IMAGE: Nick Youngson CC BY-SA 3.0 Alpha Stock ImagesDos noticias aparentemente contrapuestas me llaman la atención esta semana en el complejo asunto de la Facebook post-Cambridge Analytica y el futuro que la espera: por un lado, la compañía está llevando a cabo estudios de mercado destinados a intentar averiguar qué porcentaje de usuarios podría estar interesado en un modelo de suscripción, un pago mensual a cambio de utilizar la red social sin verse sometido a ningún tipo de publicidad ni a tratamiento de sus datos. Por otro, unas declaraciones de Matt Hancock, Secretario de Estado de Digital, Cultura, Medios y Deporte del Reino Unido, en las que afirma estar abierto a la idea de obligar a plataformas digitales como Facebook o Google a pagar por los datos que extraen de sus cientos de millones de usuarios.

¿Cuál es el futuro de nuestros datos personales? En el momento actual, y a la espera del escenario que resulte tras la entrada en vigor, el próximo 25 de mayo, del Reglamento General de Protección de Datos en la Unión Europea (que afecta a todo aquel qe pretenda desarrollar relaciones o negocio de algún tipo con sus ciudadanos), nuestros datos están simplemente ahí, abiertos a prácticamente cualquier tipo de recolección, análisis o transacción de cualquier tipo. Poco ayuda a la especulación sobre el futuro el enorme analfabetismo de la mayoría de la población en este aspecto, carente de cualquier tipo de fundamento o lógica empresarial y que lleva a una gran cantidad de personas a pensar que sus datos son un objeto constante de compraventa entre compañías: con excepciones, nuestros datos son recopilados, procesados y explotados por las mismas compañías, que no los venden a terceros por una simple cuestión de lógica y viabilidad, sino que se limitan – que no es poco – a permitir su explotación, con sus términos, sus condiciones y sus herramientas.

Ambos futuros, de hecho, podrían ser compatibles, aunque arrastran connotaciones relativamente complejas. Muchos han querido relacionar la idea de que las compañías que explotan nuestros datos paguen por ellos a sus legítimos propietarios un cierto porcentaje de las ganancias que generan con ellos, una suerte de “renta básica” que provendría de esa cesión consciente de nuestros datos para su explotación. La posibilidad de combinar esa idea con un modelo freemium que, potencialmente, excluyese a aquellos que pueden pagar por ellos de ese modelo basado en publicidad y de ese tratamiento de sus datos evoca una sociedad estratificada, con una capa privilegiada que paga por el derecho a su privacidad mientras otra se ve obligada a sacrificarla y ponerle un precio para obtener a cambio un determinado ingreso.

Por otro lado, una dualidad así requeriría de algunos análisis de escenarios: obviamente, eliminar a los perfiles potencialmente más interesantes del abanico al que un posible anunciante puede impactar a través de una red social es un factor que reduce el atractivo total de anunciarse en esa red social. Si la propuesta mayoritaria de una campaña en Facebook pasa a ser únicamente la de impactar a los que no pueden pagar para salvaguardar su privacidad, la inversión potencialmente realizada por esas marcas podría reducirse en consecuencia, y habría que ver hasta qué punto los ingresos recibidos por Facebook en concepto de suscripciones puede ser suficiente como para compensar esas pérdidas. El correspondiente análisis implica entender no solo el porcentaje de usuarios potencialmente interesados en pagar por ese servicio freemium,  sino también la correspondiente sensibilidad al precio, que podría buscar una estrategia de posicionamiento amplio o más o menos elitista.

¿Cuál es el futuro escenario para la explotación de nuestros datos personales, una actividad que hoy implica a unas pocas compañías, pero que muy posiblemente sea cada vez planteado por compañías en más y más ramos de actividad? Pagar a los usuarios por el acceso a esos datos? ¿Que sean los usuarios los que paguen para evitarlo? ¿Ambos? Muchas posibilidades, que posiblemente dependan de la evolución del escenario que se genere tras la aplicación de GPRD, y muy pocas certidumbres.

 

IMAGE: Mohamed Hassan - CC0 Public Domain

Marcos Sierra, de VozPópuli, me llamó para hablar sobre una posibilidad insinuada por una serie de preguntas del senador demócrata de Florida Bill Nelson en la comparecencia de Mark Zuckerberg: la idea de que sus servicios puedan, en algún momento, llegar a plantearse como un modelo freemium, con algunos usuarios que paguen para asegurar un tratamiento más respetuoso de sus datos o para evitar la publicidad. Hoy publicó su artículo titulado “Facebook de pago” (pdf), en el que incluye algunos de mis comentarios.

Como comenté con Marcos, la idea de pagar por un servicio en la red no me resulta en absoluto ofensiva: pago por muchísimas más cosas de las que pensé en cualquier momento de mi vida que llegaría a pagar, y lo hago, en general con satisfacción.Los modelos freemium tienen una gran popularidad en la red, y aunque sus premisas no son sencillas y el factor de conversión se convierte en una permanente espada de Damocles que amenaza su viabilidad, también hay compañías que han llegado a obtener rentabilidades muy importantes gracias a ellos o incluso que han salido a bolsa con las perspectivas generadas por ellos, como en los recientes casos de Dropbox o Spotify.

¿Qué motivos existen para pagar por servicios que podrías obtener gratuitamente en la red? Muchos, de muy variados tipos, y en ocasiones, con servicios que integran o mezclan varios de los modelos. Sin ánimo de ser exhaustivo, destacaría los siguientes:

  • Privilegios: el tramo gratuito de un servicio posibilita un nivel de servicio determinado, mientras que si se opta por el tramo de pago, se reciben otros servicios exclusivos y con connotaciones superiores o más ventajosas. Casos como Dropbox, Feedly, StatCounter, iCloud, LinkedIn o Google Drive responden a modelos de este tipo: si pagas, tienes acceso a más espacio de almacenamiento, a servicios adicionales, a una licencia sin limitaciones, a un plazo ilimitado de uso, a un cierto nivel de soporte técnico, etc.
  • Sostenibilidad: aunque el pago no es necesario como tal, algunos usuarios deciden pagar en función de una consideración de hacer el servicio sostenible, de preservar su viabilidad, porque valoran el servicio, reconocen que les aporta valor, y se sienten satisfechos aportando su grano de arena para que pueda seguir funcionando. Un caso claro sería el modelo de donaciones de Wikipedia, pero existen muchísimos más, como Patreon.
  • Activismo: muy similar al anterior, pero añadiendo un componente de causa o militancia a la valoración del servicio. Todos podemos utilizar los servicios de la Electronic Frontier Foundation (EFF) o Fight for the Future (FFTF), por ejemplo, pero si además pagamos, apoyamos con esos pagos las causas que defienden.
  • Eliminar molestias: el tramo gratuito proporciona el servicio, pero acompañado de determinadas molestias diseñadas esencialmente para recordar al usuario que puede librarse de ellas si se pasa al tramo de pago. El caso más claro en este sentido serían servicios como Spotify, sobre la cual escribí recientemente, o YouTube Red, pero Facebook podría, en caso de optar por un modelo de pago, entrar posiblemente dentro de esta categoría. Algunas publicaciones, como Wired, también lo utilizan.
  • Prestigio o reconocimiento: el servicio puede ser utilizado de manera gratuita, pero pagar por él puede suponer, además, una connotación de prestigio, de élite, de reconocimiento o de consideración especial. El modelo de algunas plataformas de aprendizaje online, como Coursera u otras, en las que el pago permite el acceso a un diploma que justifica el seguimiento del curso, podría entrar en esta categoría.

Pueden existir otros modelos, y muchos de ellos entremezclan en sus fórmulas varios de estos elementos. En el caso de Facebook, el problema puede provenir de tratar de encuadrar una propuesta de valor como la de una red social dentro de una consideración de servicio importante, cuando desde sus inicios, su consideración ha tendido tradicionalmente a estar más bien dentro del ámbito de lo frívolo, de lo prescindible. Para Facebook, proponer un modelo de pago podría homologarse a un caso similar al de Spotify, pero con matices: la propuesta de acceder a sus servicios sin la molestia de la publicidad parece poco persuasiva considerando la apuesta de la compañía por un modelo de publicidad poco intrusivo, lo que podría llevarla o bien a optar por modelos de publicidad más molestos, o bien por incluir algún compromiso sobre el tratamiento de los datos del usuario, lo que, en cierto sentido, tendría una cierta connotación de chantaje. La idea de pagar a cambio de un tratamiento privilegiado de sus datos o de una exclusión de los sistemas tradicionales de publicidad o segmentación, a modo de lista Robinson podría, en cualquier caso, llegar a resultar interesante para aquellas personas interesadas en preservar su privacidad sin dejar de utilizar un servicio que les mantiene en contacto con su red social o con lo que estos comparten.

En cualquier caso, la respuesta de Zuckerberg a la pregunta del senador Nelson no parece sugerir ningún tipo de intención de ofrecer un servicio de pago:

“… we don’t offer an option today for people to pay to not show ads. We think offering an ad-supported service is the most aligned with our mission of trying to help connect everyone in the world, because we want to offer a free service that everyone can afford.”

“… a día de hoy no ofrecemos una opción en la que los usuarios paguen por no recibir anuncios. Creemos que ofrecer un servicio financiado con publicidad es lo que mejor se alinea con nuestra misión de tratar de ayudar a conectar a todo el mundo, porque queremos ofrecer un servicio gratuito al que cualquiera pueda acceder.”

Eso, obviamente, lleva a situar esta idea de un servicio de pago dentro de Facebook en la más absoluta especulación. Pero incluso dentro de este terreno… ¿sería posible que llegases a planteártelo? En mi caso, Facebook no es un servicio que considere fundamental en mi vida, pero eso se debe simplemente a que el tráfico que envía a mi página no es algo de lo que dependa en absoluto: no tengo publicidad, no me van mejor las cosas cuanto más tráfico tengo, y por tanto, no considero que lo necesite, aunque podría llegar a planteármelo. Pero ¿qué ocurre con todos aquellos negocios que sí necesitan a Facebook para llegar a su público, para proporcionar servicios de atención al cliente o para simplemente mantener abierto un canal de comunicación? Esos servicios, a día de hoy, pagan por hacer publicidad para mantener un alcance que una vez, hace tiempo, obtenían gratis. ¿Podría diseñarse un modelo en el que Facebook cobrase precisamente a ese tipo de usuarios que sí extraen una rentabilidad de Facebook, que sí precisan unas analíticas o que se plantean que, sin Facebook, les resultaría más difícil llegar a sus usuarios?

 

ACTUALIZACIÓN: TechCrunch publica, unas horas después de este, un interesante artículo sobre el mismo tema, The psychological impact of an $11 Facebook subscription

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “Would you pay to use Facebook?” 

 

IMAGE: Venimo - 123RFEs un tema al que llevo cierto tiempo dando vueltas, y que me está llevando incluso al desarrollo de un intento de taxonomía, de clasificación de algunos modelos de negocio en función de su potencial de cara a la explotación de sus datos mediante el machine learning… ¿y si la clave de muchos de los modelos de negocio freemium – basados en la combinación de una oferta gratuita unida a la de una oferta premium a cambio de un pago determinado –  estuviese en el desarrollo de esa oferta de servicios mediante la analítica y el machine learning?

Imaginemos, por ejemplo, un medio de comunicación: ¿podría ser posible que ofreciese sus noticias en abierto a todos los usuarios de manera gratuita, pero generase además una oferta adicional de servicios a cambio de un pago a aquellos usuarios que perciben un valor en ellas? ¿Cuántos usuarios estarían dispuestos a pagar, por ejemplo, por un sistema de alertas realmente basado en sus intereses, en función de todo lo que leen habitualmente, o incluso que les descubriese esos intereses aunque no fueran especialmente conscientes de ellos? ¿Cuál sería la clave para que ese medio de comunicación pudiese llevar a cabo esas alertas con una gran exactitud y certeza de que lo que está siendo recomendado es realmente lo que al usuario le interesa? Ni más ni menos que en la generación y  análisis masivo de datos, precisamente lo que un modelo gratuito debería ser capaz de ofrecer. ¿En qué momento las recomendaciones de libros de Amazon dejan de ser percibidas como una incitación a la compra compulsiva, y empiezan a ser un servicio valioso o incluso fundamental para un experto en un tema determinado?

¿Pagaríamos por un sistema que, en el caso de un servicio de música, fuese capaz de construirnos listas en función de una ocasión o un momento determinado, con una gran precisión y asegurándonos que las canciones elegidas responden adecuadamente a nuestros gustos? ¿Estaríamos dispuestos a rascarnos el bolsillo por una Twitter que nos separase las señales que nos interesan del inmenso ruido circundante, o incluso que hiciese las adecuadas comprobaciones y nos previniese su vamos a twittear o retwittear una estupidez? Si contamos con una base de datos adecuada, no cabe duda que eso es algo que un buen algoritmo de machine learning sería capaz de hacer bien. ¿Cuántas apps serían susceptibles de mejorar su propuesta de valor al usuario si llevasen a cabo un procesamiento adecuado de los datos? Hoy, algunas de esas apps, de hecho, ante la supuesta dificultad de los procedimientos analíticos implicados, ceden sus datos a cambio de dinero a terceros susceptibles de explotarlos, pero esa situación podría cambiar a partir del desarrollo progresivo de aplicaciones MLaaS, Machine Learning as a Service, servicios en la nube que permiten una gestión infinitamente más sencilla y sin necesidad de llenar la plantilla con decenas de científicos de datos para plantear y llevar a cabo los correspondientes análisis.

¿En cuántos de los servicios gratuitos que utilizamos hoy en día podría tener sentido incorporar un tramo de pago con productos construidos a partir de la analítica? Obviamente, no en todos ni para todo el mundo, pero ¿sería un planteamiento así razonable para endulzar la parte premium de algunos de esos servicios? ¿Hasta qué punto podría un modelo de negocio basado en el freemium beneficiarse de un conocimiento adecuado de las posibilidades que la analítica y el machine learning ofrecen a partir de sus datos?

 

IMAGE: lculig - 123RFMi columna de El Español de esta semana se titula “Entender la red“, y vuelve al tema que toqué hace un par de días, el acuerdo al que una compañía discográfica ha obligado a someterse a Spotify, en virtud del cual los más de cincuenta millones de usuarios de la compañía que no pagan una suscripción y que escuchan (o mejor, soportan) publicidad (que no quieren escuchar) intercalada con la música (que sí quieren escuchar) y que reportan a la compañía unos ingresos de alrededor de $220 millones de dólares dejarán de tener acceso a las novedades del catálogo de sus artistas preferidos hasta que hayan pasado dos semanas de su salida. 

Pongamos las cosas en su sitio: la música vale dinero, y las empresas deben tratar de ser rentables. De acuerdo. Que cincuenta millones de usuarios pretendan escuchar música, es decir, obtener un producto que vale dinero, sin pagar nada por ello, es algo que en principio, suena difícil de sostener. ¿Cuál es la razón, entonces, que sustenta el hecho de que una empresa nativa de internet, fundada en 2006 por dos personas jóvenes que claramente entendían cómo funcionaba la red, trate de acomodar a esos usuarios no dispuestos a pagar en un tramo gratuito financiado con publicidad? Obviamente, la idea no era simplemente “tenerlos contentos” ni “ser generosos”, sino tratar de que un cierto porcentaje de esos usuarios terminase por valorar el servicio lo suficiente como para tomar la decisión de comenzar a pagar por él. He visto ese proceso en numerosas ocasiones: en amigos, en familiares, en conocidos… y sí, existe, no es mitología. Sucede de verdad.

Para obtener algo así, que se llama tasa de conversión y que viene a ser el verdadero sancta sanctorum de muchísimos negocios en la red, el balance es sumamente delicado. Comienza por ofrecer a esos usuarios una oferta de contenido que verdaderamente valga la pena, a cambio de algo que si bien puede resultar relativamente molesto o incómodo (en este caso, los anuncios publicitarios), no suponga para esos usuarios un desprecio o algún tipo de agravio. Según lo que Spotify lleva tiempo investigando activamente (no, esto no es un negocio de “pongo una base de datos con mucha música y espero”… aquí hay una importantísima cantidad de investigación, de estudio y comprensión de patrones y modelos de uso, de propensión al pago, etc.), un usuario puede aceptar escuchar una cierta cantidad de anuncios intercalados con su música, puede entender que esos anuncios provienen del hecho de que no paga una suscripción, y puede valorar ese servicio que le permite acceder cómodamente a la música a pesar de que le someta a un cierto… “martirio”. Si el martirio se vuelve excesivo (es decir, si el número de anuncios crece demasiado), el usuario se irá con la música a otra parte, nunca mejor dicho. Pero si en un momento dado, llevado por sus circunstancias personales, por el hartazgo de la publicidad, por una oferta o por una combinación de los astros, decide probar el modelo de pago… entonces se produce la magia.

Hasta el momento, Spotify ha sido extraordinariamente buena a la hora de generar esa magia. Nada menos que cincuenta millones de personas en todo el mundo han decidido pagar por su servicio sobre un total de cien millones de usuarios totales, lo que la lleva a plantearse que podría llegar a tener resultados positivos por primera vez en este año 2017, once años después de su fundación. Ese tipo de ciclos largos, en los que se pasa mucho tiempo creciendo en facturación pero incurriendo en pérdidas, en los que el negocio se sustenta en un porcentaje relativamente pequeño de usuarios de pago, son habituales en quienes entienden la red: se puede ser rentable, pero hay que aceptar unas ciertas reglas y estructuras de coste que en la red son marcadamente diferentes. Hay que entender la red.

Si los usuarios de Spotify empiezan a ver que la compañía les da muestras de que no son bienvenidos, les hurta determinadas canciones que querían escuchar – de hecho, siendo novedades, no solo querrán escucharlas, sino que muy posiblemente sean el objeto por el cual entraron en Spotify ese día – y de alguna manera, les estropea la experiencia de uso, lo que harán esos usuarios será irse. Empezarán a escuchar música en otros sitios, o la obtendrán a través de descargas irregulares, que por mucho que algunos piensen que pueden erradicarse, está más que demostrado que es completamente imposible. La propensión de esos usuarios “fastidiados” a convertirse a usuarios de pago no crecerá como resultado del “fastidio adicional”, sino que decrecerá, de manera inversamente proporcional al crecimiento del odio hacia la compañía que consideran que les maltrata. Una cosa es ponerte anuncios fastidiosos, algo que ya en cierto sentido forma parte del contrato psicológico con el servicio… pero otra es tratarte como un apestado al que se niega el acceso a las novedades, una parte importante de la propuesta de valor de un sitio de música.

Si Spotify, que entiende la red pero tiene incrustado en su accionariado a una serie de dinosaurios del pasado que no la entienden ni de lejos, tiene problemas con su modelo freemium, ¿qué no tendrán otras compañías que, simplemente, no entienden la red desde el principio? ¿Por qué tantos periódicos, por ejemplo, tienen tantos problemas para convertirse en rentables? Sencillamente, porque tratan a los usuarios como basura. Y resulta enormemente difícil que un usuario al que tratas como basura termine por decidirse a darte un dinero determinado a cambio de nada. Si te dedicas a literalmente martirizar a tus usuarios con formatos de publicidad que no administrarías ni a tu peor enemigo, con trampas demenciales en las que escondes el botón de cerrar, con sonido preactivado, con vídeos que se lanzan solos, con desplegables que te hacen sentir como pisando un campo de minas o con anuncios que tapan las noticias, lo siguiente que puedes esperar es que aquellos usuarios que sepan hacerlo y tengan dos dedos de frente se instalen un bloqueador de publicidad. Simple y llanamente, es una respuesta a una agresión. Si una vez que se lo han instalado, les niegas la entrada, estás añadiendo el insulto al agravio, los estás fastidiando aún más, y es mas que probable que te enseñen un dedo, y no precisamente el dedo de hacer clic en ningún botón, sino otro diferente. Y si aún te extrañas de eso… es que no solo no has entendido nada, sino que además, eres tonto. Así de sencillo. Y aunque no os lo creáis, os aseguro que de esos, hay unos cuantos, y los he visto con estos ojitos a poca distancia en alguna sala de conferencias.

Los modelos freemium son enormemente interesantes. Yo llevo mucho tiempo estudiándolos y analizándolos, y desde hace algo más de un año, soy además miembro del consejo de administración de una compañía que trata de ponerlo en práctica, por el momento con gran éxito. Pero lo fundamental para esos modelos es entender que para triunfar en la red hay que ENTENDER LA RED. Así, con mayúsculas. Si crees que en la red puedes, por ejemplo, obligar a que quien enlaza a tus contenidos – y por tanto te aporta tráfico – te pague por ello, es que no has entendido nada. El enlace es una pieza clave en la red, y atacar la naturaleza del enlace supone ir en contra de la red. Incluso en el caso de que pudieras, recurriendo a políticos ignorantes o corruptos, conseguir que la ley estuviese de tu parte, algo así nunca funcionaría. Si crees que puedes presentar a los usuarios un producto basura, lleno de molestias e incomodidades, y que aún así te apoyen y te soporten estoicamente porque eres “un bastión de la democracia”, deja de beber. Para que una idea funcione en la red, considerando la cantidad de opciones que un usuario tiene al alcance de un clic, tienes que cuidar a tus usuarios, mimarlos, hacerles sentir que forman parte del servicio, ofrecerles una parte razonable de prestaciones cuando no pagan, y darles oportunidades para convertirse al pago cuando lo estimen oportuno o adecuado. Si en lugar de hacer eso te refugias en esa estupidez del “lo quieren todo gratis”, nunca triunfarás.

¿Todo gratis? Yo ya ni sé por cuántas cosas pago en la red, pero son muchas. Mi filosofía es que si algo me ofrece un servicio que de verdad valoro y aprecio, prefiero pagar por él, porque con eso contribuyo a hacerlo sostenible. ¿Es esa la filosofía de todos los usuarios? No, por supuesto que no. Esa filosofía hay que desarrollarla con el tiempo y con la experiencia, a base de consistencia, de buen trato y de propuestas razonables. Para quienes entienden la red, es cuestión de tiempo y de planes de negocio pacientes. Para quienes no la entienden, supongo que será algún tipo de cruzada contra unos usuarios malvados que les odian, que lo quieren “todo gratis” y contra los que luchan encarnizadamente. No, mira, lo siento: con ese tipo de filosofías no se va a ningún sitio. Ni en la red, ni en la vida.

 

Spotify playlistSpotify anuncia una restricción para los usuarios de su tramo gratuito, aquellos que escuchan música sin pagar una cuota pero con publicidad intercalada cada pocas canciones, unos cincuenta millones de usuarios en todo el mundo que suponen para la compañía unos ingresos aproximados de $220 millones de dólares: algunos de los álbumes o canciones más novedosos de determinados artistas no estarán disponibles para estos usuarios, que tendrán que esperar en torno a unas dos semanas para poderlos escuchar.

La restricción viene a plasmar las permanentes tensiones entre Spotify y las compañías discográficas, empeñadas desde hace mucho tiempo en una cruzada por restringir el tramo gratuito del servicio. En la torcida lógica de las empresas discográficas, una reproducción gratuita es una amenaza, un problema, algo injustificable, porque entienden que de alguna manera desvaloriza el producto y supone un error que debe ser corregido. Sostienen que ganan muy poco por cada reproducción, y en su pretensión de ganar más, convierten a Spotify, un servicio líder y con un crecimiento envidiable, en una compañía en pérdidas. Las quejas de los artistas por las cantidades que reciben de Spotify, encabezadas por una Taylor Swift que puede tranquilamente tomar la decisión de retirar su música del servicio y renunciar sin despeinarse a seis millones de dólares, ignoran de manera irresponsable la gran verdad que se esconde tras estas cifras: que quien depreda a los artistas y se queda con sus beneficios no es Spotify, sino las propias discográficas.

¿Dónde está el problema de restringir el catálogo del tramo gratuito de Spotify para cincuenta millones de usuarios, sea de manera temporal o permanente? Sencillamente, que supone volver a enviar a esos usuarios a esquemas de descarga irregular. En el contexto actual de la música en la red, cuando cualquier canción está disponible a muy pocos clics de distancia, tratar de interponerse entre un usuario y la música que quiere escuchar supone crear un incentivo para que ese usuario, en lugar de integrarse en servicios que la industria podría eventualmente llegar a convertir en ingresos, se salga por la tangente y decida descargarse la música al margen de la industria.

De manera general, y desde hace mucho tiempo, todo intento de reducir el valor percibido de la oferta gratuita de Spotify supone incentivar la descarga irregular. La alternativa no está entre ganar poco por reproducción o ganar lo que ganaban antes, sino entre ganar poco y volver a no ganar absolutamente nada. Si en algún momento alguna discográfica pensó que su cruzada para eliminar las páginas de descarga persiguiendo a los usuarios surtió algún efecto, deberían dejar de consumir las sustancias que obviamente deben estar consumiendo: nunca fue así. Lo único que ha contribuido a que esas páginas sean menos utilizadas ha sido la disponibilidad de música en sistemas como YouTube, Spotify y otros similares. Nadie ha hecho tanto como Spotify por acabar con las descargas irregulares en la música, del mismo modo que nadie ha hecho tanto como Netflix y otros servicios similares por reducir las descargas de series de televisión.

El tramo gratuito es absolutamente fundamental para incentivar la prueba de un servicio como Spotify. La tasa de conversión de free a premium es la clave de este tipo de servicios, la forma de hacer que un usuario, tras una prueba mas o menos larga, decida pagar por un servicio. Spotify, a lo largo del tiempo, ha sido capaz de llevar esa tasa a valores muy poco habituales, y continúa haciéndolo. Resulta perfectamente normal y comprensible que un joven pueda pasarse algún tiempo escuchando Spotify con publicidad, pero que pase a convertirse en usuario premium en cuanto considere que su economía da para ello, en muchas ocasiones aprovechando ofertas promocionales de algún tipo o inclusión con otro tipo de servicios. Que las discográficas decidan ignorar esa circunstancia y prefieran castigar al usuario gratuito con un catálogo progresivamente más incompleto no hace más que reducir esa tasa de conversión, e incentivar al usuario a volver a buscar en la red las canciones que el servicio le niega, en esas páginas de descarga que tan poco gustan a la industria, pero que son completamente imposibles de eliminar. ¿Alguien de verdad cree que si un usuario no encuentra en el servicio las canciones que busca, eso le decidirá a pagar una suscripción por el mismo servicio que le ha proporcionado una experiencia frustrante? No, más bien le enviará a buscar y explorar otras soluciones alternativas.

El acuerdo de Spotify con UMG es un craso error que vuelve a mostrar hasta qué punto las empresas discográficas siguen sin entender nada. Otorgar a las discográficas “más flexibilidad para los nuevos lanzamientos” supone estropear el tramo de servicio gratuito, ofrecer al usuario un producto incompleto y una experiencia frustrante, desincentivar la conversión y enviar a más personas a páginas de descarga. Es el grave problema de una compañía cuya única alternativa para ofrecer su servicio es “tener al enemigo en casa”, un enemigo que ya ha demostrado en numerosas ocasiones su megalomanía y su nula comprensión del mundo actual.