IMAGE: Ivelin Radkov - 123RF Un interesante artículo en Techcrunch, Tech and the changing face of insurance, me evoca un buen número de actividades, artículos y conferencias que he desarrollado para varias compañías en la industria aseguradora española e internacional, en las que pueden reconocerse fácilmente varios de los síntomas habituales en industrias consolidadas y sujetas a regulación.

En primer lugar, la industria aseguradora carece de un cuestionamiento profundo de su actividad. Cuando piensa en innovación, pone su punto de mira en internet como canal, en la posibilidad de potenciar o sustituir a sus canales convencionales intermediados (o peor, en que sea el mercado el que tome esa decisión en lugar de ellas), se plantea los comparadores como nuevos actores a tener en cuenta (e incluso toma posiciones de inversión en ellos o los desarrolla), o se cuestiona el modelo de relación con el cliente (típicamente a partir de algún problema o amenaza reputacional surgida en redes sociales)… pero no va más allá. El equivalente en banca son esas instituciones que durante muchos años únicamente aplicaron la tecnología y la innovación a la operativa bancaria, al desarrollo de los procesos, sin pararse a pensar que había todo un enorme abanico de posibilidades que iban bastante más allá, una auténtica reimaginación de la actividad a la luz de los nuevos escenarios planteados por el desarrollo tecnológico.

La temática del artículo de Techcrunch es clara: nuevas situaciones, nuevos gadgets o nuevas posibilidades incrementan o replantean el ámbito de actividad de las aseguradoras. El argumento parece obvio: si ahora nos desplazamos en hoverboards que pueden arder a la mínima, nos vamos de viaje por carretera a donde sea con alguien que simplemente ha anunciado que va a hacer ese trayecto o directamente con un vehículo que conduce autónomamentenos hospedamos o alquilamos una casa a personas de las que no sabemos nada, volamos un artefacto de más de un kilo de peso sin haber pilotado anteriormente nada en nuestra vida, o conectamos aparatos y sensores de todo tipo en nuestra casa como si no hubiera mañana, resulta evidente que se van a plantear situaciones donde una aseguradora puede tener como mínimo un papel relevante, cuando no incluso posibilidades de aportar un interesante valor.

Decir que vivimos tiempos de cambios acelerados, de procesos de adopción rapidísimos o de constantes ensayos hechos no precisamente con gaseosa se ha convertido en un tópico tan desgastado como el uso del acrónimo VUCA (Volatility, Uncertainty, Complexity and Ambiguity) en las escuelas de negocios. ¿Debería una aseguradora destinar recursos a estudiar nuevas situaciones en las que tratar de aportar valor, aunque puedan resultar relativamente residuales en sus inicios? La respuesta es inmediata: sí, y no tanto por el volumen de facturación específico que se derive de esas actividades, como por la posibilidad y la “gimnasia corporativa” que supone prepararse para ello. Pero más allá de esos escenarios coyunturales que pueden abrir nuevas áreas de actividad y que permiten posicionar a una compañía como pionera o dotarla de la mítica first mover advantage, deberíamos tener en cuenta que hablamos de compañías en general clásicas, caracterizadas por la solidez, reguladas, intensamente procedimentadas, y en las que los procesos de isomorfismo tienden a manifestarse de forma muy reconocible. Si el entorno cambia a una velocidad determinada, tu compañía debería hacerlo aproximadamente a la misma velocidad, si no quiere perder competitividad, frescura y capacidad de atracción y retención de talento. Una aseguradora, a día de hoy, debería estar atenta a absolutamente todas las novedades tecnológicas capaces de generar un entorno en el que desarrollar su actividad, que son prácticamente todas, y ser la primera que las estudia y se documenta en profundidad para ser capaz de estar ahí y no poner cara de sorprendida cuando las situaciones comiencen a plantearse. Todo lo demás no es innovación: es maquillaje y cumplir el expediente.

 

IMAGE: Eduardo Huelín - 123RFRaquel Quílez, de El Mundo, me llamó por teléfono para hablar sobre una posible burbuja financiera en Silicon Valley, e incluye algunos de mis comentarios en su artículo publicado ayer bajo el título “¿Va a estallar Silicon Valley?” (pdf).

La de la burbuja es una hipótesis que lleva ya tanto tiempo aventurándose, que tiene ya su propia categoría en esta página, con unos dieciocho artículos al respecto a lo largo del tiempo que se remontan a nada menos que 2005. Y mi respuesta, a grandes rasgos, ha sido más o menos la misma: las burbujas son un componente estructural de la economía, surgen con cierta periodicidad en función de multiples variables, pueden tener muy diversas causas… pero no todas son iguales. No tiene nada que ver una burbuja como la de principios de siglo, con empresas dramáticamente sobrevaluadas como resultado de unas expectativas de difusión tecnológica y adopción que preveían flujos de ingresos que jamás se materializaron, con una simple burbuja de valoración como la actual.

En el momento actual, resulta evidente que muchas compañías han obtenido del mercado valoraciones que pueden parecer imposibles de sostener desde un punto de vista estrictamente financiero, ya sea utilizando multiplicadores de ingresos o descuentos de flujos de caja ponderados. Esa situación no aplica en todos los casos: resulta interesante ver, por ejemplo, la valoración de Uber publicada por Aswath Damodaran, en la que se muestran los diferentes escenarios en función de los distintos negocios en los que la compañía anuncia su entrada. Cuando una compañía ha demostrado su capacidad de generar ingresos, ha probado su modelo y su atractivo y genera flujos económicos de manera consistente, plantear valoraciones en función de su posible expansión a actividades razonablemente afines o de su capacidad para robar mercado a empresas clásicas que llevan a cabo actividades susceptibles de ser sustituidas no es algo que pueda utilizarse como argumento para demostrar la existencia de una burbuja.

Una burbuja caracterizada por una ausencia de ingresos en torno a los cuales construir un modelo de valoración no tiene nada que ver con otra en la que las compañías elevan sus valoraciones debido a un elevado interés de los potenciales accionistas. Una empresa como Snapchat, por ejemplo, puede situar sus primeras valoraciones en función de las capacidades que sus accionistas ven en su equipo y su producto para posicionarse en el mercado adolescente, refrendarlas gracias a un interés de Facebook por una posible transacción, y elevarlas sensiblemente a medida que demuestra su capacidad para crear servicios capaces de generar flujos de caja, y parece razonable pensar que ni sus accionistas son completamente idiotas, ni responde de manera general a una dinámica de burbuja. Sin embargo, sí es posible que una compañía como esa u otras caracterizadas como “unicornios” con un crecimiento potencial elevado, generen burbujas de valoración en función de simples mecanismos de oferta y demanda cuando muchos inversores pretenden acceder a la oportunidad de invertir en ellas, y provocan un recalentamiento del mercado.

Los tiempos de los mercados tranquilos terminaron. Hoy, cada innovación, cada anuncio de resultados decepcionante, cada revelación impactante o cada análisis más o menos tergiversado puede provocar una situación de caída de fichas de dominó que lleven a muchos a perder mucho dinero. Es un mundo hiperconectado en el que la información se mueve a mucha más velocidad de la que se requiere para procesarla con un mínimo de rigor. En las circunstancias actuales de un mercado que parece abrir oportunidades nuevas con cada nuevo paso en el desarrollo tecnológico o con cada emprendedor que tiene una idea feliz, vivir en un entorno burbujeante es completamente inevitable, y seguramente, no es siquiera algo negativo, sino una característica de los tiempos. Algunas de esas burbujas pueden dejar víctimas: personas en busca de oportunidades de inversión que carezcan de herramientas de análisis adecuadas o se dejen llevar por la euforia y apuesten por las compañías equivocadas – muchas siguen siendo startups, sometidas a las mismas escasas tasas de supervivencia que han tenido siempre – pero eso no debería ser un pretexto para calificar a toda una industria como una burbuja. Aunque, como todo en un mundo hiperconectado y que se mueve a gran velocidad, pueda llegar a explotar.

 

Oculus RiftMi columna de hoy en El Español se titula “Mundos tridimensionales“, y es una forma de llamar la atención sobre algo que comenzó asociado con una imagen lúdica, vinculada al mundo de los videojuegos con un claro interés por mejorar la experiencia de usuario y convertirlos en profundamente inmersivos, que obtuvo su primer empuje de popularidad en Kickstarter gracias precisamente al acompañamiento de un mito de la industria y al apoyo económico mayoritario de jugadores, pero que, tras la adquisición por parte de Facebook de hace algo menos de un año, se ha convertido en algo de mucho más alcance y calado.

En efecto, la visión de Facebook, que está otorgando a Oculus VR un amplio grado de autonomía, no se limita en absoluto a los videojuegos: tienen claro que hablamos del próximo gran espacio a llenar con contenidos, y que si en su momento los protagonistas del intercambio social fueron los textos, después pasaron a ser las fotografías, y en este momento lo son los vídeos, el siguiente paso va a venir representado por los vídeos tridimensionales. Tampoco lo ignoran Google, que acaba de dotar al SDK de sus gafas de cartón (diseñadas para dar lugar a una caída en las barreras de entrada a la prueba y al desarrollo) de sonido tridimensional. Ni Microsoft, que trata de profundizar en un concepto todavía más ambicioso y con posibilidades adicionales, que permite combinar la parte tridimensional con la imagen real percibida a través de unas gafas semitransparentes.

La última cuestión surgida en torno al precio del último modelo de Oculus Rift y a la gestión de expectativas de la compañía no es más que un tema coyuntural, que se solucionará con la evolución del panorama competitivo. Al margen de de ello, nos disponemos a ver surgir todo un ecosistema de contenidos, usos y aplicaciones, en torno a un modelo que, en general, genera una pauta de consumo con una marcada exigencia de dedicación exclusiva, y que estará sometido a todos los errores ya habituales en ecosistemas nacientes: que si es aberrante aislarse para ver la realidad en tres dimensiones cuando la realidad ya es en tres dimensiones, que si produce mareos y es malísimo para la salud, que si nos convierte en zombies… lo de siempre. Pero no lo olvidemos: estamos, como en todo ecosistema que nace, ante toda una nueva fuente de oportunidades. Pronto, jugaremos con las gafas puestas, las llevaremos en los aviones, nos comunicaremos utilizándolas, veremos deportes, destinos turísticos, documentales y todo tipo de contenidos. Si no has pensado en prepararte para ello, vete empezando a documentarte. Piensa en sus posibles derivaciones. Esto es bastante más que un juego.

 

Dividendos digitales - Banco MundialEl informe publicado ayer miércoles por el Banco Mundial acerca del reparto de los dividendos digitales en el conjunto de la sociedad, es decir, hasta qué punto el desarrollo y popularización de internet está modificando la distribución de la riqueza, está generando titulares que tienden a resaltar que lejos de la ecualización esperada por algunos, estamos viviendo una polarización tendente a una mayor desigualdad, con un reparto que tiende a beneficiar a unos pocos.

Las conclusiones del informe, de muy recomendable lectura, apuntan efectivamente a un reparto sesgado de los beneficios aportados por la red. Simplemente algunos ejemplos: el mercado laboral ofrece nuevas oportunidades, pero estas están disponibles únicamente para aquellos que son capaces de aprovecharlas, creando barreras que son difíciles de superar para otros. El sufragio por internet puede incrementar la participación, pero también sesga esa participación hacia los que tienen acceso. Las transformaciones radicales crean brechas digitales que, en muchos casos, excluyen a los menos preparados.

En efecto, en cada revolución, los mejor posicionados para tomar ventaja de ella son aquellos capaces de entender los cambios y de prepararse más rápidamente para ellos. Eso caracteriza, habitualmente, a la parte más privilegiada de la sociedad. A partir de ahí, la fase de difusión de la tecnología va alcanzando otras capas, pero no necesariamente les permite integrarse con la misma facilidad en esa generación de riqueza. Una empresa no la crea cualquiera, un know-how o una titulación no la alcanza cualquiera – a veces, no únicamente por su coste, sino por otros factores, como el lucro cesante u otras barreras de entrada – y unos patrones de uso enriquecedores no son adoptados por cualquiera. Así, muchas capas de la sociedad permanecen al margen de las posibilidades de generación de riqueza que ofrece la red, o las aprovechan de una manera muy escasa.

Internet, como todas las disrupciones, ofrece una perspectiva darwiniana: los que triunfan no son necesariamente los más fuertes o los más grandes, sino los más preparados para adaptarse al cambio. Aunque aplicar la teoría de la evolución de Darwin a individuos sea esencialmente falaz, la analogía funciona: mientras las clases más privilegiadas disfrutan de un acceso anticipado y de un mayor acceso a la preparación necesaria para entender el cambio, el resto ve simplemente cómo los cambios suceden sin integrarse más que cuando percibe una propuesta de valor relevante. Nada, por supuesto, que no hayamos visto en otras disrupciones anteriores: el crecimiento, el empleo y la prestación de servicios se reparte de manera desigual en función de cómo las empresas, las personas y los gobiernos adoptan y hacen uso de la tecnología que genera la disrupción.

En el caso de internet, el error estuvo, muy posiblemente, en vender su desarrollo y popularización como un bálsamo curativo de todos los males del planeta por parte de los que protagonizaron su desarrollo, combinado con una fortísima dosis de escepticismo y conservadurismo en quienes debían adoptar la innovación. En el acceso a internet hay dos variables: la de poder acceder y la de querer hacerlo. Durante años hemos visto ejemplos de actitudes refractarias, de gobiernos, empresas o personas que pudiendo acceder y desarrollarse en la red, han escogido de manera consciente no hacerlo. En otros casos, por supuesto, existen fenómenos de exclusión involuntaria, pero me atrevería a decir que internet, en general, ha contribuido generalmente a hacer descender las barreras de entrada, no a incrementarlas. Pero incrementar las posibilidades no quiere decir, de nuevo, que todos estén preparados para aprovecharlas.

¿Debemos criticar a internet por no haber generado un reparto igualitario de los beneficios que podía generar? La sola idea me parece absurda. Ese reparto no depende tanto de internet y de sus características como innovación, como de las actitudes con las que se ha encontrado en su difusión, en muchos casos recelosas, excesivamente prudentes o abiertamente hostiles. Cuando llevamos ya veinte años de difusión de una innovación, no es mal momento para detenerse y examinar qué problemas ha habido en la misma, y por qué razones los beneficios obtenidos se han distribuido como se han distribuido, y no de una manera más igualitaria. Pero mucho me temo que nos encontraremos no tanto con las características de la innovación como responsables, sino con las características de los que pueden haber sido responsables de sus procesos de adopción. Momento, por tanto, de analizar con perspectiva qué actitudes han impedido que ese valor potencial se convirtiese en realidad, qué hemos obtenido por haber tratado de defender que las cosas se siguiesen haciendo como se hacían antes, y qué se puede hacer mejor de cara al futuro. En cualquier caso, buen material para la reflexión.

 

SesameCredit (IMAGE: Zheping Huang - Quartz)Un fantástico ensayo de Bruce Schneier, The risks – and benefits – of letting algorithms judge us, me recuerda la existencia de Sesame Credit, una iniciativa de calificación crediticia basada en métricas sociales creada por Alibaba para el mercado chino sobre la que leí un artículo en profundidad en Quartz el pasado octubre, All Chinese citizens now have a score based on how well we live, and mine sucks.

La iniciativa va más allá de los algoritmos dedicados a la calificación crediticia, que existen desde hace mucho tiempo en todos los países desarrollados y cuyos riesgos y problemas son bien conocidos por todos aquellos que nos hemos visto obligados a construir un historial de crédito en un país distinto al nuestro. En el caso de Sesame Credit, los ciudadanos chinos no se ven simplemente afectados por su comportamiento crediticio, el uso de tarjetas de crédito y el pago regular de los balances adeudados, sino por sus acciones y asociaciones en la red, mediante un algoritmo secreto que está dando origen a todo tipo de comentarios: se habla de posibles influencias en la calificación en función de los contactos en redes sociales (un sistema que ya patentó Facebook el pasado año y al que ya me referí anteriormente en una conferencia titulada “Cuando Facebook decide si te conceden la hipoteca“), o de cuestiones como el tipo de compras que se hacen (libros o productos considerados subversivos, por ejemplo, podrían dañar tu puntuación) o las actualizaciones que se publican en medios sociales.

Las implicaciones son importantes: en su momento, cuando llegué a los Estados Unidos, me llamó la atención la manera en la que los sistemas de evaluación de crédito me obligaban a mantener determinados patrones de gasto para mí completamente sin sentido: aunque el historial de crédito era relativamente indiferente para mí, que contaba con fondos y crédito en un país al que pretendía además volver en pocos años, mi única posibilidad de mejorar mi historial crediticio era solicitar tarjetas de crédito con límites absurdamente bajos (los únicos a los que podía optar), y hacer uso de ellas pagando sus balances puntualmente, aunque no necesitase para nada ni esas tarjetas ni su crédito. Entonces, el sistema era obviamente algorítmico, pero indudablemente poco inteligente, e incapaz de reconocer determinados patrones que pudiesen salirse de unos pocos comportamiento habituales tipificados. Aplicar reglas de ese tipo a cuestiones que vayan más allá del gasto y aplicarlo a pautas sociales, a nuestros círculos de amistades, a lo que opinamos en las redes o a nuestras compras – más allá de su importe – es obviamente un sistema que genera miedos de todo tipo, y que puede utilizarse como una forma clara de control social: no te relaciones en público con según qué personas, no digas según qué cosas, no compres según qué productos o en según qué sitios… si no quieres verte condenado a una especie de ostracismo social en el que no solo no tienes acceso a crédito, sino que te arriesgas a que otros, desde potenciales empleadores hasta parejas, te juzguen, evalúen y eventualmente penalicen en función de tu puntuación.

La problemática resulta aún más compleja cuando añadimos la progresiva aparición de más y más algoritmos que clasifican nuestra vida en los aspectos más insospechados: una aplicación de dating, Blinq, utiliza un algoritmo de inteligencia artificial para evaluar la edad y el nivel de atractivo de sus usuarios en función de la fotografía que incluyen en su perfil. Aunque el sistema parece más una manera de incentivar la prueba y la captación de usuarios intrigados por el número que les asigna (dos millones de visitantes únicos en dos días), la compañía afirma que pretende utilizar esas métricas en el funcionamiento del sitio, lo que lleva a que una foto decida hasta qué punto tienes o no oportunidades de conseguir una pareja determinada… en el fondo, nada que no ocurriese cuando salías a la calle y te veían la cara, aunque ahora afectado por las características de una fotografía y por un algoritmo de inteligencia artificial. En el mismo sentido, Tinder trabaja con un “Elo score”, una métrica de cómo de deseable es un usuario, que utiliza no solo factores derivados de la fotografía y el perfil, o del éxito obtenido, sino una amplia variedad de elementos adicionales.

De nuevo, resulta fácil imaginar elementos que, incluso en este aspecto vinculado con las relaciones personales, inviten a pensar en una cierta tendencia a la homogenización de los gustos, al establecimiento de patrones de atractivo o a la marginación de los que no los cumplen. Y de nuevo, la pregunta vuelve a ser la misma: ¿hablamos de algo generado por el uso de la inteligencia artificial, o de algo que ya estaba allí y que los algoritmos simplemente reflejan? Es decir, siguiendo este ejemplo: ¿es una persona con una puntuación elevada en Tinder también una persona que haría alzar la mirada a cualquiera cuando pasa por la calle, mientras esa misma mirada se mantendría indiferente ante alguien con una puntuación baja? ¿Es el algoritmo simplemente un reflejo de comportamientos humanos subyacentes, o aporta elementos de su propia cosecha que escapaban a los humanos? ¿Estamos mejor sometidos a la relatividad y la serendipia de los humanos, o preferimos contar con un elemento de certeza, con la puntuación generada por una máquina?

Obviamente, lo que en el caso de las aplicaciones de dating puede aparecer rodeado de cierto halo de frivolidad, pasa a tener unas connotaciones e implicaciones muy diferentes cuando hablamos de calificación crediticia, y aún más si a esa calificación se anclan factores como el prestigio social. En el caso de China, las dos cuestiones incluso llegan a conectarse: una persona con una puntuación más alta en Sesame Credit puede fácilmente pasar a tener por ello una consideración mejor a la hora de ser evaluado como una pareja potencial. El papel de China como escenario de futuro no escapa a nadie: una sociedad relativamente joven en su configuración actual, con patrones sociales aún flexibles y en rápida evolución, y un gobierno con un poder omnímodo y un interés por la monitorización que resultaría imposible en países con tradición democrática.

De una manera o de otra, y no solo en China, nos dirigimos a una sociedad en la que cada vez más elementos en nuestra vida van a ser evaluados mediante un algoritmo. Sea por escala, por conveniencia, por eliminación de sesgos e influencias humanas o como referencia, veo claro que nos dirigimos hacia un futuro en el que las máquinas serán las que evalúen cada vez más aspectos. Donde antes había un comité con una cierta experiencia que valoraba nuestro riesgo – y que adolecía de problemas evidentes a la hora de evaluar, o que podía tener sesgos en función de a quién conocíamos – ahora habrá una máquina que ofrecerá un número, y ese número decidirá si sí, si no, y cuánto. Donde antes estaban tus amigas o amigos diciéndote lo guapa o guapo que estabas esa noche, pronto habrá un espejo con webcam en el que te mires antes de salir de casa y te devuelva una puntuación.

¿Bueno? ¿Malo? Si un algoritmo es susceptible de ser diseñado y construido, lo será, es inevitable, y por lo que sé de algoritmos y de personas, terminará tomando decisiones mejor que una persona. Sí, va a ocurrir. La cuestión es que ocurra con los elementos de control adecuados, y que su uso se tamice de alguna manera con las precauciones adecuadas. La siguiente pregunta, claro, es qué precauciones y cómo se toman. ¿Es suficiente con hablar de una transparencia que, aplicada a algoritmos de inteligencia artificial, se convierte en prácticamente imposible de monitorizar? ¿Con regular el tipo de variables que alimentan al algoritmo? ¿Con mantener sistemas de supervisión? Francamente, no lo tengo claro. Y como en todos estos temas, no podemos reducirlos a un simplista “me gusta” o un “no me gusta”, a un “algoritmos sí” o “algoritmos no”: es mucho más complejo que todo eso. Es momento de ir pensando en ello.