Portada revista Convives 22Javier García Barreiro, psicólogo y orientador escolar, me contactó el pasado marzo para pedirme un artículo para el nº 22 de la revista de Convivesuna organización de profesionales de la educación que ofrece materiales, recursos y formación para el fomento de la convivencia positiva en la escuela. 

Mi artículo, titulado “Educación y Transformación Digital” (pdf),  incide en muchos conceptos que ya he comentado en repetidas ocasiones anteriores: la necesidad de llevar a cabo una profunda transformación digital de la enseñanza, fundamental para mí a todos los niveles pero crucial en las etapas iniciales, que adapte el proceso educativo al escenario tecnológico actual. La idea puesta en práctica por países como Francia, que a partir del próximo octubre prohibirán el uso del smartphone en las escuelas y colegios, me parece triste y profundamente retrógrada, equivalente a intentar crear para la educación un espacio “libre de tecnología”, con el supuesto fin de evitar una serie de problemas – distracciones, acoso, bullying, etc. –  que, en realidad, se tendrían que solventar mediante el proceso educativo. No, el problema no está ni en el smartphone, ni en demonizar o restringir unas redes sociales que, nos pongamos como nos pongamos, van a seguir estando ahí, en su estado actual o en otros desarrollos con función equivalente, durante el resto de nuestras vidas, sino proponernos algo tan sencillo como educar en su uso.

¿Se distraen los niños con sus smartphones en clase? Por supuesto, también se distraen con un papel y un lápiz, o con una mosca… precisamente, el proceso educativo consiste en enseñarles a utilizar esa herramienta para que eviten esas distracciones, no eliminar la herramienta como tal. Llevamos casi dos décadas pidiendo presupuesto para dotar los colegios de ordenadores: ¿tiene sentido, ahora que cada niño lleva un potente ordenador en su bolsillo, obligarlos a prescindir de él? No, el camino debería ser el contrario: integrar los smartphones en el proceso educativo, y poner cargadores en los pupitres para facilitar un uso habitual.

Esa integración del smartphone tiene además otro propósito fundamental: sustituir el actual modelo de referencia única – libro de texto, profesor, etc. como fuentes únicas de conocimiento – por un modelo que promueva el desarrollo del pensamiento crítico. En el momento actual, y dados los problemas que como sociedad estamos sufriendo derivados de la gran caída de las barreras de entrada a la publicación, resulta importantísimo educar de una manera que necesariamente implique que el conocimiento no está en una única fuente, sino que se deriva de la comprobación, la comparación y la argumentación. Crear clases en las que cada alumno, refinando sus procesos de búsqueda y desarrollando las herramientas necesarias, propone distintas soluciones o argumentaciones para un tema, y esas son discutidas para obtener como resultado una información que se considere adecuada, dejando espacio para otras posibles argumentaciones. Un proceso así reduciría el impacto de cuestiones actualmente preocupantes, como el uso de las herramientas educativas para el adoctrinamiento o la manipulación, y daría lugar a una generación de ciudadanos más conscientes de la importancia del pensamiento crítico, menos susceptibles de ser manipulados mediante las llamadas fake news.

Por otro lado, debemos abandonar la idea de que aprender significa memorizar. Un concepto que proviene de una época en la que el acceso a la información era complejo y oneroso, que pierde su sentido en un escenario tecnológico en el que toda información está disponible a muy pocos clics de distancia – sin llevar, lógicamente, el razonamiento hasta su límite y pretender que no sepamos nada y lo busquemos todo cuando nos hace falta. La memoria humana responde a un algoritmo que privilegia lo más reciente, lo más frecuente o lo que percibe como de más valor (RFV; o Recency, Frequency, Value) y esto implica que los conceptos se fijan en nuestra memoria mediante su manejo habitual o la consciencia de su importancia. No, nadie pretende crear una generación de personas incapaces de memorizar, sino ser capaz de evaluar sin necesidad de convertir ese proceso de evaluación en una prueba circense de quien es capaz de memorizar más a corto plazo para olvidarlo posteriormente a los pocos días. El mejor juez o el mejor notario no son los que más y mejor memorizan tras un maratón de varios años leyendo y repitiendo textos, sino aquellos que entienden mejor su trabajo y aplican mejor, en su contexto, unas normas que han entendido y que, con el tiempo y la reiteración, puede que terminen memorizando.

La solución a la educación no es introducir tecnología. Es adaptar los flujos educativos a los nuevos tiempos, modificar la unidireccionalidad para promover el pensamiento crítico, utilizar metodologías basadas en la discusión, en la practicidad, en talleres y workshops que den lugar a una actitud activa en lugar de pasiva, y utilizar el tiempo de clase no para “dar apuntes” o para repetir ideas, sino para generar verdadero valor basado en la interacción. Un cambio que, lógicamente, supone una adaptación del profesorado como implica también un nuevo papel para los padres que no suponga una dejación de sus responsabilidades, pero que no necesariamente consiste en enseñarles tecnología, sino en un cambio mucho más profundo, en un nuevo modelo de enseñanza. Un cambio en el que, como sociedad, nos jugamos mucho.

 

IMAGE: Rebcenter Moscow - Pixabay (CC0 Creative Commons)Jaime Vicente Echagüe, de La Razón, me llamó para hablar sobre la adicción a las series de televisión, y a mí ya me pareció el exceso de los excesos: llamar adicción al hecho de que a alguien le guste ver muchos capítulos de series seguidos y que sienta una cierta sensación de vacío cuando la serie termina es, sencillamente, no tener ni maldita idea de lo que es una adicción, y banalizar el término hasta el límite. Ayer, Jaime citó mi opinión en su artículo titulado “La ciencia ya estudia la adicción a las series” (pdf).

La tontería de llamar adicción a lo que no lo es está llegando ya a límites completamente absurdos. Para la sociedad, parece que el hecho de calificar como adicción el que una persona vea muchas series, utilice su smartphone muy a menudo o lleve a cabo cualquier acción de manera repetitiva es algo que alivia la conciencia, una especie de “querríamos hacer algo, pero no podemos porque es un adicto”. No, no es así. Lo siento por aquellos que se sienten más a gusto utilizando el término, pero es sencillamente una soberana estupidez para la que no existen evidencias científicas de ningún tipo. Un niño que utiliza su smartphone a todas horas, que no lo suelta ni en la mesa, que no deja de utilizarlo ni un minuto cuando va de visita a casa de sus abuelos, y que reacciona violentamente cuando se lo intentamos arrebatar NO ES UN ADICTO, ES UN MALEDUCADO. Y la culpa, nos pongamos como nos pongamos, no es de la tecnología, es probablemente de sus padres, que no lo han sabido educar.

Pretender que los fabricantes de tecnología nos ayuden haciendo sus productos menos adictivos es algo tan soberanamente absurdo, que sobrepasa todos los límites del sentido común. Pedir a una marca que estropee sus productos, que los haga menos atractivos o que los llene de advertencias es una manera de intentar evadir la responsabilidad de educar: “yo los educaría, pero claro, es que la tecnología es tan adictiva y tan peligrosa, que no puedo hacer nada”. MENTIRA. Sí puedes hacer cosas: se llama educar, y si no sabes, tienes un problema, tanto tú, como tus hijos. La tecnología no es adictiva ni peligrosa: simplemente, hace cosas que nos gusta que haga, y como todo lo que nos gusta, si no nos enseñan a restringir su uso, la utilizamos todo el tiempo. Pero eso no es ser adicto, eso es, simplemente, que no te hayan enseñado a restringirte y a no hacer todo el rato lo que te gusta, o lo que te venga en gana. Aprender a vivir en sociedad implica ese tipo de cosas: no hacer siempre lo que te dé la gana. Si tus padres no te enseñan, es más difícil aprender. Pero no eres un adicto por ello: eres otra cosa.

Vamos a dejarnos de tonterías, por favor. Las adicciones son algo muy serio. Muy, muy serio. Son enfermedades, problemas que destruyen la vida de las personas, trastornos que modifican nuestro comportamiento de manera incontrolada e incontrolable, que requieren tratamiento. Cuando era poco más que un niño, viví la peor época de la adicción a las drogas en Galicia: algún compañero de colegio murió, algún otro sufrió muchísimo por ese tema. Lo pude ver directamente, los vi degradarse como personas, destruirse, destrozar sus vidas, recurrir a todo lo imaginable para satisfacer su necesidad. Pocos de los que se metían en eso salieron de aquel infierno. Comparar eso con el hecho de que un niño carente de educación no suelte su móvil ni a sol ni a sombra, o con que alguien se vea una temporada de una serie de un tirón es algo tan profundamente absurdo, irresponsable e insultante, que no merecería ningún tipo de consideración seria. Pero ahora resulta que, para demostrar la basura de sociedad que estamos construyendo, que los que piden a las marcas tecnológicas que rebajen el atractivo de sus productos son nada menos que asociaciones de inversores puritanos, que como son inversores, prácticamente obligan a algún tipo de respuesta absurda a las compañías, y que el país en el que vivo ha nombrado nada menos que a un delegado del Gobierno para la Estrategia Nacional de Adicciones que se dedica a hablar sin medida ni templanza de algo que define como “adicciones sin sustancia”, dándoles carta de realidad como si realmente existiesen. No, no existen, por mucho que a algunos parezca que les alivia pensarlo, que les guste tener algo a lo que echar la culpa de sus problemas. Pero no, no van a existir por el hecho de que las llamemos así: las cosas no se convierten en verdad por decirlas muchas veces. Las asociaciones de psicólogos de todo el mundo rechazan esa denominación, y el hecho de que un niño use mucho su smartphone no merece una cura de desintoxicación: merece, sencillamente, que lo eduquemos y nos dejemos de echar la culpa a supuestas “adicciones”.

No, no podemos dedicarnos a llamar “adicción” a cosas que se curarían simplemente con un poco de disciplina y educación. Cuanto antes paremos esta estupidez colectiva, mejor. Un poco de sentido común, por favor. 

 

IMAGE: Evan-Amos (Public Domain)La adaptación a un mundo de comunicación ubicua y permanente tiene, como es lógico, sus problemas. Conciliar los hábitos, necesidades e intereses de las personas, establecidos durante siglos, con un nuevo escenario tecnológico en el que las herramientas convierten en sencillo e inmediato lo que antes suponía una limitación conlleva el desarrollo de nuevos hábitos de uso, de nuevos protocolos para cada situación. Cuando las herramientas de comunicación dependían de manera prácticamente exclusiva del ámbito del trabajo, localizar a alguien fuera de horas equivalía a hacer algo inusual, incómodo, que únicamente se justificaba en casos muy excepcionales. A partir del momento en que todos llevamos un ordenador en el bolsillo y nos permite no solo hablar por teléfono, sino también comunicarnos de maneras percibidas como menos intrusivas, como el correo electrónico o la mensajería instantánea, las cosas cambian completamente, y adaptarse a la nueva situación puede resultar complejo.

Así, Nueva York se plantea ahora emular a Francia y promulgar una ley que asegure el derecho de los trabajadores a desconectar, una prohibición a las compañías privadas que impida que soliciten a sus trabajadores que estén disponibles fuera de horas de trabajo. Un modelo legislativo proteccionista que parece estar poniéndose de moda últimamente, cuando, en realidad, el problema no es el correo electrónico, el mensaje o la llamada más allá de las siete de la tarde, sino la existencia, en muchísimas compañías, de una cultura de trabajo 24/7 o de estructuras jerárquicas piramidales y autoritarias que son las que realmente justificarían una prohibición como esa. En la práctica, se trata de una identificación incorrecta del problema, que no está en la tecnología, sino precisamente en ese tipo de estructuras, lo que lleva a que, en realidad, una legislación así termine por crear más problemas de los que realmente soluciona. 

Otro caso similar, igualmente con Francia como protagonista, está en la prohibición de que los niños lleven sus smartphones al colegio. ¿Puede hacerse? Por supuesto, la capacidad de los políticos para generar leyes absurdas y sin sentido es proverbialmente omnímoda. Pero ¿sirve para algo? ¿Tiene realmente sentido? La respuesta, mucho me temo, es que no. Por mucho apoyo populista y poco madurado que en un primer momento, durante la campaña electoral, haya podido tener la norma, la realidad es que no solo los propios niños se oponen, naturalmente, a la medida, sino que incluso los padres de esos niños e incluso muchos de sus profesores no están de acuerdo con ella. Convertir las escuelas en lugares en los que la tecnología no puede ser utilizada, en lugar de cambiar para integrar esos dispositivos en la educación, es una manera brutal de convertirse en retrógrado, de renunciar a una herramienta que, con los cambios adecuados en los procesos educativos, puede convertirse en un arma fantástica para acceder a información. Pretender fosilizar la educación para que se siga haciendo como siempre y permanezca refractaria al cambio tecnológico es, simplemente, una barbaridad.

En Europa, todo indica que Facebook, con el fin de adelantarse a los previsibles problemas derivados de la entrada en vigor de l Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), se dispone a introducir un cambio en sus términos de uso que prohibirá a los menores de dieciséis años hacer uso de la herramienta de comunicación. En este caso no hablamos de una ley, sino de un intento de adaptación de una compañía ante la inminente entrada en vigor de una. Pero ¿tiene algún tipo de sentido una prohibición así, más allá de simplemente cubrir el expediente? ¿De verdad alguien espera de manera realista que los miles de jóvenes que hoy utilizan WhatsApp dejen de utilizarlo en cuanto la prohibición entre en vigor? ¿Cómo pretenden controlar algo así? ¿Igual que en su momento controlaron lo de Tuenti, que supuso el mayor ejercicio de hipocresía desde que el mundo está conectado, y convirtió a la red social, gracias al atractivo de lo prohibido, en la estrella de los patios de colegio?

Líbrenos dios de los políticos de gatillo fácil, por favor. Legislar puede parece relativamente sencillo: convencer a un número suficiente de supuestos representantes de los ciudadanos – en muchas democracias, mucho más representantes del presidente de su partido que de los propios ciudadanos – de que apoyen una moción, típicamente usada como moneda de cambio para que, en reciprocidad, sus proponentes apoyen otra. En la práctica, esas leyes “de laboratorio” no solo tienen una utilidad entre escasa y nula, sino que además, en numerosas ocasiones, terminan por generar más problemas que los que supuestamente pretendían solucionar. Si en lugar de prohibir los correos electrónicos o mensajes del trabajo a partir de las siete de la tarde, nos dedicamos a intentar cambiar la cultura jerárquica y autoritaria de las compañías, que es el verdadero problema, seguramente contribuiríamos bastante más al cambio que intentado prohibir no el problema, sino simplemente una de sus muchas manifestaciones. Si en vez de prohibir que los niños llevasen sus smartphones al colegio, intentásemos integrarlos en el proceso educativo y pusiésemos una buena WiFi y cargadores en los pupitres para evitar que los niños se queden sin batería, mejoraríamos la educación, en lugar de relegarla al siglo pasado. Si en vez de absurdamente prohibir WhatsApp, tratásemos de incidir en la educación que los padres dan a sus hijos, un ámbito en el que actualmente muchos se inhiben completamente, la sociedad podría evolucionar de una manera mucho más adecuada a como lo está haciendo actualmente.

Pero no, lo fácil es legislar. Y la legislación, en muchos casos, se convierte en trampa. En una trampa absurda que, como sociedad, nos hacemos al solitario. En algo que no soluciona nada, que no sirve para nada más que para darnos golpes en el pecho y decir “lo hice”, pero que no soluciona en absoluto los problemas reales. Mientras, como sociedad, no nos acostumbremos a pensar en la inevitabilidad del progreso tecnológico y en las consecuencias que necesariamente tiene – y debe tener – sobre el escenario en el que vivimos, mientras sigamos intentando “parar el tiempo”, no llegaremos a ningún sitio. O sí llegaremos, porque lo que tiene la inevitabilidad es eso, que es inevitable… pero nos costará bastante más tiempo y más esfuerzo.

 

IMAGE: Mohd Azri Suratmin - 123RFUno de los artículos más recomendables que he leído últimamente está escrito por la filósofa italiana Gloria Origgi, se titula Say goodbye to the information age: it’s all about reputation now, y hace referencia a la transición progresiva desde la llamada “era de la información”, en la que lo importante estaba en tener acceso a cuanta más información fuese posible, a la “era de la reputación”, en la que lo que cuenta es ser capaz de discernir la calidad y fiabilidad de esa información, uno de los elementos que resulta fundamental introducir en la educación desde sus niveles más básicos, y al que me he referido en numerosas ocasiones.

En efecto: el signo de los tiempos ya no es “tener conexión” en un mundo en el que ya cada vez más personas la tenemos. El acceso a la información, siendo obviamente cada vez más necesario y para más cosas, ya no es lo importante: lo verdaderamente importante es saber manejar esa información con los criterios adecuados. El nuevo idiota, en su acepción más literal, es el que hace búsquedas y acepta sistemáticamente como verdad absoluta el primer resultado que aparece en la página, o el que se cree todos los bulos que le llegan a través de una pantalla o el incapaz de diferenciar una fuente confiable de una que no lo es en absoluto. La información tiene valor si está curada, verificada, filtrada, evaluada y comentada, y la reputación se convierte en la base más importante del proceso de construcción de inteligencia colectiva.

Creer en estupideces y conspiranoias sin base científica, llámense movimiento anti-vacunas, o chemtrails, o que el hombre nunca llegó a la luna o que el cambio climático no existe, te etiqueta automáticamente como un pobre ignorante desinformado incapaz de diferenciar información veraz de tonterías, la nueva categoría de pobre, al que se puede manipular con toda facilidad. Te convierte en unos de los que contribuyen con sus acciones a que las mentiras se difundan y terminemos teniendo una red – y una sociedad – peor. El idiota es el que recibe un bulo a través de un grupo de WhatsApp y, sin pararse ni siquiera a verificarlo o a pensarlo, lo circula rápidamente en varios grupos más para que vean que es “el listo”, “el enterado” o “el que se preocupa por los demás”. Cuestiones que empiezan desgraciadamente, desde la infancia: en YouTube Kids aparecen vídeos sobre conspiraciones reptilianas y negacionismo de la llegada a la luna como si fueran algo normal, algo que poner a disposición de mentes no entrenadas aún en la verificación de fuentes, cuyos padres, en muchos casos, utilizan el ordenador como baby-sitter sin supervisión de ningún tipo, a cambio de un rato de tranquilidad.

Incorporar ese tipo de habilidades en la educación desde los niveles más tempranos es la clave para evolucionar hacia la era de la reputación. No, la solución no es alejar a los niños de sus smartphones: es precisamente lo contrario, integrar esos smartphones completamente en el proceso educativo, enseñar a los niños a manejarlos no desde un punto de vista de uso de la tecnología, que resulta bastante trivial,, sino de la gestión de información. Matar de una maldita vez el libro de texto y acostumbrarnos como sociedad a que la verdad no está entre las páginas tal y tal, o en capítulo tal: la verdad está en la red, en la capacidad de filtrar, verificar y comprobar las fuentes, en la posibilidad de contrastar, de descartar y de desarrollar el juicio crítico. Esa es la habilidad fundamental que tenemos que enseñar a nuestros hijos… pero también, sin duda, a muchos de sus mayores. Hablar de adicciones es una soberana estupidez, equivocar completamente el diagnóstico: no hay adicciones, solo hay falta de educación. Estar conectado a todas horas no es necesariamente malo: es perfectamente normal si se hace con los criterios adecuados. Recurrir a la red para muchas cosas no es negativo, pero es ese criterio es lo que hay que desarrollar. Por alguna razón, hemos pretendido eliminar de la educación el concepto de confrontación, lo que nos lleva a una total complacencia y produce niños que no es que sean adictos y se vuelvan violentos si les quitamos sus dispositivos… es que son, pura y simplemente, unos enormes maleducados. La solución no está en hacer los dispositivos menos atractivos o en incorporar controles para que los padres puedan subcontratar la educación en ellos: está en educarlos mejor, en prepararlos para un mundo en el que esos dispositivos son ubicuos.

Hemos creado una herramienta poderosísima, y la hemos puesto en manos de personas sin ningún tipo de preparación, juicio crítico o comprensión del fenómeno tecnológico. Personas que creen que tener un smartphone o un ordenador les convierte en algo, cuando la realidad es que, sin el criterio adecuado, los convierten en un vehículo de desinformación, en auténticos idiotas reputacionales. Los parias de la era de la reputación lo pueden ser por motivos generacionales, de inadaptación, de falta de acceso a la educación o de ausencia de la misma por la razón que sea. Definitivamente, un mal de nuestro tiempo. Y una de las razones por las que sigo en la educación: el convencimiento de que tenemos mucho que hacer en ese sentido.

 

IMAGE: Mipan - 123RFUn falso ataque de phishing con un correo sobre contraseñas expiradas realizado como parte de una auditoría de seguridad entre los usuarios de la red de ordenadores del gobierno estatal de Michigan entrega un resultado alarmante: uno de cada tres empleados abrieron el correo, una cuarta parte hizo además clic en el enlace suministrado, y casi una quinta parte introdujo usuario y contraseña en la página resultante. Las cifras no resultan extrañas, y seguramente lo sabes: es perfectamente posible que si un ataque similar fuese llevado a cabo en tu organización, obtuviese resultados similares o incluso más elevados. De hecho, una métrica así podría ser un indicador muy razonable del nivel de cultura digital en una compañía. En la mía, una persona del departamento de Seguridad se encarga, metódicamente, de mantenernos actualizados compartiendo constantemente a través de la red corporativa ejemplos de phishing y posibles problemas de seguridad, en un intento de mantener una presencia permanente, crear un repositorio de referencia y generar una conciencia sobre la importancia de la seguridad.

El phishing es una técnica para obtener información sensible de usuarios simulando ser una entidad confiable en una comunicación electrónica. Sus orígenes se remontan a los años ’80, aunque el término como tal no se acuñó hasta mediados de los ’90 cuando comenzaron este tipo de actividades, fundamentalmente dentro de AOL. El primer ataque contra un sistema de pagos como tal tuvo lugar en junio de 2001: a lo largo del tiempo, el sistema se ha sofisticado notablemente y en muchas ocasiones llega a técnicas de ingeniería social y de personalización verdaderamente brillantes, y se estima que en la actualidad, los ataques de tipo spear phishing, esquemas personalizados diseñados contra individuos o compañías concretas son responsables de alrededor de un 91% de los ataques en la red. El ataque utilizado como prueba en la auditoría de Michigan, sin embargo, como la gran mayoría de los que suelen llevarse a cabo en este tipo de operaciones, era completamente trivial, similar en su operativa a los que se llevaban a cabo hace más de dos décadas.

¿Qué lleva a que un ataque de phishing relativamente trivial y conocido por cualquiera que utilice habitualmente internet o el correo electrónico, siga teniendo el nivel de éxito que tiene? La respuesta es muy sencilla: por más esfuerzos que hacen los departamentos de sistemas en las compañías, una gran parte de sus trabajadores y, por extensión, un porcentaje importante de la sociedad sigue estando compuesta por auténticos analfabetos digitales, por personas incapaces de reconocer un ataque de phishing aunque siga los patrones más obvios. En el caso de las compañías puede ser incluso peor: personas que, aunque puedan sospechar de un posible ataque, deciden hacer clic porque piensan que, al tratarse de su compañía, la seguridad es “cosa de otros”. O ya rizando el rizo de la irresponsabilidad… que simplemente “les da igual”, “no es su problema”.

El phishing y la seguridad, en realidad, son simplemente síntomas de un problema mucho más grave: la carencia de alfabetización digital. En muchos casos, estamos hablando de transformar digitalmente compañías cuando la dura realidad es que muchos de sus directivos y trabajadores están aún en la más dura Edad de Piedra en lo que a cultura digital se refiere. Y no solo lo están, sino que además, les trae completamente sin cuidado: desprecian lo digital, les parece “cosa de frikis” o justifican sin despeinarse su ignorancia con una simple frase del tipo “yo es que de esto de las nuevas tecnologías sé poco”. ¡¡Pero vamos a ver, alma cándida: si de “las nuevas tecnologías” (que provienen en muchos casos de hace más de dos o tres décadas) sabes poco, es muy posible que simplemente, a día de hoy, no estés a la altura para trabajar en una empresa seria!! Por alguna razón, muchos consideran que “las nuevas tecnologías” no son parte de su trabajo, son algo que aparece ahí mágicamente para que puedan llevarlo a cabo, pero que no son cosa suya, que son responsabilidades que recaen en un tercero. En general, al que hace clic en aquel correo que no debería haber abierto jamás y, para más gracia, entra en una página y facilita su usuario y contraseña como si fuese lo más normal, tendemos a mirarlo con comprensión, con cierta sensación de “le podría pasar a cualquiera”. Pues no, lo siento… no debería pasarle a cualquiera. O al menos, no a cualquiera con un mínimo de cultura digital y dos dedos de frente. No estoy diciendo que si todo el mundo tuviese ese mínimo de cultura digital, este tipo de ataques no existirían: como ya he dicho anteriormente, los hay muy sofisticados, muy personalizados y muy bien calculados, en ocasiones con diseños que, desde el punto de vista técnico o social, resultan auténticos derroches de ingenio. Cualquiera podría caer fácilmente en uno de esos: la seguridad total no existe, ni para los más formados y actualizados. Pero obviamente, ese tipo de ataques no son lo más habitual.

Para plantearse un proceso de transformación digital en una compañía, la cultura digital de sus trabajadores y directivos tiene que alcanzar un mínimo determinado, o estarás intentando construir rascacielos sin tener la cimentación adecuada. Tendrás que esforzarte por atraer y retener talento con el nivel de cultura digital necesario. Tendrás que poner las cosas muy claras: que quien diga (o sienta) eso de “yo es que de las nuevas tecnologías no sé nada”, no tiene sitio en tu compañía, en una compañía que pretende digitalizarse de arriba a abajo. Y no, no es esa persona sea necesariamente idiota: no tiene por qué ser un torpe, es posible que haya cosas de su trabajo que haga fenomenalmente bien, puede incluso que tenga un gran valor para la organización… pero no se ha preocupado de estar mínimamente actualizado, de prepararse para el entorno que le rodea. Y con esa actitud, cuando el entorno se mueve a la velocidad que se mueve, ya no se va a ninguna parte. En un mundo digital, la alfabetización digital ya ha alcanzado el nivel de cualificación necesario e imprescindible para llevar a cabo la mayoría de las tareas con un mínimo de responsabilidad: que un trabajador carezca de esa cultura no solo revela un problema en su compañía, sino que revela un problema de actitud, de concienciación en el trabajador. Cuando esa carencia tiene lugar en un directivo, cuanto más alto sea su nivel, más grave y patético resulta. La política es ya el extremo: para poder encargarse de algo tan importante como la toma de decisiones y la gestión de información que nos afecta a todos, tener un mínimo de cultura y formación digital debería ser un requisito imprescindible, que o bien tienes ya razonablemente desarrollado cuando recibes la confianza de los votantes, o tendrías que recibir obligatoriamente como formación cuando accedes al cargo, antes de comenzar a desempeñar tus responsabilidades. Tener políticos digitalmente alfabetizados eliminaría una parte de los absurdos problemas que tenemos actualmente cuando los vemos tomar decisiones en temas en los que evidencian una absoluta ignorancia.

¿Podemos dejar de considerar la falta de cultura y alfabetización digital como algo disculpable, como un detalle anecdótico, en lugar de calificarlo y considerarlo como lo que es, como un auténtico must-have de cara a la transformación digital?