Tesla logo over Saudi Arabia mapEl tweet que Elon Musk publicó el pasado 7 de agosto, que pilló por sorpresa incluso a su mismísimo consejo de administración, y el posterior artículo en el blog corporativo sobre la posibilidad de excluir a Tesla del mercado bursátil pagando a los accionistas unos 420 dólares por acción ha dado lugar ya a infinitos golpes de tecla en medios de todo el mundo.

La SEC, que admite el uso de cuentas oficiales en redes sociales como herramientas de comunicación corporativa, está investigando hasta qué punto el texto “funding secured”, “financiación asegurada”, podría constituir una posible violación de las normas destinada a elevar la cotización de las acciones. Varios accionistas han denunciado a la compañía por manipular el precio de sus acciones asegurando tener esa financiación asegurada cuando en realidad no era estrictamente así, aunque la aclaración del tema publicada por Musk afirma que el accionista comprometido con esa inversión, que no es otro que el fondo soberano de Arabia Saudi, ha confirmado su interés en la operación, y que además, la operación se llevaría a cabo no con deuda, sino con capital.

La noticia, desde mi punto de vista, tiene dos derivadas interesantes: la primera proviene de las razones del interés por sacar a la compañía del mercado, que podrían convertirse en un movimiento pionero que llevase a otras compañías de Silicon Valley a plantear lo mismo. El mercado bursátil, que tradicionalmente ha significado un paso fundamental a la hora de capitalizar las compañías y obtener fondos para su expansión, se ha convertido en un lugar incómodo, en el que analistas ignorantes con criterios profundamente simplistas someten a las compañías a constantes vaivenes en su cotización por razones que tienen mucho más que ver con intereses cortoplacistas que con la estrategia y la visión a largo plazo, vaivenes que distraen a los gestores, crean incentivos perversos y no alineados con el interés corporativo, y generan discusiones en muchos casos completamente estériles. La bolsa, vista así, podría seguir siendo ese momento mágico en el que se da entrada a cualquier inversor dispuesto a comprar acciones y permite la salida de los inversores anteriores que solo podían adquirirlas mediante un acuerdo con los propietarios de la compañía, pero pasaría, tras obtener esos fondos, a convertirse en un socio incómodo, ruidoso y molesto, con muchas más exigencias que beneficios reales. Si los mercados financieros, base de la economía capitalista, están pasando a tener esa consideración, podríamos estar ante el presagio de un importante problema futuro.

La segunda derivada es igualmente de mucho calado: ¿qué significa que el fondo soberano de Arabia Saudí, constituido fundamentalmente gracias a la riqueza acumulada mediante la explotación del petróleo, esté dispuesto a financiar la salida de Tesla del mercado bursátil? Sencillamente, una muestra de que la Vision 2030, un ambicioso plan para reducir la dependencia del país del petróleo, diversificar su economía y desarrollar sectores de servicios públicos como la salud, la educación, las infraestructuras, el ocio y el turismo, se ha convertido, bajo el liderazgo de Mohammad bin Salman, en una realidad tangible. Las más de doscientas inversiones del fondo soberano tienen como objetivos fundamentales campos como las telecomunicaciones, la industria aeroespacial, las tecnologías sostenibles, la seguridad, las energías renovables y las tecnologías de la información, y en ese sentido, es indudable que una compañía como Tesla encaja como un guante. Otra cuestión sería valorar los posibles intereses que un inversor así, si fuese mayoritario, podría tener en el control de los ritmos: una cosa es definir que se entiende que la única manera sostenible de crecer es plantearlo en torno a la generación de energía sostenible, el aprovechamiento del sol y los vehículos eléctricos, y otra cosa es querer que eso ocurra de un día para otro, algo que podría llegar a amenazar lo que es aún la clave de la economía del país. En ese sentido, los planes de Elon Musk para conseguir una base de accionistas suficientemente amplia que pudiese evitar un control excesivo por parte de los saudíes podrían convertirse en clave para la viabilidad futura y los planes de la compañía. 

Por otro lado, el movimiento del fondo soberano de Arabia Saudí sería la confirmación de que Silicon Valley, en la práctica, tiene más bien pocos reparos en la procedencia del dinero de sus inversores, la calidad de su democracia o sus tendencias al absolutismo, algo que, de hecho, ya había sido confirmado por la abundante presencia de inversores procedentes de un país como China. En la práctica, en Silicon Valley, los componentes ideológicos pasan a un claro segundo plano cuando hablamos de inversiones que pueden ayudar a las compañías a alcanzar sus objetivos a largo plazo: indudablemente, la misión de Tesla, establecida como “acelerar la transición del mundo hacia las energías renovables”, podría verse reforzada gracias al hecho de contar con una base de financiación más estable que los mercados financieros, y el hecho de que ese dinero pudiese provenir en una parte muy significativa del fondo soberano de Arabia Saudi, el país que supone la fuente más importante de petróleo del mundo, podría llegar a convertirse en un auténtico símbolo de ese cambio de época que la compañía pretende provocar, y para el que Arabia Saudi, un país con abundantísima insolación y con buenas bases para adaptarse a un nuevo modelo económico, afirma estar preparándose.

¿Llegaremos a ver una Tesla convertida en compañía privada y con Arabia Saudi como uno de sus inversores de referencia? (en realidad, el fondo posee ya casi un 5% de la compañía, mediante compras llevadas a cabo en el mercado). La idea no parece ya tan alocada cuando Elon Musk ya ha anunciado el nombramiento de asesores para llevar a cabo sus planes, y cuando el voto de los accionistas de la compañía, fundamental para la operación, podría inclinarse masivamente por dar su apoyo al plan. Que eso llegue a suponer, como Elon Musk parece pretender, una aceleración en los planes de la compañía, o pueda llegar a generar dudas en ese sentido, es ya es otra cuestión.

 

Tesla Model 3

Algo interesante podría estar pasando en el mercado automovilístico norteamericano: las ventas del primer vehículo producido para un mercado masivo por Tesla, el Model 3, sobrepasaron en el mes de julio las de todos sus competidores en el segmento de vehículos de lujo pequeños y medianos, fabricados por compañías como BMW, Mercedes, Audi, Lexus, Cadillac, Infiniti, Acura, Volvo, Alfa Romeo o Jaguar. Las ventas del Model 3 llegaron hasta las 16,000 unidades, frente a las 12,811 de BMW o las 11,835 de Mercedes, sus perseguidores más cercanos.

Más allá de las ventas, resulta interesante hablar de las percepciones que rodean al vehículo, que consigue no solo mantener la tradición de automóvil divertido de conducir habitual en la marca, sino además, adelantar un concepto de “automóvil como smartphone gigante” que aunque pueda presentar aún algunas limitaciones funcionales, claramente funciona, y presagia cambios que veremos más adelante en el resto de las marcas, siguiendo una filosofía muy similar a la de Apple: redefinir y adelantar los conceptos que otras compañías adoptarán más adelante. Mientras otras compañías avanzan en su objetivos de conducción autónoma proporcionando al conductor más y más ayudas, Tesla podría pasar a incorporar autonomía completa en la versión 9 de su software que se presentará este mes de agosto, y que se actualizará durante la noche en muchos de los vehículos que los clientes tienen ya en sus garajes.

¿Qué ocurre cuando un mercado marcadamente tradicional como el norteamericano se da la vuelta y consagra como líder en uno de sus segmentos a un vehículo eléctrico? El Model 3 fue desde el primer momento un reto para Tesla: el primer automóvil con un precio alcanzable para una familia de clase media o media alta, con un precio que comienza en los 35,000 dólares, con el que pretendían cumplir los plazos de fabricación y entrega anunciados – lo consiguieron, aunque fuese unas no significativas cinco horas más tarde – y claramente, una parte muy importante en su estrategia, revelada por Elon Musk en una entrada en el blog de la compañía en agosto de 2006. Si para cumplir era necesario contratar a un número récord de trabajadores, cambiar una filosofía de mecanización posiblemente excesiva, construir enormes cadenas de montaje bajo carpas en el exterior de la fábrica o incurrir en pérdidas millonarias, no importa: la compañía no está fabricando coches, está cambiando el mundo, y eso es algo que cuesta dinero. Para algunos, los esfuerzos de Tesla para fabricar masivamente el Model 3 son una auténtica reinvención de la forma de fabricar automóviles. Y de nuevo, el mercado ha saludado las iniciativas y resultados de Tesla con una subida récord del 16%, la mayor ganancia en un solo día de los últimos cinco años.

Hace pocos años, el elemento que los ricos comenzaron a utilizar para impresionar a sus amigos dejó de ser un vehículo importado alemán o italiano muy potente, y pasó a ser un Tesla: no solo batía en prestaciones a los de esas marcas, sino que además, permitía exhibir una conciencia ecológica y sostenible. Ahora, esa idea se convierte en accesible ya no solo para los ricos dispuestos a gastarse por encima de los 70,000 dólares en un vehículo, sino para los que se gastan en torno a la mitad: no es “el coche para las masas”, pero sí el que muchos hogares pueden permitirse cuando invierten en un vehículo. Y por otro lado, un planteamiento económico en el que, al incorporar en el cálculo costes como los descuentos, el combustible, el mantenimiento o el valor de recompra; o ventajas como la posibilidad de aparcar gratis en todo tipo de plazas o de circular por las vías de alta ocupación, pasa a tener mucho sentido para cualquier hogar que haga en torno a los 20,000 kilómetros anuales. Cuando tu vendedor de coches no insiste en que te compres un vehículo eléctrico e insiste en que te lleves modelos de gasoil o gasolina, plantéate por qué puede ser.

Si Tesla consigue mantener la tendencia y el liderazgo de julio en el hipercompetitivo segmento medio del automóvil de lujo, podemos estar hablando de algo verdaderamente importante: un mercado extremadamente tradicional y profundamente apegado a los vehículos de combustibles fósiles, que comienza a darse cuenta de que lo eléctrico no solo es cool, sino que además, tiene mucho sentido. Una tendencia que indudablemente se reforzará a medida que otras marcas se vean obligadas a seguirla para mantener su competitividad: varias marcas están invirtiendo fuertemente en la fabricación de baterías, mientras otras avanzan en sus objetivos para presentar modelos eléctricos lo antes posible. Al final, la estrategia de Tesla podría, independientemente de los resultados económicos de la compañía y de la grandilocuencia de su fundador, terminar teniendo mucho sentido.

 

IMAGE: U.S. Department of Transportation - Federal Highway Administration (FHWA)El Reino Unido acaba de proponer la obligatoriedad de que toda vivienda de nueva construcción esté equipada con cargadores para vehículos eléctricos, una medida encuadrada dentro de su recién publicado informe Road to Zero y destinada a hacer viable la transición a un transporte por carretera con cero emisiones, al hilo de su plan para eliminar los vehículos diesel y de gasolina en el año 2040. El plan incluye el desarrollo de infraestructuras de carga públicas en elementos del mobiliario urbano como farolas, gasolineras o áreas de descanso en autopistas, pero no incentivos para el desguace de vehículos diesel. El grueso del dinero necesario para el plan, de hecho, proviene de cambios impositivos a este tipo de vehículos.

Las perspectivas con respecto al vehículo eléctrico están cambiando a gran velocidad, a pesar de los intentos del lobby del petróleo para evitarlo recurriendo a la intoxicación informativa. En países como Japón, el número de puntos de recarga supera ya desde hace ya años el número de gasolineras, aunque muchos de esos puntos están, lógicamente, en manos de particulares. Los autobuses eléctricos se configuran cada vez más como una opción lógica para el transporte público, empiezan a hacer ya un daño tangible a las empresas petroleras y reciben contratos para abastecer a cada vez más ciudades en distintos países del mundo.

La industria del automóvil va a experimentar cambios como no se han visto en toda su historia. Incluso la protagonista más señalada del dieselgate, Volkswagen, anuncia el lanzamiento de un servicio de car-sharing basado en vehículos completamente eléctricos el próximo año como parte de un plan para volver a ganar la confianza de usuarios y reguladores, apoyada por una alianza con una compañía china fabricante de baterías que abastecerá tanto a la compañía como a BMW. Esta última, de hecho, presenta la alianza como una forma de acelerar su transición hacia la fabricación masiva de vehículos eléctricos, que hasta hace poco consideraba no viable hasta 2020.

Cambios que, sin duda, van en la dirección correcta. El problema, sin embargo, no está en la dirección de los cambios, sino en su velocidad: el anuncio de que el Reino Unido se disponía a prohibir los vehículos diesel y de gasolina a partir del año 2040 intentaba evitar que el país se convirtiese en unos de los pocos de Europa que no siguen esa dirección, pero en realidad, todos sabemos que esa fecha es simplemente un brindis al sol, necesario únicamente para evitar las iras de los actuales propietarios de vehículos diesel y de gasolina. En la práctica, lo que estamos a punto de ver, a partir de aproximadamente 2020, es el momento en el que los vehículos eléctricos comienzan a tener un precio y, sobre todo, un coste total de propiedad inferior al de los vehículos de combustibles fósiles, momento en el que el mercado simplemente aplicará la racionalidad y comenzará a considerar la tecnología del motor de explosión como lo que realmente es: una alternativa obsoleta, costosa y, sobre todo, perjudicial.

Plantear objetivos en el año 2040 es, a estas alturas, una decisión absurda. Sobre todo porque envía a los usuarios y a las compañías automovilísticas la señal equivocada: la de que aún pueden pasarse más de dos décadas haciendo lo que hacen, sin plantearse cambios en su forma de hacer las cosas. Un error grave, fruto de los cálculos electorales de algunos, pero que nos perjudica a todos. China, que carece de problemas en ese sentido, se plantea objetivos mucho más rápidos a pesar de su tamaño: su mercado de vehículos eléctricos crece al doble de velocidad que el norteamericano, una transición rápida que el mercado apoya gracias a incentivos gubernamentales y a la construcción de puntos de recarga. A este paso, se podrá prever que China se convierta en el primer mercado predominantemente eléctrico, y que los Estados Unidos puedan llegar a ser el último país desarrollado en el que se vendan automóviles con motor de explosión.

¿Pueden los gobiernos y administraciones repensar sus prioridades y establecer planes con objetivos temporales razonables, en lugar de simples brindis al sol?

 

IMAGE: Public DomainDos publicaciones serias como The Guardian o CNBC se hacen eco de los cada vez más burdos intentos de la industria de los combustibles fósiles por esparcir desinformación acerca de los vehículos eléctricos, mentiras que les permitan prolongar lo más posible un modelo de negocio cada día más reconocido como perjudicial, como intrínsecamente dañino para todos.

Mentiras como la muy repetida de que los vehículos eléctricos contaminan supuestamente más que los convencionales, no solo convenientemente rebatida en múltiples ocasiones sino, además, cada día más falsa debido a los esfuerzos de más territorios por generar cada vez más electricidad a partir de fuentes sostenibles. Si la electricidad se produce cada día más y en más sitios a través de fuentes sostenibles, los vehículos eléctricos, que no generan apenas emisiones, no pueden en modo alguno resultar más contaminantes, e incluso cuando no es así, eliminar virtualmente las emisiones de los vehículos supone ya de por sí un fuerte alivio de la contaminación.

Otra mentira habitual afirma que el transporte no es importante y que, en realidad, deberían dejarnos conducir nuestros vehículos de combustibles fósiles porque, supuestamente, los verdaderos contaminantes son calefacciones o emisiones industriales. No, no es así. El transporte supone más de un tercio de las emisiones contaminantes, una buena parte de esas emisiones se produce en los lugares en los que vivimos y trabajamos, y toda reducción es susceptible de tener un gran efecto en la calidad de vida de los ciudadanos.

Otros afirman que un vehículo eléctrico es incapaz de proporcionar soluciones de transporte a las personas normales, o es susceptible de generar en ellas una constante ansiedad por falta de autonomía: una mentira cada vez más rebatida por la creciente autonomía de los vehículos eléctricos, que ya se acercan o incluso superan la de sus contrapartidas de combustibles fósiles. Mercedes ha comentado que su próximo vehículo eléctrico tendrá una autonomía de 500km, y algunos Tesla, como el próximo Roadster, se espera que tengan en torno a 1000km. Con el progresivo incremento de la densidad de las baterías, estas cifras solo pueden evolucionar de una manera: hacia arriba. 

Las propias baterías son también habituales receptoras de campañas de desinformación: en comentarios de esta página se han visto muy a menudo personas que acusan a las baterías de depender de fuentes de minerales supuestamente escasos, o de resultar de imposible reciclado, ambos conceptos completamente falsos: las baterías se reciclan perfectamente, sus elementos son perfectamente reutilizables, y además, contrariamente a lo que muchos piensan y mucho más importante, las baterías no muestran una degradación significativa a medida que pasa el tiempo o se recorren más kilómetros. En artículos científicos rigurosos que trabajan con datos de vehículos reales se muestra como, en la actualidad, la degradación de una batería se sitúa en torno al 1% cada 30,000km, lo que permite amortizar los vehículos eléctricos durante bastante más tiempo que sus contrapartidas alimentadas con combustibles fósiles. En muchos casos, esa mentira ha contribuido a que las empresas de leasing o renting ofrezcan unas condiciones espantosamente malas (y basadas en expectativas falsas, como un supuesto valor residual nulo al término del período) a quienes desean adquirir un vehículo eléctrico mediante ese tipo de fórmulas financieras, contribuyendo así a desincentivar las ventas. Por otro lado, la fabricación de baterías está experimentando un fortísimo aumento, lo que permite prever precios cada vez más bajos, al tiempo que otras tecnologías, como las baterías de estado sólido, se abren paso con rendimientos aún más prometedores.

¡Oh, dios mío, qué vamos a hacer con tantos vehículos eléctricos todos demandando energía a la vez cuando llegan a casa, no habrá generación suficiente!! Otra MENTIRA más, afortunadamente ya rebatida nada menos que por la asociación de suministradores de energía del Reino Unido, que afirma que la previsible llegada de varios millones de vehículos eléctricos no les quita el sueño en absoluto y que están perfectamente preparados para hacer frente a esa demanda y a esas perspectivas de futuro.

¿Mantenimiento? Poco que decir: un motor de combustión interna es un auténtico reloj de cuco, una obra de exaltación de los excesos de la ingeniería con más de diez mil partes móviles que hay que mantener permanentemente lubricadas y, periódicamente, reemplazar. Eso ha dado lugar a una enorme industria de recambios que elevan sensiblemente, como muchos saben cada vez que su vehículo tiene un problema o simplemente hay que llevarlo a revisión, el coste total de propiedad del vehículo. Un vehículo eléctrico típico tiene en torno a dieciocho partes móviles, con una degradación muy escasa y unas necesidades de mantenimiento drásticamente inferiores.

Con la información real en la mano y al margen de campañas de desinformación para tratar de retrasar la transición o para hacerla pasar por los vehículos híbridos – que llevan la ineficiencia al límite al montar dos motores, cargar al vehículo con el peso de unas baterías que terminan utilizándose de manera subóptima, o con diseños y autonomías pensadas esencialmente para aprovechar con falsedades las facilidades que ayuntamientos y autoridades otorgan a los vehículos supuestamente calificados como “limpios” – el vehículo alimentado por combustibles fósiles convencional es una tecnología superada, un problema a resolver, un modelo a erradicar lo antes posible por el bien de todos. Nadie debería plantearse, a estas alturas, adquirir ningún vehículo de gasoil, gasolina o híbrido. No sigamos repitiendo desinformaciones interesadas, por favor. No hagamos el juego, como hacen algunas asociaciones de proveedores de – cómo no, la industria de la automoción –  en algunos países como España, con unos supuestos argumentos de “neutralidad tecnológica” que son cualquier cosa menos neutrales, y que están esencialmente pensados para prolongar los períodos de amortización de una industria tradicional que ya ha superado todos los límites de la ética y de la responsabilidad social corporativa, con múltiples directivos en la cárcel por haber engañado a toda la sociedad.

Por favor, seamos serios en los argumentos y evitemos la frivolidad. Nos jugamos mucho más de lo que parece.

 

Henry Ford is killing jobsEl Fraunhofer Institute of Industrial Engineering publica un estudio auspiciado por los sindicatos y la industria del automóvil alemana en el que afirma que la transición a los vehículos eléctricos dará lugar a la pérdida de unos 75,000 puestos de trabajo, asumiendo un escenario en el que, en 2030, el parque automovilístico sea aún un 60% de combustibles fósiles, un 15% de híbridos y un 25% de eléctricos. Además, afirma que en caso de acelerarse esta transición, los puestos de trabajo eliminados podrían alcanzar los cien mil.

La industria automovilística alemana supone unos 840,000 puestos de trabajo en el país, de los cuales, 210,000 están vinculados a la producción de motores: una fábrica de baterías requiere únicamente una quinta parte de los trabajadores que necesita una fábrica de motores, y el ensamblaje de un vehículos eléctrico requiere un 30% de tiempo que los complejos vehículos convencionales de combustibles fósiles.

De los 97 millones de vehículos vendidos durante 2017, únicamente un 2% fueron eléctricos. Sin embargo, el número de vehículos eléctricos en las carreteras se triplicó entre los años 2013 y 2015, y se duplicó de nuevo entre 2015 y 2017. Tanto la autonomía de los automóviles como el número de puntos de recarga han crecido notablemente, lo que permite albergar esperanzas sobre la adopción progresiva de la tecnología. En 2018, las ventas de vehículos eléctricos está previsto que alcancen los 1.6 millones, y a medida que los costes de fabricación caen por debajo de los vehículos convencionales de gasolina y gasoil, un hito previsto para el año 2030, cada año debería suponer un nuevo récord en las ventas, según datos de Bloomberg New Energy Finance (BNEF). Un gigante como China se dispone a vender más de la mitad de los vehículos eléctricos del mundo adoptando políticas de incentivos gubernamentales y políticas que imitan las implantadas en California, dando lugar a un incremento aún mayor del parque instalado y de las economías en producción. A medida que los automóviles avanzan en el camino de la electrificación, la industria va a ver cambios que no había visto en décadas

Indudablemente, la combinación de la llegada de tecnologías que permitan una progresiva automatización y la de productos mucho más eficientes va a generar la pérdida de muchos puestos de trabajo. ¿Qué pretende la industria alemana del automóvil, los sindicatos y muchos otros actores, como gobiernos de todo el mundo? ¿Evitarlo? ¿De verdad? ¿Cuál es la alternativa? ¿Deberíamos, para evitar esos puestos de trabajo, mantener todas las prácticas industriales que los generan y congelar el avance y la adopción de toda innovación que los pueda poner en peligro? Llegar a una conclusión así, me temo, solo reflejaría algún tipo de mentalidad disfuncional, y resulta completamente absurdo si lo sometemos a un mínimo análisis.

Solo la búsqueda de una mayor eficiencia es susceptible de salvar el planeta, evitar el calentamiento global y elevar los estándares de vida. Escuchar a industrias o sindicatos anclados en el inmovilismo, que únicamente pretenden mantener una situación a todas luces insostenible es la mejor manera de destrozar nuestro futuro. Durante toda la historia económica de la humanidad, hemos vivido la desaparición de puestos de trabajo y las subsiguientes protestas, la aparición de otros puestos de trabajo nuevos y a menudo inimaginables, y eso solo ha significado la transición hacia una economía cada vez más eficiente, un crecimiento sostenido de la generación de riqueza y un incremento progresivo del bienestar. Son muchas las industrias que, ante un proceso disruptivo, intentan recurrir al lobbying para prolongar los contextos en los que podían maximizar sus beneficios, y es más importante que nunca ignorar esos esfuerzos y demostrarles que el progreso va a continuar, con ellos o sin ellos.

Trabajar por una distribución más adecuada de la riqueza o por la provisión de alternativas para aquellos que pierden sus puestos de trabajo puede tener sentido, pero siempre teniendo en cuenta que cualquier freno en la adopción de tecnologías que generen una mayor eficiencia es algo que va completamente contra la lógica y el sentido común. Habrá que pedir esfuerzos en formación, en cualificación de trabajadores, en la búsqueda de otras posibilidades o incluso en el desarrollo de sistemas de renta básica incondicional, pero la pérdida de puestos de trabajo nunca puede ser un freno para la adopción de tecnologías que generen mayores eficiencias.