La desbandada de Twitter - PapelAbraham Romero me envió un correo electrónico para pedirme que le resumiese mi visión sobre el momento actual que vive Twitter, y el pasado domingo me citó en su artículo en la revista Papel titulado “La desbandada de Twitter” (pdf).

Twitter es un servicio que se ha consolidado como un verdadero elemento del panorama informativo y mediático, pero que presenta claros problemas de sostenibilidad derivados de un importante desenfoque estratégico, que lleva a que muchos usuarios no tengan ahora claro el modelo de uso. A pesar de su aparente dinamismo, Twitter no crece, no seduce a nuevos usuarios, no convence salvo a los que ya tenía convencidos (los modelos de comunicación más asimétricos, como empresas o celebridades), y su uso llega incluso al punto de resultar casi intimidatorio para muchos. Y no crecer, en un momento como el actual, implica muchos problemas, desde una falta de fe de los inversores que determina su cotización bursátil descendente, hasta una importante vulnerabilidad de su modelo de negocio: sin usuarios fieles en la base de la pirámide, la propuesta de valor de las acciones publicitarias para sus anunciantes se resquebraja.

La paradoja está servida: Twitter es ideal para informarse rápida y ágilmente de lo que ocurre en el mundo, es perfecta para dar respuestas eficientes en el servicio al cliente, es maravillosa para construir canales bidireccionales que acerquen a las personas a aquellos que les sirven de inspiración o ejemplo, es indispensable para construir contextos de conocimiento basados en personas o incluso para capturar sentimientos y opiniones colectivas… pero a pesar de todo eso, no termina de encontrar su sitio. En efecto, si no existiese Twitter, tendríamos que inventarla, pero la Twitter de hoy no parece capaz, sin cambios significativos, de enfocar con claridad el futuro. Lo que Twitter está sufriendo no es, como tal, una desbandada, pero sí una lenta pérdida, un drenaje progresivo y cada vez más alarmante de usuarios activos. En los dos años recién cumplidos que han pasado desde su salida a bolsa, la compañía ha perdido casi un 40% de su valor.

NYSE:TWTR (Nov. 2013 - Dec. 2015) - Google Finance

A continuación, el párrafo que envié a Abraham para su artículo:

El problema de Twitter es la falta de foco estratégico. La empresa inició su andadura planteándose como una herramienta de comunicación entre usuarios, pero cambió drásticamente para convertirse en algo muy distinto, en un entorno mucho más complejo que define la imagen de las personas, en el que “somos lo que compartimos”. A partir del momento en que Twitter se enfocó hacia el “¿qué está pasando?” en lugar del “¿qué estás haciendo?”, pasó a tener muchísimo sentido para las empresas, los medios y las celebridades, pero perdió mucho sentido para los usuarios de base, para quienes lo usaban simplemente para mantenerse en contacto con sus amigos. Ninguna empresa o celebridad que entienda las redes sociales cuestiona el uso de Twitter, lo ve como una herramienta que necesitan para mantener una comunicación bidireccional cada vez más valiosa, pero los usuarios de la base de la pirámide, en cambio, ven cada vez menos razones para actualizar y en muchos casos, terminan escuchando más que participando. Eso ha determinado que la herramienta detenga su crecimiento, y en este entorno, si no creces, se cuestiona inmediatamente tu valor.

No creo que Twitter tenga problemas con su modelo de negocio: la publicidad en Twitter aporta valor sin resultar molesta, y las empresas aprenderán a apreciar su valor. Pero si deja de crecer y de resultar atractiva para su uso por el usuario medio, sí tendrá problemas: es una herramienta muy valiosa capaz de servir hasta para catalizar cambios sociales o políticos, pero está viviendo una auténtica crisis de identidad que, además, no tiene una solución sencilla.

The world is not falling apart - SlateMi columna en El Español de hoy se titula “Menos lobos“, y surge de la lectura de un artículo en Slate titulado The world is not falling apart, en el que se analiza de forma bastante rigurosa cómo, a pesar de la supuesta situación pesimista que acompaña a la coyuntura socio-política actual del momento a nivel internacional, en realidad el mundo nunca ha sido tan pacífico como lo es ahora.

¿De dónde surge, por tanto, la sensación de que prácticamente estamos en guerra y asolados por tremendas amenazas de todo tipo? Simplemente, de un entorno informativo hiperconectado e infinitamente más intenso, en el que cada noticia trasciende de manera inmediata y nos llega por infinidad de canales a la vez, con toda su crudeza y todos sus detalles.

La tecnología es lo que tiene: nos somete a situaciones a menudo sin precedentes, ante las que tardamos incluso una generación entera en alcanzar una visión equilibrada. En un mundo en el que todo lo que ocurre lo hace delante de algún atónito par de ojos equipados invariablemente con una cámara en el bolsillo y conectados a redes como Twitter, la sensación que tenemos es prácticamente la de si estuviésemos ahí, en el lugar de los hechos, corriendo todo tipo de peligros de los que nos salvamos de milagro. Antes escuchábamos la noticia y alguna declaración de quienes estaban ahí; ahora vemos los disparos y las explosiones en riguroso directo. Pero si, como decía Bill Clinton, “nos fijamos en la tendencia y no en los titulares”, la realidad es muy diferente, y aunque no deje de ser obviamente preocupante y de demandar atención, ayuda a poner los elementos en contexto.

Me pareció interesante conectar este artículo con la tantas veces utilizada estrategia del miedo en política, con la supuesta idea de que solo políticos con experiencia pueden sacarnos de las situaciones difíciles, de cómo supuestamente un político “con experiencia” pero que no es capaz ni de plantearse un debate en condiciones con miembros de la nueva política pretende hacer creer que es que está “muy ocupado resolviendo los problemas del país” mientras dedica más de tres horas a comentar un partido de fútbol. El recurso al “yo soy lo seguro, no hagáis experimentos”, utilizado cuando la verdadera experiencia que hemos tenido con este presidente “con experiencia” ha sido… la que ha sido: corrupción, financiación ilegal, amiguetes que nos han salido carísimos, leyes a medida de los lobbies de turno, puertas giratorias, mentiras… si esa es la “experiencia” que le adorna, francamente, prefiero a casi cualquier otro, gracias.

La estrategia del miedo, aunque pueda funcionar con determinados colectivos, no resiste un mínimo análisis serio. A mí ahora el escenario que más miedo me da es que, después de las elecciones, sigamos viendo a semejante “individuo con experiencia” en el mismo sitio…

 

Navaja suizaUn interesante artículo en The Guardian, ‘My father had one job in his life, I’ve had six in mine, my kids will have six at the same time’ dentro del especial dedicado al futuro del trabajo, describe el desarrollo de la llamada gig economy, un desarrollo de tejido económico propulsado por el fortísimo descenso de los costes de coordinación, que posibilita que plataformas de todo tipo ofrezcan trabajos que dejan de encuadrarse dentro del concepto de trabajo tradicional, pero rellenan huecos que prácticamente cualquiera puede llevar a cabo y obtener a cambio unos ingresos.

La evidencia es clara: como el protagonista de mi artículo, mi padre tuvo un solo trabajo durante toda su vida: entró como ingeniero en la refinería de petróleo en La Coruña, y se jubiló muchos años después tras una buena carrera profesional en esa misma compañía, que a lo largo de los años cambió de manos hasta tres veces. Nunca tuvo otra fuente de ingresos diferente a esa.

Yo, aparentemente, voy por el mismo camino: soy uno de los muy pocos alumnos de mi promoción del MBA que siguen trabajando en la primera empresa que les hizo una oferta al terminar el master. En mi caso, llevo en IE Business School ya veintiséis años. Pero las similitudes con la carrera profesional de mi padre solo están en la superficie, porque en realidad, mi trabajo como profesor en IE Business School supone tan solo una de mis ocupaciones. Además, he montado una compañía a través de la que desarrollo mis actividades de conferencias y asesoría, soy columnista en varios medios, tengo un pequeño espacio semanal en Televisión Española, soy miembro del Consejo de Administración de El Español, asesor de varias compañías, y editor de esta página que tienes delante de los ojos ahora mismo. Un conjunto de actividades en las que, a pesar de seguir predominando la vertiente corporativa tanto en volumen de ingresos como en dedicación, ya se ve un componente indudablemente más variado.

Si me fijo en mi hija, con veintiún años y a punto de terminar su carrera de Comunicación Publicitaria, lleva desde el primer año de universidad haciendo prácticas en compañías. Tras sus primeras prácticas en verano y tras comprobar que la carga de trabajo era razonablemente compatible con sus estudios, ha pasado por cinco compañías intentando cubrir distintos aspectos de la cadena de valor completa de su industria: de agencia pequeña pasó a cliente, de ahí a un medio, de ahí a agencia multinacional, y ahora pasa a una startup. Cinco compañías en menos de cuatro años. Trabaja en una empresa mientras le ofrece oportunidades de aprender desde su posición y, cuando no es así, se va a buscar la siguiente oportunidad de aprendizaje. La concepción del empleo que mi hija puede tener es sin duda completamente diferente a la que podía tener mi padre, e incluso a la que podía tener yo cuando inicié mi vida profesional. Y en gran medida, creo que una buena parte de la responsabilidad de esa situación corresponde a la tecnología, al hecho de vivir en una sociedad intensamente hiperconectada, en la que las oportunidades, la información y los contactos pasan por delante de sus ojos de manera constante y frecuente. Muchos de los alumnos que veo terminar el MBA en estos últimos años ni siquiera parecen buscar “empresas interesantes” como buscábamos mis contemporáneos y yo, sino “proyectos interesantes”. Todo un cambio significativo.

Indudablemente, y dejando aparte las consideraciones sobre las tensiones del mercado de trabajo de los diferentes países, no cabe duda que el entorno tecnológico ha determinado un tipo de dedicación profesional muy diferente, un mercado mucho más líquido que algunos ven como un desastre – son muy pocos ya los que tienen “puestos de por vida” – y otros, sencillamente, como una evolución natural. La simultaneidad de actividades resulta cada vez más habitual a medida que la fricción se va reduciendo y muchas ocupaciones tienden a hacerse compatibles, y ese fenómeno tiene lugar en la práctica totalidad de los niveles de la economía, incluso en una sociedad con un elevado nivel de desempleo estructural.

¿Cuál es el futuro del trabajo? No está en absoluto claro, pero todo indica que la idea del empleo de por vida y de las relaciones unívocas entre empleador y empleado son ya algo del pasado, para bien y para mal. Lo que muchos ven como una forma de subempleo o como actividades meramente complementarias, otros lo vemos como una tendencia que abarca cada vez más tareas, de niveles cada vez más elevados en responsabilidad y remuneración, que se van desarrollando en muchos casos a través de plataformas que agrupan a oferta y demanda. Mientras, las tareas mas alienantes o de menor valor añadido van siendo progresivamente ocupadas por máquinas o relegadas a actividades secundarias, en un desplazamiento en el que el final, obviamente, sigue siendo una incógnita: ¿se parece la situación a lo ocurrido en la revolución industrial, en la que después de una destrucción neta de empleo comenzaron a surgir otras ocupaciones que compensaban la pérdida a nivel agregado (aunque pocas veces a niveles individuales), o hablamos de una sustitución de mayor calado que dará paso a una sociedad post-trabajo? Por el momento, lo que las tendencias parecen demostrar es que el concepto de trabajo ha perdido una parte muy importante de las connotaciones y del significado que tenía tradicionalmente, y hablamos de una concepción mucho más parecida a la de la navaja suiza de la fotografía.

Los costes de transacción y coordinación han sido, durante muchos años, los mimbres sobre los que se tejía el cesto que componía las relaciones laborales de nuestra sociedad. Cuando se alteran, el resultado no es completamente previsible. Pero lo que sí es, me temo, es completamente inevitable, para bien y para mal.

 

IMAGE: Sahua - 123RFSer persistente no es necesariamente malo, salvo cuando pasa de un determinado límite. Y cuando, en plena era digital, se suplementa la persistencia con las posibilidades que otorga la tecnología y la gestión equivocada de bases de datos, llega a ser verdaderamente insoportable.

Cada vez más, las peticiones de cuestiones relacionadas con mi página se convierten en insoportablemente persistentes. Hace tiempo, una petición de publicación de una nota de prensa era eso, un mensaje o, en el peor de los casos, una llamada. Que mi página jamás en casi trece años de historia hubiese publicado una nota de prensa no les preocupaba lo más mínimo: si tienes una nota de prensa y un listado de base de datos de páginas con un nivel de tráfico determinado, hay una regla no escrita que afirma que tienes forzosamente que disparar a todas ellas. Así, sencillamente, porque puedes, porque la tecnología te lo permite. Por supuesto, detenerte a echar un simple vistazo diagonal a las páginas a las que estás contactando resulta absurdo: ¿por qué razón vas a perder tu valioso tiempo cuando puedes hacérselo perder a otros?

Así, lo que al principio era un simple mensaje, ahora se ha convertido de manera habitual en una secuencia: primero un mensaje, después otro mensaje que te pregunta si recibiste el anterior, después otro que se pregunta angustiado cómo puede ser que no hayas respondido, y ya finalmente, una llamada. Y eso que ocurre con las notas de prensa está empezando también a ocurrir con las peticiones para escribir posts esponsorizados, con las de publicar posts invitados, con las de “me encargo de gestionar tu publicidad” y con las de invitaciones a eventos. De nuevo: tus prácticas durante más de trece años no importan, porque no se detienen a mirarlas: estás en su base de datos por la razón que sea, y eso implica que es más fácil contactarte que plantearse si simplemente es absurdo hacerlo. ¿Para qué pensar cuando puedes automatizar?

No, no publico notas de prensa. Nunca. Sean de quien sean. Por norma. Tampoco publico posts esponsorizados, por nadie. No acepto esa fórmula. Me parece bien que la acepte quien la quiera aceptar, pero yo cuando publico algo, lo hago porque me interesa a mi o porque creo que va a interesar a mis lectores, no porque me paguen. Jamás he publicado nada a cambio de dinero, y quiero que siga siendo así. Tampoco acepto posts invitados, porque esta página lleva mi nombre y en ella solo escribo yo (aparte de que eso de los posts invitados sea habitualmente una burda manera de colar spam, enlaces y posts esponsorizados, por supuesto). Ni publico reviews de productos, más que cuando tengo una experiencia personal que me apetece compartir por la razón que sea. Si tienes un presupuesto limitado para enviar productos a páginas que escriban de ellos, no me lo envíes, porque no te garantizo en absoluto que escriba sobre él: lo haré si me interesa y si tengo algo que decir, sin más condicionantes.

Tampoco tengo publicidad: la tuve un tiempo, me sirvió para aprender sobre el tema y ganar algo de dinero, pero desde hace ya tiempo comprobé que no me compensaba ni me compensará mientras la publicidad en la red siga siendo la basura que es hoy en día. Cuando alguna marca se aproxime y me diga “me interesa tu audiencia, pero entiendo que molestarles no es la mejor manera de llegar a ellos; ni para ti, ni para ellos, ni para mí”, es posible que hablemos. Pero eso, por el momento, no ha tenido lugar: todo lo que recibo son marcas que me hacen peticiones absurdas consistentes o bien en tratar de engañar o en molestar a mis lectores, sin que nadie parezca tener interés en estrujar un poco su materia gris para plantearse cómo exponer su marca ante una audiencia no especialmente grande, pero sí posiblemente mucho mejor segmentada e interesante que la de muchos sitios, de una manera que no genere rechazo. Sí, tengo algo de tráfico – tampoco nada espectacular comparado con muchos otros sitios que publican sobre tecnología y que suelen emplear muchos más recursos de los que yo tengo – pero no tengo interés en vender ese tráfico a nadie para que utilice formatos molestos, sea en la pantalla del ordenador, del móvil o de cualquier otro canal que pueda llegar a inventarse. Ah, y tampoco suelo ir a eventos publicitarios o de lanzamiento, sencillamente porque no suelo tener tiempo para ello… y por favor, si te digo que no puedo ir, no me preguntes si te puedo enviar a alguien de mi equipo, porque ¡no tengo equipo! Esto es lo que es, una simple página de un simple profesor que publica cosas que le interesan y que le ayudan, entre otras cosas, a preparar sus clases. No creo que sea tan difícil de entender, la verdad: prefiero ganar menos, pero hacer cosas en las que creo. Si eso implica, por falta de imaginación de quienes hacen publicidad, que me quedo de manera voluntaria fuera de todo circuito comercial, pues qué le vamos a hacer… así sea.

Una parte significativa del correo y de las llamadas que recibo me piden cosas que es claro y evidente que no hago ni voy a hacer. Y cada día, además, se vuelven más persistentes. No creo que publicar esta entrada sirva para nada, porque todo indica que no se detienen a leer nada, sino que simplemente automatizan una tarea de contacto con una base de datos en la que, además, no entiendo por qué diablos estoy. Pero en fin, por lo menos aireo mi frustración…

 

Javier Uriarte (IMAGE: E. Dans)Esta mañana participé en una interesantísima iniciativa de Endesa, un hackathon en busca de talento innovador para la optimización del uso de la energía – que se une a un datathon organizado dentro del mismo programa, Energy Challenges – en el que tuve la ocasión de charlar un rato con Javier Uriarte, director general de comercialización de la compañía.

Hablamos sobre la generación distribuida, para mí el mayor reto al que se enfrentan las eléctricas tradicionales en este momento, y más en un país con las condiciones naturales de España, con la mayor cantidad de horas de sol de todo su entorno, y me gustó ver cómo posteriormente, durante su charla (que precedió a la mía), el propio Javier sacaba el tema.

El problema de la generación distribuida es, además de tecnológico, fundamentalmente financiero. Así lleva tiempo demostrándolo SolarCity en los Estados Unidos, una compañía fundada en el año 2006 por los hermanos Peter y Lyndon Rive siguiendo un concepto de su primo, Elon Musk,  probablemente uno de los mayores genios empresariales de nuestros días. Una compañía cuyos productos son fundamentalmente la evaluación, el diseño, el montaje y – sobre todo – la financiación de equipos domésticos de generación de energía eléctrica mediante placas solares fotovoltaicas, que utiliza fórmulas como el leasing para que los propietarios de las viviendas puedan plantearse hacer frente a los costes de los equipos. La cuestión fundamental es plantearse el tiempo de amortización de la instalación y los flujos de caja que se definen cuando el hogar comienza a abastecerse de energía eléctrica autogenerada, a lo que se añade la posibilidad de devolver a la red aquella energía excendentaria que se genera cuando el consumo es menor o cuando la vivienda está vacía – un factor importante en España, con una cantidad elevada de segundas viviendas en zonas soleadas que permanecen vacías la mayor parte del año.

IMAGE: Mediagram - 123RF¿Hasta qué punto puede una compañía eléctrica plantearse el desarrollo de la generación distribuida? Lo que en un primer análisis puede parecer una falacia próxima al suicidio resulta serlo mucho menos si analizamos factores como la ley de Swanson, que permite afirmar que el precio de los módulos solares fotovoltaicos tiende a caer un 20% cada vez que se duplica su volumen de ventas acumulado, lo que supone en el momento actual que su coste desciende aproximadamente a la mitad cada diez años. En estas condiciones, y con la escala como factor fundamental, que el protagonismo de una tendencia disruptiva absolutamente inevitable lo tome una compañía tradicional es uno de esos casos de libro en los que una compañía aprende a reconocer la disrupción y decide, mediante la gestión adecuada, que puede hacerla jugar a su favor, y no en su contra. En este ejemplo en concreto, hablamos de la posibilidad de convertirse en auténtico protagonista de una tendencia que no solo es, como comentamos, inevitable, sino que además cuenta con una imagen enormemente positiva y con un impacto clarísimo en la balanza de pagos de un país con una dependencia energética a todas luces excesiva. Hablamos, en realidad, de combinar negocio con responsabilidad social corporativa, de poner tu dinero donde están tus palabras. Y en este caso, además, todo es una cuestión de plantear los números de la manera adecuada: que la misma compañía que me discute el precio del kilowatio hora, me proponga una operación financiera en la que convierte el techo de mi casa en un elemento de su red de generación. 

Frente a la limitada visión de un gobierno que plantea impuestos al sol y que trata de evitar, con excusas insostenibles, que se desarrolle una tecnología que ha probado su valor en muchos otros países, ¿podríamos plantearnos la visión de una compañía que pretenda hacer de esto una oportunidad? ¿O tendremos que esperar a que SolarCity se lance a la expansión internacional, o a que surja una idea similar en nuestro país? Los costes de una red bidireccional son fundamentalmente una cuestión de escala, y las espadas están en alto. La mejor innovación es la que se plantea horizontes ambiciosos, la que de verdad intenta cambiar el mundo. Y en el mundo que viene, la energía es abundante y barata.