Didi Chuxing logoLa red está estos días llena de noticias acerca de Didi Chuxing, anteriormente conocida como Didi Kuaidi, la empresa china que imita el modelo de Uber y que surgió de la unión de dos compañías rivales,  Didi Dache and Kuaidi Dache, que tenían detrás a los dos grandes gigantes de la internet del país, respectivamente Tencent y Alibaba.

La magnitud de la compañía con esos dos gigantes detrás, con el modelo de desarrollo de Alibaba (copia directa y sin complejos de modelos que ven funcionar en otros mercados, y detalles de adaptación al entorno) y con la capacidad de crecer en el inmenso mercado chino debería ya de por sí servir para asustar a cualquiera, pero si cabía alguna duda sobre sus planes, parece que empiezan a desvelarlas. Por el momento, hablamos de nada menos que catorce millones de conductores registrados en la aplicación, unos once millones de carreras al día (lo que indica que muchos de esos conductores serían ocasionales), 87% de cuota de mercado, operando en cuatrocientas ciudades del gigante asiático en las que en aproximadamente la mitad está ya aproximándose al punto de equilibrio, y con planes de entrar pronto en números negros en términos globales.

El pasado jueves 12, Apple anunció, en el seno de una visita de Tim Cook a China en la que se desplazó en vehículos de la compañía, una inversión de mil millones de dólares en Didi Chuxing con el fin, entre otras cosas, de “comprender mejor el mercado chino“. Automáticamente surgieron rumores de una posible salida a bolsa de la compañía tan pronto como el próximo año 2017 o como muy tarde en 2018 siguiendo, de nuevo, el modelo de Alibaba de captación de recursos de inversores norteamericanos, rumores que, por el momento, han sido negados por la compañía. En septiembre de 2015, Didi Chuxing tomó una posición de cien millones de dólares en Lyft con el fin de formar una alianza internacional, pero la magnitud de la posible salida a bolsa de la compañía china, calculada tras la inversión de Apple en algo más de $26,000 millones, podría señalar una posible agenda de adquisiciones de cara a esa hipotética expansión internacional. Frente a la estratosférica valoración de Uber, calculada en torno a los $62,500 millones, Didi Chuxing podría marcarse la posibilidad de ser la que primero tratase de captar recursos de inversores en un mercado, el del Transport (Mobility) as a Service, TaaS o MaaS, que ha demostrado sobradamente su potencial de crecimiento y en el que, además, se especula de manera muy solvente con la evolución hacia modelos basados en vehículos de conducción autónoma. Dado que Uber ha anunciado que sus planes para una salida a bolsa no son en absoluto inmediatos y que, además, tratará de retrasarlos lo más posible, la oportunidad para Didi Chuxing podría estar en un IPO que le permitiese captar muchos recursos, similar al que Alibaba llevó a cabo en los Estados Unidos, una cadena de compras de competidores locales, y una expansión fuerte que le permitiese posicionarse internacionalmente.

Si no habías oído hablar de Didi Chuxing (o de su nombre oficial en China, Xiaoju Kuaizhi Inc.), vete poniéndola en la agenda. Como Uber bien sabe, la competencia de las compañías chinas en el entorno global no es para tomársela a la ligera: la compañía norteamericana captó inversiones por valor de $1,200 millones para sus operaciones en China a través de Baidu Investments en septiembre de 2015 frente a los $3,000 millones captados por Didi Chuxing, y mantiene una durísima lucha con ella por la cuota de mercado ciudad a ciudad (Uber opera en unas cien ciudades chinas) que está llevando a ambas a incurrir en pérdidas. 

El sector del transporte de viajeros – y seguramente, de muchas otras cosas, desde paquetes hasta comida, pasando por logística de todo tipo – está destinado a sufrir fortísimo cambios en los próximos pocos años. Si lo dudabas, o si creías que era únicamente cosa de una compañía, fíjate en las magnitudes de las que hablamos. Un mercado interesante, hasta ahora poco estructurado, y en el que nos disponemos a ver muchísimo movimiento.

 

IMAGE: Chudomir Tsankov - 123RFUn profesor de Inteligencia Artificial en Georgia Tech, Ashok Goel, desarrolla un chatbot basado en el Watson de IBM para resolver las preguntas que sus alumnos le plantean en el foro online de su asignatura, alrededor de diez mil preguntas cada semestre que habitualmente eran respondidas por él mismo y su grupo de trabajo, y decide no informar a sus alumnos de que se trata de una inteligencia artificial, diciéndoles en su lugar que se trata de una teaching assistant llamada Jill Watson. El resultado es que ninguno de sus estudiantes se da cuenta del esquema, el semestre se desarrolla con plena normalidad, y cuando tras el examen final decide revelar la identidad de su asistente, los alumnos se muestran absolutamente sorprendidos, se sienten participantes en un evento histórico, y algunos incluso afirman que tenían pensado nominar a Jill Watson al premio a la mejor teaching assistant!

Llevo veintiséis años dando clase, y además, disfrutando de ello. Me he encontrado muchísimas veces en la situación de pretender contestar a todas las preguntas que mis alumnos me planteaban en foros online, hasta el punto de despertarme alguna vez con la cabeza prácticamente apoyada en el teclado. Además de mis clases en formato online, he intentado utilizar ese formato en mis clases presenciales como forma de proporcionar un entorno más rico a la participación que se prolongue más allá del aula, y en los últimos tiempos, lo había dejado por imposible: no me daba la vida para ello. Entiendo perfectamente la problemática: las preguntas de los alumnos a un nivel educacional elevado no son sencillas, están muchas veces formuladas de manera confusa o compleja, pero tienen un componente de repetición relativamente elevado, al tiempo que ofrecen numerosas oportunidades no solo para la simple resolución de la duda, sino para la “construcción” de hilos con un componente formativo potencialmente elevado. Cuando trabajas en lo que solemos llamar participant-centered learning, entiendes perfectamente que la gracia no está en aparecer ante un grupo de estudiantes – bien seleccionados y brillantes – como “el que más sabe”, sino en ser capaz de ofrecerles las mejores oportunidades para el aprendizaje en función de situaciones que se crean en cada clase, y que prácticamente siempre son distintas de la clase anterior o de la siguiente.

Cuando ves que una máquina, un chatbot, ha sido capaz de desempeñar con éxito una parte importante de tu trabajo, la primera tentación es tratar de quitarle credibilidad. Quedaros con eso, por favor, porque a muchos de vosotros vais a tener en breve la misma sensación que tengo yo hoy: nunca funciona. La situación creada por Ashok Goel no tiene discusión posible: hablamos de estudiantes de una muy buena universidad, en un curso de nivel elevado, y que efectivamente, no fueron capaces ni siquiera de imaginarse que su teaching assistant fuese un chatbot. Pero incluso si la tuviese, el pensamiento positivo es fundamental, y lo importante es entender que si no hubiese ocurrido ya, estaría a punto de ocurrir. Reflejos como quitarle importancia, minimizarlo, ridiculizarlo o tomarlo como excepcional e irrepetible no funcionan.

Lo siguiente es plantearse a dónde vamos a partir de aquí. De entrada, si puedo quitarme del medio una tarea tan importante como la resolución de dudas de mis alumnos tras haber conseguido entrenar adecuadamente a Watson – que es, entre otras muchas cosas, no olvidemos, un campeón mundial de Jeopardy! – mi forma de dar clase podría modificarse dramáticamente. Si una máquina puede conseguir que a igual esfuerzo, obtenga una productividad muy superior y me libere de determinadas tareas, puedo plantearme llevar mis clases bastante más allá. ¿Debo preocuparme por la posibilidad de que, tras sustituir a mi teaching assistant (en IE nunca hemos tenido tradición de teaching assistants, en cualquier caso, y salvo excepciones, apalancamos la totalidad del esfuerzo docente en el profesor tanto en el entorno presencial como en el online), la inteligencia artificial se plantee sustituirme a mí? Francamente, ojalá sea ese mi problema: ya me buscaré cosas que hacer que se apoyen precisamente en eso. Tengo muy claro que si esto termina dejándome sin trabajo, será porque habré interpretado esa transición rematadamente mal.

Contrariamente a lo que ocurre cuando se plantea la sustitución de personas por inteligencia artificial, a mí la sola perspectiva es algo que me muero de ganas de explorar, y dudo que sea el único en mi industria. Para cualquier profesor, la posibilidad de contar con una inteligencia relacional superior que sea capaz de responder a dudas sobre su campo debería representar no un miedo, sino una oportunidad, una forma de elevar el nivel para poder construir más cosas sobre una base más elevada. ¿Cómo van a evolucionar las universidades ante un cambio semejante? Una de mis quejas más habituales en mi industria, el hecho de que tras veintiséis años de experiencia en ella sigamos dando nuestras clases aproximadamente igual que cuando empecé, pasa a tomar, ante la disponibilidad de machine learning e inteligencias artificiales avanzadas, una escala y un significado completamente diferentes.

La última consideración corresponde precisamente a eso: ¿qué podemos hacer cuando contemos con bases de conocimiento interactivas capaces de responder a preguntas expresadas en lenguaje natural? ¿Pasará el papel de un profesor a ser el de convertirse en un entrenador de inteligencias artificiales para que sean capaces de escalar sus capacidades? ¿Interactuarán rutinariamente los alumnos con chatbots progresivamente sofisticados en lugar de hacerlo con profesores de carne y hueso? ¿Qué ocurre cuando podemos plantearnos tener agentes inteligentes expertos en temas avanzados capaces de responder a todo tipo de dudas? Si ese es el futuro, yo me muero de ganas de verlo y de vivirlo…

 

Lucinda SouthernWith print's future in peril, El Pais hones its online editorial strategy - Digiday, de Digiday, me llamó por teléfono para hablar del anuncio de hace algunos meses de El País en el que se planteaban abandonar la edición impresa, y ha publicado algunas de mis impresiones en su artículo titulado With print’s future in peril, El Pais hones its online editorial strategy (pdf).

Hablamos sobre la evolución de la prensa española, sobre los tiempos en los que El País innovaba en la red sistemáticamente más tarde que sus competidores por el absurdo miedo a canibalizar la edición impresa, sobre la evolución de los ad-blockers y la publicidad en general, sobre el cambio del panorama y la aparición de nuevos competidores centrados únicamente en lo digital – con todos los avisos oportunos por delante acerca de mi participación en El Español, obviamente, al que acaban de premiar por su web – y sobre la evolución de formatos como el branded content, que sigue demostrando poder aportar mucho más valor que el de una simple colección de publirreportajes.

¿Que se acaba el papel? No será porque no lo hayamos dicho veces, y en todo tipo de foros (por decirlo claramente, una vez casi me echan a pedradas de una charla de AEDE :-) Hace mucho tiempo que resulta evidente que prácticamente ningún joven de menos de treinta años tiene especial afinidad por leer una publicación impresa en un trozo de árbol muerto que le da las noticias de ayer y en la que no se puede hacer clic. Las pilas de ejemplares que veo en la entrada de la universidad en la que trabajo (o como si vas a la de Periodismo, incluso, a los que supuestamente podríamos considerar más interesados) lo atestiguan. En el AVE, cuando pasan con la prensa, la pido porque así, cuando llega la bandeja con la comida, me sirve de salvamanteles encima de mi ordenador. Si algún día me llevo los pocos periódicos que aún llegan a la zona de espera del despacho, es porque estoy pintando en casa. El soporte papel ya no tiene más interés que ese, y aferrarse a él en plan romántico y hablar del olor de la tinta y de lo cómodo que es para leerlo en el sofá hace mucho que ya no tiene sentido. Y para las generaciones siguientes, menos aún. Lo del papel les resulta poco menos que marciano. Solo lo usan, los que lo usan, en esas apolilladas instituciones educativas que les obligan a bajar a una versión obsoleta de su sistema operativo cerebral.

Que El País, en pleno ataque de clarividencia, afirme que la edición principal será la online y que la impresa será simplemente lo que salga de darle a imprimir en el momento que toque cerrar la edición es simplemente una cuestión de lógica y supervivencia: el papel persistirá únicamente para lectores mayores, para suscriptores que quieren recibirlo por debajo de la puerta, y posiblemente, algo más de tiempo en algunos regionales en los que confluyen circunstancias como la edad media de los lectores y el prestigio social que parece conllevar el hecho de pagar la suscripción… pero es ya una cuestión ranciamente generacional, que muere a medida que van muriendo sus lectores. Y no, no es porque yo lo diga: ni tengo la culpa, ni se gana nada repitiendo una y otra vez que estoy equivocado. La perspectiva de ya más de dos décadas (mi tesis doctoral sobre el tema la empecé ¡¡en 1996!!) debería enseñarnos alguna cosa.

¿Qué hay al otro lado del papel? Nada que no supiéramos. La red es un entorno complejo, en el que la propuesta de la publicidad palidece a medida que se abusa de formatos intrusivos y se incrementa el número de usuarios que instalan bloqueadores, en el que resulta difícil sostener una propuesta de muro de pago si no se cuenta con una propuesta de valor muy específica y que los usuarios se comprometan en sostener, y en el que cada vez leeremos más noticias en sitios diferentes a las páginas del medio, en sitios como Apple News, Google Newsstand, Snapchat Discover o Facebook Instant Articles en los que nos orientaremos por criterios de recomendación social y en donde nos costará enormemente recordar cuál era el medio original en el que se publicaron. No, ganar dinero en este entorno no va a ser fácil, y sobre todo, va a requerir una mentalidad enormemente inclusiva, abierta a todo tipo de cambios, y dispuesta a experimentar, no a agarrarse a lo que siempre vieron funcionar durante toda una vida profesional. Lo contrario, desgraciadamente, de lo que he visto en muchos sitios. El panorama, digan lo que digan algunos, no es negro, salvo para los que se empeñen en verlo así.

Decir adiós al papel no es nada más que aceptar que una tecnología con miles de años de antigüedad deja paso a otra intrínsecamente superior. Negarse a aceptar esos cambios nunca ha llevado a ningún sitio. Que El País afirme que se dispone a ir abandonando el papel tal ver quiera decir que se acaben de dar cuenta de que “la revolución digital ya está aquí“, pero más bien me parece un simple destello de sentido común. Que entre tantos compañeros de viaje vetustos y apolillados que le acompañan en esa embarcación de tres palos y a vela llamada AEDE, no deja de tener su mérito…

 

Facebook like and unlikeAdemás de mi artículo de hace un par de días sobre Facebook y las líneas editoriales, que seguía a uno anterior sobre el mismo tema y trataba de poner en contexto las recientes revelaciones lanzadas por Gizmodo sobre la implicación y el sesgo generado por los editores de los trending topics de Facebook, decidí dedicar a la misma temática tanto mi participación en la barra tecnológica de La Noche en 24 horas (en la página del programa, a partir del minuto 1:38:15), como mi columna en El Español, titulada “Facebook y la política“.

Muy poco tiempo después de haber entregado mi columna, The Guardian publicó una noticia basada en una filtración de documentos internos de la compañía en la que demostraban cómo los trending topics de Facebook eran, en realidad, producto de una editorialización humana, no de algoritmos, lo que, según el diario, situaba a la compañía al mismo nivel que cualquier medio tradicional en lo tocante al desarrollo de su línea editorial. La respuesta de Facebook ha sido, en primer lugar, negar la mayor y afirmar que los documentos en posesión de The Guardian responden a una operativa antigua de determinación de los trending topics que ya no se desarrolla así, así como una nota de Mark Zuckerberg negando la editorialización, afirmando la neutralidad y la voluntad de corregir cualquier posible sesgo que se haya generado por intervención de los editores, una entrada detallada de Justin Osofsky sobre cómo se generan los trending topics, y una invitación abierta a políticos conservadores  – supuestamente los afectados por el presunto sesgo editorial de la plataforma – para hablar del tema.

La secuencia de acontecimientos deja clara la gravedad del caso: en cuatro días, tres notas oficiales aclaratorias de la compañía incluyendo una de su fundador, infinidad de artículos sobre el tema, y hasta un requerimiento para comparecer ante el Senado de los Estados Unidos, o la inmediata reacción de la subsidiaria española enviándome información sobre el tema en cuanto me vieron en televisión comentándolo (gracias, Lola :-) La editorialización de Facebook es indudablemente un tema relevante: que la red en la que 1,600 millones de personas en todo el mundo se informan y leen noticias – porque el componente más “frívolo” de qué han hecho mis amigos, si han subido fotos o si hay que felicitar a alguien ha pasado claramente a segundo plano – decida tratar de influenciar cómo votamos o cómo nos sentimos es algo potencialmente muy grave, aunque la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos defienda teóricamente su derecho a hacerlo si lo estima oportuno. Todo indica que lo que en un periódico, en una emisora de radio o en un canal de televisión nos parece perfectamente aceptable – o que incluso se convierte en la razón para escoger informarnos ahí – en una red social nos sobra. Por lo que parece desprenderse de las reacciones al respecto de este tema, queremos que en una red social, el sesgo venga de nosotros mismos, de lo que compartimos allí y de lo que comparten aquellos a los que decidimos seguir, pero preferimos que la herramienta no nos filtre nada en función del suyo.

Pero además, de la discusión surge una disyuntiva interesante, y es el concepto de línea editorial y de neutralidad explicado en función de quién la determina, si editores humanos o procesos algorítmicos. Generar unos trending topic que proporcionen a los usuarios información sobre el contenido más relevante o más comentado en una red social es relativamente sencillo (en concepto, no en su desarrollo): en teoría, o bien creas unos algoritmos que, con la potencia semántica adecuada, extraen esos temas y los publican en una lista, o dejas esa labor a editores humanos, o bien optas por un sistema mixto en el que los algoritmos extraen y los humanos hacen un filtrado más detallado que evite errores, duplicidades o manipulaciones. Las cosas, obviamente, no son tan sencillas en la práctica: para Twitter, por ejemplo, que opta por la vía más algorítmica, resulta un problema importante luchar contra las alegaciones de manipulación que suelen provenir del hecho de que la permanencia en los trending topics no depende de las menciones de un tema, sino del valor del incremento de las mismas. Eso genera una aparente disonancia: si se está hablando muchísimo de un tema, pero se habla más o menos lo mismo o menos que en las horas anteriores, ese tema tiende a desaparecer de los trending topics, a pesar de que los usuarios aún pueden estar viéndolo como objeto de una presencia muy prominente. Por otro lado, la no presencia de una editorialización humana tiene sus límites, y Twitter sí se ha visto obligada a eliminar trending topics de la lista cuando, por ejemplo, contienen términos que puedan interpretarse como incitación al odio, a la violencia, al racismo, etc.

En el caso de Facebook, el hecho de que originalmente se recurriese a editores humanos y se haya dado cada vez más un protagonismo mayor al algoritmo parece que se interpreta como una capacidad de sesgo menor. Tendemos a asumir que los editores humanos tienen un problema de sesgo imposible de eliminar: una línea editorial, en efecto, no tiene por qué estar definida como tal, como posición oficial sometida a unas directrices específicas. En ocasiones, la línea editorial y el sesgo provienen simplemente de un clima político determinado en la organización – que puede originarse en algunos grupos de personas con más ascendente, o en el propio líder o fundador – o en cuestiones como los matices que se apliquen, por ejemplo, en la incorporación de talento.

En efecto, los humanos tendemos a tener sesgos, y además, en ocasiones, ni siquiera somos completamente conscientes de ellos. Sin embargo, me parece muy peligroso asumir que unos trending topics queden automáticamente “libres de pecado” por proceder de un supuestamente inmaculado algoritmo. Un algoritmo no es algo mágico, sino u conjunto de normas marcadas por aquellos que lo programaron. Por tanto, afirmar que tal o cual compañía no editorializa “porque su selección de temas proviene directamente del algoritmo” no es algo como tal significativo, salvo que podamos ver perfectamente cómo funciona el algoritmo – algo que habitualmente no se puede hacer, porque ello facilitaría la tarea a aquellos que aspiran a manipularlo. Pero un algoritmo no es como tal un santo, no garantiza la inexistencia de sesgos, y no evita que alguien introduzca en él un componente de línea editorial si quiere hacerlo. A medida, además, que los algoritmos emerjan más de “cajas negras” determinadas por un análisis de casuísticas y resultados anteriores procesados mediante metodologías de machine learning, será preciso entender que su condición de máquina no implica necesariamente nada en términos de imparcialidad o ausencia de sesgo.

Una discusión que me resulta fascinante. Pero para Facebook, un problema serio, que podría llegar a determinar una crisis de reputación que llevase a que muchas personas se encontrasen incómodas utilizándola. De ahí la prontitud de las reacciones, y la disposición a aclarar todo lo que se pueda aclarar en ese sentido con quien haga falta. Si Facebook quiere, com la mujer del César, además de ser decente, parecerlo, va a tener que esforzarse mucho.

 

Sarai Gascón - (IMAGE: Susana Alosete)La tercera entrevista de mi serie dedicada al uso de la tecnología en el deporte paralímpico, dentro de la iniciativa “De un sueño, una realidad” de Seguros Santalucía, ha sido con Sarai Gascón, nadadora en la categoría S9. La entrevista, en realidad una conversación completamente fluida, la mantuvimos en un día soleado y agradabilísimo, bajo unos pinos al lado de la piscina exterior del CAR de Sant Cugat, pocos días antes de que Sarai saliese hacia los campeonatos europeos de natación adaptada de Funchal, en los que ganó la medalla de oro y batió el récord de Europa en los 50 m. libres.

A Sarai le falta el antebrazo izquierdo, que termina un poco más abajo de la articulación. Su pequeño muñón le permite sujetar el móvil, del que prácticamente se separa solo cuando está en la piscina: es una ávida usuaria de redes sociales como Twitter o Facebook (más en su perfil personal que en su página, que tiene más abandonada). Seguirla permite conectar bastante bien con la vida personal y profesional de una chica joven, espontánea y natural hasta el límite, que entrena y viaja constantemente, que está en un momento de forma fantástico y que aspira a todo en la próxima gran cita del deporte en Río.

En lo deportivo, la tecnología tiene un papel relativamente importante en sus entrenamientos. “Utilizamos mucho el aspecto biomecánico, tanto técnica de natación, como salida o virajes. Hacemos una salida, la vemos con una cámara subacuática y otra en superficie, te graban, y en una pantalla grande la visualizas con un especialista biomecánico que te aconseja en aspectos concretos”. También analizan la velocidad puntual en el agua, “nos ponen un cinturón con una cuerda pequeña, no molesta nada, y mide la velocidad que haces en cada momento, para analizarla en la carrera. Aquí tenemos bastantes recursos, la verdad”.

Como otro ejemplo de tecnología dentro del mundo de la natación, Sarai vivió también la época de los bañadores de fibra de carbono: “veías a tus referentes, a Michael Phelps y otros, y te fijas en ellos, ves qué bañador lleva el mejor y te lo quieres poner. Yo los llevé también, iban genial, pero los prohibieron por su elevada flotabilidad, porque el rendimiento ya no dependía tanto de lo deportivo, del entrenamiento… pero entonces nos preguntábamos por qué en natación se prohibían esos bañadores si en atletismo no se prohiben las zapatillas a medida que mejoran tecnológicamente”. Le atrae también el mundo de los wearables, pero no se los plantea dentro del agua, sino simplemente para controlar entrenamiento, donde sí hace algunas sesiones con pulsómetro, u otros aspectos de su vida.

En lo referente al uso de la tecnología como ayuda a su discapacidad, Sarai se comporta de manera muy similar a lo que comentaba Jairo Ruiz, cuya discapacidad también es congénita: no se siente especialmente discapacitada, en su vida cotidiana se considera más hábil con su muñoncito, como ella lo describe, que con las diversas prótesis que ha ido probando desde muy pequeña. “Desde los tres meses utilicé una prótesis fija, puramente estética. Después las he probado biomecánicas, con electrodos que me permitían accionar una mano muy bonita que se abría y se cerraba, lenta o rápida, con presión graduable y con giro. Pero con quince años decidí no ponérmela más, simplemente porque me arreglaba muy bien sin ella”.

Sarai Gascón (IMAGE: Susana Alosete)En su relación con las redes sociales, Sarai se plantea un objetivo múltiple. Por un lado, motivación personal: simplemente, personas que no necesariamente conoce, pero que le transmiten sensaciones positivas. Por otro, buscar visibilidad: en Twitter se abrió la cuenta en 2012 a sugerencia del Comité Olímpico Español, por una campaña en la que trataban de dar más notoriedad a deportistas que empezaban a destacar por sus marcas, y lo sigue utilizando como una forma de hacer tangibles con sus casi tres mil seguidores cosas como sus rutinas de entrenamiento o sus progresos. A Facebook le da un uso algo más personal, aunque acepta a personas que no conoce. Y por otro, puro interés por compartir aficiones como la fotografía, que le viene de su padre, y que le permite además tener algunos detalles con algunas tiendas que le regalan bikinis o ropa deportiva.

Los bañadores de competición, sin embargo, son otra cosa: cada uno cuesta casi cuatrocientos euros, dura en buen estado únicamente tres o cuatro carreras como máximo, y aparte de su beca, conseguir patrocinadores directos resulta muy complicado, con lo que termina invirtiendo una parte significativa de sus ingresos en pagarse cosas como viajes a competiciones, o equipamiento adecuado para mantener su nivel. Cuando le comento que me resulta extraño que una persona con una historia tan motivadora como la suya, un ejemplo claro de superación y además, con un palmarés importante y perspectivas de éxitos en los próximos juegos tenga dificultades para conseguir patrocinadores, me contesta que “la natación tiene muy poca visibilidad, yo siempre he tenido muy buenos resultados, he quedado tres veces campeona del mundo, he ganado dos platas y un bronce en juegos paralímpicos, y… ¡aquí estoy a dos velas!” 

Una deportista de élite con un perfil de joven de 23 años, completamente de su tiempo, aficionada a las redes sociales, a subir fotografías a Instagram, o a la moda, usuaria de apps como 21Buttons. Además, se considera completamente dependiente del móvil, “tal vez incluso demasiado”. Para mensajería, WhatsApp, “mis padres me preguntan todo el tiempo como estoy, y eso que están aquí al lado y que tengo 23 años!”, y Snapchat, que utiliza mucho más cuando está con sus amigos. También me comenta que saca mucho partido a aplicaciones como el traductor (“sé inglés, pero con esto de la natación, acabas hablando con gente de todo el mundo, mira, ahora lo tengo para húngaro, de hace unos días”), la banca online (“entro con la huella, y para hacer cuentas cuando paga uno en las concentraciones, me va genial!”) o compras, como la app de Bershka, o Groupon (“hay ofertas buenas, el otro día nos comimos una mariscada para dos por doce euros cada uno!”). Además, utiliza constantemente Moodle tanto desde el móvil como desde el ordenador, para mantenerse al día con sus estudios: aunque no hace planes a largo plazo, cree que le gustaría acabar o bien vinculada al deporte, o posiblemente al magisterio.

Sarai es, en este momento, una de las deportistas paralímpicas españolas en mejor momento de forma, con grandes posibilidades de subir al podio en Río. Puedes verla con más detalle en el vídeo que ha hecho con Marca dentro de esta misma iniciativa de Santalucía de apoyo al deporte paralímpico, pero a poco que sigas el panorama deportivo, estoy seguro de que sabrás bastante más de ella próximamente.