IMAGE: Stuart Hampton - Pixabay (CC0)Según una reciente encuesta de Gallup y la Knight Foundation, el 85% de los norteamericanos piensan que las plataformas sociales no hacen suficiente para combatir la difusión de las noticias falsas, y la mayoría adscriben a estas plataformas la responsabilidad sobre la veracidad del contenido.

Como ya he comentado en numerosas ocasiones, el problema de las noticias falsas no está en las plataformas sociales, sino en los usuarios, y concretamente, en su ausencia de pensamiento crítico. La falta de pensamiento crítico es lo que lleva a una persona a creerse una noticia simplemente “porque la ha visto en Facebook”, porque “le ha llegado por WhatsApp” o porque “es el primer resultado en Google”, del mismo modo que el deseo de obtener notoriedad o apreciación social es lo que le lleva no solo a creérsela, sino además, a compartirla con sus amigos. En la práctica, lo que un porcentaje elevadísimo de norteamericanos están diciendo con esta encuesta no es ni más ni menos que “somos demasiado estúpidos para usar internet, y demandamos a las plataformas sociales que nos protejan”.

No, el problema no son las noticias falsas, y las plataformas sociales no pueden proteger a los usuarios de sí mismos. Proteger a alguien que es demasiado estúpido para protegerse a sí mismo es un problema, porque impide que Darwin actúe como debería. Durante toda la historia de la humanidad, hemos tenido herramientas que permitían que una persona accediese a información: hace años que disponemos de bibliotecas, pero como requerían de un cierto esfuerzo para informarse en ellas, mantenían suficientemente alejados de manera natural a los que eran demasiado estúpidos como para utilizarlas. Internet, sin embargo, pone toda la información a un clic de distancia de cualquier persona, y con ello, permite que cualquiera, incluso aquel que es demasiado estúpido como para racionalizar mínimamente lo que está leyendo, acceda a ella. En ese sentido, las redes sociales deberían evitar ser utilizadas como herramientas de manipulación masiva, deberían intentar identificar estrategias destinadas a promover la viralización de determinados mensajes y deberían, como ya están intentando hacer, tratar de eliminar mensajes que inciten a la violencia o al odio, pero no pueden – ni deben – convertirse en jueces de lo que circula por ellas. Son, simplemente, un canal, con algunas reglas que deberían ser lo más transparentes que sea posible. En gran medida, el papel de protegerse contra la desinformación, las noticias falsas o las estafas tiene que recaer, nos pongamos como nos pongamos, en los usuarios.

Una estafa es una estafa, y quien la lleva a cabo es un estafador. Y la ley cuenta con mecanismos para proteger a las personas de los estafadores, aunque pueda ser que la universalidad de internet convierta esa posible persecución en ocasiones en un verdadero reto. Pero ¿qué debemos hacer con el enésimo estúpido que responde a un correo electrónico de un supuesto dictador nigeriano que le pide sus datos bancarios porque le asegura que le va a transferir muchos miles de millones de dólares? ¿De verdad puede alguien pensar que la responsabilidad sobre eso corresponde a una herramienta de correo electrónico, a la compañía que la gestiona, o a la red social a través de la cual le llega ese mensaje? ¿No sería más correcto y factual asumir que esa persona era, sencillamente, demasiado estúpida como para utilizar internet? Lo que deberíamos hacer no es bramar contra internet y sus actores, sino, sin renunciar a perseguir, lógicamente, a quien lo haya estafado, intentar que ese usuario adquiera educación para que no vuelva a cometer errores de ese tipo, y entienda de una vez por todas que las cosas que son demasiado bonitas para ser verdad es, sencillamente… porque no son verdad.

La solución, lógicamente, no es intentar construir “una internet a prueba de estúpidos”, sino educar a los usuarios para que aprendan que no todo lo que leen en Facebook, lo que aparece como resultado en una búsqueda de Google o lo que les llega por WhatsApp es necesariamente cierto. El problema, por supuesto, es que para muchos, las mentiras más falaces y evidentes son ni más ni menos que lo que quieren creer, aquello de lo que han decidido convencerse a sí mismos o incluso, en muchos casos, de lo que aspiran a convencer a los demás: lo hemos visto en numerosas ocasiones, cuando una red social etiqueta una noticia como falsa, y miles de estúpidos corren a difundirla más aún, retroalimentada con eso de “lo que Facebook no quiere que leas”. Y las noticias falsas ni siquiera son patrimonio de internet o de las redes sociales: muchos medios tradicionales, como periódicos o televisiones, participan también en su difusión, en busca de la noticia fácil, de la generación de atención a toda costa, o, por qué no, intentando crear estados de opinión en el público que consideren coherentes con su línea editorial. Lo único que internet y las redes sociales han hecho es disminuir las barreras de entrada a la publicación: ahora, cualquiera puede convertirse en un medio de comunicación, del mismo modo que cualquiera con suficientes medios puede simular una audiencia de cierto tamaño que se escandaliza con un tema determinado o que aparenta un fuerte apoyo a unas ciertas tesis.

Pedir a las redes sociales que sean transparentes con respecto a sus procedimientos, que intenten impedir procesos de manipulación o que intenten limitar la difusión de mensajes que inciten al odio puede ser adecuado. Pero centrar el problema de las noticias falsas en el canal es un grave error, porque la gran verdad es que la verdadera responsabilidad está en los usuarios. Podremos, a lo largo de una generación y si nos ponemos seriamente a ello, construir sistemas educativos que se centren en reforzar el pensamiento crítico, que no tomen como verdad nada por el simple hecho de que esté escrito en un libro, en una pantalla o que lo hayamos visto en un vídeo. Pero negar la responsabilidad del usuario es como obligarnos a etiquetar un microondas con una pegatina de “no lo utilice para secar a su mascota” por si a algún imbécil se le ocurre meter a su gato dentro y después, además, va y nos denuncia: un recordatorio permanente de que algunas personas son demasiado estúpidas ya no para usar un microondas, sino para vivir en sociedad. Y por supuesto, para usar internet.

 

Los ‘millennials’ no son los ‘cracks’ de las redes: sus padres les superan - The ConversationLa recientemente inaugurada versión española de la conocida página The Conversation me pidió permiso para publicar una versión abreviada y menos académica de un artículo mío anteriormente publicado en Telos, que han titulado como “Los ‘millennials’ no son los ‘cracks’ de las redes: sus padres les superan“.

El título es simplemente una generalización de una conclusión, y por tanto, no necesariamente correcto en todos los casos, pero sí refleja una realidad interesante: que aquellos supuestos “nativos digitales” que surgieron del hecho de crecer en un escenario en el que la tecnología jugaba un papel prácticamente omnipresente han desarrollado, en la práctica, patrones de uso profundamente repetitivos, simplistas y limitados, que no redundan en prácticamente ninguna ventaja a la hora de plantear un desarrollo de habilidades verdaderamente útil, y sí, en muchos casos, situaciones de hartazgo que contrastan con ese supuesto cliché de “la generación mejor preparada de la historia”.

El decepcionante resultado se debe, simplemente, al hecho de haber asumido erróneamente que esas supuestas capacidades se debían de alguna manera a algún tipo de proceso evolutivo, que obviamente era inexistente, y no haber ejercido un papel que permitiese a esos jóvenes plantearse una incorporación de las tecnologías en procesos que realmente tuvieran sentido. El escenario que esa generación se ha encontrado es el de unos padres que pensaban – o querían creer – que sus hijos estaban más preparados y sabían más que ellos, algo únicamente fruto de apreciaciones incompletas o del mero desinterés por aprender, unido al de unas instituciones educativas que tampoco han integrado esas tecnologías en sus procesos, convirtiéndolas en algo anecdótico, únicamente vinculado al ocio, y sin una trascendencia real que permitiese dotarlas de importancia. Hemos dado a una generación una tecnología potentísima capaz de hacer cosas enormemente útiles y sofisticadas, pero hem0s renunciado a educarlos en su uso, con lo que la han terminado utilizando mayoritariamente para filmarse mientras jugaban a videojuegos y a para compartir vídeos de gatitos.

¿Sirvió para algo esa hiperabundancia tecnológica? Sin duda, no todo es negativo o limitado. Han escrito y leído más que ninguna generación anterior, y sus habilidades para la expresión escrita son muy superiores a las de sus mayores, aunque algunos piensen que “solo leían o escribían tonterías”. Si logran superar patrones de desilusión y hartazgo, se encontrarán con una afinidad mayor y una plasticidad mental útil a la hora de incorporar nuevas herramientas, y una facilidad superior para la adopción y el uso. Poner esas capacidades en valor depende, como todo, de la voluntad que exista y de las oportunidades que se presenten en ese sentido. El escenario futuro podría plantear alguna esperanza si continuamos por la vía de integrar la tecnología en cada vez más procesos educativos: desde plantear colegios y escuelas en los que la tecnología tenga un papel horizontal y vinculado al desarrollo del conocimiento y del sentido crítico, hasta incidir en el aprendizaje de herramientas como la programación a edades cada vez más tempranas, en lugar de pretender que la tecnología es de alguna manera “nociva” y hay que, de alguna manera, aislar el proceso educativo de su influencia por cuestiones como las distracciones o la dificultad para concentrarse, que se solucionan simplemente con más educación, en lugar de intentando construir compartimentos absurda y artificialmente estancos en los que la tecnología no entra por decreto.

 

El pasado junio estuve en el Tecnológico de Monterrey invitado por EGADE para participar en una serie de eventos y conferencias sobre transformación digital, y grabé esta pequeña pieza de vídeo de tres minutos para su canal en YouTube, EGADE Talking IDEAS.

Hablamos sobre el impacto de la nueva legislación europea de privacidad en el contexto europeo y en el internacional, sobre los efectos de la disrupción sobre las compañías, sobre la necesidad de examinar todas las tecnologías emergentes y contextualizarlas sobre las cadenas de valor de cada compañía (sin ningún tipo de límites y pensando realmente que los cambios que no incorporemos o pongamos en práctica,, muy probablemente los incorporará otro), y sobre el muy necesario papel de la educación directiva en ese proceso, un sector que indudablemente también necesita llevar a cabo su propio proceso de transformación digital (en ello estoy, intentándolo :-)

En transformación digital no hay nada escrito que obligue a las compañías ser víctimas del isomorfismo y a ser necesariamente más lentas que otras a la hora de incorporar las posibilidades que ofrece la adopción tecnológica, pero el hecho es que los bancos están siendo más lentos que las fintech, las aseguradoras más lentas que las insurtech y las instituciones educativas más lentas que las propuestas hechas por las edtech, con todo lo que ello conlleva. Un diferencial que, con la llegada de propuestas que ahondan en el análisis de datos y en la redefinición de procesos mediante herramientas como machine learning, podría ahondarse más aún en los próximos años.

 

 

IMAGE: Teguhjatipras - CC0 Creative CommonsCada vez más noticias apuntan a la popularización y ubicuidad de las tecnologías de reconocimiento facial, en una variedad de ámbitos cada vez mayor. Desde ciudades de todo el mundo erizadas de cámaras, hasta el extremo de control social de las ciudades chinas, en las que en las que no puedes hacer nada sin que tus pasos, las personas con las que estás o los sitios por los que pasas sean almacenados en una base de datos que monitoriza tus costumbres, tus compañías o tu crédito social, pases por delante de una cámara o por delante de las gafas de un policía.

Pero más allá de las calles de nuestras ciudades, las cámaras y el reconocimiento facial empiezan a ser, cada vez más, utilizadas en otros ámbitos. La última polémica ha saltado a partir de las escuelas norteamericanas que intentan prevenir posibles episodios de violencia, probablemente de manera infructuosa dado que los protagonistas suelen ser alumnos del propio centro con acceso autorizado a sus instalaciones: sociedades de defensa de los derechos civiles como ACLU se han posicionado abiertamente en contra de este tipo de sistemas, que consideran inaceptables en un entorno escolar por ser invasivas y con numerosos errores que tienden a afectar especialmente a mujeres y a personas de color.

En las escuelas chinas, un entorno violencia completamente inexistente, no utilizan esta tecnología con ese motivo, sino con uno completamente diferente: monitorizar el rendimiento y la atención de los estudiantes. En varias escuelas piloto, los estudiantes saben que si sus expresiones muestran aburrimiento o si se duermen, sus clases están llenas de cámaras capaces no solo de tomar una prueba gráfica de ello, sino de interpretarlo y etiquetarlo además con los algoritmos adecuados. En algunos ámbitos se especula incluso con la posibilidad de llegar algo más allá, y probar la eficiencia de otra familia de tecnologías, las de vigilancia emocional, ya en uso en el ejército chino y en varias compañías privadas, que sitúan sensores inalámbricos en gorras o sombreros y son capaces, mediante una lectura de las ondas cerebrales, de optimizar cuestiones como las pausas en el trabajo, la reasignación de tareas o la localización física dentro de las instalaciones, y prometen a cambio importantes incrementos de eficiencia.

¿Estamos yendo hacia un futuro de monitorización permanente mediante tecnologías de este tipo? Algunos abiertamente afirman que las tecnologías de reconocimiento facial están aquí para quedarse, y que lo mejor que podríamos hacer es, sencillamente, aceptarlo como un elemento más de las sociedades del futuro. Actitudes tecno-fatalistas de este tipo asumen que incentivos de adopción como los generados por el miedo o por los posibles incrementos de productividad son tan poderosos, que la sociedad no puede dejar de plantearse dejar a un lado sus temores y resistencias, y proceder a la implantación, oficializando la aceptación por la vía de los hechos. En realidad, hablamos de una tecnología por la que nadie va a preguntar a los ciudadanos, y de decisiones de adopción que dependerán, en último término, de gobiernos, autoridades municipales o departamentos de educación. La resistencia pasiva mediante elementos como gafassombreros u otros elementos parece fútil, lo que podría determinar un futuro de adopción con más bien escasas resistencias.

¿Qué hacer si, en efecto, este tipo de tecnologías se disponen, de manera irremediable, a formar una parte integrante de nuestro futuro? ¿Debemos, como instituciones educativas, aceptarlo como tal y proceder a su implantación? Si ese es el caso, entiendo que es fundamental llevar a cabo una reflexión sobre cuál va a ser su papel. En IE Business School, por ejemplo, coincidiendo con el desarrollo de nuestra WoW Room, un aula interactiva con 45 metros cuadrados de pantallas en las que los estudiantes participan en remoto, probamos un algoritmo de engagement, que permite al profesor diagnosticar qué alumnos están prestando atención y cuales están aburridos o distraídos. Los resultados iniciales de su uso, aunque podríamos pensar que algunas resistencias podrían desaarecer con la costumbre y el uso habitual, apuntaron a que los alumnos no se sentían cómodos conociendo la existencia de una herramienta así que pudiese, eventualmente, afectar a sus calificaciones, así que resolvimos utilizarla fundamentalmente como una alerta en tiempo real al profesor: si mientras das tu clase, ves que el número de alumnos aburridos o distraídos se incrementa en algún momento, es que ese contenido, esa parte de la discusión o ese elemento que estás utilizando no está funcionando, y deberías pasarlo más rápidamente o solucionar esa falta de atractivo del contenido de alguna manera.

¿Cómo nos afectaría el uso de cámaras, sistemas de monitorización de ondas cerebrales o algoritmos de ese tipo en entornos de trabajo? En una situación como la actual, cabe esperar que serían utilizados para el control exhaustivo o incluso para sanciones o exclusión de aquellos que son evaluados negativamente. Sin embargo, cabe pensar en otro tipo de entornos con muchos más matices: un trabajador aburrido o distraído no necesariamente implica un trabajador no productivo, sino que puede indicar muchas otras circunstancias. Entornos sometidos a un control de este tipo ya existen, como hace una semana comentaba David Bonilla en una de sus newsletters: en compañías como Crossover, un supervisor evalúa constantemente cada período de trabajo de diez minutos de sus subordinados en función de herramientas de monitorización como WorkSmart, que recopilan estadísticas sobre las aplicaciones y sitios web que tienes abiertos, el timepo que pasas en ellos, tus pulsaciones de teclado y movimientos de ratón y que, cada 10 minutos, aleatoriamente y sin previo aviso, toma una foto desde la cámara del portátil y guarda una captura de lo que tengas en pantalla. Más de 1,500 personas en 80 países colaboran con esta compañía sometidos a la monitorización de esta herramienta, en las que la compañía paga únicamente el tiempo que considera de dedicación plena, no las pausas ni los momentos de distracción.

En escenarios de futuro en los que el trabajo cambia su naturaleza y se convierte en algo voluntario, vocacional o que no forma parte de una obligación necesaria para la subsistencia gracias al desarrollo de sistemas de renta básica incondicional, este tipo de herramientas podrían facilitar sistemas de compensación basados en criterios que optimicen la productividad: si el análisis de un trabajador revela que está somnoliento o distraído, envíalo a dormir o a hacer otra cosa hasta que muestre un incremento en sus capacidades productivas, y optimiza su rendimiento. ¿Aceptable, o una auténtica pesadilla distópica? ¿Nos aboca el futuro necesariamente a un escenario en el que el uso de tecnologías de reconocimiento facial, expresiones o incluso análisis de ondas cerebrales nos ubique en entornos de vigilancia y monitorización permanente? ¿Debe la formación incorporar ese tipo de tecnologías para facilitar una familiarización con ellas y un uso adecuado y conforme a unos estándares éticos? ¿Debemos las instituciones educativas a todos los niveles intentar preparar a nuestros alumnos para unos escenarios futuros que parecen cada vez más reales, más tangibles y más inevitables? ¿O debemos ignorarlos como si esa adopción tecnológica no estuviese teniendo lugar? ¿Existen alternativas?

 

Portada revista Convives 22Javier García Barreiro, psicólogo y orientador escolar, me contactó el pasado marzo para pedirme un artículo para el nº 22 de la revista de Convivesuna organización de profesionales de la educación que ofrece materiales, recursos y formación para el fomento de la convivencia positiva en la escuela. 

Mi artículo, titulado “Educación y Transformación Digital” (pdf),  incide en muchos conceptos que ya he comentado en repetidas ocasiones anteriores: la necesidad de llevar a cabo una profunda transformación digital de la enseñanza, fundamental para mí a todos los niveles pero crucial en las etapas iniciales, que adapte el proceso educativo al escenario tecnológico actual. La idea puesta en práctica por países como Francia, que a partir del próximo octubre prohibirán el uso del smartphone en las escuelas y colegios, me parece triste y profundamente retrógrada, equivalente a intentar crear para la educación un espacio “libre de tecnología”, con el supuesto fin de evitar una serie de problemas – distracciones, acoso, bullying, etc. –  que, en realidad, se tendrían que solventar mediante el proceso educativo. No, el problema no está ni en el smartphone, ni en demonizar o restringir unas redes sociales que, nos pongamos como nos pongamos, van a seguir estando ahí, en su estado actual o en otros desarrollos con función equivalente, durante el resto de nuestras vidas, sino proponernos algo tan sencillo como educar en su uso.

¿Se distraen los niños con sus smartphones en clase? Por supuesto, también se distraen con un papel y un lápiz, o con una mosca… precisamente, el proceso educativo consiste en enseñarles a utilizar esa herramienta para que eviten esas distracciones, no eliminar la herramienta como tal. Llevamos casi dos décadas pidiendo presupuesto para dotar los colegios de ordenadores: ¿tiene sentido, ahora que cada niño lleva un potente ordenador en su bolsillo, obligarlos a prescindir de él? No, el camino debería ser el contrario: integrar los smartphones en el proceso educativo, y poner cargadores en los pupitres para facilitar un uso habitual.

Esa integración del smartphone tiene además otro propósito fundamental: sustituir el actual modelo de referencia única – libro de texto, profesor, etc. como fuentes únicas de conocimiento – por un modelo que promueva el desarrollo del pensamiento crítico. En el momento actual, y dados los problemas que como sociedad estamos sufriendo derivados de la gran caída de las barreras de entrada a la publicación, resulta importantísimo educar de una manera que necesariamente implique que el conocimiento no está en una única fuente, sino que se deriva de la comprobación, la comparación y la argumentación. Crear clases en las que cada alumno, refinando sus procesos de búsqueda y desarrollando las herramientas necesarias, propone distintas soluciones o argumentaciones para un tema, y esas son discutidas para obtener como resultado una información que se considere adecuada, dejando espacio para otras posibles argumentaciones. Un proceso así reduciría el impacto de cuestiones actualmente preocupantes, como el uso de las herramientas educativas para el adoctrinamiento o la manipulación, y daría lugar a una generación de ciudadanos más conscientes de la importancia del pensamiento crítico, menos susceptibles de ser manipulados mediante las llamadas fake news.

Por otro lado, debemos abandonar la idea de que aprender significa memorizar. Un concepto que proviene de una época en la que el acceso a la información era complejo y oneroso, que pierde su sentido en un escenario tecnológico en el que toda información está disponible a muy pocos clics de distancia – sin llevar, lógicamente, el razonamiento hasta su límite y pretender que no sepamos nada y lo busquemos todo cuando nos hace falta. La memoria humana responde a un algoritmo que privilegia lo más reciente, lo más frecuente o lo que percibe como de más valor (RFV; o Recency, Frequency, Value) y esto implica que los conceptos se fijan en nuestra memoria mediante su manejo habitual o la consciencia de su importancia. No, nadie pretende crear una generación de personas incapaces de memorizar, sino ser capaz de evaluar sin necesidad de convertir ese proceso de evaluación en una prueba circense de quien es capaz de memorizar más a corto plazo para olvidarlo posteriormente a los pocos días. El mejor juez o el mejor notario no son los que más y mejor memorizan tras un maratón de varios años leyendo y repitiendo textos, sino aquellos que entienden mejor su trabajo y aplican mejor, en su contexto, unas normas que han entendido y que, con el tiempo y la reiteración, puede que terminen memorizando.

La solución a la educación no es introducir tecnología. Es adaptar los flujos educativos a los nuevos tiempos, modificar la unidireccionalidad para promover el pensamiento crítico, utilizar metodologías basadas en la discusión, en la practicidad, en talleres y workshops que den lugar a una actitud activa en lugar de pasiva, y utilizar el tiempo de clase no para “dar apuntes” o para repetir ideas, sino para generar verdadero valor basado en la interacción. Un cambio que, lógicamente, supone una adaptación del profesorado como implica también un nuevo papel para los padres que no suponga una dejación de sus responsabilidades, pero que no necesariamente consiste en enseñarles tecnología, sino en un cambio mucho más profundo, en un nuevo modelo de enseñanza. Un cambio en el que, como sociedad, nos jugamos mucho.