IMAGE: Bicubic - 123RFUn artículo largo de fin de semana en The Guardian, ‘Our minds can be hijacked’: the tech insiders who fear a smartphone dystopia, habla de las preocupaciones acerca de un presente en el que nuestra capacidad de atención se encuentra completamente destruída por culpa de unos dispositivos conscientemente diseñados para atraerla de manera constante, de fenómenos que algunos insisten en describir como “adicciones” a pesar de que ni una sola asociación de psicólogos o psiquiatras en ningún lugar del mundo lo admiten, y de ex-trabajadores de compañías tecnológicas convertidos en fervientes luditas que preconizan que nos alejemos de nuestros dispositivos como si de la peste se tratase.

La adicción a internet o al smartphone no existe. Por mucho que nos hartemos de ver personas con la cabeza hundida en su pantalla a todas horas, con aspecto de zombies cuando supuestamente quedan para verse mientras cada uno revisa sus notificaciones sin hablarse, o caminando por la calle – o conduciendo – con riesgo de matarse por intentar mirar esa pantalla “solo un segundo más”, la adicción a internet o al smartphone no es un fenómeno real. Usamos mucho nuestros smartphones porque nos son útiles y nos gustan, punto. Eso no es una adicción: es la constatación de que algo es práctico y agradable.

El uso del smartphone no va a disminuir, sino a aumentar. Seamos racionales: como consecuencia del desarrollo de fenómenos como el “there’s an app for that” o el internet de las cosas, hemos pasado de usar un terminal para hablar por teléfono, a usarlo para todo, desde encender y apagar las luces de casa, hasta poner y quitar la alarma, abrir la puerta, consultar un mapa, hacer una foto o poner música. Las funciones sociales no solo nos entretienen, sino que nos entregan regularmente pinchazos de dopamina cada vez que alguien nos hace un follow o un like, y nos llevan a modificar nuestros hábitos de maneras que algunos encuentran irresistibles mientras otros se rascan la cabeza y consideran enfermizas. Y aún así, el uso de nuestros smartphones no va a reducirse: va a seguir aumentando.

¿Es todo bueno, de color de rosa y no hay ningún problema? Por supuesto que no. La transición a un modelo de hiperabundancia constante de información nos ha hecho distraídos, nos cuentas centrarnos para leer un artículo largo, no verificamos nada o incluso algunos comparten artículos que no han leído, simplemente en función de lo que dice un titular diseñado para atraer su atención a toda costa. Ese tipo de fenómenos nos ha pillado poco preparados, la ecuación que nos proporcionaron – y la que seguimos proporcionando – no nos enseñó cómo tratar con un entorno así, y somos tan malos haciéndolo, que algunos han conseguido incluso aprovecharlo para fines verdaderamente inauditos, como meter a un idiota en la Casa Blanca. Gestionar nuestros hábitos y nuestra capacidad de concentración en la edad moderna no es sencillo, y requiere de aprendizaje, de adiestramiento y de técnicas específicas. En un entorno nuevo, hay comportamientos que se generan de manera automática, y otros que deben ser probados y enseñados, convertidos en materias lectivas.

La generación que estamos viendo en este momento no está llena de enfermos ni de adictos: simplemente es la primera que se ha desarrollado en un entorno para el que no estaban completamente preparados, y para el que los sistemas educativos no supieron adaptarse. Y la solución a ese problema no es restringir el uso de los dispositivos, sino paradójicamente, utilizarlos más. Convertirlos en algo completamente normal, en lo que usamos para estudiar, para trabajar, para encontrar lo que necesitamos en cada momento, para entretenernos y para un montón de cosas más. Pero que también nos permiten priorizar otras cosas cuando llega el momento. Para eso, hace falta cierto entrenamiento. Lo he comentado en infinidad de ocasiones: los protocolos sociales y de uso se desarrollan después de la fase de adopción masiva, no antes ni durante, y como parte de un consenso social que se ejerce a través de múltiples herramientas: leyes (ahora no podemos manejar el smartphone cuando conducimos, por ejemplo), costumbres, enseñanza, etc. Aprenderemos a gestionar nuestra atención en un entorno de hiperabundancia no cuando nos intenten restringir su disponibilidad, sino cuando nos adiestren, como parte de nuestra educación, para extraerle partido y manejarlo ventajosamente.

¿Podemos abandonar la dinámica de histeria colectiva y centrarnos en aprender a utilizar una herramienta que va a formar parte del panorama durante muchas generaciones? Por mucho que nos empeñemos, los smartphones no van a desaparecer, no van a poder ser prohibidos con éxito en casi ningún entorno salvo en aquellos donde la atención única sea indispensable, y hacerlo, además, agravaría el problema. Los niños, por supuesto, tendrán que entender cómo esas dosis de dopamina afectan su forma de comportarse y como el obtenerlas no justifica todo: tendrán que aprender a poner sus pasiones bajo control, como antes los niños aprendían a que no se podía jugar todo el tiempo. Si no los educamos, si hacemos dejación de nuestras funciones, lógicamente, irán pasando de subir una foto y ver que obtiene cincuenta likes, a subir otra en la que muestran más piel o hacen algo más estúpido y obtiene quinientos, y por supuesto, esa dinámica les enganchará, no querrán parar, y tildarán a sus padres de “no entender nada”. No, no son adictos. No podemos usar la excusa de la adicción para echarle la culpa de todos los males: simplemente, no los hemos educado bien y nos les hemos explicado bien las cosas, tan sencillo como eso. Por tentador que sea echarle la culpa a una supuesta adicción o a la tecnología, seamos serios y pongamos las cosas en su sitio.

No restrinjamos cosas que resulta absurdo intentar restringir y que van en contra de los tiempos. Simplemente, introduzcámoslas como parte normal de nuestra vida, utilicémoslas sin complejos cuando nos sean útiles, y aprendamos a ponerlas a un lado cuando nos impidan disfrutar de otras cosas. Es así de sencillo, y obviamente, así de complicado. Pero sea de la manera que sea, no nos queda otra que analizarlo, entenderlo, y ponernos en ello.

 

IMAGE: Khoon Lay Gan - 123RF

La “adicción a internet” es el nuevo miedo sin pruebas, el coco que se come a nuestros niños, la historia que a los medios tradicionales les gusta contar y amplificar. No existe ningún tipo de prueba de ninguna patología ni ha sido jamás tipificada como tal: hablamos simplemente de un conjunto de mala educación, de falta de control en la asignación de prioridades de padres y educadores, y de un dispositivo, el smartphone, tan multifuncional y tan intensamente versátil, que recoge infinidad de usos que antes llevábamos a cabo utilizando muchos otros.

¿Existen personas “adictas a internet”? No. Lo escuches las veces que lo escuches, la “adicción a internet” no existe, y no porque lo diga yo, sino porque lo dice la American Psychiatric Association, que se ha negado desde hace años a incluir esa absurda invención a pesar de las presiones de muchos que pretendían ganar dinero “curando” ese supuesto “desorden”. Lo sabe el Royal College of Psychiatrists, que nunca lo ha incluido en su International Classification of Diseases, y lo saben los expertos en patologías de adicciones a todos los niveles. No, la “adicción a internet” no existe, y siempre que escuches el término en las noticias o en boca de alguien, puedes descartar todo lo que venga después.

¿Existen personas que lo usan internet demasiado? Demasiado, ¿comparado con qué? Posiblemente haya casos de exceso de uso, como antes había personas que veían demasiado la televisión o que se pasaban el día dedicándose a una sola actividad. En el caso del smartphone, una persona “que lo consulta cada poco tiempo”, síntoma que parece asustar tanto a algunos, puede estar jugando, comunicándose, monitorizando el precio de una acción, viendo la predicción del tiempo, mirando un mapa, escribiendo, haciendo o retocando una fotografía, leyendo un periódico o un libro, escuchando música, aprendiendo con un chatbot sobre política francesa, viendo fotos de sus amigos, mirando la hora, adquiriendo una entrada de cine, pagando el aparcamiento, haciendo una reserva en un restaurante, consultando su billete de tren o avión, traduciendo un texto, pidiendo un taxi, y se me quedarían en el tintero varios miles de usos posibles más. ¿A qué dicen que es “adicto” esa persona exactamente? ¿A la vida?

Internet, en realidad, es un medio, no una actividad como tal, aunque a mucha gente que nació antes de internet le parezca que “todo es lo mismo”. Si pasas mucho tiempo apostando en internet, es posible que pierdas mucho dinero y que te provoques daño a ti mismo y a las personas que te rodean, pero lo que tendrás, como cualquier psiquiatra podrá certificar, es una adicción al juego, no una “adicción a internet”. Si pasas las horas comprando en internet, es posible que tengas una adicción a las compras, pero en modo alguno una “adicción a internet”. Hablar de “adicción a internet” es tan absurdo como hablar de “adicción a la calle”: internet es un vehículo, no un desorden de ningún tipo. Podemos hablar de adicciones a sustancias, de adicciones conductuales, e incluso de que algunos comportamientos susceptibles de generar adicción se desarrollen a través de internet como antes se podían desarrollar a través de otros medios. Pero no de “adicción a internet” como tal.

¿Qué problema tiene sacar el smartphone del bolsillo más de un número determinado de veces al día? ¿De verdad resulta de alguna manera “raro” que me encuentre incómodo cuando no tengo acceso a internet, cuando internet es una de las formas más adecuadas y convenientes de relacionarse con el mundo? ¿Por qué estúpida razón viene un medio de comunicación a definirme como “adicto” por ello? ¿Qué pavorosa cantidad de sinvergüenzas pretenden ganar dinero asustando a personas inventándose una supuesta enfermedad, para seguidamente ofrecer “curas” y terapias milagrosas para la misma? ¿Qué interés tiene una cadena de televisión en definir el uso del smartphone como una adicción, aparte de que empleemos más tiempo viendo sus contenidos y no otros?

¿Hay adictos? Por supuesto, los ha habido siempre. A todo. Pero afortunadamente, suponen un porcentaje generalmente muy pequeño de la población. ¿Hay ludópatas? Sí, los ha habido siempre, y posiblemente, el hecho de que ahora se pueda desarrollar esa actividad a través de la red, que elimina muchos de los frenos sociales y de la fricción que antes existía para ello, pueda llevar a un incremento en el número de casos. ¿Hay otakus que se obsesionen con un juego y abandonen otros hábitos sociales? Sí, pero no es un problema de la red como tal, mucho menos una “adicción a internet”, e incluso el término ha perdido la práctica totalidad del componente peyorativo que pudo tener.

Como padres, tendremos que preocuparnos, como lo hemos hecho siempre, de enseñar a nuestros hijos que existe una cosa para cada momento y un momento para cada cosa. Que hay que gestionar bien nuestros prioridades y valores. Que no pueden jugar todo el día, que no pueden pasarse todo el día pendientes de lo que hacen sus amigos, o que no pueden dejar de hacer ciertas obligaciones porque están haciendo otras actividades que les resultan más placenteras. Habrá que enseñarles educación, como se ha hecho toda la vida: de pequeños, por mucho que quisiéramos o nos gustase, no nos dejaban jugar todo el día, ni pasarnos toda la visita a casa de nuestros abuelos mirando por la ventana y sin dirigirles la palabra. Educación. Algunos han pensado que ya viene programada, que se puede hacer dejación de responsabilidad porque “eso de educar” es muy pesado. Es más cómodo, si el niño da el coñazo, darle el smartphone con un juego y “apagarlo”. Y después vienen y se quejan de que sus hijos son “adictos”: no, lo que son es unos maleducados. Esos padres hablan de “adicción a internet” porque eso les descarga muy convenientemente de una parte importante de la responsabilidad de no educar a sus hijos: “yo les educaría, pero no puedo, porque son adictos”. Ya, claro.

¿Adicción a internet? No existe. Es una total, absoluta y completa estupidez. Una idea simplista y reduccionista. Déjate de adicciones y de fantasmas, aprende a sacar partido de la tecnología, y enseña a tus hijos a que lo hagan también.

 

IMAGE: Jesadaphorn Chaiinkeaw - 123RFUna encuesta en los Estados Unidos afirma que el 59% de los padres están preocupados por la adicción de sus hijos adolescentes a sus smartphones, una situación que, de manera intuitiva, no se diferencia demasiado de las sensaciones que vivimos en países como España: adolescentes que no sueltan el smartphone en ningún momento, que interrumpen todo tipo de momentos cuando el dispositivo suena o vibra, sin importar que se esté en medio de una conversación, de la cena, de una película o de una clase.

El término “adicción” siempre me ha parecido, en este contexto, absurdo y denigrante. Inventarse supuestas dependencias físicas o calificar a la tecnología como droga es una manera de empezar mal la aproximación a un problema que tiene mucho más que ver con la educación y la evolución de las normas sociales que con los estupefacientes. Plantearse “curas de desintoxicación” bajo el principio de que “en China lo hacen“, como si de verdad hubiese algo que “curar” o como si fuese válida la comparación de los antiguos fumaderos de opio con los actuales cibercafés me parece simplemente demencial.

No, no hablamos de adicciones, digan lo que digan los psicólogos. Hablamos de un cambio en los hábitos sociales, de nuevas costumbres y de nuevas maneras de priorizar en un entorno redefinido por la tecnología. Mientras no entendamos eso, que la tecnología ha redefinido el entorno social, no podremos aproximarnos al tema con un mínimo de objetividad. Los adolescentes que priorizan la atención a su smartphone sobre todas las cosas no tienen un problema de adicción, sino de educación, por mucho que les duela a esos padres que se niegan a admitir que han hecho mal su trabajo a la hora de educar a sus hijos. Se puede tener hijos adolescentes que estén a la última en el uso de herramientas tecnológicas y sean, a la vez, capaces de desempeñarse en un entorno social normal: no es sencillo, porque la atracción de un dispositivo que ofrece tantas posibilidades como el smartphone es importante, pero sí es posible. Se trata, simplemente, de poner reglas que tengan sentido, como las poníamos antes en otros entornos.

Según la encuesta norteamericana, los padres catalogan a sus hijos como “adictos” cuando “comprueban sus smartphones al menos una vez cada hora y se sienten presionados para responder inmediatamente a los mensajes”. ¿Se ha parado alguien a pensar que es que a lo mejor, en una sociedad como la actual, en la que todo está hiperconectado con todo en tiempo real, lo normal ha pasado a ser chequear nuestros terminales al menos una vez cada hora y entender que hay mensajes que deben ser respondidos lo antes posible? Lo normal, no lo obligatorio: algo que haces porque quieres o porque lo prefieres, no porque nadie te obligue a ello. Algo de lo que prescindes si quieres cuando estás haciendo algo que priorizas por encima de eso, o porque simplemente hace que te olvides de ello (no, no es el mismo discurso del “puedo dejarlo cuando quiera”).

Para entender y educar a nuestros hijos, tenemos que entender muy bien el entorno en el que viven, que condiciona profundamente su educación. Alguien que mire a sus hijos con condescendencia y que no sea capaz de entender qué diablos hacen enfrascados en su smartphone no va a ser capaz de plantear normas que tengan en cuenta la diferencia entre comunicación y entretenimiento, los condicionantes de cada canal o la evolución de las normas. Nos pongamos como nos pongamos, las normas de educación cambian. La irrupción de los smartwatch hace que, aunque sea lentamente, empiece a ser perfectamente aceptable que mires el reloj cuando estás con alguien, porque pasa a entenderse que estás simplemente comprobando una notificación que has recibido, porque ya no se entiende que estás deseando irte, y porque se entiende perfectamente que puedes estar prestando atención a la persona con la que estás aunque brevemente compruebes lo que te ha llegado a la muñeca. Son normas que cambian, que evolucionan con el panorama tecnológico, como antes evolucionaron muchas otras, y como evolucionarán muchas otras después. Empeñarse en que las normas son inamovibles es una demostración clara de falta de sensibilidad, de torpeza intergeneracional. No, educar no es imponer irracionalmente y caiga quien caiga. A lo mejor, llegamos mucho más lejos intentando entender lo que nuestros hijos hacen con sus smartphones que dictando normas prohibitivas y restrictivas hasta el límite que nadie en su sano juicio sería capaz de aceptar sin lucha.

No, no son adictos. Son simplemente una generación que ha nacido y se ha criado en un entorno de conexión permanente, y que por tanto, echan de menos esa conexión cuando no está a su alcance. Es perfectamente lógico. ¿Que hay que ponerle normas? Por supuesto, como a todo. Pero no quiere decir que sean adictos o que haya que desintoxicarlos, ni mucho menos. Si creemos eso, el problema lo tenemos nosotros, no ellos. Menos condescendencia, más empatía, y más educación.