IMAGE: FacebookLa combinación de realidad aumentada y publicidad ha sido ensayada en numerosas ocasiones: la posibilidad de observar algo a través de la pantalla de un smartphone o de algún otro tipo de dispositivo o gafas para obtener una combinación de la imagen real y otra virtual construida sobre ella es una tecnología que ha sido probada por muchas compañías, con resultados que, por lo general, no han servido para mucho más que generar una cierta curiosidad inicial, en lo que suponía, como mucho, una inversión en posicionamiento de la marca como afín a la tecnología, en brand awareness. En algunos casos, como el de Snapchat con sus filtros o lenses, sí han tenido cierto éxito entre su comunidad de usuarios – más de setenta millones de personas juegan con los filtros de Snapchat a diario – y han permitido modelos económicos basados, por ejemplo, en la esponsorización o, recientemente, el comercio electrónico, mediante la iniciativa denominada “Shoppable AR

De lo que hablamos ahora es no solo de la creciente popularización del uso de realidad aumentada en publicidad, sino además, de su adopción por algunos de los actores principales en el panorama de la red y el comercio electrónico, como Facebook, Amazon o Google, con la idea de crear anuncios en los que puedes virtualmente “probarte” un producto, es decir, verlo sobre tu cara o tu cuerpo.

Tras la experiencia de Snapchat, Facebook anuncia la puesta en marcha de un AR Studio para desarrolladores y de una primera serie de campañas con compañías como Michael Kors, una marca “amiga de la casa” que también fue la pionera en probar la publicidad en Instagram en noviembre de 2013. A lo largo del verano, según el anuncio, se incorporaría también Sephora, también amiga de la experimentación tecnológica, y algunas otras marcas, y se llevaría a cabo un despliegue que incluiría también a otras propiedades de la compañía, como Instagram. Google y Amazon, aparentemente, tienen también previstas agendas similares para ofrecer a sus anunciantes, lo que podría significar en breve una proliferación importante de este tipo de anuncios.

Por otro lado, resulta evidente para cualquiera que haya probado un filtro de Snapchat que la cuestión no es tan solo superponer una imagen a otra, sino además, obtener una imagen dinámica, que permita movimiento, que brinde una cierta experiencia al usuario, o incluso que posibilite una cierta “idealización” de las facciones o de la prenda o complemento, dando lugar a una imagen que resulte presuntamente más atractiva que la real – del mismo modo que la combinación de la iluminación y los espejos en los probadores de algunas tiendas ofrecen supuestamente una imagen más delgada o favorecedora.

Lo interesante del tema no es tanto el uso como tal, sino el planteamiento de añadir al uso ya conocido de tipo brand awareness para explorar otros ámbitos del marketing más próximos a etapas más avanzadas, más próximas al momento de la conversión. En lugar de servir únicamente para mejorar el recuerdo o la percepción de la marca, las nuevas iniciativas estarían pensadas para asistir en el proceso de compra, para potencialmente reducir la incertidumbre del usuario permitiéndole observar, por ejemplo, una imagen de su cara o su cuerpo con el producto superpuesto. Amazon ya se planteó iniciativas similares al hilo de sus marcas propias de moda mediante la adquisición de Body Labs, una aplicación que permite un escaneo del cuerpo mediante la webcam del ordenador o la cámara del móvil y que calcula la talla de la persona, lo que permitiría no solo que se plantease comprar con menor incertidumbre y posiblemente evitar una logística inversa de devoluciones siempre onerosa, sino incluso hipótesis como el ya citado uso de realidad aumentada para probarse productos, o incluso de una posible fabricación a medida.

Pronto en sus pantallas…

 

Paywall (SOURCE: Unknown)Que corren tiempos complicados para el periodismo en la web es algo que resulta evidente para cualquiera que conozca mínimamente la industria. La publicidad sigue inmersa en una crisis de identidad derivada de planteamientos equivocados de la que no ha logrado salir desde que Tim Berners-Lee inventó la WWW y a alguien se le ocurrió poner el primer banner, y ofrece rendimientos claramente descendentes en un contexto en el que gigantes como Google o Facebook se llevan porcentajes cada vez mayores de la tarta de ingresos, mientras anunciantes, agencias y soportes siguen aparentemente obsesionados con la idea de que “si no molesta, no funciona”.

La reacción a esta absurda disfuncionalidad es evidente: mientras algunos se afanan por intentar “arreglar” la publicidad, por el momento de manera infructuosa, el ad blocking crece sin pausa hasta ser utilizado por alrededor de un tercio de todos los usuarios del mundoy se convierte, a todos los efectos, en el mayor boicot de la historia de la humanidad. Mientras, un número creciente de publicaciones optan por modelos cerrados, por los llamados paywalls o muros de pago, una forma de intentar convencer a los usuarios de que opten por pagar una suscripción con el fin de poder acceder a unos contenidos que, en caso de no hacerlo, permanecerán supuestamente inaccesibles para ellos.

Los paywalls son, en realidad, una solución muy poco imaginativa de la que llevamos hablando ya demasiado tiempo, y siempre, inequívocamente, con el mismo resultado, una frase que dije hace muchísimo tiempo: si tu modelo de negocio se basa en impedir el acceso de los usuarios a un contenido, es mejor que vayas pensando en cambiar de modelo de negocio, porque los bits son libres. Si la función de un muro de pago es impedir que alguien acceda a un contenido, la respuesta, como veremos más adelante, es clara: no funcionan. Otra cosa es si el muro de pago se utiliza simplemente como una manera relativamente suave de disuadir a los usuarios para que, con sus suscripciones, colaboren al desarrollo de una iniciativa periodística determinada, porque valoran algunas de sus características diferenciales, su independencia, su línea editorial, su estilo, etc.

En el panorama internacional, los muros de pago son ya habituales: publicaciones como The New York Times, The Washington Post, Bloomberg, The Times, The Wall Street Journal, Wired o Financial Times, entre muchos otros, han optado por variadas versiones y combinaciones del muro de pago, desde la más simple y radical, el llamado “hard paywall”, que directamente impide el acceso a todos los contenidos sin ningún tipo de alternativa más que pagar la suscripción, hasta diversas opciones del conocido como “soft paywall” o “metered paywall”, que da acceso a un número determinado de noticias antes de cerrarse y requerir un pago. En España, todo indica que la escena va a cambiar sensiblemente en los próximos meses: tras el anuncio de La Vanguardia de que optará por un muro de pago en menos de un año, se prevé que diarios como El País o El Mundo opten también por un modelo similar más pronto que tarde, en una competencia por lograr el mayor número de suscriptores y superar lo antes posible la caída de relevancia que este paso suele suponer.

Obviamente, la instalación de un muro de pago supone un problema: si no permites que actores como Google indexen la totalidad de tus noticias, no simplemente un snippet o fragmento de las mismas, tu relevancia en la web cae de manera inmediata. Además, un porcentaje muy elevado de tus lectores, ante el obstáculo, optan simplemente por irse a leer la noticia en otra publicación, y te quedas, por tanto, únicamente con aquellos que consideran que tu publicación aporta un muy importante valor diferencial. Por otro lado, todo muro de pago excepto los totales tiene agujeros que los usuarios pueden explotar cuando pretenden acceder a una de tus noticias: su uso se vuelve relativamente incómodo si pretendes leer una gran cantidad de noticias en ese medio o hacerlo de manera regular, pero es perfectamente razonable para un uso esporádico. A continuación, los procedimientos para acceder a día de hoy a algunos medios populares dotados de paywall, que obviamente evolucionarán o cambiarán con el tiempo:

  • The New York Times, The Washington Post o Bloomberg: tan sencillo como eliminar las cookies que estos medios sitúan en tu ordenador para llevar la cuenta del número de artículos que te permiten leer. Simplemente lee, y cuando alcances el máximo, vete a tu navegador y elimina las cookies colocadas por el medio, que además suelen tener un nombre inequívoco al que se accede buscando en la lista de cookies aquellas que contienen una porción de su nombre. Una vez eliminadas las cookies, el contador vuelve a cero.
  • Financial Times o The Wall Street Journal: el paywall del primero impide acceder a los artículos y simplemente permite ver el titular en la página de la sección, el del segundo permite ver la página de la noticia, pero solo el titular y unas pocas líneas de la misma. Simplemente copia el titular, búscalo en Google, y haz clic en el primer resultado, el mismo del que venías: al entrar a través del buscador, podrás acceder a la noticia completa.
  • Wired: en este caso, borrar las cookies o entrar a través de Google no te servirá de nada: tendrás que copiar la URL de la noticia, abrir una ventana de incógnito y pegarla ahí, pero esa es toda la complicación.
  • Adicionalmente, hay algunos métodos que pueden resultar más cómodos, o que en ocasiones funcionan cuando otros fallan:
    • Outline.com: inserta “outline.com/” inmediatamente detrás del fragmento “https://” de la URL original del artículo protegido por el muro de pago, y espera a que el servicio genere la página correspondiente, o copia la totalidad de la URL y pégala en la caja que aparece en la página de Outline.com
    • Browser add-ons: prueba a instalarte plugins o add-ons para el navegador que utilices, tales como Bypass Paywalls (para Firefox), Browse Unlimited (para Chrome) o cualquiera de los que aparecen cuando buscas “paywall” en el repositorio de add-ons, con las precauciones habituales en estos temas.

¿Es ético saltarse un muro de pago? Hacerlo plantea una disyuntiva muy similar a la de instalarse un bloqueador de publicidad: obviamente, sabes que al hacerlo, perjudicas la viabilidad del medio que estás leyendo, pero por otro lado, estás planteando a ese medio que por ese camino, no van a ningún sitio, o al menos, no contigo. ¿Debe ser todo gratis en internet? Por supuesto que no, pero los modelos de pago, para que funcionen, deben plantearse de la manera adecuada y con una propuesta de valor inequívoca. En este momento, lo más lógico es crear propuestas informativas que representen para el usuario un valor lo más único posible, para que sea ese usuario el que, interesado por la sostenibilidad de ese medio, opte por suscribirse o por aceptar sus anuncios.

Si tu medio es, en realidad, un copia y pega de noticias de agencia que el usuario puede encontrar sin demasiados problemas en otro sitio, o uno más en una pléyade de publicaciones similares, lo tendrás complicado para convencer a esos usuarios de que paguen por tu información. Si, por el contrario, estás siendo capaz de aportar un valor añadido único, la calidad de tu periodismo te lleva a encontrar antes que otros noticias importantes o que provocan cambios, o tienes lectores que, más que lectores pasivos, son “seguidores” o incluso fans dispuestos a apoyarte, lo tendrás mucho mejor. También depende, obviamente, de la proporción: si eres un medio con audiencia internacional, respetado, una referencia, es muy posible que la pérdida de lectores debida al paywall y la resultante disminución de ingresos debida al menor número de impresiones publicitarias compense merced a los ingresos que te proporcionarán los pagos por suscripción… pero hacer cuadrar esos números en publicaciones más pequeñas puede resultar bastante más complicado. Así que sobre todo, no lo olvides: independientemente de lo que tu muro de pago pretenda, salvo que decidas cerrarte radicalmente y perder tanto visitas como relevancia, ese muro de pago se podrá burlar, con todo lo que ello conlleva. No juegues a intentar impedir el acceso, juega a proponer algo diferente. Y sobre todo, sé educado y ten la paciencia de esperar a que tus usuarios lo entiendan.

 

IMAGE: Janajech - Creative Commons BY SADos artículos largos muy recomendables hablan sobre la evolución de la publicidad en la red y cómo pasó de ser una actividad que meramente trasladaba el negocio del papel a la pantalla, y pasó a ser el dominio de la matemática, la estadística y la analítica. Por un lado, Adrianne Jeffries incide en el origen de la publicidad programática, la que a día de hoy crece de manera más pronunciada en prácticamente todos los mercados, y su origen por parte de Right Media en 2005, en How to succeed in advertising (and transform the internet while you’re at it). Por el otro, Ken Auletta describe en How The Math Men overthrew The Mad Men o detallando cómo los “math men” destronaron a los “Mad Men” e incide en el cambio de los perfiles requeridos para trabajar en una industria a la que la transformación digital ha llegado decididamente para quedarse – con todo lo que ello conlleva. Me han parecido lecturas imprescindibles para cualquier que aspire a entender tanto el panorama de la publicidad en la red, como para quienes busquen referencias para anticipar el efecto de la automatización, la algoritmia y el machine learning sobre cualquier industria.

¿Cómo se decidía, hace algunos años, el mix de medios en los que se programaba una campaña? Básicamente se dependía de agencias de medios. Una industria con una marcada tendencia a la opacidad y la ocultación de información, que no solo vive de la intermediación entre anunciantes y soportes, sino que además, lo hace infringiendo una de las reglas fundamentales de la teoría de agencia: además de hacer una labor de agente supuestamente a favor del anunciante, las agencias también cierran acuerdos con las publicaciones, a las que demandan el pago de extratipos o comisiones por volumen, lo que impide que esa labor de intermediación tenga lugar en términos transparentes. Bajo unas condiciones así, el anunciante nunca puede saber si los medios que la agencia le recomienda son los que realmente convienen para exponer su mensaje al segmento al que debe llegar, o si simplemente la agencia, como ocurre en algunos casos, se limita a recomendarle los medios que le ofrecen un extratipo más elevado, una mejor comisión.

¿En qué se ha convertido, en un número creciente de casos, esa actividad? En un proceso, la compra programática, en el que la intervención humana se reduce únicamente a la determinación del target y de una serie de restricciones, mientras la plataforma ofrece oportunidades de compra y las asigna en función de una subasta en tiempo real. En una sola generación de desarrollo algorítmico, las personas hemos pasado a ser relativamente prescindibles en el flujo productivo de la industria publicitaria, en las decisiones del día a día del tipo “lancemos esta campaña aquí o allí”, y muchos de los procesos han pasado a depender únicamente de la interacción entre anunciantes y soportes dentro de una plataforma publicitaria.

Sin embargo, esto no ha determinado ningún tipo de éxodo o apocalipsis: la transformación se ha dado de una manera razonablemente ordenada, las compañías han ido incorporando – en la mayoría de los casos – o formando – en menor medida – los perfiles que necesitaban, se han creado nuevos puestos, y se ha reducido el papel de algunos intermediarios que, en el nuevo contexto, ya no aportaban valor ni valían en absoluto lo que pretendían cobrar. Esos intermediarios no han desaparecido, y se mantienen básicamente gracias a los hábitos de anunciantes que aún no se han dado cuenta o ha entendido que el mundo ha cambiado, que simplemente no quieren complicaciones ni riesgos de ningún tipo, o que prefieren sacrificar margen a perder familiaridad con los procesos de negocio que han conocido durante toda su vida profesional. Han surgido nuevos intermediarios, no todos transparentes ni honestos, que van desde los que controlan flujos de tráfico hasta los que lo fabrican, lo falsean y lo venden, y la industria, sencillamente, ha cambiado hasta el punto de que si alguien que trabajase en la publicidad durante la primera década del siglo fuese descongelado en la segunda, seguramente tendría graves problemas para desempeñar su actividad, y se encontraría con que sus habilidades ahora cuentan bastante poco.

Una metáfora interesante para las industrias en reconversión de la mano de la transformación digital: los mercados son muy grandes, hay muchos participantes que cambian a muy distintos ritmos – como muy bien dijo el escritor de ciencia-ficción canadiense William Gibson, “el futuro ya está aquí, solo que no está uniformemente distribuido” – y eso lleva a que sean muy pocos los casos en los que se generan verdaderos cataclismos apocalípticos, provocando que se hable más de evoluciones que de revoluciones. ¿Ha cambiado la industria de la publicidad? Sin duda, y le queda aún mucho por cambiar, por evolucionar y por equilibrar. Se ha producido una reconversión importante, y en muchos casos – no en todos – para bien. Sigue habiendo, como en todas las industrias, actores buenos, malos y regulares, aunque la tecnología utilizada haya cambiado y la trazabilidad debiera ser, supuestamente, mucho mayor. Sin embargo, esa heterogeneidad en la adopción hace que hoy puedas montar un diario en cualquier sitio, simular una gran audiencia adquiriendo flujos de tráfico completamente falsos y que no se corresponden con usuarios reales o interesados en lo que publicas, e incluso llegar a adquirir un cierto nivel de influencia basada en esa simulación de la realidad.

¿Hemos mejorado? Depende para quién. Pero de nuevo, la tecnología no se desinventa, no se detiene, y sus propuestas terminan siendo adoptadas por mucho que algunos pretendan resistirse a ellas. Cambios que no traen ni infiernos, ni paraísos: solo nuevos contextos a los que adaptar la actividad de todos aquellos que sepan hacerlo. La vida sigue. Si tienes dudas sobre la transformación digital y sus efectos sobre las industrias, estudia la experiencia de la evolución de la publicidad.

 

CC0 Creative CommonsAcertado y radical artículo de Doc Searls en su blog de Harvard, GDPR will pop the adtech bubble, en el que incide en lo negativo de la espiral tecnológica de la llamada adtech, para muchos lo peor que ha pasado a la publicidad en toda su historia y probablemente la responsable de la escalada en el uso de bloqueadores de publicidad, una guerra en la que, presumiblemente, aún nos quedan muchas batallas por vivir.

La esencia del problema es la de siempre: que hacer seguimiento de las personas sin su conocimiento, consentimiento explícito, aprobación o una orden judicial es algo erróneo, que genera rechazo de manera natural, y que además, no funciona: los usuarios afirman que acaban hartos de ver cómo los mismos anuncios de las mismas compañías les persiguen por toda la web, anuncios que en muchas ocasiones les resultan completamente irrelevantes o corresponden a productos que ya han adquirido, y que prácticamente en ningún caso influencian su decisión de compra, por muchas ensoñaciones que se hagan los directores de marketing recurriendo a métricas completamente erróneas. Que puedas identificar a una persona por las características del dispositivo que usa, mediante una cookie que no puede eliminar o mediante técnicas más dignas de una agencia de espionaje que de un anunciante no quiere decir que hacerlo sea una buena idea. Es más: es posible que sea una idea muy mala, y que acabe volviéndose en tu contra.

Con la entrada en vigor de GDPR el próximo día 25 de mayo, son muchos los que, como Searls, esperan ver cómo se pincha la burbuja del adtech, una “moda” nociva en la que todos los anunciantes y agencias han querido invertir sin cuestionamiento alguno, pero que realmente ha tenido muchos más efectos negativos que positivos. Dentro de la fortísima resaca de casos como el de Cambridge Analytica, hasta Facebook está moderando sus métodos y tratando de poner coto a determinadas malas prácticas, desde esquemas demenciales destinados a engañar a los algoritmos de Instagram, hasta más de doscientas aplicaciones que capturaban datos de manera indebida, pasando por prácticas antes permitidas o incluso alentadas, como la incorporación al targeting de datos de terceras partes. Otro de los grandes monstruos de la publicidad online, Google, también ha anunciado fuertes limitaciones a la actividad publicitaria de terceras partes en su plataforma. Y si esto lo hacen Facebook o Google, que distan mucho, en este sentido, de ser “angelitos”, y lo hacen no solo por responder a los recientes escándalos sino también por adaptarse a la inminente aplicación de GDPR, cabe esperar muchos más efectos en ese sentido.

Si estás en el negocio publicitario, vete empezando a planteártelo: GDPR puede suponer un fuerte cuestionamiento, so pena de fuertes multas, de las prácticas publicitarias que muchos pensaron que estaban aquí para quedarse, pero que dieron origen a una situación claramente insostenible, a lo que estaba cada vez más delimitando una receta para el desastre. El secreto del éxito para el futuro no está en tratar de construir formas de engañar a GDPR o a evitar sus efectos, sino entenderlo como lo que es: un reglamento que emerge de una fuerte presión popular, de un descontento masivo que reclamaba acción a los legisladores. GDPR tendrá muchas cosas buenas y muchas malas, y habrá que esperar a que haya pasado un tiempo tras su entrada en vigor para valorar de verdad sus efectos, pero lo que sí es seguro es que la publicidad no va a poder seguir funcionando de la misma manera. Y para muchísimos usuarios hartos de los abusos infumables del adtech, eso son muy buenas noticias.

 

IMAGE: Macrovector - 123RFAntes de su salida a bolsa el próximo 3 de abril, Spotify señala en su dossier público de información lo que era un secreto a voces: que en torno a dos millones de personas en todo el mundo estaban utilizando su servicio para escuchar música sin publicidad pero sin hacerse usuarios de pago, gracias a la disponibilidad de una serie de métodos fácilmente localizables para bloquear esos anuncios. Haciéndose eco de esa revelación, la compañía redujo sus números desde los 159 millones de usuarios a 157, con un total de 71 millones de usuarios de pago.

Más allá de las implicaciones para Spotify, que sin duda ha contribuido de manera significativa por la comodidad y conveniencia de su servicio a que un gran número de personas haya abandonado las descargas irregulares, me gustaría reflexionar sobre la evolución de la publicidad: ¿qué es la publicidad para Spotify? Mucho más allá de representar una fuente de ingresos que suele cifrarse, como media a lo largo de los últimos dos años, en torno a un 10% adicional frente a los ingresos proporcionados por los usuarios de pago, la publicidad supone una forma de ocasionar una molestia lo más incómoda posible. molestia destinada a promover el paso de esos usuarios de las opciones gratuitas a las de pago. Una herramienta pensada para hacer huir a los usuarios, para provocar una reflexión del tipo “vale, para librarme de esta basura, de estos cortes incómodos, estoy dispuesto a pagar”.

En eso se ha convertido la publicidad. Si trabajas en publicidad, enhorabuena: ese producto que generas es utilizado por las compañías como una manera de molestar a los usuarios y presionarlos para que paguen y puedan aspirar a librarse de él. Impresionante. Olvidemos todo prospecto de que la publicidad en Spotify pueda incidir en las ventas: lo más posible, si te anuncias en Spotify, es que los usuarios que son torturados – no se me ocurre otra palabra mejor – con tu anuncio, odien a tu compañía por la paliza que les das cuando intentan escuchar música. Spotify utiliza esos anuncios no como herramienta de marketing, sino como medida de presión, como amenaza, como molestia destinada a provocar la huida de los usuarios hacia su servicio de pago, un paraíso en el que librarse de semejante tortura. Piénsalo: la publicidad como tortura. Cuando dos millones de personas se buscan la vida de todas las maneras posibles para conseguir librarse de anuncios sin pagar, es porque la publicidad se utiliza exactamente como eso: como tortura.

Es exactamente el mismo elemento de reflexión que comentamos hace algún tiempo al hilo de una encuesta a usuarios de otro servicio de pago, Netflix: contrariamente a Spotify, no ofrece una alternativa gratuita a cambio de la tortura de ver publicidad. Y no la ofrece porque sus usuarios lo tienen perfectamente claro: el 90% de ellos preferirían pagar más por el servicio frente a la opción de ver anuncios, hasta unos nada despreciables $4 más al mes, y de hecho, hasta un 74% de ellos afirman que si el servicio pasase a incluir publicidad, directamente se darían de baja.

¿En qué se está convirtiendo la publicidad? En una molestia. Intenta imaginarte la cara de los usuarios de tu cadena de televisión cuando les anuncias, si es que se lo anuncias, un corte publicitario de siete minutos: ¿crees que habrá alguno que lo acepte de buen grado, en lugar de hacer zapping en otras cadenas o de levantarse del sofá para hacer otras cosas? ¿Qué estás haciendo? ¿Estás vendiendo una herramienta de marketing o algo que, en un porcentaje muy elevado de casos, hace que los usuarios salgan huyendo para evitar tragárselo? Lo que estás haciendo es, simplemente, administrar a tus usuarios un castigo supuestamente controlado a cambio del hecho de suministrarles un producto. Un castigo que, a lo largo del tiempo, ha evolucionado para convertirse en tal tortura, que muchos usuarios deciden simplemente evitarlo de todas las maneras posibles, bien renunciando a ver televisión en abierto, bien levantándose o zapeando cuando la pones, bien instalándose programas que bloquean la publicidad, o incluso copiando y pegando listados de direcciones IP o de servidores en oscuros archivos de sistema en sus ordenadores o en sus routers. ¿De verdad no te envía esto ningún tipo de señal? El verdadero problema de la publicidad es que, a lo largo de los años, ha pasado de ser concebida como una herramienta de marketing para informar o recordar a los consumidores potenciales de la existencia de tu producto, para convertirse en eso, en un instrumento de tortura.

Ya, ya lo sé: que no puede ser todo gratis. Que la única manera concebible de financiar una programación en abierto es mediante la publicidad, y que si no fuese así, toda la oferta debería ser de pago. Que ha sido así toda la vida, y que en tu óptica, tiene que seguir siendo así, porque cualquier posibilidad de replantear la manera de hacer publicidad, de desaprender la forma en que la llevamos haciendo todos estos años o de promover una reflexión profunda sobre su esencia y su modelo es algo seguramente inútil y sin sentido. No, no te equivoques: esto no es simplemente que los usuarios busquen a toda costa “el todo gratis”. Es otra cosa. Llegar hasta el punto de homologar la publicidad a una tortura que los usuarios tienen supuestamente que sufrir para poder así ver tu oferta de contenidos es un modelo de negocio cada vez más triste: eso sí que es un verdadero sinsentido. Y seguramente, cada día más hipócrita e insostenible.