Android and band-aidLa comisaria europea de competencia, Margrethe Vestager ha comparecido en rueda de prensa para anunciar la multa más importante jamás impuesta por ese organismo, 4,340 millones de euros. Tras los casos de Google Shopping, que terminó con la imposición de una multa de 2,300 millones de euros, y el de la plataforma de publicidad AdSense, aún por decidir, ambos heredados de su predecesor, Joaquín Almunia, el de Android es el primer caso iniciado por la propia Vestager, y sin duda, va a marcar claramente las intenciones de la política europea en este sentido.

¿Dónde está el problema? Sencillamente, en la base del caso. Para imponer sanciones y buscar remedios a una situación que infrinja las leyes de la libre competencia tiene que darse un hecho fundamental: que exista un daño para alguno de los implicados. Las leyes antimonopolio no castigan de ninguna manera ni pueden castigar el éxito empresarial: hacerlo sería un completo contrasentido. Lo que penalizan es o bien el desarrollo de actividades que potencialmente impidan a un tercero la explotación de actividades competitivas, o bien el hecho de que exista un daño para alguno de los implicados, en este caso los desarrolladores de aplicaciones, los fabricantes de terminales o, en último término y más importante, los consumidores.

¿Ha provocado Google con Android algún daño a alguno de estos jugadores? Examinemos las tres condiciones del acuerdo de Android: la primera, el acuerdo de compatibilidad, que intenta que Android no se escinda con plataformas propias de cada fabricante incompatibles entre sí. ¿Obliga esta cláusula a algo a los fabricantes? No, porque el acuerdo no es obligatorio, los fabricantes pueden sencillamente no firmarlo, tomar la parte de Android que estimen oportuna, y crear una versión propia, como fue en su momento el caso de CyanogenMod, utilizado por varios fabricantes, o el de Amazon, que optó por generar su propia versión de sistema operativo para sus dispositivos como fork independiente creado a partir de Android. ¿Funciona? Por supuesto, pero genera incomodidad a los usuarios, que pasan a no tener garantías de si sus apps favoritas van a funcionar o no en ese entorno, y obliga en algunos casos a los creadores de apps a desarrollar versiones específicas para esos entornos.

Segunda condición: el acuerdo de distribución de aplicaciones móviles, que hace que los fabricantes que lo suscriban tengan que incluir once aplicaciones de Google en el sistema operativo, sin posibilidad de tomar tan solo parte del lote. De nuevo, una condición no obligatoria: los fabricantes pueden quedarse fuera del ecosistema Google si lo estiman oportuno, y yo he tenido, de hecho, dispositivos que no incluían esas apps. ¿Qué ocurre? Que los fabricantes tienden a optar por incluir esas apps, porque en general son buenas y los usuarios las quieren tener, y seguramente, si les suministran sus dispositivos sin ellas, se encontrarán o con que los usuarios los consideran menos atractivos, o con que simplemente transfieren el trabajo de instalarlas al usuario, lo cual no parece muy lógico – ni beneficia realmente a nadie.

La tercera condición es un acuerdo de reparto de beneficios: si el fabricante cumple los dos primeros puntos, obtendrá un porcentaje de los ingresos que generen esas aplicaciones de Google. Si decides cumplir las dos primeras condiciones, podrás optar a esa tercera.

¿Qué hemos obtenido a cambio? Sencillamente, una plataforma enormemente abierta, que ofrece a los fabricantes mucha libertad a la hora de tomar decisiones, que ofrece a los desarrolladores de apps una razonable coherencia y estabilidad – mucho menor que en el caso de iOS, pero gestionable – y un sistema que les permite monetizar sus creaciones – igualmente, menos controlado y riguroso que el gestionado por Apple, pero potencialmente con mayor importancia cuantitativa. Lo que obtenemos los usuarios está más que claro: una plataforma en la que se facilita la llegada al mercado de dispositivos en todas las gamas de precio, muchísimo más diversa que las que existían antes, muchísimo más accesible, con modelos que van desde precios próximos a los cien euros, hasta otros que se aproximan a los mil y rivalizan perfectamente en prestaciones con los mejores dispositivos de Apple. Un ecosistema dotado de un enorme dinamismo, que ha triunfado sin paliativos en el mercado, que ha favorecido una enorme expansión de la conectividad, y ha aproximado la movilidad a segmentos de usuarios que, antes de su desarrollo, solo podían mirarla de lejos. El vínculo de Android con la expansión de la conectividad a todos los niveles es absolutamente obvio, y no parece que Google haya aprovechado para imponer a su desarrollo o a su adopción ningún tipo de condiciones abusivas.

¿Dónde está el daño? Los usuarios, sin duda, están contentos con Android y lo adoptan hasta el punto de convertirlo en líder absoluto del mercado europeo y mundial. Los desarrolladores tienen una plataforma sobre la que ofrecer sus apps, y más de dos millones de ellos trabajan en Europa sistemáticamente sobre ella. Y los fabricantes obtienen un acuerdo cuyas cláusulas pueden ignorar, pero que si deciden cumplirlas, suponen, en general, ventajas de cara a su aproximación al mercado. Si ni los fabricantes, ni los desarrolladores, ni los usuarios sufren ningún daño aparente derivado del dominio de mercado de Android, y además, sus efectos positivos sobre la democratización de la conectividad son evidentes… ¿qué diablos intenta corregir Margrethe Vestager con su sanción récord? ¿Por que es récord? Si no se produce un daño… ¿cómo razonar que ese no-daño justifica una multa récord, más allá de ser un intento de demostración de fuerza que no genera otra cosa más que inseguridad jurídica? ¿Cómo justificar que la Unión Europea adquiera una reputación cada vez más sólida de ser un entorno hostil a la tecnología? ¿Beneficia eso a los usuarios europeos de alguna manera, convertidos en un páramo que ve desde lejos como los desarrolladores tecnológicos provienen cada vez más del mercado norteamericano o chino, sencillamente porque el entorno europeo no favorece su desarrollo?

Y peor aún: si Vestager consiguiese multar a Google… ¿en qué medida corrige esto el supuesto daño inflingido a la competencia? ¿Qué se va a pedir a Google para corregirlo? ¿Que genere un “Android for Europe” que incluya… qué? ¿La necesidad de que, tras adquirir un smartphone, los usuarios europeos tengan que pasar por una serie de pasos absurdos que, sin duda y de manera abrumadoramente mayoritaria, van a dar para “restaurarlo” y convertirlo en un terminal provisto de las apps de Google que desean tener? Estamos, sin duda, ante una de esas medidas políticas que deciden ignorar completamente las bases de toda legislación antimonopolio, que exista un daño al mercado o a la libre competencia, y siguiendo el camino mediático, el de la multa récord, el de la sanción arbitraria independientemente de los efectos sobre ese mercado. Un camino que no lleva absolutamente a ninguna parte.

 

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