Apple iPhone familyEl evento de presentación de producto de Apple de ayer 12 de septiembre en el recién estrenado Steve Jobs Theater es un caso de libro de la llamada product family engineering, ingeniería de familia de productos o PFE, con matices verdaderamente complejos, casi maquiavélicos.

La compañía, como es ya habitual año tras año, anunció el lanzamiento de una amplia gama de productos: nuevos sistemas operativos, nuevo modelo de Apple Watch, otro de Apple TV y, finalmente, su producto estrella del que depende un porcentaje importantísimo de su facturación: el iPhone. Podríamos detenernos a analizar cualquiera de ellas o a comentar hasta qué punto un producto que muchos pretenden calificar como un supuesto fracaso, el Apple Watch, es ya el reloj más vendido en el mundo y con un impresionante 97% de satisfacción de sus usuarios, pero lo que realmente me llamó más la atención fue la parte final, la presentación de los diferentes modelos de iPhone.

Bajo la nueva configuración, la familia de productos de iPhone queda compuesta por nada menos que ocho modelos, con una gama de precios que va desde los $349 hasta los $999 en los Estados Unidos, entre los 419€ y los 1,159€ en España (más caro si quieres más almacenamiento, y aún más caro si quieres Apple Care, recomendable para un aparato de ese coste) pero, sobre todo, con una peculiaridad: la parte de la familia de productos que hasta ayer suponía el tope de la gama se ha convertido, en un solo movimiento, en lo que ahora es la gama media, y ha aparecido un modelo, el iPhone X – nótese que todos los directivos de la compañía se referían al modelo con el numeral romano, ten, en lugar de utilizando la letra X – que se convierte definitivamente en el modelo más alto, y que al seguir la tendencia bezel-less, sin bordes, consigue el mágico truco de tener una pantalla más grande en un terminal más pequeño. La maniobra de Apple es clara: justificar saltarse el número nueve por el hecho de que el nuevo producto, el diez, es el que conmemora el décimo aniversario del lanzamiento del iPhone original.

¿Qué connotaciones competitivas tiene un movimiento así? La nomenclatura de los modelos, por supuesto, es una cuestión absolutamente arbitraria y en manos de la marca. Cada compañía es dueña de cambiarla, de comenzar series nuevas o de alterar sus costumbres cuando le venga en gana. Sin embargo, en este caso, el movimiento parece claramente competitivo: de repente, el cliente potencial pasa a evaluar en comparación un Samsung 8, el modelo insignia del mayor fabricante de terminales del mundo, no contra el modelo correspondiente de Apple, sino contra lo que se ha convertido en la gama media de Apple, el iPhone 8, sabiendo que cuenta además con una opción adicional, el iPhone X, si quiere unas especificaciones o, simplemente, una percepción más “elevada”. Ese efecto psicológico de comparación, además, tiene lugar independientemente de lo que digan las comparativas, y en virtud de elementos que, de hecho, intentan salirse de esa comparación atributo a atributo. Es muy difícil competir con Apple cuando te planteas la competencia atributo por atributo, porque si algo hace bien la marca es plantearse el producto como un todo, como algo que vale la pena aunque tengas que renunciar expresamente a algunas cosas. Apple se sigue diferenciando porque mientras otros presentan el terminal de hoy, Apple pretende que psicológicamente entendamos que presenta el de hoy… y el de mañana.

¿Sutil? ¿Maniobra psicológica? Ya lo discutiremos cuando tengamos las primeras cifras de ventas. Con el iPhone X, la marca vuelve a situarse en apariencia como la que marca el camino, la que apuesta por opciones que otros aún no han intentado, la que afirma que ha conseguido que de verdad funcione la identificación facial (aunque fallase en la demo), o la que posiciona sus terminales como los más avanzados en todo lo relacionado con machine learning. La jugada puede ser arriesgada de cara a las cifras de ventas de un iPhone 8 o del iPhone 8 Plus convertido en una opción supuestamente “barata” (¡!!!!!), pero dudo mucho que lo sea con respecto al modelo más alto de la gama. La caída en el valor de las acciones de Apple de ayer, de hecho, se debe simplemente a una cuestión contable: las ventas del iPhone X, que no estará disponible hasta octubre y no será entregado hasta el 3 de noviembre, no serán contabilizadas en este año fiscal, sino en el siguiente.

¿Justifica el iPhone X el dinero que cuesta? Esa no es la pregunta. ¿Vale la pena pagar ese dinero por un smartphone? Cuando la decisión de adquirir un smartphone ya es digna de la misma atención que la que implicaba hace no muchos años adquirir un ordenador – son ya muchos los smartphones con precios más elevados que laptops con buenas prestaciones – y lo utilizamos durante mucho más tiempo, la idea de que adquirimos un “teléfono” se vuelve absurda: adquirimos un potente ordenador de bolsillo, una herramienta que vamos a utilizar durante uno o dos años y durante prácticamente todo el día, con la que llevaremos a cabo funciones de todo tipo. ¿Está el mercado dispuesto a pagar más de mil dólares por ello? No tengo ninguna duda. ¿Por las razones adecuadas? No lo sé. Tengo la total seguridad de que muchos adquirirán el nuevo Apple Watch no por sus funciones adicionales, sino porque tiene un punto rojo en el botón que lo diferencia de los modelos anteriores. No tengo ninguna duda de que muchísimas personas que creen sacar partido a su smartphone podrían hacer todo lo que hacen con terminales muchísimo más baratos. Pero de nuevo, esa no es la cuestión. Apple sigue siendo esa marca que vive de dar a sus incondicionales razones para pasarse por una tienda todos los años, para plantearse que quieren seguir sintiéndose parte de un club diferente, y que habitualmente, además, tienden a estar enormemente satisfechos con su elección. Contra eso, poco se puede decir. La marca que más rentabilidad es capaz de extraer a cada venta y a cada cliente, la que es capaz de posicionar sus productos no como simples productos sino como auténticos objetos de deseo, lo que la convierte desde hace tiempo en la compañía más valiosa del mercado. Y lo mejor que se puede decir de la presentación de ayer es precisamente eso: que fue coherente con esa filosofía.

 

Este hombre te encontrará tu próximo trabajo - El Mundo PapelRegina Navarro me llamó por teléfono para hablar sobre LinkedIn, y hoy publica en El Mundo una entrevista con Allen Blue, cofundador de la compañía, que titula como “Este hombre te encontrará tu próximo trabajo” (pdf) en la que cita algunos de mis comentarios.

El modelo de LinkedIn ha ido evolucionando claramente desde su idea original, la de ser un simple archivo donde almacenamos nuestro curriculum y nuestra red de contactos profesionales, hasta convertirse, a través de sucesivos reenfoques y adquisiciones, en un entorno completo y envolvente para el desarrollo de la actividad profesional, incluyendo desde la búsqueda de trabajo a simplemente mantenerse informado, pasando por la formación o el desarrollo de la marca personal.

Durante su historia, LinkedIn ha desarrollado un modelo de evolución tranquila, sin sobresaltos, sin cambios bruscos y sin adquisiciones escandalosas: un número relativamente escaso de operaciones comparado con otras empresas de su entorno, destinadas en general al desarrollo de nuevas funciones, como SlideShare para reforzar la presentación del portfolio personal de trabajos en los perfiles de los usuarios, Pulse para crear el servicio que los abastece de noticias filtradas en función de su red e intereses, o Lynda.com para generar una oferta de cursos de formación. En todo ese proceso evolutivo, la compañía no solo ha ido creciendo en facturación y número de usuarios, sino que además, ha salido a bolsa y se ha consolidado no como un lugar de paso esporádico para hacer una modificación en el curriculum, consultar el contacto de una persona o buscar un profesional, sino como una página destino en la que consumir contenido relevante, participar en grupos o exponer nuestra marca profesional. En mi caso, como creador de contenidos con una connotación marcadamente profesional, LinkedIn se ha convertido en una de las redes más relevantes, con casi 70,000 followers, muy buenas estadísticas de consumo para mi contenido en inglés, y flujos de tráfico significativos tanto hacia esta página como hacia Medium.

Pero más allá de esa evolución de la propia LinkedIn, creo que es interesante, como comenta su cofundador en la entrevista, encuadrar esa evolución dentro de un marco más amplio: la transformación progresiva de las relaciones laborales. Un cambio que posiblemente sea más lento en España que en otros países, pero que sin duda está teniendo lugar. De una época en la que casi podía estar mal visto que un profesional actualizase puntualmente su presencia en LinkedIn – ¿está buscando otro trabajo? ¿Quiere irse? – a otra en la que lo que genera un mal efecto es precisamente lo contrario, una ficha desactualizada, incompleta, o una participación nula. Relaciones profesionales menos vinculadas al “trabajo de por vida”, y más a un mercado en el que se cotiza en función de una formación, unas habilidades, unos contenidos, unas relaciones, etc. Esa es, sin duda, la idea que los creadores de LinkedIn mantienen de cara a su evolución futura: convertirse en ese mercado en el que discurren muchas de nuestras relaciones profesionales. Y no me parece que vayan nada mal encaminados.

 

IMAGE: Sviatlana Zykava - 123RFLa política en los tiempos de las redes sociales ha adquirido muy extraños derroteros. En países no democráticos, como China, el régimen dedica más personas a la eliminación y manipulación de contenidos en las redes sociales que a su enorme ejército: una parte significativa de la población se dedica, en su día a día, a un trabajo tan digno del Ministerio de la Verdad de Orwell como fabricar una realidad alternativa para el resto de sus conciudadanos, eliminando toda participación anónima, crítica o considerada no aceptable, e insertando opiniones laudatorias hacia el gobierno en foros, redes y periódicos utilizando múltiples cuentas para simular un apoyo masivo.

En Rusia, la realidad no es muy diferente: miles de trolls, bots y cuentas falsas dedican su día a día a proteger el liderazgo de Vladimir Putin y a manipular el panorama político a su favor. Un conjunto de herramientas y técnicas de automatización de la desinformación que el régimen depuró con experimentos en varias ex-repúblicas soviéticas y que, de manera ahora ya oficialmente demostrada, utilizó en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas.

Facebook reconoce que unas 470 cuentas con identidades falsas y que pueden ser identificadas como radicadas en Rusia formaron parte de una estrategia coordinada y planificada para invertir unos 100,000 dólares en más de tres mil anuncios en la plataforma sobre cuestiones polémicas y asuntos que generaban una fuerte polarización, unidos a una amplia variedad de cuentas falsas de supuestos ciudadanos norteamericanos que insertaban, diseminaban, compartían y comentaban esos anuncios. El alcance potencial de esos anuncios se estima en unos setenta millones de ciudadanos norteamericanos, que podrían haberse concentrado en aquellos estados con más posibilidad de resultar estratégicos, y haber contribuido a la que sin duda fue la campaña más polarizada y agrias de la historia del país, durante la que volvieron a discutirse asuntos que se consideraban superados desde hacía décadas. Es perfectamente posible que muchas de las personas que acudieron a votar lo hiciesen manipuladas por mensajes incendiarios que estaban siendo insertados artificialmente en las redes sociales en las que se informaban por un esfuerzo coordinado por la inteligencia de una potencia extranjera.

La hipótesis de la manipulación rusa de las elecciones norteamericanas que llevaron a la Casa Blanca a Donald Trump se confirma con datos concretos, aparece en Wikipedia, pasa a ser objeto de una investigación en el Senado, y parece validar lo que algunos, hasta el momento, consideraban teorías paranoicas. Una nueva manera de entender la política y la injerencia en los procesos electorales, diseñada y ensayada originalmente en países no democráticos, y trasladada posteriormente aplicando el aprendizaje obtenido para tratar de influenciar elecciones en otros países. Armas de manipulación masiva difíciles de detectar, con infinitas formas posibles, capaces de enfocarse en todo tipo de aspectos para generar distintos efectos en los períodos precios a los procesos electorales, y que sin duda veremos a partir de ahora en muchos países, no solo por el interés que pueda generar manipular sus elecciones, sino porque pueden ser utilizados como banco de pruebas para sofisticar más aún las técnicas utilizadas.

Estamos ante el ataque más sofisticado y complejo a la base de la democracia en toda su historia: países que utilizan las redes sociales de manera organizada y respondiendo a una estrategia concreta, para manipular y generar estados de opinión en procesos electorales de otros países. La manipulación política y de la opinión pública no es un fenómeno nuevo: en el pasado, los gobernantes de un país podían intentar servirse de medios de comunicación afines para generar determinados estados de opinión que pudiesen resultar favorables a sus intereses. Al perder influencia los medios tradicionales y pasar un número cada vez mayor de ciudadanos a informarse mediante las redes sociales, estas técnicas de manipulación han evolucionado, y han pasado a ser muchísimo más sofisticadas, a disfrazarse de ciudadanos normales, y a simular corrientes de opinión genuinas, estados de opinión supuestamente masivos creados mediante astroturfing, que parecen provenir de los propios ciudadanos y aspiran a convencer a otros que, por el momento, carecen de los filtros que aplicaban a los medios. Reconstruir esos filtros para detener esos ataques a distintos niveles, y evidenciarlos para que los ciudadanos aprendan a detectarlos, caracterizarlos y reconocerlos va a ser, seguramente, una de las tareas más complejas a las que históricamente se ha tenido que enfrentar la democracia.

 

IMAGE: Vadym Malyshevskyi - 123RFSi hay dos conceptos cruciales en la conformación del tejido social fuertemente afectados por la evolución de la tecnología son los de identidad, o la forma que tenemos de probarla, y privacidad. Sujetos a muy importantes variaciones en función de los distintos países por temas que van desde la tradición hasta los sistemas políticos, esos dos conceptos están dando lugar a situaciones cada vez más complejas.

Algunos países han decidido, directamente, eliminar todo atisbo de derecho a la privacidad, y ejercer un nivel de control cada vez más férreo sobre su población. El caso de China se sitúa claramente en un extremo del espectro: su gobierno ha decidido evolucionar desde las moderadas políticas del ejecutivo de Hu Jintao hacia las muchísimo más estrictas de Xi Jinping, en un movimiento hacia el control total que incluye la eliminación de la participación anónima y la prohibición del uso de redes privadas virtuales o VPNs, llegando incluso a la detención de quienes las comercializan.

India, por su parte, vive un momento paradójico: el mayor desarrollo a nivel mundial de gestión de la identidad mediante la biometría, Aadhaar, que consiguió llevar a cabo la ingente tarea de recoger datos de toda la población del país y que muchos otros países (Afganistán, Argelia, Bangladesh, Marruecos, Rusia, Tanzania y Túnez) se han manifestado interesados en imitar, se encuentra con el importante obstáculo planteado por su Tribunal Constitucional, que recientemente legisló a favor de considerar la privacidad como un derecho fundamental de todos los ciudadanos y, por tanto, genera todo tipo de dudas sobre el futuro de tan ambiciosa iniciativa.

Estas dudas llegan precisamente en el momento en que la aplicación del machine learning a la biometría comienza a generar resultados con un potencial cada vez más preocupante: algoritmos cada vez más precisos capaces de reconocer incluso a personas con la cara parcialmente cubierta por gafas, sombreros o pañuelos, o que pueden incluso detectar las preferencias sexuales de una persona, con todo lo que ello puede conllevar para regímenes que intentan controla la insurgencia o que castigan la homosexualidad. La Rusia de Vladimir Putin, de hecho, tiene claro que el dominio de la inteligencia artificial será clave en el liderazgo mundial, encendiendo todas las alarmas sobre las intenciones de un país que ha desarrollado un enorme ciberejército capaz de infiltrarse en sistemas de gestión de centrales nucleares, en las empresas de generación y distribución eléctrica, o en medios y redes sociales para interferir en resultados electorales. El posible uso de robots en el entorno militar asusta tanto como el uso de tecnologías de inteligencia artificial en el control social: se calcula que la mitad de las cuentas de Twitter en Rusia que comentan cuestiones relacionadas con la política del país son falsas, parte de una enorme maquinaria de propaganda centrada en preservar el poder de su líder que sigue el ejemplo de China, con más personas dedicadas a la monitorización y control de internet que en el propio ejército.

Mientras, en un mundo occidental supuestamente más garantista con la privacidad, los problemas surgen por otro lado. Mientras en Europa se legislan límites al control que las empresas ejercen sobre las comunicaciones electrónicas de sus trabajadores, en los Estados Unidos, donde ese control está perfectamente institucionalizado y aceptado pero donde el 65% de los trabajadores tecnológicos utilizan en todo momento una VPN, se enfrentan al peor robo de información personal de la historia: Equifax, la principal compañía dedicada a la generación de historiales de crédito, sufre una intrusión en sus sistemas que afecta a la información personal de nada menos que 143 millones de personas, incluyendo sus nombres completos, fechas de nacimiento, números de la seguridad social, licencias de conducir, direcciones postales y electrónicas, historiales de transacciones y números de tarjetas de crédito. En lugar de denunciarlo cuando fue descubierto el 29 de julio, la compañía dejó que el asunto se mantuviese en secreto durante varios meses hasta primeros de septiembre mientras algunos directivos vendían sus paquetes de acciones. El asunto es tan grave que, además de poner en peligro a casi la mitad de los ciudadanos norteamericanos, cuya información está siendo comercializada en la red y puede potencialmente ser utilizada para transacciones fraudulentas o para robos de identidad, está llevando a muchos a cuestionar la manera en que el país gestiona la información personal de sus ciudadanos, con sistemas como el número de la seguridad social, el de la licencia de conducir o el nombre de soltera de la madre utilizados de manera ubicua como clave en infinidad de sitios y expuestos a todo tipo de vulnerabilidades.

Claramente, el desarrollo de la tecnología ha puesto de manifiesto que los sistemas utilizados para gestionar la identidad de las personas no están a la altura de las circunstancias, algo que puede ser utilizado por delincuentes para sus fines, o por determinados regímenes para ejercer un mayor nivel de control. Es el momento de replantear muchas cosas en base a nuevos desarrollos tecnológicos, y sobre todo, de repensar los consensos y compromisos que supone la vida en sociedad.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “How technology is creating a global identity crisis” 

 

IMAGE: Scyther5 - 123RF

Marcos Sierra me envió algunas preguntas para documentar una noticia que publicó hace un par de días en VozPópuli, titulada “Por qué Google quiere impulsar el vídeo en 8K” (pdf).

¿Qué lleva a Google, a Netflix y a otras compañías tecnológicas a impulsar una resolución de vídeo que la gran mayoría de los usuarios no pueden aún siquiera reproducir? Sencillamente, alimentar la demanda y el interés de los usuarios por anchos de banda cada vez mayores, con el fin de forzar a las operadoras a invertir para ser competitivas y poder ofrecerlos. Compañías como Google siempre han manifestado su interés por hacer evolucionar las telecomunicaciones con un enfoque similar al del lema de los juegos olímpicos, citius, altius, fortius: lógicamente, cuando todo tu negocio se edifica sobre la conectividad, tu interés es que haya cuanta más conectividad sea posible, llegando a un número de usuarios lo más elevado posible, y con la mayor velocidad y calidad que se pueda ofrecer. Varias de las incursiones de Google en el mundo de las telecomunicaciones, de hecho, responden a este esquema: Google no está especialmente interesada en convertirse en un gran proveedor de fibra o en el operador móvil virtual más eficiente del mundo, sino en mostrar a las operadoras el camino a seguir y en amenazarlas tácitamente con esa posibilidad de entrada en su negocio si no se mueven a tiempo. Básicamente, provocar cambios en una industria que sirve de base para su negocio.

Por otro lado, apuestas como la realidad virtual, estratégicas para la compañía, se benefician enormemente de la disponibilidad de resoluciones muy elevadas, que eviten el efecto de pixelado o de artificialidad que todavía sentimos cuando nos ponemos un visor en los ojos.

A continuación, las preguntas y respuestas que me crucé por correo electrónico con Marcos:

 

P. ¿Por qué Google está interesada en impulsar el vídeo en 4K y 8K?

R. Google está interesada en ofrecer una oferta creciente en vídeo de alta resolución, 4K y 8K, por múltiples razones. En primer lugar, porque el desarrollo de una demanda para ese tipo de contenidos fuerza a las operadoras a ofrecer cada vez mayor ancho de banda, lo que permite que Google, a su vez, pueda competir ofreciendo más y más servicios. Google no pretende competir con las empresas de telecomunicaciones, pero sí promover el cambio y la competitividad en esa industria, como viene demostrando con iniciativas relativamente puntuales como Google Fiber o Project Fi. Por otro lado, el vídeo en resoluciones de más de 4K es fundamental para eliminar el efecto de pixelado en la realidad virtual, un ámbito en el que la compañía ha expresado muchísimo interés, en la que se prevé un rápido desarrollo de mercado, y que también sirve para generar mayor demanda de ancho de banda.

P. ¿Tiene que ver con la competencia que tienen en el apartado audiovisual con los operadores de telecomunicaciones y su oferta televisiva?

R. Indudablemente, Google se está convirtiendo, junto con otras compañías de tecnología como Amazon, Apple o Netflix, en el abastecedor de una parte cada vez mayor del mercado de consumo de contenidos por televisión. La forma en la que vemos televisión ha cambiado con respecto a la que conocimos hace una generación: con la salvedad de los contenidos en directo, preferimos ser nosotros los que decidamos qué ver, cuándo verlo y cómo verlo. Toda una generación consume sus contenidos utilizando opciones como YouTube, Netflix y otros canales similares, y el factor más importante que permite el desarrollo de esta oferta es la existencia de un ancho de banda cada vez más elevado. Las compañías tecnológicas ya cuentan con un fuerte liderazgo en, por ejemplo, algoritmos que manejan la resolución que se envía a un cliente para optimizar la calidad todo lo posible sin provocar saltos, e incluso han modificado hábitos de consumo que afectan, por ejemplo, la manera en la que consumimos determinados contenidos, como refleja el fenómeno del binge-watching. En ese mercado, la capacidad de disrupción está determinada por la oferta y la demanda de conexiones con ancho de banda elevado, y eso requiere apostar por contenidos a los que los usuarios quieran acceder. En muy poco tiempo, no nos resultará nada extraño que estas compañías opten también a contenidos de alta demanda, como la liga de fútbol u otros deportes, y que puedan pujar más que otras por su acceso a un mercado verdaderamente global, mientras las compañías tradicionales permanecen ancladas en un modelo de ventanas de explotación.