IMAGE: AppleCanalys publica estimaciones sobre las ventas del Apple Watch, un producto indudablemente exitoso – unos 3.5 millones de unidades vendidas tan solo en el segundo trimestre de 2018 – pero cuyas cifras reales de ventas han sido reportadas siempre por la compañía dentro de la categoría “Otros productos” junto con líneas como Apple TV, Beats, Airpods o HomePod, entre otros, lo que impide saber, más allá de estas estimaciones de mercado, el número real de unidades vendidas.

Las cifras de Canalys muestran una panorámica muy interesante, y habitual para los que seguimos regularmente a la compañía: la salida del producto en abril de 2015 marcó prácticamente el momento de la verdad para toda la categoría smartwatch, por supuesto no inventada por Apple, pero sí, como suele ser la metodología de la compañía, reinventada en torno a un cuidado diseño y unos casos de uso redefinidos.

En realidad, el concepto smartwatch llevaba dando vueltas en el mercado bastantes años sin ningún éxito hasta que una pequeña startup, Pebble, lo revolucionó lanzando un modelo en Kickstarter y demostrando que el mercado podía estar interesado en un concepto así. Antes de quedarse sin gasolina y terminar siendo adquirida por Fitbit, Pebble llegó a vender varios millones de smartwatches, y prácticamente dio origen a todo un segmento dentro de la electrónica de consumo. Sin embargo, el anuncio del Apple Watch en septiembre de 2014 detuvo prácticamente las ventas en ese segmento: el mercado en general decidió esperar al dispositivo de Apple, que no se puso a la venta hasta abril del año siguiente, y lo convirtió en líder absoluto de su mercado hasta alcanzar, en el año 2017, una cuota de más del 60% sobre las ventas del cuarto trimestre.

Mientras, Google repitió en ese segmento la estrategia que tan bien le había funcionado con Android: lanzó una plataforma, Android Wear, y la abrió a fabricantes para que la explotasen lanzando sus propios modelos, dando lugar a un vibrante ecosistema de relojes de todo tipo más o menos especializados. A lo largo del tiempo, distintas marcas han ido haciéndose hueco con posicionamientos variados, y a pesar de que, presumiblemente, el Apple Watch sigue representando una interesante categoría con un muy interesante margen para la marca de Cupertino, su cuota de mercado sobre ventas de dispositivos nuevos ha ido disminuyendo hasta situarse, en el segundo trimestre de 2018, en el 34%. La estrategia de Apple, en el caso de su último modelo, ha sido la de comercializarlo, en países como China o India, a través de operadoras, aprovechando su conectividad LTE, y de hecho, ha sido el modelo más vendido en el mercado asiático, con más de un cuarto de millón de unidades.

El patrón estratégico de Apple vuelve a ponerse de manifiesto: reinventar una categoría, marcar los estándares en ella, pero aceptar a partir de ahí su papel de marca que no es para todo el mundo, mientras otras compañías aprovechan el tirón de esa nueva categoría. El posicionamiento del Apple Watch es el que es: un modelo con nulas variaciones, únicamente en función de los materiales utilizados en su carcasa, y un precio que le permite mantener un margen muy interesante: en 2015, IHS calculaba que el Apple Watch más bajo de la gama, vendido por un precio de 350 dólares, tenía un coste de fabricación de alrededor de 84 dólares. Aún cuando algunas estimaciones posteriores consideraban ese estudio de IHS equivocado y situaban el coste en números más elevados, no cabe duda que la categoría brinda a Apple un importante margen de beneficio y, sobre todo, se convierte en un detalle más dentro del universo de integración que ofrece a sus usuarios, que no simplemente llevan el smartwatch en su muñeca, sino que además lo utilizan para cuestiones que van desde la estimación de su actividad física hasta el desbloqueo de sus ordenadores, tras desbloquear el propio reloj, en muchos casos, con sus iPhones.

La estrategia de mercado de Apple resulta, cuando mínimo, llamativa: mientras otras marcas se obsesionan con la cuota de mercado como indicador principal, Apple asume un papel en el que, claramente, una parte importante del mercado corresponderá a interesados en el concepto smartwatch que no accederán a sus productos, y que preferirán, por las razones que sean, productos de marcas que, en general, tienden a obtener márgenes muy inferiores, como es bien sabido que ocurre en otras categorías como los ordenadores o los smartphones. A partir de ahí, el futuro de la línea de productos depende de cuestiones como la integración  – la mayor parte de las ventas se producen a clientes que ya cuentan con otros dispositivos de la marca – y dependen fundamentalmente de la renovación de la línea con nuevos modelos. En el segundo trimestre de 2018 se estima que se han vendido unos 10 millones de smartwatches de los que Apple ha vendido 3.5, pero la marca, con esas cifras, está probablemente más que satisfecha, y de hecho probablemente anticipe una situación de equilibrio del mercado dentro de un tiempo en torno a una cuota de mercado aún más baja.

Por otro lado, pocos dudan ya que el smartwatch es el futuro del reloj: tras probarlo, la mayoría de los usuarios se acostumbran a funciones que van mucho más allá de simplemente ver la hora, funciones que echan sistemáticamente de menos cuando tratan de volver, por cuestiones que van desde lo estilístico hasta lo sentimental, a sus antiguos relojes, cuyas ventas siguen cayendo año tras año sin ninguna esperanza real de recuperación. Cuando te acostumbras a que el aparato que llevas en tu muñeca te avise de los correos electrónicos, monitorice tu actividad física, te permita pagar en una tienda o te proporcione recordatorios de todo tipo, no vuelves a mirar a los dumb watches de la misma manera, y lo normal es que estos pasen a vivir habitualmente dentro de un cajón. ¿Necesitamos un aparto más de electrónica de consumo adosado a nuestra muñeca? Posiblemente no, pero utilizarlo es muy cómodo para muchas cosas, y sin duda, tiende a convertirse rápidamente en un hábito, en una costumbre. Tan solo en el segundo trimestre de 2018, diez millones de personas han decidido poner un smartwatch en su muñeca, dando lugar a un mercado cada vez más consolidado, que muestra escasos síntomas de contracción, y en el que Apple, a pesar de su cuota de mercado descendente, se sigue manteniendo como la compañía que marca los estándares y las tendencias en él, con importantes picos de venta cada vez que lanza un nuevo modelo y con el resto de marcas mirando atentamente sus novedades. ¿Cuota de mercado? ¿Quién la necesita, cuando se puede tener un buen margen? Sin duda, un análisis estratégico interesante.

 

La UE multó a Google con $5000 millones por practicas ilegales de Denken Über

Finalmente la Unión Europea le aplicó a Google la multa que se esperaba hace tiempo por prácticas monopólicas ilegales, las 3 mismas razones que resumí en 2015 son las que la UE usa para aplicar esta multa.

¿Cuales son estas tres conductas ilegales? exigir la pre-instalación de Google Search y Google Chrome como prerequisito de acceso al Play Store (y por consiguiente al mercado de apps); pagos a operadoras móviles y fabricantes para que pre-instalen Google Search como app por defecto y ninguna otra; prohibir a fabricantes móviles que quieran instalar Play Store o Play Services vender “ni un solo equipo usando Android no aprobado por Google”

Y remontemonos a 14 años atrás, las razones por las que se culpó a Microsoft son conceptualmente las mismas que se usan hoy para multar a Google, reemplacen “Google Search” por “Windows Media Player” o “Google Chrome” por “Internet Explorer” o el pago a los OEM… conceptualmente es exactamente lo mismo.

Y sinceramente no puedo creer que en todos estos años el ecosistema tecnológico no haya aprendido nada y el mensaje de Sundar Pichai sea simplemente una forma de desviar la atención:

No. Dejenme decontruir este mensaje: la “wide choice” a la que se hace referencia es simplemente a modelos de teléfonos y eso no es elección… elección es poder elegir un S9+ con diferentes configuraciones de fábrica (sea en OS o en navegador) y poder desinstalarlo no simplemnte “desactivarlo” en segundo lugar la caída de precios no se da por “una competencia robusta” se da por una competencia en componentes de hardware y en gamas medias y es desigual en los ultimos 4 años… finalmente la innovación se da por la pelea de plataformas y una revolución de acceso, conectividad y cosas que tienen poco que ver con Android.

Ahora empezará la discusión sobre si Android es cerrado, si Apple es peor o si Clippy revivirá pero la realidad es que esto no se aplica a Apple porque al ser un ecosistema integrado no puede torcerle el brazo a fabricantes o terceros y porque si miran bien: Google le paga a Apple 3.000 millones de dólares al año para que Google Search sea el buscador preinstalado en iOS cerrando de esta manera su control sobre el duopolio que maneja el 98% del mercado de smartphones mundiales.

Volvemos a lo de siempre, podés ser un monopolio pero en cuando utilizar tácticas anticompetitivas se convierte en ilegal.

Android and band-aidLa comisaria europea de competencia, Margrethe Vestager ha comparecido en rueda de prensa para anunciar la multa más importante jamás impuesta por ese organismo, 4,340 millones de euros. Tras los casos de Google Shopping, que terminó con la imposición de una multa de 2,300 millones de euros, y el de la plataforma de publicidad AdSense, aún por decidir, ambos heredados de su predecesor, Joaquín Almunia, el de Android es el primer caso iniciado por la propia Vestager, y sin duda, va a marcar claramente las intenciones de la política europea en este sentido.

¿Dónde está el problema? Sencillamente, en la base del caso. Para imponer sanciones y buscar remedios a una situación que infrinja las leyes de la libre competencia tiene que darse un hecho fundamental: que exista un daño para alguno de los implicados. Las leyes antimonopolio no castigan de ninguna manera ni pueden castigar el éxito empresarial: hacerlo sería un completo contrasentido. Lo que penalizan es o bien el desarrollo de actividades que potencialmente impidan a un tercero la explotación de actividades competitivas, o bien el hecho de que exista un daño para alguno de los implicados, en este caso los desarrolladores de aplicaciones, los fabricantes de terminales o, en último término y más importante, los consumidores.

¿Ha provocado Google con Android algún daño a alguno de estos jugadores? Examinemos las tres condiciones del acuerdo de Android: la primera, el acuerdo de compatibilidad, que intenta que Android no se escinda con plataformas propias de cada fabricante incompatibles entre sí. ¿Obliga esta cláusula a algo a los fabricantes? No, porque el acuerdo no es obligatorio, los fabricantes pueden sencillamente no firmarlo, tomar la parte de Android que estimen oportuna, y crear una versión propia, como fue en su momento el caso de CyanogenMod, utilizado por varios fabricantes, o el de Amazon, que optó por generar su propia versión de sistema operativo para sus dispositivos como fork independiente creado a partir de Android. ¿Funciona? Por supuesto, pero genera incomodidad a los usuarios, que pasan a no tener garantías de si sus apps favoritas van a funcionar o no en ese entorno, y obliga en algunos casos a los creadores de apps a desarrollar versiones específicas para esos entornos.

Segunda condición: el acuerdo de distribución de aplicaciones móviles, que hace que los fabricantes que lo suscriban tengan que incluir once aplicaciones de Google en el sistema operativo, sin posibilidad de tomar tan solo parte del lote. De nuevo, una condición no obligatoria: los fabricantes pueden quedarse fuera del ecosistema Google si lo estiman oportuno, y yo he tenido, de hecho, dispositivos que no incluían esas apps. ¿Qué ocurre? Que los fabricantes tienden a optar por incluir esas apps, porque en general son buenas y los usuarios las quieren tener, y seguramente, si les suministran sus dispositivos sin ellas, se encontrarán o con que los usuarios los consideran menos atractivos, o con que simplemente transfieren el trabajo de instalarlas al usuario, lo cual no parece muy lógico – ni beneficia realmente a nadie.

La tercera condición es un acuerdo de reparto de beneficios: si el fabricante cumple los dos primeros puntos, obtendrá un porcentaje de los ingresos que generen esas aplicaciones de Google. Si decides cumplir las dos primeras condiciones, podrás optar a esa tercera.

¿Qué hemos obtenido a cambio? Sencillamente, una plataforma enormemente abierta, que ofrece a los fabricantes mucha libertad a la hora de tomar decisiones, que ofrece a los desarrolladores de apps una razonable coherencia y estabilidad – mucho menor que en el caso de iOS, pero gestionable – y un sistema que les permite monetizar sus creaciones – igualmente, menos controlado y riguroso que el gestionado por Apple, pero potencialmente con mayor importancia cuantitativa. Lo que obtenemos los usuarios está más que claro: una plataforma en la que se facilita la llegada al mercado de dispositivos en todas las gamas de precio, muchísimo más diversa que las que existían antes, muchísimo más accesible, con modelos que van desde precios próximos a los cien euros, hasta otros que se aproximan a los mil y rivalizan perfectamente en prestaciones con los mejores dispositivos de Apple. Un ecosistema dotado de un enorme dinamismo, que ha triunfado sin paliativos en el mercado, que ha favorecido una enorme expansión de la conectividad, y ha aproximado la movilidad a segmentos de usuarios que, antes de su desarrollo, solo podían mirarla de lejos. El vínculo de Android con la expansión de la conectividad a todos los niveles es absolutamente obvio, y no parece que Google haya aprovechado para imponer a su desarrollo o a su adopción ningún tipo de condiciones abusivas.

¿Dónde está el daño? Los usuarios, sin duda, están contentos con Android y lo adoptan hasta el punto de convertirlo en líder absoluto del mercado europeo y mundial. Los desarrolladores tienen una plataforma sobre la que ofrecer sus apps, y más de dos millones de ellos trabajan en Europa sistemáticamente sobre ella. Y los fabricantes obtienen un acuerdo cuyas cláusulas pueden ignorar, pero que si deciden cumplirlas, suponen, en general, ventajas de cara a su aproximación al mercado. Si ni los fabricantes, ni los desarrolladores, ni los usuarios sufren ningún daño aparente derivado del dominio de mercado de Android, y además, sus efectos positivos sobre la democratización de la conectividad son evidentes… ¿qué diablos intenta corregir Margrethe Vestager con su sanción récord? ¿Por que es récord? Si no se produce un daño… ¿cómo razonar que ese no-daño justifica una multa récord, más allá de ser un intento de demostración de fuerza que no genera otra cosa más que inseguridad jurídica? ¿Cómo justificar que la Unión Europea adquiera una reputación cada vez más sólida de ser un entorno hostil a la tecnología? ¿Beneficia eso a los usuarios europeos de alguna manera, convertidos en un páramo que ve desde lejos como los desarrolladores tecnológicos provienen cada vez más del mercado norteamericano o chino, sencillamente porque el entorno europeo no favorece su desarrollo?

Y peor aún: si Vestager consiguiese multar a Google… ¿en qué medida corrige esto el supuesto daño inflingido a la competencia? ¿Qué se va a pedir a Google para corregirlo? ¿Que genere un “Android for Europe” que incluya… qué? ¿La necesidad de que, tras adquirir un smartphone, los usuarios europeos tengan que pasar por una serie de pasos absurdos que, sin duda y de manera abrumadoramente mayoritaria, van a dar para “restaurarlo” y convertirlo en un terminal provisto de las apps de Google que desean tener? Estamos, sin duda, ante una de esas medidas políticas que deciden ignorar completamente las bases de toda legislación antimonopolio, que exista un daño al mercado o a la libre competencia, y siguiendo el camino mediático, el de la multa récord, el de la sanción arbitraria independientemente de los efectos sobre ese mercado. Un camino que no lleva absolutamente a ninguna parte.

 

Mobile OS share of market 2007La mensajería multiplataforma por excelencia, WhatsApp, anuncia el fin del soporte para sus versiones en BlackBerry OS y Windows Phone el próximo día 31 de diciembre, haciendo oficial lo que todos sabemos desde hace ya mucho tiempo: que las plataformas móviles se han convertido en un duopolio absoluto en el que Android posee una cuota de mercado estabilizada en torno al 80-90%, iOS entre el 10-20%, y el resto son simples errores de redondeo, completamente insignificantes.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? En octubre de 2007, Google adquirió Android, una compañía fundada por un Andy Rubin elevado a la categoría de visionario, y la convirtió en la mejor adquisición llevada a cabo por la compañía en toda su historia. La operación era una forma de posicionar a la compañía en un ecosistema smartphone cada vez más pujante, que con el lanzamiento del iPhone en enero de 2007 había redefinido los terminales para dejar de considerarlos simplemente “teléfonos móviles” y convertirlos en auténticos ordenadores de bolsillo con una gama cada vez más amplia de prestaciones.

El lanzamiento de la App Store en julio de 2008, con un total entonces de quinientas aplicaciones, seguida por el Android Market (hoy Google Play) en octubre del mismo año, nos dio una de las claves fundamentales del entonces naciente segmento: las apps. Si no tenías suficiente base de terminales instalada, los desarrolladores no encontrarían interesante crear aplicaciones para ellos, y los usuarios pasarían a ver con envidia a terminales de otras marcas capaces de utilizarlas. El movimiento pilló a BlackBerry completamente perdida y aún convencida de que el mercado de consumo era tan solo una distracción frente a un mercado corporativo que creían mucho más importante, y los tardíos intentos de Microsoft, tras el lanzamiento de Windows Phone a finales de 2010, de crear una Windows Phone Store y convencer a los desarrolladores para que creasen versiones de sus aplicaciones para ella resultaron completamente fallidos. Sin un suministro adecuado de aplicaciones, ambos sistemas operativos languidecieron, hasta anunciarse su cierre: BlackBerry anunció el fin de su BlackBerry OS en enero de 2013 y del soporte para el mismo en diciembre de ese mismo año, y se convirtió en un fabricante insignificante de dispositivos con sistema operativo Android, y Microsoft anunció el final de Windows Phone en enero de 2016 y terminó su soporte el 11 de julio de 2017, abandonando una línea que también se llevó por delante a la vieja Nokia y a la que aún no ha dado continuidad.

¿Qué cabe esperar en el futuro? Android ya es el sistema operativo más importante del mundo por delante de Windows, mientras iOS se mantiene razonablemente estable con una participación de mercado que marca un pico cada vez que la compañía lanza un nuevo modelo. La situación recuerda poderosamente lo ocurrido con el mundo de los ordenadores, que terminó por ser prácticamente un monocultivo con escasa contestación alternativa: hoy, Windows domina el mercado de ordenadores de sobremesa y portátiles con un 90.7% frente a un 5.9% de Mac OS y un 3.4% de Linux, una situación que lleva manteniéndose relativamente estable bastante tiempo. El dominio del mercado que ofrece el control de un sistema operativo y una tienda de aplicaciones se ha convertido en prácticamente insuperable, en una receta segura para la consolidación de un monopolio de facto, con todo lo que ello conlleva. Y mientras el mercado Android se convierte en una pelea continua entre fabricantes chinos y surcoreanos, Apple ha sabido consolidarse, a pesar de su relativamente escasa penetración de mercado, como la compañía con mayores márgenes y rentabilidad, hasappta el punto de convertirse en la empresa más valiosa del mercado bursátil y, en algunos sentidos, en la que marca las tendencias de adopción.

¿Es la concentración del mercado en torno a una opción una tendencia propia de la tecnología, o un patrón general común a todas las industrias? Todo indica que las externalidades de red tienden a jugar un papel más fuerte en los mercados tecnológicos que en otras industrias, pero dada la característica de la tecnología de extenderse a todo el resto de las industrias para formar una parte integrante cada vez más importante de prácticamente todos ellos, la cuestión no deja de tener su importancia, y de merecer una cierta reflexión. Visto con perspectiva, la adquisición de Android por unos estimados cincuenta millones de dólares fue, posiblemente, el movimiento más importante de la historia reciente de la tecnología, el que ha jugado un papel más importante en la definición del ecosistema que hoy conocemos, y el que más influencia puede llegar a tener en muchas cosas. A veces, son pequeñas decisiones, como la de IBM de otorgar a Microsoft el desarrollo del sistema operativo de sus PCs o esa conversación entre Andy Rubin y Larry Page que terminó con la adquisición de Android, las que de verdad definen el panorama tecnológico que conocemos. El resto, como suele decirse… es historia.

 

IMAGE: Sergiy Tryapitsyn - 123RFLos rumores que venían sonando desde hace algunas semanas se confirman, y Google anuncia un acuerdo con el fabricante taiwanés HTC en virtud del cual incorpora a su estructura a unos dos mil empleados de la compañía y cierra un acuerdo no exclusivo de uso de sus patentes, por un total de 1,100 millones de dólares.

El acuerdo no es, como tal, una adquisición, aunque afecta aproximadamente a la mitad de los trabajadores de la compañía: HTC, que suspendió ayer su cotización debido a la inestabilidad que estaban generando los rumores, mantiene su independencia como compañía, pero aligera notablemente una estructura plagada de problemas económicos, y dota a Google de una capacidad de investigación, desarrollo y fabricación de hardware muy importante al incorporar toda una división de un fabricante con el que ya tenía un importante historial de colaboración. De hecho, una buena parte de los empleados que ahora pasan a depender de Google ya trabajaban para desarrollos de la compañía, fundamentalmente smartphones o tablets de la línea Pixel que eran fabricados por HTC, pero vendidos con el logotipo de Google.

¿Qué lleva a Google a hacerse con una compañía de hardware, cuando no hace tanto, en 2011, invirtió nada menos que 12,500 millones de dólares para hacerse con Motorola Mobility, y la vendió rápidamente a Lenovo por 2,900 (sin el portfolio de patentes, que se quedaron en Google) para evitar tener problemas con otros fabricantes de terminales Android? Las razones parecen claras: en primer lugar, la adquisición de Motorola nunca correspondió a un interés por fabricar hardware, sino a una oportunidad que surgió para hacerse con una cartera sólida de patentes aplicables al entorno smartphone, sin las cuales la compañía podría haberse enfrentado a una buena cantidad de costosos litigios procedentes de una Apple que ya estaba, en aquel momento, peleando judicialmente contra Samsung. La amenaza en aquel momento era que una serie de desarrollos que surgieron originalmente de la adquisición de Android, Inc. en 2005, pero que no estaban protegidos por las correspondientes patentes, pudiesen ser objeto de denuncias relacionadas con la propiedad intelectual, un aspecto que Google, hasta entonces, no había considerado especialmente estratégico. La adquisición de Motorola posicionaba sólidamente a la compañía en ese entorno, pero sobre todo, evitaba una hipotética adquisición por un tercero con ánimo de litigar: la intención de Google siempre fue la de hacerse con aquel portfolio de patentes, nunca la de convertirse en un fabricante de hardware. Tras una breve colaboración, y tras ver cómo algunos fabricantes de terminales comenzaban a preocuparse por el acceso a novedades de Android que Motorola podría tener frente a ellos, Google vendió la compañía a Lenovo, como una manera de desprenderse de un problema y de asegurar que esos fabricantes alejarían sus tentaciones de lanzar modelos con otros sistemas operativos o con forks de Android.

¿Qué ha cambiado ahora? Todo indica que hemos pasado de la era del “hardware is hard”, de entender que el negocio es muy complejo, poco rentable, poco diferenciado y extraordinariamente competitivo, a una nueva situación en la que se entiende que el control completo del proceso es fundamental para una compañía que aspire a un liderazgo en el mundo de la tecnología. Google comenzó el pasado año a fabricar dispositivos de diversos tipos, algunos con notable éxito, y aspira a consolidarse como un competidor sólido en diversas categorías, entre las cuales están los dispositivos para la distribución de contenidos, como el Chromecast, los routers inalámbricos, los asistentes domésticos, las cámaras y termostatos, las gafas y dispositivos para realidad virtual o aumentada, y por supuesto, los smartphones, donde aspira a posicionar Pixel como un terminal competitivo que pueda hacer sombra a una Apple que, a día de hoy, marca toda la agenda de la industria.

El acuerdo debe todavía pasar por las autoridades anti-monopolio, y no se prevé que se considere completamente cerrado hasta principios de 2018. Todo indica que HTC mantendría su marca y se centraría en producir, por un lado, una gama mucho más reducida de smartphones y, por otro, en potenciar su línea de realidad virtual y aumentada, HTC Vive. Google, por su parte, pasará a potenciar su gama Pixel de una manera menos “subterránea y limitada” que como anteriormente hizo con Nexus, y planteará posicionarla como un líder en el que encontrar los últimos desarrollos de Android. Para Google, la idea de controlar la línea completa incluye, lógicamente, hacerse con una parte de los márgenes que hasta el momento no controlaba, y que quedaban en manos de los fabricantes de terminales.

La operación anunciada hoy podría marcar importantes consecuencias para el mercado smartphone. ¿Cómo serán las relaciones futuras entre los grandes fabricantes, como la surcoreana Samsung o los chinos Huawei, Oppo o Vivo? La reacción a la decisión de Google de convertirse en compañía de hardware y competir abiertamente en el mercado con sus propios modelos podría acarrear decisiones que llevasen a esas marcas a depender menos del sistema operativo de la compañía, a crear los suyos propios o a presentar forks de Android con identidad propia, lo que podría suponer una atomización aún mayor del mercado.

En muy pocos años, el hardware ha pasado de ser considerado una molesta commodity que otros deben fabricar, a convertirse en factor estratégico que es conveniente poseer y controlar si quieres ser competitivo. El hardware, como tantas otras cosas en tecnología, viene y va.