IMAGE: Peter Lomas - CC0 Creative CommonsCon la rápida mejora de la tecnología de cámaras, del ancho de banda disponible para la transmisión y, sobre todo, de los algoritmos de reconocimiento de imágenes, la presencia de cámaras en todos los rincones de las ciudades se está normalizando cada vez más: combinada con los satélites y con las señales de los smartphones que llevamos en todo momento en el bolsillo, convierten el entorno en que vivimos en un escenario de vigilancia permanente.

Lo que inicialmente fue un modo de vigilar lugares concretos en los que podía cometerse delitos de manera recurrente, como bancos, hoy ha evolucionado para convertirse en enormes redes de vigilancia coordinada capaces de controlar la totalidad de nuestro recorrido por la ciudad, incluyendo cámaras en fachadas de domicilios particulares dotadas de algoritmos capaces de diferenciar personas de animales o cosas, o identificar caras concretas.

La tendencia, sin duda, puede observarse en su plenitud en muchas ciudades en China, convertida en el auténtico estado de la vigilancia total: más de 170 millones de cámaras exteriores están ya en uso, y se calcula que 400 millones más van a ser instaladas a lo largo de los próximos tres años, unidas a sistemas de cámaras portátiles en gafas utilizadas por la policía capaces de identificar a las personas que tengan delante. Obviamente, el control de semejante cantidad de cámaras no puede ser llevado a cabo manualmente, sino utilizando algoritmos capaces de reconocer personas y practicar seguimientos en función de criterios establecidos, algoritmos que se desarrollan para todo tipo de funciones como el control de las operaciones de una tienda, pero que terminan siendo ofrecidos a la policía.

¿Nos asusta la popularización y difusión de perspectivas como la de China? La evolución de China no termina en sus calles: la vigilancia se está adentrando ya en las escuelas, en las que las cámaras vigilan la actitud de los estudiantes, su nivel de atención o sus movimientos durante las clases, y llega incluso, en algunos casos como los militares, las cadenas de montaje o los conductores de trenes, a la monitorización de su actividad cerebral. La vigilancia constante, completamente normalizada y convertida en una característica de la vida de los ciudadanos, obligados a aceptar que están siendo observados en cada uno de los momentos de sus vidas, por algoritmos que capturan no solo sus desplazamientos, sino las personas con las que hablan o con las que se ven habitualmente. Algoritmos capaces de reconocer una pelea, un abrazo, un gesto, que unidos a los sistemas de calificación social, dan lugar a un sistema capaz de clasificar a los ciudadanos en función de su afinidad política, o incluso capaz de aislar a potenciales disidentes haciendo que el crédito social de aquellas personas con las que hablan descienda por el hecho de relacionarse con ellas.

Pero esa China convertida en escaparate de tendencias no es el único escenario de la vigilancia: en Newark, las cámaras instaladas en toda la ciudad ya no solo son utilizadas por la policía, sino que ha sido abiertas a cualquiera con una conexión a la red. Cualquiera puede conectarse y utilizar esas cámaras para controlar una zona, a una persona, o simplemente para curiosear, ver el tráfico o el ambiente. Un movimiento planteado para incrementar la transparencia, pero que ha generado alarmas por su posible uso por parte de acosadores o incluso ladrones, capaces ahora de controlar la actividad en una vivienda determinada desde la comodidad de sus casas. Países democráticos como el Reino Unido manifiestan también tendencias hacia el control total y dictan leyes de vigilancia extrema con la oposición de Naciones Unidas, de grupos de defensa de los derechos ciudadanos y activistas de la privacidad y de empresas tecnológicas, leyes que son posteriormente declaradas parcialmente ilegales, pero que claramente marcan una tendencia. En Barcelona, un movimiento encabezado desde el ayuntamiento pretende tomar control de los datos generados por las infraestructuras de la ciudad y pasar “de un modelo de capitalismo de vigilancia, donde los datos son opacos y no transparentes, a otro en el que los propios ciudadanos puedan tomar posesión de sus datos”, algo que afecta a la explotación de los datos de consumos, contaminación, ruido, etc., pero excluye el uso por motivos de seguridad o vigilancia.

Otro modelo relacionado con el uso de los datos es el de compañías privadas como la Palantir de Peter Thiel, capaces de acceder a enormes cantidades de datos y construir detalladísimos perfiles a partir de comportamientos tanto online como offline, o sospechosos habitualmente mencionados como Facebook, sobre cuyas actividades se han escrito infinidad de artículos. Frente a modelos distópicos como el de China o enfocados en la vigilancia obsesiva, como los que están surgiendo en países como Suecia derivados de las posibles amenazas terroristas, surgen grupos de asociaciones activistas generalmente norteamericanas como ACLU o la EFF, con campañas que intentan concienciar a la población sobre los excesos de una vigilancia o trazar estrategias para desmantelarla, o para convencer a una ciudadanía preocupada por su seguridad de que la vigilancia masiva no funciona ni funcionará nunca como arma para combatir el terrorismo.  Simplemente unas pocas asociaciones civiles, que obtienen sus fondos a través de campañas de donaciones públicas, contra una tendencia masiva a nivel internacional que llena de cámaras nuestras ciudades y utiliza algoritmos para reconocernos, seguir nuestros hábitos, ver por dónde nos movemos y qué hacemos habitualmente en nuestro día a día. Entender que la idea de “si no tengo nada que ocultar, no tengo nada que temer” es errónea, y debe ser sustituida en el imaginario colectivo por ideas más progresistas, más lógicas y que toleren el activismo, la voluntad de cambio o la protesta pacífica.

¿Es la transición hacia una sociedad en permanente vigilancia una transición inevitable? ¿Nos dirigimos indefectiblemente hacia un modelo orwelliano, hacia escenarios distópicos en los que todo lo que hacemos, todas nuestras actividades están permanentemente monitorizadas? ¿Dependemos únicamente de unas pocas asociaciones civiles para intentar detener esta evolución? ¿Estamos obligados a imaginar la sociedad del futuro como un escenario en el que todo lo que hagamos sea constante objeto de vigilancia? ¿Hay alternativas?

 

Photo by Imaginechina/REX/Shutterstock (8881907b)

Las recientes imágenes de solares con miles de bicicletas abandonadas, apiladas y oxidándose a la intemperie, ciudades llenas de bicicletas tiradas por todas las esquinas, robadas o arrojadas a canales y vertederos han sido interpretadas por muchos como un signo del aparente fracaso de un modelo de negocio arrogante, de una planificación empresarial mal dimensionada, un ejemplo claro de los excesos del modelo de esa llamada sharing economy que ataca negocios consolidados, atenta contra las normas de negocios tradicionales, y que tantos adoran criticar.

La realidad, sin embargo, es tozuda, y parece mostrar que, por muy visualmente impresionantes que sean esas imágenes, la preocupación entre los participantes en el negocio del bike-sharing parece más bien escasa, y todo apunta a que este tipo de bicicletas están destinadas a jugar un papel importante en el futuro de la movilidad urbana. Por supuesto, ha habido fracasos y quiebras, pero también adquisiciones, expansiones y muchas, muchas rondas de inversión.

Uno de los gigantes de esta naciente industria, Mobike, anuncia su expansión a India, un gigantesco subcontinente con una escasa tradición en el uso de este tipo de vehículos pero en el que ya ha habido otros movimientos anteriores, y aclara un concepto de manera contundente: las agencias gubernamentales o municipales con las que ha hablado hasta el momento no se muestran especialmente preocupadas por el enorme diluvio de bicicletas y la cantidad de ellas que han tenido que retirar por estar abandonadas o incorrectamente aparcadas en la vía pública, lo ven como un hecho coyuntural, y las conversaciones se han centrado más bien en el potencial práctico de estos vehículos para aliviar la congestión y permitir desplazamientos cortos.

¿Hay problemas con el robo, el abandono o el vandalismo? Obviamente, este tipo de fenómenos existen, y conllevan la necesidad de hacer frente a las pérdidas que ocasionan a las compañías. Sin embargo, los inversores de estas compañías tampoco parecen especialmente preocupados por esta circunstancia, y todo indica que el pensamiento predominante es que se trata de un problema destinado a solucionarse con el tiempo, que existe un momento en que ese problema desaparece: los ladrones se cansan de llevarse bicicletas a sus casas, el mercado de bicicletas reconvertidas o repintadas se agota, y los vándalos dejan de ver gracioso destrozar una bicicleta o tirarla a un río. Asimismo, se espera que se desarrolle una cultura de uso más respetuoso, que lleve a dejar las bicicletas en lugares en los que no vulneren la normativa y de maneras que no molesten a terceros. Una cuestión de educación de los usuarios y de la población en general que se combate pasando de una visión de economía de la escasez a una de economía de la abundancia, persistiendo en la inversión el tiempo que sea necesario para ello.

¿Hablamos de negocios imposibles o de modelos en los que la rentabilidad no importa, de algún tipo de vulneración de las reglas del capitalismo? Obviamente no: los accionistas de estas compañías son como cualquier accionista de cualquier compañía, y esperan una rentabilidad asociada con su inversión. La diferencia está en que hablamos de planteamientos de negocio con una estimación de plazos completamente diferente: compañías dispuestas a invertir y financiar su crecimiento durante mucho tiempo, muchos más años de lo que considerábamos habitual, con la intención evidente de terminar generando flujos de caja positivos, pero varios años más tarde de lo que antes consideraríamos viable. Una visión a mucho más largo plazo, que tiene en cuenta escenarios que solo son posibles si la compañía alcanza una posición privilegiada de mercado y se convierte prácticamente en un estándar. No son compañías que practiquen el altruismo: esperan ganar dinero, pero no espera ganarlo mañana ni pasado mañana, y si esos ingresos no llegan hasta dentro de cinco de cinco años o más, simplemente se busca más inversión para sostener esa dinámica de crecimiento. Mientras existan inversores que compartan esa visión a largo plazo y no pierdan la paciencia, el modelo puede funcionar y seguir buscando generar esos cambios en el mercado que lo conviertan no solo en viable, sino también en exitoso y rentable. 

Cuidado con descartar demasiado pronto modelos en función de fotografías escandalosas o presuntas catástrofes: las sucesivas rondas de inversión, los planes de expansión y las actitudes de algunas de las compañías implicadas parecen implicar que los muertos que algunos matan gozan, en realidad, de buena salud.

 

T-mobile and Sprint logosAyer día 29 se anunció el acuerdo final entre dos operadoras que operan en los Estados Unidos, T-Mobile y Sprint, para lo que han llamado una fusión empresarial, una operación de 26,000 millones de dólares que reducirá en gran medida las opciones a los consumidores norteamericanos, que ya de por sí se encontraban en una situación de muy escasa o nula elección. El resultado de la supuesta “fusión” es que Sprint desaparece, que la compañía resultante seguirá operando bajo el nombre de T-Mobile, y que estará dirigida por los que anteriormente eran el CEO y el COO también de T-Mobile, el mítico John Legere y Mike Sievert. El anterior CEO de Sprint, Marcelo Claure, y el CEO de su propietaria mayoritaria, la japonesa Softbank, Masayoshi Son, mantendrán puestos en el Consejo de Administración. 

La idea de una fusión entre T-Mobile y Sprint había fracasado anteriormente debido precisamente a la oposición de la administración Obama, que la consideraba una muy mala idea. Fundamentalmente, la fusión dejaría la parte baja del mercado, las tarifas más baratas, el prepago, etc. en manos de una sola compañía, que pasaría a poder gestionarlo a su antojo sin excesiva presión competitiva – precisamente la razón que suele esgrimirse para desalentar operaciones de ese tipo. Sin embargo, las conversaciones han vuelto a tener lugar y, en esta ocasión, bajo la que es sin ninguna duda la administración más corrupta de la historia reciente de los Estados Unidos, es más que posible que fructifiquen. En primer lugar, por la presencia al mando de la Federal Communications Commission (FCC) de un lobbista de la industria de las telecomunicaciones, Ajit Pai, que viene a suponer la misma connotación que poner a un zorro a cuidar de un gallinero: ni la más mínima consideración por los usuarios o por el progreso, sino únicamente por los beneficios de las compañías para las que trabajaba antes de llegar a su puesto. En segundo, por lo profundamente primario del razonamiento del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, al que basta con empaquetarle la operación con las ideas que él quiere oír, las mismas que se harta de repetir en su discurso populista, para que la operación prosiga sin oposición.

¿Qué le han dicho a Donald Trump para que la fusión se pueda llevar a cabo? Simplemente, que es “buena para América”. Que supuestamente creará puestos de trabajo – muy poco probable, cuando todo aquel que haya trabajado en fusiones y adquisiciones sabe que tienden a caracterizarse por la eliminación rápida de todas las estructuras redundantes – y que tendrá un gran efecto en la carrera que el país mantiene con China por el progreso en el desarrollo de las redes 5G, algo que también es, en muchos sentidos, un auténtico brindis al sol. El cada vez mayor enfrentamiento entre los Estados Unidos y China está determinando que las compañías de este país, muchas de ellas en la verdadera vanguardia de la investigación en telecomunicaciones por desarrollos y por número de patentes, estén viéndose en la necesidad de adoptar un plan B para la eventualidad de que las sanciones les obliguen a ser autosuficientes.

La operación que implica a T-Mobile y Sprint es una prueba clara de los tiempos que corren: una administración corrupta, lobbistas a cargo de la regulación, y un presidente infantil, al que lo único que hay que hacer para conseguir que apruebe algo es bailarle el agua y decirle lo que quiere oír. Triste panorama.

 

IMAGE: CC BY-SA 3.0 Nick Youngson / Alpha Stock ImagesLos recientes escándalos de Facebook y la subsiguiente comparecencia de Mark Zuckerberg ante una comisión parlamentaria cuyos integrantes ignoraban incluso los aspectos más básicos de lo que es una red social y lo que su actividad supone, han vuelto a poner de actualidad la discusión sobre la evolución de la privacidad en la sociedad.

Que la compañía esté planteándose la posibilidad de aplicar los nuevos estándares de privacidad definidos por la Unión Europea, el Reglamento General de Protección de Datos (GDPR), a los usuarios de todo el mundo, unido a las reacciones negativas de usuarios norteamericanos afectados o alarmados por el escándalo de Cambridge Analytica, podría llevar al desarrollo de normativas más estrictas de protección de la privacidad en los Estados Unidos, y a una consideración mundial de este tipo de legislaciones más garantistas que tratan de otorgar más protecciones y control a los usuarios.

Sin embargo, otros países tienen, obviamente, otros planes. En India, por ejemplo, el despliegue de Aadhaar, la plataforma de identificación de la población basada en datos biométricos tales como la huella dactilar, la fotografía del iris o los rasgos de la cara progresa de manera constante a pesar de los problemas y los escándalos sufridos, parece estar convirtiendo el país en un escenario completamente orwelliano en el que es preciso identificarse para absolutamente todo, sea comprar comida, hacerse con un smartphone o hacer transacciones financieras. La deficiente respuesta del gobierno del país a las denuncias de falta de seguridad debidas bien a ataques o bien a simple corrupción han generado todo tipo de dudas sobre el funcionamiento de un sistema diseñado originalmente para asignar mejor las ayudas gubernamentales a los segmentos más pobres de su población, pero que a través de su funcionamiento como plataforma, ha terminado por impregnar toda la vida cotidiana de los ciudadanos, en un estado en el que todo lo que hagas pasa a ser conocido inmediatamente por quienes controlan el sistema.

En China, las cosas evolucionan de la misma manera: la construcción de una gigantesca base de datos gubernamental de rasgos faciales conectada con los ficheros de la policía, unida a un enorme despliegue de cámaras y a iniciativas privadas pero accesibles al gobierno como sistemas de rating crediticio empieza a entregar sus frutos: una persona, buscada por delitos económicos, es identificada y detenida cuando acudía a un concierto con sesenta mil asistentes, en una prueba que demuestra el estado del arte obtenido a partir de innumerables pruebas y despliegues en determinadas zonas consideradas conflictivas. Una auténtico sistema de pre-crimen capaz no solo de identificar a posibles delincuentes, sino también de aislar y prevenir cualquier comportamiento disidente. Las primeras reacciones de grupos de ciudadanos demandando más respeto a su privacidad e incluso denunciando a compañías por la recolección de sus datos personales pueden suponer el principio de algún tipo de reacción, pero la combinación entre control de la población y búsqueda de una mayor seguridad y estabilidad parece que abocan a China a convertirse igualmente en una sociedad regida por un Gran Hermano omnímodo y sin limitaciones de mandato.

En Rusia, un tribunal ordena el bloqueo de Telegram tras una vista de únicamente dieciocho minutos, tras negarse la compañía a facilitar al gobierno ruso una supuesta clave de cifrado universal que, además, no existe técnicamente como tal. En el núcleo de la cuestión, además de la privacidad y el interés del gobierno ruso por monitorizar todo tipo de comunicación, pueden estar también los lobbies del copyright, que afirman que en Telegram existen infinidad de canales en los que se lleva a cabo intercambio de materiales sujetos a derechos de autor.

Tres grandes países, India, China y Rusia, unidas a Irán con su halal internet, que persiguen un modelo de sociedad en donde la privacidad no es un derecho, sino un peligro, una amenaza a la estabilidad. Frente a ese modelo, una Europa – y posiblemente en el futuro, unos Estados Unidos – que intentan dotarse de mayores garantías, pero en donde el papel de los gobiernos y de la búsqueda de la seguridad tampoco están en absoluto claro, pudiendo caer en la más absoluta de las hipocresías: protejo teóricamente tu privacidad frente a iniciativas privadas que pretender segmentar la publicidad que recibes, pero como gobierno, te espío por si acaso eres un terrorista o por si puedo influenciar tu voto.

Un modelo en el que está todo claro, en el que los gobiernos no ocultan en absoluto sus intenciones y en el que las libertades individuales pasan completamente a un segundo plano, frente a otro supuestamente garantista pero en el que las cosas tampoco están en absoluto claras. Y no, la alternativa de renunciar a todo lo que huela a tecnología y retirarte a lo alto de una montaña tampoco es realista ni recomendableEntre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja.

 

 

 

This post is also available in English in my Medium page, “What we should be learning from India, China and Russia’s approach to online privacy

 

Emmanuel Macron Talks to WIRED About France's AI Strategy - WiredHe leído con sumo interés la entrevista que Wired acaba de publicar con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en la que habla de la estrategia de su país con respecto a la inteligencia artificial. Independientemente de lo que uno pueda opinar sobre Emmanuel Macron, que como político que es suscita todo tipo de debates polarizados que no son en absoluto lo que me interesa discutir en esta página, da muchísima envidia ver un político del máximo nivel hablando sobre un tema como la inteligencia artificial, marcando prioridades en su desarrollo y entendiendo lo que su país se está jugando en un tema que va a condicionar la evolución de nuestra sociedad y su capacidad de generación de riqueza ya no en el futuro, sino ahora mismo. Como el mismo Macron comenta en la entrevista, “esta enorme revolución tecnológica es, como tal, una revolución política”, y es fundamental avanzar en la discusión de cómo gestionarla y posicionarse con respecto a ella, en lugar de simplemente ignorarla como tristemente, por incapacidad, cortoplacismo o ignorancia, hacen los políticos en la mayoría de los países. Lo que hagamos con respecto a la inteligencia artificial va a condicionar profundamente la política de los países y su actitud con respecto a temas como los derechos, las libertades, la privacidad y muchas cuestiones más.

Para empezar, el presidente francés marca como ejemplos de prioridades en la agenda dos áreas, la sanidad y el transporte, en los que el desarrollo de la inteligencia artificial va a marcar enormes diferencias de planteamiento. Para un país, el rediseño de los sistemas de salud para hacer frente a la abundancia de datos y replantear la medicina desde un punto de vista preventivo supone un auténtico paso fundamental en la transición a la modernidad, un paso que, además, no tiene por qué terminar teniendo un coste más elevado que el actual: es perfectamente posible plantear que un sistema de salud orientado a la prevención pueda tener costes inferiores, derivados, entre otras cosas, de la posibilidad de tratar posibles dolencias graves cuando se encuentran aún en fases tempranas: además de una mayor eficiencia, el enfoque a la prevención puede redundar, lógicamente, en los infinitos beneficios que supone una ciudadanía más saludable, una aproximación que, por el momento, únicamente China, lanzada a marcar la hegemonía de la inteligencia artificial, parece estar tomando.

En transporte, la cuestión es igualmente evidente – y cada día más acuciante. La transición hacia vehículos autónomos tiene la capacidad de reducir enormemente los accidentes de circulación, además de obtener sistemas esencialmente más eficientes, con menor congestión y menos contaminantes. En un país como Francia, con empresas fuertemente posicionadas en el sector del transporte, asegurar que esas empresas se alinean con esos objetivos lo antes posible y darles las señales adecuadas con respecto a la necesidad y apoyo a ese cambio supone un elemento fundamental para la competitividad futura.

¿Cómo plantear incentivos al desarrollo de la inteligencia artificial? La respuesta de Francia es clara: con dinero. Mil quinientos millones de euros, concretamente, destinados a la creación de laboratorios científicos y centros de investigación, proyectos y financiación para startups y compañías que trabajan en este ámbito. La idea es revertir la fuga de talento que, hasta el momento, había marcado el hecho de que la innovación en inteligencia artificial se estuviese dando fundamentalmente en dos países, China y los Estados Unidos, y trazar una agenda para que las empresas de este campo quieran plantearse invertir en Francia (algunas, como Microsoft, Samsung, Fujitsu o DeepMind, ya han hecho anuncios en ese sentido). Para Emmanuel Macron, resulta fundamental desarrollar capacidades en Francia que puedan colocarla en una posición de liderazgo competitivo con esos dos países, y evitar que la voracidad de las adquisiciones de compañías norteamericanas como Google o Apple acabe por convertirse en un drenaje continuo del talento de su país.

La inteligencia artificial va a eclipsar a la ley de Moore como vehículo de innovación. Vivimos una auténtica carrera para replantearnos cómo vamos a hacer muchísimas cosas mediante inteligencia artificial, cómo incorporarla a nuestros productos y servicios, cómo integrarla para evitar quedarnos rezagados frente a los que consiguen hacerlo. Entender lo que la inteligencia artificial puede y no puede hacer por nuestras compañías es la tarea fundamental de todos los directivos en este momento: viviremos, por supuesto, una etapa de paradoja de la productividad en en ese ámbito durante la que resultará difícil o confuso justificar su rentabilidad, pero que eso no nos engañe: la inteligencia artificial es el único camino a seguir. A efectos de empresa, eso implicará la diferencia entre ser o no ser competitivo en todas las industrias. Pero a nivel de país, y eso es lo que claramente ha entendido Emmanuel Macron, puede llegar a significar mucho más.