IMAGE: lkeskinen - 123RFGoogle, acosada por las marcas que planteaban retirar su publicidad de YouTube debido a los escándalos que rodeaban los vídeos de contenido supuestamente infantil, anuncia que se dispone a llevar a cabo un nivel de moderación mucho más agresivo para evitar que malos actores se aprovechen de la apertura de su plataforma, y que contratará hasta diez mil personas durante 2018 para llevar a cabo procesos de inspección manual de contenidos.

En las pasadas semanas, YouTube ha suspendido 270 cuentas y ha eliminado unos 150,000 vídeos considerados ofensivos o desaconsejables para niños, en un esfuerzo por normalizar y reconducir la situación. Además, la compañía planea seguir utilizando machine learning para ayudar a esos supervisores a eliminar casi cinco veces más videos de los que serían capaces de revisar de manera puramente manual. Según los datos manejados por YouTube, los contenidos revisados e identificados de manera algorítmica habrían requerido la supervisión de 180,000 personas trabajando 40 horas a la semana. Además de llevar a cabo la citada supervisión, la compañía difundirá un reporte regular sobre los avances en la ejecución de este plan, y adoptará un nuevo enfoque en publicidad con criterios más estrictos y más procesos de curación manual. 

Los esfuerzos de YouTube evocan los de otra compañía de su misma industria, Facebook, que el pasado mayo anunció la contratación de tres mil personas más para unirlas a las 4,500 que ya tiene en todo el mundo trabajando en supervisión de contenidos, y que en octubre, coincidiendo con la revelación de las inversiones de capital ruso en campañas publicitarias destinadas a sesgar la campaña electoral de las pasadas elecciones presidenciales, anunció la contratación de mil personas más para la supervisión de esos anuncios.

¿Cuántas personas en el mundo trabajarán en un futuro en la supervisión de contenidos? ¿Estamos hablando de una de esas “nuevas profesiones” que podrían definir las sociedades del futuro, o de un trabajo de los de la llamada gig economy, desempeñado a tiempo parcial y que termina por generar empleo de baja calidad que lleva a los que lo desempeñan a no sentirse humanos? Según algunos estudios, la carga psicológica que supone pasarse horas inspeccionando contenidos entre los que aparecen todo lo peor del ser humano puede generar problemas psicológicos de diversos tipos y síndrome de estrés post-traumático, lo que lleva a que la necesidad de adiestrar algoritmos para una supervisión precisa y adecuada que libre a los trabajadores humanos de los contenidos de naturaleza más gruesa sea todavía más acuciante.

¿De qué estamos hablando? Las compañías que ahora anuncian importantes contrataciones de miles de personas para esta función parecen asumir que, en el futuro, esos trabajos serán desempeñados por algoritmos, no por personas, y que esas contrataciones, por tanto, tendrán únicamente una naturaleza temporal. Esas personas están siendo contratadas porque las máquinas no llevan aún a cabo ese trabajo con el nivel adecuado, pero a su vez, sus acciones están siendo empleadas para adiestrarlas y que lo hagan mejor en el futuro, eliminando la necesidad de esos empleos humanos. La paradoja persiste: por mucho que Amazon contrate a muchísimas personas, se convierta en uno de los generadores de empleo más importantes de los Estados Unidos, y sus trabajadores se reciclen en otras funciones a medida que su trabajo es llevado a cabo por robots, la realidad es que a medida que el ejército de robots crece, el empleo total generado por la industria disminuye, y que en el futuro, hay muchos trabajos que nos resultará raro imaginar desempeñados por personas.

¿Se limita la sustitución a los trabajos de las denominadas 4D, Dull (aburridos), Demeaning (degradantes), Dirty (sucios) o Dangerous (peligrosos), o hablamos de un proceso sensiblemente más complicado y con más matices? ¿Veremos en el futuro a miles de personas contratadas como “content inspectors”, supervisores de contenido y sometidos a enfermedades laborales derivadas de ello, o hablamos de empleos temporales hasta que un algoritmo sea capaz de llevar a cabo esa tarea al nivel adecuado? ¿Tiene sentido tener a un ser humano corriendo en un almacén mientras recibe órdenes por un pinganillo, sentado en una línea de cajas moviendo y escaneando artículos, conduciendo en medio del infernal tráfico de una gran ciudad o enfrentándose a horas de contenidos que reflejan lo peor del ser humano? Y tenga o no sentido, ¿qué pasa con las personas que hoy viven de llevar a cabo esos trabajos?

Cada día que pasa, surgen nuevos trabajos temporales de escasa calidad en logística, conduciendo, en tareas repetitivas o en otras que escasamente podrían considerarse enriquecedoras o esencialmente adecuadas para las habilidades de un ser humano… ¿hablamos de un fenómeno de ajuste, o de una perversión de un capitalismo que va eliminando los controles y los logros que llevó muchos años conseguir? ¿Cuál es el futuro de la relación del reparto de tareas entre máquinas y hombres?

 

IMAGE: Shtanzman - 123RFGerard Mateo, de Crónica Global, me llamó ayer para hablar sobre el creciente consumo de noticias vinculado al smartphone, y la sensación de que recurrimos a él en los momentos de tranquilidad que nos quedaban, tales como la cama, el transporte público, etc. Hoy me cita en su artículo titulado “Las noticias se leen en la cama” (pdf).

En realidad, no se trata de que las noticias se lean en la cama, sino de que se leen constantemente y desde cualquier sitio. El mundo se divide entre los que prolongan un rato más el remoloneo matutino en la cama echando mano del smartphone y los que lo leen… en otro sitio, convertido en escenario de esa primera dosis de información matinal. Pero a partir de ahí, nuestros días son, cada vez más, una sucesión constante de llevar la mano al bolso o bolsillo para consultar el dispositivo, sea por una alerta, por una notificación, o por el simple hecho de tener un hueco entre actividades, un momento de espera o una curiosidad. Si alguien pensó que sus hábitos no iban a cambiar a partir del momento en que empezó a llevar un potente ordenador conectado en todo momento en el bolsillo, es que no tenía claro lo que estaba haciendo o no se daba cuenta de que aquello era mucho más que un teléfono. El escenario informativo es radicalmente distinto a partir de la introducción y popularización del smartphone, con todo lo que ello conlleva tanto para usuarios como para medios de comunicación.

A la pregunta de “dónde te informas”, un segmento bastante significativo contesta que “en las redes sociales”, convertidas en un recurso para, a través del criterio de aquellos a los que seguimos, tratar de destilar las noticias que nos interesan. En realidad, las personas deciden, en función de la criticidad de la información para ellos, el abanico de fuentes que utilizan para informarse. Los medios tradicionales, perdido en gran medida el hábito de consumo vinculado a momentos determinados, recurren a las alertas, que si se escogen con buen criterio, pueden resultar muy útiles, pero que por el momento carecen de inteligencia alguna: se limitan a “disparar” titulares de interés general a todo aquel que está suscrito o que instaló una aplicación, sin aplicar ningún criterio de interés particular o de hábitos de consumo. Esa falta de interés de los medios por desarrollar el concepto de usuario y por proporcionarle alertas derivadas de sus intereses refleja la inacción de toda una industria ante el cambio del entorno: podríamos convertirnos en el proveedor que abastece al usuario a través de su smartphone de aquella información que nos ha demostrado que le interesa, pero preferimos seguir sirviendo “café para todos”, que es lo que hemos hecho toda la vida, sin la más mínima personalización.

El usuario conforma su portfolio informativo mediante elementos como las alertas de algún medio y el seguimiento de determinados perfiles en redes sociales. Solo cuando considera la información como algo crítico se dan pasos hacia una especialización mayor, tales como configurar sistemas de alerta o lectores de feeds. En la práctica, las redes sociales se han convertido en el lector de feeds, con la obvia diferencia de pasar a depender no directamente de las fuentes, sino de la calidad de los content curators elegidos en estas. La realidad es que, en general, el usuario, de una manera más o menos consciente, conforma su dieta informativa buscando un buen ratio señal/ruido, una serie de canales que le permitan estar al corriente de aquello que les interesa sin tener que exponerse a una gran cantidad de información irrelevante. Los lectores que monitorizamos una serie de medios para tratar de obtener una imagen completa y que los organizamos mediante sistemas específicos somos minoría, y generalmente respondemos a perfiles en los que el nivel de información responde a un interés no únicamente personal, sino profesional.

A partir de ahí, la decisión de informarse en redes como Twitter, Facebook o LinkedIn depende fundamentalmente de la forma de consumo, de la relación señal/ruido que ofrece cada una. Para la mayoría de los usuarios, las redes sociales son una masa informe en la que aparece indistintamente información personal, un cumpleaños o una nota de humor, mezcladas con titulares de noticias consideradas importantes. Pocos dan el paso de especializar alguna red en función de un interés profesional, y cuando lo hacen, tienden a escoger LinkedIn, por su enfoque en este ámbito y por el rediseño que, tras la adquisición de Pulse hace ya algunos años, la llevó de pasar de ser un simple archivador de contactos y curriculums para pasar a ser un gestor del FOMO, del Fear Of Missing Out, del “si muchos en mi red están leyendo esto, yo debería leerlo también”. Sin embargo, LinkedIn no es el lugar más apropiado para una noticia de última hora, lo que generalmente obliga a suplementarla con otras fuentes.

Twitter, a pesar de su relativo declive, se mantiene como el rey del ratio señal/ruido: los pildorazos de información en 140 caracteres más enlaces, vídeos o imágenes la siguen haciendo un formato ideal para mantenerse informado en un momento perdido, en un rato que se aprovecha echando mano del smartphone: basta con seguir una combinación de personas o medios adecuada para tener la sensación de estar razonablemente bien informado, con el segundo nivel de información, más detallado y para una lectura más atenta, situado a un clic de distancia. En este mix de canales, los medios tradicionales, en función de las distintas generaciones de los usuarios, pugnan o bien por hacerse un hueco o por mantener el que históricamente tuvieron, con suerte desigual en función de su propuesta de valor, y con intentos mejores o peores de adaptarse a ese nuevo entorno.

En el fondo, hemos pasado de pocos canales a muchos, y de escasez a abundancia. Que eso se haya acompañado de una elección consciente y de un diseño más o menos inteligente de fuentes de información, o se haya limitado a informarse con lo que aparece ante sus ojos es una cuestión que pasa a depender del nivel de importancia y criticidad que cada uno otorgue al hecho de estar bien informado. Que termine leyendo en la cama, en un rato perdido, en una tablet en el sofá o dedicando momentos específicos a ello ha pasado, en ese sentido, a ser bastante más irrelevante.

¿Cuál es vuestra experiencia? ¿Cuánto han cambiado vuestros hábitos informativos en los últimos tiempos?