IMAGE: Alex Jones, by Sean P. Anderson - CC BYAlex Jones es, sin duda, la definición enciclopédica de una persona perversa, que causa daño intencionadamente, o que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas para su propio beneficio. Una de esas personas a las que seguramente te pensarías mucho invitar a su casa, aunque afuera estuviese cayendo el diluvio universal, simplemente para evitar que alguien te viese con él.

Sus ideas ultraconservadoras y su capacidad para la invención constante de noticias falsas y absurdas teorías de la conspiración le han llevado en numerosas ocasiones a lo que cualquier persona mínimamente normal consideraría esperpento: si piensas en cualquier teoría suficientemente estúpida, como las que soportan el movimiento antivacunas, la falsedad de la llegada a la luna, las armas climatológicas, el genocidio blanco o la participación gubernamental en todo tipo de atentados o tiroteos, este tipo las tiene todas, como si las coleccionase, y las utiliza sin ningún tipo de problema para decir barbaridades como que los padres de los pobres niños muertos en la masacre de Sandy Hook son en realidad actores pagados por el gobierno en un suceso que, según él, fue totalmente inventado y nunca existió. A pesar de todo ello, o posiblemente gracias a ello, su página, InfoWars, tiene más de diez millones de visitas mensuales, lo que la convierte en uno de los bastiones de este tipo de absurdas corrientes de pensamiento.

Desde el pasado 24 de julio, las acciones contra Alex Jones e Infowars en las distintas redes sociales se han sucedido de manera constante: ese día, YouTube eliminó cuatro vídeos publicados por InfoWars, suspendió su capacidad para la emisión en vivo, y dio su primera advertencia al canal. El 27 de julio, Facebook suspendió el perfil de Alex Jones durante 30 días, y eliminó los mismos videos que YouTube, citando violaciones de las normas de Facebook contra el discurso de odio y la intimidación. El pasado 5 de agosto, Apple también eliminó cinco podcasts de Infowars de su aplicación. Un día después, el 6 de agosto, Facebook eliminó cuatro páginas relacionadas con Alex Jones por violaciones de su política de apología de la violencia y el discurso del odio. Ese mismo día, YouTube eliminó completamente el canal de InfoWars. Una sucesión de acciones que han servido para que el propio Jones denuncie una persecución a través de la que es prácticamente la única plataforma social que le queda en este momento, Twitter.

La progresiva exclusión de Alex Jones e Infowars de las plataformas sociales recuerdan a acciones anteriores contra el supremacismo blanco y las páginas neonazis en agosto del pasado 2017, y sigue mereciendo una reflexión. En una web cuya actividad se concentra cada vez más en unas pocas plataformas, la posibilidad de excluir de la conversación determinadas ideas o a determinados grupos se presenta como una posibilidad tentadora e indudablemente real, con todo lo que ello conlleva. En la práctica, las exclusiones a las que compañías como YouTube, Facebook o Apple someten a ese tipo de páginas no son fruto de ningún tipo de resolución judicial, sino en función de las propias reglas de la plataforma: no los ponen fuera de la ley porque obviamente carecen de esa potestad, pero los expulsan porque incumplen sus normas. Por mucho que la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos afirme que no se te puede arrestar por lo que digas o pienses, nada puede obligar a una plataforma a hospedar esas ideas o a proteger a quien las dice. En realidad, si YouTube, Facebook o Apple te cancelan un canal o te cierran una página, no están vulnerando tus derechos constitucionales, sino afirmando que no están cómodos con esas ideas siendo expresadas desde su plataforma y echándote fuera de ella. No es lo mismo prohibir unas ideas que rescindir el permiso para vocearlas desde un sitio determinado, sea una universidad, un recinto determinado o una red social.

En el fondo, hablamos de la  paradoja de la tolerancia enunciada por el filósofo austríaco Karl Popper, que afirma que si una sociedad es tolerante sin límites, su habilidad para ser tolerante será finalmente confiscada o destruida por los intolerantes, lo que implica que defender la tolerancia exija no tolerar lo intolerante: 

La tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes, si no estamos preparados para defender a una sociedad tolerante de la embestida de los intolerantes, entonces los tolerantes serán destruidos, y con ellos, la tolerancia. En esta formulación no insinúo, por ejemplo, que siempre debamos reprimir el enunciado de filosofías intolerantes: siempre será preferente contrarrestarlos con argumentos racionales y mantenerlos bajo control por parte de la opinión pública, porque la supresión sería sin duda muy imprudente. Pero deberíamos reclamar el derecho de suprimirlos si es necesario incluso por la fuerza, porque puede ocurrir fácilmente que no estén preparados para discutir en el nivel del argumento racional, sino que comiencen denunciando todos los argumentos: pueden prohibir a sus seguidores escuchar argumentos racionales por considerarlos engañosos, o enseñarles a responder argumentos utilizando sus puños o sus pistolas. Por tanto, deberíamos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberíamos pedir que cualquier movimiento que predique la intolerancia sea situado fuera de la ley, y deberíamos considerar la incitación a la intolerancia y la persecución como criminales, de la misma manera que deberíamos considerar la incitación al asesinato, al secuestro o al resurgimiento de la trata de esclavos como un comportamiento criminal.

Sin duda, llegar al punto de limitar el uso de determinadas plataformas de uso mayoritario en la red para la difusión de unas ideas determinadas es algo peligroso, y más aún cuando esas plataformas se concentran y pasan a estar en manos de unos pocos. Que esas exclusiones se dicten además de manera aparentemente arbitraria, o en base a normas y políticas poco claras e interpretables aporta un problema adicional, y ponen a esas plataformas en la situación de convertirse en jueces, en censores, en dictadores que hacen y deshacen a su antojo, con todas las posibilidades de convertirse en herramientas a favor de determinados intereses. La Electronic Frontier Foundation (EFF), que cuenta con un importante bagaje en términos de reflexión sobre estos temas, cita los Principios de Manila sobre la Responsabilidad de los Intermediarios como una forma de evitar errores y de garantizar la transparencia de estas decisiones.

Sinceramente, tiendo a pensar que los Alex Jones y gente de ese perfil y con esas actitudes están mejor fuera que dentro de internet. Pero también veo que en determinados países no precisamente conocidos por su respeto a las libertades, las ideas que son expulsadas de los foros de discusión son otras, que en algunos casos pueden ser afines a las mías, lo que me hace situarme en la posición de intentar evitar de todas las maneras posibles que esas situaciones puedan parecer similares. A otro nivel obviamente no comparable, en mi página elimino rutinariamente no tanto las ideas que contravienen a las mías, porque valoro la discusión y la capacidad de hacerme cambiar de opinión, sino a aquellos que las expresan de una manera desagradable o a los que deciden situarse en una posición absurda de cruzada contra todas mis ideas, algo que únicamente ha ocurrido tres veces a lo largo de la última década: personas que hacían que no me encontrase cómodo escribiendo en mi propia página. Entiendo perfectamente que una red social, un repositorio de vídeo o una plataforma de podcasts no se encuentre cómoda sirviendo de vehículo para determinadas ideas e incluso que tome la decisión de excluirlas, y en ese caso, creo que lo ideal sería pedirle que expresase de manera muy clara lo que está permitido y lo que no, y que aplique esos principios de manera transparente.

La libertad de expresión es un asunto delicado, y mucho más complejo de lo que parece. A todos nos gustaría excluir a los imbéciles, pero también nos gustaría, en ese caso, llevarnos bien con el que decide quién es un imbécil y quién no lo es. Cuando cerrar la puerta de un puñado de sitios como YouTube, Facebook, iTunes y Twitter supone prácticamente la expulsión de internet, nos arriesgamos a situarnos en la posición de un país como China, en el que el gobierno decide lo que puede estar en la red y lo que no, sin consultar a nadie, sin preguntar a los usuarios y sin preocuparse por posibles errores o excesos de celo, o como otros países en los que la ausencia de una separación de poderes real conlleva que los jueces siempre digan lo que conviene al poder establecido. Francamente, Alex Jones y la decisión de excluirlo no me parece un problema, pero sí me parece una interesante oportunidad para la reflexión.

 

IMAGE: Mohd Azri Suratmin - 123RFUno de los artículos más recomendables que he leído últimamente está escrito por la filósofa italiana Gloria Origgi, se titula Say goodbye to the information age: it’s all about reputation now, y hace referencia a la transición progresiva desde la llamada “era de la información”, en la que lo importante estaba en tener acceso a cuanta más información fuese posible, a la “era de la reputación”, en la que lo que cuenta es ser capaz de discernir la calidad y fiabilidad de esa información, uno de los elementos que resulta fundamental introducir en la educación desde sus niveles más básicos, y al que me he referido en numerosas ocasiones.

En efecto: el signo de los tiempos ya no es “tener conexión” en un mundo en el que ya cada vez más personas la tenemos. El acceso a la información, siendo obviamente cada vez más necesario y para más cosas, ya no es lo importante: lo verdaderamente importante es saber manejar esa información con los criterios adecuados. El nuevo idiota, en su acepción más literal, es el que hace búsquedas y acepta sistemáticamente como verdad absoluta el primer resultado que aparece en la página, o el que se cree todos los bulos que le llegan a través de una pantalla o el incapaz de diferenciar una fuente confiable de una que no lo es en absoluto. La información tiene valor si está curada, verificada, filtrada, evaluada y comentada, y la reputación se convierte en la base más importante del proceso de construcción de inteligencia colectiva.

Creer en estupideces y conspiranoias sin base científica, llámense movimiento anti-vacunas, o chemtrails, o que el hombre nunca llegó a la luna o que el cambio climático no existe, te etiqueta automáticamente como un pobre ignorante desinformado incapaz de diferenciar información veraz de tonterías, la nueva categoría de pobre, al que se puede manipular con toda facilidad. Te convierte en unos de los que contribuyen con sus acciones a que las mentiras se difundan y terminemos teniendo una red – y una sociedad – peor. El idiota es el que recibe un bulo a través de un grupo de WhatsApp y, sin pararse ni siquiera a verificarlo o a pensarlo, lo circula rápidamente en varios grupos más para que vean que es “el listo”, “el enterado” o “el que se preocupa por los demás”. Cuestiones que empiezan desgraciadamente, desde la infancia: en YouTube Kids aparecen vídeos sobre conspiraciones reptilianas y negacionismo de la llegada a la luna como si fueran algo normal, algo que poner a disposición de mentes no entrenadas aún en la verificación de fuentes, cuyos padres, en muchos casos, utilizan el ordenador como baby-sitter sin supervisión de ningún tipo, a cambio de un rato de tranquilidad.

Incorporar ese tipo de habilidades en la educación desde los niveles más tempranos es la clave para evolucionar hacia la era de la reputación. No, la solución no es alejar a los niños de sus smartphones: es precisamente lo contrario, integrar esos smartphones completamente en el proceso educativo, enseñar a los niños a manejarlos no desde un punto de vista de uso de la tecnología, que resulta bastante trivial,, sino de la gestión de información. Matar de una maldita vez el libro de texto y acostumbrarnos como sociedad a que la verdad no está entre las páginas tal y tal, o en capítulo tal: la verdad está en la red, en la capacidad de filtrar, verificar y comprobar las fuentes, en la posibilidad de contrastar, de descartar y de desarrollar el juicio crítico. Esa es la habilidad fundamental que tenemos que enseñar a nuestros hijos… pero también, sin duda, a muchos de sus mayores. Hablar de adicciones es una soberana estupidez, equivocar completamente el diagnóstico: no hay adicciones, solo hay falta de educación. Estar conectado a todas horas no es necesariamente malo: es perfectamente normal si se hace con los criterios adecuados. Recurrir a la red para muchas cosas no es negativo, pero es ese criterio es lo que hay que desarrollar. Por alguna razón, hemos pretendido eliminar de la educación el concepto de confrontación, lo que nos lleva a una total complacencia y produce niños que no es que sean adictos y se vuelvan violentos si les quitamos sus dispositivos… es que son, pura y simplemente, unos enormes maleducados. La solución no está en hacer los dispositivos menos atractivos o en incorporar controles para que los padres puedan subcontratar la educación en ellos: está en educarlos mejor, en prepararlos para un mundo en el que esos dispositivos son ubicuos.

Hemos creado una herramienta poderosísima, y la hemos puesto en manos de personas sin ningún tipo de preparación, juicio crítico o comprensión del fenómeno tecnológico. Personas que creen que tener un smartphone o un ordenador les convierte en algo, cuando la realidad es que, sin el criterio adecuado, los convierten en un vehículo de desinformación, en auténticos idiotas reputacionales. Los parias de la era de la reputación lo pueden ser por motivos generacionales, de inadaptación, de falta de acceso a la educación o de ausencia de la misma por la razón que sea. Definitivamente, un mal de nuestro tiempo. Y una de las razones por las que sigo en la educación: el convencimiento de que tenemos mucho que hacer en ese sentido.

 

IMAGE: Alexlmx - 123RFRecientemente, en comentarios surgidos en clases y conferencias, estoy volviendo a ver aparecer el mito de que Facebook y otras compañías utilizan las conversaciones de los usuarios a través de servicios de mensajería instantánea, de llamadas telefónicas o incluso simplemente cuando el smartphone está cerca – prácticamente a todas las horas del día – para adaptar mensajes publicitarios a sus intereses.

El mito lleva muchos años circulando, con todo tipo de “demostraciones palmarias” supuestamente documentadas, algunas provenientes de usuarios que afirmaban haber recibido anuncios de productos para curar el dolor de garganta y la amigdalitis precisamente después de haber escrito en WhatsApp que tenían la garganta irritada, anuncios de comida para gatos tras haber comentado que estaban pensando en tener un gato, o incluso profesores que afirmaban que esta práctica era cierta.

Lisa y llanamente: no es así. Es falso. Mentira. Una teoría de la conspiración, un mito, un bulo, una propagación de una información llamativa, que a todos cuando nos lo comentan nos evoca alguna vez en la que posiblemente nos ocurrió, y que resuena con otros conceptos que escuchamos habitualmente sobre la progresiva erosión de nuestra privacidad. El asunto ha sido descrito en muchas ocasiones en fact-checkers como Snopes, categóricamente negado por la compañía en notas oficiales en varias ocasiones, y hasta se han desarrollado apps como prueba de concepto de que podría hacerse, pero no se hace.

Que haya aplicaciones de Facebook que habiliten el micrófono para algunas cosas cuando el usuario lo solicita no supone una demostración de que nos estén espiando. Que surja una vulnerabilidad en el protocolo de cifrado de WhatsApp que hipotéticamente permitiría leer las conversaciones de los usuarios no conlleva de manera inmediata que sea una vulnerabilidad introducida por la compañía para leer nuestros mensajes y adaptarnos publicidad a los temas que hemos mencionado en ellos. Sí, WhatsApp, tras la adquisición de Facebook, es algo menos privada y una parte de la información que genera es utilizada para completar nuestro perfil, pero no escuchando ni leyendo nuestras conversaciones. El contenido de lo que hablamos o escribimos está cifrado y ni siquiera la compañía puede descifrarlo, ni siquiera aunque se lo demande un juez. Que nuestro micrófono pueda ser habilitado subrepticiamente por una app para escucharnos es algo que, aunque técnicamente posible, se restringe a las películas sobre espías, pero no tiene lugar en el contexto de las operaciones comerciales de ninguna compañía. Que lo pienses o lo comentes con tus amigos no te convierte en un enterado, sino en un magufo.

Las coincidencias entre conversaciones y anuncios son eso, coincidencias. Pueden responder a muchas cosas, y que jures y perjures que no has hablado con nadie sobre safaris hasta ahora y que de repente, tras comentarlo con un amigo, no paras de ver anuncios de safaris no demuestra nada: puede que cualquiera de tus amigos o personas de tu red lo hayan hecho, y no puedes controlar los contextos de todos ellos. El mundo está lleno de casualidades, y son ni más ni menos que eso, casualidades, del mismo modo que no paras de ver coches rojos tras comprarte un coche rojo o no paras de ver embarazadas cuando empiezas a pensar en tener un hijo. Es un fenómeno de atención selectiva o, simplemente, una casualidad. No nos dejemos llevar por rumores infundados y no acusemos a las compañías tecnológicas de convertir el mundo en el 1984 de Orwell… sí, el mundo está derivando peligrosamente hacia el 1984 de Orwell, pero no precisamente porque sean las compañías tecnológicas las que lo hacen, sino más bien otros actores.

Bastantes preocupaciones tenemos ya con nuestra privacidad y seguridad – yo, que no soy nadie especialmente amenazado o interesante, llevo permanentemente instalada una VPN en mi smartphone y ordenador – como para, encima, andar pensando que nuestros dispositivos nos escuchan cuando no nos enteramos. Dejemos tranquilas las teorías de la conspiración.

 

Menos ‘conspiranoia’ y más tecnología - El País

Joseba Elola, de El País, me envió un artículo del tecnoescéptico por antonomasia Evgeny Morozov que iba a publicar en el suplemento Ideas, porque supongo que sabía que me iba a resultar suficientemente provocativo como para plantearme uno no tanto como replica, pero sí como intento de exposición de hechos que diesen un contrapunto a su interpretación.

El resultado se titula “Menos conspiranoia y más tecnología” (pdf), e intenta explicar hasta qué punto resulta cansino ver teorías de la conspiración y supuestos planes de dominación mundial en cada movimiento que hacen las compañías tecnológicas, cuando son precisamente esas compañías tecnológicas las que están detrás del mayor avance experimentado por la humanidad en toda su historia. Algunos de los algoritmos de esas compañías son responsables de lo que encontramos cuando buscamos información, de lo que aparece ante nuestros ojos cuando intentamos comprar algo, de las noticias que leemos o hasta de si tenemos sexo esta noche, pero contrariamente a lo que algunos afirman, se trata en general de emprendedores que fueron capaces de convertir una serie de ideas en código, y que a partir de ahí, se han preocupado por construir un mundo mejor, lo que incluye intentar luchar contra algunos de sus problemas más acuciantes, como la desigualdad en la distribución de la riqueza, el sensacionalismo excesivo o la inseguridad.

De manera general, existe una mayor conciencia de sostenibilidad y de intentar arreglar los problemas del mundo en la industria tecnológica que la que existe en muchas otras industrias. Cuantas más figuras relevantes conozco en esta industria, menos se ajusta el perfil de psicópata o de malvado de cómic, y más el de persona que ha obtenido un poder determinado gracias a hacer algo relativamente novedoso gracias a la tecnología, y que a partir de ahí, se preocupa por mejorar el mundo en el que vive. Sinceramente, mucho más que las empresas tecnológicas y sus líderes, me preocupan aquellas otras compañías que dedican su esfuerzo, tiempo y dinero a intentar evitar que el mundo avance, a conseguir por todas las maneras posibles que sigamos haciendo las cosas como las hacíamos antes de que la tecnología desarrollase alternativas. Me preocupan infinitamente más los retrógrados, los lobbistas y los políticos que pretenden que sigamos como siempre que los tecnólogos que desarrollan nuevas maneras de hacer las cosas, generalmente mejores y más eficientes que las que había.

No se trata de tecno-idealismo: nunca se debe renunciar al control de nada, y todo poder conlleva una responsabilidad. Siempre que he visto algo que me resultaba preocupante, abusivo o, en general, que reducía las opciones del usuario en la industria tecnológica he sido de los primeros en escribir sobre ello y comentarlo. Pero eso no quiere decir que el arquetipo “tecnoescéptico por principio”, el que ve conspiraciones e intentos de dominación mundial en cada movimiento de una empresa de tecnología me aburra profundamente, el que piensa constantemente que la tecnología traerá efectos negativos y terribles, me resulte inmensamente cansino. El mundo en que vivimos tiene muchos problemas, como todos los mundos en los que todos los hombre han vivido desde que el mundo es mundo, pero me gusta. Y me gusta, sobre todo, porque hay muchas personas a las que considero genios que han sabido ir mejorándolo a una velocidad increíble, que me ha permitido, a lo largo de varias décadas de carrera profesional, verlo, experimentarlo y tocarlo. El mundo es mejor gracias a la tecnología y a los tecnológos. Y eso es lo verdaderamente importante.