IMAGE: Sviatlana Zykava - 123RFLa política en los tiempos de las redes sociales ha adquirido muy extraños derroteros. En países no democráticos, como China, el régimen dedica más personas a la eliminación y manipulación de contenidos en las redes sociales que a su enorme ejército: una parte significativa de la población se dedica, en su día a día, a un trabajo tan digno del Ministerio de la Verdad de Orwell como fabricar una realidad alternativa para el resto de sus conciudadanos, eliminando toda participación anónima, crítica o considerada no aceptable, e insertando opiniones laudatorias hacia el gobierno en foros, redes y periódicos utilizando múltiples cuentas para simular un apoyo masivo.

En Rusia, la realidad no es muy diferente: miles de trolls, bots y cuentas falsas dedican su día a día a proteger el liderazgo de Vladimir Putin y a manipular el panorama político a su favor. Un conjunto de herramientas y técnicas de automatización de la desinformación que el régimen depuró con experimentos en varias ex-repúblicas soviéticas y que, de manera ahora ya oficialmente demostrada, utilizó en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas.

Facebook reconoce que unas 470 cuentas con identidades falsas y que pueden ser identificadas como radicadas en Rusia formaron parte de una estrategia coordinada y planificada para invertir unos 100,000 dólares en más de tres mil anuncios en la plataforma sobre cuestiones polémicas y asuntos que generaban una fuerte polarización, unidos a una amplia variedad de cuentas falsas de supuestos ciudadanos norteamericanos que insertaban, diseminaban, compartían y comentaban esos anuncios. El alcance potencial de esos anuncios se estima en unos setenta millones de ciudadanos norteamericanos, que podrían haberse concentrado en aquellos estados con más posibilidad de resultar estratégicos, y haber contribuido a la que sin duda fue la campaña más polarizada y agrias de la historia del país, durante la que volvieron a discutirse asuntos que se consideraban superados desde hacía décadas. Es perfectamente posible que muchas de las personas que acudieron a votar lo hiciesen manipuladas por mensajes incendiarios que estaban siendo insertados artificialmente en las redes sociales en las que se informaban por un esfuerzo coordinado por la inteligencia de una potencia extranjera.

La hipótesis de la manipulación rusa de las elecciones norteamericanas que llevaron a la Casa Blanca a Donald Trump se confirma con datos concretos, aparece en Wikipedia, pasa a ser objeto de una investigación en el Senado, y parece validar lo que algunos, hasta el momento, consideraban teorías paranoicas. Una nueva manera de entender la política y la injerencia en los procesos electorales, diseñada y ensayada originalmente en países no democráticos, y trasladada posteriormente aplicando el aprendizaje obtenido para tratar de influenciar elecciones en otros países. Armas de manipulación masiva difíciles de detectar, con infinitas formas posibles, capaces de enfocarse en todo tipo de aspectos para generar distintos efectos en los períodos precios a los procesos electorales, y que sin duda veremos a partir de ahora en muchos países, no solo por el interés que pueda generar manipular sus elecciones, sino porque pueden ser utilizados como banco de pruebas para sofisticar más aún las técnicas utilizadas.

Estamos ante el ataque más sofisticado y complejo a la base de la democracia en toda su historia: países que utilizan las redes sociales de manera organizada y respondiendo a una estrategia concreta, para manipular y generar estados de opinión en procesos electorales de otros países. La manipulación política y de la opinión pública no es un fenómeno nuevo: en el pasado, los gobernantes de un país podían intentar servirse de medios de comunicación afines para generar determinados estados de opinión que pudiesen resultar favorables a sus intereses. Al perder influencia los medios tradicionales y pasar un número cada vez mayor de ciudadanos a informarse mediante las redes sociales, estas técnicas de manipulación han evolucionado, y han pasado a ser muchísimo más sofisticadas, a disfrazarse de ciudadanos normales, y a simular corrientes de opinión genuinas, estados de opinión supuestamente masivos creados mediante astroturfing, que parecen provenir de los propios ciudadanos y aspiran a convencer a otros que, por el momento, carecen de los filtros que aplicaban a los medios. Reconstruir esos filtros para detener esos ataques a distintos niveles, y evidenciarlos para que los ciudadanos aprendan a detectarlos, caracterizarlos y reconocerlos va a ser, seguramente, una de las tareas más complejas a las que históricamente se ha tenido que enfrentar la democracia.

 

WhatsApp and businessFacebook comienza a esbozar lo que todo indica será el futuro de WhatsApp: tras presentar un programa para la obtención de insignias de verificación para compañías a finales del pasado agosto, anuncia ahora una aplicación para negocios, pensada para fomentar la comunicación entre las compañías y sus clientes, que aparentemente comenzaría siendo inicialmente gratuita para pequeñas o medianas empresas, pero no descarta cobrar a empresas de mayor tamaño.

Tras convertirse en una de las adquisiciones con un precio más elevado de la historia de la tecnología, Facebook ha conseguido que WhatsApp mantenga un fuerte crecimiento con una gestión muy escasa, sin interferir prácticamente en el desarrollo de la compañía más allá, lógicamente, de proporcionarle más recursos. Esa progresión ha llevado a WhatsApp a convertirse, en algunos mercados, en la aplicación de mensajería instantánea prácticamente estándar, con 1,300 millones de usuarios mensuales y mil millones de usuarios diarios en todo el mundo. Esto implica que en muchos países, WhatsApp puede interpretarse como una de las mejores opciones para la comunicación con el cliente, inbound o outbound, sea a efectos de marketing y promociones, o con el fin de proporcionar servicio. Esto exige el desarrollo de reglas y procedimientos que, como se indica en el programa de verificación, aseguren que la compañía va a estar allí cuando el usuario la requiera, y que podrá utilizar ese canal a efectos de marketing, siempre y cuando el usuario lo autorice debidamente, y arriesgándose a ser objeto de bloqueo si se convierte en excesivamente persistente.

Si Facebook logra su propósito, WhatsApp podría convertirse en el auténtico estándar para la comunicación entre compañías y usuarios, con todo lo que ello conlleva, y desarrollar una serie de flujos de ingresos como herramienta corporativa que muchas compañías se podrían ver prácticamente forzadas a adoptar en aquellos mercados en los que la herramienta se considera estándar de facto. Esto conllevaría el desarrollo de prestaciones que permitiesen a las compañías integrar WhatsApp dentro de su operativa comercial o de servicio como un canal más, con funciones que hoy en día consideramos completamente básicas en cualquier herramienta de gestión de interacción: administración multiusuario, tracking de la relación con el cliente y conexión con el CRM y las bases de datos corporativas para contextualizar la relación, indicadores de perfil, vínculos con la knowledge base para interacciones repetitivas, analíticas de uso, funciones de redirección y forwarding, generación automática de determinados documentos, posibilidad de desarrollo de bots conversacionales, etc.

Facebook ya no es un extraño en el desarrollo del mercado corporativo: su aplicación para la comunicación interna, Workplace, tiene ya un creciente portfolio de clientes, parece funcionar bastante bien a nivel de adopción, y aunque ofrece una versión gratuita, se establece además con un tramo premium por el que las compañías pagan en función del número de usuarios. Lograr, además, una penetración significativa en ese mismo mercado corporativo gracias a WhatsApp supondría responder parcialmente a una de las grandes preguntas que todos nos planteamos en el momento de su adquisición: como poner en valor una aplicación que renunció casi inmediatamente al único ingreso que había tenido, el pago por descarga, con el fin de incentivar su adopción, y que mantiene sus intenciones de no incluir publicidad, fiel a su principio de no ads, no games, no gimmicks. Con estas limitaciones, conseguir situarse en una posición que permita cobrar al mercado corporativo por una herramienta que consideran fundamental para hablar con sus clientes podría ser una jugada sumamente interesante, que situaría a Facebook en abierta competencia con muchas otras herramientas de propósito similar, pero con un nivel de adopción muy superior entre la base de clientes.

Para el usuario, recurrir a WhatsApp para establecer un diálogo con compañías podría llegar a resultar tan natural como utilizar el teléfono. Una posición que en algunos sentidos logró Twitter con un nivel de adopción menor, pero rodeada en ese caso de una imagen de “petición en público” con propósitos casi coactivos con el que no todas las compañías se encuentran a gusto. WhatsApp, en ese sentido, podrían constituir un canal más natural, más parecido a las dinámicas de interacción con el cliente con las que las compañías se encuentran más familiarizadas, al tiempo que ofrecería al usuario un nivel de control que evitase ciertas posibilidades de abuso.

Ese uso corporativo de WhatsApp como herramienta de interacción con el cliente parece estar comenzando a ser configurado por Facebook ahora mismo. ¿Se parecerá en un cierto tiempo nuestra pantalla de WhatsApp a la que aparece en la ilustración?

 

Facebook account disabledMi columna en El Español de esta semana se titula “Problemas sin precedentes” (pdf), e intenta hacer algo de didáctica acerca del impresionante reto tecnológico que supone para una compañía como Facebook gestionar una red con más de dos mil millones de personas, un tercio de la población mundial, que pasan en sus páginas una media de cincuenta minutos cada día consumiendo y creando todo tipo de contenido, y cuyas acciones es preciso controlar para evitar determinados comportamientos considerados nocivos.

Una entrevista con el director de seguridad de la compañía, Alex Stamos, revela que la red social elimina cada día una media de un millón de cuentas por infringir sus políticas de uso, por motivos con motivación económica como spam, fraudes o estafas, pero también por razones relacionadas con la exaltación del odio, la incitación a la violencia, las amenazas, el acoso, etc.

Eliminar un millón de cuentas al día implica, lógicamente, tener que revisar muchísimas cuentas más, con una combinación de herramientas algorítmicas y manuales que supone un reto tecnológico para el que no existen precedentes. Cuando leemos que Facebook se plantea fichar a miles de personas para supervisar contenido, podemos intentar hacernos una idea de la magnitud de la tarea y de lo que supone, teniendo en cuenta que la supervisión manual no es más que una parte de la solución. De hecho, el principal problema no es ya establecer una determinada política o criterio de seguridad, sino diseñar los retos técnicos que supone la supervisión de la misma. Imaginemos lo que supone patrullar una red en la que, cada día, un millón de cuentas son deshabilitadas por todo tipo de motivos: obviamente, se cometen errores tanto de tipo 1, o falsos positivos, como de tipo 2, o falsos negativos, que la compañía intenta lógicamente reducir en la medida de lo posible. Cada vez que la compañía identifica como violenta y elimina una cuenta que juraba venganza contra un mosquito, por ejemplo, se arriesga a situaciones que van desde la simple burla al escándalo o a las acusaciones de censura injustificada, y a tener que invertir valiosas horas en supervisión manual y revisión de casos individuales.

Mientras la compañía, como otras empresas con problemas similares como Google o Twitter, intenta avanzar en la resolución de este tipo de cuestiones, resulta que llegan una serie de políticos en Alemania que, en su supina ignorancia, no llegan ni remotamente a hacerse a la idea de lo que supone una tarea como esta, y deciden que como en las redes sociales hay en ocasiones mensajes de exaltación al odio, hay que hacer algo rápidamente. Y por supuesto, sus soluciones son, simplemente, “soluciones de político”: deciden convertir el hecho en delito penal e imponer una multa impresionante, 50,000 euros, a las redes sociales que no eliminen esos mensajes con la debida prontitud. La medida es una prueba clara de cuánto de profunda puede llegar a ser la ineptitud y la ignorancia de los políticos: como las redes sociales, debido a una escala y nivel de adopción sin precedentes en la historia, están teniendo algunos episodios aislados de divulgación del discurso del odio, vienen los políticos de turno y deciden que se les impongan multas. Y todavía creerán que han resuelto el problema.

¿Qué efecto genera una ley tan estúpida como esa, promulgada por absolutos ignorantes tecnológicos incapaces de imaginar lo que implica la tarea que tan alegremente demandan? Que Facebook ahora pasa de tener un problema que conllevaba el ridículo público, a tener otro que conlleva responsabilidades penales y enormes multas. En consecuencia, la compañía se ve obligada a escalar rápidamente sus esfuerzos en la supervisión de cuentas, a cerrar más cuentas, y a que los errores, lógicamente, se incrementen en consecuencia. Para arreglar un problema que se solucionaba simplemente dando tiempo a las compañías a que desarrollasen mejores sistemas y a que ideasen otros protocolos, se genera otro problema mayor: que ahora haya más cuentas que son cerradas incorrectamente por cuestiones como sátira, humor, ironía o simplemente exposición lícita de posturas políticas en las que se mencionan determinadas palabras.

En realidad, los mensajes de odio en las redes sociales son cada vez más un problema menos importante, porque la mejora progresiva de los sistemas de denuncia colectiva tienden a hacer que esas cuentas sean eliminadas de manera razonablemente rápida. El exceso de celo de los políticos de turno, en realidad, no era necesario. Pero ahora, a cambio, tendremos redes que censuran más, de manera más habitual y con más errores. Todo un gran logro: gracias por protegernos tanto.

Líbrenos dios de políticos ignorantes con buenas intenciones, que de los que las tienen malas ya procuraré librarme yo…

 

IMAGE: Alphaspirit . 123RFUna usuaria de Facebook y periodista, Kashmir Hill, ve una persona con un apellido que le suena familiar en una de las recomendaciones que Facebook insiste en hacerle dentro del listado de “Personas que quizá conozcas”, y tras contactarla, se da cuenta de que es la mujer que está casada con el hermano de su abuelo biológico, al que nunca conoció y con el que no comparte apellido porque abandonó a su padre cuando era pequeño. Por razones que no alcanza a comprender, Facebook parecía conocer mejor su árbol genealógico que ella misma, y había sido capaz de trazar una relación a pesar de que, tras ser adoptado, su padre recibió un apellido completamente diferente, y ni él ni las personas que posteriormente llegó a conocer de manera puntual de su familia biológica (con ocasión del funeral de su madre) utilizaban Facebook.

¿Qué sabe realmente Facebook de sus usuarios? Además de la gran cantidad de datos que compartimos voluntariamente con la compañía, bien de manera explícita cuando nos damos de alta o vamos rellenando aspectos de nuestro perfil, o bien de forma implícita durante los más de cincuenta minutos diarios que, como media, pasamos en sus dominios, resulta que la compañía invierte importantes sumas de dinero en la adquisición de bases de datos externas y brokers que reflejan aspectos de nuestra actividad fuera de la red, mediante acuerdos con proveedores de datos como el que tiene desde 2012 con Datalogix, compañía líder norteamericana en la explotación de datos de consumo a través de programas de lealtad y otras fuentes. Esos datos son, realmente, la fuente de negocio de la compañía, tanto gracias a la publicidad que recibimos cuando estamos dentro de su red, como cuando estamos en otras páginas.

¿Qué puede llegar a ver en el análisis de nuestras redes aquel que tiene la capacidad de verlo prácticamente todo, incluyendo partes de nuestro comportamiento en la red y fuera de ella, dónde estamos o por dónde nos movemos en función de la localización de nuestro teléfono, o incluso “pequeños detalles sin importancia” como esos fugaces momentos de curiosidad por saber qué fue de un antiguo un compañero de colegio o de una pareja anterior que tenemos en un momento dado o que tienen otras personas con respecto a nosotros? Un breve paso por el listado de personas que Facebook nos dice que quizá conozcamos nos brinda casi siempre detalles curiosos, que generalmente identificamos y somos capaces de explicarnos en función de datos como el número de contactos comunes que compartimos con alguien, el que pertenezcamos a un mismo grupo o se nos haya etiquetado juntos en una misma fotografía, las redes a las que podamos pertenecer (el colegio o la universidad en la que estudiamos, las empresas en las que trabajamos, etc.) y cuestiones similares. Pero la realidad es que el algoritmo de Facebook, sobre el que la compañía no ofrece datos porque lo considera parte de su ventaja competitiva, utiliza unas cien variables para obtener ese listado de personas que quizás conozcamos, y que tiene como función que tengamos redes más completas y exhaustivas porque, según su investigación, las personas con redes más completas tienden a tener una mayor fidelidad hacia la aplicación.

¿Qué sabe Facebook de nosotros? ¿Te has encontrado con sugerencias curiosas que no puedes explicarte de qué manera Facebook llegó a ellas? Tanto si quieres compartirlo aquí como si prefieres mantenerlo en privado, la periodista está pidiendo colaboración para hacer un poco de ingeniería inversa y tratar de entender qué tipo de datos está utilizando la compañía para hacer sus recomendaciones. ¿Está Facebook logrando convertirse en “el ojo que todo lo ve”?

 

ARKitUn interesante artículo en Financial Times, Apple searches for the next big thing, interpreta para el común de los mortales una serie de movimientos que hasta el momento han estado solo a la vista de la comunidad de desarrolladores, pero que muy posiblemente constituyan las claves del próximo gran movimiento de la compañía más valiosa del mundo.

Un movimiento que se asienta sobre ese logotipo que aparece en la ilustración: ARKit, un conjunto de APIs en tres capas que permiten generar de manera relativamente sencilla experiencias inmersivas en realidad aumentada, con prestaciones muy superiores a las de sus competidores a cambio de requerimientos inferiores en términos de hardware, y que ya en su presentación en el WWDC dejó claro que pretendía convertirse en alternativa para plataformas y desarrolladores.

En un plazo relativamente corto, vamos a ver cómo la realidad aumentada pasa de jueguecitos con menor o mayor trascendencia como una capa en Pokemon Go o unos filtros en Snapchat, a integrarse en prácticamente todo aquel entorno en el que surjan posibilidades de aportar algo de valor. Un movimiento en el que se encuadran acciones de Google como el lanzamiento de Tango o el relanzamiento de Google Class con usos industriales por parte de Google, la adquisición de Oculus por Facebook y sus desarrollos posteriores, o el desarrollo de HoloLens por Microsoft, con la intención todas ellas de hacerse con una participación significativa de un mercado en el que se prevén crecimientos del 100% anual a lo largo de los próximos cuatro años.

Echa un vistazo a este vídeo: robots caminando por las calles de Londres, mezclados entre transeúntes y vehículos:

La gracia no está en el vídeo en sí, que es un simple experimento hecho con ARKit por una compañía londinense, sino en que está creado con un simple iPhone 7, con Unity, uno de los principales motores de desarrollo de videojuegos, y en tan solo un fin de semana. En muy poco tiempo, vamos a ver cómo la realidad aumentada y virtual (AR/VR), considerada por muchos la cuarta transformación en la tecnología de consumo, desarrolla sus cuatro etapas: de software para smartphone, a hardware para smartphone, a visores y gafas con cable y, finalmente, a visores y gafas independientes, con Apple sólidamente posicionada en cada una de ellas, sea mediante productos ya lanzados y funcionando, o mediante patentes y experimentos en ese espacio que sugieren sus intenciones. De nuevo, la estrategia habitual: llegar a un terreno en el que pululan numerosos competidores, plataformas y actores, y tratar de reinventarlo.

Si quieres entender lo que viene y que será ya completamente evidente a partir de septiembre, ya tienes aquí unos cuantos enlaces por los que empezar a curiosear ;-)