IMAGE: Darko Vujic - 123RFDesde su lanzamiento el 1 de abril de 2004, los términos de servicio de Gmail, el servicio de correo electrónico de Google, estuvieron perfectamente claros: espacio prácticamente ilimitado, gestión cómoda y sencilla, buena búsqueda, y totalmente gratuito a cambio de que la compañía escanease de manera automática el contenido de los mensajes para insertar, a su derecha, publicidad personalizada.

En su momento, el lanzamiento de Gmail fue profundamente disruptivo: los correos electrónicos en la web hasta ese momento ofrecían únicamente dos o cuatro megabytes de capacidad, eran auténticas factorías constantes de spam y ofrecían una experiencia de usuario profundamente decepcionante… cuando Google, sin previo aviso, lanzó su correo con un gigabyte y un filtro anti-spam ya entonces espectacularmente bueno. A cambio de un servicio tan diferencialmente bueno, la compañía insertaba publicidad personalizada en función de los contenidos del mensaje: nadie leía tu correo, pero un algoritmo lo escaneaba y escogía en la base de datos de anunciantes que hubiesen optado por esa posibilidad, los anuncios que tenían sentido en función de su temática. La opción, que en su momento recibió numerosas críticas por lo que suponía de cara a la privacidad, ha sido una característica de Gmail desde sus inicios, la manera en la que Google trataba de financiar un producto así.

Ahora, tras trece años de funcionamiento, tras convertirse sin ninguna duda en la mejor forma de gestionar el correo electrónico y tras crecer hasta los 1,200 millones de usuarios en todo el mundo, Google ha decidido eliminar los anuncios en función del escaneado de nuestros correos electrónicos. El servicio seguirá conteniendo publicidad, pero los algoritmos de asignación de la misma se basarán en otra información personal que la compañía obtiene de sus usuarios en función de productos como sus búsquedas en la web o los vídeos que ve en YouTube. La razón oficial para eliminar esta práctica, según el anuncio de la compañía, parece ser el ascenso progresivo del número de clientes corporativos que pagan por el uso de Gmail como parte de G Suite, que no recibían publicidad por tratarse de un servicio de pago, pero que podían sentirse preocupados con esa práctica que veían en el uso de sus cuentas no corporativas.

Una supuesta inquietud que, curiosamente, nunca fue un obstáculo real a su adopción por parte de los usuarios y nunca llevó a la cancelación de la función en los años que el producto lleva en funcionamiento, lo que probablemente indica que la compañía, a lo largo de ese tiempo, ha podido comprobar que la eficacia de esos anuncios administrados en función del contenido del correo electrónico que estábamos leyendo debía ser sumamente baja, y por tanto, la relación coste-beneficio de mantener la práctica se convertía en negativa, y podía ahuyentar a posibles clientes interesados en la herramienta para un uso corporativo. Por otro lado, la decisión indica también una armonización en la manera en que funcionan los diferentes productos de la compañía, y un interés por mejorar su percepción en términos de respeto a la privacidad.

En sus más de trece años de funcionamiento, Gmail ha evolucionado desde su ya inicial posición de ventaja con respecto a otras ofertas para convertirse en uno de los mejores productos que existen, con una interfaz cada vez mejor, unos filtros anti-spam que mejoran día a día y que en muy contadas ocasiones te obligan a rescatar nada de la carpeta correspondiente, y con cada vez más sistemas pensados para hacer el uso más eficiente y que, claramente, corresponden al modelo de “nosotros mismos usamos este producto y eso hace que constantemente se nos ocurran maneras de mejorarlo”. Aún no he comenzado a utilizar las auto-respuestas de correo que Gmail propone mediante algoritmos de machine learning al final de cada mensaje (Smart Reply), pero sí he podido comprobar que, generalmente, tienen mucho sentido.

Desde hace muchos años, la gestión integral de mi correo, tanto personal como corporativo, tiene lugar a través de Gmail, y mi nivel de satisfacción no puede ser más elevado. Ahora, además, hay una razón más para utilizarlo: la controvertida práctica de escanear el contenido del correo de los usuarios para administrarles anuncios contextuales pasa a la historia.

 

AdpocalypseMi columna en El Español de esta semana se titula “El adpocalipsis” (pdf), y hace referencia a la decisión anunciada por Google de instalar un bloqueador de publicidad activado por defecto en Chrome, el navegador que utilizan habitualmente el 60% de los usuarios de la web.

La medida adoptada por Google viene tras la iniciativa de puesta en marcha de una coalición de agencias, anunciantes y soportes para estudiar los problemas de la publicidad, la Coalition for Better Ads, y tras financiar estudios durante tres años que vienen a demostrar lo que ya todos sabíamos: que hay formatos de publicidad como los pop-ups, los intersticiales que secuestran tu pantalla durante varios segundos, los anuncios con sonido o vídeo preactivados, los especialmente grandes, y todas sus correspondientes versiones en el entorno móvil, que resultan especialmente molestos, y que los usuarios no estamos dispuestos a seguir pasando por eso. Las evidencias son claras y algunos llevamos ya mucho tiempo avisando de ello: el crecimiento del fenómeno del ad-blocking es completamente imparable y ha pasado ya de los segmentos de usuarios más avanzados al gran público para rebasar en 2017 los 615 millones de dispositivos, el 11% del total de usuarios mundiales (con países y segmentos sociodemográficos que alcanzan o superan el 35%), y con un crecimiento superior al 30% durante el año 2016.

Hace ya mucho tiempo que extensiones como AdBlock Plus o sus correspondientes apps para smartphone figuran entre las más populares, y Google, cuya cifra de negocio depende en un 89% de la publicidad (79.38 miles de millones de dólares sobre un total de 89.46 en 2016) no podía permanecer al margen de algo así. La decisión es, básicamente, un intento por preservar la sostenibilidad del negocio publicitario en la web: si se quiere evitar que el ad-blocking se convierta en norma, es preciso purgar el sistema y echar fuera a los que llevan años abusando de él.

La decisión de Google no es nueva: hace ya bastantes años, en pleno frenesí del formato pop-up, la compañía decidió ofrecer una barra para bloquearlos, que durante un tiempo alcanzó una popularidad bastante elevada y se convirtió en el certificado de defunción para unos anuncios ahora completamente marginales. Ahora, la medida es bastante más drástica, y cuenta con el acuerdo de una amplia coalición de actores implicados. Por supuesto, no está exenta de polémica: la idea de que sea alguien cuyo negocio depende de la publicidad el que decida qué anuncios son aceptables y cuáles no lo son supone claramente un conflicto de intereses, pero todo indica que Google, que se dedica desde hace muchos años a monitorizar la web y a tratar de excluir de ella a quienes abusan del sistema, está en la posición adecuada para hacer un trabajo infinitamente mejor que esa IAB que lleva desde 1996 sin hacer absolutamente nada que mejore siquiera mínimamente la situación.

Obviamente, Google opina que sus formatos de publicidad son aceptables, y que si los bloqueadores crecen sin su intervención, será básicamente “un justo pagando por pecador”. Para evitarlo, hace ya mucho tiempo que paga a los principales bloqueadores para estar incluido en sus listas blancas, aunque los usuarios pueden, si lo desean, utilizar la herramienta para bloquearlos de todas maneras, una opción que seguramente no estará incluida en el bloqueador que lance a principios del próximo año. Tampoco se sabe si tomará la decisión de prohibir el acceso de otros bloqueadores a su plataforma, algo que sería complejo porque existen otros actores, como es el caso de Apple, que no lo han hecho ni planean hacerlo. De hecho, la marca de la manzana acaba de anunciar que pasará a bloquear de manera activa el retargeting, una técnica que resulta molesta para muchos usuarios que no quieren encontrarse anuncios de hoteles en París a todas horas y en todas partes tras haber hecho una simple búsqueda de un hotel en París.

El funcionamiento del mecanismo con el que Google pretende ofrecer alternativas a los soportes para paliar la pérdida de ingresos por anuncios bloqueados, Google Funding Choices, tampoco está especialmente claro, y se espera que desencadene una fuerte polémica. Todo indica que nos encontramos ante la llegada de una nueva era en publicidad: el fin de la estúpida idea de que era preciso molestar al usuario para obtener un impacto. Una idea simplista, absurda, insostenible, que con un poco de suerte, se convertirá pronto en un mal recuerdo. El bloqueador de publicidad de Google puede parecer un movimiento peligroso y que genera posibles conflictos de interés… pero la inmensa mayoría de los usuarios lo van a agradecer mucho.

 

Devices using adblock software on the open web - PageFair (Feb. 2017)

Un artículo de Guillermo Vega en El País titulado “Bloqueadores de anuncios: ¿el fin de internet?” (pdf), en el que me cita, confronta las perspectivas sobre la evolución de la publicidad en internet y el fenómeno del bloqueo por parte de los usuarios, lo que el gran Doc Searls ha llamado con razón “el mayor boicot en la historia de la humanidad“, con algunas perspectivas apocalíticas de varios de los actores implicados – y desde mi punto de vista parcialmente responsables – en la cuestión. La frase entrecomillada de la división española de la Interactive Advertising Bureau (IAB), que califica a los bloqueadores de publicidad como de “robo: simple y llanamente” es el más claro y cristalino exponente de la mentalidad y actitud equivocada, del tremendo error de percepción y ceguera que dan lugar al problema.

Según la mentalidad simplista de la IAB, se supone que todo usuario de internet está obligado, por el hecho de entrar en una página web, a aceptar los términos de un supuesto contrato draconiano en el que debe pagar por unos contenidos, y para ello tendrá que someterse a cualquier tipo de torturas decididas por el dueño de dicha página. Si no acepta someterse a esas torturas, está, según ellos, “robando”, lo que lo convierte en un “ladrón”. Es la misma mentalidad absurda que condenó a las discográficas a enfrentarse a varios años de crisis: nosotros contra los usuarios. El usuario “malvado”, responsable de todos los males y culpable hasta “de la desaparición de internet”. Ya solo falta la mención al “gratis total” y la petición de leyes sancionadoras.

Querida IAB: utilizo bloqueadores de anuncios desde hace mucho tiempo. No solo eso, sino que además, lo cuento en mis clases y conferencias, y animo a otros usuarios a que lo hagan. Los bloqueadores de anuncios son la única manera de evitar que una industria cortoplacista y estúpida arruine internet y lo convierta en un canal completamente insostenible. Es lo que pasa siempre: las industrias descubren un nuevo canal, y la tragedia de los comunes hace el resto. Comienzana  explotarlo como si no hubiera un mañana, desvinculadas de cualquier pensamiento mínimamente referido a la sostenibilidad, y al final, lo destrozan y lo convierten en un lugar maldito. La industria de la publicidad ha hecho lo mismo con todos los canales que ha ido descubriendo, y ha sido preciso ir creando normas para todos ellos: hubo una época en la que la venta a domicilio era algo normal y natural, parte de la rutina habitual de un hogar. Hoy, si alguien llama a tu puerta para intentar venderte algo, no abras bajo ningún concepto: puede ser desde un psicópata asesino, hasta un timador profesional. Hace años, el teléfono era una herramienta útil: hoy, si la llamada empieza preguntando tu nombre y apellidos, cuelga inmediatamente: no solo te consumirá tiempo absurdamente, sino que además te venderá algo que no necesitas, en ocasiones incluso confundiéndote para que lo compres y pagues aunque no lo quisieses. Lo mismo ocurrió con el correo electrónico: hace más de veinte años, el correo era una herramienta útil para comunicarse con otras personas; ahora es un montón de spam y basura variada. ¿La web? Lo mismo: la industria de la publicidad mantiene la misma mentalidad: vamos a explotar un recurso hasta convertirlo en completamente insostenible, y si alguien intenta evitarlo, decimos que “está robando”. El patrón es tan absolutamente repetitivo, que uno pensaría que nadie puede ser tan profundamente retardado como para no verlo. Pero ahí siguen, protestando e insultando a todo aquel que ose tener una mentalidad diferente a la suya, a todo aquel que pretenda oponerse a su idea de exprimir el recurso un poco más allá.

Por culpa de la mentalidad absurda de la IAB, de algunos anunciantes y de muchas agencias, me muevo por la red con una VPN, un bloqueador de anuncios y un software anti-trackers. Comparado con cuando empecé a utilizar internet, hoy me siento como moviéndome por una zona de guerra, y la principal responsable de ello es la industria de la publicidad y su mentalidad equivocada de que el usuario carece completamente de derechos y tiene que aceptar todo lo que le digan. “Como yo trabajo mucho para crear estos contenidos, tú tienes que aceptar mis términos si quieres leerlos”. Posiblemente, la mentalidad más estúpida del mundo después de la de “no te doy mis productos de ninguna forma lógica ni razonable, pero si los quieres conseguir tú por tu cuenta utilizando las herramientas que la tecnología te da, estás robando”.

Dentro de poco, los bloqueadores de publicidad no vendrán únicamente de compañías como la alemana Eye/O y similares: será incluso la propia Google la que los incorpore por defecto en sus herramientas. Una jugada que por un lado es profundamente conflictiva – te bloqueo la publicidad mala, pero la mía no porque es de la buena y eso lo decido yo – pero por otro, tampoco es nueva: fue esa misma Google la que, hace algunos años, tuvo que entrar igualmente como elefante en cacharrería para acabar con el fenómeno de los espantosos pop-up, que la industria y la IAB consideraba en su momento como algo “normal y aceptable”, simplemente “un formato más”. Que sea una empresa que vive en un porcentaje elevadísimo de la publicidad la que constituya una asociación para intentar lidiar con el problema y la que tenga que dar el paso de instalar un bloqueador de publicidad en los navegadores de sus usuarios prueba, una vez más, mi punto: muchos anunciantes, soportes, agencias, y sobre todo, la IAB, han perdido completamente el norte.

Relájese y tranquilícese todo el mundo: internet no va a morir porque los usuarios se instalen extensiones para bloquear la publicidad. Las compañías inteligentes, buscarán maneras de financiar su actividad que tengan sentido y que no conlleven supuestos contratos insostenibles. Los anunciantes que entiendan internet, dejarán de obsesionarse con las métricas erróneas, abandonarán la estúpida idea de que “la publicidad, si no molesta, no vende”, y optarán, aunque sea obligados, por una actitud lógica de respeto y no agresión. Los soportes entenderán que su valor no solo está en la información, sino en cuidar al usuario, mimarlo, respetarlo y trabajar con él, no contra él. No, los malos y los culpables de todo no somos los usuarios por instalarnos un bloqueador de publicidad, son ellos por no ver más allá de su ombligo y por olvidar toda concepción de sostenibilidad en su industria. Los anunciantes, las agencias y los soportes no son los dueños de internet. Internet es mucho más que idiotas ombliguistas empeñados en que el usuario tiene que soportarlo todo para acceder a sus contenidos. Esos idiotas, sencillamente, tienen dos opciones: cambiar su mentalidad y optar por contratos psicológicos con el usuario que tengan sentido, o morir. Y si no van a cambiar, por favor, que mueran lo antes posible.

 

IMAGE: Alfonso de Tomas - 123RF

Un interesantísimo paper, The future of ad blocking: an analytical framework and new techniques, revisa el estado actual de la guerra entre publicaciones y herramientas para el bloqueo de publicidad, y concluye que el futuro es favorable al desarrollo y consolidación del uso de estas herramientas.

El equipo, formado por tres profesores de Princeton y uno de Stanford, ha diseñado un bloqueador de publicidad basado no en la detección de marcas en el código de la página, sino en el examen del contenido, tomando ventaja de la obligación legal existente para las publicaciones de identificar claramente la publicidad frente al contenido. En efecto, examinar el contenido y detectar cuándo está identificado como publicidad es algo que un algoritmo de machine learning basado en la vision computerizada puede hacer con relativa facilidad, y a partir de ahí, todo se reduce a escoger un curso de acción adecuado.

Por el momento, los bloqueadores de publicidad se habían limitado a mantener una lista de elementos que debían ser bloqueados, lo que abría la posibilidad a que las publicaciones buscasen nuevas maneras de esconder sus anuncios de otra manera. El siguiente paso fue que los bloqueadores de anuncios recurriesen a los usuarios, que podían actualizar los filtros de publicidad simplemente denunciando cuando un anuncio había sido capaz de evadirlos de alguna manera. El rey absoluto de esta estrategia ha sido la alemana Eye/o con AdBlock Plus, de la que hemos hablado en numerosas ocasiones.

Diario de Navarra blocking the blockersA partir de ahí, las publicaciones se centraron en detectar la presencia de un ad-blocker: si este se encontraba presente, la publicación pasaba, a su vez, a presentar una pantalla de bloqueo, que impedía al usuario acceder a su contenido y le conminaba a desconectar su bloqueador (en esta fase se encuentran en la actualidad muchas publicaciones españolas y redes de diarios regionales, que tienden a encontrarse con que, cuando el usuario es confrontado con esta pantalla, simplemente se da la vuelta y busca leer las noticias en otro sitio.

Wired blocking the blockersEn otros casos, como el de Wired, se muestra al usuario una mezcla de bloqueo y petición, que sin embargo puede ser fácilmente evitada simplemente recargando la página. Otras publicaciones, como The Wall Street Journal, mantuvieron durante mucho tiempo una estrategia de “muro poroso” en el que simplemente bastaba con buscar el titular de la noticia en Google y hacer clic en la página de resultados para poder acceder a ella libremente, estrategia que ha sido recientemente eliminada por un bloqueo incondicional.

La evolución ante la estrategia de “block the blockers”, según estos autores, es muy sencilla: se trata de evitar que las publicaciones puedan detectar el uso del bloqueador. Para ello, basta con plantear una descarga falsa de la página que no es expuesta al usuario, y reconstruir la página sin publicidad a partir de esta. Con esta estrategia, las publicaciones seguirían detectando la descarga de sus anuncios aunque estos, en realidad, no alcanzarían su destino, los ojos del usuario, lo que se convertiría por tanto en un evidente engaño a los anunciantes. Es muy posible que la reacción de las publicaciones ante este tipo de técnicas fuese lenta, dado que resultan difíciles de probar y les permiten mantener ante sus anunciantes la ficción de que su publicidad sí es descargada mediante las métricas habituales, pero eventualmente, el uso de herramientas de este tipo terminaría por originar una quiebra en la confianza en el sistema: un escenario en el que miles de anunciantes pagan por unos anuncios que, en una cantidad creciente, no son vistos por nadie al otro lado de la pantalla no resulta, obviamente, sostenible a medio plazo.

Técnicamente, por tanto, los bloqueadores de anuncios las tienen todas consigo a la hora de vencer en esa guerra. La alternativa, por tanto, está en cambiar la mentalidad de los anunciantes para hacer que sus anuncios sean vistos como aceptables. Esto exige sustituir la actual obsesión por la visibilidad a toda costa o incluso la molestia persistente al usuario – que en su momento originó esta guerra – por actitudes mucho más respetuosas que permitan entender al usuario que la publicidad es fundamental a la hora de mantener las publicaciones que aprecia. Yo bloqueo la publicidad en todas las páginas que me muestran anuncios con sonido o vídeo preactivado, con extensibles, con anuncios a toda pantalla, con animaciones excesivas o con cualquier tipo de formato molesto, pero no me imagino bloqueando una página que simplemente me presente un patrocinio o un formato razonablemente discreto y no molesto. El problema es que demasiados directores de publicidad o marketing tienen una mentalidad basada en el “cuanto más moleste, más recuerdo generará” similar a la del imbécil de Burger King del que hablamos hace poco (y que, lejos de arrepentirse o disculparse, todavía llegó a modificar su anuncio para evadir el filtro de Google), llevando a que algunos pidan persecución legal y penas de cárcel para él invocando la Computer Fraud and Abuse Act, que prohibe el acceso a ordenadores ajenos sin autorización de su propietario), lo que hace difícil pensar en un propósito de enmienda.

Mientras la publicidad siga siendo una basura asquerosa, los usuarios seguiremos contando con tecnología que nos ayude a librarnos de ella de una manera u otra. El argumento de que eso daña a las publicaciones y las hace inviables es vano: siempre existirán canales para que la buena información llegue a los usuarios, sea mediante modelos de suscripción o simplemente generando otras maneras de que la publicación genere beneficios a quien la hace. Como usuario, no estás obligado a soportar una publicidad molesta para acceder a un contenido determinado: si el contrato no te convence, rómpelo y busca todas las herramientas a tu alcance para acceder al mismo contenido de otra manera. Si una publicación pretende obligarte a ver sus anuncios por encima de todo para acceder a su contenido, no le hagas caso: instálate el bloqueador adecuado o deja de acceder a ella, hasta que se dé cuenta de que su estrategia es inviable. Es la única forma de demostrar a anunciantes y soportes que su estrategia es insostenible.

 

Burger King and Google Home stupid adLa cadena de comida rápida norteamericana Burger King ha tenido una idea: han diseñado un anuncio para ser programado en prime time, en el que un locutor pronuncia la frase “OK Google, what is the Whopper burger?” de manera completamente intencionada, con el fin de provocar que los dispositivos Google Home, un asistente de voz presente en varios millones de hogares norteamericanos, respondan a la pregunta leyendo el artículo de Wikipedia con las características del famoso producto. La compañía ha ido incluso más allá: ha editado el artículo de Wikipedia para que resulte prácticamente un anuncio.

En este momento, Google, que no había sido consultada, ya ha desactivado la respuesta de su dispositivo a la pregunta formulada en el anuncio, el artículo de Wikipedia ha sido revertido a su versión anterior y su edición ha sido bloqueada, pero resulta interesante detenerse a pensar cuánto de malo, de absurdo y de insostenible hay en la mentalidad de una compañía que diseña un plan así. Interferir voluntariamente en un dispositivo que millones de personas tienen en su casa, para que se ponga a leer en voz alta las características de un producto, cuando previamente la compañía ha editado – o debería decir “saboteado” – una página en una enciclopedia que expresamente establece que no debe ser utilizada como vehículo de marketing.

Pero si crees que Burger King es pionera por tener una idea así, abandona la idea: la propia Google ya probó anteriormente a introducir en su dispositivo un mensaje que, el día del estreno de la nueva versión de “La bella y la bestia”, introducía, se supone que a modo de experimento, un anuncio de la película cuando el usuario le preguntaba por la agenda del día.

Hasta ahora, un incidente de este tipo solo había ocurrido de manera accidental, cuando la voz de un locutor en un boletín de noticias desencadenó que muchos dispositivos Amazon Echo intentasen encargar una casa de muñecas. Que ahora ocurra de manera intencionada prueba dos cosas: una, que estamos utilizando, como auténticos aprendices de brujo, tecnologías que aún son muy susceptibles de ser manipuladas, saboteadas o retorcidas, generando en ocasiones efectos que pueden ser difíciles de prever. Dos, que los directores de marketing pueden llegar a ser tan profundamente imbéciles e impresentables como para diseñar estrategias que no solo son completamente intrusivas y susceptibles de convertirse en una molestia para sus clientes, sino que además, carecen completamente de cualquier idea relacionada con la sostenibilidad. ¿En ningún momento se le ocurre a la marca lo que ocurriría si esa misma técnica, esa “travesura”, pasa a ser utilizada por otras cien marcas más? En los círculos del marketing, ese director será aclamado por “ser tan ingenioso”, por “transgredir” y por lograr un montón de menciones en medios con su ocurrencia. Pero la gran verdad es que se trata de un perfecto imbécil, que merecería ser puesto en la calle, que ha conseguido molestar a un montón de clientes y que nos ha hecho plantearnos si el dispositivo en cuestión, un asistente personal pensado para proporcionar un servicio al cliente, va a llenarse a partir de ahora de anuncios basura que el usuario no podrá controlar. 

La quintaesencia del marketing actual es intentar romper la propuesta de valor de una herramienta incluso antes de que hayamos empezado a utilizarla. Hoy, nos parece normal recibir llamadas de teléfono de empresas intentando, con argumentarios escritos que tratan de recoger cualquier posibilidad de fuga y refugiándose en nuestra buena educación, vendernos productos de todo tipo que no queremos comprar. Nos parece normal que haya que rechazar sistemáticamente toda llamada sin identificar, como si fuese lógico que esas compañías tuviesen “derecho” a molestarnos e importunarnos de esa manera. Todos los días, ejércitos de vendedores a domicilio asaltan las casas de miles de personas intentando ofrecerles supuestos contratos “ventajosísimos” para que se pasen a tal suministrador de gas o de electricidad, y que lo que es peor, obtienen su botín habitualmente a costa de viejecitos desinformados que no esperaban ser engañados. ¿Para qué plantearse la sostenibilidad de la relación con el cliente, si total, es viejecito y se va a morir pronto?

La gran verdad es que ese tipo de prácticas carentes de toda ética, la venta telefónica outbound y la venta a domicilio, deberían ser sistemáticamente prohibidas sin excepción, y que las compañías que las utilizan merecerían ser eliminadas de las listas de preferencia de cualquier consumidor con dos dedos de frente. Pero aquí seguimos, y el imbécil del director de marketing de Burger King es incluso posible que se convierta en una celebridad reciba algún premio. Enhorabuena, campeón. Sigue así.