras: en primer lugar, la adquisición de Motorola nunca correspondió a un interés por fabricar hardware, sino a una oportunidad que surgió para hacerse con una cartera sólida de patentes aplicables al entorno smartphone, sin las cuales la compañía podría haberse enfrentado a una buena cantidad de costosos litigios procedentes de una Apple que ya estaba, en aquel momento, peleando judicialmente contra Samsung. La amenaza en aquel momento era que una serie de desarrollos que surgieron originalmente de la adquisición de Android, Inc. en 2005, pero que no estaban protegidos por las correspondientes patentes, pudiesen ser objeto de denuncias relacionadas con la propiedad intelectual, un aspecto que Google, hasta entonces, no había considerado especialmente estratégico. La adquisición de Motorola posicionaba sólidamente a la compañía en ese entorno, pero sobre todo, evitaba una hipotética adquisición por un tercero con ánimo de litigar: la intención de Google siempre fue la de hacerse con aquel portfolio de patentes, nunca la de convertirse en un fabricante de hardware. Tras una breve colaboración, y tras ver cómo algunos fabricantes de terminales comenzaban a preocuparse por el acceso a novedades de Android que Motorola podría tener frente a ellos, Google vendió la compañía a Lenovo, como una manera de desprenderse de un problema y de asegurar que esos fabricantes alejarían sus tentaciones de lanzar modelos con otros sistemas operativos o con forks de Android.

¿Qué ha cambiado ahora? Todo indica que hemos pasado de la era del “hardware is hard”, de entender que el negocio es muy complejo, poco rentable, poco diferenciado y extraordinariamente competitivo, a una nueva situación en la que se entiende que el control completo del proceso es fundamental para una compañía que aspire a un liderazgo en el mundo de la tecnología. Google comenzó el pasado año a fabricar dispositivos de diversos tipos, algunos con notable éxito, y aspira a consolidarse como un competidor sólido en diversas categorías, entre las cuales están los dispositivos para la distribución de contenidos, como el Chromecast, los routers inalámbricos, los asistentes domésticos, las cámaras y termostatos, las gafas y dispositivos para realidad virtual o aumentada, y por supuesto, los smartphones, donde aspira a posicionar Pixel como un terminal competitivo que pueda hacer sombra a una Apple que, a día de hoy, marca toda la agenda de la industria.

El acuerdo debe todavía pasar por las autoridades anti-monopolio, y no se prevé que se considere completamente cerrado hasta principios de 2018. Todo indica que HTC mantendría su marca y se centraría en producir, por un lado, una gama mucho más reducida de smartphones y, por otro, en potenciar su línea de realidad virtual y aumentada, HTC Vive. Google, por su parte, pasará a potenciar su gama Pixel de una manera menos “subterránea y limitada” que como anteriormente hizo con Nexus, y planteará posicionarla como un líder en el que encontrar los últimos desarrollos de Android. Para Google, la idea de controlar la línea completa incluye, lógicamente, hacerse con una parte de los márgenes que hasta el momento no controlaba, y que quedaban en manos de los fabricantes de terminales.

La operación anunciada hoy podría marcar importantes consecuencias para el mercado smartphone. ¿Cómo serán las relaciones futuras entre los grandes fabricantes, como la surcoreana Samsung o los chinos Huawei, Oppo o Vivo? La reacción a la decisión de Google de convertirse en compañía de hardware y competir abiertamente en el mercado con sus propios modelos podría acarrear decisiones que llevasen a esas marcas a depender menos del sistema operativo de la compañía, a crear los suyos propios o a presentar forks de Android con identidad propia, lo que podría suponer una atomización aún mayor del mercado.

En muy pocos años, el hardware ha pasado de ser considerado una molesta commodity que otros deben fabricar, a convertirse en factor estratégico que es conveniente poseer y controlar si quieres ser competitivo. El hardware, como tantas otras cosas en tecnología, viene y va.

 

Picard facepalmUn grupo de grandes agencias publicitarias publica una carta abierta a Apple pidiendo que reconsidere los cambios en la gestión de las cookies que va a introducir en Safari 11, y acusando a la compañía de sabotaje, y escenificando una batalla entre la industria de la publicidad y las compañías tecnológicas, con los usuarios en el medio, en la que la única opción posible es que pierda.

La industria de la publicidad ha rizado ya demasiadas veces el rizo de lo absurdo como para seguir resultando mínimamente creíble. Intentemos hacer un análisis mínimamente objetivo de la situación: una serie de agencias protestan porque Apple, en su Safari, va a hacer… ¿qué, exactamente? Lo que Apple pretende es llevar a cabo una gestión proactiva de las cookies a la que han denominado “prevención inteligente del tracking“, que supone el desarrollo de una serie de algoritmos de machine learning destinados a identificar si una cookie proviene de una acción explícita y deseada por el usuario, como el hecho de utilizar la cuenta de Facebook, Google o Twitter para identificarse, o proviene de un sistema de tracking que las compañías utilizan para seguir la navegación de un usuario y administrarle publicidad. En los primeros casos, el uso de las cookies se permitirá, pero en el caso de aquellas cookies que no representen una opción escogida por el usuario, sino destinada al beneficio de terceros, se producirá un bloqueo o un borrado al cabo de un tiempo determinado.

¿Qué pretende Apple? Simplemente, proporcionar una experiencia de uso mejor a unos usuarios que están completamente hartos de ver cómo las agencias y los anunciantes les persiguen a lo largo y ancho de la web.  La publicidad se ha convertido en algo prácticamente obsesivo: entrar en TripAdvisor a ver hoteles en Roma puede significar que te pases quince días viendo en todas partes anuncios de hoteles en Roma, aunque ya lo hubieses reservado a la primera. La sensación de espionaje y de indiscreción es total: no son pocos los casos de personas que han sabido lo que su pareja les iba a regalar porque se han encontrado que el ordenador compartido “se obsesionaba misteriosamente” con publicidad de un producto o servicio determinado.

Apple, como Google, busca mejorar la experiencia de los usuarios de sus productos. En el caso de Google con el próximo bloqueador de publicidad de Chrome, hablamos sin duda de una cuestión polémica: que una compañía que vive en un porcentaje muy elevado de la publicidad, se dedique a sancionar qué publicidad es aceptable y cuál no lo es, con la obvia inmediata consecuencia de que toda la publicidad que provenga de la propia Google será etiquetada como adecuada y pasará sus filtros. E incluso así, la actitud de la mayoría de los usuarios al escuchar el tema es la que es: genial, que llegue ya ese bloqueador, y que se detenga el incesante bombardeo de formatos intrusiva, de intersticiales, de desplegables, de sonido y vídeo preactivado o incluso – por dios, aún existen, como a finales de los ’90 – de pop-ups o pop-unders. En el caso de Apple, el problema es aún menor: la compañía no solo no vive de la publicidad, sino que además, preconiza unas políticas de respeto a la privacidad y a la información del usuario que, por lo general, todos – menos las agencias de publicidad – tienden a aplaudir.

¿Qué ocurre, por tanto? Que los intereses de las compañías tecnológicas están perfectamente alineados con los de sus usuarios, y ambos se sitúan en el mismo bando para luchar contra “los malos”, unas agencias y anunciantes empeñadas en que se puede torturar al usuario y en que el fin de construir modelos de negocio viables en internet justifica cualquier tipo de medios. Atención a este párrafo de la carta de las agencias:

“The infrastructure of the modern internet depends on consistent and generally applicable standards for cookies, so digital companies can innovate to build content, services and advertising that are personalized for users and remember their visits. Apple’s Safari move breaks those standards and replaces them with an amorphous set of shifting rules that will hurt the user experience and sabotage the economic model for the internet.”

(La infraestructura moderna de Internet depende de estándares consistentes y generalmente aplicados para las cookies para que las empresas digitales puedan innovar para crear contenido, servicios y publicidad personalizados para los usuarios y recordar sus visitas. El movimiento de Apple con Safari rompe esos estándares y los reemplaza con un conjunto amorfo de reglas cambiantes que dañarán la experiencia del usuario y sabotearán el modelo económico para Internet.)

La respuesta de Apple, por supuesto, no tiene desperdicio:

“Ad tracking technology has become so pervasive that it is possible for ad tracking companies to recreate the majority of a person’s web browsing history. This information is collected without permission and is used for ad re-targeting, which is how ads follow people around the internet.”

(La tecnología de tracking de anuncios se ha vuelto tan ubicua, que ahora las compañías de seguimiento de anuncios pueden recrear la mayoría del historial de navegación de una persona, una información que se recopila sin permiso y que es utilizada para la segmentación y el re-targeting de anuncios, que es la forma en que esos anuncios persiguen a las personas en Internet.)

Tan sencillo como esto: aunque lo podáis hacer, no nos gusta que lo hagáis, nos parece una intromisión en la privacidad de las personas, y haremos todo lo que esté en nuestra mano para que no lo podáis seguir haciendo. Ahí queda eso. Y además, estamos seguros de que esas intenciones serán aplaudidas por la inmensa mayoría de los usuarios.

Desde hace mucho tiempo, la industria de la publicidad vive instalada en el realismo mágico: realmente cree que sus productos son buenos para el ecosistema, que los usuarios aplaudimos cuando un anuncio nos persigue y nos maravillamos de su habilidad tecnológica, y por supuesto, que los formatos intrusivos no solo no nos molestan, sino que nos regocijamos en su creatividad. Si ven un clickthrough elevado proveniente de una campaña con formatos desplegables o con vídeos con sonido preactivado, por supuesto pensarán que su derroche de ideas ha generado un gran interés en la marca, pero jamás que se trata, en realidad, de usuarios desesperados intentando cerrar el maldito anuncio o interrumpir el sonido mientras se acordaban de todos los familiares vivos y muertos del creativo y de la empresa de turno. Y no, no es una exageración: es que realmente lo creen.

Efectivamente, se puede ser así de idiota. Puedes conseguir que tus usuarios te odien, que las métricas que generen sean un desastre que te dedicas a malinterpretar, que tus clientes desperdicien el dinero en campañas absurdas infladas con cientos de miles de clics robóticos, que construyas una industria tan alambicada que ya nadie se entere de qué paga, a quién y para qué, y que hasta las compañías tecnológicas desarrollen maneras de proteger la experiencia de los usuarios. Y cuando esto ocurre, no piensas en cambiar tus métodos o en que, tal vez, el sentido que has dado al desarrollo de tu industria haya sido el equivocado. No, lo que piensas es que hay un sabotaje, una maniobra en tu contra, una confabulación para privar a los usuarios de esos anuncios que tanto disfrutan…

Tantos años de abuso, de irracionalidad, de persecución y de estupidez han alienado al usuario hasta el punto de que la publicidad se ha vuelto una plaga, una basura, algo de lo que hay que huir. Mientras en la industria, instalados en su realidad alternativa, creen ser altos, guapos, rubios y de ojos azules, el auténtico motor de internet, los usuarios los vemos en realidad como monstruos babosos, pesados, persistentes e insufribles de los que hay que huir como sea, e imaginamos una internet con otros principios. El crecimiento del uso de bloqueadores no es “una moda”: es pura justicia, el mayor boicot jamás visto en la historia. Algunos directivos en la industria de la publicidad necesitan un baño de realidad. Por favor, que avisen a que playa van a ir. Los usuarios procuraremos ir a otra.

 

IMAGE: Scyther5 - 123RF

Marcos Sierra me envió algunas preguntas para documentar una noticia que publicó hace un par de días en VozPópuli, titulada “Por qué Google quiere impulsar el vídeo en 8K” (pdf).

¿Qué lleva a Google, a Netflix y a otras compañías tecnológicas a impulsar una resolución de vídeo que la gran mayoría de los usuarios no pueden aún siquiera reproducir? Sencillamente, alimentar la demanda y el interés de los usuarios por anchos de banda cada vez mayores, con el fin de forzar a las operadoras a invertir para ser competitivas y poder ofrecerlos. Compañías como Google siempre han manifestado su interés por hacer evolucionar las telecomunicaciones con un enfoque similar al del lema de los juegos olímpicos, citius, altius, fortius: lógicamente, cuando todo tu negocio se edifica sobre la conectividad, tu interés es que haya cuanta más conectividad sea posible, llegando a un número de usuarios lo más elevado posible, y con la mayor velocidad y calidad que se pueda ofrecer. Varias de las incursiones de Google en el mundo de las telecomunicaciones, de hecho, responden a este esquema: Google no está especialmente interesada en convertirse en un gran proveedor de fibra o en el operador móvil virtual más eficiente del mundo, sino en mostrar a las operadoras el camino a seguir y en amenazarlas tácitamente con esa posibilidad de entrada en su negocio si no se mueven a tiempo. Básicamente, provocar cambios en una industria que sirve de base para su negocio.

Por otro lado, apuestas como la realidad virtual, estratégicas para la compañía, se benefician enormemente de la disponibilidad de resoluciones muy elevadas, que eviten el efecto de pixelado o de artificialidad que todavía sentimos cuando nos ponemos un visor en los ojos.

A continuación, las preguntas y respuestas que me crucé por correo electrónico con Marcos:

 

P. ¿Por qué Google está interesada en impulsar el vídeo en 4K y 8K?

R. Google está interesada en ofrecer una oferta creciente en vídeo de alta resolución, 4K y 8K, por múltiples razones. En primer lugar, porque el desarrollo de una demanda para ese tipo de contenidos fuerza a las operadoras a ofrecer cada vez mayor ancho de banda, lo que permite que Google, a su vez, pueda competir ofreciendo más y más servicios. Google no pretende competir con las empresas de telecomunicaciones, pero sí promover el cambio y la competitividad en esa industria, como viene demostrando con iniciativas relativamente puntuales como Google Fiber o Project Fi. Por otro lado, el vídeo en resoluciones de más de 4K es fundamental para eliminar el efecto de pixelado en la realidad virtual, un ámbito en el que la compañía ha expresado muchísimo interés, en la que se prevé un rápido desarrollo de mercado, y que también sirve para generar mayor demanda de ancho de banda.

P. ¿Tiene que ver con la competencia que tienen en el apartado audiovisual con los operadores de telecomunicaciones y su oferta televisiva?

R. Indudablemente, Google se está convirtiendo, junto con otras compañías de tecnología como Amazon, Apple o Netflix, en el abastecedor de una parte cada vez mayor del mercado de consumo de contenidos por televisión. La forma en la que vemos televisión ha cambiado con respecto a la que conocimos hace una generación: con la salvedad de los contenidos en directo, preferimos ser nosotros los que decidamos qué ver, cuándo verlo y cómo verlo. Toda una generación consume sus contenidos utilizando opciones como YouTube, Netflix y otros canales similares, y el factor más importante que permite el desarrollo de esta oferta es la existencia de un ancho de banda cada vez más elevado. Las compañías tecnológicas ya cuentan con un fuerte liderazgo en, por ejemplo, algoritmos que manejan la resolución que se envía a un cliente para optimizar la calidad todo lo posible sin provocar saltos, e incluso han modificado hábitos de consumo que afectan, por ejemplo, la manera en la que consumimos determinados contenidos, como refleja el fenómeno del binge-watching. En ese mercado, la capacidad de disrupción está determinada por la oferta y la demanda de conexiones con ancho de banda elevado, y eso requiere apostar por contenidos a los que los usuarios quieran acceder. En muy poco tiempo, no nos resultará nada extraño que estas compañías opten también a contenidos de alta demanda, como la liga de fútbol u otros deportes, y que puedan pujar más que otras por su acceso a un mercado verdaderamente global, mientras las compañías tradicionales permanecen ancladas en un modelo de ventanas de explotación.

 

 

IMAGE: Achim Prill - 123RFUn documento de diez páginas escrito por un ingeniero de software de Google y titulado “Google’s ideological echo chamber” que estaba circulando viralmente en foros internos de la compañía fue publicado el pasado sábado por Gizmodo, y se ha convertido en el gran tema de discusión en el ámbito tecnológico, con críticasairadas contestaciones, reacciones y peticiones de respeto a la diversidad de opinión.

La respuesta de la compañía, a través de su recientemente contratada VP de Diversidad, Integridad & Gobierno, Danielle Brown, ha sido incluida también en el mismo artículo, y afirma que las ideas de la compañía no coinciden en absoluto con las expuestas en la carta, que Google es plenamente consciente de la necesidad de construir una cultura abierta e inclusiva, y que una parte importante de esa cultura es promover que aquellos que tengan visiones diferentes se sientan seguros compartiéndolas, pero que ese discurso tiene que desarrollarse dentro de los principios de igualdad de oportunidades establecidos en el código de conducta de la compañía, que se encuentra en medio de una investigación del Department of Labor norteamericano que la acusa de desigualdades salariales en función de género

¿Qué dice el documento y qué hace que se convierta en viral? Básicamente, el autor critica las políticas activas de la compañía encaminadas a promover la diversidad y, centrándose exclusivamente en la discriminación por género, achaca las diferencias en la composición de los distintos departamentos a cuestiones biológicas y sociales, afirma que “debemos dejar de asumir que una distribución de géneros no igualitaria implica sexismo”, y lamenta que ese tipo de conversaciones sean imposibles de mantener en Google por el efecto de una cultura corporativa que, según él, las sofoca y las convierte en políticamente incorrectas.

La mayoría de las críticas recibidas apuntan a que las ideas expuestas en el documento son contrarias a la idea de igualdad, utilizan falsas excusas amparadas en explicaciones supuestamente “naturales” para la falta de diversidad, y forman parte de una discusión teóricamente superada hace ya muchos años. En efecto, la discusión sobre la falta de diversidad en las compañías, y especialmente en las compañías tecnológicas y en puestos relacionados con la ingeniería del software viene ya de muy largo, pero está enormemente de actualidad. Culturas basadas en actitudes machistas, en climas hostiles, en culturas de acoso, o que simplemente pretenden ignorar este tipo de cuestiones han sido puestas de manifiesto en numerosos escándalos recientes, y se revelan como uno de los principales problemas que llevan a que ese tipo de puestos y compañías no sean atractivas para las minorías. Decididamente, el problema está aún a años luz de resolverse, y discusiones como esta pueden contribuir a ello si son encauzadas correctamente. En este caso, la cuestión es clara: ¿puede avanzarse en la discusión permitiendo a alguien que exprese opiniones completamente contrarias a las que se pretende defender, o sería mejor directamente, y aunque suene contraintuitivo, mostrar el compromiso de la compañía con la defensa de la diversidad excluyendo a las personas que manifiestan ese tipo de ideas?

Trabajo en una de las escuelas de negocios que encabezan los rankings de diversidad en su industria en todos los sentidos y que más consideran ese aspecto como una parte fundamental de sus valores. Imparto cursos en materias que tienen que ver con la tecnología y la innovación, a grupos en los que existe una amplísima diversidad en términos de género, origen geográfico, culturas, religiones y de todo tipo, desde hace ya un buen número de años. Y tengo claro no solo que el problema existe, sino que es absolutamente fundamental hablar de ello, exteriorizarlo, comentarlo y ponerlo de manifiesto… en la dirección adecuada. No se puede luchar contra una cultura histórica de exclusión implantada en la sociedad permitiendo que aquellos que la defienden tengan una supuesta igualdad de oportunidades para manifestar sus ideas.

Cualquier diferencia en términos de diversidad entre la plantilla de una compañía y su entorno refleja un problema. Si una compañía, por las razones que sean, tiende a atraer a una cantidad significativamente menor de un género, una raza o un grupo determinado que la que existe en el entorno que la rodea, eso constituye automáticamente un problema que debe ser tenido en consideración y corregido. Por supuesto, eso no debe ser interpretado al pie de la letra o al decimal exacto, pero sí debe serlo como indicador. ¿Es obligación de una compañía asegurar que sus trabajadores constituyen una representación coherente de la diversidad de la sociedad? No como tal, pero sí lo es el entender que si no es así, es porque existe algún problema que lo impide, y ese problema debe ser corregido. Las compañías sanas reflejan la diversidad de su entorno, y si no es así, es porque hay razones que lo impiden que es preciso estudiar y corregir. Refugiarse en teóricas razones biológicas o culturales, en cuestiones hormonales o en supuestas afinidades del cerebro de un género o de una raza determinada con un tipo de tarea concreta es algo completamente tóxico, absurdo, trasnochado, falso, y sobre todo, injusto.

No, el que haya pocas personas de un género o de unas razas determinadas en puestos de desarrollo de software, en posiciones directivas o de otros tipos no tiene nada que ver con cuestiones codificadas en el genoma, en el cerebro o en las capacidades: son, por el contrario, señales evidentes de una discriminación que puede y debe corregirse. No con tópicos, no con gestos, no con palabras, sino con actitudes claras, decididas y específicas en el sentido correcto. Quien no haga nada y prefiera entender esas actitudes como “reflejo de una sociedad” o como supuestas “cuestiones biológicas” escoge conscientemente convertirse en cómplice de esa discriminación, con todo lo que ello conlleva. O debería conllevar.

No estamos ante una cuestión menor: estamos ante un problema fundamental, erróneamente asentado en las sociedades desde hace siglos, que todos deberíamos luchar por corregir. Sin medias tintas, sin refugiarse en tópicos. Sin excusas.

 

ARKitUn interesante artículo en Financial Times, Apple searches for the next big thing, interpreta para el común de los mortales una serie de movimientos que hasta el momento han estado solo a la vista de la comunidad de desarrolladores, pero que muy posiblemente constituyan las claves del próximo gran movimiento de la compañía más valiosa del mundo.

Un movimiento que se asienta sobre ese logotipo que aparece en la ilustración: ARKit, un conjunto de APIs en tres capas que permiten generar de manera relativamente sencilla experiencias inmersivas en realidad aumentada, con prestaciones muy superiores a las de sus competidores a cambio de requerimientos inferiores en términos de hardware, y que ya en su presentación en el WWDC dejó claro que pretendía convertirse en alternativa para plataformas y desarrolladores.

En un plazo relativamente corto, vamos a ver cómo la realidad aumentada pasa de jueguecitos con menor o mayor trascendencia como una capa en Pokemon Go o unos filtros en Snapchat, a integrarse en prácticamente todo aquel entorno en el que surjan posibilidades de aportar algo de valor. Un movimiento en el que se encuadran acciones de Google como el lanzamiento de Tango o el relanzamiento de Google Class con usos industriales por parte de Google, la adquisición de Oculus por Facebook y sus desarrollos posteriores, o el desarrollo de HoloLens por Microsoft, con la intención todas ellas de hacerse con una participación significativa de un mercado en el que se prevén crecimientos del 100% anual a lo largo de los próximos cuatro años.

Echa un vistazo a este vídeo: robots caminando por las calles de Londres, mezclados entre transeúntes y vehículos:

La gracia no está en el vídeo en sí, que es un simple experimento hecho con ARKit por una compañía londinense, sino en que está creado con un simple iPhone 7, con Unity, uno de los principales motores de desarrollo de videojuegos, y en tan solo un fin de semana. En muy poco tiempo, vamos a ver cómo la realidad aumentada y virtual (AR/VR), considerada por muchos la cuarta transformación en la tecnología de consumo, desarrolla sus cuatro etapas: de software para smartphone, a hardware para smartphone, a visores y gafas con cable y, finalmente, a visores y gafas independientes, con Apple sólidamente posicionada en cada una de ellas, sea mediante productos ya lanzados y funcionando, o mediante patentes y experimentos en ese espacio que sugieren sus intenciones. De nuevo, la estrategia habitual: llegar a un terreno en el que pululan numerosos competidores, plataformas y actores, y tratar de reinventarlo.

Si quieres entender lo que viene y que será ya completamente evidente a partir de septiembre, ya tienes aquí unos cuantos enlaces por los que empezar a curiosear ;-)