IMAGE: DavidRockDesign / CC0 Creative CommonsLa presentación de una tecnología experimental, Google Duplex en la conferencia de apertura del Google I/O 2018 parece no haber dejado indiferente a nadie. Inmediatamente tras la demostración de dos llamadas para hacer reservas, una en una peluquería y otra en un restaurante, llevadas a cabo por un asistente con dos voces distintas que resultado completamente imposible identificar como no humanas, ha surgido una fuerte corriente de rechazo que considera a la compañía “insensible”, “inquietante” o incluso “horripilante (…) éticamente perdida, sin timón e incapaz de aprender de sus errores“.

La reacción es tristemente primaria: ante una conversación entre una máquina y una persona, el observador humano asume inmediatamente una identificación con el participante humano, y rápidamente pasa a pensar que el hecho de que esté hablando con una máquina sin saberlo es algún tipo de ofensa, un  insulto a su capacidad de discernimiento, o incluso algún tipo de abuso… cuando en realidad, lo que quiere el humano al otro lado del hilo es vender, y lo que hará en cuanto le sea posible será poner a su vez a otro agente automatizado al otro lado. Vamos a ver: ¿alguna vez han tenido algún tipo de problema las empresas en engañar a sus clientes y hacerles pensar que hay un humano al otro lado cuando no lo hay? No, jamás. El rosario de torpes intentos de hacer pasar interacciones como humanas va desde las robocalls automatizadas hasta los mail merge, pasando por lo que se nos ocurra. Si una compañía puede ahorrarse costes – porque ni siquiera, en la mayor parte de las ocasiones, se han planteado hacerlo para mejorar la experiencia del cliente o para incrementar su fidelidad – haciendo pasar a un robot por un humano, no lo dudemos: lo hará, sin plantearse ningún tipo de dilema ético. En gestión empresarial, los costes lo justifican todo, y pocas veces nos escandalizamos por ello.

Lo que más me puede preocupar de Google Duplex es, precisamente, su uso empresarial: su posible aplicación al telemarketing por parte de empresas irresponsables (el perfecto empleado al que no le importa repetir la llamada cien veces, no se desmotiva cuando lo rechazas y tiene un argumentario infinito ideado mediante machine learning a partir de millones de llamadas) y la evidencia de que siempre hay una empresa con un directivo suficientemente imbécil como para hacer lo que nadie con un mínimo de sentido común o inteligencia haría. Y sin embargo, lo que nos encontramos inmediatamente es a un puñado de usuarios bienpensantes que se preocupan por la ética de que el empleado de una compañía no sepa si está hablando con un posible cliente o con su asistente robótico…

Ante la corriente de críticas y las peticiones de hacer obligatorio que los robots se identifiquen como tales en sus conversaciones, la compañía ha asegurado que hará precisamente eso: incluirá un disclosure en el asistente, algún tipo de advertencia inicial que deje claro a quien esté al otro lado que está hablando con un asistente robótico. Quien sabe, a lo mejor tendremos que pasar un captcha o un test de Turing para demostrar que somos humanos antes de empezar una llamada. Algo que, muy posiblemente, hará que funcione peor y se convertirá en una excusa para que, conociendo la habitual estupidez humana, las peticiones que hagamos a través de nuestros asistentes sean consideradas como “de segunda”, reciban un peor trato, o incluso se utilicen como pretexto cuando haya un error… que por supuesto, vendrá invariablemente de la parte humana (¿o no llevamos años “echando la culpa al ordenador” cuando nos da la gana para justificar lo injustificable?) Es, sencillamente, es-tú-pi-do, así, com todas sus sílabas: se crea una tecnología para hacernos la vida más sencilla y llevar a cabo esas interacciones que tanto nos molesta hacer a nosotros mismos, pero vamos nosotros y nos preocupamos por los derechos del humano al que le toca levantar el teléfono, pobrecito, que ahora no va a saber si está hablando con otro humano o con una máquina…

Repito: lo que quiere el humano que levanta el teléfono es VENDER. De la manera más rápida y eficiente posible. Si hablar con un asistente, dado que es más eficiente y comete menos errores que el torpe de su amo, hace que surjan menos problemas y que la transacción tenga lugar con menos fricción, mejor aún. El dilema ético de si el empleado sabe si habla con una máquina o no es un dilema ético de andar por casa, un problema inventado y absurdo, y de hecho, la compañía sustituirá a ese empleado por un asistente robótico en cuanto tenga la mínima oportunidad, y no se preocupará lo más mínimo de si el que llama sabe o no que habla con un robot – salvo si vende menos. No, al empleado no le va a pasar nada: no va a tener problemas psicológicos, no va a experimentar efectos secundarios y no se va a enamorar de la voz que le llama (y si lo hace, peor para él). Estamos magnificando un problema que no existe. Si acaso, habrá que plantearnos, y más pos curiosidad sociológica que porque haya ningún problema, cómo evolucionarán las normas y protocolos sociales en un mundo en el que la voz de las máquinas es indiscernible de la de las personas, o si es sostenible que muchos humanos a la vez utilicen a su incansable asistente para peticiones sobredimensionadas, exhaustivas o que jamás tendría sentido que se plantease hacer una persona.

Ante una tecnología en su fase experimental, saltar y rasgarse las vestiduras con la violación de los supuestos derechos de una persona porque, pobrecita, no sabe que está hablando con una máquina es, en mi opinión, una soberana estupidez. Desarrollemos la tecnología sin cortapisas, veamos qué problemas emergen de su uso, e intentemos corregirlos introduciendo mejoras de manera paulatina mediante ensayo y error. Así funciona el progreso, no con mentes bienpensantes que saltan histéricas a la mínima pretendiendo que “es inmoral” que nos llame una máquina “porque no sabemos que lo es”. Si no te gusta el asistente robótico de Google, no lo uses. Pero déjanos en paz y no plantees absurdos dilemas morales a los que le estamos deseando sacarle partido, por favor.

 

Uber flying car (IMAGE: Uber)Uber ha presentado, en su Uber Elevate 2018, el prototipo de vehículo que pretende utilizar para ofrecer taxis voladores empezando en pruebas en el año 2020 en dos ciudades norteamericanas, Dallas-Fort Worth y Los Angeles, con planes para convertirlo en un servicio habitual en todo el mundo en torno al 2023.

Hasta aquí, todo muy bien: es cada vez más evidente que la combinación de desarrollos tecnológicos en torno al tema del transporte aéreo va a hacer desaparecer muchas de las barreras de entrada que había hasta el momento, y que el taxi volador va a ser una realidad más pronto que tarde: Uber pretende empezar con pilotos humanos, pero evolucionar hacia sistemas de vuelo autónomos rápidamente. A medida que esa transición tenga lugar, se incrementará la capacidad del sistema y se reducirán los costes operacionales, posibilitando lo que la compañía afirma: que un desplazamiento por el aire termine costando una cantidad muy parecida a lo que hoy cuesta aproximadamente el mismo desplazamiento en Uber X, el servicio más estándar de la compañía.

Sin embargo, surge un problema, y no es otro que el hecho de que hablemos de Uber, una compañía en cuyo debe ya hay no solo un largo historial de problemas regulatorios y de incumplimiento, sino incluso una víctima mortal. Una víctima derivada del hecho de emprender actividades con garantías escasas, sin haber alcanzado un nivel de calidad en sus desarrollos mínimamente competitivo como para plantearse el tipo de actividades que estaban llevando a cabo y, a pesar de ser perfectamente conscientes de ello, seguir insistiendo en la actividad con la intención de ir más rápido, en lo que supone una irresponsable asunción de un riesgo y una auténtica receta para el desastre. Esa acumulación de evidencias previas han llevado a la FAA a afirmar que mantendrá un nivel de tolerancia cero con toda actividad que sea o pueda ser menos segura que los estándares actuales, unos estándares que han llevado a que en los Estados Unidos lleven ya cuatro años seguidos libres de accidentes en suelo doméstico con jets comerciales. Básicamente, que Uber puede anunciar lo que quiera, pero que en los Estados Unidos no va a levantarse nada del suelo hasta que no consigan convencer a la FAA de que los estándares de seguridad en su actual estado se contemplan y respetan en su totalidad.

Las intenciones de Uber son enormemente ambiciosas: que sus aparatos vuelen a una velocidad de entre 240 y 320 kmh, entre los 300 y los 600 metros de altura, sean mucho más silenciosos que un helicóptero y hagan aproximadamente el ruido que hace un camión al pasar. Despegarán y aterrizarán de unas instalaciones especialmente diseñadas o de azoteas modificadas, que calculan que podrán mantener una actividad de unos doscientos despegues o aterrizajes cada hora, aproximadamente uno cada 24 segundos. Podrán terminar trayecto en otras torres similares, en otras azoteas de edificios preparadas para ello, o en el suelo en áreas especialmente designadas, y supondrán, supuestamente, una solución más para lidiar con el tráfico en las ciudades.

Desde un punto de vista estrictamente tecnológico, es perfectamente posible que el transporte aéreo esté suficientemente maduro como para que una solución así sea planteable. Que además sea rentable es más complejo si no hablamos de una actividad sistemática, habitual y de uso masivo, en lugar de ser algo más parecido a lo que hoy en día supone darse una vuelta en helicóptero: algo plausible, pero de un precio que lo sitúa más en el ámbito de un capricho turístico o de una actividad para personas con un nivel adquisitivo muy elevado. Pero que además pueda llegar a ser Uber la que lo ofrezca supondrá no solo que desarrolle esa tecnología y la despliegue, sino que muy posiblemente, debido a sus antecedentes, deba superar un nivel de inspección mucho más elevado y riguroso que el que tendría que superar cualquier otro con un pasado menos turbio. Cuando tu precipitación, tu falta de rigor y tu mal criterio a la hora de priorizar producen como resultado la muerte de personas, la consideración que obtienes a partir de ese momento es, a todos los efectos, la de compañía oficialmente peligrosa, que requiere más supervisión y control de lo que requerirían otras compañías diferentes. Con este tema, como con otros, Uber se dispone a comprobar cual es el precio de haber desarrollado una mala reputación.

Posiblemente, en el año 2023, tengamos taxis y vehículos autónomos voladores. Que sean desarrollados y gestionados por Uber o sean de otros que puedan haber demostrado mayor responsabilidad y sentido común en sus desarrollos, es ya una cuestión diferente.

 

Gmail Smart Compose (IMAGE: Google)Si ayer no dedicaste un par de horas durante la tarde a ver la conferencia de apertura del Google I/O, hiciste mal. Este tipo de conferencias, teóricamente para desarrolladores, son cada día más en sus sesiones inaugurales un muy buen escaparate de lo que la tecnología nos trae y de las posibilidades que tendremos en nuestras manos en muy poco tiempo – quizá algo más si lo que esperas es tenerlo disponible en tu idioma y este es distinto del inglés, pero pronto en cualquier caso.

Entre los “prodigios” que Google nos presentó, de la mano de un Sundar Pichai que iba dando paso a distintos especialistas de producto, puede verse claramente que el camino que la compañía inició hace ahora unos dos años, con mensajes como “nuestra inteligencia artificial es más inteligente que la de nuestros competidores” porque “llevamos más tiempo“, “poner AI en todas partes” o “repensarnos como una compañía machine learning first” no eran en absoluto un brindis al sol. Las palabras AI, inteligencia artificial o machine learning fueron una repetición constante asociada a absolutamente todo, en cada producto, en cada prestación, en cada momento. El cambio es tan profundo, tan obsesivo, que ahora hasta Google Research ha sido rebautizada como Google AI: toda la investigación que se hace en la compañía tiene que ver con la incorporación de machine learning e inteligencia artificial. En todo y para todo.

Entre las novedades presentadas, un asistente de escritura de mensajes para Gmail. La idea de que un asistente sea quien te escribe los mensajes proponiéndote frases completas a medida que escribes lleva años sonando tentadora, y en algunos casos limitados, es posible que hasta la hayamos experimentado ya: cuando contesto uno de los entre dos y tres correos electrónicos que recibo cada semana interesándose por la posibilidad de introducir publicidad o posts patrocinados en esta página, propuesta a la que siempre respondo cordialmente pero en idénticos términos negativos, he comprobado que puedo componer un mensaje completo (unas dos líneas de texto) simplemente utilizando el teclado predictivo, que me va sugiriendo, una detrás de otra, las palabras que he utilizado en ocasiones anteriores. Pero claro, una cosa es una respuesta estándar a un tema repetitivo, y otra cosa lo que pudimos ver ayer: el mensaje que ilustra estas líneas está compuesto en más de un 90% por un algoritmo, con el humano simplemente iniciando algunas de las frases con un par de letras. Dentro de las sugerencias que el usuario acepta hay de todo: desde salutaciones y despedidas cordiales, hasta propuestas sobre qué llevar a una cena, pasando por fechas, horas o direcciones. Presenciar la secuencia tiene algo de inquietante: no solo es que la máquina sepa cómo sueles dirigirte a esa persona, sino que entiende perfectamente cosas como de qué va el mensaje en función de una palabra en su asunto, sabe qué ingredientes tiene una cena con ese elemento principal, calcula qué día puedes cenar con esas persona, sugiere una hora adecuada, y hasta le da tu dirección!

En realidad, tiendo a pensar que lo que me resulta inquietante – o me genera, por qué no decirlo, un cierto rechazo – es el hecho de que el ejemplo escogido sea un mensaje a una amiga proponiéndole una cena. No sé vosotros, pero cuando imagino la automatización de tareas, tiendo a verla asociada con tareas de trabajo, con cuestiones formales, funcionales, relativamente carentes de emoción. La idea de escribir a un amigo no entra dentro de ese conjunto: a los amigos les escribo de otra manera, con otra mentalidad… es, para mí, una tarea que seguramente, aunque pudiese, no querría automatizar. Igualmente en recíproco: no me gustaría pensar que mis amigos me escriben o contestan mis mensajes de manera automatizada, aunque es evidente que hay cuestiones, como la felicitación anual de mi cumpleaños, que dependen prácticamente de forma exclusiva de los recordatorios que Facebook, LinkedIn y otras redes lanzan a todos los que me tienen como parte de su red.

Otro caso particularmente interesante y, en muchos sentidos, futurista, es la posibilidad de hacer que el asistente de Google haga llamadas por ti a personas de carne y hueso para, por ejemplo, reservar una cita para cortarte el pelo o en un restaurante. Las conversaciones que Sundar Pichai utilizó como ejemplo de Google Duplex provienen del análisis y entrenamiento del algoritmo con miles de horas de conversaciones anónimas, y se desarrollaron de manera aterradoramente perfecta, con el asistente no solo expresándose como una persona en todos los sentidos, con una entonación completamente humana indiscernible de una persona real e incluso con uso de partículas de asentimiento o espera, o tomando decisiones sobre la marcha en situaciones de incertidumbre. Las personas reales que había al otro lado, una empleada de una peluquería y una de un restaurante con un dominio del inglés más bien escaso, no tuvieron oportunidad alguna de imaginarse que no estaban hablando con una persona.

En este caso, la situación resulta algo más aceptable, aunque algunos la sigan considerando “inquietante”: una llamada de ese tipo, para pedir una cita, es algo que consideramos mecánico, donde buscamos la eficiencia, y de hecho seguramente muchas personas ya preferimos hacerlo fríamente online en lugar de mediante el teléfono cuando tenemos oportunidad. Es, al menos para mí, un caso claramente distinto del anterior, del mensaje a un amigo. Pero sin duda, una tecnología así, en cuanto esté razonablemente desplegada y popularizada, va a cambiar las relaciones sociales: que millones de personas empiecen a utilizar de manera habitual un asistente para ese tipo de tareas llevará a que personas al otro lado del hilo empiecen a asumir que hablan con un asistente, y probablemente cambien su forma de expresarse buscando una mayor eficiencia y prescindiendo de determinadas normas clásicas de educación, o que incluso pasen a utilizar otro asistente para que “converse” con el nuestro.

Estamos ante uno de esos “momentos de la verdad” que últimamente vemos parece que a menudo: Google ya no solo demuestra sin paliativos que su tecnología conversacional, su AI y su machine learning está por encima de las de otras compañías de su entorno – algo que podemos comprobar en cualquier momento con un iPhone en la mano si le hacemos la misma pregunta precedida por un “Oye, Siri” frente a un “OK, Google” y comparamos la calidad de las respuestas – sino que, además, ha presentado opciones realistas de uso, tecnologías razonablemente maduras que soportan casos de uso extremadamente versátiles, situaciones cotidianas de todo tipo, coyunturas que cabe pensar que muchas compañías utilizarán para proponer ya no un servicio más barato, sino posiblemente, un servicio mejor, más predecible o con menos errores. Automatización que ya no significa “actuar de forma automática”, sino “resolver un problema complejo”, con máquinas que se han entrenado previamente para ello con miles de situaciones similares, que tienen siempre la respuesta perfecta, la palabra precisa, la decisión ideal.

¿Queremos asistentes para automatizar tareas que consideramos mecánicas o aburridas? Sin duda, sí. ¿Los queremos para automatizar nuestras relaciones con nuestros amigos, para solucionar esas eternas conversaciones de WhatsApp intentando quedar un día o en un sitio? Ahí ya empiezo a tener mis dudas… seguramente valoraría herramientas para algunas cosas, pero creo que prefiero seguir teniendo cierta seguridad de que estoy hablando con mi amigo, no con el asistente digital de mi amigo. Pero tal vez en unos años ya no sea así, y hayamos desarrollado todo un nuevo conjunto de protocolos sociales para esas ocasiones. Si no viste Google I/O, de verdad, dedícale un rato. Vale la pena. Si te inquieta algo de lo que veas, considéralo normal. Pero sobre todo, asume que este tipo de cosas ya han llegado, ya están disponibles, ya se pueden utilizar, ya no es ciencia-ficción, y te las vas a encontrar más pronto que tarde… quién sabe, si en el mensaje de un amigo que te invita a cenar!

 

Flipkart logo

Flipkart es, sin duda, uno de esos casos de éxito locales en comercio electrónico: dos ex-alumnos del Indian Institute of Technology en Delhi,  Sachin Bansal y Binny Bansal, sin relación familiar a pesar de la coincidencia de apellido, que consiguen, adaptándose bien a un descomunal mercado en el que muchas de las oportunidades que dieron lugar al boom del comercio electrónico en todo el mundo tardaron algo más en llegar, convertirse en el actor número uno en el subcontinente y llevar a sus fundadores a la lista Forbes.

Para muchos indios, Flipkart es sinónimo de comprar en la red, y lo ha sido así durante mucho tiempo. Sin embargo, aunque tu mercado local se llame India y sea inimaginablemente grande, Flipkart parecía destinado a sufrir cuando Amazon, en febrero de 2012, comenzó a aventurarse en el mercado indio, primero con Junglee.com, una página de comparación de precios, y posteriormente, en junio de 2013, con el lanzamiento de su propia página. En la actualidad, aunque Flipkart mantenía su primera posición, muchos indios tendían a considerar que la experiencia de compra era mejor en Amazon, y ambos mantienen una fuerte competencia en recursos, producto a producto y precio a precio, que parece estar tendiendo a erosionar más la posición de la local que la de la norteamericana, con una estrategia mucho más orientada a la sostenibilidad, a la apertura de India a los mercados exteriores, y al largo plazo.

Flipkart, sin embargo, muestra una enorme fortaleza: cuando eres líder y tienes detrás un mercado potencial como el indio, captar inversores en rondas de financiación no resulta tan complejo, y conseguir inversores de referencia como la japonesa Softbank se convierte en una posibilidad real.

¿Por qué es tan importante Flipkart? Sencillamente, porque es la llave no solo para la entrada en el mercado indio, sino también para hacerlo con beneficios. Quien se lleve Flipkart no solo se lleva una compañía exitosa y una marca enormemente popular, sino que además, fagocita a un competidor agresivo con potencial para mantener a otros inmersos en duras guerras de precios. Por eso, acaba de ser la protagonista de una intensa guerra de ofertas entre Amazon y Walmart, que ha mantenido en vela a todo el ecosistema emprendedor indio en vela, y que finalmente parece haber ganado esta última. El caso de Walmart en India resulta bastante claro: aunque entró en el mercado hace más de una década, su presencia en el país ha estado limitada a tan solo una veintena de tiendas en el entorno B2B, fundamentalmente debido a la aplicación de políticas restrictivas del gobierno y al desarrollo de una joint-venture fallida. La compañía lleva desde el año 2014 afirmando que tiene pensado considerar el comercio electrónico como forma de expandir su presencia en el país, pero hasta ahora, no había emprendido ninguna iniciativa en ese sentido. Ahora, con la adquisición de una posición de control del 70% en Flipkart, las cosas podrían cambiar… siempre y cuando, lógicamente, se subsanen los obstáculos regulatorios (hablamos de un país con un enorme tejido de pequeño comercio local que, sin duda, se verá afectado por esa concentración de mercado) y se gestione adecuadamente.

La competencia entre Amazon y Walmart tiene muchos tintes épicos. Para Amazon, obtener el control de Flipkart era quedarse definitivamente con el mercado. Para Walmart, una oportunidad más parecida a un “ser o no ser”. Aunque en el mercado indio haya sido el supermercado tradicional el que haya terminado haciéndose con Flipkart, Amazon la superó como minorista más valioso por capitalización bursátil de los Estados Unidos en el año 2015, y es actualmente, tras la adquisición de Whole Foods en junio de 2017, el segundo generador de empleo del país, justamente detrás de Walmart, además de ser la tercera empresa más valiosa del mundo y la primera por facturación entre las llamadas “compañías de internet”. Anteriormente, Walmart había adquirido Jet.com, la compañía fundada por Marc Lore, anteriormente fundador de Diapers.com, en un intento de desarrollar su parte online. El mercado indio es importante por su magnitud y potencial, y justificaba una guerra de ofertas tan fuerte como la que ha tenido lugar. Ahora, el “pasaje a la India” de Walmart se convierte en una aventura de 15,000 millones de dólares en busca del éxito de una compañía que ha tardado años en asimilar que el mundo online era la siguiente y única frontera, pero que ahora parece estar dispuesta a avanzar en él sea como sea. Veremos cómo están las cuotas de mercado en el comercio electrónico en India dentro de un par de años.

 

Flipkart logo

Flipkart es, sin duda, uno de esos casos de éxito locales en comercio electrónico: dos ex-alumnos del Indian Institute of Technology en Delhi,  Sachin Bansal y Binny Bansal, sin relación familiar a pesar de la coincidencia de apellido, que consiguen, adaptándose bien a un descomunal mercado en el que muchas de las oportunidades que dieron lugar al boom del comercio electrónico en todo el mundo tardaron algo más en llegar, convertirse en el actor número uno en el subcontinente y llevar a sus fundadores a la lista Forbes.

Para muchos indios, Flipkart es sinónimo de comprar en la red, y lo ha sido así durante mucho tiempo. Sin embargo, aunque tu mercado local se llame India y sea inimaginablemente grande, Flipkart parecía destinado a sufrir cuando Amazon, en febrero de 2012, comenzó a aventurarse en el mercado indio, primero con Junglee.com, una página de comparación de precios, y posteriormente, en junio de 2013, con el lanzamiento de su propia página. En la actualidad, aunque Flipkart mantenía su primera posición, muchos indios tendían a considerar que la experiencia de compra era mejor en Amazon, y ambos mantienen una fuerte competencia en recursos, producto a producto y precio a precio, que parece estar tendiendo a erosionar más la posición de la local que la de la norteamericana, con una estrategia mucho más orientada a la sostenibilidad, a la apertura de India a los mercados exteriores, y al largo plazo.

Flipkart, sin embargo, muestra una enorme fortaleza: cuando eres líder y tienes detrás un mercado potencial como el indio, captar inversores en rondas de financiación no resulta tan complejo, y conseguir inversores de referencia como la japonesa Softbank se convierte en una posibilidad real.

¿Por qué es tan importante Flipkart? Sencillamente, porque es la llave no solo para la entrada en el mercado indio, sino también para hacerlo con beneficios. Quien se lleve Flipkart no solo se lleva una compañía exitosa y una marca enormemente popular, sino que además, fagocita a un competidor agresivo con potencial para mantener a otros inmersos en duras guerras de precios. Por eso, acaba de ser la protagonista de una intensa guerra de ofertas entre Amazon y Walmart, que ha mantenido en vela a todo el ecosistema emprendedor indio en vela, y que finalmente parece haber ganado esta última. El caso de Walmart en India resulta bastante claro: aunque entró en el mercado hace más de una década, su presencia en el país ha estado limitada a tan solo una veintena de tiendas en el entorno B2B, fundamentalmente debido a la aplicación de políticas restrictivas del gobierno y al desarrollo de una joint-venture fallida. La compañía lleva desde el año 2014 afirmando que tiene pensado considerar el comercio electrónico como forma de expandir su presencia en el país, pero hasta ahora, no había emprendido ninguna iniciativa en ese sentido. Ahora, con la adquisición de una posición de control del 70% en Flipkart, las cosas podrían cambiar… siempre y cuando, lógicamente, se subsanen los obstáculos regulatorios (hablamos de un país con un enorme tejido de pequeño comercio local que, sin duda, se verá afectado por esa concentración de mercado) y se gestione adecuadamente.

La competencia entre Amazon y Walmart tiene muchos tintes épicos. Para Amazon, obtener el control de Flipkart era quedarse definitivamente con el mercado. Para Walmart, una oportunidad más parecida a un “ser o no ser”. Aunque en el mercado indio haya sido el supermercado tradicional el que haya terminado haciéndose con Flipkart, Amazon la superó como minorista más valioso por capitalización bursátil de los Estados Unidos en el año 2015, y es actualmente, tras la adquisición de Whole Foods en junio de 2017, el segundo generador de empleo del país, justamente detrás de Walmart, además de ser la tercera empresa más valiosa del mundo y la primera por facturación entre las llamadas “compañías de internet”. Anteriormente, Walmart había adquirido Jet.com, la compañía fundada por Marc Lore, anteriormente fundador de Diapers.com, en un intento de desarrollar su parte online. El mercado indio es importante por su magnitud y potencial, y justificaba una guerra de ofertas tan fuerte como la que ha tenido lugar. Ahora, el “pasaje a la India” de Walmart se convierte en una aventura de 15,000 millones de dólares en busca del éxito de una compañía que ha tardado años en asimilar que el mundo online era la siguiente y única frontera, pero que ahora parece estar dispuesta a avanzar en él sea como sea. Veremos cómo están las cuotas de mercado en el comercio electrónico en India dentro de un par de años.