Picard facepalmUn grupo de grandes agencias publicitarias publica una carta abierta a Apple pidiendo que reconsidere los cambios en la gestión de las cookies que va a introducir en Safari 11, y acusando a la compañía de sabotaje, y escenificando una batalla entre la industria de la publicidad y las compañías tecnológicas, con los usuarios en el medio, en la que la única opción posible es que pierda.

La industria de la publicidad ha rizado ya demasiadas veces el rizo de lo absurdo como para seguir resultando mínimamente creíble. Intentemos hacer un análisis mínimamente objetivo de la situación: una serie de agencias protestan porque Apple, en su Safari, va a hacer… ¿qué, exactamente? Lo que Apple pretende es llevar a cabo una gestión proactiva de las cookies a la que han denominado “prevención inteligente del tracking“, que supone el desarrollo de una serie de algoritmos de machine learning destinados a identificar si una cookie proviene de una acción explícita y deseada por el usuario, como el hecho de utilizar la cuenta de Facebook, Google o Twitter para identificarse, o proviene de un sistema de tracking que las compañías utilizan para seguir la navegación de un usuario y administrarle publicidad. En los primeros casos, el uso de las cookies se permitirá, pero en el caso de aquellas cookies que no representen una opción escogida por el usuario, sino destinada al beneficio de terceros, se producirá un bloqueo o un borrado al cabo de un tiempo determinado.

¿Qué pretende Apple? Simplemente, proporcionar una experiencia de uso mejor a unos usuarios que están completamente hartos de ver cómo las agencias y los anunciantes les persiguen a lo largo y ancho de la web.  La publicidad se ha convertido en algo prácticamente obsesivo: entrar en TripAdvisor a ver hoteles en Roma puede significar que te pases quince días viendo en todas partes anuncios de hoteles en Roma, aunque ya lo hubieses reservado a la primera. La sensación de espionaje y de indiscreción es total: no son pocos los casos de personas que han sabido lo que su pareja les iba a regalar porque se han encontrado que el ordenador compartido “se obsesionaba misteriosamente” con publicidad de un producto o servicio determinado.

Apple, como Google, busca mejorar la experiencia de los usuarios de sus productos. En el caso de Google con el próximo bloqueador de publicidad de Chrome, hablamos sin duda de una cuestión polémica: que una compañía que vive en un porcentaje muy elevado de la publicidad, se dedique a sancionar qué publicidad es aceptable y cuál no lo es, con la obvia inmediata consecuencia de que toda la publicidad que provenga de la propia Google será etiquetada como adecuada y pasará sus filtros. E incluso así, la actitud de la mayoría de los usuarios al escuchar el tema es la que es: genial, que llegue ya ese bloqueador, y que se detenga el incesante bombardeo de formatos intrusiva, de intersticiales, de desplegables, de sonido y vídeo preactivado o incluso – por dios, aún existen, como a finales de los ’90 – de pop-ups o pop-unders. En el caso de Apple, el problema es aún menor: la compañía no solo no vive de la publicidad, sino que además, preconiza unas políticas de respeto a la privacidad y a la información del usuario que, por lo general, todos – menos las agencias de publicidad – tienden a aplaudir.

¿Qué ocurre, por tanto? Que los intereses de las compañías tecnológicas están perfectamente alineados con los de sus usuarios, y ambos se sitúan en el mismo bando para luchar contra “los malos”, unas agencias y anunciantes empeñadas en que se puede torturar al usuario y en que el fin de construir modelos de negocio viables en internet justifica cualquier tipo de medios. Atención a este párrafo de la carta de las agencias:

“The infrastructure of the modern internet depends on consistent and generally applicable standards for cookies, so digital companies can innovate to build content, services and advertising that are personalized for users and remember their visits. Apple’s Safari move breaks those standards and replaces them with an amorphous set of shifting rules that will hurt the user experience and sabotage the economic model for the internet.”

(La infraestructura moderna de Internet depende de estándares consistentes y generalmente aplicados para las cookies para que las empresas digitales puedan innovar para crear contenido, servicios y publicidad personalizados para los usuarios y recordar sus visitas. El movimiento de Apple con Safari rompe esos estándares y los reemplaza con un conjunto amorfo de reglas cambiantes que dañarán la experiencia del usuario y sabotearán el modelo económico para Internet.)

La respuesta de Apple, por supuesto, no tiene desperdicio:

“Ad tracking technology has become so pervasive that it is possible for ad tracking companies to recreate the majority of a person’s web browsing history. This information is collected without permission and is used for ad re-targeting, which is how ads follow people around the internet.”

(La tecnología de tracking de anuncios se ha vuelto tan ubicua, que ahora las compañías de seguimiento de anuncios pueden recrear la mayoría del historial de navegación de una persona, una información que se recopila sin permiso y que es utilizada para la segmentación y el re-targeting de anuncios, que es la forma en que esos anuncios persiguen a las personas en Internet.)

Tan sencillo como esto: aunque lo podáis hacer, no nos gusta que lo hagáis, nos parece una intromisión en la privacidad de las personas, y haremos todo lo que esté en nuestra mano para que no lo podáis seguir haciendo. Ahí queda eso. Y además, estamos seguros de que esas intenciones serán aplaudidas por la inmensa mayoría de los usuarios.

Desde hace mucho tiempo, la industria de la publicidad vive instalada en el realismo mágico: realmente cree que sus productos son buenos para el ecosistema, que los usuarios aplaudimos cuando un anuncio nos persigue y nos maravillamos de su habilidad tecnológica, y por supuesto, que los formatos intrusivos no solo no nos molestan, sino que nos regocijamos en su creatividad. Si ven un clickthrough elevado proveniente de una campaña con formatos desplegables o con vídeos con sonido preactivado, por supuesto pensarán que su derroche de ideas ha generado un gran interés en la marca, pero jamás que se trata, en realidad, de usuarios desesperados intentando cerrar el maldito anuncio o interrumpir el sonido mientras se acordaban de todos los familiares vivos y muertos del creativo y de la empresa de turno. Y no, no es una exageración: es que realmente lo creen.

Efectivamente, se puede ser así de idiota. Puedes conseguir que tus usuarios te odien, que las métricas que generen sean un desastre que te dedicas a malinterpretar, que tus clientes desperdicien el dinero en campañas absurdas infladas con cientos de miles de clics robóticos, que construyas una industria tan alambicada que ya nadie se entere de qué paga, a quién y para qué, y que hasta las compañías tecnológicas desarrollen maneras de proteger la experiencia de los usuarios. Y cuando esto ocurre, no piensas en cambiar tus métodos o en que, tal vez, el sentido que has dado al desarrollo de tu industria haya sido el equivocado. No, lo que piensas es que hay un sabotaje, una maniobra en tu contra, una confabulación para privar a los usuarios de esos anuncios que tanto disfrutan…

Tantos años de abuso, de irracionalidad, de persecución y de estupidez han alienado al usuario hasta el punto de que la publicidad se ha vuelto una plaga, una basura, algo de lo que hay que huir. Mientras en la industria, instalados en su realidad alternativa, creen ser altos, guapos, rubios y de ojos azules, el auténtico motor de internet, los usuarios los vemos en realidad como monstruos babosos, pesados, persistentes e insufribles de los que hay que huir como sea, e imaginamos una internet con otros principios. El crecimiento del uso de bloqueadores no es “una moda”: es pura justicia, el mayor boicot jamás visto en la historia. Algunos directivos en la industria de la publicidad necesitan un baño de realidad. Por favor, que avisen a que playa van a ir. Los usuarios procuraremos ir a otra.

 

IMAGE: Darko Vujic - 123RFDesde su lanzamiento el 1 de abril de 2004, los términos de servicio de Gmail, el servicio de correo electrónico de Google, estuvieron perfectamente claros: espacio prácticamente ilimitado, gestión cómoda y sencilla, buena búsqueda, y totalmente gratuito a cambio de que la compañía escanease de manera automática el contenido de los mensajes para insertar, a su derecha, publicidad personalizada.

En su momento, el lanzamiento de Gmail fue profundamente disruptivo: los correos electrónicos en la web hasta ese momento ofrecían únicamente dos o cuatro megabytes de capacidad, eran auténticas factorías constantes de spam y ofrecían una experiencia de usuario profundamente decepcionante… cuando Google, sin previo aviso, lanzó su correo con un gigabyte y un filtro anti-spam ya entonces espectacularmente bueno. A cambio de un servicio tan diferencialmente bueno, la compañía insertaba publicidad personalizada en función de los contenidos del mensaje: nadie leía tu correo, pero un algoritmo lo escaneaba y escogía en la base de datos de anunciantes que hubiesen optado por esa posibilidad, los anuncios que tenían sentido en función de su temática. La opción, que en su momento recibió numerosas críticas por lo que suponía de cara a la privacidad, ha sido una característica de Gmail desde sus inicios, la manera en la que Google trataba de financiar un producto así.

Ahora, tras trece años de funcionamiento, tras convertirse sin ninguna duda en la mejor forma de gestionar el correo electrónico y tras crecer hasta los 1,200 millones de usuarios en todo el mundo, Google ha decidido eliminar los anuncios en función del escaneado de nuestros correos electrónicos. El servicio seguirá conteniendo publicidad, pero los algoritmos de asignación de la misma se basarán en otra información personal que la compañía obtiene de sus usuarios en función de productos como sus búsquedas en la web o los vídeos que ve en YouTube. La razón oficial para eliminar esta práctica, según el anuncio de la compañía, parece ser el ascenso progresivo del número de clientes corporativos que pagan por el uso de Gmail como parte de G Suite, que no recibían publicidad por tratarse de un servicio de pago, pero que podían sentirse preocupados con esa práctica que veían en el uso de sus cuentas no corporativas.

Una supuesta inquietud que, curiosamente, nunca fue un obstáculo real a su adopción por parte de los usuarios y nunca llevó a la cancelación de la función en los años que el producto lleva en funcionamiento, lo que probablemente indica que la compañía, a lo largo de ese tiempo, ha podido comprobar que la eficacia de esos anuncios administrados en función del contenido del correo electrónico que estábamos leyendo debía ser sumamente baja, y por tanto, la relación coste-beneficio de mantener la práctica se convertía en negativa, y podía ahuyentar a posibles clientes interesados en la herramienta para un uso corporativo. Por otro lado, la decisión indica también una armonización en la manera en que funcionan los diferentes productos de la compañía, y un interés por mejorar su percepción en términos de respeto a la privacidad.

En sus más de trece años de funcionamiento, Gmail ha evolucionado desde su ya inicial posición de ventaja con respecto a otras ofertas para convertirse en uno de los mejores productos que existen, con una interfaz cada vez mejor, unos filtros anti-spam que mejoran día a día y que en muy contadas ocasiones te obligan a rescatar nada de la carpeta correspondiente, y con cada vez más sistemas pensados para hacer el uso más eficiente y que, claramente, corresponden al modelo de “nosotros mismos usamos este producto y eso hace que constantemente se nos ocurran maneras de mejorarlo”. Aún no he comenzado a utilizar las auto-respuestas de correo que Gmail propone mediante algoritmos de machine learning al final de cada mensaje (Smart Reply), pero sí he podido comprobar que, generalmente, tienen mucho sentido.

Desde hace muchos años, la gestión integral de mi correo, tanto personal como corporativo, tiene lugar a través de Gmail, y mi nivel de satisfacción no puede ser más elevado. Ahora, además, hay una razón más para utilizarlo: la controvertida práctica de escanear el contenido del correo de los usuarios para administrarles anuncios contextuales pasa a la historia.

 

AdpocalypseMi columna en El Español de esta semana se titula “El adpocalipsis” (pdf), y hace referencia a la decisión anunciada por Google de instalar un bloqueador de publicidad activado por defecto en Chrome, el navegador que utilizan habitualmente el 60% de los usuarios de la web.

La medida adoptada por Google viene tras la iniciativa de puesta en marcha de una coalición de agencias, anunciantes y soportes para estudiar los problemas de la publicidad, la Coalition for Better Ads, y tras financiar estudios durante tres años que vienen a demostrar lo que ya todos sabíamos: que hay formatos de publicidad como los pop-ups, los intersticiales que secuestran tu pantalla durante varios segundos, los anuncios con sonido o vídeo preactivados, los especialmente grandes, y todas sus correspondientes versiones en el entorno móvil, que resultan especialmente molestos, y que los usuarios no estamos dispuestos a seguir pasando por eso. Las evidencias son claras y algunos llevamos ya mucho tiempo avisando de ello: el crecimiento del fenómeno del ad-blocking es completamente imparable y ha pasado ya de los segmentos de usuarios más avanzados al gran público para rebasar en 2017 los 615 millones de dispositivos, el 11% del total de usuarios mundiales (con países y segmentos sociodemográficos que alcanzan o superan el 35%), y con un crecimiento superior al 30% durante el año 2016.

Hace ya mucho tiempo que extensiones como AdBlock Plus o sus correspondientes apps para smartphone figuran entre las más populares, y Google, cuya cifra de negocio depende en un 89% de la publicidad (79.38 miles de millones de dólares sobre un total de 89.46 en 2016) no podía permanecer al margen de algo así. La decisión es, básicamente, un intento por preservar la sostenibilidad del negocio publicitario en la web: si se quiere evitar que el ad-blocking se convierta en norma, es preciso purgar el sistema y echar fuera a los que llevan años abusando de él.

La decisión de Google no es nueva: hace ya bastantes años, en pleno frenesí del formato pop-up, la compañía decidió ofrecer una barra para bloquearlos, que durante un tiempo alcanzó una popularidad bastante elevada y se convirtió en el certificado de defunción para unos anuncios ahora completamente marginales. Ahora, la medida es bastante más drástica, y cuenta con el acuerdo de una amplia coalición de actores implicados. Por supuesto, no está exenta de polémica: la idea de que sea alguien cuyo negocio depende de la publicidad el que decida qué anuncios son aceptables y cuáles no lo son supone claramente un conflicto de intereses, pero todo indica que Google, que se dedica desde hace muchos años a monitorizar la web y a tratar de excluir de ella a quienes abusan del sistema, está en la posición adecuada para hacer un trabajo infinitamente mejor que esa IAB que lleva desde 1996 sin hacer absolutamente nada que mejore siquiera mínimamente la situación.

Obviamente, Google opina que sus formatos de publicidad son aceptables, y que si los bloqueadores crecen sin su intervención, será básicamente “un justo pagando por pecador”. Para evitarlo, hace ya mucho tiempo que paga a los principales bloqueadores para estar incluido en sus listas blancas, aunque los usuarios pueden, si lo desean, utilizar la herramienta para bloquearlos de todas maneras, una opción que seguramente no estará incluida en el bloqueador que lance a principios del próximo año. Tampoco se sabe si tomará la decisión de prohibir el acceso de otros bloqueadores a su plataforma, algo que sería complejo porque existen otros actores, como es el caso de Apple, que no lo han hecho ni planean hacerlo. De hecho, la marca de la manzana acaba de anunciar que pasará a bloquear de manera activa el retargeting, una técnica que resulta molesta para muchos usuarios que no quieren encontrarse anuncios de hoteles en París a todas horas y en todas partes tras haber hecho una simple búsqueda de un hotel en París.

El funcionamiento del mecanismo con el que Google pretende ofrecer alternativas a los soportes para paliar la pérdida de ingresos por anuncios bloqueados, Google Funding Choices, tampoco está especialmente claro, y se espera que desencadene una fuerte polémica. Todo indica que nos encontramos ante la llegada de una nueva era en publicidad: el fin de la estúpida idea de que era preciso molestar al usuario para obtener un impacto. Una idea simplista, absurda, insostenible, que con un poco de suerte, se convertirá pronto en un mal recuerdo. El bloqueador de publicidad de Google puede parecer un movimiento peligroso y que genera posibles conflictos de interés… pero la inmensa mayoría de los usuarios lo van a agradecer mucho.

 

Devices using adblock software on the open web - PageFair (Feb. 2017)

Un artículo de Guillermo Vega en El País titulado “Bloqueadores de anuncios: ¿el fin de internet?” (pdf), en el que me cita, confronta las perspectivas sobre la evolución de la publicidad en internet y el fenómeno del bloqueo por parte de los usuarios, lo que el gran Doc Searls ha llamado con razón “el mayor boicot en la historia de la humanidad“, con algunas perspectivas apocalíticas de varios de los actores implicados – y desde mi punto de vista parcialmente responsables – en la cuestión. La frase entrecomillada de la división española de la Interactive Advertising Bureau (IAB), que califica a los bloqueadores de publicidad como de “robo: simple y llanamente” es el más claro y cristalino exponente de la mentalidad y actitud equivocada, del tremendo error de percepción y ceguera que dan lugar al problema.

Según la mentalidad simplista de la IAB, se supone que todo usuario de internet está obligado, por el hecho de entrar en una página web, a aceptar los términos de un supuesto contrato draconiano en el que debe pagar por unos contenidos, y para ello tendrá que someterse a cualquier tipo de torturas decididas por el dueño de dicha página. Si no acepta someterse a esas torturas, está, según ellos, “robando”, lo que lo convierte en un “ladrón”. Es la misma mentalidad absurda que condenó a las discográficas a enfrentarse a varios años de crisis: nosotros contra los usuarios. El usuario “malvado”, responsable de todos los males y culpable hasta “de la desaparición de internet”. Ya solo falta la mención al “gratis total” y la petición de leyes sancionadoras.

Querida IAB: utilizo bloqueadores de anuncios desde hace mucho tiempo. No solo eso, sino que además, lo cuento en mis clases y conferencias, y animo a otros usuarios a que lo hagan. Los bloqueadores de anuncios son la única manera de evitar que una industria cortoplacista y estúpida arruine internet y lo convierta en un canal completamente insostenible. Es lo que pasa siempre: las industrias descubren un nuevo canal, y la tragedia de los comunes hace el resto. Comienzana  explotarlo como si no hubiera un mañana, desvinculadas de cualquier pensamiento mínimamente referido a la sostenibilidad, y al final, lo destrozan y lo convierten en un lugar maldito. La industria de la publicidad ha hecho lo mismo con todos los canales que ha ido descubriendo, y ha sido preciso ir creando normas para todos ellos: hubo una época en la que la venta a domicilio era algo normal y natural, parte de la rutina habitual de un hogar. Hoy, si alguien llama a tu puerta para intentar venderte algo, no abras bajo ningún concepto: puede ser desde un psicópata asesino, hasta un timador profesional. Hace años, el teléfono era una herramienta útil: hoy, si la llamada empieza preguntando tu nombre y apellidos, cuelga inmediatamente: no solo te consumirá tiempo absurdamente, sino que además te venderá algo que no necesitas, en ocasiones incluso confundiéndote para que lo compres y pagues aunque no lo quisieses. Lo mismo ocurrió con el correo electrónico: hace más de veinte años, el correo era una herramienta útil para comunicarse con otras personas; ahora es un montón de spam y basura variada. ¿La web? Lo mismo: la industria de la publicidad mantiene la misma mentalidad: vamos a explotar un recurso hasta convertirlo en completamente insostenible, y si alguien intenta evitarlo, decimos que “está robando”. El patrón es tan absolutamente repetitivo, que uno pensaría que nadie puede ser tan profundamente retardado como para no verlo. Pero ahí siguen, protestando e insultando a todo aquel que ose tener una mentalidad diferente a la suya, a todo aquel que pretenda oponerse a su idea de exprimir el recurso un poco más allá.

Por culpa de la mentalidad absurda de la IAB, de algunos anunciantes y de muchas agencias, me muevo por la red con una VPN, un bloqueador de anuncios y un software anti-trackers. Comparado con cuando empecé a utilizar internet, hoy me siento como moviéndome por una zona de guerra, y la principal responsable de ello es la industria de la publicidad y su mentalidad equivocada de que el usuario carece completamente de derechos y tiene que aceptar todo lo que le digan. “Como yo trabajo mucho para crear estos contenidos, tú tienes que aceptar mis términos si quieres leerlos”. Posiblemente, la mentalidad más estúpida del mundo después de la de “no te doy mis productos de ninguna forma lógica ni razonable, pero si los quieres conseguir tú por tu cuenta utilizando las herramientas que la tecnología te da, estás robando”.

Dentro de poco, los bloqueadores de publicidad no vendrán únicamente de compañías como la alemana Eye/O y similares: será incluso la propia Google la que los incorpore por defecto en sus herramientas. Una jugada que por un lado es profundamente conflictiva – te bloqueo la publicidad mala, pero la mía no porque es de la buena y eso lo decido yo – pero por otro, tampoco es nueva: fue esa misma Google la que, hace algunos años, tuvo que entrar igualmente como elefante en cacharrería para acabar con el fenómeno de los espantosos pop-up, que la industria y la IAB consideraba en su momento como algo “normal y aceptable”, simplemente “un formato más”. Que sea una empresa que vive en un porcentaje elevadísimo de la publicidad la que constituya una asociación para intentar lidiar con el problema y la que tenga que dar el paso de instalar un bloqueador de publicidad en los navegadores de sus usuarios prueba, una vez más, mi punto: muchos anunciantes, soportes, agencias, y sobre todo, la IAB, han perdido completamente el norte.

Relájese y tranquilícese todo el mundo: internet no va a morir porque los usuarios se instalen extensiones para bloquear la publicidad. Las compañías inteligentes, buscarán maneras de financiar su actividad que tengan sentido y que no conlleven supuestos contratos insostenibles. Los anunciantes que entiendan internet, dejarán de obsesionarse con las métricas erróneas, abandonarán la estúpida idea de que “la publicidad, si no molesta, no vende”, y optarán, aunque sea obligados, por una actitud lógica de respeto y no agresión. Los soportes entenderán que su valor no solo está en la información, sino en cuidar al usuario, mimarlo, respetarlo y trabajar con él, no contra él. No, los malos y los culpables de todo no somos los usuarios por instalarnos un bloqueador de publicidad, son ellos por no ver más allá de su ombligo y por olvidar toda concepción de sostenibilidad en su industria. Los anunciantes, las agencias y los soportes no son los dueños de internet. Internet es mucho más que idiotas ombliguistas empeñados en que el usuario tiene que soportarlo todo para acceder a sus contenidos. Esos idiotas, sencillamente, tienen dos opciones: cambiar su mentalidad y optar por contratos psicológicos con el usuario que tengan sentido, o morir. Y si no van a cambiar, por favor, que mueran lo antes posible.

 

IMAGE: Alfonso de Tomas - 123RF

Un interesantísimo paper, The future of ad blocking: an analytical framework and new techniques, revisa el estado actual de la guerra entre publicaciones y herramientas para el bloqueo de publicidad, y concluye que el futuro es favorable al desarrollo y consolidación del uso de estas herramientas.

El equipo, formado por tres profesores de Princeton y uno de Stanford, ha diseñado un bloqueador de publicidad basado no en la detección de marcas en el código de la página, sino en el examen del contenido, tomando ventaja de la obligación legal existente para las publicaciones de identificar claramente la publicidad frente al contenido. En efecto, examinar el contenido y detectar cuándo está identificado como publicidad es algo que un algoritmo de machine learning basado en la vision computerizada puede hacer con relativa facilidad, y a partir de ahí, todo se reduce a escoger un curso de acción adecuado.

Por el momento, los bloqueadores de publicidad se habían limitado a mantener una lista de elementos que debían ser bloqueados, lo que abría la posibilidad a que las publicaciones buscasen nuevas maneras de esconder sus anuncios de otra manera. El siguiente paso fue que los bloqueadores de anuncios recurriesen a los usuarios, que podían actualizar los filtros de publicidad simplemente denunciando cuando un anuncio había sido capaz de evadirlos de alguna manera. El rey absoluto de esta estrategia ha sido la alemana Eye/o con AdBlock Plus, de la que hemos hablado en numerosas ocasiones.

Diario de Navarra blocking the blockersA partir de ahí, las publicaciones se centraron en detectar la presencia de un ad-blocker: si este se encontraba presente, la publicación pasaba, a su vez, a presentar una pantalla de bloqueo, que impedía al usuario acceder a su contenido y le conminaba a desconectar su bloqueador (en esta fase se encuentran en la actualidad muchas publicaciones españolas y redes de diarios regionales, que tienden a encontrarse con que, cuando el usuario es confrontado con esta pantalla, simplemente se da la vuelta y busca leer las noticias en otro sitio.

Wired blocking the blockersEn otros casos, como el de Wired, se muestra al usuario una mezcla de bloqueo y petición, que sin embargo puede ser fácilmente evitada simplemente recargando la página. Otras publicaciones, como The Wall Street Journal, mantuvieron durante mucho tiempo una estrategia de “muro poroso” en el que simplemente bastaba con buscar el titular de la noticia en Google y hacer clic en la página de resultados para poder acceder a ella libremente, estrategia que ha sido recientemente eliminada por un bloqueo incondicional.

La evolución ante la estrategia de “block the blockers”, según estos autores, es muy sencilla: se trata de evitar que las publicaciones puedan detectar el uso del bloqueador. Para ello, basta con plantear una descarga falsa de la página que no es expuesta al usuario, y reconstruir la página sin publicidad a partir de esta. Con esta estrategia, las publicaciones seguirían detectando la descarga de sus anuncios aunque estos, en realidad, no alcanzarían su destino, los ojos del usuario, lo que se convertiría por tanto en un evidente engaño a los anunciantes. Es muy posible que la reacción de las publicaciones ante este tipo de técnicas fuese lenta, dado que resultan difíciles de probar y les permiten mantener ante sus anunciantes la ficción de que su publicidad sí es descargada mediante las métricas habituales, pero eventualmente, el uso de herramientas de este tipo terminaría por originar una quiebra en la confianza en el sistema: un escenario en el que miles de anunciantes pagan por unos anuncios que, en una cantidad creciente, no son vistos por nadie al otro lado de la pantalla no resulta, obviamente, sostenible a medio plazo.

Técnicamente, por tanto, los bloqueadores de anuncios las tienen todas consigo a la hora de vencer en esa guerra. La alternativa, por tanto, está en cambiar la mentalidad de los anunciantes para hacer que sus anuncios sean vistos como aceptables. Esto exige sustituir la actual obsesión por la visibilidad a toda costa o incluso la molestia persistente al usuario – que en su momento originó esta guerra – por actitudes mucho más respetuosas que permitan entender al usuario que la publicidad es fundamental a la hora de mantener las publicaciones que aprecia. Yo bloqueo la publicidad en todas las páginas que me muestran anuncios con sonido o vídeo preactivado, con extensibles, con anuncios a toda pantalla, con animaciones excesivas o con cualquier tipo de formato molesto, pero no me imagino bloqueando una página que simplemente me presente un patrocinio o un formato razonablemente discreto y no molesto. El problema es que demasiados directores de publicidad o marketing tienen una mentalidad basada en el “cuanto más moleste, más recuerdo generará” similar a la del imbécil de Burger King del que hablamos hace poco (y que, lejos de arrepentirse o disculparse, todavía llegó a modificar su anuncio para evadir el filtro de Google), llevando a que algunos pidan persecución legal y penas de cárcel para él invocando la Computer Fraud and Abuse Act, que prohibe el acceso a ordenadores ajenos sin autorización de su propietario), lo que hace difícil pensar en un propósito de enmienda.

Mientras la publicidad siga siendo una basura asquerosa, los usuarios seguiremos contando con tecnología que nos ayude a librarnos de ella de una manera u otra. El argumento de que eso daña a las publicaciones y las hace inviables es vano: siempre existirán canales para que la buena información llegue a los usuarios, sea mediante modelos de suscripción o simplemente generando otras maneras de que la publicación genere beneficios a quien la hace. Como usuario, no estás obligado a soportar una publicidad molesta para acceder a un contenido determinado: si el contrato no te convence, rómpelo y busca todas las herramientas a tu alcance para acceder al mismo contenido de otra manera. Si una publicación pretende obligarte a ver sus anuncios por encima de todo para acceder a su contenido, no le hagas caso: instálate el bloqueador adecuado o deja de acceder a ella, hasta que se dé cuenta de que su estrategia es inviable. Es la única forma de demostrar a anunciantes y soportes que su estrategia es insostenible.