Netexplo 2018Un año más estoy en París para asistir al Netexplo Innovation Forum, el evento anual que reúne a profesores de innovación de todo el mundo en la sede de UNESCO para analizar las tendencias y tratar de entender hacia donde nos dirigimos.

El observatorio de Netexplo funciona en forma de radar: los profesores que colaboramos con la iniciativa pedimos a nuestros alumnos de todo el mundo que localicen proyectos innovadores, por lo general con menos de dos años de antigüedad, que pueden ser desde startups a trabajos en departamentos universitarios, iniciativas en compañías consolidadas, etc. y los envíen para un primer filtrado, del que resulta una lista de preseleccionados sobre la que votamos. Finalmente, diez proyectos son expuestos en el foro en París, donde los asistentes votan en función de aquellos que les parecen más interesantes.

Este año venía con una agradable sorpresa: existe siempre una sana competencia entre los distintos profesores por ver quién consigue situar más proyectos en las fases finales, y este año, los ganadores han sido los alumnos de mi curso de Innovación en el International MBA de IE Business School. En la fase final, dos de los diez proyectos seleccionados, Wysker y Cataki, provenían de la selección hecha por mis alumnos, y el segundo de ellos, además, resultó finalmente ganador en la votación llevada a cabo entre los asistentes. En una entrada posterior los analizaré con algo de detalle. El detalle es meramente honorífico no es especialmente importante, tiendo a pensar que la cuestión es básicamente probabilística (este año enseñaba a dos grupos, y la composición de mi alumnado era enormemente diversa, con participantes literalmente de todo el mundo), pero siempre es agradable pensar que en una amplísima selección de alumnos de escuelas de negocios de todo el mundo, aquellos a los que tú enseñas y con los que trabajas para intentar transmitirles ideas y conceptos sobre innovación han sido capaces de contribuir de manera significativa. Thank you, class!

En mi participación este año me pidieron que diese mis impresiones en el escenario sobre 360ed, un proyecto precioso de edtech mediante el uso de realidad virtual y aumentada en Birmania, cuya fundadora, Hla Hla Win, graduada en Harvard, ha conseguido ensamblar un proyecto muy completo en un entorno tan aparentemente poco propicio como su país, en el que incluye no solo la participación de niños con terminales Android y visores de cartón, sino también un importante y fundamental capítulo de formación a profesores y de desarrollo de materiales.

Además, el las reuniones del Advisory Committee, en el que participo desde hace tres años, continuamos las conversaciones del pasado año sobre inteligencia artificial y machine learning, de las que ha surgido un libro, Thoughts on AI, en el que soy autor de un capítulo y del que proporcionaré algo más de información en cuanto esté disponible para su descarga.

Ahora, me voy a Les Échos para una sesión de resumen del evento. Pronto, más.

 

FOARD2016

Mi conferencia en el FOA de República Dominicana tuvo un sabor un tanto extraño, poco habitual: acostumbrado como estoy a ser el entusiasta, el eterno optimista ante el uso y las aplicaciones de la tecnología a todas las actividades, me encontré, tras una jornada con un tono marcadamente positivo en la práctica totalidad de las intervenciones, dando un contrapunto pesimista, casi amargo, un auténtico aviso a navegantes ante la tormenta que creo que se le viene encima a una industria publicitaria anclada en conceptos y métricas casi del siglo pasado.

Tras revisar los conceptos fundamentales del ad-blocking, que alcanza ya a casi doscientos millones de usuarios en todo el mundo y mantiene un crecimiento y un empuje imparables y que no había sido prácticamente ni mencionado a lo largo de toda la jornada – el “síndrome del avestruz” es bastante habitual en las industrias que se enfrentan a cambios importantes – intenté plantear que el fenómeno, en realidad, no era un problema, sino un síntoma. Que la industria necesitaba muchas horas en el diván del psicoanalista para entender qué diablos llevaba a tantos millones de usuarios en todos los países del mundo a llevar a cabo una acción consciente, en ocasiones compleja, con la única finalidad de dejar de ver anuncios, precisamente el producto que los allí presentes se dedicaban a producir. ¿Que hace que una cantidad tan elevada de personas huyan desesperadamente de toda una industria, a la que consideran un castigo y una persecución? ¿Por qué, mientras la industria se congratula por lo bonitas e imaginativas que son sus acciones y sus spots, hay una cantidad tan significativa de gente que los considera unos pesados inenarrables y busca maneras de quitárselos de encima? Y si lo hacen, ¿como es posible que no sean capaces de entender que la solución no está en “bloquear a los bloqueadores”, sino en intentar entender qué diablos les lleva a utilizarlos?

Tras polemizar con el tema de los bloqueadores de publicidad, pasé a revisar el papel de compañías como Google o Facebook: mientras tratan de crear coaliciones para mejorar la publicidad en la red en modo seguramente too little, too late, emprenden estrategias destinadas a cambiar el concepto de relevancia en la web y dar un papel más central a los contenidos frente a los enlaces, o tratan de convertirse en el medio de comunicación más importante del mundo, con todo lo que esos planes pueden llegar a conllevar para una industria publicitaria que, de nuevo, sigue empeñada en mirarse el ombligo y creyendo que juegan aún un papel central. Hace muchos años ya que las normas en esta industria no las ponen ni agencias, ni medios, ni anunciantes, sino compañías como Google o Facebook.

Finalmente, traté de dar algunos detalles sobre herramientas de futuro, centrándome especialmente en el uso de campañas basadas en influencers – absurdamente convencidos con “mercenarios”, una identificación absurda y que, de nuevo, hace mucho mal a la industria – y, sobre todo, en cómo las marcas deberían empezar a prestar verdadera atención a la interacción: pasar de dinámicas de persecución implacable y de lenguaje de inspiración bélica – hagamos una “campaña” para “alcanzar” a nuestro “target” y lograr “impactos” – a otras en las que la persistencia a toda costa se ve compensada con atención, con personalización y con diálogo. Marcas que cultivan el community management como dimensión de futuro, como forma de humanizar unas relaciones que hace mucho tiempo que, en muchos casos, se torcieron.

IMAGE: SDCrea - 123RFY paradójicamente, cómo el uso de herramientas tecnológicas basadas en robots conversacionales o chatbots puede hacer que muchos anunciantes recuperen un diálogo cada vez más humano, aunque quien esté al otro lado sea una máquina. El fantástico artículo de hoy del muy influyente Chris Messina en Medium lo deja claro: Chat bots aren’t a fad. They’re a revolution. La lectura atenta de ese artículo y del también fantástico de hace algunos meses de Ted Livingstone, The future of chat isn’t AI, es posible que ayude a más de uno a entender un futuro que ya está prácticamente a la vuelta de la esquina: no quiero tener que instalarme y configurar la enésima app para poder hablar con tu marca, lo que quiero es que haya un cliente de tu marca en las apps conversacionales que ya utilizo, sea WhatsApp, Telegram o la que sea más importante en mi mercado, y que tu motor de machine learning llegue a ser tan bueno, que me proporcione realmente aquello que necesito de ti, sea un producto,un servicio o una experiencia adecuada. Una generación de usuarios que aprecian que quien está al otro lado no sea un humano al que están molestando, unida a una generación de chatbots cada vez más capaces de navegar las complejidades del lenguaje humano y proporcionar a cada persona aquello que está buscando. No quiero un robot limitado, una mera automatización tonta de funciones repetitivas que esté deseando que se quite del medio para dar paso a un agente humano, sino una interfaz genuinamente inteligente capaz de responder a mis necesidades. Dame marcas que me hablen, que desarrollen canales inteligentes para darme servicio, y sobre todo, que no intenten a cada paso perseguirme ni molestarme.

Si una cantidad significativa de esa publicidad machacona, repetitiva y persecutoria que tantas marcas hacen se dedicase a mejorar su interacción y a adaptarlas a un futuro en el que el trato directo tendrá una importancia cada vez más central, seguramente la industria avanzaría mucho más rápido y hacia puertos mucho mejores. No podemos estar tranquilos pensando en un futuro en el que inmensas equivocaciones en la interpretación de las métricas nos llevan a buscar cada vez mejores métodos para molestar a los usuarios de la forma más recalcitrante posible: el futuro no puede ser eso, no puede basarse en formatos cada vez más incómodos, que terminamos recordando asociados al odio que nos inspiran, por mucho que nos digan que la campaña fue un éxito porque generó muchos clics. Hay que ser muy débil mental para insistir en la molestia y congratularse de que generas un gran recuerdo de marca gracias a lo molesto que eres: no se acuerdan de tu marca, se acuerdan de su **** madre, y de la tuya por extensión. Mientras no lo entiendas, te seguirás encontrando cada día con más bloqueadores – no no son “aprovechados”, ni “ladrones”, ni “irresponsables”… son gente con criterio y con sentido común – y con un futuro cada vez más gris.