Self-driving (IMAGE: Waymo)Desde hace ya algunos años, la fecha del 2020 aparecía como un hito mágico, aparentemente decidido de manera arbitraria o como algún tipo de predicción caprichosa, en la que se situaba el momento de la popularización de la conducción autónoma, el momento en el que ser transportado por un vehículo sin un conductor humano sería visto como algo perfectamente normal, no en pruebas, en cada vez más ciudades del mundo. Esa predicción, ese escenario a tan pocos años vista, provocaba automáticamente la negación radical de todos aquellos que, incapaces de visualizar la exponencialidad del desarrollo tecnológico, afirmaban que no podía ser, que era imposible, que nunca llegarían a las rotondas de su pueblo o que situaban esos escenarios en torno al año 2050, por decir algo.

La realidad del desarrollo tecnológico y de las dinámicas competitivas, sin embargo, son tozudas. Estamos en 2018, y la pionera ciudad de Phoenix, Arizona, en la que el líder absoluto, Waymo, comenzó a circular con sus vehículos sin conductor de seguridad en noviembre de 2017 ya no está sola. Más de veinte ciudades norteamericanas, escogidas en función de la diversidad de sus condiciones, están desplegando estos vehículos, al tiempo que otras marcas desarrollan pruebas en otras ciudades del mundo. En Arizona, el servicio en pruebas ya está dando paso a un verdadero servicio de taxis de pago sin conductor, que empezará a funcionar en pocos meses. Pero al tiempo, tenemos a Yandex haciendo pruebas en Moscú, a Intel desplegándose en Jerusalén y cerrando acuerdos para 8 millones de vehículos con empresas automovilísticas europeas, a Drive.ai circulando también sin conductor de seguridad en Texas, a Apple ya con una flota de 55 vehículos en California, a Lyft en Las Vegas, o al MIT, que acaba de construir un vehículo capaz de conducir autónomamente en carreteras no mapeadas en entornos rurales.

Mención aparte merece China: además de los desarrollos de Alibaba y de Apollo, la plataforma abierta de Baidu, con más de 90 compañías colaboradoras, tenemos a Tencent con pruebas en Beijing, a Didi Chuxing ya autorizada para hacer pruebas de conducción autónoma en California, y a prácticamente todas las compañías tecnológicas chinas convertidas en compañías de conducción autónoma, como gran proyecto nacional destinado, junto con el despliegue de 5G, a aliviar dos de los grandes problemas del país: los niveles de contaminación y de congestión en las ciudades y carreteras.

Despliegues en múltiples ciudades de todo el mundo, un líder claro, una amplia variedad de competidores, negocios ya planteados en torno a la explotación de la tecnología, transporte no solo de personas sino de todo tipo de mercancías… la conducción autónoma ya no es el futuro, sino el presente. Algunos seguirán insistiendo en que son solo pruebas, en plazos absurdos o en la imposibilidad de cambiar la legislación, cuando la realidad es que cuando la tecnología demuestra ventajas inapelables, la legislación es siempre capaz de cambiar al ritmo necesario para acomodarla y lo que se da, precisamente, es una carrera para no quedar de último. Lo que queda son despliegues comerciales, competencia entre ciudades para atraer a inversores y empresas que conviertan la conducción autónoma en una realidad tangible, estudios de viabilidad en función de tamaños de ciudades y hábitos de la población, o luchas entre competidores para ver quién despliega qué y en dónde.

El futuro, sencillamente, ya está aquí, y toca ir teniéndolo en cuenta en toda estrategia empresarial que se precie y pueda ser afectada: logística, turismo, transporte, urbanismo… lo que se nos ocurra. Vayamos pensando en el siguiente reto.

 

IMAGE: RVLsoft - 123RFFacebook anuncia cambios en el tratamiento de los datos personales de sus usuarios, comenzando por el desarrollo de una página para que puedan gestionar su privacidad de manera supuestamente más sencilla y accesible, y siguiendo por la eliminación de un servicio, Partner Categories (pdf), que permitía la conexión de los datos de usuarios de la red social con servicios de datos externos en Alemania, Australia, Brasil, Francia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos para el desarrollo de campañas con criterios hipersegmentados en función de múltiples criterios.

Estos servicios permitían conectar los datos obtenidos de la actividad de un usuario dentro de Facebook con, por ejemplo, datos sociodemográficos o de comportamiento los obtenidos de programas de lealtad o de infinidad de bases de datos que recogen desde la propiedad de una casa hasta el historial crediticio, pasando por productos habituales en la lista de la compra o hábitos de distintos tipos. Este tipo de datos, procedentes de compañías específicamente dedicadas al data brokering como Acxiom, Epsilon, Experian u Oracle Data Cloud, entre otros, permitían a las compañías establecer criterios que, a la luz del escándalo de Cambridge Analytica, puede ser interpretados por muchos como excesivamente intrusivos o detallados.

¿Lo son? En realidad, estamos en lo de siempre: desde que el marketing se convirtió en lo que es hoy, la explotación de los datos del usuario ha sido una constante, tanto en la red como fuera de ella. Combinar distintas fuentes de datos ofrece, lógicamente, una imagen mucho más detallada y poliédrica de los usuarios, que puede ser utilizada, por tanto, para hacer un mejor análisis de sus posibles necesidades, intereses o comportamientos de compra. Nada especialmente negativo hasta que, lógicamente, se sobrepasan ciertos límites, que marca un sentido común que dentro de la industria, desgraciadamente, se ha vuelto muy poco común. Desde la revelación del escándalo de Cambridge Analytica, además, somos más conscientes – porque en realidad, saberlo como tal, ya lo sabíamos – de que esos datos pueden utilizarse para exponer a personas, en función de una segmentación finísima, a anuncios y campañas publicitarias que intenten sesgar su voto en unas elecciones hacia una opción determinada.

Según la apreciación de Facebook, ese tipo de servicio, a estas alturas y tras el reciente escándalo, podría llevar a que muchos usuarios se sintiesen incómodos con sus prácticas publicitarias, de manera que ha decidido anunciar su eliminación como parte de una campaña, de una forma de intentar limpiar su imagen y de mostrar una supuesta mayor sensibilidad hacia la privacidad. ¿Hablamos de un compromiso real, o de la misma mentalidad puramente estética que les ha llevado a cancelar la presentación de su smart speaker? ¿Qué lleva en realidad a Facebook a cancelar ese producto? ¿Un mayor compromiso con la privacidad, o simplemente anticipar que, en el estado actual de la imagen de la compañía, tratar de vender un dispositivo que se pone en el salón y que está permanentemente conectado a una empresa con esa reputación de explotación exhaustiva de nuestros datos personales no iba a ser sencillo? ¿Cancela Facebook el producto porque ahora, de repente, considera la privacidad un valor importante a proteger, o simplemente porque no lo iba a vender más que a quienes hubiesen pasado el último mes totalmente incomunicados y viviendo en una cueva? Del mismo modo, y como algunos ya han adelantado, ¿cancela Facebook sus Partner Categories porque se ha vuelto más consciente de la amenaza a la privacidad que pueden representar, o simplemente porque eran un servicio que no representaba demasiado en su cuenta de resultados pero cuya eliminación puede capitalizarse estéticamente, o porque, muy posiblemente, iba a ser necesariamente eliminado para cumplir con la directiva de protección de datos (GDPR) que entra en vigor en Europa el próximo 25 de mayo? 

La respuesta a la pregunta parece bastante obvia: como comenté en mi análisis del escándalo de Cambridge Analytica, el problema de Facebook no es el escándalo como tal, sino la constatación de que esas prácticas son, en realidad, en lo que consiste realmente el negocio de Facebook, la actividad que sostiene a la compañía en su conjunto. A partir del momento en que desarrollas toda una plataforma para que terceros puedan hacer marketing, ese marketing, por pura dinámica competitiva y en parte gracias a la propia actividad de Facebook para ofrecer cada vez “mejores” productos, se va a sofisticar hasta un nivel tal que llevará a esos usuarios a sentirse necesariamente incómodos, a verse como auténtico producto que es comprado y vendido por terceros. Esa es la impresión que cada vez más usuarios tienen, y que, en realidad, confirma lo que ya sabían desde hace mucho tiempo: que la idea de conectar a las personas es un simple pretexto para todo lo que viene después, desde anuncios insoportablemente segmentados y basados en datos que jamás pensaste que estarían a disposición de nadie, hasta intentos de sesgar tu voto en unas elecciones en función de sabe dios qué criterios e intereses.

Ese es, en realidad, el problema: que cuando preguntamos al usuario medio si confía en Facebook, cada vez son menos los que lo hacen, y ese resultado no es tanto por el escándalo de Cambridge Analytica como lo es porque, sencillamente, lo que saben de la actividad habitual de Facebook tiende a confirmar sus peores temores, y se convierte, además, en “una historia fácil de creer”. Que la totalidad de los datos que hemos entregado a Facebook estén ahí, en realidad, en función de contratos que hemos firmado con la compañía de manera más o menos consciente cada vez que instalamos alguno de sus productos tampoco ayuda a mejorar esta imagen. Y que las páginas incluso de los mismos medios que investigaron y denunciaron el affair de Cambridge Analytica tengan sus páginas completamente trufadas de trackers de Facebook, Google y muchos más, tampoco.

En este estado de cosas, las actitudes manifestadas por algunos personajes de la industria tecnológica, lógicamente, tampoco ayudan. Elon Musk, que desde hace muchos años ha mantenido relaciones complicadas con Mark Zuckerberg, decidió eliminar las páginas en Facebook de dos de sus compañías, Tesla y SpaceX, con sus más de cinco millones de seguidores, como resultado de un simple intercambio de mensajes a través de Twitter, y tras hacerlo, además, comentó que no solo nunca había comprado publicidad en Facebook ni pagado por ningún celebrity endorsement, sino que además, no le gustaba nada Facebook. El CEO de Apple, Tim Cook, también terció en el tema comentando que en su compañía, al contrario de lo que ocurría en Facebook, “sus clientes no eran el producto” (incidiendo en aquella carta publicada en septiembre de 2014), haciendo un llamamiento al desarrollo de regulación sobre privacidad, y afirmando que “Facebook debería haberse regulado a sí misma, pero que ahora era demasiado tarde para eso“.

Como en todo, este tipo de cuestiones tienen sus matices. Sí, Apple puede tener, indudablemente, prácticas que muchos considerarán más adecuadas con respecto a la privacidad y a la gestión de los datos personales de sus usuarios (prácticas que, de hecho, le complican en muchas ocasiones la atracción de talento en temas como machine learning), pero esto, en realidad, es debido fundamentalmente a la naturaleza de su negocio principal, el de la venta de hardware. En realidad, Apple ha tratado de desarrollar un negocio de venta de publicidad segmentada con su plataforma de publicidad móvil iAd, lanzada en 2010 y eliminada en 2016 tras muchos intentos de hacerla viable, lo que pone a la compañía, según algunos, en una situación de total hipocresía.

En la práctica, los problemas de Facebook con la privacidad son debidos no tanto a un escándalo o a un descuido, sino a la misma esencia de su negocio. Y peor aún, y lamento profundamente el fatalismo: son la prueba de que prácticamente cualquier negocio, si le ofrecemos la posibilidad de convertirse en dominante y de obtener incalculables beneficios gracias a unas prácticas determinadas que muchos podrían considerar poco recomendables, intentará aprovechar la oportunidad de hacerlo, sean las que sean esas prácticas. Posiblemente, a lo largo del tiempo, logremos alcanzar situaciones de equilibrio más adecuadas a todas las partes implicadas, pero esto va a depender de muchos factores, con sus escándalos y sus reacciones incluidas. Es, básicamente, lo que hay. Buena suerte con ello.

 

iPhone X: the attack of the clones

En la ilustración, siete móviles presentados o anunciados durante el Mobile World Congress 2018, tan solo unos meses después de la salida al mercado del iPhone X: todos ellos con pantalla infinita, todos ellos con notch,  todos ellos aspirando sea como sea a parecerse al iPhone X. Posiblemente, algunos de ellos tengan características muy interesantes: en algunos casos será el precio, en otros será la duración de la batería, en otros serán otros factores… pero prácticamente todos, salvo rarísimas excepciones, van a intentar parecerse al iPhone X.

Conseguir que se produzca de manera sistemática un fenómeno como el que refleja esta imagen es algo que está al alcance de muy pocos: como compañía o como analista, tienes que ser consciente de lo que significa. Esto lo escribí hace unos pocos meses, el pasado noviembre, coincidiendo con la salida del iPhone X, cuando hablaba de sus características diferenciales y de mi decisión de comprármelo a pesar de que mi smartphone anterior aún funcionaba perfectamente:

“El iPhone X es como el resto de los smartphones querrán ser dentro de pocos meses, pero ninguno lo logrará. Con el iPhone X, Apple ha vuelto a demostrar su verdadera dimensión.”

A eso precisamente me refería. Apple solo hay una, y cuando saca un nuevo modelo de lo que sea, el resto del mundo mira, observa, aprende… e intenta copiarlo. Intenta parecerse a todo lo que Apple ha dicho que va a convertirse en tendencia. Da lo mismo que la tendencia tenga sentido o que sea una simple manera de copiar un diseño que en poquísimo tiempo se ha convertido ya en icónico: lo importante es parecerse lo más posible al iPhone X, copiando si hace falta hasta el diseño del fondo de pantalla. Todo vale. Lo importante es demostrar que tu marca no ha perdido el tren. Y la salida de ese tren la marca quien la marca: Apple. Cuando ves un modelo de iPhone con elementos diferenciales, sea la pantalla infinita, la ausencia de botón o de jack de audio, las esquinas redondeadas, el desbloqueo facial o el notch, debes plantearte que estás viendo lo que en poco tiempo copiarán la gran mayoría del resto de marcas. Da igual que esas características sean una invención de Apple o no: quien las convierte en tendencia es quien es, y son muy pocas las marcas que se resisten a seguir la tendencia.

Como profesor de innovación, resulta fundamental entender y analizar este fenómeno: nada que ver con el hecho de ser o no un fanboy. Después, podremos plantearnos por qué Apple es la compañía más valiosa del mercado, o qué hace que sea capaz de ganar más de 1,400 dólares por segundo: son precisamente  estas cosas. Ni más ni menos que esto, la capacidad de definir cómo van a ser los smartphones a partir de que muestras el tuyo al mercado, la autoridad para definir las tendencias de diseño, de funcionalidad o las apuestas tecnológicas. La marca que consigue que todos los que fabrican un smartphone aspiren a parecerse al suyo cuando sean mayores. Lo demás… es anécdota.

 

IMAGE: Scanrail - 123RFApple imita el reciente movimiento de Amazon con JP Morgan y Berkshire Hathaway de crear servicios de salud para sus empleados, y anuncia el lanzamiento de clínicas propias en exclusiva para sus trabajadores, con el ánimo de proporcionarles “la mejor experiencia del mundo en el cuidado de la salud“.

El movimiento evidencia los enormes problemas de la sanidad norteamericana: si no trabajas para una compañía que pague tu seguro de salud, estás en un permanente riesgo de no poder afrontar los gastos que puede suponer cualquier enfermedad que suponga un tratamiento complejo o una hospitalización prolongada, una situación que genera una gran ansiedad a muchas personas. Conscientes de ello, los gigantes tecnológicos, obsesionados con la importancia de atraer y retener talento como forma de asegurar el éxito empresarial, han decidido tomar el toro por los cuernos y proponer sus propias soluciones, que convierten a sus trabajadores en una élite que vivirá al margen de ese tipo de problemas.

Más allá de no tener preocupaciones con respecto al cuidado de su salud, lo que Apple o Amazon parecen pretender puede tener más que ver, a poco que apliquen una filosofía coherente con sus principios, con el desarrollo de un genuino modelo de salud preventiva, con una manera de cambiar el enfoque que tenemos del cuidado de la salud. Las grandes compañías tecnológicas constituyen ya auténticos imperios, poseen espacio para decenas de miles de empleados en las mejores zonas de las ciudades, y ofrecen enormes ventajas, por ejemplo, a la hora de encontrar sitios donde vivir, con ofertas como adelantar el pago de alquileres para así tener mejores probabilidades con propietarios de viviendas. Cada día más, trabajar para una de estas compañías supone pertenecer a una élite, no solo en términos de sueldo, sino también en el de otros muchos detalles que hacen la vida del trabajador más sencilla.

Todos entendemos que el cuidado de la salud tiene mucho que mejorar: durante gran parte de la historia de la humanidad, la salud solo se ha protegido mediante intervenciones puntuales en el momento en que surgían los problemas. El planteamiento de una salud verdaderamente preventiva podría incluir muchos de los hábitos de monitorización que muchos de los trabajadores de estas compañías ya tienen, y coincidir con algunos de sus objetivos de futuro: Amazon es conocida por desarrollar servicios en función de sus necesidades que posteriormente abre a terceros para así lograr amortizarlos adecuadamente, y Apple lleva tiempo trabajando en dispositivos con un enfoque socio-sanitario, desde el mismísimo iPhone al Apple Watch, y otros aún no comercializados y presuntamente destinados a cuestiones como la medición no intrusiva de la glucemia. Ayer, aprovechando mi presencia en el MWC, aproveché pasa saludar a Ádám Csörghe, de WIWE, una compañía que fabrica un pequeño dispositivo del tamaño de una tarjeta de crédito que permite obtener un electrocardiograma completo de manera sencilla: cada día más, el cuidado de la salud se plantea como un trabajo de monitorización mediante dispositivos cada vez más baratos y sencillos, pero atender a esa monitorización y generación continua de datos es algo que, como ya comenté anteriormente en un artículo de Forbes, únicamente puede plantearse cuando el objetivo es de verdad cuidar de la salud de las personas, aunque ello implique ganar menos dinero o cambiar el perfil de los facultativos y profesionales de la salud.  Integrar este tipo de dispositivos en un sistema de monitorización de salud para sus empleados podría ser el embrión para ofrecer este tipo de servicios a aquellos interesados en pagar por ellos, mientras ofreces de paso a tus empleados formar parte de una élite que no necesita preocuparse de algo tan importante como el cuidado de su salud o el de sus familias.

Son muchas las compañías que deberían pensar en este tipo de cuestiones: que muchas empresas tecnológicas destaquen por su rentabilidad o por su capacidad de atraer y retener talento no es fruto de la casualidad, sino de una cuidada y trabajada mentalidad que pone a sus empleados en el centro y se preocupa de ellos incluso en las peores circunstancias. Una póliza de seguro de salud pagada por una compañía ya es de por sí un importante beneficio en cualquier país, pero si además, ese cuidado de la salud está gestionado por la propia compañía y se plantea como un servicio destinado a hacer más fácil la vida del empleado o a mejorar su salud, los beneficios son potencialmente mucho más elevados, y cuestiones como la privacidad pueden, presuntamente, pasar a un segundo plano. Por supuesto, este tipo de posibilidades podrían jugar un papel importantísimo a la hora de hacer que una persona mejore su productividad o se sienta más inclinada a preferir esa compañía frente a otras posibles ofertas.

Si quieres explorar el futuro de la salud, ya no tienes que mirar en planes gubernamentales o en aseguradoras que intentan maximizar su rentabilidad a base de escaquear coberturas para sus clientes, sino en compañías que de verdad pretenden cuidar de la salud de sus trabajadores como objetivo fundamental. Un realineamiento de objetivos que beneficia tanto a compañía como a trabajadores, y que nos lleva a todos a plantearnos cómo de privilegiados seríamos si nuestras compañías fuesen capaces de ofrecernos algo así.

 

Life killsVivimos tiempos exponenciales, y la mente humana es muy mala intentando proyectar o imaginar ese tipo de progresiones y sus consecuencias. Uno de los reflejos más claros de ese problema puede verse reflejado en la peligrosa corriente actual que imagina la tecnología como algo peligroso y nocivo, como un factor del que las personas tienen que protegerse sea como sea, para evitar sus potenciales efectos negativos.

La tecnología, algo cuyo desarrollo es inherente al género humano y que le permite definir en gran medida el entorno que le rodea, tratada de repente como si fuera algún tipo de sustancia nociva, como un alcaloide, como un problema, como algo a lo que debemos adherir rápidamente una etiqueta de advertencia, definir sus efectos secundarios, racionar su uso. Un grupo de accionistas de Apple escribe una carta abierta a la compañía, Think different about kids, en la que la conmina, desde la posición que otorgan dos mil millones de dólares en acciones, a rediseñar sus terminales para evitar los, según ellos, efectos perniciosos que provocan sobre los niños, y que van desde distracciones, hasta depresión o incluso un mayor riesgo de suicidio.

La compañía, como no puede ser de otra manera cuando las cosas surgen de esa manera, contesta proponiendo futuras mejoras en sus controles parentales, que permitan a los padres ejercer un nivel de granularidad superior sobre el uso que hacen sus hijos de sus smartphones. Otros, como Tristan Harris, comparan nuestros smartphones con máquinas tragaperras, afirman que ejercen sobre nosotros una atracción adictiva, y nos recomiendan poner su pantalla en modo escala de grises para, supuestamente, combatirlo, una solución cuyos efectos no parecen ser en absoluto concluyentes. Algunos llegan al punto de afirmar que herramientas como Facebook deberían regularse del mismo modo que se regula a la industria del tabaco. Otros estudios afirman que el tiempo de uso de internet se ha elevado desde las 3.3 horas semanales en el 2000, hasta las 17.6 actuales, y lo presentan como una evidencia de problemas que afectan a nuestra vida social y relaciones, o que los niños “adictos a sus smartphones” no son tan felices como los que practican deportes y se relacionan “en la vida real”. Vivimos, definitivamente, una época de resaca tecnológica, una de esas vueltas del péndulo que siguen habitualmente a las fases de adopción: un fenómeno que hemos vivido ya en otras ocasiones, pero del que no parece que nadie alcance a aprender nada.

Por favor, por favor, por favor… ¿podemos dejarnos de estupideces? Todo, absolutamente todo, es susceptible de provocar efectos negativos si se consume de manera excesiva. La frase es clara y de Shakespeare: “too much of a good thing”. El problema es que se aplica sin pensar, en base a estudios no concluyentes o no científicos, en función de percepciones individuales o de evidencias puramente anecdóticas. No, no es cierto que la tecnología actúe como una droga: a todos nos gusta recibir muchos “Likes” cuando publicamos algo, y sí, puede generarse algo similar a la dopamina en nuestro organismo, pero eso no es más adictivo que cuando te gusta llevar a cabo cualquier otra actividad, no tiene nada que ver con las alteraciones que provocan determinadas drogas, por mucho que el concepto pueda resonar razonablemente bien con nuestra experiencia. No, no hablamos de drogas, hablamos de factores que definen el entorno en que vivimos. Tratar factores que definen el entorno como si fueran drogas que precisan advertencias, pegatinas y precauciones es completamente absurdo, y supone una nueva exageración en la sobreprotección. Mi generación acabó harta de escuchar que veíamos demasiado la televisión y que eso nos convertiría en vete-tú-a-saber-qué… y aquí estamos. La tecnología no es el tabaco, y la adicción a la tecnología no ha sido aceptada, y con mucha razón, por ninguna asociación mínimamente seria de psicólogos. Dejemos de poner en la biología responsabilidades que nos corresponden a nosotros: si tu hijo se deprime, no será por culpa de que utilice mucho su smartphone: la culpa será mucho antes de unos padres que renunciaron a hablar con él, a educarlo o a interesarse por lo que hacía, y pensaron que era normal que el papel de los padres lo jugase un dispositivo o una tecnología.

El problema, nos pongamos como nos pongamos y seamos o no accionistas de Apple, no está en los dispositivos, ni en las redes sociales, ni en internet. Demonizar la tecnología es simplemente la última válvula de escape para quienes hacen las cosas mal. Por supuesto que el que un niño utilice su smartphone sin parar, sin hacer otra cosa y a todas horas, que no hable con sus padres durante la cena, que no llegue siquiera a mirar a la cara a sus abuelos cuando va de visita o que deje de salir a la calle o de hacer deporte para pasar más tiempo ante la pantalla es malo. ¿De verdad alguien necesitaba que se lo dijesen? ¿Cómo de imbécil hay que ser para no darse cuenta de ello? Pero el problema no está en el smartphone del niño, ni se soluciona poniéndolo en monocromo o creando más controles parentales: está en la educación. Los controles parentales solo sirven para que los padres abandonen su responsabilidad en favor de una casilla en un formulario. Repito lo que ya he comentado en muchísimas ocasiones: el smartphone tiene que ser administrado con sentido común, como cualquier otra cosa. Si nunca dejamos a nuestros hijos jugar a todas horas, comer dulces a todas horas o hacer muchísimas cosas sin control, ¿qué nos lleva a permitirles que utilicen el smartphone a todas horas sin ningún tipo de control? No, no son “nativos digitales”… si efectivamente saben más que sus padres sobre el uso de la tecnología, es simplemente porque sus padres no se han interesado lo suficiente en ella y han decidido comportarse como unos irresponsables, porque la tecnología como tal es extraordinariamente sencilla de utilizar.

Lo que los niños tienen que hacer no es pasar menos tiempo ante la pantalla, sino pasar más. Lo que ocurre es que el tiempo de pantalla no es unívoco, no todo el tiempo de pantalla es creado igual. No es lo mismo pasar tiempo ante la pantalla haciendo estupideces o jugando a juegos banales, que utilizarlo para cosas constructivas, para aprender o para desarrollar determinadas habilidades que pueden resultar clave en el futuro. Permitir que nuestros hijos utilicen redes sociales no es malo, pero no tener ni idea de lo que hacen en ellas, de con quién se relacionan o si de las usan como idiotas, sin control o en busca del “Like” a costa de lo que sea es una receta segura para terminar teniendo problemas de todo tipo. Por favor, ¿podemos actuar como adultos responsables, y no como imbéciles que necesitan etiquetas pegadas en todas partes previniéndolos de cuestiones obvias? El mayor peligro para los niños no es pasar mucho tiempo con un smartphone o en internet. El mayor peligro es no tener acceso a un smartphone o a internet, y no poder prepararse adecuadamente desde pequeños para el entorno en el que van a vivir.

Aún recuerdo la sensación que me produjo la primera vez que, en mi primer año de vida en los Estados Unidos, alguien vino a mi casa con una planta, una Flor de Pascua de brillantes hojas rojas, y en la maceta venía adherida una etiqueta de advertencia que decía “not for human consumption”. ¿De verdad alguien podía pensar que de alguna manera esa planta podía ser un alimento? ¿De verdad alguien había sido tan imbécil como para comérsela, había sufrido algún tipo de efecto secundario y había denunciado a la compañía que la vendía? ¿De verdad éramos tan idiotas como sociedad como para que esa etiqueta fuese necesaria? Estamos haciendo exactamente lo mismo: poner a Facebook, o a un smartphone, o a todo internet una etiqueta de precaución es, simplemente, evidenciar un fracaso como sociedad: somos demasiado idiotas como para entender lo obvio, como para controlar factores de nuestro entorno completamente ubicuos, omnipresentes y con muchas más ventajas potenciales que inconvenientes.

Pedir a Apple que, supuestamente por responsabilidad social corporativa, nos diga que sus smartphones son peligrosos y diseñe formas de que los niños los usen menos es una barbaridad. No, los smartphones no son peligrosos. Los que son peligrosos son los padres que carecen de sentido común, y sobre todo, los que pretenden que sean las empresas tecnológicas los que solucionen sus carencias, su ineptitud y su ausencia de responsabilidad a la hora de educar a sus hijos.

Vivir mata. Dentro de poco, alguien en su lecho de muerte denunciará a su gobierno, o a quien se le ponga en las narices, por no haber sido convenientemente advertido, y nos pegarán una etiqueta como esa en la frente para que lo tengamos presente. Y lo peor, alguien lo verá como un gran avance social y pensará que así estamos mejor. ¿Podemos, por favor, madurar como sociedad?