IMAGE: Jrg Schiemann - 123RFLa regulación es, sin duda, uno de los aspectos más interesantes y complejos cuando consideramos los procesos de innovación. El conjunto de leyes, normas, prácticas, directrices, restricciones y conductas que definen el marco en el que se desarrolla una actividad determinada se convierte, en muchas ocasiones, en oportunidades que el innovador explota por considerar que, en el nuevo entorno definido por una tecnología determinada, pierde todo o parte de su sentido. Pretender mantener la regulación a toda costa, incluso cuando las evidencias demuestran que ha perdido su sentido, suele identificarse con intentos de proteger al incumbente o al competidor tradicional frente a los nuevos entrantes, y con la generación de ecosistemas que coartan la innovación.

Los ejemplos son multitud: la regulación del transporte urbano en automóvil mediante un sistema de licencias tuvo sentido en su momento para evitar la llamada “tragedia de los comunes” (ciudades en las que cualquiera, sin normas ni control alguno, podía dedicarse a transportar pasajeros, con lo que ello conllevó de descontrol en cuanto a tarifas, negociaciones individuales o presencia de malos actores que se aprovechaban para su propio beneficio), pero pierde completamente su sentido cuando las normas de actuación son dictadas por plataformas en las que los conductores son evaluados de manera continua y las condiciones son fijadas de manera centralizada. Del mismo modo, parece evidente, por ejemplo, que si bien es necesario exigir a los establecimientos turísticos una normativa en cuanto a extintores, salidas de emergencia y procedimientos de evacuación, hacer lo mismo con apartamentos individuales que se alquilan a corto plazo no tiene ningún sentido, y tratar de convertir el requisito en exigible generaría una situación absurda y de imposible cumplimiento. Así, compañías como Cabify, Uber o Airbnb, tras poner en evidencia el escaso sentido que tenía mantener algunas de las regulaciones existentes en sus respectivas actividades, se convierten en compañías millonarias que aprovechan esa nueva situación y llegan, incluso, a generar procesos de adaptación de la regulación al nuevo panorama.

Sin embargo, la regulación no es, por principio, absurda o innecesaria. La regulación es el proceso por el que las sociedades humanas se otorgan reglas que facilitan el desarrollo de actividades en las condiciones en las que esas sociedades estiman oportunas. Y si bien están, como todo, sujetas a los cambios del entorno, pensar que son completamente innecesarias implica ser tan ingenuo como para pretender que los aspectos de la naturaleza humana que había que prevenir y que les dieron origen han desaparecido, algo que no suele ocurrir.

Así, los ejemplos que demuestran que la regulación era en efecto necesaria también comienzan a ser multitud: en YouTube, el ecosistema que en muchos sentidos ha sustituido a la televisión tradicional y ha generado una caída de las barreras de entrada que permite que prácticamente cualquiera pueda crear y difundir contenidos audiovisuales, nos encontramos ahora con un problema que resultaba perfectamente esperable: al retirar de facto las protecciones sobre la producción de contenidos que implican la participación de niños, surgen padres dispuestos a cometer auténticas barbaridades con sus hijos con el fin de obtener el éxito y la viralidad en YouTube, y que, como consecuencia, someten a los niños a auténticas torturas, a sesiones maratonianas delante de la cámara o a auténtico acoso en busca del plano, el tono y el gesto adecuado a cada situación. En este caso, la regulación tal y como estaba planteada se convierte en imposible a nivel de control, y requiere la aparición de procesos regulatorios nuevos, como podría ser el excluir todos los vídeos que contengan niños del sistema de publicidad del canal, algo a lo que YouTube, de momento, ha mostrado escasa sensibilidad.

Del mismo modo, hoy tenemos un reportaje en profundidad de The Outline titulado Bribes for blogs: how bands secretly buy their way into Forbes, Fast Company and HuffPost stories, un auténtico secreto a voces que todos los que participamos en medios conocemos desde hace muchísimo tiempo, y que parece intensificarse con el paso del tiempo. En este caso, no hablamos tanto de una regulación como tal, sino de un conjunto de normas y buenas prácticas: se supone que todo artículo esponsorizado o producto de un pago debe ir identificado como tal, y aunque las infracciones a ese principio han sido habituales a lo largo de los tiempos y muy anteriores a la llegada del canal digital, lo que tendía a ocurrir en muchos casos era, simplemente, que incumplir ese principio tendía a llevar aparejada una pérdida de prestigio y de valor referencial de la publicación. Ahora, el problema va mucho más allá. Cada semana, recibo una media entre tres y cuatro propuestas para escribir artículos esponsorizados, y eso que hablamos de una publicación relativamente minoritaria que ni del lejos tiene los números y la relevancia de otras muchas. Cada vez que escribo un artículo en Forbes o en otras revistas, el número de peticiones es aún mayor, y llega a resultar, en ocasiones, agotador. En esas condiciones, poder afirmar que jamás he escrito un artículo esponsorizado se convierte en una marca de prestigio que, por otro lado, tiene un valor relativo cuando existen personas dispuestas a asegurar – sin prueba alguna, pero a asegurar igualmente – que me han pagado por escribir tal o cual cosa.

En el caso de publicaciones profesionales, la situación es aún más compleja: en publicaciones en las que tengo implicación directa he llegado a ver en varias ocasiones como se prescindía de manera disciplinaria e inmediata de redactores que habían recibido pagos o prebendas a cambio de escribir de manera elogiosa de los productos de una marca, pero obviamente, la práctica es habitual y de difícil control. En principio, cada vez que un colaborador de una publicación inserta en ella un artículo esponsorizado sin declararlo como tal, estamos ante un fallo a dos niveles: por un lado, del proceso de publicación. Toda publicación debería contar con sistemas de control que, ante un artículo con “aspecto” de ser esponsorizado, desencadenase un proceso de inspección y de cuestionamiento del mismo. Por otro, un problema de ética: el colaborador que cobra a la marca al tiempo que percibe un pago por publicar está, en realidad, robando a la publicación, que en otras condiciones podría obtener un pago de la marca por la inserción de publicidad o de un formato de branded content, además de fallar a su audiencia ocultándoles información fundamental para juzgar la veracidad del artículo. Los casos, sin embargo, parecen acumularse, y los correos que se reciben con ofertas similares parecen asumir, cada vez más, que ese tipo de procesos, desgraciadamente, se han normalizado.

No, las regulaciones no estaban ahí por casualidad. Suponer que por el hecho de que un canal o un entorno esté recién definido y sea diferente, esas regulaciones ya no van a ser necesarias es de una ingenuidad terrible. Cuando Susan Wojcicki, de YouTube, afirma que ha visto cómo “algunos malos actores explotan nuestra apertura para engañar, manipular, hostigar o incluso dañar”, eso no resulta en absoluto sorprendente: lo sorprendente es, de hecho, que alguien sea tan absurda y estúpidamente ingenuo como para suponer que eso no iba a pasar. Si en el ecosistema anterior había una serie de protecciones para impedirlo, no era por casualidad, ni porque alguien tuviese ganas de fastidiar o de coartar libertades: estaban ahí porque eran necesarias, y crear una plataforma que no las posee es, sencillamente, fomentar ese tipo de comportamientos. Cuando una serie de publicaciones de nuevo cuño – o de toda la vida, pero que han decidido levantar determinadas restricciones – se encuentran con que hay colaboradores que se montan un auténtico negocio a base de colocarles verdaderos publirreportajes por los que han cobrado como si fuesen contenido genuino, deberían plantearse que los códigos de buenas prácticas estaban ahí por algo, expulsar a esos colaboradores con todo tipo de escarnio público y hacer un verdadero propósito de enmienda, restaurando todas las protecciones que estaban ahí previamente para evitarlo.

Replantearse la regulación en función de la innovación es algo perfectamente válido, y en ocasiones, demuestra que, efectivamente, parte de esa regulación puede haber dejado de tener sentido. Las cosas nunca son blancas o negras: pretender mantener la regulación a toda costa coarta la innovación, y muchas veces, no solo no tiene sentido, sino que se convierte en una defensa a ultranza de los jugadores tradicionales. Pero renunciar a la experiencia y al consenso social que dio lugar a determinadas regulaciones en virtud de una supuesta “innovación que lo cambia todo” es, simplemente, condenarse a repetir los mismos errores que se cometieron anteriormente, y a veces en edición corregida y aumentada. Pensar que, por sistema, la regulación ya no es necesaria, es en el mejor de los casos, ingenuidad, y en el peor, un intento de crear atajos para ganar dinero hasta que la situación se convierta en insostenible. Un comportamiento calificable de muchas maneras, pero no precisamente como ético. Algunos deberían plantearse hasta qué punto, con la excusa de la innovación, han creado auténticos monstruos. Monstruos que, además, cualquiera con dos dedos de frente sabía perfectamente que iban a surgir.

 

ShadowsocksEl gobierno chino continúa la escalada en los niveles de control de la población y de la información a la que pueden acceder a través de la red, con vistas al XIX congreso del Partido Comunista que comienza el próximo 18 de octubre: a la prohibición de las VPN, que ya ha llevado a algunos ciudadanos a la cárcel y a las tiendas de aplicaciones a dejar de ofrecer ese tipo de herramientas, se añaden también la prohibición del anonimato, las multas millonarias a proveedores de acceso por no controlar los contenidos, el bloqueo de WhatsApp y otras herramientas de mensajería instantánea, y otras medidas destinadas a impedir que nada se mueva en la red sin el control del gobierno.

Ante el fortísimo incremento de la vigilancia, una herramienta ha comenzado a incrementar su popularidad: Shadowsocks, un proxy de código abierto, se ha convertida en la manera que un número creciente de personas utilizan para acceder a contenidos censurados, y todo indica que, por su mecanismo de funcionamiento, crear una conexión cifrada entre el ordenador del usuario y el utilizado como proxy, podría convertirse en un refugio muy difícil de bloquear: a pesar de que el proyecto original desapareció de los repositorios cuando su desarrollador recibió una visita de la policía, distintas versiones del proyecto están siendo mantenidas y mejoradas por otras personas. Una forma de entender fácilmente el funcionamiento de Shadowsocks sería el paralelismo con el mundo físico: mientras una VPN equivale al uso de una empresa privada de mensajería que se encarga de garantizar la privacidad de tus envíos, Shadowsocks sería como enviarle un paquete a un amigo con las instrucciones de cuál es su destinatario real para que pueda enviárselo.

Configurar Shadowsocks no es sencillo: es una herramienta pensada para su uso por desarrolladores, y requiere tener acceso y configurar un servidor fuera del país o más allá del bloqueo de la gran muralla. Se estima que la mayor parte de su uso corresponde no a actividades subversivas, sino a personas y compañías que precisan acceder a contenidos censurados accidentalmente o por la aplicación de políticas excesivamente amplias, como el bloqueo de sitios como YouTube, Vimeo y muchos otros: desde compañías comerciales que se encuentran de un día para otro con que no pueden acceder a las páginas de sus suministradores o clientes, hasta creativos de televisión que no pueden acceder a vídeos, pasando por todo tipo de circunstancias.

El gobierno chino ha sido razonablemente efectivo utilizando machine learning para detectar patrones de tráfico que identifiquen el uso de VPNs. Sin embargo, el componente descentralizado de Shadowsocks lo convierte en más difícil de identificar y controlar, lo que parece estar determinando su crecimiento. ¿Es posible un control total de la actividad en la red? Sin duda, el gobierno chino parece empeñado en conseguirlo. Que la tecnología lo permita a medio o largo plazo ya es otra cuestión.

 

España.- Hoy en día, hay apps para casi todo. Si bien es cierto que (según una investigación realizada por SensorTower y Nomuta Research), las más descargas son las de mensajería instantánea, siendo la líder indiscutible WhatsApp (con 41, millones de descargas hasta mayo de 2016), seguida por Facebook Messenger (con 39,3 millones de descargas hasta la misma fecha) y Facebook (36 millones). Pero, aparte de este tipo de apps, hay otras apps que pretenden ayudar a los usuarios en su día a día, como son las apps de control de gasto. Aunque, ¿cuál es el comportamiento de los usuarios con este tipo de aplicaciones?.

Para dar respuesta a esta pregunta, Ipsos ha lanzado el estudio “Control de gastos mediante apps”, el cual ha determinado que el 85% de las personas que llevan al día el control de gastos de su hogar no utiliza ningún tipo de apps para ello sino que recurre al método tradicional de hacer balance con los extractos bancarios.

Asimismo, en dicha investigación, el 6% de los encuestados ha reconocido que no invierte tiempo en controlar sus gastos y, de los que lo hacen, el 3% lo hace a través de la página web de su banco.

Y, en este sector, ¿cuáles son las apps más usadas? En primer lugar, se encuentra “Tus gastos”, que se ha convertido en la app más utilizada en el sector (9% de penetración), seguida de Fintonic (con un 6% de uso). Ya, más lejos, se encuentran otras apps como son Monfey, Mooverang y Wallet (con un 3% de uso por parte de los encuestados).

Y tú, ¿usas alguna de estas apps para controlar tus gastos mensuales? ¿Crees que son de utilidad?.

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