En qué trabajaremos cuando se acabe el trabajo - El MundoRodrigo Terrasa, de El Mundo, me llamó para hablar sobre el futuro del trabajo, o más bien, sobre el futuro de un mundo en el que una parte cada vez mayor de los trabajos sean llevados a cabo por robots. Hoy, publica algunas de mis impresiones junto con la de otros investigadores y pensadores sobre el tema, en portada del suplemento Papel, bajo el título “En qué trabajaremos cuando se acabe el trabajo” (pdf).

La verdad del tema es que, en realidad, mi análisis nunca ha apuntado hacia ese supuesto “final del trabajo”. Soy un absoluto convencido de que la humanidad seguirá trabajando, o al menos, definiendo como trabajo algunas de sus actividades. Posiblemente no todas las personas, y sin duda, con una relación con esos trabajos completamente diferente a la que hemos tenido a lo largo del último período de la historia, pero perfectamente inteligible si la analizamos con una perspectiva temporal superior, más allá del período que comenzó con la revolución industrial. Trabajaremos en cosas que, seguramente, hoy costaría definir como trabajo y mucho más conseguir que fuese remunerado, pero que sin duda, aporta un valor importante. Trabajaremos sujetos a otro tipo de mentalidad: no tanto para la supervivencia, que muy posiblemente esté garantizada, sino para mejorar ese nivel, para permitirnos otras cosas, para posibilitar otras cuestiones.

Si te interesa, he escrito abundantemente sobre el tema utilizando esta etiqueta.

 

IMAGE: Enno Schmidt (CC BY)El director de ingeniería de Google, Ray Kurzweil, afirma en un evento que la renta básica universal o incondicional será una realidad en todo el mundo en un plazo aproximado de unos diez años, proporcionará a los ciudadanos un nivel económico muy razonable, y la principal preocupación girará en torno al significado y el propósito de nuestras vidas.

El interés de Kurzweil por el concepto no es en absoluto una novedad en su pensamiento, y coincide con las visiones expresadas por un amplio número de pensadores, fundadores y líderes de la industria tecnológica, que proponen modelos que van desde la financiación mediante impuestos a los que más tienen, hasta el reparto del superávit generado por el trabajo de las máquinas o por la explotación de recursos de diversos tipos. Otros afirman que la afinidad de los líderes de la industria tecnológica con el concepto de renta básica universal proviene únicamente del supuesto “sentimiento de culpa” por los efectos de la tecnología sobre el trabajo, y por la pérdida de puestos que de manera inexorable sigue a la adopción de algunas de sus propuestas a medida que se incrementa la eficiencia.

Los modelos económicos basados en la renta básica universal o incondicional tienen un problema de base: suponen un replanteamiento tan agresivo y radical del mundo que conocemos, que una gran mayoría de personas, cuando se aproximan a la idea, la descartan de manera superficial, en función de clichés o de objeciones primarias, sin llevar a cabo un análisis verdaderamente riguroso. La idea de un mundo en el que el trabajo es completamente voluntario, en el que trabajamos no porque lo necesitemos como tal sino porque queremos, o en el que podamos replantear conceptos claramente obsoletos, como la semana de cinco días para descansar dos, supone un desafío mental que choca con problemas de todo tipo, desde cuasi-religiosos (la idea de trabajo como una especia de “maldición bíblica” por la que hay que pasar necesariamente para “ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente”) hasta puramente motivacionales, que inciden en la extendida idea de un amplio segmento de la sociedad que no contribuye absolutamente a nada y que supuestamente se dedica a estar tirado y drogarse todo el día. Una imagen que no se ha dado en ninguna de las pruebas y ensayos de renta básica incondicional que se han llevado a cabo en diversos lugares del mundo, que vienen a demostrar más bien lo contrario: cuando una persona tiene solucionadas sus necesidades más básicas gracias a un pago incondicional, que no pierde aunque trabaje u obtenga más ingresos, esa situación genera un bienestar que permite plantearse muchas otras posibilidades, y terminan trabajando, en muchos casos, más, porque lo hacen en tareas que ellos mismos han escogido y con las que mantienen una relación completamente diferente.

La otra objeción más básica, la que cuestiona de dónde sale el dinero para pagar esa renta básica incondicional, hay que analizarla con respecto a su alternativa: las políticas de subsidios condicionados, que proponen unos ingresos que desaparecen cuando cambian las circunstancias, y que, por tanto, generan una situación de tasación excesiva, que es susceptible de desincentivar el trabajo o de favorecer la economía sumergida. En la práctica, no necesitamos financiar una renta básica, sino reinvertir mejor el dinero que se gasta en subsidios que pasan a ser asignados de una manera mucho más sencilla, sin práctica necesidad de infraestructuras de vigilancia, por un estado que prácticamente pasa a ser un sistema de gestión, sumamente automatizado, y controlado mediante sistemas de registro como blockchain para eliminar la corrupción.

Sobre este tema, he escrito y leído bastante recientemente, y de verdad recomiendo invertir un poco de trabajo para entender sus detalles, especificidades e implicaciones. Para mí, es una de las claves más claras del futuro que vamos a vivir en no mucho tiempo. No es sencillo, choca con muchos problemas aparentemente insolubles y requiere invertir mucha abstracción, mucho estudio y mucho trabajo para despejar sus interrogantes y sus mitos. Pero de una manera u otra, va a llegar, y va a terminar por sustituir a un modelo económico post-industrial actual que ya ha mostrado sus muchos e importantes problemas y limitaciones.

 

IMAGE: Ryoji Ikeda (CC BY SA)Los recientes escándalos en torno al uso de los datos personales de los usuarios, las reacciones de Facebook y de otras compañías para mejorar su forma de tratar los datos y tratar de retomar el control de la situación, unidos a la próxima entrada en vigor de la Directiva General de Protección de Datos (GDPR) en la Unión Europea, están trayendo una corriente de pensamiento significativa en torno a la vieja idea de los datos personales como nuevo petróleo, la posible regulación de aquellas compañías que los utilizan para su negocio, y los modelos económicos que puedan surgir a partir de este tipo de esquemas de explotación.

La idea, obviamente, se encuentra en una fase inicial ampliamente especulativa, pero resulta interesante como food for thought: ¿qué traería consigo una economía fundamentada en el reparto de los ingresos que pueden obtenerse a partir de los datos de las personas? ¿No supone, en cierto sentido, una referencia circular (el que vende un producto o servicio paga por utilizar unos datos personales para vender mejor, y el que compra paga gracias a la cesión de esos mismos datos personales) o, en realidad, una entelequia como tal, una forma de plantearse justificar algún tipo de renta básica incondicional en base a la explotación de un recurso? El caso del Fondo Permanente de Alaska, que reparte una parte de los ingresos del petróleo extraído en el subsuelo del estado con sus residentes en forma de pagos periódicos, es utilizado en muchos artículos como un elemento de inspiración, como un paralelismo entre un estado que reparte los ingresos de la explotación de un recurso con unos ciudadanos que son, en muchos sentidos, copropietarios del mismo. ¿Hasta dónde puede llegar la idea de que las compañías que se enriquecen con los datos personales de sus usuarios se vean obligadas a compartir una parte de las rentas generadas por el uso de esos datos con los legítimos propietarios de los mismos, dando lugar así a unos ingresos? ¿Puede basarse una economía digital en la propiedad pública o privada de los datos de las personas, y constituirse fondos que remuneran a esas personas en función del uso de sus datos y de la rentabilidad potencial extraída a partir de los mismos? ¿Estamos hablando, como sugiere Wired, de una nueva guerra fría derivada de los modelos de explotación de datos de las distintas economías y países?

¿Qué características tendría una economía de este tipo, suponiendo que fuese posible? ¿Cuántos recursos pueden extraerse de las compañías que hoy explotan nuestros datos de manera que hacerlo siguiesen representando un negocio razonablemente rentable, pero además, brindase una fuente de ingresos a los propietarios de esos datos, y una serie de alternativas u opciones de control sobre el uso que se lleva a cabo de esos datos? ¿Podríamos llegar a definir las violaciones de privacidad, o el simple hecho de recibir un anuncio al margen de la explotación que hemos autorizado de nuestros datos, como los nuevos tipos delictivos? ¿Quiénes serían los pobres y los ricos en una economía definida en función de esas variables? ¿Tendería ese sistema a la desigualdad – después de todo, podríamos considerar que los datos de una persona son susceptibles de valer más si su poder adquisitivo es más elevado – o a una ecualización progresiva de la sociedad? ¿Qué pasa si los usuarios pasan a tener control total sobre sus datos y toman decisiones en función de sus intereses, como cederlos a unas compañías sí y a otras no, al tiempo que participan de los ingresos generados por ellas? ¿Encontraríamos a “ricos” que no precisan de cesiones de sus datos y viven una vida plácida, no castigados por constantes impactos publicitarios, mientras otros, “pobres”, se ven obligados a aceptar un bombardeo permanente? ¿Y qué ocurre con alternativas como China, en las que es el estado el que tiene acceso a todos los datos y lo utiliza como parte de un sistema de control social?

La entrada de hoy es todo preguntas. sí. ¿Estamos empezando a especular sobre algo que podría terminar siendo la base de todo un nuevo sistema económico y social? Hasta el momento, algunas de las compañías más grandes del mundo lo son porque descubrieron una manera de explotar los datos de sus usuarios que podía brindarles cuantiosos ingresos: ¿es sostenible ese modelo, o estamos viendo, merced a los recientes escándalos, el final del mismo y la llegada de formas alternativas de control sobre la actividad de esas compañías? Y si fuese así, considerando que hablamos de un modelo económico, el de la explotación de los datos, que ha probado su capacidad de generación de ingresos millonarios…  ¿tiene sentido que pasemos a otro, presuntamente más avanzado, en el que esos ingresos revierten no solo en esas compañías y en sus accionistas, sino también en sus usuarios? ¿O es todo parte de un proceso de alucinación colectiva? ¿Cuánto hay de realidad posible en la idea de una economía basada en los datos y en su control?

 

IMAGE: IQoncept- 123RFConsultes las previsiones que consultes, pueden resultar espeluznantes según para quién las lea: se prevé que la llegada de los robots y la automatización inteligente elimine entre un 38% y un 50% de las tareas que hoy definimos como trabajos. Hablamos de trabajos de todo tipo: existen evidencias crecientes que apuntan a una sustitución a todos los niveles, no simplemente a las llamadas 4D (tareas aburridas, peligrosas, degradantes o sucias), y de un impacto que provocaría una redefinición en su conjunto de la sociedad que conocemos. A medida que los algoritmos aprenden a hacer cada vez más cosas y a hacerlas, además, con más eficiencia que los humanos en todos los sentidos (menor coste, más velocidad y menos errores), al tiempo que dejan de limitarse a tareas meramente repetitivas, parece claro que las sociedades del futuro tendrán que repensar y replantear completamente el concepto de trabajo si pretenden generar un panorama mínimamente sostenible en el tiempo.

La idea de diseñar impuestos especiales para los robots no parece, igualmente, demasiado sostenible: tasar la innovación puede provocar un desincentivo que posiblemente dilate algo en el tiempo su adopción, pero dista mucho de ser una tarea sencilla: calcular la función o el ratio de sustitución de robots a trabajadores no resulta en absoluto claro en cuanto la tecnología sigue avanzando, y rápidamente deja de tener sentido. Las evidencias históricas sugieren que tratar de detener el progreso de la tecnología nunca ha tenido ningún sentido ni ha resultado positivo para quienes lo intentan, y en un mundo fragmentado, sin acuerdos en este sentido y con grandes incentivos para quienes siguen desarrollando más allá de donde otros países se detienen, menos aún.

Pero ¿y si la respuesta estuviese, de nuevo, en la proyección de fenómenos de sustitución comparables que tuvieron lugar en períodos históricos anteriores? La rueda, el telar, el tractor o las neveras dejaron sin trabajo a muchas personas, pero posibilitaron nuevos modelos económicos que terminaron dando trabajo a muchas más. ¿Y si el desarrollo de la inteligencia artificial, en realidad, terminase creando muchos más puestos de trabajo de los que elimina, como postulan algunos estudios llevados a cabo por Gartner o permitiese que los trabajos existentes añadiesen más valor? Hace pocos días, comentaba lo que me gustarían que los algoritmos fuesen capaces de llevar a cabo no la totalidad mi trabajo, pero sí las partes del mismo que menos me enriquecen, que son más pesadas y me aportan menos. Desde hace mucho tiempo, hay partes de mi trabajo que sigo llevando a cabo yo porque no me veo subcontratándoselas a nadie, pero que me llevan a situaciones en las que siento que “muero por dentro” por tener que dedicar tiempo a ellas. La idea de que esas tareas desapareciesen y fuesen llevadas a cabo por un algoritmo que, además, las pudiese hacer de manera más rápida, más eficiente y con menos errores me resulta enormemente atractiva, y mucho más teniendo en cuenta que no tengo ningún problema a la hora de “llenar de sentido” esas horas liberadas: es más, durante toda mi vida profesional, mi problema nunca ha sido cómo llenar mis horas de trabajo, sino más bien cómo encontrar tiempo para hacer lo que realmente tenía ganas de hacer. El mayor problema a la hora de innovar no es la falta de ideas, sino la falta de tiempo para ponerlas en práctica: es difícil innovar cuando todas las horas que dedicas al trabajo están repletas de tareas que una máquina podría hacer de manera más eficiente que tú.

En ese sentido, me ha gustado el artículo de Per Bylund, pensador anarcocapitalista y profesor de Oklahoma State University, en Quartz: la automatización de los trabajos es la forma que la sociedad tiene de progresar, e intentar detenerla o dificultarla resulta, además, de imposible, completamente irresponsable. Según el artículo, si todo el mundo hubiese estado permanentemente agotado de trabajar en los campos, nadie habría tenido el tiempo necesario como para inventar el tractor. Por supuesto, la eliminación de determinados trabajos es susceptible de generar tensiones sociales: a nadie le gusta, por más que su trabajo no sea en realidad digno de ser realizado por una persona, o por mucho que sea aburrido, peligroso, degradante o sucio, que la posibilidad que tenía de obtener un sueldo todos los meses desaparezca, y si esa sustitución se lleva a cabo sin las adecuadas medidas, podemos estar hablando de una importante fuente de conflictividad social – a la que, además, resultaría muy sencillo encontrarle justificación.

El factor esencial, por tanto, para que la sociedad transite por una sustitución de personas por robots que parece completamente inevitable en un gran número de tareas y a la que negarse sería simplemente absurdo y anacrónico, podría estar en la cualificación y la reeducación de los trabajadores que sufren procesos de sustitución. En lugar de intentar, seguramente sin resultado, frenar la disrupción tecnológica para proteger a un pequeño número de trabajadores a expensas de beneficios para la gran mayoría, los legisladores deberían enfocarse en plantear más acciones para ayudar a aquellos que son desplazados a transitar exitosamente hacia nuevos empleos y ocupaciones que tengan sentido y sean susceptibles de seguir generando valor. ¿Es posible llevar a cabo estos procesos de una manera mínimamente realista, o hablamos de algo tan complejo e idealizado como la posibilidad de reconvertir a mineros o a taxistas, por citar dos profesiones en riesgo de inminente sustitución, en esos desarrolladores de software que todos prevén que van a ser necesarios? Según un documento de la Information Technology & Innovation Foundation (ITIF), los gobiernos deberían comprometerse activamente a abrazar la revolución tecnológica y la digitalización en lugar de intentar retrasar o contener sus efectos, y tratar de enfocarse en ayudar a los trabajadores desplazados a encontrar empleos en lugar de optar por soluciones como la creación de planes de subsidio o ayuda, o por el desarrollo de rentas básicas incondicionales.

La discusión en torno a la renta básica incondicional es ya un clásico en estos temas: mientras algunos afirman que su instauración reduciría el incentivo de los trabajadores para formarse o buscar nuevos empleos, ralentizaría el crecimiento económico y terminaría perjudicando a los trabajadores que pretendía ayudar, sus defensores afirman que además de ser necesaria para un futuro en el que nuestra relación con el trabajo se redefine completamente, permite que las personas planteen sus objetivos vitales en un entorno de libertad para elegir, sin verse presionados por la necesidad inmediata de obtener un salario. Al tiempo, redefinir el sistema educativo para posibilitar nuevos objetivos formativos relevantes para los mercados de trabajo y obtenidos de manera rápida y eficiente.

Las necesidades de la sociedad del futuro solo serán evidentes cuando lleguemos a ella. Mientras tanto, habrá que intentar que los emprendedores dispongan tanto de los medios de producción automatizados que la tecnología permita, como del capital humano necesario para ello, al tiempo que se facilitan posibilidades a los trabajadores de los puestos eliminados. Sin duda, la transición no será rápida, cómoda o fácil para nadie, pero los resultados podrían llevarnos a una nueva etapa, con planteamientos posiblemente más equilibrados que la actual.

 

¿Deben pagar impuestos los robots? - La Voz de GaliciaMaría Cedrón, de La Voz de Galicia, me llamó para hablar sobre la posibilidad de aplicar impuestos a los robots como supuesta forma de paliar el problema que supone un futuro en el que un número cada vez mayor de trabajos son sustituidos por máquinas, y ayer lo publicó en un reportaje titulado “¿Deben pagar impuestos los robots?

La aplicación de impuestos al trabajo realizado por robots es un tema que se ha comentado en numerosas ocasiones, la más reciente al hilo de unas declaraciones de Bill Gates al respecto el pasado febrero. Mi opinión sobre el tema es que se trata de un intento de aplicación simplista de un modelo conocido, pero que posee problemas fundamentales de diversos tipos.

El primero y fundamental es definir qué es un robot. El problema no es sencillo en absoluto: la primaria identificación de un robot con la imagen de un artefacto antropomórfico con brazos y piernas que supuestamente sustituye a un ser humano es directamente absurda, y no responde a la realidad de que, desde hace mucho tiempo, ya empleamos todo tipo de robots para sustituir muchos trabajos anteriormente realizados por personas. Y más allá de su pretendida “similitud” con el hombre, ¿debemos considerar como robots a los programas de software, y no solo al hardware? ¿Vamos a empezar, de manera retroactiva, a aplicar impuestos a las cadenas de montaje que desde hace décadas emplean muchísimas industrias? ¿A la ofimática? ¿A las aplicaciones de control numérico? ¿Cómo buscamos una equivalencia con el número de puestos de trabajo sustituidos? ¿A cuántos obreros sustituye la imprenta, altamente mecanizada, que imprime el periódico en el que se publica esta noticia? ¿Cómo debemos empezar la base de comparación? ¿Con obreros que supuestamente tuviesen que pintar las letras a mano? ¿O consideramos eso absurdo y parte del pasado, y comenzamos la comparación con los obreros encargados de confeccionar a mano las planchas con los caracteres de plomo de la linotipia, como se hacía a principios del siglo pasado? No existe una equivalencia robot-hombre, un ratio establecido, y si se pretendiese establecer, carecería de sentido en cuanto el robot experimentase una mejora e incrementase su eficiencia. Basta con este problema para darnos cuenta de que, en realidad, estamos hablando de un fenómeno mucho más complejo de lo que parece.

Pero existe un segundo problema, y es, si cabe, aún más básico: la racionalidad de la cuestión. ¿Tiene realmente lógica gravar con impuestos una actividad que, de por sí, ya lo estaba? Si una compañía emplea robots y obtiene con ello una competitividad superior y, en último término, más ingresos y beneficios, ese plus de beneficios estará lógicamente gravado con los correspondientes impuestos. ¿Debemos, además, volverlo a gravar porque esos beneficios se obtuvieron gracias al trabajo de robots? ¿Tiene sentido penalizar a quien emplea la tecnología para mejorar los procesos productivos? ¿A dónde nos llevaría una práctica así? ¿A poner, como decía el famoso anuncio de IBM de los años ’80, a obreros con cucharillas de café a cavar zanjas para así incrementar el número de puestos de trabajo ocupados por humanos, aunque esos trabajo no tengan ningún sentido?

A medida que añadimos un poco de sentido común a la ecuación robots + impuestos, nos vamos dando cada vez más cuenta de que no tiene ningún sentido, y es simplemente un intento de buscar correspondencias con un entorno tan desigual, que simplemente ya no las resiste. A medida que más robots se dedican a tareas que antes llevaban a cabo seres humanos, habrá que plantearnos que esto, en realidad, es lo que ha ocurrido siempre, y a nadie se le ocurrió la peregrina idea de desincentivarlo o castigarlo – aunque hubiese damnificados por ello y tuviesen menos red de protección social que la que tienen ahora. Lo que habrá que hacer es preocuparse de generar un entorno que posibilite que esos seres humanos encuentren otras cosas que hacer, protegerlos de la consecuencia inmediata de la pérdida del empleo, y tratar de proporcionarles opciones para que se desarrollen como personas.

A medida que progresa la tecnología y más trabajos de los que conocemos pierden sentido, más necesario es diseñar elementos que desacoplen la generación de riqueza del trabajo. En la sociedad del futuro, las personas trabajarán, pero lo harán de otra manera, en cuestiones que hoy seguramente no consideraríamos trabajo, y mantendrán con esos trabajos una relación completamente distinta a la que tenemos hoy: no se verán forzados a trabajar en cosas que no les gusten, sino que escogerán sus trabajos en función de otros criterios. La renta básica, sobre la que hemos escrito y discutido en múltiples ocasiones, se configura como una opción de administración de nuestras sociedades que ya no viene únicamente de la izquierda y del lógico intento de redistribución de la riqueza, sino también desde las ideologías liberales y la simplificación de los sistemas de ayuda y cobertura social.

Buscar ese tipo de soluciones y trabajar en las complejas soluciones que precisamos para su aplicación – problemas como la motivación, los flujos migratorios o la esencia e identidad de la persona – resulta mucho más productivo que pensar en “soluciones mágicas” esencialmente continuistas, cuando no directamente simplistas, como la de aplicar impuestos a la actividad de los robots. Ante una disrupción total de los elementos que consideramos durante generaciones fundamentales en la sociedad – la educación, el trabajo, los impuestos, la riqueza, etc. – las soluciones continuistas que pretendan consolidar los mismos elementos de siempre no van a servir. Habrá que buscar necesariamente replanteamientos mucho más radicales.