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China continúa avanzando, sin el más mínimo complejo, en el desarrollo de la mayor herramienta tecnológica de control social jamás desarrollada por el hombre. Desde la llegada al poder de Xi Jinping en marzo de 2013, el gobernante ha mostrado una fortísima obsesión por el control: ha reforzado los conceptos de unidad interna y disciplina en todo el partido, ha puesto en marcha una enorme campaña contra la corrupción, y sobre todo, ha reforzado la vigilancia de la sociedad civil y el discurso ideológico hasta el límite, lo que incluye la censura en internet como herramienta fundamental.

Bajo Xi Jinping, la censura en China no es ya una cuestión coyuntural o un elemento para controlar la velocidad del cambio: se ha convertido en un rasgo fundamental que caracteriza al país, en un elemento de identidad, en un derecho supuestamente inalienable de mantener su soberanía nacional sobre la red. Xi Jinping afirma el derecho de China a ser diferente, a escoger independientemente su propio camino hacia el desarrollo, su modelo de regulación y su participación en la gobernanza del ciberespacio internacional en igualdad de condiciones. La democracia y la libertad de información no son, para China, una obligación o un objetivo hacia el que hay que evolucionar necesariamente: la libre circulación de los contenidos en la red supone una amenaza a su forma de vida, al régimen que gobierna el país, y a la estabilidad en general. 

Tras el XIX Congreso del Partido Comunista chino, la voluntad de reforzar el control social en el país utilizando todos los medios, más allá de internet, ha quedado claramente reafirmada y sancionada como elemento fundamental en su estrategia y planes de futuro. La inversión en tecnología ha llevado a la construcción de la mayor base de datos biométricos del mundo, que ahora, además de desplegarse en las más de 176 millones de cámaras que controlan el territorio – que pretenden llegar hasta los 626 millones en los próximos tres años y que cubren ya, por ejemplo, el 100% del área urbana de Beijing – se extiende incluso a las gafas que llevan sus policías, capaces de simplemente enfocar a una persona y obtener sus datos. La vigilancia se extiende también a la red telefónica, con la mayor base de datos de huellas de voz para identificar a sus ciudadanos en una simple conversación, y a cualquier otro ámbito mediante otra base de datos de registros de ADN.

A esas iniciativas gubernamentales se unen, además, otras iniciativas privadas que colaboran con el estado: todos los ciudadanos reciben una puntuación en función de factores que van desde su consideración crediticia hasta sus actitudes con respecto al gobierno, puntuación que, además, es objeto de esquemas de gamificación: la puntuación de una persona puede verse afectada no solo por sus acciones, sino también por las de aquellos que le rodean, familiares o amigos, lo que de hecho convierte cualquier actitud crítica o disidente en un problema no solo para la persona sino también para su círculo de influencia, llevando rápidamente al aislamiento social de quienes la manifiesten. Además, el uso de herramientas tecnológicas para desplazarse, pagar, relacionarse o llevar a cabo todo tipo de acciones se ha convertido en tan ubicuo, que nadie puede plantearse no utilizarlos, por una cuestión de conveniencia y comodidad, de no convertirse en “un raro” o, directamente, en un sospechoso.

La privacidad, en China, no es un derecho, sino una amenaza. Los ciudadanos viven bajo una vigilancia permanente destinada a mantener la estabilidad. Por mucho que algunas de esas iniciativas privadas generen tímidas reacciones en contra  (las gubernamentales ni se plantean), el país tiene claro que su sistema no es un error o un problema, sino una característica que está dispuesto a defender como parte de su idiosincrasia, como un elemento fundamental en su estrategia. Las generaciones más jóvenes, a la vista del éxito económico que el país está obteniendo y tras haber nacido y crecido en un entorno de rígido control de la información crítica, ya no dudan, y se han convertido en entusiastas defensores de su gobierno, que patrullan las redes e intentan aislar y convencer a los que manifiestan actitudes mínimamente críticas.

Es, sencillamente, un planteamiento diferente de sociedad, en el que cuestiones que en Occidente consideramos derechos fundamentales desaparecen en aras de un beneficio supuestamente mayor, en donde el control social se convierte en la auténtica herramienta política. Pero un planteamiento, además, enormemente exitoso y eficiente, que el país pretende además extender en el futuro al resto del mundo. Durante mucho tiempo, la mayor parte de los países del mundo han evolucionado para considerar la democracia como un valor fundamental en sus sociedades y en su forma de gobierno, como un requisito indispensable: el éxito y la ambición de China y su defensa de estrategias de control social como una vía alternativa suponen, ahora, el replanteamiento más importante de esa idea de cara al futuro.

 

IMAGE: Andrei Marincas - 123RFSin duda, el artículo que más ha alborotado esta semana en el entorno tecnológico ha sido el escrito por Mike Moritz, uno de los directivos de referencia de Sequoia Capital, en el Financial Times, titulado Silicon Valley would be wise to follow China’s lead: un inversor billonario, aconsejando a los trabajadores de las empresas de Silicon Valley que se dejen de discutir sobre la longitud de la baja de paternidad, las vacaciones sin límite, la calidad de los masajes gratuitos o la imperiosa necesidad de disponer de una sala de ensayos para tocar instrumentos musicales en el trabajo, y se pongan a trabajar como se trabaja en las empresas tecnológicas chinas.

¿Cómo se trabaja en las empresas tecnológicas chinas? Muy sencillo: muchos días, se entra a las diez de la mañana y no se va uno a casa hasta pasadas las doce de la noche, y así seis o incluso siete días a la semana, cenando en una sala de reuniones con tus compañeros y aún poniéndote tres reuniones después de la cena, con algunas pausas ocasionales para descansar simplemente apoyando la cabeza en la mesa con los brazos como almohada. Si hace frío en tu puesto de trabajo, no pidas mas calefacción, que cuesta dinero: ponte el abrigo, o la bufanda si hace falta. Y a tus hijos, ya sabes: si quieres una carrera profesional exitosa, que los críen tus padres o una nanny, porque como mucho, los verás unos pocos minutos al día.

Las observaciones de Moritz tras una temporada en China van completamente en contra de las tendencias del management occidental expresado en las compañías de Silicon Valley, centrado desde hace años en intentar proporcionar condiciones competitivas que retengan determinados tipos de talento de difícil acceso, al menos en aquellos centros de trabajo donde ese talento se considera fundamental. Desde hace muchos años, los Glassdoor y similares se centran en analizar no solo el dinero que pagan las compañías, sino los beneficios de todo tipo que ponen encima de la mesa para fidelizar a sus trabajadores, en una tendencia que, al menos en Silicon Valley, se ha ido generalizando para dar lugar a una cultura que cada vez los considera más importantes, más decisivos a la hora de plantearse una carrera profesional. Hace algunos años, esto era típico en empresas consolidadas con márgenes saneados: ahora, no es extraño verlas incluso en startups que aún no han lanzado su primera ronda de financiación. En Silicon Valley, las empresas que alcanzan una alta consideración son las que miman a sus trabajadores con todo tipo de privilegios. En China, las empresas bien consideradas son las que triunfan y se expanden por el mundo, y el verdadero privilegio es matarse a trabajar en ellas, no que te den masajes o te dejen jugar al futbolín en horas de trabajo.

Esa tendencia a acomodarse en unas condiciones de ensueño, que muchos discuten porque ven como una manera de que se trabaje más o que otros consideran una dinámica normal – o una conquista – en un mundo en el que muchos de los planteamientos que nos hacíamos sobre el trabajo están cambiando, convierten a las compañías occidentales en muy poco competitivas con respecto a sus homólogas chinas. La interpretación de Mike Moritz es sencillamente esa: nos parezca mejor o peor, veamos la alternativa de trabajar como los chinos como una pesadilla o como una necesidad, la realidad pragmática es que China se dispone a dominar el mundo y a conquistar todas las industrias, a marcar la agenda internacional gracias a una fuerza de trabajo con una ética y unos valores diferentes que el mundo occidental parece considerar completamente inaceptables, fuera del marco de su contrato social.

Más allá de la experiencia de Moritz, no hay más que leer las conclusiones del XIX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, que no solo tiene  89 millones de miembros, sino además, unas generaciones jóvenes entusiasmadas con el papel de China en el mundo, con lo que perciben una fortísima e imparable superioridad del modelo chino frente a las débiles y enfermas democracias occidentales, y dispuestos a emplear varias horas al día completamente gratis defendiendo los argumentos de sus dirigentes frente a idiotas equivocados en internet.  En los artículos de conclusiones publicados por Xi Jinping, se hace un hincapié especial en cómo el mundo necesita a China para dibujar su futuro, y cómo, en el ocaso de la era de dominación de los Estados Unidos y su pérdida de influencia en el mundo bajo el liderazgo de un perfecto imbécil, las ambiciones globales chinas dibujan una nueva era en la que el país se ve en el centro del escenario y haciendo mayores contribuciones a la humanidad, desde ambiciosísimos planes de infraestructuras de transporte que reconstruyen la ruta de la seda y exceden en dimensiones al Plan Marshall, hasta, como no, una nueva ética del trabajo centrada en la expansión internacional y una nueva definición de las relaciones sociales en torno a la ausencia total de privacidad.

Podremos ver tímidas reacciones en contra, o predicciones que afirman que la naturaleza del hombre es única y que la sociedad china, a partir de un determinado nivel de bienestar, se reconducirá hacia los mismos estímulos que caracterizan a unas sociedades occidentales que muchos aún insisten en ver como más avanzadas, más evolucionadas. Pero otros, viendo cómo exitosas compañías y empresarios chinos empiezan a hacerse con los edificios más emblemáticos, los clubes y estadios de fútbol o los servicios básicos como el transporte en cada vez más países occidentales, empiezan a dudar esa línea temporal: el pragmatismo chino, que renuncia a la democracia y a las decisiones tomadas libremente por el pueblo en beneficio de las de una élite creada y diseñada para regir esos destinos, parece simplemente más eficiente, en un giro que asusta a todos los que nos consideramos demócratas o consideramos la democracia una característica fundamental y básica de la sociedad en la que queremos vivir.

Las tecnologías más importantes de la historia de la humanidad se están desarrollando en China. Los inmigrantes chinos a los Estados Unidos abandonan Silicon Valley para ser ricos de vuelta en su país, convertido en tierra de oportunidad. El camino de China hacia el liderazgo del mundo es tan sencillo como el pragmatismo: mientras Occidente discute cómo hacer las cosas “a su manera”, China cuestiona directamente la democracia, no considera algunos de los más elementales derechos humanos, retuerce las reglas y acuerdos del comercio internacional y exige respeto a su liderazgo y a su visión como una vía alternativa, la suya. La única resistencia es la que los Estados Unidos esgrime ya de manera desesperada, argumentando amenazas invisibles. A medida que, cada año, pasan por mis clases en una de las mejores escuelas de negocio del mundo cada vez más alumnos brillantes procedentes de China, me doy cuenta de que en China no se habla de política: no hace falta. El éxito de su sistema y su visión del futuro del mundo anula todo cuestionamiento y toda consideración de necesidad para esa conversación.

 

IMAGE: Peter Ksinan - 123RFSoy consciente de que en ocasiones vuelvo sobre algunos temas de manera cuasi-obsesiva, y el desarrollo de China en la era tecnológica es uno de ellos: cuando veo nuevos elementos que añaden datos a cosas que he comentado anteriormente, no puedo evitar volver a plantear una reflexión sobre ellos.

Algunas noticias recientes permiten añadir a lo comentado recientemente sobre los experimentos sociales de China en la provincia de Xinjiang con la monitorización total y masiva de su población, y sobre todo, dan una idea de la velocidad con la que los cambios se están produciendo en el gigante asiático: WeChat, el sistema de mensajería instantánea creado por Tencent, avanza para convertirse en el método de identificación electrónica oficialmente adoptado en el país, con el que poder hacer absolutamente de todo, desde intercambiar mensajes hasta pagar, pasando por alquilar vehículos, encontrar personas a tu alrededor, pagar facturas, recargar tu smartphone, encargar comida, solicitar una cita con un médico, pedir un visado, consultar registros gubernamentales, etc.

La idea la conocíamos todos los que de manera regular viajamos a China o mantenemos contacto con personas que lo hacen: el avance de WeChat para convertirse en la auténtica herramienta para todo llamaba cada vez más la atención, con todo lo que ello conlleva a la hora de definir tanto lo que se puede como lo que no se puede hacer: la actividad de WeChat está completamente monitorizada por el gobierno, y son múltiples los casos en los que se han registrado detenciones o encarcelamientos derivados de opiniones expuestas a través de la herramienta. Ahora, al incrementar cada vez más su papel, WeChat pasa a ser la auténtica herramienta de control ciudadano: todo lo que hagas será conocido y registrado por el gobierno, que alimentará con ello un social credit system de todos sus ciudadanos. El uso de WeChat para este tipo de funciones se vende, en principio, como un sistema para reducir problemas derivados, por ejemplo, del fraude en la red, al reforzar los sistemas de identidad con su propia tecnología de reconocimiento facial, pero a nadie escapan las fuertes y obvias connotaciones que tiene como sistema de control.

Al mismo tiempo, lo que en su día fue el llamado 50cent army, la enorme legión de comentaristas y supervisores en la red reclutados y pagados por el gobierno para verter opiniones favorables al partido y para identificar posibles disidentes, ha sido progresivamente sustituido por personas que ya no necesitan ser pagadas, como afirmaba el tópico, a cincuenta céntimos por entrada. Ahora, hablamos de jóvenes nacionalistas que no actúan por dinero, sino por pasión, por convencimiento pleno y orgullo nacional, un ejército infinitamente más peligroso que cuando estaba compuesto simplemente por mercenarios que recurrían a esa actividad para ganarse la vida. Un ejército de trolls convencidos, enfervorecidos y dispuestos a hacer lo que haga falta para preservar el honor de su país y sus líderes, una verdadera guardia nacional en la red. Varios de mis alumnos o conocido chinos me han comentado acerca de este cambio, y de cómo la juventud china, nacida y crecida en un régimen que impone un severo control a las opiniones y al pensamiento, se han convertido en defensores de cuestiones como la censura: cuando el gobierno declara la prohibición de las VPN, su mayor problema no es el que se impida su acceso a contenidos sobre democracia o derechos fundamentales, sobre los que no tienen la más mínima curiosidad ni interés, sino el no poder acceder a páginas con historias sobre algunos de sus ídolos occidentales.

Todo ello, en un país que además de avanzar cada vez con paso más firme de cara a las tecnologías del futuro, se dedica a construir el futuro completamente por su cuenta, copiando y versionando descaradamente las ideas que le parecen interesantes, e impidiendo el acceso de la competencia extranjera a su mercado, con el fin de proporcionar una sólida base a las compañías bajo su control, que después salen de China a la conquista del resto del mundo. Sí, el acrónimo BAT que identifica a Baidu, Alibaba y Tencent, las tres compañías más importantes en la internet china, es aún mucho menos conocido que GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), pero para nada menos importante o con menos proyección de futuro. China no tiene ningún interés en virar hacia un nivel de democracia mayor, sus ciudadanos tampoco parecen tenerlo, y está construyendo un sistema próspero y floreciente que niega algunos de los elementos fundamentales y básicos en el mundo occidental. En el ascenso al liderazgo mundial de China hay muchos aspectos que deberían preocuparnos seriamente, a poco que tengamos una mínima conciencia de la importancia de cuestiones como la democracia o los derechos fundamentales. Y a la velocidad que va China, cada día más.

 

IMAGE: Vasin Leenanuruksa - 123RFArtículo de muy recomendable lectura en The Wall Street Journal, titulado Twelve days in Xinjiang: how China’s surveillance state overwhelms daily life: el periódico envió un equipo de investigación a la región autónoma de Xinjiang, la provincia más grande al noroeste del país, de mayoría uygur y protagonista de recientes conflictos secesionistas. En esta provincia, amparándose en la posibilidad de atentados y tensiones, el gobierno chino ha desplegado de forma experimental la mayor cantidad de tecnologías disponibles de vigilancia y control de la población, convirtiéndola en un auténtico laboratorio.

La lectura resulta impresionante: el nivel de información solicitado a los residentes, que deben inscribirse en bases de datos gubernamentales con todo tipo de detalles sociodemográficos que incluyen etnia, creencia religiosa, nivel de educación religiosa, número de veces a la semana que se practica el culto, empleo, pasaporte, número de viajes y contactos en el extranjero, edad, situación de estabilidad social, familiares detenidos, etc., unido a la presencia de sistemas de identificación biométrica utilizados en todo el territorio para todo tipo de situaciones comunes, desde simplemente caminar por la calle hasta comprar bienes o servicios. Sistemas que escanean rostros y matrículas de vehículos, a los que se une una fuerte vigilancia del contenido de los smartphones y otros dispositivos. Simplemente adquirir un cuchillo exige que el vendedor, que está obligado a poseer una máquina de impresión láser para poder venderlo legalmente, inscriba sobre la hoja del mismo un código QR con la identificación del comprador.

Relatos de la vida de ciudadanos en una sociedad que recuerda poderosamente al “1984” de George Orwell, y que refleja los importantísimos avances en este sentido que el gobierno del país está siendo capaz de llevar a cabo de cara al establecimiento de un férreo sistema de control de la población, avances que se ven también reflejados, dada la patente ausencia de legislación en este sentido, por iniciativas del sector privado como las que tienen lugar en la industria del crédito al consumo. Una sociedad en la que todo lo que haces, sea en la red o fuera de ella, es recogido, analizado y procesado para entender quién eres y qué pretendes: si paseas por la calle o circulas por la carretera en tu coche, una cámara recogerá tu cara o tu matrícula y te identificará en menos de tres segundos, para construir un detallado mapa de tus hábitos, tus movimientos y asociarlos con tu comportamiento en la red, en donde una legión de personas se encarga de eliminar todo vestigio de disidencia y reafirmar las creencias y las líneas marcadas por el gobierno.

Evidentemente, China no es una excepción en este tipo de temas. En prácticamente todas las sociedades occidentales vivimos un avance de las tecnologías de vigilancia derivada del desarrollo de una cultura del miedo, que se pretende justificar mediante la lucha contra enemigos como el terrorismo, la pornografía infantil o la protección de los derechos de autor, como se vive también en determinadas teocracias árabes. El problema no es, como tal, la progresiva implantación de estas tecnologías, sino el hecho de que su progresivo desarrollo esté en manos de quienes en ningún momento se han planteado la necesidad de un sistema de poderes y contrapoderes que ponga su uso bajo un cierto nivel de control. La tecnología está pasando de ser la supuesta plataforma sobre la que construir un sistema más libre e igualitario, para pasar a ofrecer al poder establecido la posibilidad de mantenerse y luchar contra todo aquello que considere una amenaza.

Sin duda, Xinjiang es un laboratorio, un experimento interesantísimo como tal. Experimentar las condiciones de vida en un territorio así, incluso asumiendo que esté sometido a tensiones y amenazas, es fundamental para saber a dónde queremos o no queremos ir como sociedad. Gobiernos democráticos, llevados por la idea de que las libertades solo pueden construirse en un entorno que elimine determinadas amenazas, parecen estar siguiendo la tendencia marcada por regímenes no democráticos, y llevándonos a un futuro en el que la visión ofrecida por Xinjiang no es necesariamente privativa de China y de otras sociedades totalitarias, sino de todo el mundo. Una visión, además, que parece evolucionar sin ningún tipo de consenso social, sin un proceso de toma de decisiones colectivo que nos haga conscientes de hacia dónde nos estamos dirigiendo. Cuando le entendamos, es posible que sea demasiado tarde.

 

Comcast on Twitter (November 2017)El plan presentado por Ajit Pai, anteriormente abogado de Verizon y ahora director de la Federal Communications Commission (FCC) norteamericana, para acabar con la neutralidad de la red y con internet tal y como lo conocemos ha despejado todas las dudas que en algún momento pudimos tener sobre las intenciones del personaje: no era malo, era infinitamente peor. El director de la FCC sabe claramente a quién sirve, y está dispuesto a hacerlo por encima de quien sea y de lo que sea.

Marimar Jiménez escribe un artículo en Cinco Días titulado “La Administración Trump presenta su plan para acabar con la neutralidad de la red” y me cita hablando de un tema que considero brutalmente importante, sobre el que he escrito decenas de artículos y que incluso me llevó en ocasiones a la actualidad política: la neutralidad de la red define internet como lo que es, supone la principal característica que lo hace posible, y resulta fundamental a la hora de definir su futuro. Lo fundamental que define a internet es que ha sido desde sus inicios un lugar en el que las buenas ideas podían prosperar, con independencia de quien estuviese detrás de ellas,  en el que un clic es igual a otro clic, un bit es igual a otro bit, y llega siempre a su destino a la velocidad que un usuario tenga contratada, sin que nadie pueda interponerse negociando acuerdos preferentes que privilegien a unos o penalicen a otros. Sí, existen posibilidades técnicas para mejorar las transmisiones, se puede trabajar la latencia, se pueden hacer acuerdos de peering, pero están disponibles para todo aquel que los quiera hacer, no son parte de una negociación que elige ganadores y perdedores. 

¿Qué cambiará en internet si las leyes que protegen la neutralidad de la red son eliminadas? El tweet de ayer de Comcast con el que ilustro la entrada, en el que afirman que nunca bloquearán o restringirán el tráfico de nadie, asume que todos somos completamente idiotas: es precisamente esa y no otra la razón por la que pretenden eliminar la neutralidad de la red, para ser capaces de generar más ingresos vendiendo accesos privilegiados y canales más rápidos a quienes los puedan pagar, como de hecho ya hacen con sus acuerdos de zero-rating. La credibilidad de una empresa de telecomunicaciones hoy en día es absolutamente nula en ese sentido. Nunca, bajo ningún concepto, debemos confiar en alguien que nos dice que “será bueno y se portará bien”. La pretensión de que la protección de la neutralidad de la red es de alguna manera “artificial”, “catastrofista” o “contra las leyes de mercado” no es más que una excusa para, una vez que internet se ha convertido en algo tan importante como lo que es hoy, ponerlo bajo control y convertirlo en un canal similar a la televisión por cable, en donde alguien reparte los canales y las licencias de emisión. De hecho, no es casual que sea precisamente la administración Trump la que se obsesione con poner internet bajo control.

Proteger la neutralidad de la red es un elemento fundamental para proteger la innovación, la capacidad de internet para generar y desarrollar nuevas ideas ideas en función de su genuino valor, y no de los acuerdos comerciales que sean capaces de cerrar para llevar su tráfico a los usuarios. Sin neutralidad de la red, veremos de todo: internet en paquetes tasados en función de su uso, operadoras capaces de decidir qué competidores triunfan y cuáles no lo hacen, o con la posibilidad de crear sus propios servicios y privilegiarlos frente a los de terceros.

No lo olvidemos: los usuarios tenemos derecho a que el tráfico de datos recibido o generado no sea manipulado, modificado, bloqueado, desviado, priorizado o retrasado, en función del tipo de contenido, del protocolo, la aplicación utilizada, del origen o del destino de la comunicación, ni de cualquiera otra consideración ajena a su propia voluntad. Ese tráfico debe tratarse como privado y por lo tanto, secreto y solamente deberá poder ser secuestrado, espiado, trazado, archivado, o analizado en su contenido ni trayectoria, bajo mandato y tutela judicial, no pudiendo en ningún caso ser sometido a la censura previa o al secuestro administrativo de los contenidos, al igual que ocurre con cualquier otra correspondencia o comunicación privada. Negar este principio es negar internet.

Pero lo peor de este intento de acabar con la neutralidad de la red no es siquiera el intento en sí, sino la burda manera de hacerlo, el enorme desprecio a los miles de mensajes enviados por ciudadanos argumentando su importancia, o la manipulación de las leyes en función de intereses empresariales o políticos. El mayor problema de la neutralidad de la red es que además de su enorme importancia de cara al futuro, retrata una situación en la que se convierte en un síntoma, en el indicador de hasta qué punto la democracia está enferma. Los países más poderosos del mundo son o directamente no democráticos como China, o tienen democracias de juguete completamente manipuladas como Rusia, o están en manos de gobiernos populistas capaces de plantear cualquier cosa y de pasar por encima de lo que sea, como ahora demuestran los Estados Unidos de Donald Trump. Si la neutralidad de la red cae, caerá con ella una gran parte de las posibilidades de que internet sea un vehículo de cambio, una fuerza capaz de renovar la sociedad.