Snap, Inc.Snapchat se redefine, cambia el nombre de la compañía a Snap Inc. sugiriendo un enfoque más amplio a producto que el indicado por el sufijo “chat” – la marca Snapchat queda relegada a ser el nombre de su conocida y exitosa app – y traslada su nueva actividad a dos dominios recién adquiridos, Snap.com y Spectacles.com.

En su nueva encarnación, Snap Inc. se define como una camera company, una compañía de hardware cuyo primer producto son unas gafas con cámara incorporada, con un precio de $130 y diseñadas para tomar vídeos de diez segundos con una lente circular de 115º, el ángulo de visión humana. En una entrevista larga a WSJ, Evan Spiegel presenta el producto como una manera de liberar la producción de vídeos del smartphone, que ve como una incomodidad para ello (como “un muro delante de tu cara”), y generar recuerdos que se viven exactamente igual que como se vieron, para poder revivirlos de la manera más parecida posible. La idea es dejar nuestras manos libres y generar vídeos circulares, dado que la forma rectangular es vista como una herencia de cuando las fotografías eran en papel. El objetivo aparece rodeado por un pequeño anillo que se ilumina en color amarillo cuando está grabando. Cada vez que presionas el botón, grabas diez segundos en perspectiva primera persona, y puedes almacenar varios vídeos.

Previamente, la compañía había puesto en marcha una pequeña campaña teaser en vallas publicitarias en las que los ojos del fantasmita del logotipo aparecían modificados con lo que ahora se presenta como el logo de las gafas, que representa el objetivo de la cámara. Además, la compañía también ha presentado un pequeño vídeo en el que introduce la idea:

Una redefinición es un movimiento siempre complejo, y en este caso, que esa redefinición ponga a la compañía en camino para convertirse aparentemente en una empresa de software la convierte en algo todavía más arriesgado. La app, Snapchat, es ya un producto consolidado que, según cifras de Nielsen, alcanza diariamente al 41% de los jóvenes norteamericanos de entre 18 y 34 años, que generan más de mil millones de vídeos al día mientras visualizan más de diez mil millones. El uso de Snapchat para los jóvenes es casi constante, hacen infinidad de fotografías o vídeos al día, y no porque quieran almacenarlos – al menos, no todos – sino porque es, sencillamente, su herramienta de relación.

Pasar de ahí a vender un producto de hardware pensado para que los usuarios lo lleven encima de la nariz no es tarea fácil, y evoca rápidamente paralelismos con productos mucho más complejos, como las gafas de Google, que no obtuvieron un despliegue exitoso. En este caso, las gafas se presentan como un producto divertido, en colores negro, coral y turquesa, con un lanzamiento prudente a lo largo de los próximos tres meses, a medida que vayan entendiendo cómo las gafas se integran en la vida de sus usuarios y cómo reaccionan ante ellas.

No conozco muchas compañías capaces de redefinir su foco de una manera tan radical. Las gafas podrán ser o no un producto exitoso, pero la audacia necesaria para dejar tu producto principal a un lado y presentarte ante el mercado de una manera radicalmente nueva es algo que, como mínimo, vale la pena contar y seguir con atención.

 

FOARD2016

Mi conferencia en el FOA de República Dominicana tuvo un sabor un tanto extraño, poco habitual: acostumbrado como estoy a ser el entusiasta, el eterno optimista ante el uso y las aplicaciones de la tecnología a todas las actividades, me encontré, tras una jornada con un tono marcadamente positivo en la práctica totalidad de las intervenciones, dando un contrapunto pesimista, casi amargo, un auténtico aviso a navegantes ante la tormenta que creo que se le viene encima a una industria publicitaria anclada en conceptos y métricas casi del siglo pasado.

Tras revisar los conceptos fundamentales del ad-blocking, que alcanza ya a casi doscientos millones de usuarios en todo el mundo y mantiene un crecimiento y un empuje imparables y que no había sido prácticamente ni mencionado a lo largo de toda la jornada – el “síndrome del avestruz” es bastante habitual en las industrias que se enfrentan a cambios importantes – intenté plantear que el fenómeno, en realidad, no era un problema, sino un síntoma. Que la industria necesitaba muchas horas en el diván del psicoanalista para entender qué diablos llevaba a tantos millones de usuarios en todos los países del mundo a llevar a cabo una acción consciente, en ocasiones compleja, con la única finalidad de dejar de ver anuncios, precisamente el producto que los allí presentes se dedicaban a producir. ¿Que hace que una cantidad tan elevada de personas huyan desesperadamente de toda una industria, a la que consideran un castigo y una persecución? ¿Por qué, mientras la industria se congratula por lo bonitas e imaginativas que son sus acciones y sus spots, hay una cantidad tan significativa de gente que los considera unos pesados inenarrables y busca maneras de quitárselos de encima? Y si lo hacen, ¿como es posible que no sean capaces de entender que la solución no está en “bloquear a los bloqueadores”, sino en intentar entender qué diablos les lleva a utilizarlos?

Tras polemizar con el tema de los bloqueadores de publicidad, pasé a revisar el papel de compañías como Google o Facebook: mientras tratan de crear coaliciones para mejorar la publicidad en la red en modo seguramente too little, too late, emprenden estrategias destinadas a cambiar el concepto de relevancia en la web y dar un papel más central a los contenidos frente a los enlaces, o tratan de convertirse en el medio de comunicación más importante del mundo, con todo lo que esos planes pueden llegar a conllevar para una industria publicitaria que, de nuevo, sigue empeñada en mirarse el ombligo y creyendo que juegan aún un papel central. Hace muchos años ya que las normas en esta industria no las ponen ni agencias, ni medios, ni anunciantes, sino compañías como Google o Facebook.

Finalmente, traté de dar algunos detalles sobre herramientas de futuro, centrándome especialmente en el uso de campañas basadas en influencers – absurdamente convencidos con “mercenarios”, una identificación absurda y que, de nuevo, hace mucho mal a la industria – y, sobre todo, en cómo las marcas deberían empezar a prestar verdadera atención a la interacción: pasar de dinámicas de persecución implacable y de lenguaje de inspiración bélica – hagamos una “campaña” para “alcanzar” a nuestro “target” y lograr “impactos” – a otras en las que la persistencia a toda costa se ve compensada con atención, con personalización y con diálogo. Marcas que cultivan el community management como dimensión de futuro, como forma de humanizar unas relaciones que hace mucho tiempo que, en muchos casos, se torcieron.

IMAGE: SDCrea - 123RFY paradójicamente, cómo el uso de herramientas tecnológicas basadas en robots conversacionales o chatbots puede hacer que muchos anunciantes recuperen un diálogo cada vez más humano, aunque quien esté al otro lado sea una máquina. El fantástico artículo de hoy del muy influyente Chris Messina en Medium lo deja claro: Chat bots aren’t a fad. They’re a revolution. La lectura atenta de ese artículo y del también fantástico de hace algunos meses de Ted Livingstone, The future of chat isn’t AI, es posible que ayude a más de uno a entender un futuro que ya está prácticamente a la vuelta de la esquina: no quiero tener que instalarme y configurar la enésima app para poder hablar con tu marca, lo que quiero es que haya un cliente de tu marca en las apps conversacionales que ya utilizo, sea WhatsApp, Telegram o la que sea más importante en mi mercado, y que tu motor de machine learning llegue a ser tan bueno, que me proporcione realmente aquello que necesito de ti, sea un producto,un servicio o una experiencia adecuada. Una generación de usuarios que aprecian que quien está al otro lado no sea un humano al que están molestando, unida a una generación de chatbots cada vez más capaces de navegar las complejidades del lenguaje humano y proporcionar a cada persona aquello que está buscando. No quiero un robot limitado, una mera automatización tonta de funciones repetitivas que esté deseando que se quite del medio para dar paso a un agente humano, sino una interfaz genuinamente inteligente capaz de responder a mis necesidades. Dame marcas que me hablen, que desarrollen canales inteligentes para darme servicio, y sobre todo, que no intenten a cada paso perseguirme ni molestarme.

Si una cantidad significativa de esa publicidad machacona, repetitiva y persecutoria que tantas marcas hacen se dedicase a mejorar su interacción y a adaptarlas a un futuro en el que el trato directo tendrá una importancia cada vez más central, seguramente la industria avanzaría mucho más rápido y hacia puertos mucho mejores. No podemos estar tranquilos pensando en un futuro en el que inmensas equivocaciones en la interpretación de las métricas nos llevan a buscar cada vez mejores métodos para molestar a los usuarios de la forma más recalcitrante posible: el futuro no puede ser eso, no puede basarse en formatos cada vez más incómodos, que terminamos recordando asociados al odio que nos inspiran, por mucho que nos digan que la campaña fue un éxito porque generó muchos clics. Hay que ser muy débil mental para insistir en la molestia y congratularse de que generas un gran recuerdo de marca gracias a lo molesto que eres: no se acuerdan de tu marca, se acuerdan de su **** madre, y de la tuya por extensión. Mientras no lo entiendas, te seguirás encontrando cada día con más bloqueadores – no no son “aprovechados”, ni “ladrones”, ni “irresponsables”… son gente con criterio y con sentido común – y con un futuro cada vez más gris.

 

IMAGE: IQoncept - 123RFMi columna en El Español de esta semana, titulada “El precio de un error“, está inspirada en el momento en que, al inicio de un viaje en avión el pasado miércoles, me encontré con una variación en los ya prácticamente familiares avisos de seguridad, esos que cuando vuelas con relativa asiduidad casi podrías repetir de memoria.

La variación se refería únicamente a un producto de una marca, el Samsung Galaxy Note 7, y estaba basada en la advertencia de seguridad de la FAA norteamericana, seguida inmediatamente por la European Aviation Safety Agency (EASA) e incorporada inmediatamente a las prácticas de la gran mayoría de las aerolíneas, que pasan a advertir a los posibles usuarios de estos terminales de que están obligados a tomar una serie de precauciones con ellos (dependiendo de la aerolínea), desde directamente no llevarlos a bordo, hasta cuestiones como no introducirlos en el equipaje facturado, no encenderlos o no cargarlos. 

El contenido textual de la locución de seguridad, en el caso de Iberia, es el siguiente:

Recomendamos encarecidamente a todos nuestros pasajeros que mantengan cualquier Samsung Galaxy Note 7 completamente apagado y desconectado de cualquier tipo de toma de corriente mientras se encuentre a bordo de nuestros aviones. Este tipo de aparatos debe mantenerse fuera del equipaje facturado o que se envíe a bodega durante el embarque. Les recordamos la necesidad de informar inmediatamente a la tripulación de cabina cuando un aparato electrónico resulte dañado, se sobrecaliente, desprenda humo, se pierda en cabina o caiga dentro de la estructura de un asiento. En este caso, es importante no accionar las partes móviles del asiento para evitar aplastar el aparato. Muchas gracias por su cooperación.

La naturaleza del problema, una batería excesivamente grande para el hueco que tenía destinado y que, ante la posible presión de la carcasa, puede recalentarse, arder o explotar, convierte el problema en algo que pasa del ámbito mediático, simplemente leer en los medios que Samsung ha tenido un problema con uno de sus productos, a algo concreto, visible y tangible, a una advertencia en un avión referida a un producto concreto de una marca líder que se enfrenta a una siempre compleja retirada global de un terminal, con un coste logístico y de sustitución de productos estimado en torno a los mil millones de dólares y que no incluye la posible erosión en términos de imagen.

Obviamente, este tipo de mensajes y recomendaciones de seguridad tienen un efecto complejo. Para el personal de una aerolínea, la posibilidad de fiscalizar qué model de smartphone lleva cada viajero no resulta posible en términos operativos, y mucho menos aún la de discernir, ante un Galaxy Note 7 concreto, si es “de los peligrosos o ya de los seguros”. La advertencia es, únicamente, una información a los pasajeros para que opten voluntariamente en consecuencia, e imagino que permanecerá ahí hasta que Samsung consiga demostrar que la retirada de las unidades defectuosas ya ha tenido lugar a nivel global, incluyendo la desactivación remota de las que no hayan podido ser recogidas.

¿Cómo afrontar, desde el punto de vista de gestión de crisis, el que los usuarios vean cómo una aerolínea trata tus productos casi como si fueran una bomba? El caso de Samsung y el Galaxy Note 7 es, sin duda, uno de los ejemplos más relevantes de gestión de crisis en el ámbito de la electrónica de consumo que hemos vivido en mucho tiempo. La gestión de la marca, que tomó la decisión de retirada global y que está tratando de llevarla a cabo de la manera más rápida y eficiente posible, se ha encontrado con problemas de todo tipo, desde la ausencia inicial de una declaración oficial que prohibiese la comercialización del producto por cualquier canal, hasta cuestiones teóricamente más puntuales, como el hecho de modificar el color del icono de la batería de gris a verde para identificar los nuevos terminales seguros, pero encontrarse con que esa modificación incumple las condiciones marcadas por Google en las especificaciones de Android. Ahora, la marca se centra en solucionar logísticamente la retirada al tiempo que parece intentar que se hable del tema lo menos posible, para que pase a considerarse rápidamente un episodio del pasado, algo ya amortizado en términos de imagen. ¿Es la decisión correcta? Este tipo de decisiones, sin duda, son siempre mucho más complejas de lo que parece.

Pero lo más importante está aún por saber: ¿cómo reaccionará el mercado frente a los productos de la marca? ¿Cómo evolucionarán las ventas del Galaxy Note 7 tras la resolución del problema? ¿Es un modelo prácticamente perdido para una Samsung que esperará al lanzamiento del siguiente en la serie para evaluar la dimensión del problema, o los usuarios seguirán confiando en la marca y planteándose el producto, tras el problema, como una alternativa normal, interesante y sin riesgo, simplemente con una batería de menos prestaciones, como parecería normal hacer? ¿Necesitará rebajar el producto para incentivar su compra tras la crisis? Hablamos de una de las marcas más grandes e influyentes dentro de la escena tecnológica, sin duda capaz de recuperarse tras una crisis como esta, pero… ¿cómo de racionales son este tipo de decisiones colectivas?

 

Premio Adigital a la Comunicación y Divulgación 2016Me es muy grato comunicaros que este año, tras haber sido nominado en las dos convocatorias anteriores de 2014 y 2015, la Asociación Española de la Economía Digital, Adigital, ha tenido a bien concederme su Premio a la Comunicación y Divulgación 2016. Mis más sinceras felicitaciones a Expansión y a Hipertextual, que estaban nominados en la misma categoría, y al resto de premiados y nominados en las demás. Como ya comenté cuando me nominaron en su primera edición en 2014, es un premio que me hacía especial ilusión.

La noticia me pilló sobrevolando el Atlántico camino del FOA en Santo Domingo en el que hoy doy una conferencia, de manera que el premio fue recogido por mi buen amigo, compañero durante muchos años y Director de Comunicación del IE, Félix Valdivieso, una de las primeras personas que, en IE Business School, se dio cuenta de las posibilidades que podía tener que los profesores fuésemos activos en el ámbito comunicativo, y de quien siempre he recibido un fuerte apoyo.

Llegué a la comunicación y a la divulgación de manera completamente tangencial, de la misma forma que llegué al mundo académico. Entré como profesor en IE Business School porque otro profesor, Jose Mario Álvarez de Novales, me convenció de que era algo que me podía gustar y que, según él, tenía posibilidades de hacer bien. La comunicación y divulgación surgieron posteriormente como una manera de complementar mi labor docente, como una forma de asegurarme que mis materiales se mantenían adecuadamente actualizados. Con el tiempo me di cuenta no solo de que mis alumnos apreciaban ver a su profesor en otros foros además de en su clase, a modo de validación externa, sino de que, además, estar presente en esos foros ofrecía otras interesantes posibilidades. Con el avance de la tecnología surgió la posibilidad de convertirme en mi propio editor… y el resto ya lo sabéis, no he parado ni un día desde entonces!

Concibo la comunicación y la divulgación tecnológica como una lucha, como una manera de trabajar para convencer a otros de que existen formas mejores de hacer las cosas y de caminar hacia el futuro. Una forma de resistencia ante esa inercia que tiende a hacer que nos acomodemos en la manera en que nos planteamos nuestra actividad, y en seguir desarrollándola igual aunque el entorno evolucione y surjan posibilidades nuevas. Comunicar no es solo intentar contar de manera simple cosas complejas: también es luchar contra los que intentan resistirse al avance tecnológico porque trae con él cambios que no les interesan, aunque sí puedan ser buenos para otros o para el conjunto de la sociedad. Mi labor de comunicación y divulgación, sea en el soporte que sea, está destinada siempre a eso, a tratar de ser dinamizador del cambio, a hacer que se entienda como progreso, como oportunidad y no como amenaza. El hecho de pertenecer al mundo académico en una institución que respeta escrupulosamente la libertad de cátedra y de poder, gracias a ello, permitirme el lujo de comunicar y divulgar con total independencia, sin tener que validar lo que escribo con nadie y sin estar obligado a vender nada a nadie hace, además, que me sienta un completo privilegiado y disfrute mucho más de lo que hago.

De nuevo, muchísimas gracias. A todos.

 

IMAGE: Christophe Boisson - 123RF

Un interesante artículo en TechCrunch, Kickstarter is breaking down assumptions about where innovation can occur, intenta, a partir de un informe de Polygraph, despejar algunas incógnitas de la relación entre el crowdfunding y los ecosistemas innovadores.

Llevo varios años hablando acerca del crowdfunding en mis cursos de innovación, y siempre he hecho énfasis en la misma cuestión: por mucho que los ojos se nos vayan a los grandes proyectos que baten récords y consiguen cambiar su dimensión económica inicial gracias a una campaña exitosa, lo importante del crowdfunding no es el dinero. Si alguien se plantea el crowdfunding como una manera de sustituir formas de financiación de un proyecto como la búsqueda de inversores o el crecimiento mediante ingresos autogenerados, lo normal es que fracase.

Las fórmulas de crowdfunding basadas en la presentación de un producto para que, mediante su pre-compra o esquemas de premio similares, los usuarios ayuden a su puesta en el mercado (reward crowdfunding) no deben ser vistas como una fórmula de financiación, sino como otra cosa. Lo importante de ese tipo de procesos no es el hecho de que proporcionen dinero sin tener que comprometer participación y que lo hagan justo en el momento en que los emprendedores podrían necesitarlo, sino otro tipo de recompensas. Un proyecto de crowdfunding bien planificado puede ofrecerte un auténtico tesoro de datos sobre cómo el mercado ve tu producto, puede ayudarte a refinar sus prestaciones y funcionalidad, a replantear cómo lo presentas, e incluso a darte un plus de visibilidad adicional. De hecho, en los casos en los casos de los proyectos que baten records de financiación, el mérito no hay que buscarlo en el crowdfunding como tal, sino precisamente en esos fenómenos de viralización que tienen lugar cuando algunas páginas con visibilidad difunden el proyecto.

El crowdfunding puede aportar muchísimo valor a un proyecto, pero ese valor no es adecuado expresarlo en términos económicos, como lo demuestra su uso corporativo, compañías que recurren a ese canal no porque necesiten dinero, sino porque quieren hacer un estudio de mercado real, con clientes reales que aportan la prueba más veraz que pueden aportar: poner el dinero por adelantado para obtener un producto que les interesa lo suficiente para ello. Y en ocasiones, una búsqueda de visibilidad gracias al patrullaje constante que algunos medios llevan a cabo sobre las páginas de los sitios populares de crowdfunding, en busca de proyectos interesantes o con éxito temprano. Y no es poco: en términos de innovación, la sensibilidad del mercado y la visibilidad pueden ser aportes valiosísimos.

He visto numerosos proyectos y emprendedores deslumbrados por el dinero que podían obtener en un hipotético crowdfunding, y en todos los casos, estaban confundiendo el objetivo. Aunque quede frívolo decirlo cuando en ocasiones hablamos de cantidades millonarias, lo importante en un proyecto de crowdfunding no es el dinero. Lo que obtengas en el proceso tendrás que dedicarlo fundamentalmente en la fabricación del producto que te han pre-comprado, y cuando termines de enviar los productos, si lo consigues – generalmente las fechas de entrega se prolongan más de lo esperado – te encontrarás, en muchos casos, agotado. Y si bien el hecho de haber sido capaz de sacar adelante un proyecto de crowdfunding de manera exitosa puede servirte como carta de presentación con algunos inversores, tendrás que plantearte la negociación con ellos como una fase completamente diferente en el desarrollo de tu compañía. El crowdfunding no habrá actuado como un sustitutivo para la financiación del proyecto, y lo más valioso que podrás haber extraído de él, si lo hiciste bien, será una buena sensibilidad del mercado, posiblemente una comunidad de usuarios interesante, algo de visibilidad fugaz y la experiencia implicada en la puesta en marcha. No el dinero. El dinero que obtengas en crowdfunding nunca será determinante para el futuro de tu compañía, lo será lo que puedas hacer para obtener financiación mediante otras vías.