Bruselas vigilará la obsolescencia programada tras las sospechas sobre Apple - El País

Marimar Jiménez me llamó el pasado viernes para hablar sobre las recientes revelaciones sobre el deterioro de las prestaciones de algunos modelos antiguos de iPhone por parte de Apple y cómo esto ha despertado el debate sobre el uso de la obsolescencia programada como método para inducir una renovación más rápida del parque instalado, y hoy publica un artículo sobre el tema junto con Bernardo de Miguel en El País y Cinco Días titulado “Bruselas vigilará la obsolescencia programada tras las sospechas sobre Apple“.

En nuestra conversación, tratamos fundamentalmente la diferencia entre casos patentes de engaño al usuario o de inducción de un deterioro intencionado en un producto para provocar su sustitución, como es el conocido caso de Epson y su alerta que obliga a cambiar un cartucho aunque esté lleno de tinta (un caso que proviene de 2008, o posiblemente antes), frente a casos en los que lo que se pretende preservar es una experiencia de usuario determinada.

Obviamente, en el caso de Apple puede haber elementos de ambas cosas: a toda marca le interesa promover una renovación de los productos que vende, y en el caso de Apple, siempre ha procurado mantener un parque instalado lo más actualizado posible con el fin de reducir los costes derivados del mantenimiento, lo que incluye calificar equipos perfectamente funcionales como vintage a los cinco años con el fin de reducir el inventario de recambios a mantener. Pero sin duda, existe otro elemento: las baterías se deterioran en un proceso inevitable que puede ser monitorizado, y cuando comienzan a no ser capaces de suministrar determinados niveles de tensión de manera sostenida, hay procesos que demandan esos niveles de tensión que pueden provocar un reinicio involuntario del terminal. Es evidente que el hecho de que un terminal que estás utilizando se reinicie de manera aparentemente espontánea no es algo simplemente molesto, sino un problema de primera magnitud que compromete la experiencia de uso, y que puede de hecho terminar con el usuario arrojando el terminal contra la pared. Con el fin de evitar ese fenómeno, documentado en una amplia variedad de marcas, Apple toma la decisión de reducir las prestaciones del terminal en su conjunto a partir de un determinado nivel de deterioro de su batería, lo que impide que se produzcan esos molestos reinicios, a cambio de provocar una ralentización del terminal.

¿Tiene sentido lo que hace Apple? Técnicamente, sí. Si alguien ha pasado por la experiencia de intentar utilizar un terminal que se reinicia constantemente, sabe que sí: frente a no hacer nada y dejar al usuario que se las arregle como pueda, lo que Apple hace es intentar proponer una solución. Pero desde el punto de vista de imagen, esa solución solo tiene sentido si está adecuadamente comunicada, y ese, obviamente, no ha sido el caso. Si la marca simplemente lleva a cabo ese proceso sin aviso de ningún tipo al usuario, lo que este percibe es que su terminal pasa a funcionar más lentamente, lo relaciona con alguna actualización, y si esta coincide con el lanzamiento de algún nuevo modelo, tiende a sospechar que se trata de una manera de promover el cambio. Si en lugar de eso, la marca ofrece al usuario una métrica de las prestaciones de la batería y le ofrece la alternativa de cambiarla – prolongando así el uso del terminal – o de proceder a la citada reducción de las prestaciones, la imagen proyectada es completamente distinta. Sin embargo, ese tipo de consideración con el usuario nunca ha estado presente en la cultura de Apple, habitualmente mucho más inclinada, según “el libro de Jobs” (“It’s not the customer’s job to know what they want”), a tomar decisiones directamente sin su participación, y esa actitud ha sido la que, en último término, ha provocado el problema.

¿Debe legislarse la obsolescencia programada? En algunos casos, en entornos tecnológicos en rápida evolución, la obsolescencia es un fenómeno natural que se convierte en una opción consciente. Si Tesla quiere preservar su capacidad de innovación, la decisión de no hacer retrofitting de sus modelos anteriores puede resultar impopular, pero no deja de ser una opción estratégica válida, si se comunica de la manera adecuada. ¿Tiene sentido que un vehículo adquirido hace unos meses no pueda incorporar una nueva prestación o accesorio recién desarrollado? Lo tiene, si la marca no quiere generar un proceso costoso que, aún siendo potencialmente rentable, distrae recursos y provoca una pérdida de foco, aunque pueda resultar frustrante para el usuario. ¿Tendría sentido obligar por ley a esa marca a llevar a cabo un proceso en el que no está estratégicamente interesada? Muy posiblemente, no.

En general, lo que hay que hacer es aplicar lo que ya está legislado: estafar a tus usuarios introduciendo un proceso intencionadamente y sin justificación para deteriorar su producto es algo que ya está en las leyes: se llama estafa, tiene su tipificación penal, y es argumentable y demostrable ante un juez. ¿Cae en ese supuesto lo llevado a cabo por Apple? Si la marca no sabe explicarlo adecuadamente y sus usuarios la llevan a los tribunales, tendrá que demostrar que no estaba haciendo eso sino preservando la experiencia de uso del producto, y tendrá que convencer a un juez de que es así. Por tanto, la legislación adicional intentando tipificar algo con tantos matices posibles como la obsolescencia programada tendería a tener entre poco y ningún sentido, y a generar más problemas que soluciones, por mucho que la idea de obsolescencia programada tienda, de manera intuitiva, a generarnos rechazo.

Vigilar y monitorizar el posible uso indebido de la obsolescencia programada puede tener sentido. Ahora, tras el escándalo de Apple, cualquier usuario con un terminal que funciona puede optar por cambiarlo para adquirir el último de la gama, por admitir una reducción de sus prestaciones para evitar incómodos reinicios, o por acudir a una tienda para instalar en él una batería nueva y seguir utilizándolo con normalidad. Pero indudablemente, ese proceso no se proyecta al infinito: a partir de un tiempo determinado, el progreso y las demandas de las aplicaciones impiden que un modelo antiguo siga teniendo un rendimiento razonable, y penalizar que la marca incentive o promueva su modernización puede resultar absurdo. Como siempre, la mejor receta para este tipo de cuestiones es la transparencia.

 

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El término growth hacker se atribuye a Sean Ellis, emprendedor y directivo de compañías como LogMeIn o Dropbox entre otras, en un artículo de 2010 titulado Find a growth hacker for your startup. Según su definición, un growth hacker debía ser “una persona cuyo auténtico norte es el crecimiento, y que todo lo que hace es escudriñado por su impacto potencial en el crecimiento escalable”.

Desde entonces, se ha dado en llamar growth hacking a toda una panoplia de técnicas que van desde el email marketing hasta los algoritmos de recomendación o la viralidad, se ha creado toda una supuesta categoría profesional, y hasta servicios de consultoría en torno al tema, como si se tratase de algún tipo de nueva religión o fervor que todas las compañías tienen que abrazar y practicar, como si todo lo que rodea al growth hacking estuviese automáticamente justificado o santificado de alguna manera.

La gran verdad es que el growth hacking oculta un problema evidente: que en la inmensa mayoría de los casos, el poner el crecimiento como único objetivo incondicional es una enorme falacia. Sí, a todas las compañías les gusta crecer. Pero cuando ese crecimiento se convierte en objetivo fundamental y se trata de conseguir por todos los medios posibles, a modo de mantra obsesivo, se cometen errores importantes o se incurren en absurdos conceptuales, que en ocasiones pueden incluso llegar a ir en contra del calificativo que inicialmente acompañaba a la definición de growth hacking: sostenibilidad.

Un ejemplo: llevo en LinkedIn desde el año 2003. Es un servicio que aprecio, que utilizo y que además, supone una buena parte de la difusión de los contenidos que creo. La compañía debería conocer perfectamente mis hábitos, mi forma de utilizar el producto y mis prácticas a la hora de gestionar mis contactos profesionales. Y sin embargo, las técnicas de growth hacking llevan a LinkedIn a, cada vez que acepto a una persona en mi red, automáticamente hacer aparecer los conocidos de esa persona en el mismo punto en que he hecho clic para aceptarla, tanto en la pantalla del ordenador como en la app en el smartphone, en un absurdo intento de que haga un clic más e invite a alguno de los conocidos de esa persona a formar parte de mi red. La cuestión es tan absurda y patética, que incluso si estoy aceptando a varias personas y hago caso omiso de esas recomendaciones, LinkedIn las desplaza para hacerlas aparecer en la parte de la pantalla en la que estoy haciendo clic, de nuevo intentando “cazar” ese posible clic accidental. Vamos a ver, estimado growth hacker que ideó semejante estupidez: ya sé que para LinkedIn, cuantos más contactos tengamos en nuestra red profesional, mejor. ¿Pero de verdad crees que mi red profesional va a ser mejor por el hecho de que solicite más contactos por error, de manera no intencionada, simplemente porque me has colocado un botón donde no debía estar? ¿De verdad alguien te ha convencido de que eso tiene sentido, te digan lo que te digan las métricas? ¿Va a incrementar eso mi satisfacción con el producto, el aprovechamiento de mi red o algún factor que de verdad sirva para algo? ¿Podemos, por favor, abandonar una práctica tan absurda y cansina, que da la impresión de que lo que LinkedIn pretende es simplemente que “todos nos hagamos amigos de todos”, detrayendo el verdadero valor y sentido que tiene una red de contactos? No, LinkedIn no debería ser, por mucho que sus growth hackers crean, una red en la que “se triunfa” cuando se tienen muchos contactos. El verdadero triunfo debería ser una red bien configurada para lo que el usuario pretende hacer con ella, y eso, en la mayoría de los casos, implica ser relativamente selectivo, no disparar invitaciones a tontas y a locas.

Relacionado: ¿por qué enviar a un usuario constantes invitaciones para que aproveche una promoción y se haga premium gratis durante un tiempo? ¿No cabe pensar, en un usuario que lleva casi tantos años en LinkedIn como años tiene la red, que habrá barajado dicha posibilidad y que, por la razón que sea, la ha descartado? ¿Vale de verdad la pena enviarle correos incesantes que llegan a alcanzar, por pura reiteración, la consideración de spam, solo porque un growth hacker ha decidido fijar unos determinados objetivos de conversión que supuestamente debe conseguir a toda costa, caiga quien caiga, aunque ello llegue a suponer molestias para el usuario?

Facebook advertisingQuerida Facebook: ¿de verdad crees que tiene sentido recomendarme todos y cada uno de los malditos días desde hace ya bastante tiempo que “mi publicación tiene mejor rendimiento que el 90% de las publicaciones de esa página, promociónala para alcanzar…”, o “Cuando acabes de promocionar tu publicación, un máximo de tantasmil personas…”, o “toma, aquí tienes treinta euros para que lo pruebes”… ¿De verdad a alguien le parece que esa estrategia tiene algún sentido? ¿Me estoy perdiendo algo? ¿Cuánto tiempo llevo en Facebook? Muchos años. ¿Alguna vez he tomado la decisión de promocionar una publicación? No, ¿verdad? De haberlo hecho, lo sabrías, ¿no te parece? ¿No cabe pensar que, por mucho que el objetivo de negocio de Facebook sea que los creadores de contenidos nos anunciemos y gastemos dinero en publicidad, mi estrategia personal no es esa, y para mí, simplemente, no tiene sentido? ¿No deberían los algoritmos de Facebook entender una cuestión tan básica, analizar mínimamente a ese usuario del que saben tanto, y abandonar el objetivo de venderle a toda costa una publicidad que resulta patente y evidente que no va a comprar, o al menos hacerlo tras un cierto número de intentos fracasados? Pero no, no lo hacen, porque el growth hacker de turno ha decidido que, pase lo que pase, ese es el objetivo, opine lo que opine yo al respecto, y por tanto, me martiriza todos los días con sus consejos, sus simulaciones y sus promociones.

Son simplemente dos ejemplos ilustrativos rápidos. Hay muchos, muchísimos más, una especie de obsesión universal por el growth hacking, y no pretendo en absoluto ejemplificar con Facebook o LinkedIn, no es ese el objeto de esta entrada. Estos son simplemente dos servicios que todo el mundo conoce y que utilizo con profusión, que me resultan importantes, que suponen una parte importante de la difusión de mis contenidos todos los días, y con los que, en general, tengo un nivel de satisfacción adecuado. Pero ese nivel de satisfacción, seguramente, sería mayor si además, no me diesen sistemáticamente la paliza con este tipo de técnicas absurdas.

En general, la incondicionalidad es una mala idea. Las estrategias, prácticamente todas, suelen estar condicionadas a muchas circunstancias, circunstancias que en muchas ocasiones tienen sentido. Plantearse un objetivo “sí o sí”, “caiga quien caiga” o “por encima de todo” puede ocasionar molestias a los usuarios, o incluso incoherencias con respecto a la misión de la compañía o al supuesto uso adecuado de sus productos. ¿No deberíamos replantear la figura del growth hacker para, como mínimo, pasarla por el tamiz del sentido común?

 

IMAGE: Scyther5 - 123RFMuchos pensarán que todo empezó con esta entrada de Mark Zuckerberg en su página personal, definiendo su desafío personal para el año 2018 como “arreglar los problemas de Facebook“, definidos por él mismo como “defender a la comunidad contra el abuso y el odio”, “defendernos contra la interferencia de naciones y estados”, o “asegurarnos que el tiempo que pasamos en Facebook es tiempo bien invertido”.

Esta entrada desencadenó rápidamente todo tipo de reacciones: desde John Battelle sentenciando sencillamente que “Facebook no tiene arreglo“, hasta Roger McNamee, que apunta “medidas para arreglar Facebook antes de que sea Facebook quien nos arregle a nosotros“, pero la gran realidad es que la cuestión no empezó con la resolución de año nuevo de Mark, sino mucho, mucho antes.

A lo largo de los últimos tiempos, Facebook no solo se ha demostrado como una compañía enormemente rentable, con una capitalización bursátil por encima de los quinientos mil millones de dólares y con una acción en continuo crecimiento, sino también como una herramienta para influenciar procesos electorales y atacar la misma esencia de la democracia, para promover el genocidio hasta el punto de que algunos se planteen juzgar a la compañía por crímenes de guerra, para promover la exclusión en función de criterios de todo tipo, o para promover el discurso del odio, el acoso y la exclusión, sin que las medidas tomadas por la compañía para evitarlo hayan servido para evitarlo.

A lo largo de su fastuoso crecimiento hasta superar los dos mil millones de personas en todo el mundo, Facebook se ha construido sobre un mecanismo fundamental: un algoritmo que muchos aceptan como completamente normal, pero que desde mi punto de vista debería ser considerado completamente inaceptable. La cuestión es tan sencilla y fácil de entender como efectivamente lo parece: cuando creas contenido en una página de Facebook, ese contenido tiene un alcance orgánico determinado. Alcanza la atención de que manera natural debe alcanzar, en función de sus características y de las personas que deciden compartirlo. Desde ese punto de vista, la red social se convierte en una plataforma, en un entorno en el que la información circula libremente, y cada uno encuentra los contenidos que aquello que ha definido como su entorno de interés, sus amigos, las páginas que decide seguir, etc. le aportan. Sin embargo, a partir de un momento dado, el algoritmo empieza a actuar, restringiendo de manera artificial el alcance orgánico de los contenidos creados, pretendiendo que el creador del contenido, para obtener una audiencia similar a la que tenía antes, se vea obligado a adquirir publicidad. La gran mayoría del negocio de Facebook proviene ni más ni menos que de ahí, de forzar a los creadores de contenidos a pagar por un alcance que podrían estar obteniendo de manera natural, pero del que el algoritmo de Facebook les priva artificialmente. En ese sentido, Facebook es como un vendedor de droga: si quieres mantener tu relevancia, tendrás que pagarme cada vez más.

Ese, y no otro, es el responsable de la inmensa mayoría de los problemas de Facebook. No se puede establecer un imperio que alcanza e implica a más de dos mil millones de personas sobre un algoritmo así, más calificable como de sucio truco que como un verdadero modelo de negocio, por mucho que le haya ido bien con él. A partir del momento en que, de manera artificial, restringes el alcance que un contenido debería haber tenido para pasar a vender ese alcance a su creador, sabes perfectamente que no estás inventándote hábilmente un modelo de negocio, sino cometiendo un fraude. Estás creando un engaño, un sistema perverso que puede ser explotado para lo que se quiera. El problema de Facebook es haberse desarrollado con un enorme éxito gracias a ese algoritmo, haber creado un sistema que permite comercializar la atención sin ningún tipo de límite – ni siquiera los que legalmente debería tener, como filtrar por determinados criterios – y sin prácticamente ningún tipo de control, salvo los que se han intentado ir creando a golpe de crisis. El problema es que lo que le ocurre a Facebook es lo que pasa cuando superpones la naturaleza humana a un algoritmo absurdo, que debería ser completamente inaceptable, pero que por alguna razón, hemos convenido en calificar como normal. No, no lo es. Nadie debería ganar dinero haciendo algo así, manipulando los procesos de atención de esa manera. El problema de Facebook es un problema de mentalidad, y se ha hecho más evidente a medida que ha ido creciendo. Ahora, en plena madurez, la magnitud del cambio que Facebook necesita es prácticamente fundacional.

A partir de aquí, veremos. La primera medida, modificar el News Feed para reducir el alcance de las noticias y los vídeos, y reforzar la presencia de los contenidos creados por tus amigos, es una solución temporal: si te conviertes en el mayor medio de comunicación del mundo, en el sitio donde más personas leen la prensa, te aseguras convertirte también en el objetivo de todos los que han generado los grandes problemas a los que Mark se refiere: de estados que intentan manipular procesos electorales, de quienes intentan distribuir el discurso del odio, de quienes pretenden manipular todo lo manipulable. Pero solucionar tus problemas a base de reducir tu relevancia no es una solución: es una retirada. Lo normal, lo esperable, es que una red social como Facebook termine siendo un lugar donde acceder a noticias, donde verlas tamizadas por los intereses de tus amigos, donde comentarlas, como en la barra de un bar.

Este primer cambio de Facebook es eso, solo el primero de muchos que están por venir. Mark Zuckerberg es una persona con una brillantez excepcional, y aunque sea una tarea difícil y compleja, sabe que tiene que llevarla a cabo. A corto plazo, veremos muchos sustos: todos aquellos medios que hayan confiado su audiencia a la compra de tráfico en Facebook se verán afectados, se encontrarán con caídas, y se resentirán en su alcance, con todo lo que ello conlleva. Pero por otro lado, veremos un panorama más lógico, más razonable y, a medio plazo, más real, menos distorsionado. Porque lo que hacía Facebook no era ni más ni menos que eso: distorsionar la relevancia y el alcance de las cosas. Y sobre algo así, no puede construirse nada bueno.

 

GM Cruise AVMientras algunos aún siguen preguntándose si el vehículo autónomo será o no una cosa de ciencia-ficción, resulta que en la curva que define los procesos de innovación ya hemos pasado a la siguiente fase, la de adopción.

En efecto: desde el pasado noviembre, tenemos ya una ciudad, Phoenix (Arizona), en la que los vehículos autónomos de Waymo, Chrysler Pacifica, se han convertido ya en una parte completamente integrante y normalizada del paisaje urbano de la ciudad. Vale la pena leer el artículo de Ars Technica titulado What it’s like to live in Phoenix? ‘Waymo units all over the damn place’, en el que algunos residentes de la ciudad cuentan cómo es la experiencia de convivir ya no solo con los vehículos de la compañía transportando a familias que se apuntan como beta testers, sino además con los abundantes Volvo XC90 de Uber y algunos Chevrolet Bolt, que también han desplazado muchas de sus pruebas a esa ciudad.

Las razones para la popularidad de Phoenix en el ámbito de la conducción autónoma son dos: por un lado, el benigno clima de la ciudad, donde raras veces llueve, jamás nieva, y las carreteras se encuentran habitualmente en fantásticas condiciones. Por otro, la orden ejecutiva que el gobernador del estado de Arizona, Doug Ducey, firmó el 25 de agosto de 2015, esencialmente convirtiendo el estado en un lugar abierto a todo tipo de pruebas de este tipo. El impacto de esa orden ejecutiva, un simple documento de dos páginas que debería servir de ejemplo, por su simplicidad, para políticos de todo el mundo, ha sido brutal, y ha convertido Arizona en uno de los principales epicentros del progreso de la conducción autónoma. Waymo, además de desplazar sus unidades a la zona (tiene otras en pruebas en otros entornos de clima menos benigno, como Detroit), cerró un acuerdo con Avis para proveer mantenimiento a esa flota (e hizo subir de paso las acciones de la compañía de alquiler de vehículos más de un 21%), y lanzó una campaña de publicidad y relaciones públicas, Let’s talk self-driving,  con asociaciones cívicas relacionadas con la prevención de la conducción bajo los efectos del alcohol, por la seguridad en la carretera, de ciegos y de personas mayores desarrollando los posibles beneficios de la conducción autónoma.

De hecho, las comunidades de personas mayores se han definido como uno de los grandes objetivos de este tipo de tecnología: en los Estados Unidos, muchas de estas comunidades tienen muy poco que ver con las clásicas residencias de ancianos, y son, en su lugar, auténticas urbanizaciones con servicios comunes en las que ciudadanos residen con toda normalidad (con tanta normalidad, que es muy habitual que haya gran profusión de alcohol y de sexo sin consecuencias :-) y en las que una de las principales restricciones es la dificultad para conducir. De hecho, la más grande de estas comunidades en Florida, The Villages, con 125,000 residentes, mas de 54,000 casas, 83 kilómetros cuadrados, 1,200 kilómetros de carreteras y tres centros urbanos, acaba de anunciar un acuerdo con una startup, Voyage, que explotará en la misma una flota de robotaxis. La experiencia incide en uno de los principales colectivos que podrían obtener un gran beneficio de la conducción autónoma, personas mayores con dificultades para conducir, y que aparentemente, tras las primeras pruebas, aceptan de buen grado la tecnología sin ningún tipo de rechazo al poner en la balanza su evidente propuesta de valor. 

En el reciente CES de Las Vegas, los asistentes tenían la posibilidad de probar un vehículo autónomo de Lyft para moverse por la ciudad y desplazarse de los centros de convenciones a sus hoteles o a otros puntos. Un vehículo con conductor de seguridad, pero que no tenia que hacer prácticamente nada durante el trayecto, y en una experiencia que muchos han definido como “completamente normal”, ni siquiera especialmente llamativa, dentro del habitualmente cansino tráfico de la ciudad. En las próximas grandes citas mundiales, como juegos olímpicos y similares, veremos muchas más experiencias de este tipo.

GM, por su parte, ha presentado la cuarta generación de su Cruise, y esta vez es ya un vehículo totalmente carente de pedales y volante (en la imagen), solamente unos meses después de la presentación de su tercera versión, reflejando la velocidad de la industria en este tema. El vehículo no es simplemente un concepto: la compañía ha solicitado todos los permisos y espera obtener la aprobación y homologación completa para la explotación comercial de 2,600 vehículos como servicio de taxis autónomos en 2019. Echa un vistazo al vídeo, de tan solo treinta segundos: esto es lo que pronto podrás esperar en muchos vehículos: cuatro asientos, y como todo control, la ventilación, el entretenimiento, y un botón rojo para solicitar la detención segura en caso de emergencia.

Este tipo de experiencias son las que podemos esperar durante esta recién estrenada fase de adopción: cada vez más oportunidades, contextos y situaciones para experimentar con la conducción autónoma. Lógicamente, al tiempo que se populariza la conducción autónoma, veremos venir el siguiente cambio de variable: estos vehículos no están pensados para que sean adquiridos por los usuarios, sino para ser explotados como flotas con unos costes muy bajos, transformando cada vez más el automóvil desde su concepción actual de producto a una de servicio. Nadie nos prohibirá conducir ni tener un vehículo, pero iremos viendo cada vez más vehículos autónomos alrededor, iremos entendiendo su propuesta de valor, veremos los beneficios de personas que pueden ir trabajando, durmiendo o descansando en su vehículo o convirtiendo el tiempo de desplazamiento en tiempo útil, iremos entendiendo la seguridad que proporcionan en determinadas circunstancias de la conducción… y sencillamente, empezaremos a utilizarlos y a tender a dejar nuestros vehículos en el garaje en más ocasiones, hasta que terminemos por venderlos o por mantenerlos como una posesión casi romántica.

Si tenías alguna duda de esta evolución y de sus tiempos, haz clic en los enlaces y lee con más detalle: la conducción autónoma ya está aquí. Su tecnología continuará mejorando, la adaptación a otros lugares con condicionantes más complejos (clima, calidad de las carreteras, etc.) tendrá lugar muy rápido debido a la capacidad de las flotas para aprender de manera distribuida consolidando ese aprendizaje de manera centralizada, pero ya ha llegado, ya funciona, y ya está desplegada. Quien no lo quiera ver o entender, que lo haga a su propio riesgo.

 

Logan Paul (IMAGE: © Luigi Novi / Wikimedia Commons)El caso de Logan Paul, el último youtuber protagonista de un escándalo por conductas consideradas impropias, me lleva a lanzar algunas ideas sobre los procesos de autorregulación de los ecosistemas definidos por la tecnología.

Logan Paul es un clásico fruto de una generación que ha visto el vídeo y las plataformas sociales como parte de su entorno desde muy jóvenes: a los diez años, comenzó a crear vídeos en Zoosh, un canal de YouTube, pero saltó a la fama con Vine, aquellos vídeos de seis segundos en bucle que Twitter adquirió en 2012, pero cerró en 2016 tras ser incapaz de fidelizar a la comunidad de creadores con los incentivos adecuados para que se quedasen en el servicio.

Logan Paul, como la mayoría de los creadores en Vine, volvió a YouTube con un canal propio, y a lo largo del tiempo, ha llegado a acumular varios millones de seguidores, la mayoría muy jóvenes, que disfrutan con vídeos en los que, mayoritariamente, hace bromas en muchos casos pesadas o de mal gusto. Es precisamente esa búsqueda de la notoriedad la que le ha ido llevando a actitudes cada vez más transgresoras, un fenómeno que hemos visto en otros países, y del que España tampoco se ha librado. En el caso de Logan Paul, la polémica saltó cuando, en un viaje a Japón, entró en el llamado “bosque de los suicidios” y filmó a una víctima, sobre la que hizo además varios comentarios, pero podría haberle ocurrido mucho antes: en ese mismo viaje, se dedicó a utilizar el clásico candor japonés para gastar pesadas y molestas bromas a numerosos transeúntes, comportándose como un auténtico imbécil.

La retirada del vídeo del suicida y las disculpas de su autor no han podido evitar su caída en desgracia: ayer, YouTube anunció la eliminación de Logan Paul de su programa de publicidad preferente, y la cancelación de los futuros desarrollos de series que tenía acordadas para YouTube Red.

La historia se repite ya muchas veces: un ecosistema que presiona a personas habitualmente muy jóvenes y con un escaso desarrollo de su sentido común para explorar contenidos cada vez más transgresores, en busca de esos suscriptores, de esa notoriedad y de esos ingresos publicitarios. Las sanciones de YouTube, en una posición de obvio conflicto de intereses puesto que se beneficia en gran medida de esos ingresos, podrían ir dando lentamente sus frutos, pero se convierten en realidad en una sucesión de anécdotas desagradables que dejan, además, un reguero de víctimas.

El fenómeno lo vemos habitualmente en todos los ecosistemas definidos por la tecnología: el correo electrónico pasó de ser una maravillosa herramienta de comunicación a convertirse en una pesadilla de spam insoportable: si examinamos la historia, comprobaremos que la legislación del tema contribuyó entre poco y nada a la solución del problema, que únicamente pasó a ser más llevadero con el desarrollo de las tecnologías adecuadas de filtrado basadas en inteligencia artificial. La publicidad online ha ido creciendo para convertirse en cada vez más intrusiva e insoportable, y está por ver que las restricciones legales sirvan para evitar esa espiral negativa: desde mi punto de vista, quien más ha contribuido a la solución del problema han sido compañías como la alemana Eyeo con el desarrollo de bloqueadores cada vez mejores, o las medidas técnicas tomadas por Apple.

¿Deberíamos legislar la creación y difusión de contenidos como los de Logan Paul y otros youtubers? Me inclino a pensar que la solución, de nuevo, se basa más en una mejora de las tecnologías y de los sistemas de detección automatizados, en una atención más pronta a los sistemas de alerta de los usuarios o a aplicar la legislación que ya existe en ese sentido, evitando que las plataformas de vídeo en la red se conviertan en lugares al margen de unas leyes que llevan mucho tiempo aplicándose a, por ejemplo, la televisión. Para ello, por supuesto, es indispensable una apuesta de las plataformas como YouTube por esa autorregulación, una demostración del desarrollo de estrategias sostenibles a largo plazo, frente a la posibilidad de ganar dinero más rápidamente gracias al crecimientos basados en un ecosistema que estimula el comportamiento malsano. Las sanciones legales pueden llegar en los casos en los que se infrinjan las leyes que llevan años aplicándose a otros canales y que constituyen el fruto de un consenso social obtenido durante décadas, pero ir más allá y pretender sobre-legislar en virtud de un supuesto hecho diferencial de internet o de una caída de las barreras de entrada supone, por lo general, un error.

El caso de Logan Paul, como anteriormente el de PewDiePie y el de muchos otros en otros países son parte de un proceso, de un sarampión por el que, desgraciadamente, hay que pasar. Simplemente, tratar de pasarlo de la manera más rápida e indolora posible: en cuanto detectemos que un comportamiento se está generalizando, tratar de ponerle freno, sacrificando para ello los posibles ingresos que podrían obtenerse de su explotación. La interacción entre las plataformas correspondientes, en muchos casos interesadas en una solución tardía que les permita rentabilizar el fenómeno, y las asociaciones ciudadanas, de derechos civiles, los anunciantes u otros actores son fundamentales, como lo es la aplicación pronta y decidida de las leyes que ya existían a tal efecto. Pero sobre-legislar, legislar en caliente o dar puñetazos legislativos encima de la mesa suele dar lugar a soluciones de brocha gorda, a errores, a restricciones absurdas o a leyes imposibles de cumplir. Todo requiere su tiempo: el desarrollo de protocolos de uso, también.