IMAGE: Teguhjatipras - CC0 Creative CommonsCada vez más noticias apuntan a la popularización y ubicuidad de las tecnologías de reconocimiento facial, en una variedad de ámbitos cada vez mayor. Desde ciudades de todo el mundo erizadas de cámaras, hasta el extremo de control social de las ciudades chinas, en las que en las que no puedes hacer nada sin que tus pasos, las personas con las que estás o los sitios por los que pasas sean almacenados en una base de datos que monitoriza tus costumbres, tus compañías o tu crédito social, pases por delante de una cámara o por delante de las gafas de un policía.

Pero más allá de las calles de nuestras ciudades, las cámaras y el reconocimiento facial empiezan a ser, cada vez más, utilizadas en otros ámbitos. La última polémica ha saltado a partir de las escuelas norteamericanas que intentan prevenir posibles episodios de violencia, probablemente de manera infructuosa dado que los protagonistas suelen ser alumnos del propio centro con acceso autorizado a sus instalaciones: sociedades de defensa de los derechos civiles como ACLU se han posicionado abiertamente en contra de este tipo de sistemas, que consideran inaceptables en un entorno escolar por ser invasivas y con numerosos errores que tienden a afectar especialmente a mujeres y a personas de color.

En las escuelas chinas, un entorno violencia completamente inexistente, no utilizan esta tecnología con ese motivo, sino con uno completamente diferente: monitorizar el rendimiento y la atención de los estudiantes. En varias escuelas piloto, los estudiantes saben que si sus expresiones muestran aburrimiento o si se duermen, sus clases están llenas de cámaras capaces no solo de tomar una prueba gráfica de ello, sino de interpretarlo y etiquetarlo además con los algoritmos adecuados. En algunos ámbitos se especula incluso con la posibilidad de llegar algo más allá, y probar la eficiencia de otra familia de tecnologías, las de vigilancia emocional, ya en uso en el ejército chino y en varias compañías privadas, que sitúan sensores inalámbricos en gorras o sombreros y son capaces, mediante una lectura de las ondas cerebrales, de optimizar cuestiones como las pausas en el trabajo, la reasignación de tareas o la localización física dentro de las instalaciones, y prometen a cambio importantes incrementos de eficiencia.

¿Estamos yendo hacia un futuro de monitorización permanente mediante tecnologías de este tipo? Algunos abiertamente afirman que las tecnologías de reconocimiento facial están aquí para quedarse, y que lo mejor que podríamos hacer es, sencillamente, aceptarlo como un elemento más de las sociedades del futuro. Actitudes tecno-fatalistas de este tipo asumen que incentivos de adopción como los generados por el miedo o por los posibles incrementos de productividad son tan poderosos, que la sociedad no puede dejar de plantearse dejar a un lado sus temores y resistencias, y proceder a la implantación, oficializando la aceptación por la vía de los hechos. En realidad, hablamos de una tecnología por la que nadie va a preguntar a los ciudadanos, y de decisiones de adopción que dependerán, en último término, de gobiernos, autoridades municipales o departamentos de educación. La resistencia pasiva mediante elementos como gafassombreros u otros elementos parece fútil, lo que podría determinar un futuro de adopción con más bien escasas resistencias.

¿Qué hacer si, en efecto, este tipo de tecnologías se disponen, de manera irremediable, a formar una parte integrante de nuestro futuro? ¿Debemos, como instituciones educativas, aceptarlo como tal y proceder a su implantación? Si ese es el caso, entiendo que es fundamental llevar a cabo una reflexión sobre cuál va a ser su papel. En IE Business School, por ejemplo, coincidiendo con el desarrollo de nuestra WoW Room, un aula interactiva con 45 metros cuadrados de pantallas en las que los estudiantes participan en remoto, probamos un algoritmo de engagement, que permite al profesor diagnosticar qué alumnos están prestando atención y cuales están aburridos o distraídos. Los resultados iniciales de su uso, aunque podríamos pensar que algunas resistencias podrían desaarecer con la costumbre y el uso habitual, apuntaron a que los alumnos no se sentían cómodos conociendo la existencia de una herramienta así que pudiese, eventualmente, afectar a sus calificaciones, así que resolvimos utilizarla fundamentalmente como una alerta en tiempo real al profesor: si mientras das tu clase, ves que el número de alumnos aburridos o distraídos se incrementa en algún momento, es que ese contenido, esa parte de la discusión o ese elemento que estás utilizando no está funcionando, y deberías pasarlo más rápidamente o solucionar esa falta de atractivo del contenido de alguna manera.

¿Cómo nos afectaría el uso de cámaras, sistemas de monitorización de ondas cerebrales o algoritmos de ese tipo en entornos de trabajo? En una situación como la actual, cabe esperar que serían utilizados para el control exhaustivo o incluso para sanciones o exclusión de aquellos que son evaluados negativamente. Sin embargo, cabe pensar en otro tipo de entornos con muchos más matices: un trabajador aburrido o distraído no necesariamente implica un trabajador no productivo, sino que puede indicar muchas otras circunstancias. Entornos sometidos a un control de este tipo ya existen, como hace una semana comentaba David Bonilla en una de sus newsletters: en compañías como Crossover, un supervisor evalúa constantemente cada período de trabajo de diez minutos de sus subordinados en función de herramientas de monitorización como WorkSmart, que recopilan estadísticas sobre las aplicaciones y sitios web que tienes abiertos, el timepo que pasas en ellos, tus pulsaciones de teclado y movimientos de ratón y que, cada 10 minutos, aleatoriamente y sin previo aviso, toma una foto desde la cámara del portátil y guarda una captura de lo que tengas en pantalla. Más de 1,500 personas en 80 países colaboran con esta compañía sometidos a la monitorización de esta herramienta, en las que la compañía paga únicamente el tiempo que considera de dedicación plena, no las pausas ni los momentos de distracción.

En escenarios de futuro en los que el trabajo cambia su naturaleza y se convierte en algo voluntario, vocacional o que no forma parte de una obligación necesaria para la subsistencia gracias al desarrollo de sistemas de renta básica incondicional, este tipo de herramientas podrían facilitar sistemas de compensación basados en criterios que optimicen la productividad: si el análisis de un trabajador revela que está somnoliento o distraído, envíalo a dormir o a hacer otra cosa hasta que muestre un incremento en sus capacidades productivas, y optimiza su rendimiento. ¿Aceptable, o una auténtica pesadilla distópica? ¿Nos aboca el futuro necesariamente a un escenario en el que el uso de tecnologías de reconocimiento facial, expresiones o incluso análisis de ondas cerebrales nos ubique en entornos de vigilancia y monitorización permanente? ¿Debe la formación incorporar ese tipo de tecnologías para facilitar una familiarización con ellas y un uso adecuado y conforme a unos estándares éticos? ¿Debemos las instituciones educativas a todos los niveles intentar preparar a nuestros alumnos para unos escenarios futuros que parecen cada vez más reales, más tangibles y más inevitables? ¿O debemos ignorarlos como si esa adopción tecnológica no estuviese teniendo lugar? ¿Existen alternativas?

 

IMAGE: Peter Lomas - CC0 Creative CommonsCon la rápida mejora de la tecnología de cámaras, del ancho de banda disponible para la transmisión y, sobre todo, de los algoritmos de reconocimiento de imágenes, la presencia de cámaras en todos los rincones de las ciudades se está normalizando cada vez más: combinada con los satélites y con las señales de los smartphones que llevamos en todo momento en el bolsillo, convierten el entorno en que vivimos en un escenario de vigilancia permanente.

Lo que inicialmente fue un modo de vigilar lugares concretos en los que podía cometerse delitos de manera recurrente, como bancos, hoy ha evolucionado para convertirse en enormes redes de vigilancia coordinada capaces de controlar la totalidad de nuestro recorrido por la ciudad, incluyendo cámaras en fachadas de domicilios particulares dotadas de algoritmos capaces de diferenciar personas de animales o cosas, o identificar caras concretas.

La tendencia, sin duda, puede observarse en su plenitud en muchas ciudades en China, convertida en el auténtico estado de la vigilancia total: más de 170 millones de cámaras exteriores están ya en uso, y se calcula que 400 millones más van a ser instaladas a lo largo de los próximos tres años, unidas a sistemas de cámaras portátiles en gafas utilizadas por la policía capaces de identificar a las personas que tengan delante. Obviamente, el control de semejante cantidad de cámaras no puede ser llevado a cabo manualmente, sino utilizando algoritmos capaces de reconocer personas y practicar seguimientos en función de criterios establecidos, algoritmos que se desarrollan para todo tipo de funciones como el control de las operaciones de una tienda, pero que terminan siendo ofrecidos a la policía.

¿Nos asusta la popularización y difusión de perspectivas como la de China? La evolución de China no termina en sus calles: la vigilancia se está adentrando ya en las escuelas, en las que las cámaras vigilan la actitud de los estudiantes, su nivel de atención o sus movimientos durante las clases, y llega incluso, en algunos casos como los militares, las cadenas de montaje o los conductores de trenes, a la monitorización de su actividad cerebral. La vigilancia constante, completamente normalizada y convertida en una característica de la vida de los ciudadanos, obligados a aceptar que están siendo observados en cada uno de los momentos de sus vidas, por algoritmos que capturan no solo sus desplazamientos, sino las personas con las que hablan o con las que se ven habitualmente. Algoritmos capaces de reconocer una pelea, un abrazo, un gesto, que unidos a los sistemas de calificación social, dan lugar a un sistema capaz de clasificar a los ciudadanos en función de su afinidad política, o incluso capaz de aislar a potenciales disidentes haciendo que el crédito social de aquellas personas con las que hablan descienda por el hecho de relacionarse con ellas.

Pero esa China convertida en escaparate de tendencias no es el único escenario de la vigilancia: en Newark, las cámaras instaladas en toda la ciudad ya no solo son utilizadas por la policía, sino que ha sido abiertas a cualquiera con una conexión a la red. Cualquiera puede conectarse y utilizar esas cámaras para controlar una zona, a una persona, o simplemente para curiosear, ver el tráfico o el ambiente. Un movimiento planteado para incrementar la transparencia, pero que ha generado alarmas por su posible uso por parte de acosadores o incluso ladrones, capaces ahora de controlar la actividad en una vivienda determinada desde la comodidad de sus casas. Países democráticos como el Reino Unido manifiestan también tendencias hacia el control total y dictan leyes de vigilancia extrema con la oposición de Naciones Unidas, de grupos de defensa de los derechos ciudadanos y activistas de la privacidad y de empresas tecnológicas, leyes que son posteriormente declaradas parcialmente ilegales, pero que claramente marcan una tendencia. En Barcelona, un movimiento encabezado desde el ayuntamiento pretende tomar control de los datos generados por las infraestructuras de la ciudad y pasar “de un modelo de capitalismo de vigilancia, donde los datos son opacos y no transparentes, a otro en el que los propios ciudadanos puedan tomar posesión de sus datos”, algo que afecta a la explotación de los datos de consumos, contaminación, ruido, etc., pero excluye el uso por motivos de seguridad o vigilancia.

Otro modelo relacionado con el uso de los datos es el de compañías privadas como la Palantir de Peter Thiel, capaces de acceder a enormes cantidades de datos y construir detalladísimos perfiles a partir de comportamientos tanto online como offline, o sospechosos habitualmente mencionados como Facebook, sobre cuyas actividades se han escrito infinidad de artículos. Frente a modelos distópicos como el de China o enfocados en la vigilancia obsesiva, como los que están surgiendo en países como Suecia derivados de las posibles amenazas terroristas, surgen grupos de asociaciones activistas generalmente norteamericanas como ACLU o la EFF, con campañas que intentan concienciar a la población sobre los excesos de una vigilancia o trazar estrategias para desmantelarla, o para convencer a una ciudadanía preocupada por su seguridad de que la vigilancia masiva no funciona ni funcionará nunca como arma para combatir el terrorismo.  Simplemente unas pocas asociaciones civiles, que obtienen sus fondos a través de campañas de donaciones públicas, contra una tendencia masiva a nivel internacional que llena de cámaras nuestras ciudades y utiliza algoritmos para reconocernos, seguir nuestros hábitos, ver por dónde nos movemos y qué hacemos habitualmente en nuestro día a día. Entender que la idea de “si no tengo nada que ocultar, no tengo nada que temer” es errónea, y debe ser sustituida en el imaginario colectivo por ideas más progresistas, más lógicas y que toleren el activismo, la voluntad de cambio o la protesta pacífica.

¿Es la transición hacia una sociedad en permanente vigilancia una transición inevitable? ¿Nos dirigimos indefectiblemente hacia un modelo orwelliano, hacia escenarios distópicos en los que todo lo que hacemos, todas nuestras actividades están permanentemente monitorizadas? ¿Dependemos únicamente de unas pocas asociaciones civiles para intentar detener esta evolución? ¿Estamos obligados a imaginar la sociedad del futuro como un escenario en el que todo lo que hagamos sea constante objeto de vigilancia? ¿Hay alternativas?

 

Google ClipsConfieso que este tema me tiene fascinado cuanto más leo sobre él: Google Clips es una cámara wearable, es decir, pensada no para sacarla del bolsillo y tomar un a fotografía – para esto ya está el smartphone – sino para ser llevada enganchada en algún lugar de la ropa o dejarla en algún punto concreto, y que vaya tomando fotografías animadas de hasta quince segundos de manera automática, como pequeños GIFs o live photos. Lógicamente, el dispositivo no se limita a ir tomando imágenes a intervalos prefijados, sino que utiliza algoritmos de machine learning para entender en qué momentos debe tomar esas fotografías, tratando de generar así un relato completo de la persona que la lleva encima. Según la compañía, “Clips busca imágenes estables y claras de personas, buenas expresiones faciales como alegría, reconoce también perros y gatos, y tiende a tener preferencia por cuando hay algún movimiento en la escena”. Es el concepto del lifestreaming, la vida que transcurre ante la cámara y es capturada por esta. No requiere una conexión de datos, ni una cuenta: simplemente toma imágenes en alta resolución, y las monta en un vídeo que puedes ver posteriormente en tu smartphone.

Algoritmos similares los hemos podido ver aplicados a otras cuestiones, como cámaras de seguridad inteligentes capaces de tomar imágenes únicamente cuando detectan movimiento o cuando capturan determinadas imágenes que le hemos solicitado previamente, pero no están diseñadas para ser llevadas encima, sino para ser ubicadas de manera razonablemente permanente en una localización determinada.

El producto puede ser adquirido en los Estados Unidos ($249 con envío gratuito en la tienda Google, en la que tienes que tener registrada una dirección en el país) desde el pasado 27 de febrero, y ya ha sido analizado por algunas publicaciones. El anuncio de su comercialización el pasado octubre hizo bajar el precio de las acciones de GoPro y generó bastantes comentarios, la mayoría en el sentido de considerarla “the new candid camera, la nueva “cámara oculta”, aunque en realidad no esté oculta y posea un piloto que permite saber a quienes están ante ella cuándo está tomando imágenes, aunque es más que posible que termines olvidándote completamente de ella. La cámara no es especialmente pequeña ni especialmente discreta, pero sin duda, evoca desde episodios de Black Mirror hasta libros o su correspondiente película dedicados a explorar las posibles consecuencias de un mundo en permanente retransmisión, entregado al concepto de transparencia total.

A estas alturas es perfectamente posible que el producto sea simplemente un experimento, una de esas líneas no exitosas que la compañía termina eliminando discretamente en alguna de sus Spring cleaning, o una forma de demostrar cómo de potentes son ya sus algoritmos de machine learning, pero me parece interesante reflexionar a qué tipo de mundo nos llevaría un producto así en caso de llegar a popularizarse, o qué puede pretender Google con ello. ¿Cómo te comportarías ante una persona que llevase colgada en su bolsillo una cámara como ésta, o que situase esa cámara apoyada en su clipstand en un punto que te incluyese? La popularización del smartphone con cámara ya ha hecho que muchos se planteen que viven en un mundo en el que todo el mundo lleva una cámara en el bolsillo, con todo lo que ellos conlleva: todo lo que hagas puede ser inmortalizado, capturado y compartido, sin que nadie se detenga a analizar las posibles consecuencias o la normativa legal que rodea a la captación o difusión de esas imágenes. ¿Qué ocurre cuando esa cámara, en lugar de simplemente ir alojada en el bolsillo y precisar de un gesto y una voluntariedad para capturar imágenes, vaya permanentemente encendida, preparada para hacer su trabajo, y provista de algoritmos capaces de decidir qué imágenes vale la pena capturar y cuáles no? ¿Nos acostumbraríamos a algo así y a sus consecuencias del mismo modo que hemos aceptado como inevitable la cámara del smartphone?

La vida es eso que transcurre mientras hacemos otras cosas. Revivirla como tal no es posible, e intentarlo mediante el recurso a fotografías o vídeos implica, en muchas ocasiones, hacer un esfuerzo consciente por capturarla, por obtener imágenes o vídeos que podamos utilizar posteriormente para evocar esos recuerdos, lo que habitualmente puede implicar vivirla de una manera que muchos consideran de inferior calidad: alguien que en lugar de centrarse en el momento que debería estar viviendo, se está preocupando por registrarlo en un dispositivo tiende a provocarnos reacciones negativas, aunque en muchos casos esas personas afirmen que su pasión es la fotografía o el vídeo y que disfrutan más así, entregados a ella. ¿Qué pasa cuando esa captación de imágenes para su evocación posterior se lleva a cabo de manera rutinaria, sin que el usuario tenga que hacer nada, y empezamos a aceptarlo simplemente como un hecho más, una característica de la vida cotidiana?

Es pronto para saber si un dispositivo de este tipo triunfará o no, si comenzaremos a verlo colgando del bolsillo de determinadas personas, si dará lugar a problemas o a situaciones imprevisibles derivadas de su protocolo de uso, si afectará a las normas de educación, o si el concepto será replicado por otros fabricantes para diseñar dispositivos mucho más pequeños o incluso intencionadamente ocultos, disimulados, difíciles de detectar. Pero que la tecnología permita crearlos es una de esas situaciones que nos puede llevar a plantearnos muchas cosas, a imaginarnos cómo podría cambiar nuestra vida si todos los momentos que vivimos en ella pudiesen estar siendo capturados no ya por una cámara en manos de un amigo o un familiar, sino por todas las que llevan aquellos que se cruzan con nosotros. ¿Qué cambios determinaría algo así en la sociedad en la que vivimos? ¿Podría un producto así y su eventual popularización determinar que viviésemos en un entorno en el que esas cámaras estuviesen presentes de manera ubicua, en el que lo normal cuando vas a casa de alguien es que haya varias cámaras apuntándote durante el aperitivo o la cena, para después compartir contigo un vídeo en modo “mira qué bien nos lo pasamos”? ¿Nos acostumbraremos a algo así y pasaremos a verlo com algo normal? ¿Cuántas cámaras a la vez captarían un momento como una boda, o cualquier otro que se considere adecuado para ser evocado posteriormente, y además, sin que las personas que las llevan encima siquiera se dieran cuenta en el momento?

Pensar en esa idea de “vida televisada” o en modo “captura permanente” requiere un esfuerzo de proyección, de imaginar las posibles consecuencias y los cambios que acarrearía en la forma que tenemos de entender muchas cosas. Muy pronto, posiblemente, para un producto recién lanzado que perfectamente podría quedar como una rareza, un experimento más, o incluso como una extravagancia o algo que genere rechazo. No pretendo hoy elucubrar sobre la posible popularización del producto, sino más bien plantearme qué ocurriría si lo tuviera. Después de todo, no deja de ser algo que hasta hace poco no era fácilmente planteable y que la tecnología ha convertido en sencillo, aparentemente además con buenos resultados. Y para eso, para especular sobre la tecnología y sus posibles efectos, es para lo que estamos aquí! :-)

 

Google ClipsConfieso que este tema me tiene fascinado cuanto más leo sobre él: Google Clips es una cámara wearable, es decir, pensada no para sacarla del bolsillo y tomar un a fotografía – para esto ya está el smartphone – sino para ser llevada enganchada en algún lugar de la ropa o dejarla en algún punto concreto, y que vaya tomando fotografías animadas de hasta quince segundos de manera automática, como pequeños GIFs o live photos. Lógicamente, el dispositivo no se limita a ir tomando imágenes a intervalos prefijados, sino que utiliza algoritmos de machine learning para entender en qué momentos debe tomar esas fotografías, tratando de generar así un relato completo de la persona que la lleva encima. Según la compañía, “Clips busca imágenes estables y claras de personas, buenas expresiones faciales como alegría, reconoce también perros y gatos, y tiende a tener preferencia por cuando hay algún movimiento en la escena”. Es el concepto del lifestreaming, la vida que transcurre ante la cámara y es capturada por esta. No requiere una conexión de datos, ni una cuenta: simplemente toma imágenes en alta resolución, y las monta en un vídeo que puedes ver posteriormente en tu smartphone.

Algoritmos similares los hemos podido ver aplicados a otras cuestiones, como cámaras de seguridad inteligentes capaces de tomar imágenes únicamente cuando detectan movimiento o cuando capturan determinadas imágenes que le hemos solicitado previamente, pero no están diseñadas para ser llevadas encima, sino para ser ubicadas de manera razonablemente permanente en una localización determinada.

El producto puede ser adquirido en los Estados Unidos ($249 con envío gratuito en la tienda Google, en la que tienes que tener registrada una dirección en el país) desde el pasado 27 de febrero, y ya ha sido analizado por algunas publicaciones. El anuncio de su comercialización el pasado octubre hizo bajar el precio de las acciones de GoPro y generó bastantes comentarios, la mayoría en el sentido de considerarla “the new candid camera, la nueva “cámara oculta”, aunque en realidad no esté oculta y posea un piloto que permite saber a quienes están ante ella cuándo está tomando imágenes, aunque es más que posible que termines olvidándote completamente de ella. La cámara no es especialmente pequeña ni especialmente discreta, pero sin duda, evoca desde episodios de Black Mirror hasta libros o su correspondiente película dedicados a explorar las posibles consecuencias de un mundo en permanente retransmisión, entregado al concepto de transparencia total.

A estas alturas es perfectamente posible que el producto sea simplemente un experimento, una de esas líneas no exitosas que la compañía termina eliminando discretamente en alguna de sus Spring cleaning, o una forma de demostrar cómo de potentes son ya sus algoritmos de machine learning, pero me parece interesante reflexionar a qué tipo de mundo nos llevaría un producto así en caso de llegar a popularizarse, o qué puede pretender Google con ello. ¿Cómo te comportarías ante una persona que llevase colgada en su bolsillo una cámara como ésta, o que situase esa cámara apoyada en su clipstand en un punto que te incluyese? La popularización del smartphone con cámara ya ha hecho que muchos se planteen que viven en un mundo en el que todo el mundo lleva una cámara en el bolsillo, con todo lo que ellos conlleva: todo lo que hagas puede ser inmortalizado, capturado y compartido, sin que nadie se detenga a analizar las posibles consecuencias o la normativa legal que rodea a la captación o difusión de esas imágenes. ¿Qué ocurre cuando esa cámara, en lugar de simplemente ir alojada en el bolsillo y precisar de un gesto y una voluntariedad para capturar imágenes, vaya permanentemente encendida, preparada para hacer su trabajo, y provista de algoritmos capaces de decidir qué imágenes vale la pena capturar y cuáles no? ¿Nos acostumbraríamos a algo así y a sus consecuencias del mismo modo que hemos aceptado como inevitable la cámara del smartphone?

La vida es eso que transcurre mientras hacemos otras cosas. Revivirla como tal no es posible, e intentarlo mediante el recurso a fotografías o vídeos implica, en muchas ocasiones, hacer un esfuerzo consciente por capturarla, por obtener imágenes o vídeos que podamos utilizar posteriormente para evocar esos recuerdos, lo que habitualmente puede implicar vivirla de una manera que muchos consideran de inferior calidad: alguien que en lugar de centrarse en el momento que debería estar viviendo, se está preocupando por registrarlo en un dispositivo tiende a provocarnos reacciones negativas, aunque en muchos casos esas personas afirmen que su pasión es la fotografía o el vídeo y que disfrutan más así, entregados a ella. ¿Qué pasa cuando esa captación de imágenes para su evocación posterior se lleva a cabo de manera rutinaria, sin que el usuario tenga que hacer nada, y empezamos a aceptarlo simplemente como un hecho más, una característica de la vida cotidiana?

Es pronto para saber si un dispositivo de este tipo triunfará o no, si comenzaremos a verlo colgando del bolsillo de determinadas personas, si dará lugar a problemas o a situaciones imprevisibles derivadas de su protocolo de uso, si afectará a las normas de educación, o si el concepto será replicado por otros fabricantes para diseñar dispositivos mucho más pequeños o incluso intencionadamente ocultos, disimulados, difíciles de detectar. Pero que la tecnología permita crearlos es una de esas situaciones que nos puede llevar a plantearnos muchas cosas, a imaginarnos cómo podría cambiar nuestra vida si todos los momentos que vivimos en ella pudiesen estar siendo capturados no ya por una cámara en manos de un amigo o un familiar, sino por todas las que llevan aquellos que se cruzan con nosotros. ¿Qué cambios determinaría algo así en la sociedad en la que vivimos? ¿Podría un producto así y su eventual popularización determinar que viviésemos en un entorno en el que esas cámaras estuviesen presentes de manera ubicua, en el que lo normal cuando vas a casa de alguien es que haya varias cámaras apuntándote durante el aperitivo o la cena, para después compartir contigo un vídeo en modo “mira qué bien nos lo pasamos”? ¿Nos acostumbraremos a algo así y pasaremos a verlo com algo normal? ¿Cuántas cámaras a la vez captarían un momento como una boda, o cualquier otro que se considere adecuado para ser evocado posteriormente, y además, sin que las personas que las llevan encima siquiera se dieran cuenta en el momento?

Pensar en esa idea de “vida televisada” o en modo “captura permanente” requiere un esfuerzo de proyección, de imaginar las posibles consecuencias y los cambios que acarrearía en la forma que tenemos de entender muchas cosas. Muy pronto, posiblemente, para un producto recién lanzado que perfectamente podría quedar como una rareza, un experimento más, o incluso como una extravagancia o algo que genere rechazo. No pretendo hoy elucubrar sobre la posible popularización del producto, sino más bien plantearme qué ocurriría si lo tuviera. Después de todo, no deja de ser algo que hasta hace poco no era fácilmente planteable y que la tecnología ha convertido en sencillo, aparentemente además con buenos resultados. Y para eso, para especular sobre la tecnología y sus posibles efectos, es para lo que estamos aquí! :-)

 

IMAGE: Tomislav Zivkovic - 123RFMi columna en El Español de esta semana se titula “Sonríe a la cámara” (pdf) y trata de hacer un paralelismo entre lo que supuso la incorporación de la cámara al teléfono móvil en el año 2000 (primero en Japón, dos años después en el resto del mundo) y el futuro que nos espera con la fortísima proliferación de cámaras en absolutamente todas partes que estamos experimentando.

Un estudio reciente calcula que en en el año 2022, en tan solo unos cinco años, el número de cámaras en el mundo alcanzará los 44 billones. El elemento central de esa fortísima proliferación es fundamentalmente el smartphone, que pasará de las dos o tres cámaras actuales a tener unas trece y ser capaz de mostrar vídeo en 360º y en formato tridimensional, pero también una tendencia a incorporar cámaras en prácticamente todas partes, incluso en una simple bombilla

Los grandes almacenes utilizarán cámaras desplegadas en toda la tienda para analizar nuestras expresiones faciales, procesarlas e intentar que compremos más cosas. Las ciudades instalarán más cámaras de monitorización a medida que su coste se abarata y su tamaño disminuye, siguiendo una tendencia que comenzó en el Reino Unido y que nos lleva a un momento en el que todo lo que hagamos en la vía pública sea recogido por alguna cámara. Nuestras casas se llenarán de cámaras capaces de identificar a sus ocupantes y actuar de maneras diferentes según se trate de personas o animales domésticos, convertidas en un electrodoméstico más.

Si el hecho de llevar una cámara encima en todo momento en el bolsillo cambió en muchos sentidos nuestros hábitos, ¿qué ocurrirá cuando nos acostumbremos a estar permanentemente rodeados de cámaras en todo momento, y cuando una tendencia como el lifecasting se haya convertido en algo prácticamente habitual para toda una generación? ¿Qué ocurrirá con la legislación de privacidad cuando la proliferación de cámaras en todas partes la convierta en algo inútil, obsoleto y de imposible cumplimiento? Buen momento para volver a ver aquel episodio de Black Mirror