Amazon credit cardsUna noticia en The Wall Street Journal, Amazon wants to team up with banks on checking accounts, da cuenta del supuesto interés de Amazon por asociarse con grandes bancos, como JPMorgan Chase, con el fin de poder ofrecer un producto a sus clientes en desarrollo conjunto que podría tener muchas similitudes con una cuenta corriente, y que estos podrían utilizar no solo para pagar sus compras en la plataforma, sino también para otros servicios no relacionados.

La idea parece ir más allá que la simple oferta de tarjetas en régimen de co-branding como las de la imagen. Esa idea lleva ya muchos años implantada en Amazon, del mismo modo que lo hacen muchísimos otros establecimientos: en asociación con múltiples bancos en función de diversos criterios, la compañía ofrece a sus clientes medios de pago que pueden conllevar ventajas tales como mejores condiciones de financiación o financiación gratuita de sus compras, descuentos promocionales en función del importe, puntos en esquemas de fidelización, etc. Sin embargo, en esta ocasión, una lectura más entre líneas de la noticia podría indicar el desarrollo de esquemas algo más ambiciosos: de entrada, hablamos de conversaciones con un banco con el que Amazon parece estar entrando en algo más que simples transacciones comerciales. JPMorgan Chase, junto con Berkshire Hathaway, han anunciado recientemente iniciativas conjuntas con Amazon en ámbitos como el cuidado de la salud, y dada la afinidad necesaria para compartir información y planes en este terreno, explorar otro tipo de colaboraciones podría, en su caso, llegar a tener sentido.

Lo que Amazon parece buscar son mejores condiciones para reducir el importe de las comisiones que paga a bancos y a entidades de procesamiento de pago en las transacciones de sus clientes, un ahorro que, muy posiblemente, la compañía podría plantearse repercutir en esos clientes con el fin de hacer la alternativa de adquirir productos en Amazon todavía más atractiva. No existen demasiados precedentes de compañías que hayan tomado la decisión de convertirse en bancos y ofrecer a sus clientes gestionar sus propios depósitos, pero para Amazon podría llegar a tener mucho sentido: de hecho, muchos clientes afirman que se sentirían perfectamente cómodos teniendo a Amazon como banco, y así lo han expresado en múltiples encuestas. En España, el ejemplo de El Corte Inglés, que gestiona determinados servicios financieros para sus empleados y clientes, podría tener algunas posibles similitudes, aunque nunca ha llegado a establecerse como banco ni a ofrecer una cuenta como tal con servicios equiparables a la que ofrecen los bancos, mientras algunas otras grandes superficies ofrecen tarjetas propias que gestionan también ofreciendo determinados servicios y prestaciones como crédito a sus clientes.

No olvidemos que mientras en algunos países se sigue pensando en Amazon como en una compañía de comercio electrónico, en la práctica se ha convertido en un imperio enormemente diversificado que abarca desde la producción y distribución de contenidos hasta los servicios de cloud computing, y recientemente, hasta los servicios logísticos. Un cliente podría levantarse por la mañana y desayunar con productos encargados mediante Amazon Prime Now, pasarse el día consumiendo o utilizando productos adquiridos en la plataforma, entretenerse con música, series o películas obtenidas en ella, almacenar sus fotografías en su nube, o incluso gestionar su negocio en la web, sus almacenes o su tienda entera utilizando servicios de la compañía. Así las cosas, parece comprensible que la cuota de cliente, qué cantidad del tiempo, de la atención o del dinero del cliente, es entregada a Amazon, sea vista por ellos como una métrica potencialmente muy interesante.

La estrategia de Amazon resulta enormemente coherente: crear servicios que necesita para sí misma y que puede gestionar de manera ventajosa y, posteriormente abrirlos a terceros con el fin de diluir su coste y optimizar su funcionamiento. En el caso de los servicios de banca, considerando la durísima regulación existente en los Estados Unidos en este sentido, la mayor parte de las compañías que han intentado aventurarse en este ámbito se han encontrado con una fuerte resistencia, y en muchos casos han terminado abandonando ese negocio. Hace algo más de una década, Walmart intentó hacerse con una licencia bancaria en los Estados Unidos, pero debido a las dificultades planteadas, terminó abandonando esos planes y planteando otro tipo de servicios, como los llamados Money Centers, tarjetas monedero o incluso préstamos a pequeños negocios a través de Sam’s Club, al tiempo que se hacía con licencias bancarias en países como México (Banco Wlamart, posteriormente vendido a Carlos Slim) y Canadá. Otros gigantes de la distribución, como Sears, adquirieron entidades para llevar a cabo determinados servicios financieros en la década de los ’80 y llegaron a tener éxitos tan notables como el lanzamiento de la tarjeta Discover, hoy la cuarta marca de tarjeta de crédito en el mercado norteamericano con casi 44 millones de titulares tras VISA, MasterCard y American Express, pero la compañía terminó desinvirtiendo y vendiendo su participación en la iniciativa en la década de los ’90.

¿Qué ocurriría si Amazon, hoy en día la compañía que más miedo provoca en el panorama empresarial, comenzase a plantear servicios de banca? Hace muchos años, se planteó que necesitaba logística, y se convirtió en el cliente más importante de un montón de compañías dedicadas a ella. Ahora, años después, empieza a plantearse que el servicio que le entregan no es suficientemente bueno, que es responsable de la mayoría de las quejas que recibe y de la insatisfacción de sus clientes, y anuncia una integración vertical: montar sus propios servicios de logística. En la noticia de ayer parece asegurarse que, cualquiera que sea el resultado de las conversaciones, no está en los planes de la compañía convertirse en un banco, pero… ¿y si lo hiciera, o si ofreciese servicios competitivos relacionados con el dinero que la hicieran atractiva a un determinado segmento de la población? ¿Y si se lo plantease en aquellos países en los que pudiese hacerlo de manera más sencilla, o en los que pudiese obtener gracias a ello una ventaja competitiva más interesante? ¿No sería un buen ejercicio para directivos de banca ponerse a pensar qué podrían hacer si un competidor semejante irrumpiese en su negocio, qué efectos podría llegar a tener, qué lo hace tan especial además del hecho de tener muchísimos recursos, y de qué manera podrían pensar en incorporar, si es que saben y pueden, algunas de sus ventajas competitivas?

 

Amazon credit cardsUna noticia en The Wall Street Journal, Amazon wants to team up with banks on checking accounts, da cuenta del supuesto interés de Amazon por asociarse con grandes bancos, como JPMorgan Chase, con el fin de poder ofrecer un producto a sus clientes en desarrollo conjunto que podría tener muchas similitudes con una cuenta corriente, y que estos podrían utilizar no solo para pagar sus compras en la plataforma, sino también para otros servicios no relacionados.

La idea parece ir más allá que la simple oferta de tarjetas en régimen de co-branding como las de la imagen. Esa idea lleva ya muchos años implantada en Amazon, del mismo modo que lo hacen muchísimos otros establecimientos: en asociación con múltiples bancos en función de diversos criterios, la compañía ofrece a sus clientes medios de pago que pueden conllevar ventajas tales como mejores condiciones de financiación o financiación gratuita de sus compras, descuentos promocionales en función del importe, puntos en esquemas de fidelización, etc. Sin embargo, en esta ocasión, una lectura más entre líneas de la noticia podría indicar el desarrollo de esquemas algo más ambiciosos: de entrada, hablamos de conversaciones con un banco con el que Amazon parece estar entrando en algo más que simples transacciones comerciales. JPMorgan Chase, junto con Berkshire Hathaway, han anunciado recientemente iniciativas conjuntas con Amazon en ámbitos como el cuidado de la salud, y dada la afinidad necesaria para compartir información y planes en este terreno, explorar otro tipo de colaboraciones podría, en su caso, llegar a tener sentido.

Lo que Amazon parece buscar son mejores condiciones para reducir el importe de las comisiones que paga a bancos y a entidades de procesamiento de pago en las transacciones de sus clientes, un ahorro que, muy posiblemente, la compañía podría plantearse repercutir en esos clientes con el fin de hacer la alternativa de adquirir productos en Amazon todavía más atractiva. No existen demasiados precedentes de compañías que hayan tomado la decisión de convertirse en bancos y ofrecer a sus clientes gestionar sus propios depósitos, pero para Amazon podría llegar a tener mucho sentido: de hecho, muchos clientes afirman que se sentirían perfectamente cómodos teniendo a Amazon como banco, y así lo han expresado en múltiples encuestas. En España, el ejemplo de El Corte Inglés, que gestiona determinados servicios financieros para sus empleados y clientes, podría tener algunas posibles similitudes, aunque nunca ha llegado a establecerse como banco ni a ofrecer una cuenta como tal con servicios equiparables a la que ofrecen los bancos, mientras algunas otras grandes superficies ofrecen tarjetas propias que gestionan también ofreciendo determinados servicios y prestaciones como crédito a sus clientes.

No olvidemos que mientras en algunos países se sigue pensando en Amazon como en una compañía de comercio electrónico, en la práctica se ha convertido en un imperio enormemente diversificado que abarca desde la producción y distribución de contenidos hasta los servicios de cloud computing, y recientemente, hasta los servicios logísticos. Un cliente podría levantarse por la mañana y desayunar con productos encargados mediante Amazon Prime Now, pasarse el día consumiendo o utilizando productos adquiridos en la plataforma, entretenerse con música, series o películas obtenidas en ella, almacenar sus fotografías en su nube, o incluso gestionar su negocio en la web, sus almacenes o su tienda entera utilizando servicios de la compañía. Así las cosas, parece comprensible que la cuota de cliente, qué cantidad del tiempo, de la atención o del dinero del cliente, es entregada a Amazon, sea vista por ellos como una métrica potencialmente muy interesante.

La estrategia de Amazon resulta enormemente coherente: crear servicios que necesita para sí misma y que puede gestionar de manera ventajosa y, posteriormente abrirlos a terceros con el fin de diluir su coste y optimizar su funcionamiento. En el caso de los servicios de banca, considerando la durísima regulación existente en los Estados Unidos en este sentido, la mayor parte de las compañías que han intentado aventurarse en este ámbito se han encontrado con una fuerte resistencia, y en muchos casos han terminado abandonando ese negocio. Hace algo más de una década, Walmart intentó hacerse con una licencia bancaria en los Estados Unidos, pero debido a las dificultades planteadas, terminó abandonando esos planes y planteando otro tipo de servicios, como los llamados Money Centers, tarjetas monedero o incluso préstamos a pequeños negocios a través de Sam’s Club, al tiempo que se hacía con licencias bancarias en países como México (Banco Wlamart, posteriormente vendido a Carlos Slim) y Canadá. Otros gigantes de la distribución, como Sears, adquirieron entidades para llevar a cabo determinados servicios financieros en la década de los ’80 y llegaron a tener éxitos tan notables como el lanzamiento de la tarjeta Discover, hoy la cuarta marca de tarjeta de crédito en el mercado norteamericano con casi 44 millones de titulares tras VISA, MasterCard y American Express, pero la compañía terminó desinvirtiendo y vendiendo su participación en la iniciativa en la década de los ’90.

¿Qué ocurriría si Amazon, hoy en día la compañía que más miedo provoca en el panorama empresarial, comenzase a plantear servicios de banca? Hace muchos años, se planteó que necesitaba logística, y se convirtió en el cliente más importante de un montón de compañías dedicadas a ella. Ahora, años después, empieza a plantearse que el servicio que le entregan no es suficientemente bueno, que es responsable de la mayoría de las quejas que recibe y de la insatisfacción de sus clientes, y anuncia una integración vertical: montar sus propios servicios de logística. En la noticia de ayer parece asegurarse que, cualquiera que sea el resultado de las conversaciones, no está en los planes de la compañía convertirse en un banco, pero… ¿y si lo hiciera, o si ofreciese servicios competitivos relacionados con el dinero que la hicieran atractiva a un determinado segmento de la población? ¿Y si se lo plantease en aquellos países en los que pudiese hacerlo de manera más sencilla, o en los que pudiese obtener gracias a ello una ventaja competitiva más interesante? ¿No sería un buen ejercicio para directivos de banca ponerse a pensar qué podrían hacer si un competidor semejante irrumpiese en su negocio, qué efectos podría llegar a tener, qué lo hace tan especial además del hecho de tener muchísimos recursos, y de qué manera podrían pensar en incorporar, si es que saben y pueden, algunas de sus ventajas competitivas?

 

Signatures (IMAGE: EDans)¿Cuánto vale una firma? Las de la imagen, que fotografié en un momentito en un par de salas del Metropolitan Museum de Nueva York, obviamente muchísimo. Picasso lo tenía muy claro: su firma identificaba su trabajo, que reflejaba la experiencia de toda una vida pintando, y tenía un valor muy elevado.

Mastercard, sin embargo, piensa lo contrario: la firma no vale nada, y quiere eliminarla completamente de sus transacciones antes de abril de 2018. Las asociaciones de comerciantes están de acuerdo, y lo consideran un buen movimiento, porque consideran la captura de la firma como algo engorroso, que retrasa el proceso de cobro y que, en realidad, no aporta ninguna seguridad adicional.

En efecto: la firma es un método de autenticación débil, absurdo, y que no aporta ninguna seguridad como sistema de verificación. Es un tema que lleva muchos años comentándose: firmar un recibo de una compra con tarjeta de crédito es absurdo, como lo es firmar la propia tarjeta, aunque en teoría esa firma en el dorso de la tarjeta suponga la aceptación del contrato que te permite utilizarla como medio de pago. ¿Realmente es válido el intento de firma que hacemos con el dedo en la pantalla de un móvil como prueba de la entrega a domicilio de una mercancía? ¿Puedes hacer el garabato que quieras, porque en realidad no sirve para nada? En la inmensa mayoría de los casos, el que recibe la firma no se preocupa en absoluto de compararla con la del dorso de la tarjeta.

Actualmente, el 80% de las transacciones con tarjeta de crédito ya no requieren la firma del usuario, y el plan de Mastercard es terminar completamente con la firma. Simplemente, y por mucho que se siga utilizando para todo tipo de contratos, es un método absurdo y anticuado. Mi hija sabe reproducir mi firma con una gran exactitud, y yo, a su edad, sabía reproducir la de mi padre. Los chips, la tokenización y la biometría son sustitutos infinitamente más lógicos y adaptados a los tiempos. La huella digital que utilizo para desbloquear mi smartphone y pagar con Apple Pay en una tienda es una prueba mucho más segura de mi identidad que un garabato, o que el hecho de exhibir un carnet de identidad con una fotografía en blanco y negro a la que no me parezco en absoluto porque cuando la tomé, pesaba veinte kilos más.

¿Por qué seguimos otorgando valor a la firma y a otros métodos de identificación propios de otros tiempos? Simplemente, por costumbre. Las costumbres cambian con los tiempos y con la evolución del escenario tecnológico, pero lo hacen muy lentamente, de manera casi generacional. Y en ocasiones, como en el caso de la firma de las tarjetas, llegan a generar situaciones completamente ridículas. En algún momento, alguien debe plantarse, evaluar las situaciones, y solucionar estas incoherencias.

 

IMAGE: Christos Georghiou - 123RFEs una de mis reflexiones más habituales, y sobre todo en temporadas en las que viajo más: ¿por qué diablos tengo, si quiero subirme a un medio de transporte o acceder a un sitio, obtener en muchos casos un billete de papel que, además, incluso necesito mostrar a una persona en un punto de acceso, creando cuellos de botella y colas en sitios que podrían funcionar de maneras mucho más racionales?

El sistema, completamente ineficiente y absurdo considerando el nivel de generalización de la tecnología, lleva tiempo contemplando el desarrollo de sistemas alternativos aplicados a una amplia variedad de transacciones: en Londres, desde el año 2014, los usuarios de metro y autobús pueden, además de pagar con su Oyster Card, un sistema de prepago emitido ya a más de diez millones de usuarios y que es utilizado diariamente por más del 80% de los viajeros, utilizar los mismos lectores sin contacto para pagar con tarjetas de crédito contactless o con sus smartphones. El progreso en la implantación del sistema es tal, que los autobuses, desde hace algún tiempo, ya ni siquiera admiten el pago en metálico.

Este tipo de sistemas van extendiéndose cada vez más: hay ya más de ochenta ciudades en el mundo con despliegues de este tipo de sistemas basados en tarjetas sin contacto, con las compañías de tarjetas de crédito como claros interesados en la idea, y configurándose como uno de esos elementos que definen ese concepto vago al que generalmente nos referimos como smart city.

Sin embargo, además de la lentitud – o directamente ineptitud – de algunas compañías y administraciones a la hora de ponerlo en marcha, siguen existiendo numerosos ejemplos en los que persisten ineficiencias. El embarque en un avión por ejemplo, es uno de ellos: la necesidad de exhibir el título de transporte ante una persona en la puerta, título que afortunadamente ya puede estar en formato electrónico y ser mostrado desde un smartphone o incluso desde un smartwatch, se estropea cuando, además, tenemos que enseñar también un documento que acredite nuestra identidad. Una medida adoptada por seguridad, que en realidad no solo deja muchísimo que desear – generalmente la inspección del documento es completamente superficial y llevada a cabo en muy pocos segundos – sino que, además, es profundamente ineficiente. Un proceso de embarque de un avión es, en la práctica, toda una demostración de cosas mal hechas: desde las colas, al deficiente control, pasando por los viajeros que acuden cuando no es su turno, etc.

En la práctica, tendría muchísima más lógica proceder a la verificación de la identidad mediante sistemas basados en los dispositivos electrónicos que llevamos encima. Un smartphone o un smartwatch son dispositivos intrínsecamente personales, dotados de sensores y de sistemas de comunicación susceptibles de verificar mi identidad de formas mucho más rigurosas que una simple inspección ocular fugaz de mi DNI o pasaporte. Desbloquear mi smartphone con mi huella supone una prueba mucho más rigurosa de mi identidad que comparar mi cara con una foto, generalmente, además, con varios años de antigüedad. Podríamos desarrollar sistemas, por ejemplo, que se basasen en más de un factor – algo que tengo, como el teléfono, unido a algo que sé, como una contraseña, o a algo que soy, como una huella digital o una imagen de mi retina – que posibilitasen el paso por puntos de control de manera prácticamente automatizada y sin supervisión directa de una persona más que para casos aislados. Tecnológicamente, todo está ya desarrollado y con un nivel más que razonable de madurez en su difusión, difusión que además se haría más rápida si el desarrollo de este tipo de sistemas actuase como incentivo.

El desarrollo e implantación progresiva de sistemas como Android Pay, Apple Pay y otros ha hecho indudablemente mucho por la redefinición de muchas transacciones en términos de comodidad y con niveles de seguridad muy superiores a sus alternativas tradicionales, pero sin embargo, la transformación de los documentos oficiales de identificación, como tarjetas de identidad, carnets de conducir o pasaportes, sigue resultado muy lenta o completamente decepcionante en sus prestaciones, a pesar de que tendrían mucho que aportar tanto en términos de comodidad y seguridad. En India, el desarrollo de Aadhaar, la base de datos biométrica a nivel nacional, acompañada de IndiaStack, un conjunto de APIs que permiten a los desarrolladores crear aplicaciones sobre ella, parte del impulso de un presidente absolutamente convencido de la necesidad de apostar por la tecnología, pero también ha sido criticado por suponer un nivel de control muy elevado de los ciudadanos que supone una amenaza a la privacidad y un enfoque a la resolución de los problemas de la administración, no los de los usuarios, con algunas de esas preocupaciones acrecentadas debido a los planes del gobierno de sustituir el dinero en metálico por transacciones autenticadas mediante la huella digital. Indudablemente, el balance entre comodidad, eficiencia y privacidad debería estar presente en todo desarrollo de este tipo y ofrecer las garantías adecuadas al usuario, pero sin convertirse en un freno o en una enmienda a la totalidad para su introducción.

Es posible que a los que nos dedicamos a estudiar la tecnología o la innovación en general, todo plazo nos parezca excesivamente largo. Pero también resulta llamativo que, salvo en el caso de India, el desarrollo de este tipo de sistemas esté siendo tan desesperantemente lenta en el sector público frente al que experimenta en el sector privado, a pesar de las muchas ventajas que podría representar. Incluso administraciones tan retrógradas y presuntamente tecnofóbicas como la actual en los Estados Unidos están organizando rondas de reuniones con compañías tecnológicas para tratar de modernizar la forma en que los ciudadanos interactúan con ellas. ¿Qué planteamientos faltan para superar esas resistencias y que ese tipo de despliegues se conviertan en realidad?

 

IMAGE: Csaba Peterdi - 123RFUn reciente artículo de New York Times, “In Sweden, a cash-free future nears”, da cuenta de la evolución de la sociedad sueca hacia un uso cada vez menor del dinero en metálico en beneficio de las tarjetas de crédito y el pago mediante apps en el smartphone.

El artículo, que ha recibido bastante atención en redes sociales, es uno más de una lista que suelo utilizar en mis charlas a directivos de banca sobre innovación, en donde los países nórdicos suelen aparecer como pioneros, y que han desencadenado hipótesis en países como el Reino Unido o Australia, acerca de los posibles beneficios e inconvenientes de acabar con la circulación de dinero en metálico. El avance de diversos países en ese sentido es evidente: en los Estados Unidos, tras la llegada y popularización de sistemas como Square o Apple Pay, el volumen de transacciones comerciales llevadas a cabo sin intercambio de dinero en metálico alcanza ya el 80%. En Corea del Sur es del 70%, en Holanda del 85%, en Canadá del 90% o en Bélgica del 93%. Si aparcas tu vehículo en Amsterdam y pretendes pagar en un parquímetro, olvídate de hacerlo en monedas o billetes: solo aceptan tarjetas, un instrumento que el 98% de los ciudadanos llevan en su bolsillo. Si vas de tiendas, un número creciente de ellas han dejado igualmente de aceptar pagos en metálico. En Suecia, muchos bancos ya no aceptan ni entregan dinero, y no puedes subirte a un autobús o al metro si no cuentas con alguna forma de pago que no conlleve metálico.

Hace ya varios años, en un viaje de dos días a Londres para dar un par de sesiones de clase, me encontré en Heathrow a una hora relativamente tardía y sin haberme acordado de cambiar dinero. No supuso el más mínimo problema ni para desplazarme, ni para hacer algunas compras, ni siquiera para tomarme alguna cerveza en un pub dejando la correspondiente propina. En Australia, un millonario ha propuesto un No cash November, un mes entero sin utilizar metálico, vinculado con una iniciativa de tarjeta de débito para personas en exclusión social que les permite recibir sus asignaciones estatales, pero excluye la adquisición de alcohol, juegos de azar y la obtención de dinero en metálico.

¿Cuáles son las variables afectadas, en términos de beneficios y perjuicios, de una sociedad que excluye las transacciones en metálico del sistema económico?

  • Trazabilidad: las transacciones electrónicas, al menos en su desarrollo más habitual, permiten el seguimiento. Para algunos, una gran ventaja que impediría el desarrollo de la economía sumergida y obligaría al afloramiento del dinero negro y a su fácil seguimiento de cara al pago de impuestos, uno de los principales factores que llevan al interés de los gobiernos. Para otros, un problema a la hora de llevar a cabo determinadas transacciones que requieren anonimato o, cuando menos, discreción. Ni siquiera el uso de bitcoin, popularizado en gran medida por su uso en transacciones al margen de la ley, garantiza el anonimato.
  • Seguridad: vinculado con la variable anterior, el abandono del cash implica de manera casi automática una disminución de la delincuencia, no solo por la disminución de delitos violentos destinados a obtenerlo, sino por la mayor dificultad de llevar a cabo transacciones con objetos robados. En Suecia, los robos de bancos y en transportes de dinero han descendido a su mínimo histórico desde que se cuenta con datos. La contrapartida, los ciberdelitos, son indudablemente un factor a tener en cuenta (en Suecia se han duplicado en valor), pero tienden a no conllevar violencia física. Es muy posible que la delincuencia forme parte de la naturaleza humana y que sea completamente imposible plantearse su erradicación total, pero al menos, llevarla a terrenos en los que no implique violencia contra las personas parece un comienzo interesante.
  • Marginación de sectores de la sociedad, no solo debido a niveles más bajos de bancarización, sino también a la necesidad de contar con un smartphone o, simplemente, de saber utilizarlo. Todos aquellos que en España han visto a un familiar mayor lidiar con el cambio de pesetas a euros, o que ven sus dificultades al intentar utilizar un smartphone – ya no solo el reto de utilizarlo como tal, sino cuestiones como el mantenerlo actualizado o seguro – saben sin duda de qué hablamos. Pero no solo a personas mayores: obligar a todo aquel que quiera efectuar transacciones a tener una cuenta en un banco puede excluir a los muy pobres, a refugiados, inmigrantes y otra población en riesgo.
  • Privatización de la actividad económica: la idea de que las transacciones económicas pasen a estar controladas por bancos, por emisores de tarjetas de crédito o por empresas tecnológicas tiene numerosos detractores. Mientras el uso de dinero en metálico genera costes a los bancos, el dinero electrónico es una fuente de ingresos, lo que explica su entusiasmo. Por otro lado, no solo está el hecho de que estas actividades pasen a conllevar el pago obligatorio de una comisión, sino por el nivel de control que puede traer aparejado consigo. Desde hace muchos años no utilizo PayPal, simplemente porque en su momento se negó a permitirme donar dinero a Wikileaks, una donación para la que no pretendía obtener anonimato, pero que no correspondía a la financiación de ninguna actividad ilegal: la misma herramienta con la que podía donar al Ku Klux Klan, me impedía donar a una causa que no estaba siendo enjuiciada por tribunal alguno.
  • Mayor facilidad para el gasto / orientación al consumo: mientras el dinero en metálico proporciona un refuerzo limitante (gastas el que llevas en el bolsillo), el uso de instrumentos como la tarjeta o el smartphone otorga una facilidad que puede llevar a que muchos gasten de manera irresponsable o incluso se endeuden de manera impulsiva.
  • Gastos pequeños: los porcentajes de uso en muchos países esconden el hecho de que se suelen indicar en volumen de intercambio económico, no en número de transacciones. La realidad indica que existe un amplísimo número de transacciones de pequeño importe que se realizan en cash, desde una propina a una limosna, que tienen su importancia y que aún tienen complicado justificar una comisión o una operativa específica. Mientras en algunos países la costumbre de incorporar la propina a la factura de la tarjeta ya está completamente institucionalizada, en otros resulta extraño,cuando no directamente imposible hacerlo. Pensar en dejar un euro a un pobre en una esquina mediante una tarjeta o una app resulta, a día de hoy, completamente implanteable.
  • Control gubernamental: en un mundo futurista, nuestras cuentas corrientes ya no están en un banco, sino en el banco central o directamente en el gobierno. Los bancos siguen existiendo y prestando dinero, pero no lo obtienen de los depositantes, sino del mismo banco central. Un modelo que otorga al gobierno mucho más control a la hora de lidiar con ciclos económicos. La idea de que el dinero esté en manos y bajo el control del gobierno, y que no podamos, por tanto, almacenarlo fuera del sistema (como dice el tópico, “debajo del colchón”) elimina un grado de libertad que, aunque menos utilizado actualmente, sí ha representado un recurso en manos de los ciudadanos en otras épocas.
  • Fallos: desde simplemente quedarse sin batería, a ver nuestra tarjeta desactivada por error nuestro o del banco, a que el sistema deje de funcionar por la razón que sea. La idea de quedarse de repente sin dinero o sin posibilidad de utilizarlo resulta desagradable, y lleva a muchos a expresar su desagrado con el uso de transacciones electrónicas en el día a día.

¿Más factores? Es seguro que se me habrá escapado alguno, y agradeceré si lo incluís en los comentarios. Lo que es seguro es que, por estos u otros factores, la transición hacia una sociedad sin dinero en metálico no se producirá de manera inmediata, ni mediante una imposición centralizada. Tendrá lugar a medida que se impongan métodos más cómodos, eficientes y sencillos, con una transición prácticamente generacional, y con un largo período en el que, además de nuestros smartphones y nuestras tarjetas, seguiremos llevando algún billete guardado en algún sitio “por si acaso”. En cualquier caso, es algo que sin duda llegará, y que va a cambiar muchas cosas. Vayamos pensando en ello.