IMAGE: Der TagesspiegelEn julio del pasado año, a raíz de una demanda del Knight First Amendment Institute contra Donald Trump por bloquear a numerosos ciudadanos en su cuenta de Twitter, nos preguntábamos si un presidente podía, en efecto, llevar a cabo esa acción de exclusión cuando había convertido su cuenta personal en un un foro público y una voz oficial del presidente, utilizada para discutir asuntos importantes para los ciudadanos. Si interpretamos que, como todo parecía indicarlo, ese uso era efectivamente así, los ciudadanos no deberían poder ser excluidos de él a pesar de haber expresado previamente su desacuerdo, puesto que el bloqueo podría ser interpretado como una forma de eliminar voces críticas con la gestión del presidente, y por tanto, una amenaza a la libertad de expresión.

Ayer, una juez norteamericana, Naomi Reice Buchwald, dictaminó, efectivamente, que el presidente de los Estados Unidos no puede bloquear a ciudadanos en su cuenta de Twitter. Tras un riguroso estudio de lo que conlleva el hecho de bloquear en Twitter, la juez afirmó que el presidente estaría en su derecho de silenciar a sus críticos si lo desea, lo que evitaría que viese sus respuestas, pero no puede bloquearlos, dado que esa acción no solo impide que vean sus actualizaciones (un impedimento relativo, dado que basta con entrar en Twitter sin hacer login para evitarlo), sino también, que puedan referirse a él utilizando su cuenta en sus actualizaciones.

¿Qué va a ocurrir ahora? Presumiblemente, nada. Lo más probable es que el presidente apele a instancias superiores y se limite a ignorar la sentencia, como de hecho ya hace con su propio servicio de seguridad cuando le solicita que le permita inspeccionar su smartphone – precisamente el que utiliza para escribir en Twitter – para intentar garantizar la seguridad del dispositivo. Lo que estamos viendo es, ni más ni menos, que las consecuencias de elegir para uno de los cargos más importantes y con más responsabilidad del mundo a un político con la mentalidad de un auténtico niño, un matón de colegio completamente irresponsable, caprichoso, malcriado e iletrado, capaz de jugar incluso con la idea de apretar el botón nuclear. Lo más adecuado que he visto sobre él es esta propuesta para reproducir sus actualizaciones de Twitter en letra de niño pequeño escrita con un lápiz rojo.

En efecto, hablamos de un presidente que genera pérdidas millonarias a compañías con decisiones tomadas sin ningún tipo de justificación seria, que presiona al servicio nacional de correos para que le suba las tarifas a las compañías que le caen mal, o que se acuesta con quien se le encapricha y paga después para que no digan nada. Su uso de las redes sociales no es más que un síntoma más de una tremenda disfuncionalidad. Definitivamente, lo menos presidencial y presidenciable que los Estados Unidos han podido ver o imaginar en toda su historia, un permanente y gravísimo daño inflingido por el populismo a la democracia y, sin duda, un descrédito enorme para su país a todos los niveles.

 

Telegram blockedEl Servicio Federal de Supervisión de las Telecomunicaciones ruso, conocido como Roskomnadzor, ordena, tras una vista judicial que duró únicamente 18 minutos, el bloqueo inmediato de la aplicación de mensajería instantánea Telegram, creada por el polémico emprendedor ruso Pavel Durov, así como su retirada de las tiendas de aplicaciones de Apple y Google.

Al encontrarse con que una gran cantidad de usuarios, acostumbrados a los habituales bloqueos de páginas llevados a cabo por su gobierno, evaden el bloqueo a través de proxies o utilizando VPNs, el organismo gubernamental emprende una alocada y absurda carrera por intentar bloquear todos los posibles recursos a través de los cuales supuestamente se pueda conectar con Telegram, y al hacerlo, se lleva por delante más de dieciséis millones de direcciones IP de servidores de Google y Amazon (hay una página para ver ese número en tiempo real), provocando disrupciones en la funcionalidad de todo tipo de servicios, desde juegos online hasta apps móviles o páginas de intercambio de criptomonedas. Los intentos de Roskomnadzor para intentar bloquear Telegram han funcionado como un auténtico ataque de denegación de servicio sobre la internet rusa: gran cantidad de páginas y servicios completamente ajenos a Telegram están bloqueados, en un desmesurado esfuerzo de censura moral llevada a cabo de manera técnicamente ignorante. Y a pesar de todo ello, según el propio Durov, Telegram ha seguido funcionando con relativa normalidad, y la compañía no ha detectado una caída significativa de la actividad de sus usuarios en territorio ruso. Una sola compañía con muy pocos trabajadores está dejando en el más absoluto ridículo al país que muchos dicen temer por su supuesto desarrollo y potencial tecnológico en internet.

¿A qué se debe el empeño por bloquear Telegram a toda costa? La teórica justificación es que la agencia gubernamental solicitó a la compañía una clave universal para descifrar las conversaciones llevadas a cabo a través del servicio, solicitud que fue denegada por la compañía. ¿Qué lleva a una compañía como Telegram, sabiendo a lo que se expone, deniegue esta petición? Pues además del fuerte compromiso de su fundador con la privacidad de sus usuarios, un pequeño problema adicional: no existe tal clave universal. Cada conversación a través de Telegram es cifrada mediante una clave generada aleatoriamente para cada mensaje, y esas claves no están en poder de la compañía. Una circunstancia que ya pudimos ver hace tiempo en Brasil con WhatsApp, pero que mientras en aquel caso parecía deberse a la ignorancia o ineptitud tecnológica de un juez, en este se debe simplemente a la búsqueda de un pretexto para llevar a cabo el bloqueo. Simplemente, el interés por bloquear cualquier canal que pueda, por su diseño o características, escapar al control de la censura gubernamental.

El caso de Pavel Durov, al que algunos consideran “el Mark Zuckerberg ruso”, es especialmente notable: antes de Telegram fue el fundador de VK, la red social más exitosa del país, pero se encontró con que una serie de maniobras turbias protagonizadas por el gobierno ruso le arrebataron el control de su propia compañía. Entre ellas se encontró, el 3 de abril de 2014, el uso de una carta falsa de dimisión que el fundador había escrito con motivo del April Fools que había tenido lugar dos días antes, así como la actuación de algunos inversores que operaban en favor de los intereses del gobierno. Tras su cese, abandonó Rusia sin planes para volver afirmando que el país era incompatible con los negocios en internet, adquirió la ciudadanía de las islas caribeñas de Saint Kitts and Nevis gracias a una donación de $250,000, y se dedicó a una vida nómada, sin pasar más de cinco semanas en ningún sitio, sin posesiones materiales ni inmobiliarias, y coordinándose con algunos directivos de la compañía que viajan con él y con otros que trabajan desde sus países. La motivación para su cese en VK estuvo, según la mayoría de analistas del momento, en su negativa a proporcionar datos de personas que llevaban a cabo algún tipo de activismo a través de su red social. Según Edward Snowden, la respuesta de negativa y resistencia de Durov a las demandas totalitarias del gobierno ruso es la única respuesta moral aceptable, y supone una muestra de liderazgo real.

Ante el bloqueo, Durov ha respondido con toda una declaración de principios: “en Telegram tenemos el lujo de que no nos importen ni los flujos de ingresos ni la publicidad”, y “la privacidad no está en venta, y los derechos humanos no deben comprometerse en función del miedo o de la codicia”. En marzo de este año Telegram afirmaba tener unos doscientos millones de usuarios mensuales activos, con un razonable éxito en países como Corea del Sur, India, España, México o Brasil, y recientemente lanzó una exitosa ICO con la que se calcula que podría haber obtenido más de 1,700 millones de dólares. Si se trata de aguantar sin el tirón del mercado ruso, que supone aproximadamente un 7% de la actividad para la compañía, Telegram, que antes del bloqueo figuraba como la novena aplicación de mensajería instantánea más importante del mundo por número de usuarios, podría tener cuerda para mucho tiempo. Según el propio Durov, incluso aunque perdiese la totalidad del mercado ruso, el crecimiento orgánico de Telegram en otras regiones haría que la pérdida se compensase en tan solo un par de meses. Sin embargo, su compromiso con los usuarios rusos y su privacidad es importante a nivel personal, lo que le ha impulsado a repartir donaciones en bitcoins a personas y compañías que ejecuten proxies socks5 y servicios de VPN. Además, afirma estar dispuesto a donar millones de dólares durante este año a esta causa, y esperar que otras personas e instituciones lo sigan en lo que denomina Resistencia Digital, un movimiento descentralizado que representa las libertades digitales y el progreso a nivel mundial.

Ya hay más direcciones IP bloqueadas que usuarios de Telegram en Rusia, pero Telegram sigue funcionando con relativa normalidad. Una perfecta combinación de sinrazón, burocracia y estupidez. ¿Algo que no supiésemos de Rusia?

 

IMAGE: Andriano - 123RFSi no has tenido ocasión de leer el auto de 35 páginas del fiscal especial Robert S. Mueller sobre la injerencia rusa en las últimas elecciones norteamericanas, es un buen momento para hacerlo. Como se esperaba, el fiscal, ex-director durante doce años del FBI, ha resultado ser un investigador sumamente riguroso, metódico y concluyente, y ha determinado que todo lo que intuíamos sobre la actuación de Rusia no solo estaba fundamentado, sino que iba incluso muchísimo más allá. Tras la lectura del informe, las pruebas son evidentes: en unos meses, hemos pasado de lo que muchos consideraban prácticamente teorías conspiranoicas, a tener claro que Rusia ha desarrollado y perfeccionado la mayor maquinaria de manipulación y sabotaje de la democracia jamás conocida.

En los enlaces he querido recopilar las noticias que me han parecido más interesantes al respecto de entre lo muchísimo publicado en los últimos dos días. A todos los efectos, Rusia ha literalmente violado la democracia norteamericana hasta unos extremos increíbles, creando toda una estructura destinada a tal efecto, con una financiación millonaria y unas técnicas enormemente sofisticadas que incluían el robo de identidades de norteamericanos y la concentración de las acciones en los estados con sondeos más igualados, acciones destinadas a inflamar a la opinión pública y provocar una división nunca vista en el electorado.

La influencia de Rusia en el resultado de las últimas elecciones presidenciales norteamericanas es ahora, a la luz de las investigaciones, completamente innegable: el presidente que ocupa la Casa Blanca está ahí como resultado de una campaña especialmente diseñada para humillar y destrozar la democracia norteamericana, y en realidad, nunca debería haber llegado a su puesto. Para que pudiese llegar a hacerlo, una agencia gubernamental rusa, la Internet Research Agency, creó miles de cuentas falsas en redes sociales, compró publicidad, contactó e influenció a cientos de miles de norteamericanos y manejó un presupuesto de millones de dólares destinados a crear división en el electorado y a influenciar el resultado de las elecciones. Lo hizo, además, con tanta facilidad y de manera tan rutinaria, que resulta evidente que se trata de procedimientos desarrollados no solo en su propio país a lo largo de varios procesos electorales, sino en elecciones en otros muchos países de su órbita y, posiblemente, de todo el mundo. 

El problema, claro está, no es simplemente que la democracia norteamericana haya sido pisoteada y humillada hasta el límite, sino que además, no existe ninguna solución factible para evitarlo. Que se manipulen las elecciones norteamericanas y se consiga situar a un candidato de auténtico chiste en la Casa Blanca no deja de tener algo de justicia poética: después de todo, los Estados Unidos cuentan con un larguísimo historial de injerencias en procesos electorales de otros países, y con casos en los que han logrado situar a gobernantes corruptos o a marionetas dispuestas a actuar de manera favorable a sus intereses mediante la financiación de campañas o mediante el recurso a métodos no del todo confesables. Todo un turbio pasado… para terminar cayendo con aspecto de absoluta ingenuidad ante un país que ha sublimado hasta el límite las técnicas de manipulación mediante el uso de redes sociales.

No, el problema no es de los Estados Unidos: va mucho más allá, y afecta a la mismísima esencia de la democracia. Las medidas tomadas por compañías como Facebook duplicando el número de personas dedicadas a la supervisión de contenidos o los lamentos de Twitter al respecto no sirven ante técnicas que consiguen simular el comportamiento de ciudadanos genuinos norteamericanos aunque estén radicados en Vladivostok: en el actual estado de las redes sociales, todos los gatos son pardos, las compañías que las gestionan no quieren eliminar perfiles fraudulentos para no perjudicar sus cifras de crecimiento,y diferenciar comportamientos reales de otros ficticios se convierte en una tarea prácticamente imposible. Con los medios adecuados, una persona desde Rusia puede perfectamente simular un perfecto manejo del idioma, una conexión desde cualquier sitio en los Estados Unidos, una identidad robada y hasta un perfil creíble con cuentas en varias redes sociales y una actividad aparentemente genuina. Rusia ha conseguido una maquinaria capaz de infiltrar cualquier proceso electoral, en cualquier país, y de generar y polarizar estados de opinión con la misma facilidad que quien diseña campañas electorales. Y seguramente, con más influencia en el voto de muchas personas que esas mismas campañas electorales de las que la mayoría de los ciudadanos ya están hartos antes de que empiecen.

Las técnicas de uso de redes sociales utilizadas por algunos políticos palidecen cuando leemos algunas de las tácticas utilizadas por Rusia: nada que ver. Y por supuesto, nada que una democracia pueda superar con los mecanismos de control actuales. Todos los procesos electorales están ahora bajo sospecha.

A todos los efectos, la democracia deja de ser técnicamente posible cuando la injerencia de una potencia extranjera se vuelve tan decisiva y tan sencilla de ejecutar, que resulta sencillo que muchos de los votantes de un país sean influenciados por factores espurios. El problema es tan grave como que la democracia actual carece de metodologías que le permitan defenderse de semejante intrusión, que posibiliten discernir entre las opiniones de ciudadanos reales y ficticios. Las redes sociales han creado un entorno en el que la manipulación es demasiado fácil, demasiado sencilla, al alcance de cualquiera con los medios adecuados. Del mismo modo que se manipulan campañas comerciales y se segmentan mercados con los mejores francotiradores que permiten discernir variables antes imposibles de controlar, ahora se puede hacer llegar un mensaje inflamatorio o divisivo precisamente a aquel que resulta más sensible a él, y hasta darle formas específicas para que llegue a los que puedan ser influenciados por él de una manera más clara. No existe una manera sencilla de evitarlo, porque el problema está en el mismísimo diseño de las redes sociales tal y como las conocemos. Rusia ha aprendido a manipular la democracia de una manera que la misma democracia no puede controlar, neutralizar ni impedir, y en este momento, todo proceso electoral en cualquier país está sujeto a la sospecha de una posible influencia rusa, bien para sesgar el poder político a favor de sus intereses, o simplemente para practicar sus habilidades. Cuestiones como que Vladimir Putin haya podido ser elegido, reelegido, sucedido posteriormente por un títere suyo y vuelto a elegir una vez más, o que varias ex-repúblicas soviéticas tengan ahora presidentes pro-rusos no son casualidades de la vida: son fruto de una maquinaria ensayada y perfeccionada de manipulación social a gran escala, capaz de sesgar cualquier proceso electoral.

¿Cómo restaurar la confianza en la democracia en un mundo en el que un país ha conseguido poner a punto una maquinaria perfectamente diseñada para sabotearla y distorsionarla?

IMAGE: Alexlmx - 123RF

China continúa avanzando, sin el más mínimo complejo, en el desarrollo de la mayor herramienta tecnológica de control social jamás desarrollada por el hombre. Desde la llegada al poder de Xi Jinping en marzo de 2013, el gobernante ha mostrado una fortísima obsesión por el control: ha reforzado los conceptos de unidad interna y disciplina en todo el partido, ha puesto en marcha una enorme campaña contra la corrupción, y sobre todo, ha reforzado la vigilancia de la sociedad civil y el discurso ideológico hasta el límite, lo que incluye la censura en internet como herramienta fundamental.

Bajo Xi Jinping, la censura en China no es ya una cuestión coyuntural o un elemento para controlar la velocidad del cambio: se ha convertido en un rasgo fundamental que caracteriza al país, en un elemento de identidad, en un derecho supuestamente inalienable de mantener su soberanía nacional sobre la red. Xi Jinping afirma el derecho de China a ser diferente, a escoger independientemente su propio camino hacia el desarrollo, su modelo de regulación y su participación en la gobernanza del ciberespacio internacional en igualdad de condiciones. La democracia y la libertad de información no son, para China, una obligación o un objetivo hacia el que hay que evolucionar necesariamente: la libre circulación de los contenidos en la red supone una amenaza a su forma de vida, al régimen que gobierna el país, y a la estabilidad en general. 

Tras el XIX Congreso del Partido Comunista chino, la voluntad de reforzar el control social en el país utilizando todos los medios, más allá de internet, ha quedado claramente reafirmada y sancionada como elemento fundamental en su estrategia y planes de futuro. La inversión en tecnología ha llevado a la construcción de la mayor base de datos biométricos del mundo, que ahora, además de desplegarse en las más de 176 millones de cámaras que controlan el territorio – que pretenden llegar hasta los 626 millones en los próximos tres años y que cubren ya, por ejemplo, el 100% del área urbana de Beijing – se extiende incluso a las gafas que llevan sus policías, capaces de simplemente enfocar a una persona y obtener sus datos. La vigilancia se extiende también a la red telefónica, con la mayor base de datos de huellas de voz para identificar a sus ciudadanos en una simple conversación, y a cualquier otro ámbito mediante otra base de datos de registros de ADN.

A esas iniciativas gubernamentales se unen, además, otras iniciativas privadas que colaboran con el estado: todos los ciudadanos reciben una puntuación en función de factores que van desde su consideración crediticia hasta sus actitudes con respecto al gobierno, puntuación que, además, es objeto de esquemas de gamificación: la puntuación de una persona puede verse afectada no solo por sus acciones, sino también por las de aquellos que le rodean, familiares o amigos, lo que de hecho convierte cualquier actitud crítica o disidente en un problema no solo para la persona sino también para su círculo de influencia, llevando rápidamente al aislamiento social de quienes la manifiesten. Además, el uso de herramientas tecnológicas para desplazarse, pagar, relacionarse o llevar a cabo todo tipo de acciones se ha convertido en tan ubicuo, que nadie puede plantearse no utilizarlos, por una cuestión de conveniencia y comodidad, de no convertirse en “un raro” o, directamente, en un sospechoso.

La privacidad, en China, no es un derecho, sino una amenaza. Los ciudadanos viven bajo una vigilancia permanente destinada a mantener la estabilidad. Por mucho que algunas de esas iniciativas privadas generen tímidas reacciones en contra  (las gubernamentales ni se plantean), el país tiene claro que su sistema no es un error o un problema, sino una característica que está dispuesto a defender como parte de su idiosincrasia, como un elemento fundamental en su estrategia. Las generaciones más jóvenes, a la vista del éxito económico que el país está obteniendo y tras haber nacido y crecido en un entorno de rígido control de la información crítica, ya no dudan, y se han convertido en entusiastas defensores de su gobierno, que patrullan las redes e intentan aislar y convencer a los que manifiestan actitudes mínimamente críticas.

Es, sencillamente, un planteamiento diferente de sociedad, en el que cuestiones que en Occidente consideramos derechos fundamentales desaparecen en aras de un beneficio supuestamente mayor, en donde el control social se convierte en la auténtica herramienta política. Pero un planteamiento, además, enormemente exitoso y eficiente, que el país pretende además extender en el futuro al resto del mundo. Durante mucho tiempo, la mayor parte de los países del mundo han evolucionado para considerar la democracia como un valor fundamental en sus sociedades y en su forma de gobierno, como un requisito indispensable: el éxito y la ambición de China y su defensa de estrategias de control social como una vía alternativa suponen, ahora, el replanteamiento más importante de esa idea de cara al futuro.

 

IMAGE: Andrei Marincas - 123RFSin duda, el artículo que más ha alborotado esta semana en el entorno tecnológico ha sido el escrito por Mike Moritz, uno de los directivos de referencia de Sequoia Capital, en el Financial Times, titulado Silicon Valley would be wise to follow China’s lead: un inversor billonario, aconsejando a los trabajadores de las empresas de Silicon Valley que se dejen de discutir sobre la longitud de la baja de paternidad, las vacaciones sin límite, la calidad de los masajes gratuitos o la imperiosa necesidad de disponer de una sala de ensayos para tocar instrumentos musicales en el trabajo, y se pongan a trabajar como se trabaja en las empresas tecnológicas chinas.

¿Cómo se trabaja en las empresas tecnológicas chinas? Muy sencillo: muchos días, se entra a las diez de la mañana y no se va uno a casa hasta pasadas las doce de la noche, y así seis o incluso siete días a la semana, cenando en una sala de reuniones con tus compañeros y aún poniéndote tres reuniones después de la cena, con algunas pausas ocasionales para descansar simplemente apoyando la cabeza en la mesa con los brazos como almohada. Si hace frío en tu puesto de trabajo, no pidas mas calefacción, que cuesta dinero: ponte el abrigo, o la bufanda si hace falta. Y a tus hijos, ya sabes: si quieres una carrera profesional exitosa, que los críen tus padres o una nanny, porque como mucho, los verás unos pocos minutos al día.

Las observaciones de Moritz tras una temporada en China van completamente en contra de las tendencias del management occidental expresado en las compañías de Silicon Valley, centrado desde hace años en intentar proporcionar condiciones competitivas que retengan determinados tipos de talento de difícil acceso, al menos en aquellos centros de trabajo donde ese talento se considera fundamental. Desde hace muchos años, los Glassdoor y similares se centran en analizar no solo el dinero que pagan las compañías, sino los beneficios de todo tipo que ponen encima de la mesa para fidelizar a sus trabajadores, en una tendencia que, al menos en Silicon Valley, se ha ido generalizando para dar lugar a una cultura que cada vez los considera más importantes, más decisivos a la hora de plantearse una carrera profesional. Hace algunos años, esto era típico en empresas consolidadas con márgenes saneados: ahora, no es extraño verlas incluso en startups que aún no han lanzado su primera ronda de financiación. En Silicon Valley, las empresas que alcanzan una alta consideración son las que miman a sus trabajadores con todo tipo de privilegios. En China, las empresas bien consideradas son las que triunfan y se expanden por el mundo, y el verdadero privilegio es matarse a trabajar en ellas, no que te den masajes o te dejen jugar al futbolín en horas de trabajo.

Esa tendencia a acomodarse en unas condiciones de ensueño, que muchos discuten porque ven como una manera de que se trabaje más o que otros consideran una dinámica normal – o una conquista – en un mundo en el que muchos de los planteamientos que nos hacíamos sobre el trabajo están cambiando, convierten a las compañías occidentales en muy poco competitivas con respecto a sus homólogas chinas. La interpretación de Mike Moritz es sencillamente esa: nos parezca mejor o peor, veamos la alternativa de trabajar como los chinos como una pesadilla o como una necesidad, la realidad pragmática es que China se dispone a dominar el mundo y a conquistar todas las industrias, a marcar la agenda internacional gracias a una fuerza de trabajo con una ética y unos valores diferentes que el mundo occidental parece considerar completamente inaceptables, fuera del marco de su contrato social.

Más allá de la experiencia de Moritz, no hay más que leer las conclusiones del XIX Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, que no solo tiene  89 millones de miembros, sino además, unas generaciones jóvenes entusiasmadas con el papel de China en el mundo, con lo que perciben una fortísima e imparable superioridad del modelo chino frente a las débiles y enfermas democracias occidentales, y dispuestos a emplear varias horas al día completamente gratis defendiendo los argumentos de sus dirigentes frente a idiotas equivocados en internet.  En los artículos de conclusiones publicados por Xi Jinping, se hace un hincapié especial en cómo el mundo necesita a China para dibujar su futuro, y cómo, en el ocaso de la era de dominación de los Estados Unidos y su pérdida de influencia en el mundo bajo el liderazgo de un perfecto imbécil, las ambiciones globales chinas dibujan una nueva era en la que el país se ve en el centro del escenario y haciendo mayores contribuciones a la humanidad, desde ambiciosísimos planes de infraestructuras de transporte que reconstruyen la ruta de la seda y exceden en dimensiones al Plan Marshall, hasta, como no, una nueva ética del trabajo centrada en la expansión internacional y una nueva definición de las relaciones sociales en torno a la ausencia total de privacidad.

Podremos ver tímidas reacciones en contra, o predicciones que afirman que la naturaleza del hombre es única y que la sociedad china, a partir de un determinado nivel de bienestar, se reconducirá hacia los mismos estímulos que caracterizan a unas sociedades occidentales que muchos aún insisten en ver como más avanzadas, más evolucionadas. Pero otros, viendo cómo exitosas compañías y empresarios chinos empiezan a hacerse con los edificios más emblemáticos, los clubes y estadios de fútbol o los servicios básicos como el transporte en cada vez más países occidentales, empiezan a dudar esa línea temporal: el pragmatismo chino, que renuncia a la democracia y a las decisiones tomadas libremente por el pueblo en beneficio de las de una élite creada y diseñada para regir esos destinos, parece simplemente más eficiente, en un giro que asusta a todos los que nos consideramos demócratas o consideramos la democracia una característica fundamental y básica de la sociedad en la que queremos vivir.

Las tecnologías más importantes de la historia de la humanidad se están desarrollando en China. Los inmigrantes chinos a los Estados Unidos abandonan Silicon Valley para ser ricos de vuelta en su país, convertido en tierra de oportunidad. El camino de China hacia el liderazgo del mundo es tan sencillo como el pragmatismo: mientras Occidente discute cómo hacer las cosas “a su manera”, China cuestiona directamente la democracia, no considera algunos de los más elementales derechos humanos, retuerce las reglas y acuerdos del comercio internacional y exige respeto a su liderazgo y a su visión como una vía alternativa, la suya. La única resistencia es la que los Estados Unidos esgrime ya de manera desesperada, argumentando amenazas invisibles. A medida que, cada año, pasan por mis clases en una de las mejores escuelas de negocio del mundo cada vez más alumnos brillantes procedentes de China, me doy cuenta de que en China no se habla de política: no hace falta. El éxito de su sistema y su visión del futuro del mundo anula todo cuestionamiento y toda consideración de necesidad para esa conversación.